San Jacko o el delirio
Caída y ascensión del mito "Michael Jackson"
José Óscar López
Cuando era niño hice una encuesta para los boy-scouts, y en uno de los apartados preguntaban por la música que te gustaba. Yo fui escueto y concreto: “Michael Jackson”. De entre los que tienen edad suficiente, creo que pocos pueden dejar de recordar el evento que supuso para aquella Nochebuena —¿o fue una Nochevieja?— el videoclip de ‘Thriller’: construido como una pequeña película, con su introducción y su epílogo, con esa duración tan desusada. Y con aquellos zombis y la voz de Vincent Price, que ya podíamos conocer los chicos de entonces gracias a las películas de bajo presupuesto y alto encanto de Roger Corman, que adaptaban relatos de Edgar Allan Poe y se proyectaban los domingos por la tarde.
¿Podíamos conocerla? Miento: aquellas películas las pasaban dobladas.
‘Thriller’: la música era emocionante. El baile era emocionante. La historia era emocionante; chico y chica que se quieren vuelven a casa por la senda oscura. Y a mitad de la mini-película, el chico se transforma en un horrible monstruo. En un muerto viviente.
Poco imaginábamos que la vida de Michael Jackson, poco después, podría haberla contado un Poe redivivo para el nuevo siglo en ciernes. Espera: consumismo y espectáculo, delirio y perversión, la nueva carne y la operación estética perpetua… Edgar Allan Poe ya tiene otro nombre para el siglo XXI y se llama J. G. Ballard. De Ballard a Cronenberg, o un William S. Burroughs que decidiera reescribir, disparatando, el libro de su vida para alcanzar la cúspide de su fama en la era de Reagan y la MTV.
Pero todo eso vino luego. Tratar de asimilar toda esa historia. De momento teníamos sus ritmos saltarines y ese deslizarse por una montaña rusa.
Aquel vídeo era épica bailable. Narración terrorífica. Un ritmo irrefrenable. El espectáculo total.
La leyenda mundial daba comienzo. De zombi a Peter Pan. Acudamos a otro escritor para el inicio de éste, nuestro paseo: Robert Walser; El paseo, p. 11: «Chiquillos y chiquillas corretean al sol libres y sin freno». “Dejémoslos ir tranquilos y sin freno”, pensé; “la edad se encargará de asustarlos y frenarlos. Demasiado pronto, por desgracia”. El niño que dedicaba un disco a su pequeño ratoncito Ben terminaba escribiendo canciones donde, porque una letra debe acompañar al bajo y a la percusión, decide defenderse de una atribución de paternidad —porque Billie Jean, definitivamente, no era su amante— o, quizás sobreestimando su capacidad de aguante para el futuro, anunciando que va a golpearlo —¿pero el qué?—, a golpearlo: beat it; porque hay fuego en los ojos de los otros, y sus palabras serán bastante claras, años después de que escribiese esta canción: «no quieras ver sangre», canta también en esta canción; «no seas un “macho man”». Golpéalo, repite una y otra vez el estribillo; con una de las mejores bases de bajo de la historia de la música popular, con permiso del ‘Superstition’ de Stevie Wonder.
Golpéalo.
Y es que lo emocionante acaba deviniendo peligroso. ¿Malo?
En Thriller yahabía abandonado el falsete sistemático, y cantaba: «No quiero ser un muchacho, quiero ser un hombre». Y ahí se abría un bucle de vuelta e ida, de ida y vuelta; del que no salió. Y cantaba también, de forma premonitoria: «Ellos te comerán, eres verdura».
No sé si, entonces, era ya vegetariano.
Es curioso que la crítica original que recibió de la revista Rolling Stone, aun siendo positiva, reprochara a Thriller ostentación. Curioso porque sus discos posteriores acentuarían esa ostentación, devenida en un barroco sonoro desubstancializado, de grititos y ruiditos sobre un fondo progresivamente hueco. Quizás lo que él entendió que era esa nueva música emergente, el hip hop.
