YOLANDA CASTAÑO
Coloquiando


Ángel Gómez Espada

 

     Se ha convertido en una de las voces poéticas más importantes de las últimas hornadas. E interesantes, obviamente. Su capacidad mediática ha superado las fronteras de la lengua gallega y es un referente actual en nuestro país. Pinta, hace video-poemas, presenta concursos y documentales en televisión, pone al cuidado galerías de arte, musica sus propios textos y se atreve a cantarlos...
     Pero, sin duda alguna —y por encima de todas estas artes propias de pensamientos renacentistas (que tanta falta nos hacen en estos tiempos oscuros y medievales)— es poeta. Su poesía contiene una fuerza especial, una fuerza que araña o fustiga (según gustos) y que engrandece la lengua gallega.
     La autora de Vivimos no ciclo das Erofanías (Espiral Mayor, 1998), O Libro da egoísta (Galaxia, 2003; traducido al castellano por la autora en Visor en 2006) o Profundidade de Campo (Espiral Maior, 2007) ya no es una joven promesa, sino una madura realidad poética. Y aprovechamos su reciente paso por el aula Díaz-Canedo de Badajoz para conversar con ella.
     Que nadie se mueva a engaño: la belleza de su inteligencia fustiga, pero la herida de sus versos hace que los ánimos se tornen.

 

Yolanda Castaño © Gabriel Tizón

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Su proceso de creación nos muestra a una poeta sin máscaras. ¿Considera que se encuentra en el antagonismo de la idea de Fernando Pessoa de que el poeta es un fingidor?

     —YOLANDA CASTAÑO: Creo en tu primera afirmación, pero a la vez la creo completamente compatible con la concepción de Pessoa. De hecho, celebro que comiences esta entrevista tocando un aspecto tan clave para mí. Recordemos que el gran poeta portugués comenzaba diciendo «El poeta es un fingidor», pero la estrofa terminaba rezando «Que hasta finge que es dolor / el dolor que de veras siente» [...] En ese juego de espejos entre realidad y ficcionalización —o ‘poetización’— de la misma quiero detenerme. Se trata de la irrevocable necesidad de crear ante el lector una ilusión de veracidad. No ‘ir’ de lo que no se es. El lector de poesía detecta la máscara en segundos y rueda por el suelo hecha añicos. Por eso una de las mayores tareas y responsabilidades del poeta es la de recrear una necesaria impresión de autenticidad. Con la sola impresión basta. Nunca se debe confundir esta ‘veracidad’ con ‘confesionalismo autobiográfico’. A veces una mentira puede ser más reveladora por nosotros mismos que nuestra prosaica realidad objetiva. Toda experiencia se somete a una elaboración y sólo constituye uno más de los ingredientes de la creación. Ahora bien, a veces la mejor impresión de realidad es la que puede dejar la propia realidad.

     —ECP: Sin embargo, le recuerdo que ha participado en una antología como Yo es otro. Y ya que hablamos de ello, ¿qué opinión le merecen las antologías? En un mundo digitalizado y escaneado como el que vivimos, ¿siguen siendo necesarias?

     —YC: Cierto es que hoy en día podemos estar mucho más en contacto con todos los corpus enteros de textos poéticos de todas las tradiciones literarias. Antiguamente las influencias pasaban por el tamiz de la complicada distribución, sin embargo hoy en día puedes llegar a verte influido hasta por la poesía joven guatemalteca, pongo por caso. Entonces, lo que les queda a las antologías es su dimensión de guía, de orientación o propuesta, de criba o pequeño canon frente a ese gigantesco cajón de sastre en el que puede caer la sociedad de la información y las nuevas tecnologías. En ocasiones, el público lector se encuentra un tanto perdido ante tal maremagnum de nombres, textos y poéticas. Supongo que las antologías pueden ser un asidero por donde empezar a meter el diente, una posible selección con que quedarse o una acotación de entre toda esa red (a veces maraña). Eso sí, que esa selección sea siempre relativizada y tratemos de complementarla en todo momento.

"Libro de la egoísta" de Yolanda Castaño     —ECP: Manifiesta que el reto de la poesía siempre ha sido la de saber adaptarse a los tiempos. ¿Cree que usted lo ha conseguido?

