JAVIER TOMEO
La metafísica de los seres bizarros

 

Alfonso García-Villalba

 

 

     Hablamos con Javier Tomeo de pornografía y croquetas, también de zoología (le contamos al escritor quiénes son los bonobos —por si no lo sabía) y, cómo no, conversamos también de literatura y otros seres bizarros dentro de la ficción a partir de su última novela, Los amantes de silicona (Anagrama, 2008). Tal vez algunos lectores se sorprendan de las derivaciones de esta conversación y se froten los ojos cuando hablemos del ganado porcino con Javier Tomeo. No se preocupen, es lo que sucede al estar fascinado por algunos animales. Tengan también en cuenta cómo entrevistador y entrevistado piensan cosas distintas sobre la realidad (principalmente sobre algún animal y sobre la descripción en la literatura) y jueguen al juego de las siete diferencias entre ambos. Pasen y vean.

 


Javier Tomeo: "nadie le hace sombra a Cervantes"      —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Empecemos a hablar de Los amantes de silicona. Tal y como veo, comienzas la novela con la ficcionalización de la autoría. El supuesto narrador del relato recibe en su apartado de correos una novela erótica (o tal vez pornográfica) que ha empezado a escribir su amigo Ramón M. Es decir, haces uso del recurso cervantino del manuscrito “encontrado”. Ya que estamos en El Coloquio de los Perros, dinos tu opinión, entonces, sobre Cervantes, aunque no estemos celebrando ningún centenario.

     —JAVIER TOMEO: Sigue estando ahí, sobre todos. Nadie le hace sombra, a pesar de que probablemente no conociese el término metaliteratura.

     —ECP: Puedes decirnos también cuál es la razón que te llevó a adoptar tal recurso. ¿Lo hiciste para justificar el contenido de la novela?

     —JT: Tal vez, no lo sé. Muchas veces los autores, sobre todo quienes escribimos a base de automatismos psíquicos, no conocemos el porqué de nuestras propias reglas. Actuamos por intuición.

     —ECP: Este procedimiento (la ficcionalización de la autoría, el manuscrito encontrado —en este caso enviado a un apartado de correos por Ramón M), aparece en diferentes momentos de la narración. Así, por ejemplo, en la página 52 el lector de la novela que escribe Ramón M (es decir: el receptor del manuscrito) llega a afirmar que la novela es un disparate y critica que los muñecos de goma presentes en la misma tengan la capacidad de hablar. En ese sentido afirma que «las historias imposibles tienen que ser verosímiles». ¿Cuál es el propósito de este personaje que analiza la obra de Ramón M? ¿Es una forma de crítica hacia cierto tipo de literatura o es un recurso para poder reírte de todo, incluso de tu propia narración?

     —JT: Podría ser también que, a pesar de sus desacuerdos puntuales, Andrés, que es quien escribe la novela, fuese el alter ego del autor, que es quien recibe los folios por correo. Habría que psicoanalizarles, a ver qué se descubre.

     —ECP: Encuentro también un cierto aire (por decirlo de alguna manera) de recursos metanovelísticos que te permiten reflexionar o analizar algunos aspectos de la propia novela desde una perspectiva jocosa o humorística. ¿No crees que es una forma de reírte de ciertas metaliteraturas que están presentes en el panorama literario contemporáneo?

     —JT: La buena literatura (y ahora incluyo aquí a quienes escriben honestamente, es decir, sin tratar de hacerse los “interesantes”) no necesita prefijos. Puede ser buena, mediocre o mala. Todo lo demás es complicarse la vida. Perdona que sea tan simple.

     —ECP: ¿Crees que existe esa metaliteratura de la que hablamos o que es, simplemente, una etiqueta inventada por la crítica? (Al fin y al cabo la supuesta metaliteratura —como dice Vila-Matas— es una literatura que habla de la realidad y si la literatura forma parte de esta última es suficiente motivo para hablar de ella).

     —JT: Lo que te digo: meta es un prefijo que me inspira mucho respecto, y no sólo porque me recuerda las crueles metástasis. Prefiero no utilizarlo.

