Un hombre titulado
JESÚS ZOMEÑO

 

José Alcaraz

 


     Parece sencillo entenderlo, primero la lectura empieza a convertirse en una necesidad intelectual, más tarde puede que incluso la necesidad se vuelva física y haga falta sentir un libro entre las manos, acunarlo si se prefiere decir así. Tiempo después, hay quien sus neuronas espejo poseen cierta vena artística y le empujan a escribir, con más o menos gloria o desatino. Pero un paso más allá, después de la lectura y la escritura, tal vez se siente una llamada que empuja a editar libros por encima del dinero y el sano juicio. Es en ese punto donde saludamos a Jesús Zomeño (Alcaraz, Albacete, 1964), escritor y editor independiente afincado en Elche. Como editor, Zomeño es responsable de las colecciones de poesía Diarios de Helena y Noches de Alicia, también de la colección Punto, donde publica la serie Laberintos, todo un ejemplo de artesanía donde reúne relatos de autores españoles que imaginan la vida de personajes anónimos rescatados del olvido a través de fotografías de la Primera Guerra Mundial. Como escritor ha publicado los libros de poesía Del eterno regreso (1989), Diario marroquí (1991), Segundo viaje a Marruecos (1992), Diario de los nómadas (1995), El otoño de Montparnasse (1995), Un libro titulado 34 poemas (2001) y Lectura de estaciones (2001). Cuestión de estética (1987) era su único libro de relatos hasta la fecha, ya que en septiembre de 2008 verá la luz Lengua azul (Ed. Sloper), libro que obtuvo el último premio Cafè Món. Además, en internet podemos seguir su novela Diarios de la ocupación.

 

Un hombre titulado Jesús Zomeño © Concepción Canales     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Editor artesanal e independiente, Jesús. ¿Qué se te pasó por la cabeza cuando decidiste comenzar a editar?

     —JESÚS ZOMEÑO: Cuando empiezo a editar no lo hago como empresa, no busqué el beneficio. Tampoco para intervenir en la política cultural, ni pretendí subvenciones, ni privilegios, ni siquiera irrumpir en la Historia de la Poesía. Empecé sin ninguna ambición y creo que sigo así, por eso cada vez mis ediciones son más pequeñas en la forma e intimistas en el contenido.

     —ECP: Cuéntame, entonces, qué fue lo que finalmente hizo clic en ti y te dio el pistoletazo de salida.

     —JZ: Empiezo a editar por motivos sentimentales. Yo quería formar parte de alguna manera de la obra de los autores que yo admiraba y con los que me sentía identificado. Quería formar parte de la bibliografía de Fernando Garcín o de Uberto Stabile. Una vez tomada la decisión de intervenir en su obra, lo siguiente fue plantarme los medios que tenía a mi alcance. Rechacé buscar subvenciones y al contar exclusivamente con mi dinero, acepté que no disponía de muchos medios y que la única estrategia posible era plantear la edición como un acto de creación, cuidando el diseño del libro y la selección de los autores. Como tomar cerezas de una fuente, un autor me arrastró a otro y así fui sumando a Luis Felipe Comendador, Juan Ángel Castaño, Fernando Beltrán, Gonzalo Santelices, Ricardo Labra… así hasta el último, Ernesto Cardenal.

     —ECP: Además, creo que con este último libro tienes una especial vinculación, ¿verdad?

     —JZ: Sí, y sirve como ejemplo para entender mis motivaciones. Hace más de veinte años encontré en una librería de viejo una edición de Gethsemani, Ky de Ernesto Cardenal. Esa obra me impresionó, me gustó tanto que enseguida lo perdí al recomendarlo y terminar prestándolo. Durante veinte años mantuve la memoria del libro y la referencia de su contenido en mi obra. En la librería preguntaba siempre por nuevas ediciones de la obra, pero no salían. Resucitar un libro es mágico, y por eso me atreví a editar Gethsemani, Ky. Contacté con Ernesto Cardenal, le mandé los ejemplares de mi colección y me autorizó la edición. La obra nunca se había publicado en España y la última edición había sido en Colombia en 1965.

     —ECP: Entonces creo que por fin ya estamos en disposición de afirmar que eres un editor romántico. Seguro que puedes recordar con cariño cuál fue el primer libro que editaste y alguna que otra anécdota de propina.

     —JZ: El primer libro que edité fue La mirada en Trivia de Fernando Garcín, en 1994. Había nacido mi hija Helena y quise trazar un paralelismo entre ella y la poesía. Cada vez que editaba un libro, le hacía una fotografía a mi hija con el autor. Así Helena iba creciendo y los libros sumándose. Después nació Alicia y las fotografiaba a las dos. Han venido haciéndose mayores y sin embargo la colección de poesía se ha detenido. Seguir publicando más libros en Diarios de Helena carece de sentido porque no sería honesto editar lo que no siento. De todas formas, cualquier día un libro me resucita y lo edito…

Artesanía y creatividad en las carpetas de la serie Laberintos     —ECP: Tu gusto para editar tiene muy buena reputación, precisamente por abordar la edición desde un punto de vista creativo cuando, como has dicho antes, se dispone de pocos medios. Supongo que es necesario agudizar el ingenio para obtener el mejor resultado posible. ¿Cómo te enfrentas a ese reto?

