Salir de la niebla

 

Luisa Pastor Martínez

 

"La vida es sueño" de Pedro Calderón de la Barca     De forma conmovedora, Segismundo, el protagonista del drama calderoniano La vida es sueño, plantea un problema crucial para el ser humano: la distinción de lo auténtico. Tras el despertar, todo lo que él suponía experiencia se había convertido ante sus ojos en humo, dejándole como único provecho aquello de lo que el hombre jamás podrá desprenderse: la duda. El presente se hace inconsistente, difícil de analizar en su inmediatez, el pasado no deja de ser una deformación de lo vivido y en cuanto al futuro, poco más que un proyecto, una fantasía por cumplir.
     La cuestión no es en absoluto baladí, es más, yo diría que es la gran cuestión. Aproximadamente la mitad de nuestra vida es sueño, sin metáforas, nos lo dice nuestra realidad cotidiana, y, a todos los efectos, las experiencias oníricas que protagonizamos nos enriquecen tanto como las reales. El sueño, visto así, podría ser un bastón imprescindible del alma humana; en este mismo sentido lo debía de concebir, por ejemplo, Diágoras, personaje de la escuela platónica que en la novela La caverna de las ideas, de José Carlos Somoza, llega a decir: «Los seres y cosas que poblamos el mundo no somos sino vagas sombras. Y, en ocasiones, sólo el mito, la fábula, la poesía o el sueño pueden ayudarnos a describirla» (1).
     Ambas dimensiones se disputan nuestra persona: una nos posee de día, la otra gana la lid amparándose en la nocturnidad, a traición, cuando el cansancio acaba con nuestras ganas de devorar tiempo y vida y claudicamos. Advierto que no necesariamente hemos de entender esta dicotomía de forma antagónica. Sus leyes son compartidas en gran medida.
     En la profundidad del espejismo yo puedo ser mi nombre y poco más. Vamos adoptando rostros desconocidos o familiares, pero no los nuestros, o sí. Rescatamos voces que creíamos perdidas hace tiempo y viajamos siempre de forma insólita. Las cosas más increíbles y rocambolescas nos asaltan en la inconsciencia y pensamos que eso es, precisamente, lo genuino del ensimismamiento. Pero la vigilia también nos reserva noticias que nos dejan boquiabiertos e incluso nos obliga a dejar de ser a veces quienes somos. El camuflaje, el disfraz, en fin, nos acompaña allá donde estemos.
     Nuestra naturaleza ha hecho que seamos el producto de esta curiosa combinación: realidad-ficción/sueño. Sería un placer averiguar por qué. No es mi objetivo, desde luego, pero daría una prótesis por despejar esa incógnita.
     Si hay un autor que hace de esta ambigüedad creación literaria magistral es Borges. A este asunto se hace referencia en una entrevista que Seamus Heaney (Premio Nobel de literatura de 1995) propone en 1981 al escritor argentino asumiendo el rol de entrevistador. De toda ella, selecciono este fragmento:

     

Seamus Heaney: Esta interacción entre la ficción y la realidad parece ocupar un lugar central en su obra. ¿Cómo afecta su obra el mundo de los sueños? ¿Usa conscientemente material onírico?

Borges: Cada mañana, cuando despierto, recuerdo sueños y los grabo o los escribo. A veces me pregunto si estoy dormido o si estoy soñando. ¿Estoy soñando ahora? ¿Quién puede saberlo? Nos soñamos unos a otros todo el tiempo. Berkeley afirmaba que Dios era quien nos soñaba. Tal vez tenía razón... ¡pero cuán tedioso para el pobre Dios! Tener que soñar cada grieta y cada mota de polvo en cada taza de té y cada letra en cada alfabeto y cada pensamiento en cada cabeza. ¡Debe estar exhausto!