Reaparece como la cúspide del simulacro cuando nuestra generación aún no sabía pronunciar el nombre de Jean Baudrillard: con la tez sorpresivamente blanca y cantando que no importa si eres blanco o negro. «Es un renegado de su propia raza», diría un chico negro que hacía cola para entrar a su concierto. Lo vi en televisión. Empezaba la polémica en torno a la persona Michael Jackson. Y lo peor, por desgracia, aún tenía que venir. Las extravagancias empezaban a ser materia de chistes demasiado dolorosos. Pero aquel chico hacía cola, en su concierto: su música aún importaba, aunque la interpretase el reverso exacto de Al Jolson en The Jazz Singer.
¿Malo? Bueno, dicen que quiso que el videoclip lo interpretase Prince. Como protagonista, no como intérprete.
Y el esquema de Thriller se repite: prólogo, epílogo. Estrellas invitadas. Era la jam perpetua. La jam ficticia: pues solo figuraban. Allí, como en el sueño de un niño hecho realidad. En una corte egipcia e infantil, poblada por famosos: sus amigos.
Sus amigos famosos. No hay punto medio: o chimpancés, serpientes y demás animales, o astros famosos. Y enormes esculturas de cartón piedra: las de los parques de atracciones. En busca de los huesos de John Merrick, más conocido como el Hombre Elefante. Las personas normales tan solo llegarán en el punto más álgido de la errancia en su vida; para engendrar sus hijos últimos; en forma de mujeres. Y el primero ahora, además, según las últimas noticias.
En cuanto el disco: ¿qué canciones de Bad no fueron singles?
Y su vida devenía aquello que él mismo había anunciado en las imágenes de ‘Leave me alone’: un enorme parque de atracciones. Pablo Muñoz —Alvy Singer en la red—, en su blog (1), daba con la clave tras su muerte: en su blog dedica una entrada al cantante titulada ‘El artista pop como parque temático’. Es una foto nocturna de la entrada a Neverland. Tan solo eso. Porque leyéndolo —solo ese título de su post, que es todo el texto del post— he recordado que una de las canciones que más me han fascinado de Jackson siempre ha sido ‘Leave me alone’.
Por la canción y por el vídeo: un parque de atracciones donde las atracciones son las obsesiones de Jacko. Y Jacko, con su mono, las visita montado en su montaña rusa.
Es un primer intento de tornar en espectáculo lo que ya empezaba a ser juzgado exceso puro y duro. Y él era un niño custodiado noche y día.
¿Y más allá? ¿En esa música espasmódica? Parodia de sí misma. Grititos y ruiditos. Reducción al absurdo de las líneas de bajo con las que sacudió al planeta entero, años atrás, con ‘Billie Jean’ o ‘Beat it’.
Y baladas que sueñan con un mundo mejor. Te amamos, Michael.
Ese mundo mejor empieza en los zoológicos y en los centros comerciales. En los zoológicos donde la muchedumbre que lo persigue enfervorizada pone en riesgo la integridad física de sus hijos; en los centros comerciales donde todo se colapsa con su presencia; los más afortunados fans lo abrazan y lloran, temblando por la emoción: es un mito viviente, puede ser abrazado.
Lugares en los que un niño soñaría para quedarse a vivir.
Martin Bashir, que estuvo entrevistándolo para la televisión durante ocho meses (2), afirma haber conocido en Neverland a un Michael Jackson más equilibrado de lo que esperaba. Pero todo cambia en Berlín, mese más tarde, ante la reacción desaforada de sus fans, que lo siguen día y noche. En el zoológico de dicha ciudad, algunos de sus hijos casi son aplastados por la muchedumbre. Al día siguiente de sacar a su hija por el balcón de un hotel y dejarla suspendida unos instantes en el vacío, declara Jackson al entrevistador que lo ha hecho como muestra de amor hacia sus fans, para mostrarles a su hija; y que las críticas no tienen en cuenta que, si se equivocó, lo había hecho desde la inocencia.