"Los amantes de silicona" de Javier Tomeo     —ECP: Siguiendo con este asunto: ¿Qué opinión te merece la literatura que habla o cuenta las experiencias vitales de los escritores en su propio quehacer literario? Te hablo, ejemplo, de autores como Vila-Matas, Ricardo Piglia y Sergio Pitol en español o autores extranjeros como Paul Auster, tan en boga en los últimos años.

     —JT: Todo lo que se escriba de buena fe, con la mano en el corazón, es digno de respeto. Pero desconozco ese tipo de literatura del que me hablas. Repito: la literatura, con independencia de los prefijos que se le apliquen, es buena o mala, legible o ilegible, de usar y tirar y de conservar.

     —ECP: Y siguiendo con el panorama actual de las letras, y al hilo de Los amantes de silicona, en las páginas de tu última novela vemos que el narrador, el lector del manuscrito de Ramón M, te ayuda también a hacer crítica del mundo intelectual: «Ramón me recuerda a ciertos intelectuales de este país aficionados a utilizar palabras que no entienden». ¿Crees que esto es habitual en nuestro país?

     —JT: El fenómeno no es nuevo y puede incluso que tenga que ver con algunos ilustres “metaliteratos” del momento. Digo que el fenómeno no es nuevo porque pienso en el siglo XIX y en Fray Gerundio de Campazas, es decir, en el Padres Isla.

     —ECP: Con Los amantes de silicona sucede igual que en La patria de las hormigas o Amado monstruo (también en El cantante de boleros): tus personajes habitan un universo de caspa y alcanfor (permíteme la metáfora) donde se mueven como peces en el agua. Así, por ejemplo, los escenarios tienen unas características muy particulares: un ficus de plástico en el salón de los protagonistas de tu última novela, un retrato ovalado de un caballero con barba de hace más de cien años, etc. ¿Por qué eliges esos universos un tanto anodinos, deprimentes?

     —JT: Los universos o paisajes que rodean a mis criaturas son muy parecidos porque también lo son ellas. Son mis criaturas quienes eligen sus entornos.

     —ECP: ¿Y por qué sientes devoción al escribir sobre un tipo de personajes diría yo que casi pusilánimes, inertes, pasivos al fin y al cabo?

     —JT: Tal vez son mis personajes quienes me eligen a mí. Saben que en el fondo les quiero y que me esfuerzo por redimirles. Los otros, los personajes bellos, inteligentes y felices, no me interesan tanto. Además, ellos tampoco me necesitan. Es mejor que les deje en paz.

     —ECP: Tus personajes, además, cuentan con rutinas perfectamente trazadas, siempre hacen lo mismo, llevan a cabo lo que se supone que tienen que hacer, no suelen salirse del plan cotidiano. ¿No crees?

     —JT: Pues sí, podría decir que son ellos quienes eligen sus propios caminos. Sus caminos y sus paisajes coinciden.

     —ECP: ¿Por qué llevas años dedicándote a retratar monstruos?

     —JT: Siempre digo que la monstruosidad es una vía de purificación interior, una especie de peregrinaje espiritual.

"La noche del lobo" de Javier Tomeo     —ECP: Continuamos con tus personajes. ¿Por qué suelen aparecer dos individuos —normalmente dos hombres— que confrontan su opinión respecto a la existencia? Es el caso de Amado monstruo, La noche del lobo, La mirada de la muñeca hinchable o, también, El cantante de boleros. Podría decirse que tus novelas se convierten, a veces, en ejercicios de dialéctica entre dos personajes. En este caso la dialéctica parece multiplicarse con cuatro personajes: Basilio y Lupercia (el matrimonio), Marilyn y Big John (los muñecos hinchables).

     —JT: Pues tal vez sí, juzgad vosotros, ahí están mis personajes. En algunas de mis novelas les someto a diálogos interminables o incluso a monodiálogos en los que uno habla y el otro escucha e incluso obedece. Establezco entre ellos una relación de dominio a base de preguntas y respuestas, de replicas y contrarréplicas, pretendo ir configurando una atmósfera determinada.

