Kjell Askildsen
Semblanza de un escritor noruego
en cuatro movimientos y un epílogo
Alfonso García-Villalba
Movimiento 1: Introducción

Kjell Askildsen es el nombre de un individuo nacido en la ciudad de Maldan (Noruega) en septiembre de 1929. Kjell Askildsen es un escritor más bien poco conocido en España, un personaje que —traductor de inglés— sólo responde a sus entrevistas en noruego porque considera imprescindible emplear su lengua materna para expresar aquello que realmente desea decir. Es por eso que este autor busca la palabra precisa en sus relatos cortos, sondea las posibilidades y da con la frase, el verbo, el adjetivo o el sustantivo más adecuados. Kjell Askildsen es un escritor de manías y obsesiones, de desolación, de esperanzas muertas. Askildsen habla del desierto como metáfora, de los habitantes del desierto. Habla de ti y de mí, querido lector. Habla de nosotros (y no podemos escapar de ello). Askildsen está dentro de cada uno de nosotros porque sus historias se dirigen al corazón del hombre, retratan su corazón también (el nuestro, sí), nos cuentan el deseo oculto, aquello que se aleja de nosotros y duele, toda la mierda y la miseria y la ternura que camina con nosotros y que es nosotros y forma parte de nuestra identidad, de nuestras pesadillas, nuestros sueños. Askildsen bucea en la psique del hombre moderno y no se calla, no quiere hacerlo.
Movimiento 2: Nihilismo a la escandinava
Kjell Askildsen cobija en su producción toda una serie de personajes afectados por la enfermedad de la desolación, una desolación que se observa en el paisaje mental (cerebral, emocional) de los personajes que este autor cría en su laboratorio. Como todo creador, el escritor noruego actúa totalitariamente (igual que Stalin o George Bush Jr. en política, o Stendhal y Joyce en literatura) y, por ello, dispone los elementos narrativos para alcanzar su objetivo. Al fin y al cabo, la literatura es siempre un juego de tiranías en el que un déspota acomoda a su antojo el orden de las historias, las emociones de los personajes, el devenir de los sucesos, las anécdotas. En el caso que nos ocupa, este autor noruego activa su discurso literario con la inoculación en sus personajes del virus del nihilismo. La literatura de Askildsen es la expresión absoluta de esta no-doctrina. Si Nietzsche entendía que el nihilismo era la muerte de dios, en la obra de Askildsen se puede decir que dios no existe desde hace tiempo (aunque su sombra sigue siendo alargada). Ejemplos de esto son “Final de verano” o “Encuentro”(ambos relatos presentes en su último libro editado en España: Desde ahora te acompañaré a casa).
Por lo general, los personajes principales de este autor (que frecuentemente coinciden con la voz narrativa) no suelen creer en dios, aunque es habitual que el sentimiento de culpa, que en ocasiones surge en ellos, esté motivado por una educación de carácter religioso. Asimismo, en la confrontación generacional es habitual encontrar a un padre o una madre enfrentados con uno de sus hijos por la religión, por dios, por formas diferenciadas de ver la vida que se basan en la creencia o no en la doctrina religiosa. Llegados a este punto, hay que tener en cuenta que Noruega ha sido (o es), probablemente, uno de los países más religiosos de Europa. En Noruega, la iglesia protestante se basa en la religión evangélica luterana y no existe separación entre iglesia y estado. Sirvan estos datos para conocer la importancia de la religión dentro de la obra de Askildsen, una dimensión de la que aún hoy en día no se ha hablado mucho en nuestro país.
Por motivos como los anteriormente citados, la culpa es un elemento constante en la producción narrativa de este autor. Los personajes que habitan las ficciones de Askildsen se comportan al dictado de este sentimiento y se sienten mal por lo que hacen, por lo que van a hacer o por lo que no han hecho. Es decir: nunca se encuentran satisfechos. Así, la culpa está presente, por ejemplo, en “La noche de Mardon”, relato en el que un padre anciano visita a su hijo (la culpabilidad será patrimonio de ambos). En las páginas de esta historia encontramos toda una serie de situaciones incómodas entre los dos personajes haciendo que el hijo llegue a confesar a su pareja: «Soy su hijo y por eso cree que tiene que quererme». Ésa es, sin duda, la frase que resume las relaciones padre-hijo en las distintas historias de Askildsen a lo largo de su producción literaria (los vínculos son entendidos como obligaciones —incluso en las relaciones de pareja, no solamente en las familiares). Asimismo, en el caso del relato del que ahora hablamos, el padre —en la soledad de una habitación prestada por el hijo— hace una síntesis de su vida y recuerda diferentes aspectos de la misma. Rememora la infancia de su vástago, observa viejos álbumes de fotos, piensa en las posibles amantes que podría haber tenido, en seis o siete prostitutas con las que tuvo sexo, etc. No puede decirse de los personajes de Askildsen que sean unos mentirosos, sino más bien que son seres con secretos, seres que ocultan aquello que todo ser humano no quiere ni siquiera confesarse a sí mismo, seres que se autoanalizan de forma compulsiva, constantemente.
