Descripción de la ventana
Los guiones cinematográficos
de Belén Gopegui


Sergio B. Landrove

 

 

     Antes de empezar a leer el artículo miren, por favor, un segundo a la ventana. Allí, como siempre, está la mosca confiando en que su voluntad y esfuerzo son suficientes para atravesar el cristal. El cine comercial se fija en la mosca, en su voluntad y en su esfuerzo (la esencia del individuo) para contarnos la historia de un fracaso o de una victoria según el protagonista (el individuo aislado) logre o no romper el vidrio. A veces, muy pocas, este cine va unos pasos más allá y nos cuenta también algo sobre la ínfima porción del cristal contra la que el bicho arremete una y otra vez; otras muchas, nos hace fijarnos en el otro lado: en la puesta de sol o el olor del cadáver que impulsa a la mosca a superarse. Los guiones de Belén Gopegui pretenden ser la base de un cine que no se limite a contarnos la mosca o el paisaje y nos diga también lo más posible sobre el cristal, e incluso la ventana a la que pertenece. Ella lo explica así en su artículo ‘¿Y si se acaba París?’ (1) sobre El principio de Arquímedes (dirigida por Gerardo Herrero en 2004):

 

     «Posible nueva versión del principio de Arquímedes: “Todo cónyuge, o miembro de una pareja estable, con una trayectoria profesional ascendente experimenta un deseo de abandono a su cónyuge estancado igual en valor al incremento de su sueldo, relaciones y contactos”. ¿Así de mecánico? ¿Así de materialista? Seguramente no. Seguramente queda sitio aún en las relaciones de pareja para las grandes palabras. La pregunta es cuánto, cuánto sitio queda todavía.
     Hay una clase de cine que desde hace décadas viene ocupándose de ese sitio. Es un cine que ilumina no tanto el otro lado de las cosas como lo que está al borde del otro lado, el reflejo, la sombra, la abertura por donde asoman palabras como belleza, locura, insolencia, muerte y también amor. De él está hecha casi toda la historia del cine y poco hemos de decir.
     Hay sin embargo un cine más pequeño. Un cine que no acierta a llegar al borde, al borde del otro lado. Quizá porque no sepa cómo llegar, quizá porque le parezca difícil hacerlo y tenga miedo de elegir un atajo, de hacer trampa. Quizá, a veces, porque no quiera llegar. Es un cine que elige contar lo que está delante. Porque piensa que al mostrar lo que tenemos tal vez sea menos difícil imaginar lo que no tenemos. Porque piensa que vivimos tiempos en donde lo que sobre todo se ha borrado es la añoranza de lo que no tenemos».

 