     —ECP: ¿Crees que siempre estás escribiendo la misma novela? Recuerdo que me lo dijiste hace un par de años. Dijiste algo así como que un novelista está escribiendo siempre el mismo libro.

     —JT: Sí, los mismos temas, o similares, e incluso personajes parecidos aunque vistos bajo diferentes perspectivas. Recordad lo que dijo hace años el desaparecido Juan Benet: «Tomeo no está mal, pero sus novelas son como croquetas…». Claro que hay croquetas y croquetas, la calidad no es siempre la misma.

     —ECP: Considero interesante la elección de personajes de plástico, como si ésa fuese ya la única opción que les queda a las personas para tener relaciones (aunque se ven también los problemas de las mismas). ¿Crees que se han enfriado las relaciones personales en la actualidad y que se han vuelto de plástico, artificiales, vacías? Lo digo por la relación de Basilio y Lupercia: prescinden el uno del otro y se entregan a un falso amor de silicona con sus amantes de plástico.

     —JT: Pues sí, yo creo que nos estamos deshumanizando. Hoy en día, a pesar de las ONG, resulta más difícil que nunca amar al prójimo. Casi siempre lo vemos como un competidor. Vivimos en un régimen de colisión de derechos. Un solo salvavidas para multitud de náufragos.

     —ECP: ¿Qué opinión tienes del plástico y la silicona (en La mirada de la muñeca hinchable ya aparece un recurso semejante)?

     —JT: Productos importantes, sobre todo para los fabricantes japoneses de material erótico.

     —ECP: En Los amantes de silicona Marylin y Big John adquieren vida. En el fondo, son marionetas que piensan, sienten y hablan. Al ver que recurres a estas figuras en tus novelas, no puedo evitar pensar que al dotar de estas cualidades humanas a muñecos lo que estás haciendo es equipararlos con las personas. Esto me hace pensar que hay casi una identificación de los personajes con los muñecos, con las marionetas, con objetos inanimados. (¿Por qué vuelven a aparecer muñecas en tu última novela?)

     —JT: En mi anterior novela, La mirada de la muñeca hinchable, la muñeca era sólo un simple objeto con el que el protagonista pretendía combatir su soledad. La sentaba a su lado en el diván y pretendía conversar con ella a propósito de lo que pasaban por la televisión. Se desesperaba al no recibir respuestas. En Los amantes de silicona las funciones de la muñeca y de las muñecas de silicona son otras muy distintas.

     —ECP: El enfriamiento de las relaciones personales viene subrayado, asimismo, por uno de los muñecos, Marilyn, que llega a decir: «En estos tiempos lo que la gente quiere es vender (…). Lo que menos les importa es mentir. Algunos venderían a su propia madre con tal de meterse unos cuantos euros en el bolsillo».

"Cuentos perversos" de Javier Tomeo     —JT: Bueno, me parece evidente que vivimos en una sociedad de consumo y que más de cuatro pierden el control y enloquecen entre tanta publicidad. Ahora pagamos todos las consecuencias.

     —ECP: ¿Crees, además, que el individuo contemporáneo es más egoísta que antes? Me parece muy potente que sea una muñeca quien haga la afirmación anterior, tan dura, en el fondo tan real para ser pronunciada por un ser —al fin y al cabo artificial. Supongo que está hecho a propósito (mejor que lo diga un muñeco que una persona, ¿no?).

     —JT: Creo que hoy resulta más difícil que nunca amar al prójimo. Lo he dicho antes. Vivimos en un régimen de colisión de derechos. Hay que hundir al opositor para que nosotros podamos asomar la cabeza.

     —ECP: Al mismo tiempo, relaciono estos muñecos con la obra de Jacinto Grau El Señor de Pigmalión, una obra teatral en la que el protagonista (Pigmalión) tiene una compañía de muñecos creados por él mismo y que está enamorado de Pomponina, la figura más bella de la compañía. Finalmente, Urdemalas, otro muñeco, mata a Pigmalión. El panorama retratado es bastante desolador (tanto el de los muñecos como el de Pigmalión). En cambio, en tu novela Big John y Marilyn parecen unidos por un profundo amor y se arrojan «al vacío cogidos de la mano, pero son como dos globos enamorados, flotan en el aire y no llegan al suelo».

