Caídas
Mariano Veloy
¿Está grabando? Parece una buena máquina. Yo también había tenido una, pero no era… ¿Cómo la ha llamado? Eso es, digital. No era digital, funcionaba con casetes. ¿Ha llegado usted a trabajar con casetes? Jugaba con ellos de niño… Claro, usted pertenece a otra generación. Es más joven. No, no se lo reprocho. Es sólo que me hace envejecer. Todavía no soy viejo, y sin embargo envejezco: así de jodido es el tiempo, joven.
Pero estoy divagando y ni siquiera le he ofrecido algo para beber. ¿Quiere un zumo de tomate? Sazonado con pimienta es exquisito… o, al menos, lo mejor que puedo ofrecerle. Los tomates los cultivo yo mismo en el huerto que habrá visto en la parte trasera, y la pimienta me la trae el tendero del pueblo. Un buen tipo, el tendero. Viudo… y charlatán. Muy charlatán, sí, pero le aprecio. Me trae las pocas cosas que necesito: pimienta, tabaco, medicinas… En fin, ¿qué, no toma nada? ¿Ni siquiera un vaso de agua? Está bien, como quiera. Empecemos, pues.
Al terminar la carrera de Filosofía (cuatro años de sesudos estudios tras los que no logré comprender el significado del “el ser-en-su-cabe-con vuelto sobre el-haber-sido” de Heidegger), empecé a trabajar en una editorial dedicada a libros de autoayuda corrigiendo los originales pergeñados por semianalfabetos licenciados en Psicología. ¡Buff! ¡Tendría que haber visto a los henchidos autores! Me sonreían con la misma suficiencia con la que aconsejaban a sus amargados lectores cómo dejar de fumar, cómo comer sano, cómo decir sí, cómo decir no, cómo no atiborrarse de Prozac y no caer en la desquiciante abulia… Y eso por no hablar de mi jefe, el editor: Paco, el Redicho, como yo le llamaba. ¡Buf, buuf y buuuf! ¡No se imagina cuánto detestaba aquel trabajo! ¿Sabe cuál era por aquel entonces una de mis fantasías recurrentes? La de añadir una advertencia a los libracos que yo contribuía a editar: “Atención: este libro no le librará de su demasiado bien conocida sexualidad conyugal, ni de los pequeños tiranos tarados (¡sus hijos!), ni de su infame vida laboral, ni tampoco de esa inconsistencia que últimamente invade su vida: merde por vous, cher lecteur.”
Las ocho horas diarias que pasaba encerrado en aquel despacho de luces de neón recomponiendo la abstrusa sintaxis de aquellos desalmados resultaban desquiciantes, sí. Y más cuando consideraba —y muy en serio— que aquella gimnasia mediocre atrofiaba los músculos de mi talento. ¡Me consideraba llamado a escalar cimas más elevadas! De hecho —y esto lo confesaba sólo a un reducidísimo grupo de amigos—, mi auténtica vocación era la de novelista. Sí, joven. Quería ser novelista. Quería escribir una novela, una buena novela, una novela cojonuda. Y por eso soportaba aquel trabajo: no por el amargo dinero (que gastaba en bocadillos, el alquiler de un minúsculo estudio en el extrarradio, y tabaco y otros estupefacientes), sino porque tenía la esperanza de que, algún día, cuando el Mundo apreciara las cien páginas mecanografiadas en las que habría destilado mi talento, aquel padecimiento quedaría muy resultón en la solapa, bajo mi perfil fotografiado en blanco y negro. Y más aún: porque, una vez convertido en novelista, dejaría atrás aquella miseria con el rotundo corte de mangas que cuando no podía dormir ensayaba ante el espejo: “¡A tomar por culo!”
Fue en aquella época cuando cayó la primera.
A la hora de comer solía ir al parque que había cerca de la editorial. Me compraba un bocadillo en cualquier bar, y lo comía sentado en los bancos que había junto al estanque con carpas, detrás de las pistas de petanca (a esas horas vacías de jubilados). Me gustaba comer allí. Los pacientes movimientos de las carpas y su color naranja, el cielo despejado sobre mi cabeza y el rumor de los coches: todo aquello me tranquilizaba. Incluso llegué a sentir por aquellas carpas un extravagante afecto que me impulsaba a hablarles de los personajes y la trama de mi novela, a confesarles el plagio que en realidad era la descripción del edificio de oficinas o a consultarles los cambios que meditaba introducir en esta o aquella escena… En fin, tenga en cuenta que yo era un hombre joven y solo.