     —JZ: Efectivamente, un libro con tapas de piel y nervios en el lomo no necesita más. El problema empieza cuando tienes delante sólo una cartulina, un paquete de folios y un metro de cuerda… ¡Eso da que pensar! Cuando todavía editaba Diarios de Helena me planteé dar ejemplo de que era posible editar con poco dinero. Es posible una cultura alternativa y creativa. Para esto hace falta editar con poco dinero. A mitad de los noventa edité varios trípticos de poesía que consistían simplemente en una fotocopia por ambos lados, se doblaba y quedaba un folleto precioso (son los poemas que reuní en Lecturas de estaciones). Cada edición de aquellos trípticos me costaba unas doscientas pesetas… Desde aquel proyecto básico hasta las carpetas de Laberintos hay mucho camino, pero la filosofía es la misma: hay que vencer el pudor, aprovechar lo que uno tenga en el bolsillo o lo que se encuentre en el suelo, hay que editar y compartir. ¿Cómo lo consigo yo? Supongo que con ganas y algo de tiempo, el resto es la personalidad de cada uno.

     —ECP: Buena muestra de lo que dices es la serie Laberintos, artesanía y creatividad a partes iguales donde el olvido, abordado desde diferentes puntos, es el centro de reflexión. ¿Por qué toda una serie dedicada a las articulaciones del olvido? ¿Es ser editado una forma de perdurar?

     —JZ: Hay que hablar del olvido. No somos eternos. Cuando pensamos en la eternidad, eso nos hace creer que somos diferentes a los demás. Si aceptamos el olvido, si aceptamos que esas fotografías de hace cien años y que ahora se venden en internet por dos euros alguna vez serán las de nuestra primera comunión o las del primer cumpleaños de tu hija, si aceptamos ese olvido comprenderemos que nada nos diferencia del rostro mudo que nos mira desde la Primera Guerra Mundial y entonces sentiremos su dolor y su alegría. Quizá eso nos enseñe a vivir, al menos a vivir mejor y sin tanta obsesión por la eternidad y tanto miedo a la muerte.

     —ECP: De acuerdo, pasemos de la eternidad y de la muerte, y ahora del olvido a la vanidad, porque en alguna ocasión has hablado de la vanidad del escritor. ¿Existe también en el editor?

     —JZ: Editar es una obra de creación. No se trata de parar el coche en doble fila a la puerta de la imprenta y entrar a pasar la Visa Oro para que te lleven los libros a casa (bueno, quizá eso lo hagan algunas editoriales subvencionadas o fundaciones públicas). Escribir es un acto de creación, pintar un cuadro es un acto de creación, dirigir una obra de teatro también es un acto artístico… ¿Por qué no lo iba a ser editar un libro? ¿Por qué los directores de cine o de teatro son artistas y los editores son empresarios solamente? Lo explicamos con un ejemplo: abres el buzón y te encuentras cincuenta folios mecanografiados con tachones: ¡haz un libro! Elige portada, elige diseño, elige maquetación, escoge los detalles, decide el prólogo... y al final tendrás un libro. ¿Alguna vez te has preguntado qué hace un director de orquesta frente a tantos músicos estupendos cuando dirige un concierto? Pues algo parecido hace el editor. Cuando un libro llega terminado y notas que tiene vida, te sientes orgulloso.

"Un libro titulado 34 poemas" de Jesús Zomeño     —ECP: Y después de sentirte orgulloso, si tuvieras que jugar a las siete diferencias contigo mismo, ¿cuáles encontrarías al comparar el Jesús Zomeño editor con el Jesús Zomeño escritor?

     —JZ: ¿Sólo siete?... ¿Tantas? No estoy seguro que sea diferente. Me levanto por la mañana y pido un zumo de naranja en el bar, al día siguiente un café con leche y una tostada con tomate, al tercer día una café solo, al cuarto día un zumo y un café con leche y una tostada con mermelada, al quinto día un café con leche y una magdalena, al sexto día me quedo en la cama durmiendo, al séptimo día me gusta despertarme y que me traigan el desayuno a la cama… Unos días escribo, otros preparo algo de una edición, otros escribo un poema, otro día me tomo un café mientras dibujo… Supongo que siempre soy el mismo, aunque el camarero del bar diga que yo soy complicado porque él mide el mundo en función del desayuno, pero el desayuno carece de importancia.

