TOMÁS
HERNÁNDEZ MOLINA
Un poeta tardío
Tomás Hernández Molina (Alcalá la Real, Jaén, 1946) es un escritor tardío. Sin embargo, en los últimos tres o cuatro años ha publicado media docena de libros, alguno de los cuales ha tenido el reconocimiento de premios literarios como el Jaén de Poesía en 2007, por su libro Última línea, o el reciente Antonio Oliver Belmás con Peñón de las Caballas.
—TOMÁS HERNÁNDEZ MOLINA: A finales de los 70 publiqué algunas cosas de las que no me siento muy satisfecho. Tanteos. Y después, durante más de veinte años, fui lo que más me gusta ser: un lector de tardes. —ECP: ¿Y cómo fue volver a la poesía? —THM: Una persona leyó alguno de aquellos libros míos primerizos y me pidió que escribiera. Me sorprendió que a alguien le pudiera interesar lo que yo había escrito y, por consideración a su sugerencia, escribí El viaje de Elpénor, sin ninguna intención de volver a la poesía. —ECP: Un libro después de más de veinte años de silencio. —THM: Sí. —ECP: ¿Qué se vuelca en un libro así, escrito después de tanto tiempo? —THM: Todo lo que leí en esos veinte años, algunos viajes y la búsqueda de una mirada propia sobre las cosas. —ECP: Aunque busque una mirada propia, sus libros son muy diferentes. Y véante mis ojos, su segundo poemario, es un libro de amor.
—ECP: Última línea (Hiperión) fue Premio Jaén en el año 2007. El primer reconocimiento a su obra. —THM: Así fue. De todas maneras, en el año 2005 un poema mío ganó el Premio Manuel Alcántara. Fue muy importante para la confianza en lo que haces. —ECP: ¿Última línea es el libro del que siente más satisfecho? —THM: Lamentablemente, cuando acabas un libro, siempre sientes lo lejos que está de la intensidad con la que lo has pensado o lo has vivido. Por eso la satisfacción siempre es relativa. Pero sí, Última línea es el libro que he escrito con mayor fluidez. —ECP: La segunda parte de ese libro parece rendir homenaje a una poesía épica, al menos en su asunto, que sustituye el lirismo por la reflexión moral. ¿Está de acuerdo con esta apreciación? —THM: Sí, y me alegro, porque era lo que pretendía. El viejo soldado que recuerda sin nostalgias mientras oye las ratas en el desván y el viento en la calle. Es atemporal, pero su pensamiento es senequista. Hay algunos pasajes de Tácito también en ese libro. —ECP: Y por último, el reconocimiento que supone para su obra el reciente premio Antonio Oliver Belmás. ¿Qué es Peñón de las Caballas? —THM: Enfrente de la ventana de mi estudio hay una roca en el mar. Se llama así, Peñón de las Caballas. Y tuve el título del libro. Después, me puse a pensar qué escribir a su sombra. —ECP: ¿Y qué escribió? —THM: Intenté retomar el mito del menosprecio de corte y alabanza de aldea, ya sabe, y a la vez rendir homenaje a la tierra en que vivo y a las personas que me acogieron en ella. —ECP: ¿De qué manera? —THM: La primera y la última parte del libro están relacionadas. Si en la primera el asunto es la historia y las personas, la última es casi exclusivamente la geografía, el paisaje que rodea el Peñón de las Caballas. Entre ambas partes, poemas de lo cotidiano y un tributo (“Ex libris”) a los autores con los que me siento en deuda o de los que, en algún momento, leí algo que se quedó conmigo, como diría Rilke.
—THM:
César fue un amigo y un poeta inmenso. De él y de su obra
aprendí muchas cosas. Luego están esos años de lectura
de los que le he hablado. Aprendí de muchos libros en esos años.
Soy un lector disperso, como desaconsejaba Séneca. |
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Fotografía con lluvia |
Está el suelo
mojado y brilla en él la luz, y se refleja el cielo deshojado del otoño. Es fiel y es antigua esta lluvia en el cartón cansado de la fotografía. ¿Sucede en el pasado o está lloviendo siempre sobre el tiempo? La liviandad de amor que fue la infancia la lluvia nos devuelve en su silencio, destila gota a gota el ácido sabor de la nostalgia, la lluvia antigua por la tarde rota. |
Inédito |
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Refutación de la añoranza (Sobre una idea de Horacio) |
El árbol más hermoso,
de un dorado que sólo algunos hombres, orfebres, artesanos, consiguen en su vida, estaba allí al borde de un arroyo, junto a la carretera, y el sol lo atravesaba y las hojas de oro, cristales sutilísimos, en el aire temblaban. Pero el árbol no siente la desnuda belleza de sus hojas. Ni las mira en la tierra caer, ni escucha cómo llegan hasta el suelo, un leve crepitar de fuego y aire, ni ve el oro pudrirse, ni recuerdan las hojas estos días de un fulgor tan pacífico. Ni los lloran. |
Inédito |