Están los contenedores a rebosar de envoltorios de regalos, restos
de los cargamentos de ilusiones que se han desprendido por todo el orbe,
quintales de felicidades compulsivas con lazos de colores chillones que
dentro portan una sonrisa enorme ante lo esperado; o un grito de emoción
ante lo inesperado; o la peor de las crueldades ante la decepción
de descubrir una mochila donde se escribió claramente y con la
mejor de las letras Scalextric. Sabido es que los basureros no
descansarán hasta borrar del mapa las vacaciones y devolvernos
al trasiego a que nos tienen acostumbrados los días. Acaba de iniciarse un año y aún no lo hemos asumido. Las previsiones observan que será nefasto y que nos dolerá en lo más alto de nuestra autoestima socioeconómica. Los predicadores del abismo no se han hartado de gritarnos a tumba abierta que vamos a pagar las consecuencias de que unos cuantos decidieran repartirse el pastelazo de nuestras ignorancias, y los pingües beneficios que reportaban. Claro, lo hacen ahora, cuando las medidas preventivas ya no sirven y hay que recurrir a ideas descabezadas e improvisadas pensadas con la polla o la intención de voto.
Israel se ríe del mundo y USA aplaude hasta el hartazgo, contiene
el compromiso diplomático de la ONU y todos miramos horrorizados
hacia Oriente, como lo hicieron tres sabios, tres príncipes, tres
magos o reyes hace tanto. Sólo que estas estrellas, señores,
son letales y su brillo espeluznante arrasa poblaciones.Se trata de salvar el mundo. O eso nos dicen. Recientemente, en una serie norteamericana se trataba el tema de las posibilidades reales de los que poseen habilidades especiales. Esos seres, venidos de un laboratorio, creados por el Hombre, querían sentirse normales. Era su mayor afán, regresar a una normalidad que les había sido usurpada. Contrasta ese afán con la realidad de una sociedad occidental, en la que el normal es capaz de asesinar para salir del anonimato y sentirse especial. Es especial sentirse especial, si me permiten la redundancia. Pero no gusta a los normales. Ellos lo envidian, lo ansían. Y, cuando no pueden obtenerlo, se debaten y luchan por arrebatárselo a quienes lo tienen. Miren si no a su alrededor. Incluso en este mundo de la literatura, donde el escritor tiene un poderoso don que lo convierte en especial, se ha desacralizado el acto, el acto de la creación, y los mundos editoriales han convertido al ser especial que es el escritor (el artista) en un ser normal que sólo trabaja para vivir bien y elevar su estatus social de normalidad socioeconómica. Dirán ustedes: hace ya mucho que no se puede salvar el mundo con la palabra. Bien cierto es. Pero quién nos ha dicho que el mundo pretende que lo salvemos. Esa lectura es muy compleja. ¿Cómo hemos de ser salvados? ¿Según qué criterios? ¿Los del salvador o los de los rescatados? ¿Salvamos a los niños con esos envoltorios llenos de oropeles la Noche de Reyes? ¿O es una forma de pedirles disculpas por todas las mentiras a las que sometemos su infancia? ¿Y por qué esa necesidad de convertir en especial lo normal, en hacer de un simple frasco de colonia o juguete en la cosa más apetecible del mundo ante los ojos del regalado? Necesitamos lo especial para no sentirnos defraudados con nuestra normalidad. Es esta una condición innegable del ser humano, reconozcámoslo. Tomen, pues, este nuevo Coloquio como un regalo. Para nosotros es muy especial. Y que ustedes permanezcan ahí nos hace especiales.
Ángel Gómez Espada
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