| Salir
de la niebla
Luisa Pastor Martínez
De
forma conmovedora, Segismundo, el protagonista del drama calderoniano
La vida es sueño, plantea un problema crucial para el
ser humano: la distinción de lo auténtico. Tras el despertar,
todo lo que él suponía experiencia se había convertido
ante sus ojos en humo, dejándole como único provecho aquello
de lo que el hombre jamás podrá desprenderse: la duda. El
presente se hace inconsistente, difícil de analizar en su inmediatez,
el pasado no deja de ser una deformación de lo vivido y en cuanto
al futuro, poco más que un proyecto, una fantasía por cumplir.
La cuestión no es en absoluto baladí,
es más, yo diría que es la gran cuestión. Aproximadamente
la mitad de nuestra vida es sueño, sin metáforas, nos lo
dice nuestra realidad cotidiana, y, a todos los efectos, las experiencias
oníricas que protagonizamos nos enriquecen tanto como las reales.
El sueño, visto así, podría ser un bastón
imprescindible del alma humana; en este mismo sentido lo debía
de concebir, por ejemplo, Diágoras, personaje de la escuela platónica
que en la novela La caverna de las ideas, de José Carlos
Somoza, llega a decir: «Los seres y cosas que poblamos el mundo
no somos sino vagas sombras. Y, en ocasiones, sólo el mito, la
fábula, la poesía o el sueño pueden ayudarnos a describirla»
(1).
Ambas dimensiones se disputan nuestra persona:
una nos posee de día, la otra gana la lid amparándose en
la nocturnidad, a traición, cuando el cansancio acaba con nuestras
ganas de devorar tiempo y vida y claudicamos. Advierto que no necesariamente
hemos de entender esta dicotomía de forma antagónica. Sus
leyes son compartidas en gran medida.
En la profundidad del espejismo yo puedo
ser mi nombre y poco más. Vamos adoptando rostros desconocidos
o familiares, pero no los nuestros, o sí. Rescatamos voces que
creíamos perdidas hace tiempo y viajamos siempre de forma insólita.
Las cosas más increíbles y rocambolescas nos asaltan en
la inconsciencia y pensamos que eso es, precisamente, lo genuino del ensimismamiento.
Pero la vigilia también nos reserva noticias que nos dejan boquiabiertos
e incluso nos obliga a dejar de ser a veces quienes somos. El camuflaje,
el disfraz, en fin, nos acompaña allá donde estemos.
Nuestra naturaleza ha hecho que seamos el
producto de esta curiosa combinación: realidad-ficción/sueño.
Sería un placer averiguar por qué. No es mi objetivo, desde
luego, pero daría una prótesis por despejar esa incógnita.
Si hay un autor que hace de esta ambigüedad
creación literaria magistral es Borges. A este asunto se hace referencia
en una entrevista que Seamus Heaney (Premio Nobel de literatura de 1995)
propone en 1981 al escritor argentino asumiendo el rol de entrevistador.
De toda ella, selecciono este fragmento:
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Seamus
Heaney: Esta interacción entre la ficción
y la realidad parece ocupar un lugar central en su obra. ¿Cómo
afecta su obra el mundo de los sueños? ¿Usa conscientemente
material onírico?
Borges:
Cada mañana, cuando despierto, recuerdo sueños y los
grabo o los escribo. A veces me pregunto si estoy dormido o si estoy
soñando. ¿Estoy soñando ahora? ¿Quién
puede saberlo? Nos soñamos unos a otros todo el tiempo. Berkeley
afirmaba que Dios era quien nos soñaba. Tal vez tenía
razón... ¡pero cuán tedioso para el pobre Dios!
Tener que soñar cada grieta y cada mota de polvo en cada
taza de té y cada letra en cada alfabeto y cada pensamiento
en cada cabeza. ¡Debe estar exhausto!
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Dar
por cierto la afirmación de que somos el sueño de Dios equivale
a decir que ni siquiera somos mezcla de realidad y sueño, sino
íntegros entes ficcionales, fantasmas de una fantasía. Miguel
de Unamuno, en su novela nivola Niebla, hace declamar a su protagonista
Augusto Pérez, rebelde ante su inconsistencia y destino, furioso
contra su creador/autor: «¡Dios también dejará
de soñarle a usted!». No sabe que él es afortunado,
al menos él sabe la verdad antes de morir. Aunque, ¿de veras
muere? ¿Mueren los sueños de los que son otros? Bajo el
párpado incansablemente luchan ambos polos, ahí bullen nuestras
fantasías y las monstruosidades de nuestras pesadillas. De muchas
de ellas aún resuena su eco cuando hemos despertado, sobresaltados.