     —ECP: Supongamos ahora que has terminado de desayunar y de buscar las siete diferencias, y te apetece seguir jugando, por ejemplo, a completar una frase. «Diarios de la ocupación, publicado en formato bitácora a través de internet, pretende…»

     —JZ: Pretende que yo escriba, que me divierta. Partimos de una base: Alemania invade España en el 45, los nazis han ganado la guerra y el país vive la ocupación. Suponemos que todos se rasgarían las vestiduras y dirían: ¡A luchar contra la injusticia! Pero yo creo que eso es mentira, nadie se rasgaría nada y todos se adaptarían. Esa es la tristeza del diario, el que todos nos adaptaríamos. Dentro de cien años quizá alguien lea sobre la Guerra de Iraq o los conflictos de África y ese alguien se escandalice, pero ahora no, todos nos hemos adaptado. Las injusticias no existen, sólo existe nuestra capacidad de olvidarlas, y esa capacidad de olvido nos hace fuertes, como las cucarachas que se adaptan a las grietas de la cocina para escapar.

     —ECP: Vaya, y después de esto nos toca hablar de poesía. Antes has hablado de tus primeros pasos como editor, ¿cuál fue tu primer encuentro con el más mínimo síntoma de poesía?

     —JZ: Soy tradicional, supongo que a los quince años al enamorarme de alguna chica. Sin embargo, ya no me acuerdo. Empecé a escribir hace mucho y durante este tiempo he ido escribiendo por distintos motivos. Uno no empieza a escribir y sigue por el mismo camino. Los motivos y las circunstancias van cambiando. Creo que ahora escribo por apasionamiento, pero ese apasionamiento —cuando lo tengo— no deja de ser una costumbre. Si hubiese coleccionado mariposas o llaves antiguas, ahora me apasionaría igual buscar y encontrar una pieza nueva.

     —ECP: Estoy pensando que los coleccionadores de mariposas o de llaves antiguas también deben de sentirse, a su manera, náufragos, como los poetas. Tú mismo dices que Diarios de Helena es una colección que editas para náufragos. ¿Crees que hay editoriales y poetas menos náufragos que otros?

     —JZ: Diarios de Helena carece de destino concertado o ambiciones, además carece de distribuidora. La colección se deja llevar por el viento, tropezará en la deriva con algunos lectores-naúfragos y pasará de largo para otros que no sabrán nunca de su existencia. Otras editoriales, sin embargo, tienen rumbo fijo, son empresas y tienen su distribución, su publicidad, sus estudios de mercado... Yo no tengo tiempo para ganar dinero con la poesía.

"La lengua azul" de Jesús Zomeño     —ECP: Para terminar quería preguntarte sobre tu libro de relatos Lengua azul, reciente ganador del premio Cafè Món y que verá la luz en septiembre. Parece que el premio está cobrando prestigio a pesar de su juventud. Agustín Fernández Mallo lo obtuvo en su primera convocatoria. También parece que en estos relatos volvemos a encontrarnos con la Europa de guerras y entreguerras, además de otros ambientes. Lo primero, ¿te consideras una persona bélica? Segundo, ¿puedes adelantarnos algo más sobre el libro y cómo te ha sentado el premio?

     —JZ: Respecto a si soy un tipo bélico puedo asegurar que no. Colecciono cascos de acero originales de la Primera Guerra Mundial, pero nunca me he probado ninguno. La guerra es importante como tema de reflexión, la guerra en sí misma y la condición del individuo en ella. Son dos argumentos diferentes: la guerra en sí y la guerra como condicionante de lo mejor y lo peor del hombre (estás a punto de morir, ¿cómo te comportarías si tienes hambre y tu amigo tiene un queso que no quiere compartir?; has pasado dos años en la guerra arrancándole la cabeza a los enemigos y vuelves a casa con las uñas aún manchadas de sangre seca y te invitan al cumpleaños de una niña de seis años que te pide le hagas un lazo en el cuello con su cinta de seda, ¿en qué pensarías? […] Respecto al premio Cafè Món con el libro Lengua azul, me he sentido satisfecho. No es tanto la vanidad de un premio, sino que despega el proyecto de un libro. Este libro acumulaba relatos escritos en los últimos veinte años, son muchos años para seguir olvidándolos en un cajón. Me satisface reunirlos y dejarlos marchar con vida propia. Espero que el libro guste, ya digo, pero ante todo yo ya he cumplido dejándolo publicado y eso es un descanso. Hay que vaciar los cajones de vez en cuando para hacer espacio y seguir escribiendo.

 

 

Un camino que atraviese
el mundo por el centro
A Conchi

No digas
si me quieres

Dibuja una línea
que divida en dos
el mundo
y al andar sobre ella
te verás en lo cierto

Guarda la tiza
si tienes miedo
a perderte

Pero no digas
si me quieres,
que los mapas tatuados

son cosa de piratas.

 


(inédito)