Este año ha sucedido algo misterioso. El otoño ha llegado puntual. Lo anunciaban todos los noticiarios importantes televisados, e incluso se apuntaban el tanto los escritos. A las 5:46 exactamente. Y lo más impactante de la noticia: sucedía al caduco estío.
     Así que poco o nada tengo que añadir a semejante y tan exhaustiva información. Sólo corroborar una vez más que es un tiempo también de hojas secas para las artes, amarillo (que también simboliza la alerta).
Afortunadamente, tengo en la recámara las lecturas pendientes de Javier Marías, Charles Dickens y Yasunari Kawabata. Paralelamente me esperan Manolo García, Arcade Fire o Kymia Dawson. Y, por supuesto, estará Yann Tiersen presente, una de mis apuestas otoñales seguras, como la poesía de Pessoa, al que me he prometido volver, al que siempre prometo volver.
     Todo esto es posible hoy en día gracias a la globalización. Todo se debe a la globalización. Antes todo se debía a la relatividad y, por ello, todo resultaba relativo, hasta la subida y la caída de los gobiernos y los imperios. Hoy reina la globalización y todo es global. Internet ha popularizado esta palabra hasta llevarla al reino de las palabras, al olimpo de las grandes polisemias.
     En nombre de ella se crean las mentiras menos piadosas, se expande el miedo insertado en las rendijas de la niebla a la que un día hermosamente cantó el maestro Wystan H. Es tan poderosa que ha obrado el milagro de la analfabetización masiva, ideal para épocas que son el final de un ciclo, como es éste tiempo que nos ha tocado sobrellevar. Es en su nombre que algunos matan y secuestran a miles de kilómetros de su casa y en nombre de causas que sólo se conocen realmente en Second Life. Es la consecuencia lógica de darles el poder a los que sólo querían el dinero. Y así hoy alegremente nos desnudamos en los aeropuertos con el propósito de demostrarles al mundo que nosotros no somos terroristas y que el único motivo por el que nos subimos a un avión es por la necesidad de viajar. Eso, señores, hoy hay que demostrarlo. No vale con presumirlo. Las libertades, que nunca existieron, hoy se han vuelto inservibles y cualquier ciudadano comprende y apoya tales medidas en busca de afianzar una seguridad tan irreal como la propia inseguridad que nos plantean.
     Pero me salgo del tiesto. Es otoño, amanece lentamente. Es inevitable mirar hacia atrás con leve giro y posterior dolor de cuello. Ver que hace tiempo que nos alejamos de las playas y de la felicidad enlatada que eternizamos en un clic de fotografía. Nos urge estampar los momentos de felicidad para recordarnos que existen.
     Aunque no valga la pena preocuparse tanto. Gracias a la globalización, la wikipedia siempre estará dispuesta a aclararnos que la felicidad no es verle las tetas a Scarlett Johansson (pongan aquí a su favorita), sino sonreír al recordar que esas mismas tetas (u otras semejantes, no hay que ir de exigentes en los asuntos de los placeres pasados) una vez estuvieron en nuestras manos (ponga pollas, si es esa su opción sexual).
     Para eso también sirve el otoño. Tan global que alcanza cada casa con abrir un par de ventanas. Qué curioso: como nuestro Coloquio, que ya se apaga y camina hacia un sendero nevado.



Ángel Gómez Espada

 

 

 

 

 

     CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.

(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)