De alguna forma, en la vigilia, siguen haciéndonos temblar, a pesar
de su levedad. Rostros, cuerpos, voces ignotas que quizás un día
fueron algo más, alguien como tú y como yo, lector. Miles
de Augustos Pérez, miles de dramas concluidos. ¡Quién
sabe si algún día nosotros poblaremos igualmente los sueños
de otros! Todos: ellos y nosotros y los que han de venir, formando parte
de la misma niebla, fundiéndonos en nuestra confusión, avisando
a los que viven desprevenidos, creyendo que sólo duermen, sin saber
que la noche nos prepara para un día traspasar la frágil
frontera del delirio.
René
Descartes en sus Meditaciones anota: «¡Cuántas
veces me ha sucedido soñar de noche que estaba en este mismo sitio,
vestido, sentado junto al fuego, estando en realidad desnudo y metido
en la cama! Bien me parece ahora que, al mirar este papel, no lo hago
con los ojos dormidos; que esta cabeza, que muevo, no está somnolienta;
que si alargo la mano y la siento, es de propósito y a sabiendas;
lo que en sueños sucede no parece tan claro y tan distinto como
todo esto. Pero si pienso en ello con atención, me acuerdo de que,
muchas veces, ilusiones semejantes me han burlado mientras dormía;
y, al detenerme en este pensamiento, veo tan claramente que no hay indicios
ciertos para distinguir el sueño de la vigilia que me quedo atónito,
y es tal mi extrañeza que casi es bastante a persuadirme que estoy
durmiendo».
El drama de Calderón, motivo que
propicia este ensayo, es una aportación magistral a estas divagaciones.
Segismundo se convierte en el habitante único de la caverna de
Platón. Su vida es nula, su percepción del mundo, extremadamente
limitada. Ha sido recluido en una torre desde su mismo nacimiento, tan
sólo por un mal augurio, algo tan inconsistente como un sueño.
A su padre, el rey Basilio, le habían vaticinado que su vástago
sería un terrible soberano, y, para esquivar este fatal designio,
decide aislarlo del mundanal ruido con la sola compañía
de Clotaldo, su mano derecha, su hombre de confianza: el nexo exclusivo
de Segismundo con la realidad. Este personaje hace las veces de educador,
en alternancia con la Naturaleza, porque, como el propio Segismundo admite,
es un «hombre de las fieras, / y una fiera de los hombres».
(2)
Quienes le marginan en esas escasas paredes,
confían en que su encierro es suficiente freno para el desastre,
pero será el propio rey quien dude de la conveniencia de su resolución,
pese a que el día del nacimiento de su hijo, muestras dio ya de
que la fatalidad parecía acompañar en verdad a esa criatura:
«Los cielos se oscurecieron, / temblaron los edificios, / llovieron
piedras las nubes, / corrieron sangre los ríos. / En este mísero,
en este / planeta mortal o signo, / nació Segismundo, dando / de
su condición indicios, / pues dio la muerte a su madre».
(3)
Con todo, Basilio siente, con el paso del
tiempo, que tiene el deber moral de darle la oportunidad a su hijo de
superar su sino: «si a mi sangre le quito / el derecho que le dieron
/ humano fuero y divino, / no es cristiana caridad, / pues ninguna ley
ha dicho / que por reservar yo a otro / de tirano y de atrevido, / pueda
yo serlo» (4). El rey, azuzado por los remordimientos
y quizá también por su necesidad de sucesión, opta
por poner a prueba a su hijo, antes de desestimar definitivamente su ingreso
en el mundo: «cuánto yerro ha sido / dar crédito fácilmente
/ a los sucesos previstos; / pues aunque su inclinación / le dicte
sus precipicios, / quizá no le vencerán». (5)
Su planteamiento consiste en cederle a Segismundo
su trono temporalmente, para ver cómo se comportaría en
caso de ostentar algún poder. Así, en caso de fracasar,
le quedará al menos la satisfacción de haberle dado la oportunidad
de corregir su destino. A regañadientes, Clotaldo se afana en la
ejecución del experimento: suministra a Segismundo un brebaje hecho
a base de opio, adormidera y beleño que le suspende el juicio.