 

     Dar por cierto la afirmación de que somos el sueño de Dios equivale a decir que ni siquiera somos mezcla de realidad y sueño, sino íntegros entes ficcionales, fantasmas de una fantasía. Miguel de Unamuno, en su novela nivola Niebla, hace declamar a su protagonista Augusto Pérez, rebelde ante su inconsistencia y destino, furioso contra su creador/autor: «¡Dios también dejará de soñarle a usted!». No sabe que él es afortunado, al menos él sabe la verdad antes de morir. Aunque, ¿de veras muere? ¿Mueren los sueños de los que son otros? Bajo el párpado incansablemente luchan ambos polos, ahí bullen nuestras fantasías y las monstruosidades de nuestras pesadillas. De muchas de ellas aún resuena su eco cuando hemos despertado, sobresaltados. De alguna forma, en la vigilia, siguen haciéndonos temblar, a pesar de su levedad. Rostros, cuerpos, voces ignotas que quizás un día fueron algo más, alguien como tú y como yo, lector. Miles de Augustos Pérez, miles de dramas concluidos. ¡Quién sabe si algún día nosotros poblaremos igualmente los sueños de otros! Todos: ellos y nosotros y los que han de venir, formando parte de la misma niebla, fundiéndonos en nuestra confusión, avisando a los que viven desprevenidos, creyendo que sólo duermen, sin saber que la noche nos prepara para un día traspasar la frágil frontera del delirio.
Segismundo en la caverna de Platón     René Descartes en sus Meditaciones anota: «¡Cuántas veces me ha sucedido soñar de noche que estaba en este mismo sitio, vestido, sentado junto al fuego, estando en realidad desnudo y metido en la cama! Bien me parece ahora que, al mirar este papel, no lo hago con los ojos dormidos; que esta cabeza, que muevo, no está somnolienta; que si alargo la mano y la siento, es de propósito y a sabiendas; lo que en sueños sucede no parece tan claro y tan distinto como todo esto. Pero si pienso en ello con atención, me acuerdo de que, muchas veces, ilusiones semejantes me han burlado mientras dormía; y, al detenerme en este pensamiento, veo tan claramente que no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia que me quedo atónito, y es tal mi extrañeza que casi es bastante a persuadirme que estoy durmiendo».
     El drama de Calderón, motivo que propicia este ensayo, es una aportación magistral a estas divagaciones. Segismundo se convierte en el habitante único de la caverna de Platón. Su vida es nula, su percepción del mundo, extremadamente limitada. Ha sido recluido en una torre desde su mismo nacimiento, tan sólo por un mal augurio, algo tan inconsistente como un sueño. A su padre, el rey Basilio, le habían vaticinado que su vástago sería un terrible soberano, y, para esquivar este fatal designio, decide aislarlo del mundanal ruido con la sola compañía de Clotaldo, su mano derecha, su hombre de confianza: el nexo exclusivo de Segismundo con la realidad. Este personaje hace las veces de educador, en alternancia con la Naturaleza, porque, como el propio Segismundo admite, es un «hombre de las fieras, / y una fiera de los hombres». (2)
     Quienes le marginan en esas escasas paredes, confían en que su encierro es suficiente freno para el desastre, pero será el propio rey quien dude de la conveniencia de su resolución, pese a que el día del nacimiento de su hijo, muestras dio ya de que la fatalidad parecía acompañar en verdad a esa criatura: «Los cielos se oscurecieron, / temblaron los edificios, / llovieron piedras las nubes, / corrieron sangre los ríos. / En este mísero, en este / planeta mortal o signo, / nació Segismundo, dando / de su condición indicios, / pues dio la muerte a su madre». (3)
     Con todo, Basilio siente, con el paso del tiempo, que tiene el deber moral de darle la oportunidad a su hijo de superar su sino: «si a mi sangre le quito / el derecho que le dieron / humano fuero y divino, / no es cristiana caridad, / pues ninguna ley ha dicho / que por reservar yo a otro / de tirano y de atrevido, / pueda yo serlo» (4). El rey, azuzado por los remordimientos y quizá también por su necesidad de sucesión, opta por poner a prueba a su hijo, antes de desestimar definitivamente su ingreso en el mundo: «cuánto yerro ha sido / dar crédito fácilmente / a los sucesos previstos; / pues aunque su inclinación / le dicte sus precipicios, / quizá no le vencerán». (5)