Michael Jackson compra un manga en una tienda de cómics: es instantáneamente fotografiado. Michael Jackson busca antigüedades en Las Vegas: el centro comercial es colapsado por centenares de personas que disparan sus cámaras fotográficas a través de la luna mientras el mito encarga que le lleven a casa media tienda. Cuadros de Apolo bañándose en un río, sillas y mobiliario Luis XIV. El dibujo manga viviente se mueve entre sillones Biedermeyer, casi dando saltos, en frenesí de dibujo animado, como Bambi por el bosque. Se lleva todo el bosque. Sarcófagos egipcios. “Me llevo esto también”.
El mito abandona Neverland de puro aburrimiento. Y se instala en hoteles de Las Vegas o Miami: ejemplares no-lugares. Son espacios sin sombra, reflejan y devuelven toda luz. Inmaculados. La desesperación en espacios colmados de juguetes gigantescos: conejos Biedermeyer, coyotes Luis XIV. Seis suites, la planta entera reservada. En un hotel de lujo. Para jugar en un arcade que, a bordo de un skate -board virtual, cruza los barrios bajos (3).
Es lo que queda cuando el espectáculo se cierra: más espectáculo. Un rostro que transmite día y noche. ¿Pero qué hay detrás del rostro? Escribía en Héroes Ray Loriga —cito de memoria—: «Nunca salgo a la calle sin sentirme Jim Morrison, por lo menos». Creo que también hablaba de Marlon Brando o de Bob Dylan, Loriga; pareciera que los nombres es lo de menos, para lo que nos interesa. Es la seguridad que te da ser otro, también ser alguien especial. El que buscó ser siempre Michael Jackson, sobre la pantalla en blanco de Peter Pan, sin madurez: no dirigido, y “condenado” ya a una forma definitiva, por la madurez; una madurez que es siempre dolor; porque el dolor nos conforma. Como si el dolor que le ocasionaba su padre, en su infancia, le hiciera plantarse para siempre al respecto, desde entonces.
De niño le decían, confiesa Jackson a Bashir, que era un niño de cuarenta y dos años.
La entrevista comienza en los jardines de Neverland. Jackson muestra a Bashir —y se encarama a él: muy alto; y le invita a hacerlo a él, también— el árbol donde sube a componer.
«Soy Peter Pan» le dice muy seguro, más tarde, Michael Jackson al entrevistador.
«Pero tú eres Michael Jackson», replica éste.
«Soy Peter Pan», concluye Jackson, «en mi corazón».
Pero decía Gilles Deleuze que lo importante reside no en la profundidad sobreestimada, sino en la denostada superficie.
Un rostro, sí. Acudamos al Mil mesetas de Gilles Deleuze, al capítulo titulado ‘Año cero-Rostridad’: «Un rostro es algo muy singular: sistema pared blanca-agujero negro. Ancho rostro de mejillas blancas, rostro de tiza perforado por unos ojos como agujero negro. Cabeza de clown, clown blanco, pierrot lunar, ángel de la muerte, santo sudario».
Y continúa: «El rostro no es una envoltura exterior al que habla, piensa o percibe» (4). Pero en Michael Jackson, todo se concentra en ese rostro, más blanco cada vez, más liso y sin aristas, a excepción de una nariz que para desaparecer se hace pico, remate para un rostro animé, que es decir de dibujo animado japonés; así como unos pómulos que marcan su ascesis alimenticia, que es decir su anorexia: lo que antes fue funk ha devenido mística de cámara de oxígeno nocturno.
Como, digamos, la versión superficial y falsamente Disney de El hombre que cayó a la Tierra que interpretó Bowie en la película de Nicholas Roeg en los setenta: de extraterrestre a multimillonario, contemplando perplejo cientos de pantallas de televisor a la vez. Pero en la de Jacko ningún canal retransmite la realidad, para el antiguo extraterrestre: solo dibujos animados y travellings irreales, con cámara subjetiva, de montañas rusas subiendo y bajando, bajando y subiendo. Una y otra vez.