No obstante, retomando el asunto del nihilismo del que ya hablábamos antes, puede decirse de él que tiene un carácter cotidiano, tangible, perteneciente al día a día. Este nihilismo afecta a las propias emociones de los personajes e incluso, por decirlo de alguna manera, a la vibración que anida en los relatos de Askildsen. Incide también en las relaciones personales que son entendidas como vínculos susceptibles de morir, de desaparecer, y puede decirse que éste es un nihilismo, ironías de la vida, más trágico que el de la muerte de dios. La muerte de dios en este contexto es una tontería, algo que se puede olvidar en los tiempos de la ausencia de deber e incomunicación interpersonal. El vínculo que se crea entre los personajes es frágil y las relaciones se caracterizan por una concentración de silencios, todo aquello que no se dice y se anhela decir y que, al no hacerlo, perfora el ánimo de los personajes, inocula ese virus de la desolación, el fantasma de la represión (y la depresión), de la parálisis.
En general, la atmósfera narrativa transmite una atracción por el otro que es imposible (la culminación es inalcanzable: no hay unión sino separación). Ya sea en el terreno amoroso o en el familiar, hay un intento constante por conseguir acercarse al otro. Sin embargo, los esfuerzos resultan completamente vanos, inútiles. El acercamiento es irrealizable y la desconexión con respecto a los demás es —si cabe— más evidente. Este fracaso continuo parece que, en realidad, revelara un radical desinterés (inconsciente) por el otro. Queremos al otro pero no lo alcanzamos. Eso es. O no nos dejamos alcanzar por él, no nos abrimos, no mostramos nuestras cartas. Así, el otro es visto como una molestia, como un obstáculo para ser completamente feliz, para la egoísta necesidad de confort mental que los personajes de Askildsen anhelan. Los protagonistas de sus relatos quieren ser felices pero ese deseo es egoísta. No miran hacia otro lado, hacia los demás. No piensan en realidad en el otro, sino en la propia satisfacción personal. Este hecho hace que veamos a tales seres como individualistas y ridículos, un tanto absurdos en su desazón existencial, un tanto estúpidos también, inútiles para la existencia, incapaces, lelos.
El desinterés por el otro (la muerte del otro, la anulación del otro) es aquello de lo que ya hablaban Baudrillard o Lipovetsky en algunos de sus ensayos. No obstante, aquí el otro no ha desaparecido totalmente: está a nuestro lado pero no podemos comunicarnos con él, no sabemos cómo hacerlo. Entonces el silencio es ingrediente principal de los relatos de Askildsen.
Movimiento 3: Estética de la desolación (minimalismo, austeridad y huecos semánticos)
Askildsen elabora en cada uno de sus libros una verdadera estética de la desolación a través de un lenguaje minimalista, desnudo, depurado que —en ocasiones— ha hecho que sea comparado con Raymond Carver. Desde mi punto de vista, tal comparación tiene parte de acierto y parte de error. La obra de Askildsen está cerca de la de Carver pero, en realidad, no tanto. Sí que encontramos personajes solitarios en la obra del norteamericano y del noruego, sí que coinciden en un lenguaje sencillo ambos autores (más extremo si cabe en el noruego) e, indudablemente, sí, los dos cultivan a la perfección el relato. En cambio, en la obra del noruego la exploración del mundo interior de sus personajes nos introduce en una realidad donde la falta de esperanza es todavía mayor que en las narraciones de Raymond Carver y —me arriesgo a decirlo— se puede considerar que las historias de Askildsen llegan a ser más universales que las del norteamericano: penetran nuestro corazón y deshacen cualquier posibilidad de soñar, de albergar esperanzas. El noruego habla de secretos ocultos (y con frecuencia lo hace con ironía), habla sobre las parálisis que nos afectan, del miedo, indaga en las raíces de pequeños acontecimientos insignificantes que conforman nuestros sentimientos, nuestro presente, nuestras ilusiones. Y para ello escribe con austeridad, desde la desolación. Su literatura es miniatura de la existencia, una miniatura que asfixia, que es dolorosa.
Si la obra de Askildsen tiene algo en común con la de Carver, se reduce exclusivamente a una cuestión estilística. Aún así, ya lo hemos dicho, el lenguaje de Askildsen es aún más depurado, más concreto. Y, por otra parte, si la narrativa del autor de Los perros de Tesalónica bucea en el infierno de la sociedad contemporánea, en el vacío y la falta de expectativas, en la aniquilación de las relaciones personales que se presentan con gelidez casi glacial, su lenguaje exige unos atributos semejantes, unas características idénticas. Así, el escritor noruego golpea al lector mediante una prosa desnuda, austera, una narrativa que se adentra en el territorio de las sombras de la naturaleza humana, que penetra en el silencio, el miedo, la cobardía. Sí, podemos afirmar que la literatura de Askildsen es una literatura de riesgo (no, no es una lectura light aunque su lenguaje sea minimalista).