Mientras duerme, es trasladado desde la cárcel a palacio y se le
deposita en la cama real, dando orden a los criados de que sea servido
nada más despertar, como si se tratase del propio soberano. La
razón de traerle dormido el propio Basilio la comenta a Clotaldo,
que sigue haciéndose cruces ante la ocurrencia de su monarca: «he
querido dejar / abierta al daño esta puerta / del decir que fue
soñado / cuanto vio». (6)
El sujeto de la prueba es informado de cómo
ha llegado a tal estado y, claro está, es víctima de la
paradoja: respondiendo fieramente a la argumentación de su cautiverio
(reacción humana lógica) da justificación a quienes
lo mantenían confinado. El informador, Clotaldo, debe poner pies
en polvorosa para salvar la vida. Una vez a solas, Segismundo se desboca
en su recién estrenada libertad, conduciéndose como un déspota.
Entre las deplorables acciones que emprende destaca el homicidio de uno
de sus sirvientes, arrojado por el balcón. Basilio se espanta de
la celeridad con que se desengaña y huye también por miedo
a la venganza de su colérico retoño.
No le faltan motivos al protagonista para
la falta de templanza. Se trata de un individuo deshumanizado, que no
conoce la convivencia en sociedad, pero sí la decisión de
sus congéneres de autoprotegerse frente a él anulándole,
sin darle opción alguna. En cuanto a su faceta de hijo, ¿cómo
va a reaccionar
ante un padre que renuncia a él en virtud de una mera especulación?
El amor filial no despierta en tan breves instantes y menos tras averiguar
la crueldad de su padre. De hecho, cuando éste le niega los brazos,
en revancha responde: «Sin ellos me podré estar / como me
he estado hasta aquí; / que un padre que contra mí / tanto
rigor sabe usar, / que con condición ingrata / de su lado me desvía,
/ como a una fiera me cría, y como a un monstruo me trata, / y
mi muerte solicita, / de poca importancia fue / que los brazos no me dé,
/ cuando el saber de hombre me quita». (7)
Basilio recibe la afrenta de esas palabras e intenta reconducir a su hijo
advirtiéndole de los peligros que puede acarrearle su soberbia:
«mira bien lo que te advierto: / que seas humilde y blando / porque
quizá estás soñando, / aunque ves que estás
despierto». (8)
Los consejos paternales no son bien recibidos
y Segismundo sigue precipitándose en su desenfreno, jactándose
de su ambigua condición de hombre-fiera. El intento de ultrajar
a Rosaura y de dar muerte a Clotaldo por acudir en favor de la joven,
interponiéndose en su querencia, provoca el reingreso de Segismundo
en su prisión. Todo queda como un espejismo: gloria., poder, lujuria,…
Despierta entre cadenas, vestido con pieles, tendido en el suelo. El guardián
de su cautiverio oye sus quejas ante el desengaño que le ofrece
la vigilia; Segismundo le cuenta lo acaecido bajo la apariencia de un
sueño. Clotaldo le recrimina su proceder: «Segismundo: (…)
aun en sueños / no se pierde el hacer el bien». (9)
El joven acepta esa visión antes
de lo que el lector seguramente espera y se lanza a una meditación
filosófica muy emparentada con el “Vanitas vanitatum”
que se entona en el Eclesiastés: «en el mundo, en
conclusión, / todos sueñan lo que son, / aunque ninguno
lo entiende. / Yo sueño que estoy aquí / de estas prisiones
cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero
me vi. / ¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué
es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y
el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, /
y los sueños, sueños son» (10).
Resignado en su condición, descubrimos
al final de la Segunda Jornada a un Segismundo próximo a un saludable
estoicismo, que se ve inmediatamente interrumpido nada más comenzar
la Tercera Jornada, con la entrada de unos soldados sublevados que pretenden
poner en libertad al príncipe recluido. Hasta su escondite llegan
con la idea de postrarse a sus plantas y convertirlo en rey por medio
de las armas. Pero el vitoreo es recibido por un Segismundo escéptico
ante este nuevo viraje del destino: «¿Otra vez -¿qué
es esto, cielos?- / queréis que sueñe grandezas / que ha
de deshacer el tiempo? / ¿Otra vez queréis que vea / entre
sombras y bosquejos / la majestad y la pompa / desvanecida del viento?
