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Manuel Ángel Gómez Angulo
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—Usted ignora que he viajado desde el otro lado del océano. Que aterricé hace más de tres semanas en el aeropuerto de una ciudad diseñada según el sueño de un mafioso loco. Que he recorrido cuatro mil millas cruzando siete distritos en un coche de alquiler. Todo para reconocer finalmente que este monumental fresco de la naturaleza era el objetivo último de mi viaje, si bien en el fondo de esa afirmación se asiente un poso de tonos crepusculares más bien amargo. Verá. Es posible que todo lo que le diga a partir de este instante echara sus raíces en mi infancia más profunda, como todo en esta vida. Porque jamás olvidaré la cantidad de películas del oeste que vi en el cine y la televisión. La culpa, sin duda, de que me haya desviado por estos lugares inhóspitos no sólo la tiene mi pasión por los westerns sino también mi aprecio por el maestro Ford. Y aunque le parezca increíble, a pesar de sus limitaciones en contenido narrativo, de su vestuario acartonado, de las peleas y duelos entre pistoleros buenos y malos, del perverso ferrocarril, de los caballos y de los indios, yo sigo sintiendo un vaquero al galope dando vueltas por las paredes de mi estómago.
Dicho esto, no creo que el navajo al que hace unos minutos he visto tieso como un palo, camisa oscura y piel de tierra cocida, a pie por el arcén de la carretera, y al que he recogido en mi coche para ahorrarle unas millas camino de Kayenta, haya comprendido muy bien lo que le he soltado. O no lo entiende o no quiere o al menos no hay músculo de su cara que se mueva, la mirada clavada en el parabrisas.
—Una de esas películas en concreto empieza con un plano de una puerta que se abre. Y acaba igual, con otra puerta parecida que se cierra. Y no se trata de un recurso manido de comienzo y final visto y revisto en la larga historia del cine. Ford no hacía concesiones a la galería o a la metáfora hueca. En ella todo rebosa sabiduría, sencillez y sensibilidad. En términos generales, se trata de una odisea en la que durante cinco años un tipo busca por medio oeste a su sobrina raptada por los indios para pegarle un tiro. Está seguro de poder así arreglar una parte de su mundo y del de los demás, un conflicto personal de corte racista. Sin embargo, no cuenta con el paso del tiempo ni con la gente que lo rodea ni con la tierra áspera por la que se arrastra. Cuestiones que terminarán a fin de cuentas transformándolo de forma paulatina en otra persona distinta.
El indio navajo guarda silencio pegado al asiento como un muñeco de arcilla.
—En la primera escena, la silueta oscura de una mujer se recorta en el porche de su casa mientras ese tipo gigante se aproxima a caballo por este paisaje en el que usted vive y que no es Tejas, como se dice por exigencias del guión en la leyenda sobre la pared de ladrillo del comienzo. Hasta podría contársela de memoria. Si me preguntara por una de mis escenas preferidas, me inclinaría por la lectura de la carta que le escribe el joven mestizo a su novia, que harta de esperarlo casi se casa con un guitarrista paleto de dientes inmaculados y risa por entregas. Más aún que el momento en el que el gigantón decide ya al final abrazar a su sobrina en lugar de reventarle la tapa de los sesos con su revólver.
No hay respuesta. Pero no me enojo. Empiezo a acostumbrarme a su presencia muda.
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—Y el trabajo de los secundarios es perfecto. Sin ellos no habría habido película. El que más me gusta es el reverendo, un colosal Ward Bond, y también el calvo simplón de la mecedora. Y el que menos, Scar, el jefe indio, que no es navajo sino comanche, con sus plumas siempre impecables y su mentón rasurado (nunca se vio un indio barbudo). Y, como no, el verdadero protagonista, incambiable, imperecedero, presente a cada instante como soporte principal del hilo narrativo frente a la fragilidad del ser humano: la grandiosidad del propio paisaje. Cuando al salir de Salt Lake City dirección sureste, camino de la interestatal 20 y tirar luego por la 191, le confieso que nunca pensé en lo sublime de la desolación. Y eso que llevaba tiempo intuyendo este desierto, si es que alguna vez he dejado de sentirlo y de verlo. Y esperaba tropezarme con indios. Me habían dicho que vería muchos. No tantos como en Oklahoma. Y que hacia el sur cruzaría unas cuantas reservas. Fue trasponer el río Colorado y empezar a verlos, la mayoría en tareas de limpieza de hoteles, otros a la orilla de la carretera ocupados en sus asuntos. Me parece mentira tenerlo a mi lado para explicarle estas cosas. Ayer empezó a anochecer en plena ruta hasta que de pronto —una manera como otra cualquiera de hablar porque las distancias en millas convierten estos espacios abiertos en eternas extensiones de carreteras de tiralíneas perdidas hacia el horizonte—, en medio de la nada, me tropiezo con Monticello, un villorrio con dos moteles, dos gasolineras y el trozo de vía que la cruza sin asfaltar por obras, casitas bajas acurrucadas junto a la estatal. Entro en el motel que parece más agradable. En el mostrador de recepción, una chica joven, de un rubio oxigenado. Es guapa pero debe tener pocos pretendientes entre tantas millas de soledad y polvo. Me dan ganas de preguntarle a bocajarro si conoce a John Ford. Por John Wayne, no. A ése seguro que lo conoce o le suena de algo, a ella y a todo el mundo.