     Su planteamiento consiste en cederle a Segismundo su trono temporalmente, para ver cómo se comportaría en caso de ostentar algún poder. Así, en caso de fracasar, le quedará al menos la satisfacción de haberle dado la oportunidad de corregir su destino. A regañadientes, Clotaldo se afana en la ejecución del experimento: suministra a Segismundo un brebaje hecho a base de opio, adormidera y beleño que le suspende el juicio. Mientras duerme, es trasladado desde la cárcel a palacio y se le deposita en la cama real, dando orden a los criados de que sea servido nada más despertar, como si se tratase del propio soberano. La razón de traerle dormido el propio Basilio la comenta a Clotaldo, que sigue haciéndose cruces ante la ocurrencia de su monarca: «he querido dejar / abierta al daño esta puerta / del decir que fue soñado / cuanto vio». (6)
     El sujeto de la prueba es informado de cómo ha llegado a tal estado y, claro está, es víctima de la paradoja: respondiendo fieramente a la argumentación de su cautiverio (reacción humana lógica) da justificación a quienes lo mantenían confinado. El informador, Clotaldo, debe poner pies en polvorosa para salvar la vida. Una vez a solas, Segismundo se desboca en su recién estrenada libertad, conduciéndose como un déspota. Entre las deplorables acciones que emprende destaca el homicidio de uno de sus sirvientes, arrojado por el balcón. Basilio se espanta de la celeridad con que se desengaña y huye también por miedo a la venganza de su colérico retoño.
     No le faltan motivos al protagonista para la falta de templanza. Se trata de un individuo deshumanizado, que no conoce la convivencia en sociedad, pero sí la decisión de sus congéneres de autoprotegerse frente a él anulándole, sin darle opción alguna. En cuanto a su faceta de hijo, ¿cómo va a El drama de Calderón es una aportación magistralreaccionar ante un padre que renuncia a él en virtud de una mera especulación? El amor filial no despierta en tan breves instantes y menos tras averiguar la crueldad de su padre. De hecho, cuando éste le niega los brazos, en revancha responde: «Sin ellos me podré estar / como me he estado hasta aquí; / que un padre que contra mí / tanto rigor sabe usar, / que con condición ingrata / de su lado me desvía, / como a una fiera me cría, y como a un monstruo me trata, / y mi muerte solicita, / de poca importancia fue / que los brazos no me dé, / cuando el saber de hombre me quita». (7) Basilio recibe la afrenta de esas palabras e intenta reconducir a su hijo advirtiéndole de los peligros que puede acarrearle su soberbia: «mira bien lo que te advierto: / que seas humilde y blando / porque quizá estás soñando, / aunque ves que estás despierto». (8)
     Los consejos paternales no son bien recibidos y Segismundo sigue precipitándose en su desenfreno, jactándose de su ambigua condición de hombre-fiera. El intento de ultrajar a Rosaura y de dar muerte a Clotaldo por acudir en favor de la joven, interponiéndose en su querencia, provoca el reingreso de Segismundo en su prisión. Todo queda como un espejismo: gloria., poder, lujuria,… Despierta entre cadenas, vestido con pieles, tendido en el suelo. El guardián de su cautiverio oye sus quejas ante el desengaño que le ofrece la vigilia; Segismundo le cuenta lo acaecido bajo la apariencia de un sueño. Clotaldo le recrimina su proceder: «Segismundo: (…) aun en sueños / no se pierde el hacer el bien». (9)
     El joven acepta esa visión antes de lo que el lector seguramente espera y se lanza a una meditación filosófica muy emparentada con el “Vanitas vanitatum” que se entona en el Eclesiastés: «en el mundo, en conclusión, / todos sueñan lo que son, / aunque ninguno lo entiende. / Yo sueño que estoy aquí / de estas prisiones cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi. / ¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son» (10).