Aquel día —lo recuerdo bien— estaba especialmente hablador. La noche anterior había terminado el primer borrador de la novela, y hablaba de mis planes a mis amigos acuáticos: sin duda, todavía eran necesarios ciertos retoques (algunos de calado, como el retrato del padre, que precisaba mayor acritud), pero, en cuanto el segundo borrador estuviera listo —y muy pronto lo estaría—, enviaría la novela a un concurso, o a una agente literaria, o a un editor. Esto todavía debía decidirlo. Pero eso no era lo importante. Lo importante es que pronto sería alguien: “Muy pronto el Mundo conocerá a…”
Entonces, al pronunciar mi nombre: ¡¡chooooap!!, cayó la primera.
No pude reaccionar. Durante la siguiente media hora —con un bikini mordido enfriándose en mis manos— estuve contemplando el cuerpo sin vida de aquella paloma gris que flotaba entre las carpas amigas, unas carpas a quienes nunca había visto tan agitadas: se movían de un lado a otro y, cada tanto, salían a la superficie, boqueando, como si al agua infestada por el cadáver le faltase oxígeno. ¡Imagine lo que uno piensa en un caso como éste! Empieza diciéndose: “La puta, la puta, la puta.” Luego llega el inevitable, el trágico interrogante: “¿¡Por qué yo?!”; y, después, las consiguientes preguntas: “¿Puedo creer lo que ha ocurrido? ¿Puedo decir que ha sido el jodido azar? ¿Qué ha sido una jodida casualidad?” Y, aunque a uno le tienta la paranoia (responder que no ha sido casualidad, que todo sigue algún plan indeterminado y perverso), al fin admite que, sí, que ha sido una puta casualidad.
Así que —todavía temblando y sin hambre para el enfriado bikini—, regresé al trabajo y, al cabo, pasado el tiempo, olvidé aquello a lo que en adelante me referiría con el elusivo término de “incidente”.
Cinco años más tarde había dejado el trabajo en la editorial y me dedicaba a escribir: no novelas (aquella primera había sido rechazada obstinadamente por editoriales, agentes y jurados de concursos, y, aunque empecé varias, nunca terminé una segunda), no novelas sino las autobiografías de lo que yo llamaba personajes ejemplares. Ya sabe: políticos, banqueros, futbolistas, músicos y demás gente que tiene cosas importantes que comunicar al Mundo, pero que carecen de las palabras necesarias para hacerlo, y que yo, por un módico precio, les proporcionaba. Trabajaba, en definitiva, de negro. Pero no crea que me sintiera frustrado. Al contrario, me encontraba en el mejor momento de mi vida. Desde hacía seis meses vivía con Reta —a quien había conocido un año atrás en la fiesta de un compañero de trabajo— y estaba perdidamente enamorado. Tanto que, aún sin ser la que yo había imaginado, la realidad me rodeaba no me resultaba deprimente. Al contrario, me gustaba. Sí, parece increíble, pero así es, joven. Me gustaba compartir rutinas con Reta. Me gustaba levantarme con ella temprano (antes de las ocho) y desayunar (café muy cargado y tostadas con mantequilla) contándonos cómo nos gustaría que transcurriera el día. Me gustaba que Reta (¿le he dicho que trabajaba en la sección de cultura de un periódico local?) me confesara, con una sonrisa maliciosa, que deseaba que el reputado novelista al que tenía que entrevistar le hablara mal de la metaliteratura y elogiara a los autores mediáticos. Me gustaba amenazar con convertir la amable postal de la humilde barriada donde se había criado un cantante de flamenco-pop en un depauperado barrio de chavolas, prostitutas y yonquis. Y también me gustaba que luego la realidad nos engullera y, diez horas más tarde, nos devolviera al sofá, algo cansados pero con la apacible sensación de estar presentes en aquel instante que habíamos anhelado durante todo el día. Me gustaba charlar con Reta. Ir al cine o a cenar con Reta. Me gustaba acostarme con Reta y que nuestros deseos coincidieran. Me gustaba dormirnos abrazados, dejando que nuestros olores se mezclaran. Me gustaba todo aquello. Estaba perdidamente enamorado.
Pero no tema, joven. No voy a aburrirle con una exhaustiva descripción de mi vida conyugal. De hecho —el tiempo que no pasa en balde, joven, el jodido tiempo—, no recuerdo tanto de aquellos meses que conviví con Reta. Aparte de las rutinas (que, me temo, tengo idealizadas), en mi cabeza sólo quedan algunas imágenes deshilvanadas: las tazas amarillas con las que tomábamos el café, los cascos de la moto (uno negro, otro rojo), aquella vez que descubrimos que éramos las dos únicas personas en el planeta Tierra a quienes les gustaban las anchoas de las pizzas, el cubrecama que compramos en un Todo a cien, la certeza de que se sentía tan cómoda conmigo como yo me sentía con ella, los billetes de avión que compramos para pasar un fin de semana en Lisboa… y poco más. Poco.
