En el Lucky Bar con
José Alcaraz
«Ha
llegado a su ciudad el tapicero de palabras y melodías. Utilizando
material sensible se tapizan frases hechas, ocurrencias de niños
raros, dobles sentidos, la fugacidad de la condición humana, la
música del tiempo y los detalles...» Más o menos
esas fueron las palabras que atravesaron mi mente cuando conocí
a Fernando Garcín, un poeta valenciano que habla canciones y recita
música. También canta. Tal vez resultaría más
fácil comprender esto si sabemos que nació en 1959 y pertenece
a esa generación de adolescentes que en los años 70 bebían
a morro de la música rock, el jazz, el punk, el folk... Y eso,
a la larga, para un poeta termina teniendo sus consecuencias.
—FERNANDO GARCÍN: Escuché música buscándola desde los doce o trece años, me compraba los discos y me los ponía durante horas con las letras delante, tanto como leía poesía. Dylan, Cohen, rock, blues, etc. Cuando a final de los 80 conecto con músicos amigos y hago letras para algunos de ellos, como el EP que grabo con Breve Idilio con Salva Ortiz, Maribel Crespo, músicos de Presuntos Implicados y otras colaboraciones, o como las letras para Miquel Gil y Terminal Sur o Burguitos, ya llevo un tiempo escribiendo y publicando poesía, y noto que en mis poemas hay ese ritmo interior de las canciones, y que tengo ese pequeño don de saber encajar letras en música aprendido de mucho escuchar. Muchos de los músicos que conozco tocan en mis lecturas o presentaciones de libros, y en los 90 eso se hace ya algo imprescindible. Cuando publico La ronda, un libro escrito por bares y garitos, pienso en músicos para acompañarme sin parar presentando los poemas en los mismos garitos, y ando tres años actuando ininterrumpidamente por incontables garitos de Valencia, algunos tan queridos como Perdido Jazz Club, ya desaparecido, o Radio City, Cavallers de Neu o Café del Temps, y también en Madrid varias veces, en Cádiz, Barcelona, Alicante… A veces vienen unos músicos, a veces otros, pero toman forma estructuras de canción para textos precisos, y surge el grabar el primer CD, La mejor hora, con todos esos músicos, de La Gran Esperanza Blanca, UHF, Edu Marin, Maribel Crespo, Julio Bustamante, Mara del Alar, etc. —ECP: La mejor hora es de 1999. Por lo que dices, parece que fuera el colofón a toda una etapa y que abre las puertas a una nueva. —FG:
De una forma natural. Los siguientes trabajos a partir del año
2000, con Carlos Carrasco, y luego con Nestor Mir, Jesús Maestro,
Pedro Aznar, el propio Carlos, Xarli Sanjuán o Raquel García
Fas, ya van a ser más meditados o conscientes, porque ya sé
que me estoy moviendo en la frontera entre la canción con aliento
rock o folk, swing, punk, y el spoken word con música de canción
estructurada, y comienzo a aportar mis ideas musicales y a componer algunas
canciones, desde la letra y la música. Siempre el punto de partida,
que trato de no olvidar nunca, es que hay un componente de riesgo, de
—ECP: Digamos que resulta difícil catalogar tus discos y que muchas veces se les coloca la etiqueta de “spoken word”, algo bastante desconocido en España. ¿Qué es para ti el spoken word? —FG: La palabra etiqueta tiene algo de macabro. Yo conozco el spoken word como una avalancha de poetas que en el siglo XX grababan sus poemas en la radio, sus recitales en gramófonos y además publicaban algunas grabaciones de ese tipo. La primera vez que yo aprecio lo que se puede considerar un antecedente del spoken word sería cuando escucho las grabaciones de los poemas que Dylan Thomas leía para la radio. Luego, se da la coincidencia del comienzo del jazz, la música negra y el blues con la llamada Generación Beat de escritores, donde Jack Kerouac y Allen Ginsberg, que era gente que leía mucho en público, tenían más talento que otros para ese nuevo tipo de recitado y fueron creando una musicalidad