«Cabeza de clown, clown blanco, pierrot lunar», escribía Deleuze. El rostro de Jacko cada vez más blanco, y libre de agujeros; mientras la sombra y el agujero se extiende al resto de la superficie que no es rostro en Jackson. Sombras y más sombras mientras el rostro de Jackson sonríe perplejo: infantil y divertido, y después perplejo otra vez. Sigamos con Deleuze, en el mismo capítulo y unas líneas más adelante: «Un niño, una mujer, una madre de familia, un hombre, un padre, un jefe, un profesor, un policía, no hablan una lengua en general, hablan una lengua cuyos rasgos significantes se ajustan a los rasgos de rostridad específicos». Jacko eligió lo inespecífico. Habló una lengua general y por ello, progresivamente, más vacía. Y más válida para millones de personas, que es decir de fans. «Los rostros no son en principio individuales, defienden zonas de frecuencia o de probabilidad, delimitan un campo que neutraliza de antemano las expresiones las expresiones y conexiones rebeldes a las significaciones dominantes». Jacko eligió sus propias zonas de frecuencia o probabilidad: unos rasgos de Liz Taylor aquí, unas significaciones de Peter Pan allá: ya nunca más rebelde, crecido para siempre. «De igual modo, la forma de la subjetividad, conciencia o pasión, quedaría absolutamente vacía si los rostros no constituyesen espacios de resonancia que seleccionan lo real mental o percibido, adecuándolo previamente a una realidad dominante. El rostro es redundancia».
«El rostro construye la pared que necesita el significante para rebotar, constituye la pared del significante, el marco o la pantalla. El rostro labra el agujero que necesita la subjetivización para manifestarse; constituye el agujero negro de la subjetividad como conciencia o pasión, la cámara, el tercer ojo» (5).
Comienzan los ochenta, toda la vieja guardia rockera setentera va a alumbrar en estos años sus peores discos. Es el momento de otros artistas. Artistas como Prince o Michael Jackson. Solo cuando estos comiencen a declinar en su producción discográfica, en los noventa, observaremos una curiosa reacción de compensación en la que esa vieja guardia volverá sacar discos importantes.
Es el momento, para Michael Jackson, de su disco de grandes éxitos. Más megalomanía, en imparable bucle: ¿qué otro artista saca un disco de grandes éxitos al que titula History, Su historia? Y la tercera persona en cursiva se torna mayestática en la estatua de la portada. Caen las estatuas del pasado, las reales. Se erigen las ficticias. He aquí el simulacro.
Con traje militar. De charreteras. Porque es un Jimi Hendrix. Libre de drogas. Ilegales. Gafas de sol de dictador sexagenario. La vieja Prusia revive en este rey. Y Tom y Jerry pueden ser sus generales.
Las gafas no. No en la portada de ese disco. No para el Jacko gigantesco. Solo para las fotos al Jacko diminuto.
También, más tarde, mascarilla.
Es la necesidad del mito que sentimos las personas reales. Pero, ¿qué necesita el mito para seguir siendo real, más allá de una máscara?
En 1992, en plena era Kurt Cobain, un ídolo de los ochenta, Robert Smith, que aún resistía y sacaba con su grupo The Cure el para algunos último buen disco de la banda, Wish, cantaba al final de este: «Por favor, dejad de amarme, / por favor, dejad de amarme, / no soy ninguna de esas cosas».
Antes citábamos a Prince: es un artista con el que se le enfrentó, en ese absurdo juego de enfrentar a músicos entre los que, en muchos casos, hay vínculos de amistad y/o respeto; así Beatles y Rolling. Prince era el rostro “adulto” para el nuevo funk, la versión sofisticada; y, hasta cierto punto, un individuo más “normal”. Pero años más tarde, ay, Prince renunciaba a este nombre para adoptar, como tal, un símbolo impronunciable. En él jugaba a fundir los símbolos de hombre y mujer, con esa androginia que caracterizó a muchos artistas de los ochenta, quizás en herencia de David Bowie. Como decía el Evangelio apócrifo de Judás Tomás el Gemelo: «Que la mujer se haga hombre y la mujer hombre». Una androginia y una rareza que Prince mantuvo a unos niveles manejables, y acompañados de un nivel musical altísimo –“los ochenta pertenecen a Prince”, sentenció Bowie.