     Resignado en su condición, descubrimos al final de la Segunda Jornada a un Segismundo próximo a un saludable estoicismo, que se ve inmediatamente interrumpido nada más comenzar la Tercera Jornada, con la entrada de unos soldados sublevados que pretenden poner en libertad al príncipe recluido. Hasta su escondite llegan con la idea de postrarse a sus plantas y convertirlo en rey por medio de las armas. Pero el vitoreo es recibido por un Segismundo escéptico ante este nuevo viraje del destino: «¿Otra vez -¿qué es esto, cielos?- / queréis que sueñe grandezas / que ha de deshacer el tiempo? / ¿Otra vez queréis que vea / entre sombras y bosquejos / la majestad y la pompa / desvanecida del viento? / ¿Otra vez queréis que toque el desengaño, o el riesgo / a que el humano poder / nace humilde y vive atento? / Pues no ha de ser, no ha de ser» (11).
     El soldado debe de quedarse circunspecto ante esta respuesta metafísica, pero insiste en hacerle observar que todo cuanto le está aconteciendo es real. ¿No sabe que el cautivo ya ha pasado por trances pretenciosamente verídicos? Con todo, sin acabar de salir de la duda, Segismundo acaba abrazando esta nueva oportunidad de vivir-soñar, sea lo que fuere, esta vez con el “carpe diem” como argumento: «pues que la vida es tan corta, / soñemos, alma, soñemos / otra vez; pero ha de ser / con atención y consejo / de que hemos de despertar / de este gusto al mejor tiempo; / que llevándolo sabido, / será el desengaño menos» (12).
     La experiencia sigue demostrando ser la mejor de las maestras en este drama filosófico, porque en esta ocasión Segismundo se conduce de forma bien distinta. Cuando se encuentra frente a frente con Clotaldo, éste se da por muerto, siente tocar las trompetas del cielo tocando a su fin, pero, para su sorpresa, aquél le tiende los brazos y solicita su consejo y ayuda para gobernar con rectitud; al ser rechazada su propuesta, frena su cólera y comprende con admiración la lealtad de este personaje hacia su rey. El joven ha aprendido que «sea verdad o sueño, / obrar bien es lo que importa» (13) y que la más alta victoria, parafraseando sus propias palabras, es vencerse a uno mismo.
     Su ejército le ha hecho rey y, ante su padre, que le entrega la cerviz para que la pise y huelle, se muestra otro hijo, una persona razonable, que no justifica el modo en que Basilio le ha criado, pero acepta comprensivo su pasado. Ofrece la mano a su progenitor y le dirige unas conmovedoras palabras: «Señor, levanta, / dame tu mano; que ya / que el cielo te desengaña / de que has errado en el modo / de vencerle, humilde aguarda / mi cuello a que tú te vengues: / rendido estoy a tus plantas» (14). El monarca, enternecido, le nombra con orgullo: «Hijo, que tan noble acción / otra vez en mis entrañas / te engendra, príncipe eres» (15).
     Todo el mundo queda admirado de su prudencia y mudamiento, sólo él ve con claridad, después de todo: «¿Qué os admira, qué os espanta, / si fue mi maestro un sueño, / y estoy temiendo en mis ansias / que he de despertar y hallarme / otra vez en mi cerrada / prisión? Y cuando no sea, / el soñarlo solo ¿Qué es la vida? Una ilusiónbasta; / pues así llegué a saber / que toda la dicha humana, / en fin, pasa como sueño». (16)
     La obra concluye y deja pendiente al lector de esta reflexión, a mi modo de ver, enfocada desde un punto de vista positivo y vitalista: no importa el discernimiento de uno y otro mundo, tanto monta estar despierto como estar dormido, lo interesante es vivir intensamente y disfrutar cuanto nos llega de la mano de la realidad o del sueño; ni unas glorias ni otras podremos conservar, pero sí le ha sido concedida al hombre la inteligencia para llegar a la conclusión de que la duda puede ser un pasaje, nunca la salida, que una falacia puede hacernos tan felices o más que la realidad circundante y que ser un iluso, un ser quijotesco, puede tener mucho más sentido del que habitualmente se le atribuye. En definitiva, lo que cuenta, como bien dice Segismundo, no es distinguir la copia del original, sino saber «aprovechar este rato que nos toca». (17)
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     (1) Ed. Alfaguara, 2004.
     (2) Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño, Jornada I, Ed. Edebé, Barcelona. 2002 p. 72.
     (3) Ibid. p. 97.
     (4) Ibid. p. 100.
     (5) Ibid. p. 100.
     (6) Ibid. 2ª Jornada, p. 118.
     (7) Ibid. p. 138.
     (8) Ibid. p. 141.
     (9) Ibid. p. 177.
     (10) Ibid. p.178.
     (11) Ibid. Tercera Jornada, p. 186.
     (12) Ibid. pp. 188-189.
     (13) Ibid. p. 192.
     (14) Ibid. p. 233.
     (15) Ibid.
     (16) Ibid. p. 237.
     (17) Ibid. p. 219.