Chet Baker
o la teoría de que la vida tiene un botón
para poner canciones
Luis Acebes
Conocí a Chet Baker en 1991. Estaba
con un amigo, mi querido “x”, en una tienda de discos en Berlín.
Aunque era agosto, el dios que gobierna los cielos alemanes había
derramado millones de litros de pintura gris por el este y el oeste dejando
la ciudad a merced de la tristeza. Chet me miró desde la portada
de un disco suyo de 1956. A primera vista parecía el tipo de persona
que no le da mucha importancia a nada; después, si te quedabas
mirando un rato empezabas a distinguir pequeñas islas de material
sensible en su mirada.
Compré el disco. Volví a Madrid.
Pasó el tiempo montado en su coche de alquiler y me fue dejando
trozos de amor escondidos en papeleras, mesas de restaurante y salas de
embarque. También me arrancó flores —que yo cultivaba
con destreza victoriana— sin molestarse en pronunciar ni un mísero
“lo siento”.
Desde aquellos días nunca dejó
de sonar Chet Baker. Su trompeta presidía cada página del
guión. Los exteriores día caminando frente a las
olas. Los interiores noche en compañía de mujeres
sin cabeza que repetían mi nombre con desgana. Todo era lícito
si de fondo sonaba él. Todo adquiría consistencia emocional
si sus dedos me mantenían en equilibrio por los puentes colgantes
que cruzan las regiones del vacío.
Entre disco y disco me casé. Buscaba
una mujer evanescente que supiera mantener el pulso del silencio, y la
encontré. Pasábamos las horas en un minúsculo apartamento
de Las Corts, en Barcelona, abrazados, protegiéndonos de posibles
monstruos que acecharan por los tubos del aire acondicionado, muy juntos
y comiendo jamón, muy juntos y bebiendo vino mientras Chet hacía
de las suyas subiendo y bajando las escaleras de su palacio de espuma.
El tiempo cambió de coche y un día
apareció por mi calle con un flamante Ford Mustang descapotable
de 1966, negro y brillante como un día en el infierno. Aminoró
la marcha y creo recordar que me hizo algo parecido a un guiño
que venía a decir: “aprovecha el momento porque he encargado
varios días de sol para ti”. Después giró a
la derecha y le perdí de vista una buena temporada. 
La felicidad había repartido boletos
para su lotería (de vez en cuando pasa) y en uno de ellos figuraba
mi nombre (no en letras grandes, pero sí lo suficientemente claro
como para que no hubiera dudas al canjearlo), y a los pocos días
nació Alba, mi primera hija. Chet vino a la clínica y tocó
una versión de “Time on my hands (You in my arms)”
de tal delicadeza que todos los recién nacidos de la planta estuvieron
varios días sin llorar. Las enfermeras se sorprendieron, pero sólo
mi mujer y yo sabíamos la verdad.
El cuentakilómetros del coche que
transportaba al Sr. Tiempo siguió corriendo, como siempre. Llegó
mi segundo hija, Mireia, segundo planeta de mi sistema solar. La música
seguía sonando. Chet se estaba convirtiendo en ese amigo de la
familia que un día tus hijas acaban llamando tío.
Venía a casa los domingos, quizá un poco más serio,
pero siempre, con los cafés en la mesa, sacaba su trompeta, esa
que hace crecer la hierba en un día de nieve, y aquella diosa dorada
nos recordaba poco a poco en qué consiste la vida.
Y de pronto el después se
convirtió en ahora.
En el siguiente sorteo, la felicidad relegó
mi nombre a la parte baja de la columna de la izquierda, en un cuerpo
de letra tan diminuto que parecía un error de imprenta. Llegó
la fluctuación, las facturas atrasadas de tantos días luminosos.
Siempre pasa. Un día, la multinacional en la que hacía anuncios
me despidió. Chet me ayudó a bajar la caja de cartón
hasta la calle. Por el camino me dijo: “It could happens to you”,
asentí con la cabeza y nos despedimos; yo cogí un tren para
ir a casa, pero el tren me dejó en otra estación.
A veces, cuando despierto, miro por la ventana
preguntándome dónde estoy, dónde está mi vida
y cómo se llama la estación en la que me bajé. Miro
a mi mujer y puedo sentir el mismo amor de los días en que le presenté
a Chet en el apartamento de Barcelona.
Ahora escribo. Me siento en el suelo y,
con mucha paciencia, pego los trozos de los últimos años
de mi vida. A veces el pegamento me arde en los dedos y me vuelvo loco
buscando una pieza de 1998 que no aparece. Chet, desde los altavoces ingleses
del salón me recuerda que tenga paciencia, que la luna seguirá
estando alta para mí, que somos tú y la noche y la música,
que septiembre tiene su propia canción; ese tipo de cosas que me
calman, como pasear con él por alguna calle de West Hollywood buscando
un sitio donde pongan café decente y algo de música a cualquier
hora.
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