Pero Prince, sí, acabo tornándose raro también. Pasada la tormenta, su estado de ánimo, como suele suceder en los artistas a ciertos —estratosféricos— niveles, se convierte en noticia tanto o más que su música. De su última actuación en el Festival de Jazz de Montreux, así, en el diario El País se podía leer hace bien poco: «Prince, aparentemente feliz y distendido…» (6). La descripción y valoración del concierto es altamente positiva, y ocupa la mayor parte del artículo; pero el periodista no puede resistirse a anotar, así de escueta y brevemente, sus impresiones sobre su estado de ánimo. Y es que los músicos parecen moverse en una dimensión donde el infierno y el éxtasis, el cielo y la locura, caminan de la mano.
Citábamos a Prince. Al leer la crítica del disco Thriller que mencionábamos antes, el crítico reprochaba al disco no ser el 1999 —disco de Prince de 1983— de Michael Jackson. Yo solo reprocharía al crítico de Rolling Stone que afease la contribución de Vincent Price, en forma de recitado, para la canción que da título al disco.
Prince anunciaba el fin del mundo para 1999, y animaba a su chica, en la canción, a salir de fiesta como si fuese la Nochevieja de 1999. Bowie abría su también seminal Ziggy Stardust (1972) cifrando un plazo de cinco años para el final de todo —en todo caso, el de la juventud de su(s) personaje(s). The Cure abría su Pornography (1982), y contribuía a darle forma a la depresión de la era afterpunk, repitiendo de forma misteriosa y apocalíptica un estribillo en torno a una era de cien años de oscuridad y sufrimiento. Michael Jackson, frente a ellos, vive en un presente eterno, su infancia eterna, y sus letras, curiosamente, son de las menos delirantes que puedan escucharse, si no aceptamos la ingenuidad näif como delirio.
Y cuando el delirio, lo que cualquier adulto puede entender como delirio, se hace ingobernable en todo aquello que le rodea —no en las letras, no en las metáforas, sino en la realidad—, él canta:
Estoy cansado de que cuentes
la historia a tu manera
porque provoca confusión,
aunque tú piensas que es perfecto así.
Cambias las reglas una y otra vez
mientras yo trato de seguir jugando;
solo deja de presionarme,
deja de presionarme
porque me vas a hacer gritar.
‘Scream’ |
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‘Leave me alone’, ‘Scream’. Creo que son las dos canciones que más me gustan de él. Curiosamente, son algo similar a caras B. La primera de forma directa, la segunda como corte inédito y añadido a sus grandes éxitos de History. Acaso en esas caras B es donde su cara revela realidad. Metáforas perfectas. El parque de atracciones en ‘Leave me alone’. Y la nave espacial en ‘Scream’: reclusión a dos mil años luz lejos de casa: como en el disco psicodélico de los Rolling Stones, pero con una película animé en puesto del grimorio jaggerianio. Su hermana Janet —¿homenaje/guiño a su pasado familiar y también reconciliación, con condiciones, con él?— queda incluida en la reclusión de ingravidez; ambos juegan a una suerte de paddle saltarín, montaña rusa animé donde ambos se tornan, como en la película proyectada en las paredes de plata o de platino de su nave/cárcel, eternos niños japoneses.
Ahora quiere gritar.
‘Scream’ como epílogo y resumen de la era Dangerous. ‘Leave me alone’ como epílogo y resumen de la era Bad:
Así que déjame solo,
déjame solo
y deja de acosarme y perseguirme.
