| |
Una estampa
Rafael Alonso Sánchez
| Mi
alma ha de volver a hacer
el mundo como mi alma
Juan Ramón
Jiménez |
Una
de las capas de esta estampa, la sobrehaz, deja ver una tarde de septiembre
y una avenida recién mojadas por la lluvia. Los edificios se alzan
agolpados y ególatras, de modo que borran la cercanía del
mar. No están hechos para tal tipo de luz, y eso que la ciudad
conoce más días nublos y de lluvia que de sol. Dan la impresión
de desvaídos trajes de gala, idóneos en su momento para
lucir en fiestas privadas o frente al espejo, siempre a cubierto, incapaces
luego para sufrir el uso y la intemperie con soltura, dignidad y elegancia.
No toleran bien salir del ropero de los planos, del tejemaneje de los
despachos y las concesiones, y, además, los inmuebles, su tristura
farolona y monocorde, encogen la grata, prometedora anchura de la avenida;
a esto también ayuda el tráfico, el apremio, la voz de los
semáforos, ahogada bajo el rugiente punto muerto de los motores.
El trajín y el ruido, con su elevación de bloque desafortunado,
impide
incluso que se sienta el mar: lo empuja lejísimos, ajeno, desoído,
o tal vez le ofrezca el asilo de la imaginación, como a un viejo
solitario e imprevisible.
Voy en urbano, leyendo. Leo memorias, leo
un libro de memorias sobre el apasionante mundo del libro. El editor José
Ruiz-Castillo Basala hace recuento de su vida, de lo que en ella hay de
historia del mundo. En cierto momento, recoge pasajes de cartas que Zenobia
Camprubí envía desde Puerto Rico a España. Su marido,
Juan Ramón Jiménez, prepara la Tercera Antología
Poética. La elabora, y la tarea le lleva dos años largos.
Bien pensado, no es tanto pero a la vez raya en lo imposible. La obra
de más de medio siglo ha de reescribirla en un espacio, en un tomo
de pocas páginas. Tal trabajo tiene algo de esforzada
mudanza interminable. Sin embargo, ¿no ocurre que el amor de una
vida entera se expresa con plenitud en un solo beso? Al poeta le mueve
un afán perfeccionista, el ánimo de una obra acabada y libre.
A este acto él lo llama revivir.
Para cuando la antología vea la luz,
Juan Ramón Jiménez habrá recibido el Nobel de Literatura.
Zenobia muere antes que él, sabedora y saboreadora de la noticia,
y es ella, en retrato de Joaquín Sorolla, quien figura en el libro
y en el alma del poeta (la dedicatoria reza: A Zenobia de mi alma).
Porque la ama, la reconoce autora continua del poema, de la vida entera
que él se ha pasado transcribiendo, sondeando, perfeccionando:
el mundo en él y él en el mundo, porque ha cifrado el alma
de la obra en tal unidad, en tal armonía.
De vez en cuando, levanto la vista del libro.
No fijo mi atención en la gente —más bien en el gentío—
que camina como con temor de que rompa a llover de un momento a otro,
o tal vez sea el ansia de regresar a casa y secarse cuanto antes, secarse
y despojarse de la jornada, sin que nada ni nadie contraríe o demore
su paso. La magia de la lectura transporta mis pensamientos, y los apega
y circunstancia y circunscribe a otras cosas, a otros alrededores que
no están ahí, en la premura de la calle, en el interior
del urbano, las no pocas conversaciones por móvil, los interlocutores
quizás no tan lejanos, quizás se hallen en algún
punto de la ciudad (estoy de camino, coinciden en anunciarse
algunos de los que hablan por el móvil), el perfume de una mujer
recogida en sí misma, casi melancólica. Acaso mi aspecto
no resulte menos absorto y ausente que el de ella, con los pensamientos
como ojos tan engolfados en leer entrelíneas. En una de éstas,
al alzar la vista, pienso en la perfección, en lo que entraña,
acierto, tiento, tino, constancia —constancia y no porfía—
en quitar y añadir con sentido, según corresponda, si bien
lo más común y eficaz suele ser lo primero, retirar lo que
sobra, que, cuando adecuado, tiene la misma virtud que incorporar lo que
falta. A fin de cuentas, el propósito es completar la obra, bordarla,
infundirle integridad clara y precisa.