Advierto que el indio sigue a mi lado sin inmutarse y le lanzo la misma pregunta que no le hice a la rubia la noche anterior. Tengo la impresión de que no sabe de qué o de quién le hablo, de que en su vida ha visto una película. O igual es sordo o no tiene ni idea de inglés.
—Es noche cerrada cuando salgo de la habitación para cenar. En el Subway, uno se fabrica los bocatas o más bien dirige a un jovenzuelo para que se los prepare. Sus luces de neón coloreadas son un reclamo. He caído en su trampa como una polilla, despistado y extraviado por planicies desoladas. De cualquier manera es el único local abierto en el que se pueda comer algo en la negrura de la noche. Fuera no hay un solo ruido. En la habitación, me quedo dormido en la comodidad de un colchón, arrullado por el aliento fresco del aire acondicionado. Me hubiera gustado levantarme de madrugada para hacer el trayecto de aquí al valle, sentarme en una colina y ver amanecer en el desierto, pero el cansancio pudo más que yo. Todavía me queda camino para llegar. La línea asfaltada sube y baja entre formaciones rocosas de color blanco. Un bosque que parece un milagro pone fin a la sequedad. Observo un grupo de ciervos no lejos de una carretera. El tono de las rocas empieza a cambiar de la caliza blanca al rojizo de Arizona. He tomado el desvío por la 163. Muy de vez en cuando se atraviesa un pueblecito de casas comidas por la maleza reseca, autos que parecen abandonados, camionetas oxidadas y gasolineras de otros tiempos y esos moteles destartalados del Indian Pass que invitan a la espantada. Acto seguido, un panel metálico indica que penetramos en la nación navaja. En un pequeño cañón tallado por el río San Juan, se encuentra el Sombrero Mejicano, donde un milagro natural sostiene por su panza una roca circular de tamaño considerable encaramada a un promontorio. Un poco más lejos está el Valle de los Dioses. A su entrada, un túmulo de piedras rematado con una cruz de madera y flores frescas recuerda un accidente de tráfico mortal. El camino de tierra que desciende junto al túmulo lleva a un lugar donde nadie se detiene para disfrutar de la belleza singular de sus cañones de sangre coagulada y sus aires de grandeza. Al amparo del aire climatizado no se oye el calor. No es tan severo como en Death Valley. Pero lo hace, no crea. Teñido el paisaje de rojo, empiezan a emerger colinas de altura media roturadas por la erosión. Es el decorado que esperaba descubrir: el de los mejores westerns. Intuyo la cercanía o la lejanía de Monument Valley. Transito por los confines del mundo, de cuando ustedes los indios se paseaban a pie o a caballo buscando raíces, insectos y reptiles para echárselos a la boca. Son tierras en las que no puede haber un dios único. Ese viento que sopla sin cesar por sus llanuras resecas acabaría por llevárselo con él, lo dejaría ciego o lo haría huir despavorido a otro sitio con más sombra, más agua y menos sol. Y ahí está, al fondo, esperando, el valle, mi película. En la recta, una tienda de baratijas (hasta salir de la reserva navaja no dejaré de verlas) de madera martirizada por el sol. Me bajo para echar un vistazo a lo que venden. Una india con sus tres hijos. Uno de ellos de pecho. Joyas de plata con engastes de piedras de colores pulidas, algunas muy bellas. Flechas. Bisutería en general a precios discutibles. Compro una pulsera y un colgante con forma de tortuga. A saber si son ellos los que fabrican todo aquello. No me he atrevido a regatear. Tampoco se dejan engatusar fácilmente. Quizás por orgullo. Y ahí estaba usted, curtiéndose al sol de las once de la mañana.
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Paro de hablar un instante. No sé qué me ha soltado la lengua. El indio es una escultura de madera con el rostro surcado por arrugas profundas. Le hubiera tomado una foto para asegurarme de que es real, pero a ningún navajo le gustan las fotos. Aunque todo esto parece importarle bien poco. En la bajada, a la izquierda, de cuando el acceso era gratuito, queda un antiguo corral no lejos de una gran explanada ocupada por una hilera de tiendas en barracones de madera. El viento incansable hace ondear las banderas en el vallado. Están por todas partes por lo que es difícil olvidar dónde se encuentra uno. Aparco, salgo del coche, dejo al indio solo y me acerco. Está abandonado. Tomo fotos. Excrementos de caballo por el suelo, algunas latas oxidadas, alguna botella vacía. Me agacho y recojo una piedra de arenisca oscura del suelo y me la guardo en el bolsillo. Un regalo fetiche para un amigo. Regreso al auto para comprobar que el indio no ha cambiado de postura en su sueño de ojos abiertos. De repente, en la bajada, una imagen típica de postal. Otra tienda de baratijas en la que un navajo cuenta anécdotas de actores y directores. Y ahí está precisamente Wayne, donde la carretera se precipita en tobogán buscando las chimeneas de piedra que se ven en todas las películas. Más banderas americanas. Mi excitación hace que me detenga cada vez que el terreno me lo permite para robarle una foto al paisaje. El indio no dice nada.