dentro de lo que era una recital de poesía al uso. —ECP: Entonces ¿era a capella? —FG: Sí, pero escuchaban mucha música. Kerouac, quizá el más dotado y genuino de todos ellos, tiene poemas registrados a capella y otros con músicos de jazz. Lo mismo puede decirse de Burroughs, y muchos otros poetas neoyorquinos. Sigue habiendo una gran tradición en Estados Unidos, Patti Smith, Lou Reed, generaciones nuevas de spoken word usando otros estilos musicales más actuales. Ahora hay una gente con lo que tengo buena amistad que lleva años haciendo un gran trabajo como Hitchhikers, con Daniel Chavin, Tony White, o el grupo de Russell Richardson [...] El jazz de los años 30 y 40 era una música muy rítmica y con unas estructuras muy particulares. Los poetas empezaron a imitar esos ritmos y esas estructuras en sus recitados, ampliando lo que nosotros llamaríamos su expresión oral. En principio, eso es el spoken word, no incluye música. La música es algo que se le añade después, cuando, por cercanía, los músicos se prestan a tocar mientras se recita, y sigue siendo así con otros estilos, culturas y ritmos. La voz de esos poetas que pasan a hacer con estructuras de canción sus poemas no es lo más importante. Lo que verdaderamente cuenta es la intención de decir, cada canción tiene una intención propia, la expresión, los matices, el cómo se dicen las palabras. Creo que esta tradición viene por un lado de la música negra y la afroamericana, y, en el sentido más amplio, de la música folk, la música tradicional de cada país.
—FG: Yo creo que hay de todo. Unos tienden más hacia la teatralidad, otros hacia lo musical y el lenguaje de los sonidos, y otros se decantan por lo que conocemos como canción y letras en el sentido de lo que aquí llamamos cantautor. En realidad hay otras formas de entender el que una persona escriba. Es sólo una etiqueta puesta a cosas muy dispares. Pensamos que sólo es cantautor quien toca con una guitarra, y un determinado tipo de intérprete. Pero hay muchos cantautores actuales, digamos, posmodernos, que vienen más de la música que de la poesía, y que donde más flojean es en la letra y en la expresión vocal. —ECP: Estoy totalmente de acuerdo contigo. Incluso llegan a rechazar influencias que vienen directamente del género musical al que se adscriben. —FG: Si hablamos de España, es evidente. Nuestra historia y nuestra tradición, a este respecto, es corta, y la guerra civil y la dictadura impiden el desarrollo de una cultura en tal sentido, como en Francia o en Italia. Muchos que empiezan no toman como referentes a cantautores a nivel individual, de los indispensables años 70 como Pau Riba y Sisa en Cataluña o el rock andaluz o Soler, Camacho, Bort, Lomas, o los rockeros o cantantes pioneros, que además de contar con letras sensacionales tienen una expresión vocal muy elegida o un talento natural muy cuidado al que incorporan un gran interés por la experimentación. Y también gente como Santiago Auserón o Julio Bustamante son ignorados en varios aspectos, y se bebe mucho del pop de cierta parte de la llamada movida, donde se da más prioridad a la música y la gracia inmediata que a la letra y la expresión [...] No se puede tomar como referencia sólo los últimos diez o veinte años. No se puede ignorar todo lo anterior, el siglo XX, generaciones de la importancia de la canción francesa y la italiana, donde la expresión tiene tanta importancia como la música. También, por supuesto, muchos están influenciados por la música afroamericana y anglosajona, pero en ocasiones es más una influencia musical que otra cosa, algo más parecido a una especie de actitud. Es difícil tener influencias de Bob Dylan si no consigues transmitir que has captado su expresión a nivel de texto y de voz. Imitar su actitud, sus acordes, su manera de andar, su pose, de nada sirve si detrás de eso no hay nada.