‘Leave me alone’ |
Es fácil hacer leña del árbol caído, más si ese árbol es una secuoya; que toca con sus ramas más altas las estrellas, y cuyas raíces hace años no se hunden en la tierra. Un niño acusó de abusos sexuales a Michael Jackson y sería el momento más bajo de la vida del artista. Años más tarde, el niño declara haber mentido inducido por su padre. A los pocos días de morir Jackson, el periodista chileno que trató de hacer fortuna y alcanzar notoriedad escribiendo un libro sobre las primeras declaraciones de ese chico —que no sobre las segundas— tiene una nueva teoría. Y es invitado al programa de televisión Dónde estás corazón. María Patiño se lo come con patatas. A su inmisericorde forma acostumbrada. La periodista podría haber recitado justo después el adagio clásico de Lobezno: «Soy el mejor en lo que hago. Pero lo que hago no es agradable». Por una vez, me alegro de haberme quedado viendo DEC un viernes noche, tras cenar fuera.
Jonathan Jones entrevista al artista Jeff Koons un día, y esa noche se entera de la muerte de Michael Jackson. Al día siguiente pregunta a Koons por él y Koons responde: «Hemos perdido a un gran artista». Leo en la misma entrevista que el crítico Robert Hugues arremetió contra Koons diciendo que éste «se había sugestionado a sí mismo hasta convencerse de que era un Bernini de nuestra época». «Por su gran percepción para las patologías de nuestra época, tal vez sea un moralista en secreto», afirma Jonathan Jones de Jeff Koons, aquel artista cuyas obras más famosas sean acaso sus fotografías y videos pornográficos con su pareja de entonces, (la) Cicciolina. Koons también modeló en escultura a Michael Jackson, nos recuerda el entrevistador, «no como el cantante y bailarín que todos queremos recordar» sino «con su rostro blanco y abrazado a su chimpancé» (7).
Roland Barthes, en Mitologías, acude al mito para añadir un tercer vértice a la oposición de significado y significante. Es un tercer vértice que ya está implícito en los otros dos, pues se trata del signo: el signo se descompone en significante y significado; y solo a través del mito, nos dice Barthes, significante y significado vuelven a reunirse para ofrecer un nuevo signo: el viejo, que es nuevo. Emocionante, peligroso y finalmente, en una suerte de síntesis, indestructible.
Es el mito como segunda lengua, continúa Barthes, en la cual se habla todavía de la primera. Pero nosotros, al analizar el mito, ya solo atenderemos a esta segunda lengua, tendremos que «conocer solo el término total o signo global y únicamente en la medida en que este término se preste al mito» (8).
Y mientras los semiólogos se inclinen sobre el mito “Michael Jackson” para descifrarlo como un egiptólogo se inclina sobre los jeroglíficos de catacumbas olvidadas, Michael Jackson bailará ya para siempre en la corte del faraón, con las pirámides de fondo y huyendo de la guardia real.
No vengas a amarme,
no vengas a suplicarme,
pedirme, mendigarme.
Te amo:
no lo quiero
ni lo necesito.
‘Leave me alone’ |
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(1) El rincón de Alvy Singer, http://elrinconalvysinger.blogspot.com/2009/06/el-artista-pop-como-parque-tematico.html
(2) Martin Bashir, Living with Michael Jackson, Granada Television, 2003.
(3) Escenas basadas en las imágenes del documental de Bashir.
(4) Gilles Deleuze, Mil mesetas, Pre-Textos, Valencia, 2004, p. 173.
(5) Op. cit., p. 174.
(6) R. Carrizo Couto, “Prince levanta pasiones en Montreux”, El País, 20-7-09.
(7) Jonathan Jones, “Jeff Koons: del sexo con la Cicciolina a obras infantiles como mensajes a su hijo”, en Ñ. Revista de cultura, trad. de Ofelia Castillo, © Guardian News & Media 2009 y Clarín, http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/07/14/_-01957634.htm
(8) Roland Barthes, Mitologías, Siglo XXI, Madrid, 2005, p. 206. |