En la perfección, pienso... El autobús
prosigue su tarda ruta de hora punta. En las horas punta domina el deseo,
sordo o ensordecedor, de ir más rápido que el tiempo...
Pensativo, me pregunto: ¿cómo vivirá el pasar del
tiempo un empedernido perfeccionista?
Al respecto, formulo no tanto una respuesta
como una paradoja, en fin, una pregunta que al punto se ramifica en divagaciones.
Al hilo de su empeño, el perfeccionista quizás saque la
conclusión —la frustración— de que el tiempo
se agota sin dar tiempo a concluir sólidamente nada de nada. Si
no propenso, sí que resulta presa fácil para la angustia,
para la sensación angustiosa que sobreviene en las pesadillas en
que uno, por más que corra y corra, descubre, bañado en
sudor y horror, que no avanza ni adelanta nada.
Juan Ramón Jiménez ruega al
tiempo, al tiempo sin huella, el de siempre, al del instante de la
flor del almendro le reza en el poema XIV de Eternidades
(1916-1917):
 |
¡Oh tiempo, dame tu secreto
que te hace más nuevo cuanto
más envejeces! |
Acaso
el poeta pretenda el ciclo de los ciclos —corazón del que
laten los ciclos—, el que se abre y se cierra de continuo, el que
se colma y vacía, todo ello al mismo tiempo. Su tamaño es
el inmenso tamaño de la fugacidad. La memoria lo mide y estudia
lo mismo que un físico entrevé la presencia de partículas
cuantiquísimas por entre la ranura de indicios y secuelas, de sombras,
de espectros, sin poder tenerlos nunca disecados, nunca uniformados, nunca
totalmente presentes. Interrumpo aquí el curso de mis divagaciones,
su ramificado curso porque...
...porque el autobús se detiene en
un paso de cebra, a la altura de un semáforo mudo, esto es, en
rojo, los semáforos sólo hablan y meten prisa cuando se
ponen en verde para los peatones. En esta ocasión mi mirada sí
que ve. Los ojos captan una escena, la interpretan.
A orillas de la carretera, una niña
tira del brazo a su madre. No es para aprovechar el momento y atravesar
corriendo la calle. Señala hacia el trastabillado vaivén
de una ancianita que ha bajado de la acera, como dispuesta a sortear la
espera, la impaciencia y los coches, pero que ha terminado por quedarse
no muy pegada al bordillo ni muy metida en la carretera, haciendo tiempo,
haciéndose objeto de la mirada de la niña y su madre, de
la mía. Se la ve vieja, desangelada. El no poder estarse quieta
la zarandea, la desacompasa. Viste ropas y gesticulaciones que le sobran
y bailan por todos los lados, afanosas de otro cuerpo. Va con pantalones
grandes, desmedidos, anchos, marrón muy oscuro, un tachón
de perneras que le tapa los pies, el calzado, los cortos pasos. Se abriga
con una parka que la envuelve en un marrón claro. Desdentada, los
labios se le rechupan y escurren hacia dentro. La cara, como de cera,
que se derrite, amarillenta, fláccida. El pelo, de un castaño
mate, seco, árido. De pronto, casi inesperados, unos ojos oceánicos,
ajados, diluidos, atentos al urbano parado sobre el paso de cebra, a sus
pasajeros, entre los que me encuentro.
Me hurto a la sensación de que me
mira, de que ha notado mi mirada, mis pensamientos, la vida sufrida y
difícil en la que me la represento e imagino: de una de las manos
le cuelga una bolsa, el peso de un tetrabrik y una manta —no distingo
si usada o por estrenar—, ¿el de una noche al raso? Agacho
los ojos pero me cuesta hilar la lectura, unir una letra a otra, una palabra
a la siguiente y a la de más acá y a la de más de
allá, una oración a su sentido.