—FG: Son músicas que se prestan y aprecio mucho, y tienen la expresión vocal como origen. Es uno de los movimientos musicales más interesantes que ha salido desde el blues. Se basa en la necesidad de comunicar. Como con todo, se hacen cosas muy interesantes y otras no tanto. Pero si hablamos de música, no hay un tipo de música fija para el spoken word. Cada uno usa la suya. La palabra folk está apestada, como dijo Cortázar. Pero folk es toda la música tradicional, desde los juglares hasta la música de la montaña, la de los marineros, la música tradicional de los pueblos... Todo eso es folk, o sea música popular, y realmente no existe otra cosa. Lo demás son variantes. —ECP: ¿Y tus poetemas qué son? —FG: Cuando empecé en esto sabía lo que era el spoken word, pero lo tenía como una expresión muy diferente, no lo asociaba conmigo. Siempre se buscan etiquetas porque resulta imposible no hacerlo. Una canción recitada se sale un poco de lo que sería una canción al uso, entonces es sencillo encuadrarte en el spoken word o en canción de autor. Me resulta un poco ajeno ese mundo y el de las etiquetas, que es mucho peor en el mundo de la música. Sería terrible que me aplicaran etiquetas como anti-folk, alt-country, post-rock, ‘indie’ y todas esas expresiones vacías [...] Poetema es una palabra que se me ocurrió en el año 95 o 96, al principio de ir incorporando músicos a mis recitales de poesía. Ellos iban tocando y yo fui quedándome con la copla, con su música, de manera que poco a poco fui generando respuestas a esa música. En los años 97 y 98 el poetema se convirtió en el poema que encuentra su tema. Es un tema musical en poesía. Era una palabra que al principio usábamos mucho. Después empecé a emplear más la expresión “canción hablada”. Aunque eso tampoco es del todo cierto porque también tendríamos que plantearnos qué es cantar. —ECP: Entonces, ¿los poetemas se recitan o se “recicantan”? —FG: Las dos cosas. Unas veces van más recitados y otras veces van más cantados. Incluso, si el ruido ambiente es más fuerte que tú, o no tienes la voz ese día para muchos trotes, puedes susurrarla o sugerirla. Si no llevas una banda con muchos vatios, o buscas un cierto embelesamiento, en esta época del ruido, puedes levantar mucho la voz o dejarla ahí en el suelo, junto a los zapatos, los cables y las miradas curiosas. Siempre habrá alguien que conecte.
—FG: El cantante mudo es un personaje que aparece en un momento en que la poesía y la música empiezan a mezclarse una vez más en mi cabeza, en los 90. Se me apareció varias veces antes de poseerme. En una actuación de Chet Baker en Valencia en el 88, el año que falleció. Había que mantener mucho silencio para escuchar su voz. Decía las palabras, o emitía los sonidos, como si estuviera en su mundo, ajeno a todo, y su gran amigo era el silencio. Lo mismo me sucedió con Dylan en el 93. Lo había visto antes en Buster Keaton, en algunos westerns donde se habla poco y se hace lo que se tiene que hacer, en Suzuki, el silencio del no-hacer, en Harpo, en Bob Fosse, Gene Kelly, en las bailarinas de ballet, en los gatos, en las noches estrelladas en la infancia o la adolescencia. Siempre estuvo allí, y siempre está ahí. «Mi voz ha salido», decía su primer poema. —ECP: He oído hablar de toda una generación de artistas valencianos en torno al café-librería Cavallers de Neu, que dirigía Uberto Stabile en los años 80. ¿Cómo era todo entonces por allí? —FG: Yo lo recuerdo como una época de mucha espontaneidad. No había nada premeditado. No era un ‘vamos a hacer esto’. Era un esto que se hacía. Uberto creó una atmósfera especial en Cavallers de Neu, y allí se mezclaban muchas cosas diferentes, sin uniforme. Gente que no venía necesariamente de estudios universitarios ni de escuelas de ningún tipo. Músicos, poetas, fotógrafos, gente que pintaba, gente que le gustaba mirar o escuchar, vagabundos, buscadores de oro, bailarinas de cabaret, abuelas, cocineros, gatos, perros. Muchas de ellas, tiempo después, escogieron su uniforme, y por tanto, su pose. Otras no. Con estas últimas me sigo sintiendo conectado, aunque no les vea con frecuencia. —ECP: Con tu primer libro de poemas, La nada disponible, fuiste premio de la Crítica de la Comunidad Valenciana en 1986. Eras muy joven. ¿Cómo te tomaste el premio y qué idea sobre la poesía rondaba por tu cabeza? —FG:
Me lo tomé con agradecimiento, como todo lo que te recompensa.