"La suerte dormida" de Ángeles González-Sinde     Y ese «contar lo que tenemos, lo que está delante» aparece como estrategia de lucha contra la «inverosimilitud» del cine comercial, en el que los personajes viven en un instante de laboratorio recreado por el guionista; los protagonistas, reducidos a los principios, la voluntad, el esfuerzo y los instantes caen rápido en el estereotipo y es por ello que parece aún posible crear una máquina desveladora de finales como aquella con la que Buñuel sorprendió a Hollywood (2). El cine comercial, siguiendo los pasos que en su día dio la novela, trata de superar esa tara con pinceladas de realismo: los personajes dejan de ajustarse a los cánones de belleza del momento, incluso, en el colmo de la pirueta verosímil, nos muestra a alguno de sus protagonistas en el retrete o en cualquier otra actividad cotidiana sin que estas escenas tengan otra finalidad narrativa que la de demostrar que los estereotipos viven de este lado, en «la realidad» ¿Pero es esa la realidad? La mosca que trata de romper el cristal sangra. ¿Qué nos enseña eso?
     Para retratar la ventana ha escrito Belén Gopegui los tres guiones que de momento se han transformado en películas: La suerte dormida (2003), El principio de Arquímedes (2004) y Una mujer invisible (2007); la primera dirigida por Ángeles González-Sinde, que firma junto a Gopegui el guión, y las otras, por Gerardo Herrero. Ya en la primera novela de la escritora madrileña (La escala de los mapas, Anagrama, 1993) la realidad amenazaba la existencia del protagonista. Sergio Prim no puede limitarse a vivir su amor por Brezo Varela por las asechanzas de la realidad. Quizá lo más sorprendente es que la realidad de Gopegui dista mucho de la imagen prejuiciada que nos hemos construido de ella, la que más ha usado el realismo. No es la pobreza, la enfermedad, los harapos ni el hambre sino una mujer «con su peinado de actriz de cine, con su vestido de noche, con sombrilla roja (…) las manos de negros guantes apoyadas en el vestido, alta, provocadora (…) taconeando, frívola y masticando despacio, una palabra boba: “chanchullos”. Chanchullos de fresa, rellenos, amistosos, “normales” (…)». Frente a un cine que bien ignorándola o bien disfrazándola nos invita a huir de la realidad a los afortunados que aún podemos, Gopegui se propone «contar lo que tenemos», la realidad que no es sólo una serie de condiciones materiales sino también el conjunto de ideas y sentimientos que conviven con esas condiciones. Evidentemente es una realidad fragmentaria (un «instante de laboratorio», escribí antes) pero al estar construida con enlaces desacostumbrados (los que relacionan dinero y amistad, justicia y derecho, amor y empleo, lo egoísta y lo individual) sirve para decir aspectos que otras películas no pueden representar.
     Sus guiones son una llamada de atención sobre lo que tenemos. Nos dicen que muchas veces los grandes valores no se pueden seguir hasta el final porque «necesitamos el dinero todos los días» y no es posible seguir luchando. Que el amor tiene que ver con algo más que con la biología y la magia y si bien es cierto que es «azaroso», esto no quiere decir que nazca simplemente cuando tras un choque en la calle con el otro se mezclen las compras sino que también hay amores de derribo y otros determinados por el empleo y que son (o pueden ser) buenos. Que podemos decidir cambiar nuestra forma de ser (de actuar) con distintos fines pero que, una vez cambiada, ya no somos los mismos porque la personalidad es una máscara difícil de quitar.
"El principio de Arquímedes" de Gerardo Herrero     Otro de los métodos usados por el cine comercial para superar la inverosimilitud es la «coralidad», películas que cuentan vidas cruzadas, una pluralidad de ejemplos de voluntad y esfuerzo individuales que chocan y se entrelazan para dar a entender que la realidad es algo más que un episodio de la existencia de un individuo. Frente a ese parche de la «coralidad» (contra el que arremete el prólogo de El principio de Arquímedes), Gopegui acumula tramas en los personajes. El protagonista de La suerte dormida lucha contra su ego, intenta recuperar la alegría perdida asumiendo sus errores mientras se enfrenta a una trama de corrupción que ha costado la vida de una persona. Ninguna de las tramas forman parte del decorado, como ocurre con las «pinceladas de realismo» del cine comercial, sino que se influyen mutuamente para conformar la historia.
     Y el dinero, el arma favorita de la realidad, ocupa un papel fundamental en los guiones; el dinero y los medios para lograrlo. El trabajo aparece en escena pero no como «pincelada realista» sino como condición determinante del actuar de los personajes. El ejemplo más claro está en Una mujer invisible (la más floja de las tres películas), en la que el mundo laboral fácilmente podría haber quedado en un segundo plano de ser otros la guionista o el director; pero Gopegui y Herrero pretenden contar la historia de dos invisibilidades: la del individuo egoísta y la del trabajador precario de la centralita comercial y del choque de ambas saltan chispas de verdad, fragmentos del cristal y la ventana.
     La inclusión de la realidad es el principal rasgo de los guiones de Belén Gopegui pero no el único. Mantiene aunque de una manera menos brillante, quizá condicionada por el medio, las poderosas metáforas que pueblan sus ocho novelas. Así alguien en un arrebato de impotencia rompe un reloj de arena, escenas después recoge la arena, la criba con cariño y se la devuelve a su dueño diciéndole: «Este es todo el tiempo que he podido recuperar». O un trabajador recientemente sustituido por otro más joven mira embobado el funcionamiento de una de esos enormes exprimidores de naranjas de los bares. O un pijama representa el fracaso de la paternidad y unos macarrones con tomate, los ideales abandonados.
     Para un cine «desde este lado» es para el que se propone escribir Belén Gopegui, para un cine que no se limite a distraernos del día a día sino que sirva para algo más, quizá para «alcanzar la añoranza de lo que tenemos». Un cine que no sea una burbuja de ocio porque la realidad (tal y como la sentimos en sus películas) da miedo y no sólo por la constante crítica al capitalismo y a la sociedad que ha ido construyendo sino porque, como tras disfrutar de cualquier otra gran obra de arte, nos sentimos reflejados en sentimientos, actitudes y gestos de esos que muchas veces no somos capaces de reconocernos ni a nosotros mismos. Verlos en la pantalla nos hace recordar, entre otras cosas, que todos somos iguales. Saber esto sólo sirve para acrecentar el miedo y por eso seguiremos acudiendo al cine mayoritariamente a ver cómo una mosca logra quebrar el cristal de la ventana y retoza golosa junto al cadáver.
     En El padre de Blancanieves (Anagrama, 2008), la por el momento última novela de Gopegui, uno de los personajes echa en cara a sus padres, lo que los espectadores podríamos reprochar a los responsables del cine comercial:

 

     «Papá siempre ha pensado que por vivir en esta casa e ir a buenos colegios en donde nos relacionábamos sobre todo con gente que vivía en casas como ésta y también jugaba al tenis los sábados, la realidad iba a quedarse fuera. Pero no ganáis lo bastante (…) una pequeña burbuja no sirve para nada. Hay que hacer fortalezas (…)».

 

     La madre le contesta:

 

     «(…) Además, tienes razón, la realidad de hoy, desaprensiva, cínica, está ahí fuera, nosotros hemos vivido pensando que podríamos librarnos, pero seguramente sea mejor así. Es muy angustioso estar todo el día pendiente de no abrir la puerta, por si es la realidad, de no coger el teléfono, por si es la realidad (…)».

 

     O de no ir al cine, por si en la pantalla apareciera la realidad.

 

     Post Scriptum

     Además de las tres películas mencionadas, Gerardo Herrero dirigió en el año 2000 Las razones de mis amigos sobre un guión de Ángeles González-Sinde en el que adapta la novela La conquista del aire (Anagrama, 1998) de Belén Gopegui. Esta película comparte las características aquí mencionadas para los guiones de la escritora madrileña.


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     (1) El principio de Arquímedes en Cómo hacer cine (http://www.comohacercine.com).
     (2) Más información sobre el invento en Mi último suspiro de Luis Buñuel (y Jean-Paul Carriere) (Plaza & Janés, 1982) o, más a mano, en ‘Buñuel y los mandamientos de Hollywood’ de Pedro Gutiérrez Revuelta en El Coloquio de los Perros, número 17 (http://www.elcoloquiodelosperros.net).