Aunque no es esto lo que quería decir. Lo que quería decir es que, debido a los “incidentes” que han marcado mi vida, he reflexionado largamente y de modo más o menos obsesivo, dependiendo del grado de depresión por el que transcurran mis fluctuantes sentimientos…, he reflexionado largamente sobre el tema de las coincidencias y de algo estoy seguro: a pesar de que es grande la tentación de hacer encajar dos piezas dispares (mi nombre pronunciado en voz alta y una paloma que cae) en un puzzle secreto que revele un orden superior e invisible, aunque esta tentación es grande, digo, al cabo, ¡los puzzles metafísicos se revelan demasiado subjetivos!, ¡¡y uno acaba conformándose con el puzzle inviable que es la demencia!!, ¡¡¡la experiencia del absurdo!!!
Pero ahora le estoy asustando, y no es eso lo que quiero, joven. Lo que quiero decir es que no puedo decir que las siguientes palomas cayeran por encontrarme yo en un momento de plenitud. No. Sólo puedo decir que, por vivir en esa plenitud, las caídas me hicieron más daño. Nada más. No se asuste. No volveré a violentarme.
La segunda paloma cayó en el tendedero. Una mañana —al terminar (más bien de mal humor) la redacción del capítulo en el que un afamado (y perezoso) escritor de novelas policiales explicaba que toda su obra debía analizarse partiendo de la premisa de que el Edipo de Sófocles era la primera narración policial— subí al tejado a tender la ropa que esperaba en la lavadora desde la noche anterior. Entonces, al colgar unos sostenes de Reta, queriendo exorcizar las gilipolleces que acaba de escribir en nombre de otro, como hacía a veces a modo de divertimento, grité una declaración jurada de mi crimen; y, al firmarla bramando mi nombre, ¡splash!: la paloma en el tendedero. Una aguja de madera atravesándole el ala, el cuello torcido, las patas agarrotadas. Ganas de vomitar, el recuerdo confuso de aquella primera vez, un contenido llanto. Luego: el asco de meter la paloma en la bolsa de la basura y limpiar la sangre de las cuerdas. Y más tarde, ya repuesto: “No le dirás nada a Reta, ¿para qué preocuparla?”
Pasadas algunas semanas, una noche después de cenar, Reta y yo estábamos sentados en el balcón haciendo planes para un verano cuyo calor, aunque todavía tímido, empezaba a sentirse: ¿playa o montaña?, ¿París o Roma?, ¿agosto o septiembre? En el transcurso de aquella conversación —en uno de aquellos apartes tan tontos que a veces tienen los recién enamorados (y yo de Reta siempre me sentí acabado de enamorar)— miré los derretidos ojos de Reta y le dije, afectado: “Oh, Giullietta, ¿por qué eres tú Giullietta?” Y Reta: “¡Oh, no! ¡Qué desdichada pareja de amantes somos! Porque si yo soy Giullieta, tu eres…” Y yo, socarrón, dije mi nombre…
Esta vez la paloma rozó el hombro de Reta, quien, con el cadáver estallado en los pies, no reprimió un horrorizado, asqueado, inconcebible grito. No recuerdo qué hicimos en aquel momento. Recuerdo, eso sí, que, más tarde, cuando ya nos habíamos deshecho (no sé cómo) del cadáver, se lo conté todo. Y recuerdo el tono tierno, reconstituyente con el que Reta decía palabras que yo ya me había dicho antes muchas veces: “No son más que casualidades. Parece absurdo, pero así es”. Y recuerdo que cuando dejé de llorar, añadió: “Necesitas descansar. Anda, vamos a la cama”.
La cuarta caída tuvo lugar aquí, en la casa del acantilado.
Desde aquella noche en el balcón, estaba descentrado: después de pelearme durante horas con las teclas del ordenador, apenas si conseguía redactar unas pocas líneas que se libraran de la —por otra parte, poco exigente— purga a la que sometía mis (?) textos antes de entregarlos al editor. Y, por si esto fuera poco, tampoco me sentía cómodo con Reta: no es que el sexo hubiera dejado de ser pirotécnico (y sí: había dejado de serlo) o que ahora sintiera la necesidad de cambiar las rutinas por las que antes fluían apaciblemente mis días. No era eso, aunque todo eso ocurría. Era que la amenaza de una nueva caída velaba, oscureciéndola, la realidad que me rodeaba. Estaba tenso. Con el miedo pinzándome las espaldas. Sin la alegría que antes hacía que me gustara todo aquello que ahora me resultaba irritante, inconsistente.