     —YC: Lo he intentado y seguiré sin dejar de hacerlo. No creo que a la poesía le quede elección, es ley de vida también para ella. De lo contrario quedaría anquilosada en el pasado, y eso no va a ocurrir. Es natural que un arte tan antiguo se adapte a los nuevos códigos, a lenguajes en consonancia con el momento, del mismo modo que lo han hecho la plástica o la música. Vivimos un tiempo en el que quizá no quepa ya mucha innovación de contenidos o formal, pero entonces tal vez sea la hora de innovar en el canal. Nuevas formas de manifestación de la poesía acordes con nuevos parámetros (haciéndola dialogar con el audiovisual, revistiendo ropajes digitales o colándose entre la tecnología) [...] Con todo, nunca se debe perder de vista el motor primero y verdadero origen: el texto. Él debe prevalecer y funcionar por sí mismo. Partiendo de esta consciencia, podemos jugar: moldear híbridos capaces de conectar con nuevos lectores y crear nuevos públicos. Aunque, de todos modos, siguen publicándose libros maravillosos en el formato ortodoxo. Obviamente hacer modernidades sin razón ni sentido es una solemne estupidez.

     —ECP: En su Libro de la egoísta usted dice que quiere aprender a salir para ser emigrante de sí. ¿Hay, pues, que emigrar de uno mismo para escribir un libro como éste?

     —YC: Hasta soy partidaria de darse una ducha fría antes de escribir un poema de amor. Toda escritura debe suceder a un mínimo distanciamiento que nos permita observar en alguna medida desde fuera. La poeta gallega María do Cebreiro tituló a uno de sus libros Non queres que o poema te coñeza [...] También se trata de no creerse demasiado a uno mismo, de no sentarnos sobre nuestras propias certezas, de poner en cuestionamiento lo que sabemos sobre nosotros. Y donde más se aprende sobre lo propio es precisamente en lo ajeno.

     —ECP: ¿Cómo son las metamorfosis de una egoísta?

     —YC: Supongo que nace de la soledad, de esa estúpida soledad en la que una piensa que sólo se tiene a una misma. Entonces se contempla en el espejo, pero ahí se encuentra con los rasgos más amables y también con los menos favorecidos. Luego eso la lleva a reflexionar sobre su propia estampa y sobre la visión, sobre lo real y la apariencia. Sobre lo que la imagen que proyectamos revela sobre nosotros mismos pero también sobre lo que esta miente o acaso esconde. En cómo aparecemos ante los demás y cómo nos relacionamos con esa imagen. Y así, de la soledad, se vuelve hacia el Otro.

     —ECP: ¿Cómo cree que se refleja en sus poemas esa profundidad de campo con la que ha titulado su último poemario?

     —YC: Pues precisamente tratando de poner en foco esa distancia: la que existe entre aquellas partes de nosotros que quedan de relieve y en un primer plano frente a las que pasan a uno secundario, quedando desenfocadas. Los contextos históricos, las construcciones sociales y todo tipo de prejuicios contribuyen a agrandar esa distancia [...] Por otra parte, me hacía gracia la aparente paradoja de titular Profundidad a un libro sobre algo tan supuestamente superficial como la imagen personal, pero es que, precisamente, lo que yo quería era profundizar en todos los matices conceptuales de esa imagen, una imagen que —máxime en el caso de la mujer— ha sido históricamente frivolizada hasta la saciedad, cosificada, mediatizada, idealizada o demonizada, campo abonado para todo tipo de estereotipos y proyecciones mentales.

"Profundidad de campo" de Yolanda Castaño     —ECP: ¿Cómo cree que conecta Profundidad de campo con Libro de la egoísta? ¿Hay más intimismo en este último?

     —YC: No sabría decir si hay más o menos intimismo en Profundidad de campo. Suelo partir de tal talante, pero también es cierto que soy capaz de ver cierta dimensión incluso social en algunos aspectos de este libro, como los que acabo de dejar entrever en la última pregunta. En lo que sí conecta con Libro de la Egoísta es en la vía de la identidad. Mi última entrega vuelve a ser de algún modo una reflexión sobre la propia identidad, sólo que en esta ocasión desde un punto de vista más concreto o tomando un aspecto más específico. El discurso se ha vuelto más directo, más claro, aunque pueda resultar más áspero por momentos.