     —JT: Bueno, pensé que hacer liberar a mis dos muñecos de la servidumbre de la fuerza de la gravedad era un modo de decir que superaban a los rijosos de sus dueños. Mientras los muñecos flotan ingrávidos en el cielo azul, los humanos se revuelven en el lodo de sus orgías. Me parece una metáfora bastante accesible, aunque sea un poco facilona....

     —ECP: Como en otras de tus narraciones, el humor es un ingrediente imprescindible. Este humor absurdo llega a acercarse al esperpento. No sé si estás de acuerdo con esta afirmación. El absurdo y el sentido del humor presente en tus páginas me hace recordar súbitamente al argentino César Aira. ¿Crees que tenéis algún punto en común (además de caracterizaros ambos por escribir novelas más bien breves)? ¿Lo bueno si breve, dos veces bueno?

     —JT: No conozco la obra de ese señor. Es la primera vez en mi vida que oigo hablar de él. Leo poco y ése es otro de mis pecados, porque sé que de vez en cuando puedo perderme algunas cosas interesantes. Por lo que respecta al humor, te diré que casi siempre procuro conducir al lector al país de la reflexión a través del humor. Primero, conseguir su sonrisa, después, su reflexión. La sonrisa es el idioma común a todos los hombres inteligentes. ¿Novelas breves? Es cierto, lo bueno, si breve, dos veces bueno. Lo dijo mi paisano Baltasar Gracián.

     —ECP: Este humor absurdo del que te hablaba antes está, por ejemplo, en el concurso de televisión Sexo hasta el fin. Para ilustrarlo copio el siguiente diálogo.

     —Vamos a ver —dice después de que suene un timbre—. Dígame usted cuántas veces eyacula un hombre por término medio en toda su vida.
     Se lo pregunta a un hombre con boina y aspecto taciturno que está sentado en la primera fila.
     —Siete mil doscientas —responde el concursante, sin vacilar.
     —Muy bien, siete mil doscientas, pero ¿a qué velocidad?

     —JT: Todo eso de las eyaculaciones, por lo visto, es cierto, lo leí en Google.

     —ECP: Hay un momento en que el narrador, el depositario del los textos de Ramón M (recuerdo a los lectores que Ramón M es el autor de la historia pornográfica que se relata en la novela), dice al autor del manuscrito: «(…) prescinde de realismos y continúa escribiendo a ver qué te sale». ¿Cuál es tu opinión del realismo?

"Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes" de Javier Tomeo     —JT: Hay ciertas novelas que pretenden ser realistas y que, a la postre son menos reales que una novela de ciencia ficción. No creo en el slogan “Real como la vida misma”. La realidad es muy difícil de transcribir, sólo los grandes maestros lo consiguen.

     —ECP: Incluso te ríes de cierto afán minuciosamente descriptivo que puedan tener los novelistas cuando hablas de la necesidad de dar cuenta del color de la piel y pelo de la muñeca hinchable, su vello púbico, cuántos kilogramos puede aguantar.

     —JT: Esas descripciones minuciosas, creo yo, no molestan al relato.

     —ECP: Perdona que insista, te planteo la pregunta de otra forma. ¿Crees que la minuciosidad descriptiva puede convertirse en un espeso follaje que no deja ver lo que es verdaderamente importante en literatura?

     —JT: No, lo repito, no creo que esa minuciosidad perjudique a la novelita. Pienso por el contrario que, en cierto modo, al ofrecer al lector tantos datos concretos, le estamos pidiendo que crea también en la verosimilitud de la historia que le estamos contando, es decir, que se la tome más en serio y no piense que se trata sólo de un ingenioso divertimento… Credum quia absurdum, diría tal vez ahora el Padre Fray Gerundio de Campazas.

     —ECP: De acuerdo. Pregunta respondida. Tratemos ahora el asunto de la supuesta pornografía de la novela. Incluso antes de que apareciera ya decías que estabas escribiendo una novela pornográfica (yo no creo que sea así). ¿Lo decías por crear expectación? ¿Crees que el sexo está sobrevalorado en nuestro tiempo?