Con cierta sorpresa, porque era una poesía casi en prosa, que mezclaba
estilos al modo cinematográfico. Me lo tomé sin hielo, porque
era joven. O porque era invierno. Los premios se agradecen, aunque no
creo que se premie un libro en concreto, más bien una trayectoria
o una actitud. Me hizo mucha más ilusión quedar finalista
diez años después con El cantante mudo, o las reseñas
sobre Eclipse. Con todo el trabajo de colaboración de
imágenes y diseño de portadas que me aportaron gente como
Daniel Monzón o Jesús Zomeño. De hecho disfruto mucho
con la gente de la imagen y la fotografía, con el hecho de estar
haciendo vídeos y otros —ECP: ¿Y ahora cómo enfocas la poesía y, ya de paso, la vida? —FG: Ahora sé todavía menos que antes. Lo veo todo más desenfocado. Me gusta enfocarme en algo y ver si sale un trabajo digno y divertido. La definición de divertido o de digno puede ser diferente para cada persona. No tengo un proyecto, aunque tenga algunos proyectos, no sé si poéticos. No me veo abriendo la tienda de las palabras eternamente, y a veces el camarero del amor tiene el día libre. Se pueden hacer cosas sin escribir, se puede uno perder igualmente; y aún pueden quedar maneras bonitas de perderse. A veces me canso, cuando se trata de proyectos con otros, si no fructifican. Algunos sí que van saliendo. Esa espontaneidad que no se puede provocar sin más… Todo va demasiado rápido para mi percepción de las cosas. Hay demasiado espíritu ‘sms’, y sin embargo se dejan muchas cosas sin terminar, y no se consigue atrapar la magia del momento por comunicarlo todo más rápido o más pronto. Hay demasiada queja y lamento alrededor, también, y no sé por qué; y un exceso de manipulación del gusto o de su consumo rápido, mucho egoísmo, cada cual a la suya. Esa actitud o pose de ser independiente tampoco la entiendo… ¿Independiente de qué? Ya lo eres, y al mismo tiempo todo está conectado. La vida no ha cambiado tanto en lo básico como para decir que es mejor o peor. Me gustan las imágenes desenfocadas. Nunca me atrajo la búsqueda de la perfección. La estética no dice nada sobre ello, salvo que es bueno tener estilo. Me gusta mirar cuando pasa alguien con estilo. Y me gustan las curvas. Hay errores que maravillan, y curvas que valen por cien rectas. —ECP: Tuviste una etapa como editor con Ediciones de Nunca Acabar. ¿Qué tal estuvo esa experiencia? —FG: Tuve varias etapas. “Cuadernos del Mar” con Uberto, “Vagabundos del Dharma”, luego con Rafa Camarasa “La Línea de Sombra”, que fue la más duradera, además de la que me nombras. Fue divertido, agotador y catastrófico. Todas nos llevaron a la ruina con elegancia. No ahorramos para un coche, ni una casa protegida, ni un móvil o un ipod última generación. Lo bueno es que no tienes que preocuparte por dónde aparcas el coche, o por llegar tarde a casa. Los libritos que publicamos son realmente hermosos, la gente que los tiene también. Se trata de algo muy artesanal, tántrico, tremendo, sexy y temporal.
—FG: Consignas, otra palabra que no me gusta, que da miedo. Están en todas partes, y las usan para vendernos de todo. Desde todas partes. Uno se aplica a sí mismo lo que piensa que va a favor de su corriente y de su forma de ser. Escuchar a los mecánicos. Conservar un cierto bouquet, el sonido clásico. Ir al dentista de vez en cuando. No hablar en exceso. No casarse con el dinero aunque sea presidente de Francia. Evitar el ruido. Usar gorra. Hacer algo inesperado. Intentar que el abrazo te pille dentro. Tomarse todas las dosis de arrullos o avalanchas de placer cuando lleguen. Salir del país, da igual qué país sea. Nacionalizarse extranjero de vez en cuando. Hablar con extraños, con niños y con gatos. Dar paseos. Echar una mano con los trastos. Lavar los platos. —ECP: Imagina que estás en un bar y de pronto se te aparece el fantasma de Jack Kerouac justo al lado. ¿Qué harías? —FG: Le diría al camarero o camarera: “Dos más de lo mismo”. —ECP: Por último, te dejo un micrófono abierto. Adelante. —FG: Eso. Adelante. Hacia atrás es difícil y fatiga. Hagas una cosa u otra, estés en el lado del río que estés, da igual el sentido, importa el sentimiento.
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