Asimismo, nuestra imaginación es importante en las historias de Askildsen que, como ya he señalado antes, se sienten como una vibración. Esta vibración es algo que no se dice, que profundiza en el silencio y está presente en sus relatos, algo que emerge desde abajo, algo que nuestra imaginación conoce antes de que el autor diga nada. Sí, la teoría de los huecos semánticos de Wolfgang Iser se aplica a la perfección en la literatura de este escritor noruego. Hay espacios no dichos, frases no pronunciadas, ideas no comunicadas que leemos entre líneas: buena parte de la desolación que alcanzamos a comprender viene inferida por los espacios que rellenamos como lectores que observan atentamente. Y no olvidemos que ser lector significa, de forma recurrente, ser mirón, hacerse espía.
Movimiento 4: Voyeurismo, secretos y pulsiones reprimidas
Igualmente no podemos dejar de lado el espíritu voyeur de muchos de los personajes de Askildsen. La delectación en la observación de los demás es frecuente en los relatos de este autor. Y lo es así, porque con frecuencia sus personajes miran a los demás a escondidas. Son personas que observan al vecino, individuos que fisgan tras las cortinas, que a veces usan prismáticos para ver qué pasa en la casa de enfrente. Los demás (los otros, los vecinos) son las personas a las que podemos observar, sí, aquellos en los que analizamos gestos, sopesamos actitudes. Son objetos (más que sujetos) que tienen su comportamiento propio y sobre los que jamás podemos intervenir.
Sin embargo, puede afirmarse también que el detenimiento en el análisis de la propia persona por parte de los mismos personajes llega a adquirir un carácter autovoyeurístico, casi morboso. Los personajes del libro se caracterizan, en general, por observarse a sí mismos, por analizarse hasta la extenuación. En este proceso de auto-análisis emerge la desolación por contemplarse fríos, insensibles e inaccesibles, igual que compartimentos estancos, aislados de los demás. Esta observación se experimenta como una catástrofe cotidiana, pero —aún deseando escapar de ella— los personajes no hacen nada por salir de tal situación y la inercia marca su comportamiento. Sí, solamente piensan, tal vez sólo hacen eso, piensan mucho, demasiado, dan vueltas a lo que hacen (y sobre aquello que no hacen), reflexionan sobre quienes son. El resultado final es el desconsuelo, la insatisfacción en una suerte de investigación pornográfica sobre uno mismo. Este aspecto es el que puede decirse que aterroriza más dentro de la obra de Kjell Askildsen: el terror en este autor noruego es la capacidad para hablar con sinceridad sobre los aspectos más ocultos del ser humano, sobre sus miedos más escondidos, menos confesables (tal y como sucedería en la historia de carácter profundamente kafkiano “Carl” que en España aparece editada dentro de Últimas notas de Thomas F. para la humanidad).
En general, también, ser escritor es ser voyeur: un escritor es un mirón que escruta la realidad en busca de material de ficción, un curioso que asiste en directo a los detalles más sórdidos e íntimos de los personajes que su discurso crea paulatinamente en la pantalla o el folio en blanco. Pero, además, en una suerte de pirueta, el escritor puede decirse que también llega a espiar al lector. Sí, y eso sucede con los buenos libros y también con Askildsen, donde el lector es observado. No creamos que es tan solo un mirón que, sin que nadie le vea, acecha aquello que tiene lugar en la trama narrativa. No, no sólo sucede eso. Aquí, el lector es también espiado, es otro personaje culpable, otro mentiroso, otro individuo falto de esperanza. Sin quererlo, sin haberlo pedido, este lector habita los relatos de Askildsen porque las narraciones del escritor noruego hablan de nosotros, de todos nosotros, sí, de los lectores. Por eso somos nosotros también los que están bajo la lupa. Como lectores no podemos escapar de la disección que este escritor hace dentro de sus narraciones y nos sentimos aludidos, retratados en ellas, dentro de ellas, en algún sentimiento, alguna mentira, en algún secreto, alguna esperanza.
Epílogo (el vértigo interior)
El panorama de las ficciones de Askildsen es árido, devastado, y el título de uno de sus libros define a la perfección la atmósfera de estos relatos: Un vasto y desierto paisaje. En la obra de este autor asistimos, por lo general, a la descripción de un paisaje interior (ése es el interés central), un paisaje interior que está inevitablemente acompañado de la escenografía y el atrezzo que componen la realidad externa a los personajes: la ciudad, el bosque, la casa de vacaciones, el verano en el sur de Europa, etc. No obstante, el verdadero protagonista de la literatura de Kjell Askildsen es el vértigo interior, un vértigo que se traduce en una suerte de realismo íntimo (personal) que describe con minuciosidad los procesos mentales de los protagonistas y que, tal y como ha dicho el propio autor en alguna entrevista, trata «sobre nuestra época, sobre el espíritu de esta época, sin decirlo con palabras», sin poner sobre la mesa directamente la situación mundial, la sociedad, las guerras, el hambre… No es necesario hacerlo para hablar de la zozobra del hombre contemporáneo.
El fin de la literatura de Askildsen es crear en el lector un clima de intranquilidad y preocupación o, más bien, traducir la intranquilidad y la preocupación que subyacen en nuestra (supuesta) sociedad del bienestar.
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