     —JT: La vida sexual, según Freud, es una de las tres patas de la silla sobre las que se sienta el individuo. Si falla una pata, la silla se tambalea. No sé si dijo exactamente eso, pero creo recordar algo parecido. No obstante, creo que sí, que estamos recurriendo excesivamente al erotismo y a la pornografía, y eso sucede simplemente porque nos aburrimos más que nunca, porque nos sentimos más insatisfechos que nunca… Y también porque el acceso a esos temas resulta más fácil que nunca.

     —ECP: Y ahora, ¿cuál es tu opinión respecto a la pornografía —ya que hablas tanto de ella o te sirves de ésta en el libro? (Para ello un ejemplo, página 36 de la novela: «La película avanza lentamente entre gemidos. La polla del protagonista es descomunal y en su parte media se curva como si fuese una cimitarra. Apenas cabe en las veintitrés pulgadas de la pantalla del televisor, pero a pesar de su gran tamaño siempre encuentra un agujerito donde meterse»).

     —JT: Bueno, sin comentarios. Al llegar a este punto debiera de aparecer una sonrisa en los labios de mis lectores. Les hará seguramente recordar algún spot que se repite constantemente en la televisión, y que se refiere a la importancia del tamaño del pene y a ciertos artilugios mecánicos que lo alargan. Tal vez advierta entonces que todo esto del sexo, con ser obviamente muy importante, está un poco exagerado.

     —ECP: Ya que estamos hablando de pornografía y, en cierto modo, de sexo y tú, que eres un buen conocedor de la zoología (recuerdo leer una entrevista que te hicieron en el zoo de Barcelona, ¿me equivoco?), me pregunto si conoces cuáles son los hábitos sexuales del bonobo. [Aunque el lector de esta entrevista pueda pensar que esta pregunta se sale un tanto de la línea de la entrevista, no lo hace tanto puesto que a lo largo de la novela se tratan, por ejemplo, las conductas sexuales de caimanes y cocodrilos]. Por si acaso, te cuento: el bonobo —también llamado chimpancé pigmeo— se caracteriza por el papel fundamental que tienen las relaciones sexuales en sus sociedades; el sexo puede emplearse como saludo, como método de resolución de conflictos, así como forma de pago mediante favores tanto de machos como de hembras a cambio de comida. Aparte de los humanos, los bonobos son los únicos primates que practican sexo genital cara a cara (principalmente hembra con hembra y después por el coito hembra-macho y las frotaciones macho-macho), besos con lengua y sexo oral. Asimismo (y esto creo que es lo más llamativo de este curioso animal), cuando los bonobos encuentran una nueva fuente de comida o un lugar donde alimentarse, la excitación general suele desembocar en una actividad sexual en grupo, que tiene como fin aliviar las posibles tensiones de los participantes y permitir una alimentación pacífica. Parecen unos animales inteligentes, ¿no crees?

La jodienda no tiene enmienda     —JT: Ya lo dice el viejo refrán: la “jodienda” no tiene enmienda, y cualquier excusa para practicarla es bien recibida. Esos curiosos monos parecen, pues, ser muy listos en materia de sexo… Pero, ¡cuidado¡ que no se enteren los de la televisión porque a lo mejor los contratan para algún programa del sábado noche y las selvas de no sé dónde se quedan sin bonobús.

     —ECP: Volvamos al libro y veamos qué es lo que piensa Basilio, el protagonista, de los delfines: «(…) le parecen demasiado simpáticos. Desconfía de los delfines del mismo modo que desconfía de la gente que está siempre con una sonrisa en los labios (…)». ¿Crees que hay que alejarse de la gente simpática, de la gente que «está siempre con una sonrisa en los labios», de los supuestos triunfadores? ¿No crees que el delfín es como el/la top model del reino animal dentro de nuestro imaginario colectivo en relación a la fauna?

     —JT: No, bienvenida sea la sonrisa cuando es sincera. Te diré, además, que personalmente que no me gustan los delfines. Chillan demasiado. Creo que se dan demasiada importancia, pensando tal vez que son más inteligentes que algunos hombres. Eso me parece un pecado imperdonable.

