Un día de esta pasada Nadidad —la “d” no es una errata—, mientras emitían casi en directo el inicio de la respuesta israelí a los cohetes palestinos, mi pequeño de tres años, que anda preguntando el porqué de todo lo que ve y escucha, me puso durante unos segundos en un leve aprieto educativo.
     —Papi, esa gente de la tele se está haciendo daño, ¿a que sí?
     —Sí, hijo.
     —Ah... ¿Y por qué? —preguntó mecánicamente.
     —Pues... No lo sé... Porque son muy tontos... Venga, termínate el yogur.
     Y se lo termina, y el informativo también se termina, y empiezan las películas de sobremesa, y nos echamos la siesta, y después cada uno a sus cosas, y para cuando son las ocho de la tarde Gaza está muy lejos y yo estoy intentando acabar un poema, descargarme el último disco de Yuppie Flu o quedar con un amigo para reventar de turrón y licor de whisky.
     Siento ponerme demasiado solemne ahora, sin embargo debo hacerlo. Nuestra vida —ya lo sabes, lector— es una trampa, un espejismo de pocos años. Aún así, esa alucinación es lo único cierto que poseemos y la gran mayoría sólo somos capaces de dirigir los acontecimientos que van sucediéndose en nuestro mundo. Insisto: “nuestro” mundo, porque “el” mundo, en general, no lo arregla ni Dios, ni siquiera Guy Debord, y mira que lo intentó.
     «¡Ayatollah, no me toques la pirola!», gritaba Germán Coppini cuando era punki. Luego se hizo cantautor moderno.
     Bienvenidos.
     Ah, y feliz año, por decir algo.



Juan de Dios García

 

 

 

 

     BERGANZA.- Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te hablo y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.     

(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)