/ ¿Otra vez queréis que toque el desengaño, o el
riesgo / a que el humano poder / nace humilde y vive atento? / Pues no
ha de ser, no ha de ser» (11).
El soldado debe de quedarse circunspecto
ante esta respuesta metafísica, pero insiste en hacerle observar
que todo cuanto le está aconteciendo es real. ¿No sabe que
el cautivo ya ha pasado por trances pretenciosamente verídicos?
Con todo, sin acabar de salir de la duda, Segismundo acaba abrazando esta
nueva oportunidad de vivir-soñar, sea lo que fuere, esta vez con
el “carpe diem” como argumento: «pues que la vida es
tan corta, / soñemos, alma, soñemos / otra vez; pero ha
de ser / con atención y consejo / de que hemos de despertar / de
este gusto al mejor tiempo; / que llevándolo sabido, / será
el desengaño menos» (12).
La experiencia sigue demostrando ser la
mejor de las maestras en este drama filosófico, porque en esta
ocasión Segismundo se conduce de forma bien distinta. Cuando se
encuentra frente a frente con Clotaldo, éste se da por muerto,
siente tocar las trompetas del cielo tocando a su fin, pero, para su sorpresa,
aquél le tiende los brazos y solicita su consejo y ayuda para gobernar
con rectitud; al ser rechazada su propuesta, frena su cólera y
comprende con admiración la lealtad de este personaje hacia su
rey. El joven ha aprendido que «sea verdad o sueño, / obrar
bien es lo que importa» (13) y que la más
alta victoria, parafraseando sus propias palabras, es vencerse a uno mismo.
Su ejército le ha hecho rey y, ante
su padre, que le entrega la cerviz para que la pise y huelle, se muestra
otro hijo, una persona razonable, que no justifica el modo en que Basilio
le ha criado, pero acepta comprensivo su pasado. Ofrece la mano a su progenitor
y le dirige unas conmovedoras palabras: «Señor, levanta,
/ dame tu mano; que ya / que el cielo te desengaña / de que has
errado en el modo / de vencerle, humilde aguarda / mi cuello a que tú
te vengues: / rendido estoy a tus plantas» (14).
El monarca, enternecido, le nombra con orgullo: «Hijo, que tan noble
acción / otra vez en mis entrañas / te engendra, príncipe
eres» (15).
Todo el mundo queda admirado de su prudencia
y mudamiento, sólo él ve con claridad, después de
todo: «¿Qué os admira, qué os espanta, / si
fue mi maestro un sueño, / y estoy temiendo en mis ansias / que
he de despertar y hallarme / otra vez en mi cerrada / prisión?
Y cuando no sea, / el soñarlo solo basta;
/ pues así llegué a saber / que toda la dicha humana, /
en fin, pasa como sueño». (16)
La obra concluye y deja pendiente al lector
de esta reflexión, a mi modo de ver, enfocada desde un punto de
vista positivo y vitalista: no importa el discernimiento de uno y otro
mundo, tanto monta estar despierto como estar dormido, lo interesante
es vivir intensamente y disfrutar cuanto nos llega de la mano de la realidad
o del sueño; ni unas glorias ni otras podremos conservar, pero
sí le ha sido concedida al hombre la inteligencia para llegar a
la conclusión de que la duda puede ser un pasaje, nunca la salida,
que una falacia puede hacernos tan felices o más que la realidad
circundante y que ser un iluso, un ser quijotesco, puede tener mucho más
sentido del que habitualmente se le atribuye. En definitiva, lo que cuenta,
como bien dice Segismundo, no es distinguir la copia del original, sino
saber «aprovechar este rato que nos toca».
(17)
.
.
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(1)
Ed. Alfaguara, 2004.
(2) Pedro Calderón de la Barca, La
vida es sueño, Jornada I, Ed. Edebé, Barcelona. 2002
p. 72.
(3) Ibid. p. 97.
(4) Ibid. p. 100.
(5) Ibid. p. 100.
(6) Ibid. 2ª Jornada, p. 118.
(7) Ibid. p. 138.
(8) Ibid. p. 141.
(9) Ibid. p. 177.
(10) Ibid. p.178.
(11) Ibid. Tercera Jornada, p.
186.
(12) Ibid. pp. 188-189.
(13) Ibid. p. 192.
(14) Ibid. p. 233.
(15) Ibid.
(16) Ibid. p. 237.
(17) Ibid. p. 219. |