     —ECP: Y ahora sigamos con mamíferos marinos, con la ballena. ¿Te merecen la misma opinión las ballenas que los delfines?

     —JT: Las ballenas son enormes y cantan extrañas y lúgubres canciones. Uno de los protagonistas de Los amantes de silicona casi se vuelve loco tratando de imaginar el coito de dos ballenas en el ancho mar. Parece ser que levantan olas de regular tamaño mientras, en posición vertical, frotan sus zonas ventrales. Al final, prescindí de ese personaje y de las ballenas.

     —ECP: Regresemos a la literatura. Últimamente no has publicado mucho relato breve. ¿Por qué razón? Solamente podríamos nombrar Doce cuentos de Andersen contados por dos viejos verdes que, en realidad, es una novela donde dos amigos, entre otras cosas, se cuentan “El patito feo”, “El hombre de nieve”, “El caracol y el rosal”…

     —JT: Bueno, fue una modesta aportación a los doscientos años transcurridos de la muerte de Andersen. Por lo demás, fue también un amable encargo del editor.

     —ECP: Creo que en el terreno de los cuentos has hecho también algunas de las mejores aportaciones de la literatura española de los últimos tiempos (Nunca olvidaré, por ejemplo, “Los números muertos” que aparece en Cuentos perversos. ¿Tienes algún relato corto entre manos?

     —JT: Pues fíjate, ese cuento, “Los números muertos”, lo publiqué hace mil años en un diario de Barcelona que se llamaba El Noticiero Universal gracias al impagable apoyo del crítico y novelista Julio Manegat, que tanto me ayudó en mis primeros años como “animal de pluma”. El cuento, como era de esperar, pasó sin pena ni gloria. Sí, tengo muchos relatos inéditos… Y tengo también otra novela nueva, Pecados griegos, que creo que saldrá a principios de año. La reina Fedra, la conflictiva esposa de Teseo, se pasa la noche a la luz de la luna dialogando con un enano republicano.

     —ECP: Ahora introduzcamos otra hipótesis: todo es ficción. O, mejor dicho, ficcionable. La ficción es como una tirada de dados. Introduces los dados en el cubilete y los dados son como elementos de la realidad y de la fantasía que se combinan de forma diferente en cada experiencia narrativa. ¿Crees que la narrativa nace de la confusión premeditada entre realidad y ficción?

     —JT: No me complico la vida pensando en esas cosas. Las dejo para los profesores de literatura y para algunos eruditos a la violeta. Para mí escribir novelas, a fin de cuentas, es contar historias. Me siento delante de un folio en blanco y delimito un espacio narrativo. Inmediatamente mis personales aparecen cada cual por su rincón, se encuentran en el centro del folio, todavía virgen, y empiezan a contarse cosas, que son precisamente las que a mí se me van ocurriendo. Reconozco, de todos modos, que en ocasiones, casi sin que yo pueda evitarlo, esos personajes tienen “reacciones en corto circuito” y dicen cosas Javier Tomeo: "Yo voy por la vida con las antenas desplegadas"inesperadas en las que yo no había pensando un minuto antes.

     —ECP: ¿Qué hay de real en tus historias? ¿Cómo influyen las cosas que ves, escuchas o vives en tu trabajo de escritor? ¿Cómo materializas la realidad a través de la ficción?

     —JT: Yo voy por la vida con las antenas desplegadas. Recojo información y la proceso en mi interior. Luego la devuelvo al exterior quintaesenciada. Esa es, por lo menos, mi pretensión.

     —ECP: ¿Han cambiado mucho las cosas respecto a tus comienzos literarios?

     —JT: Cincuenta años.

     —ECP: ¿Has cambiado tú mucho? Ernesto Ayala-Dip decía de tu obra en su artículo “Una tristeza doméstica” lo siguiente: «Es verdad que Javier Tomeo desde hace unos cuantos años va introduciendo en su sistema narrativo paisajes humanos y físicos más propios de nuestra realidad más reconocible. Hay diferencias entre El castillo de la carta cifrada (1979) y La mirada de la muñeca hinchable (2003). Sus personajes han ido perdiendo ese perfil de entes metafísicos para ir transformándose cada vez más en perfiles cotidianos». ¿Crees que es muy claro el cambio entre esos perfiles metafísicos y los perfiles más cotidianos?