     —ECP: En fotografía, la profundidad de campo es lo que a la poesía…

     —YC: La riqueza en matices, la veracidad de quien habla tratando de mostrar todas las caras, el caleidoscopio con que se debe escribir la realidad, la escala de grises que va de blanco a negro, la honestidad, y la generosidad de dar voz a palabras encontradas... Algo así podría ser.

     —ECP: En su poesía hace siempre alusiones a la belleza femenina como prejuicio y estereotipo. Juega con ello hábilmente en sus poemas. De esos estereotipos ironiza y consigue retar al lector. ¿Esto hace que muchos consideren su poesía feminista?

     —YC: No en vano. Sobre la imagen femenina existen multitud de construcciones sociales que es necesario desenmascarar. Ellas y su aspecto permanecen constantemente en el punto de mira, doble y más duramente juzgadas. En el caso de aquellas que pretenden dedicarse a un oficio de los llamados intelectuales la cosa se complica. La imagen personal puede llegar a desviar la atención de lo que verdaderamente importa (la obra) y la única alternativa que se nos ofrece para recuperar esa atención y ese respeto es renunciar por completo a nuestra imagen. Al final vuelve a ser el cuerpo de la mujer el eterno tema de conflicto: burkas, disfraces, modelos estéticos o uniformes que nos oculten y nos replieguen a un patrón.

     —ECP: ¿Cuando recibió el premio de la Crítica Española al mejor libro en gallego con 21 años pensó que había resuelto su vida o, por el contrario, vio que todo se hacía cuesta arriba?

     —YC: Pensé que había posibilidades de seguir trabajando, pero que la cosa iba a ponerse seria. Que debía ser rigurosa con mi trabajo, creativamente ambiciosa, no dar nada por seguro y seguir buscando siempre, aún cuando encontrase.

     —ECP: Emilio Cao hablaba de Simbad en Galicia. Usted ha manifestado su necesidad del viaje, pero también la necesidad extraordinaria del regreso a esa Galicia-Ítaca que simboliza en sus poemas (estoy pensando en su hermosísimo ‘Mazás do xardín de Tolstoi’). ¿Se considera, por tanto, un Ulises en Galicia?

     —YC: Concuerdo contigo en esa necesidad del viaje pero también del regreso. Vuelvo a la idea ya mencionada de que desde donde mejor se aprecia la panorámica de lo propio es desde fuera. Es necesario salir para abastecerse de referentes, para medirnos por escalas globales, para estimarnos en proporciones reales, para confrontarnos con otros y relativizar tanto nuestras tachas como nuestros aciertos. Además, el proceso del viaje en sí es la propia riqueza, y dónde mejor para invertir esa riqueza que en casa.

     —ECP: De hecho, usted afirma que le gusta vivir en una perpetua búsqueda, y esta necesidad del viaje de la que hablábamos invocaría esa búsqueda.

     —YC: Exacto. ¡Creo que a lo largo de esta entrevista ya ha quedado bien claro de qué pie cojeo! Encontrar la fórmula y aposentarse en ella supone la muerte para cualquier creador. También viajar, no "Vivimos en el ciclo de las erofanías" de Yolanda Castañoquedarse quieto, es la mejor manera de aprender cosas por vía directa, y es la misma vida en una versión intensa.

     —ECP: He leído en alguna parte que usted pertenece a la Generación Poética del 2000. ¿Qué le parece eso de ser identificada por un grupo?

     —YC: Este membrete ha sido acuñado por algún crítico y todavía queda que el implacable tiempo haga su labor y veamos qué queda realmente de todo esto. No tendré yo la absurda vanidad de creerme individualizable si todos mis compañeros fuesen considerados en grupo, pero me gusta relativizar también este tipo de herramientas tomándolas como lo que sólo son: metodologías de trabajo. Más allá de ello el lector cuidadoso sabrá atender a las poéticas individuales y hacer también su personal antología. De todos modos, personalmente no creo muy rentable una excesiva preocupación por el futuro a ese nivel. Tal vez nada quede de lo que somos.