Así pasó algún tiempo, no sabría decirle cuánto. Pongamos que tres semanas. Tres semanas más tarde, Reta —harta de mi “zómbica actitud”— me dijo que había arreglado las cosas en el periódico para que pasáramos el fin de semana en esta casa del acantilado, que había heredado hacía años del abuelo Joan y donde no iba desde hacía “siglos”. “A ver si allí se te pasa el alelamiento”, me dijo con una sonrisa de forzada esperanza, a la que yo —puedo jurarlo— me aferré con toda mi desesperación.
Pero lo cierto es que aquí las cosas no hicieron sino precipitarse y romperse definitivamente. Hasta el sábado por la mañana, la certeza de que las gaviotas que sobrevolaban la casa impedían que las palomas pudieran acercarse y caer me dejó tranquilo. Pude disfrutar de este aislado paisaje que —aunque pueda parecerle extraño— desde el primer momento me resultó familiar, habitable. Pero el sábado por la mañana todo se fue a la mierda: estábamos en la cama, jugando, y, cuando Reta me retó (“Dime, valiente, ¿cómo te llamas?”, dijo, riendo, bajo mi cuerpo), yo pronuncié mi nombre en voz alta y: ¡¡shuuuap!!
Es verdad que, como Reta repitió incontables veces, desde donde estábamos (aquella habitación que le he enseñado antes), era imposible que yo viera nada. Pero no menos cierto es que —como repuse en tantas otras incontables veces— no fue ella, sino yo quien salió de la casa y corrió hacia el acantilado para asomarse de modo imprudente y con el tiempo justo para ver el minúsculo cuerpo de la paloma antes de que el mar lo engullera.
Al principio, Reta se mostró paciente: al menos en apariencia, confiaba en que yo me recobrara de la “crisis” (que era como ella llamaba a los “incidentes”) y se esforzaba por no llevarme la contraria. Pero no tardaron en llegar las discusiones. Reta se empeñaba en que no había caído ninguna paloma. A mí me desesperaba que no me creyera. Reta insistía. Yo me violentaba. Reta me pedía perdón y me revolvía el pelo con una lentitud que me resultaba repulsiva. Reta, claro, se daba cuenta de mi incomodidad. Dejó de revolverme el pelo y empezó a violentarse con mi violentamiento. Las discusiones entonces degeneraron en peleas. La última vez que Reta estuvo aquí, nos enzarzamos en una auténtica batalla campal. Yo acabé estrellando la jarra del agua contra la pared de la cocina. Reta se puso histérica. Me preguntó por qué, si en el acantilado también caían palomas, insistía en permanecer allí, lejos de ella. “Porque aquí, lejos de ti, estoy bien”, le respondí. Y Reta me dio un bofetón. Luego, se tomó una de sus pastillas azules y, con una desflojada sonrisa, me dijo: “Quédate con la casa, pero no quiero volver a verte”. Y se marchó.
Reta todavía me paga las facturas del agua y la luz y el gas y el tendero. Reta todavía me quiere, joven. Eso lo tengo claro. Y yo la quiero a ella. Eso también lo tengo claro. Lo que pasa es que aquí estoy bien. Me levanto con el sol y trabajo durante tres o cuatro horas en el huerto, con mis tomateras y una higuera que ahora empieza a crecer. Más tarde, después de beber un zumo de tomate, me siento en las escaleras y miro el horizonte donde vuelan las gaviotas. Los graznidos con los que las gaviotas recortan el azul del cielo me relajan. Me siento protegido. Lejos de la ciudad y sus grises palomas. Me olvido de ellas. Y también de mi nombre. Estoy bien, sí. Ya ve que en invierno la casa —desconchada por el frío y la humedad— no es muy acogedora. Pero tengo el huerto, y el tendero que a veces viene a visitarme. Estoy bien. No puedo quejarme. Y no me quejo. Sólo algunas tardes lo hago. Cuando el sol cae y el mar arde y las gaviotas callan y yo me acuerdo de Reta. Entonces me quejo. Pero no durante mucho tiempo. Porque enseguida un dolor persistente e inventado en los riñones me recuerda que algún día todo esto tiene que terminar. Y entonces veo aquel día. El día en que todo termina. Me veo caminado hacia el borde del acantilado. Respirando hondo y susurrando mi nombre. Cayendo, los dos, la paloma y yo, acantilado abajo. Nuestros cuerpos resquebrajados contra las rocas. El mar que nos lame. Y mi ojo muerto en el ojo de la paloma. Y todo ha terminado. Todo. Y descanso.
cuento inédito
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