     —JT: Tiene razón Ayala-Dip. Pero creo que regresaré pronto a esos perfiles más metafísicos de mis primeras novelas.

     —ECP: Visto el panorama de las letras en español, ¿cómo se siente Javier Tomeo dentro de él, dentro de este contexto?

     —JT: La verdad es que no me siento mucho.

     —ECP: ¿Eres consciente del vigor del género corto en los últimos años con la eclosión de autores como Eloy Tizón (Velocidad de los jardines, Parpadeos), Sergi Pàmies (Si te comes un limón sin hacer muecas), Manuel Moyano (El amigo de Kafka), Ángel Zapata (La vida ausente) y un largo etcétera?

     —JT: Sí, soy consciente. Gente muy interesante, que llega empujando. A ver si consiguen por fin que en este país la novela corta y los cuentos no se consideren literatura de segunda división.

     —ECP: Muchos de los autores que se mueven en el terreno del cuento están inmersos, al mismo tiempo, en la creación de blogs. Por ejemplo, Miguel Ángel Muñoz (elsindromechejov.blogspot.com) desde internet está consiguiendo estimular el cuento y la repercusión del mismo aunque sea —aún— a un público minoritario. ¿Qué opinión tienes de internet y de los blogs como forma de creación y transmisión de la literatura?

     —JT: Internet supone la entrada en mi biblioteca virtual de centenares de miles de libros. Sin internet no hubiese podido escribir Los amantes de silicona.

     —ECP: Y ahora una batería de preguntas cortas. ¿Te sientes querido como escritor maduro, padre e incluso tierno abuelo de otros escritores más jóvenes?

     —JT: Pues no lo sé.

Tomeo y los animales     —ECP: ¿Qué se aprende al haber sido jefe de comunicación de Olivetti?

     —JT: Nada.

     —ECP: Kafka, Topor: ¿Quiénes son esas personas?

     —JT: Supieron contar y dibujar lo que veían más allá de sus narices y que otros no podían ver. Y lo hicieron muy bien.

     —ECP: ¿Qué guardas en el cajón para las editoriales?

     —JT: Algunos originales.

     —ECP: Terminemos con animales y con una especie de juego retórico. Wikipedia dice de ti: «Su estilo es sobrio y minimalista, de frase corta». Voy a relacionar a un animal, caracterizado por la sencillez (al menos estética) con el minimalismo. Ése animal es el cerdo (¿Propones tú otro? ¿Crees que es desacertado o absurdo hacer esta relación?). ¿Con qué animal relacionarías entonces el barroco, una corriente tan arraigada en el arte español y, por supuesto, en la literatura de este país y tan opuesta al minimalismo?

     —JT: ¿El cerdo pertenece a la fauna minimalista? Pues a mí me parece un animal muy complejo. Se tapa los ojos azules con sus enormes orejas.

     —ECP: Te entiendo. Tal vez no me he explicado bien y me refería solamente al aspecto externo de este precioso animal (que, a veces, es rosa y otras no). Y, para terminar, sigamos con el adorable cerdo. Teniendo en cuenta que vivimos en un país adorador de la carne de este animal (entre otras chichas y perniles) y, al mismo tiempo, amante de la estética barroca (Velázquez, Góngora, etc.), ¿dónde te situarías, más cerca del cerdo o del barroco?

     —JT: Del cerdo. Vivan los cerdos, aunque sea reducidos a jamones. En la Inglaterra del siglo XVIII, por cierto, hubo un famoso cerdo que llegó a ser comparado nada menos que con Isaac Newton. Entre otras habilidades aquel cerdo era capaz de deletrear nombres sirviéndose de letras de cartón y en cualquier reunión distinguía a las personas casadas de las solteras. El cerdo es, pues, el gran representante barroco del reino animal.