Al moverse, de nuevo en marcha, el autobús
me agita como a un calidoscopio tácito de cristales, pensamientos
y figuras. Al cabo de un rato, un rato roto en paradas y avances, en renglones
desarreglados, aun habiendo quedado atrás, a la espera de que el
semáforo se ponga en verde y en voz, la vieja me acompaña,
no se me va de la vista ni del pensamiento, se me cruza en el párrafo
en que Zenobia —carta de 1954— atestigua que sobre Juan Ramón
Jiménez se han abatido últimamente dos desgarros de melancolía
—dos estados de depresión, dice ella— justo
cuando revisaba, rehacía —revivía, diría
él— toda su obra para ediciones finales, no me doy
capaz de dejarla ir por su camino y su vida, no hasta que la avenida se
abre por la izquierda. Surge el mar, sus aguas, derramándose sin
fin y con horizonte por el atardecer de septiembre. Las admiro. A diferencia
de los edificios, de sus materiales, ellas sí que saben hacerse
a la luz, al paso de las horas, al mundo en que están. Un ojo no
lo haría mejor. Perfección indefinida, palpitante, sencilla.
Donde hay horizontes, el misterio abraza y ciñe como un amigo,
como una piel.
Sigo leyendo, sigo camino a casa, sigo con
la vieja envuelta en su parka —tiene vida propia, ¿qué
habrá visto en mis ojos?—, sigo con la estampa. Ahora puedo
apartar la vista del libro sin que la lectura se interrumpa.
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de ensueño y loco de armonía. |
 |
Es
Rubén Darío quien confiesa esto en su soneto Melancolía,
y tal confesión parece un retrato al vivo de un Juan Ramón
Jiménez, ése que ha perdido “la risa inestinguible”
y no para de buscarla, añorarla. ¡Extraña tanto a
aquel niño que sembraba risa y la hacía brotar a su alrededor!
De él no guarda sino una deslumbrada desmemoria.
En su quehacer de poeta, no aspira únicamente
a dominar el lenguaje, a complacerse en un prolijo ejercicio de dominio.
No vuelca en tal cosa su fin, su cometido. (Pienso que) persigue lo que
Unamuno llama el supremo buen sentido, la poesía. Sin aquél,
un poema no rinde honor a su nombre, queda trunco. Uno de los poderes
de la palabra es rehacer, recrear, renovar, revivir el mundo.
A Zenobia, la Zenobia de su alma, le urgía
curarle de su enfermedad como quien libra una desigual batalla para liberar
a su ser querido de una desoladora esclavitud, y tiene que imponerse,
casi que obligarle a abandonar los cuidados de un hospital de Washington
y regresar a Puerto Rico. El trato con los amigos, con el idioma, el
hablar en español con todo el mundo, le sienta bien, divinamente,
trae mejoría, es mano de santo. Desde Puerto Rico, ella quiere
ver en España un remedio, una medicina, una salvación. Laboriosa
y lúcida, fina y firme, emprendedora y entregada, Zenobia sueña
el sueño de la esperanza.
Si fuese a disfrutar las vacaciones de 1956
a Andalucía, si visitara Sevilla para conocer a una infinidad de
sobrinos-nietos, si se reencontrase en Moguer con el inmemorable niño
de generosa risa “inestinguible”, anterior, muy anterior —como
si mediara un abismo— al niño que se fingía dormido,
olvidado del tiempo para que éste se olvidara de él, escondidito
en sí mismo para que las tres y cuarto de la tarde no lo descubrieran
ni se cuidaran de llevarlo a la escuela...
Para cuando el urbano llega a mi parada,
allá en las afueras de una ciudad cada vez más codiciosa
por hacer suyas las afueras de los pueblos aledaños, el libro,
la memoria de José Ruiz-Castillo Basala ha recordado la muerte
de José Ortega y Gasset, la de Zenobia Camprubí, la concesión
del Nobel, la edición de la Tercera Antología Poética,
el poema Adolescencia, la muerte, el transtierro último
de Juan Ramón Jiménez... Y a mí...
...A mí se me ha metido una idea
en la cabeza, entre los pasos que cuesta arriba me llevan a casa...
Juan Ramón Jiménez se presta
y dedica a revivir sus poemas, a dominar el lenguaje, el oficio de la
palabra, el arte del supremo buen sentido lo mismo que un niño
se sacrifica por hacerse dueño de un pájaro encerrado en
una jaula. Una vez suyo, podrá soltarlo, dejarlo libre, vivo, poético.
|