—Tendrá que apearse en el cruce de Oljato. Yo me desvío para entrar en el valle en donde tal vez pase la noche. Por ahí pasan más coches. No se preocupe. Alguna camioneta se parará para llevarlo.
La figura esculpida cobra vida para abrir la puerta, cerrarla sin ruido y tomar dirección Arizona sin dar las gracias. Utah y Arizona se reparten esta maravilla de la naturaleza con una frontera ficticia. Yo tomo rumbo hacia las grandes rocas de una reserva totalmente gestionada por los navajos. Miro por el retrovisor para comprobar que el indio está allí, en ese lugar llamado Oljato, que fuera una aldea en un pasado perdido y que hoy en día es lo que es.
A mitad de la recta, una india que no cabe en la garita de acceso cobra cinco dólares por persona con una sonrisa de oreja a oreja. El coche no cuenta. Yo no entiendo bien por qué. Cuatro mil millas para llegar hasta aquí y una emoción especial con sentimientos contrapuestos. Ya me ocurrió en Cabo Norte con aquel búnker de SAS en la punta de la última tierra habitada. Sobre la colina más estratégica descansa un edificio de un sola planta, con un hotel de reciente construcción y a su lado un gran aparcamiento alquitranado. En su interior, un restaurante, un falso centro de visitantes, en realidad una tienda de recuerdos con una vista panorámica sobre el valle que corta la respiración. Ahí están mis hermanos del oeste: el Mittens y el Tótem Pole, dos rocas gemelas y un dedo de piedra arenisca colorada que apunta al cielo, objetos de culto sagrado o con remotas reminiscencias religiosas, ambos nombres tal vez colocados por los blancos. En el aparcamiento, los navajos explotan un servicio de taxis para la visita del valle. Son camionetas que aguardan a la entrada del camino adaptadas en su parte trasera con asientos alargados de madera y una estructura de tubos de metal recubierta con toldos que protege del sol a los turistas. Cuando las camionetas se llenan, se pierden por esos senderos de tierra torturados por los baches y las cicatrices de arroyos secos levantando una cola de polvo enrojecido tras ellas y el toldo dando tumbos. Yo las he obviado y me he metido con mi coche de alquiler por el camino.
El trayecto está balizado con números que señalan antiguas localizaciones cinematográficas. Tengo la intención de hacer un buen trecho a lomos de un appaloossa por esas veredas escondidas entre rocas gigantes. A un par de millas escasas, se llega a un corral atendido obviamente por navajos. Una actividad de verano y un olor a caballerías. No puedo creer en esos precios abusivos que hacen desistir a cualquiera de su primera intención. Al fin y al cabo ya tuve la oportunidad y la suerte de cabalgar de verdad y en mi imaginación durante mi infancia. Buena excusa para demorarme a pie y en coche por todos los caminos accesibles buscando las miles de perspectivas distintas que ofrece el valle.
Hace más de una semana visité el parque del Grand Teton, una espectacular copia del macizo alpino, donde Stevens rodó Shane, con la sorpresa mágica de ser detenido en plena carretera por un grupo de cowboys que guiaba una manada de caballos de una hacienda a otra. Cumbres que, aún guardando el aire europeo, me asombraron profundamente. Pero lo de Monument forma parte de otra historia, de un disfrute incansable: rincones que conservan sus nombres míticos de origen navajo; un cielo azul pintado con esas nubes blancas rechonchas y espesas sin las que Monument Valley no sería Monument Valley; vegetación rala muy verde y árboles poderosos de tronco retorcido, y el viento eterno que sobrevuela mi cabeza frotando mis oídos y modelando imperceptiblemente la silueta de las chimeneas volcánicas y yarda a yarda el sentimiento de enfrentarse a un paisaje cambiante, de planos poliédricos infinitos.
Ahora que lo pienso en estas soledades, lo suyo sería dormir al aire libre. Sentir que por los alrededores merodean coyotes y otros animales de hábitos nocturnos y que al amanecer el recorte de estos titanes de arena sobre la luz del alba se me quedará grabado a fuego en el cerebro hasta mi muerte. Lo suyo sería quedarse para disfrutar también del anochecer. Pero eso es imposible porque está prohibido. Y el hotel. El hotel no me interesa aunque pueda levantarme a las tantas para sorprender al día en sus comienzos. No sólo porque es caro. Algo me dice que las cosas no encajan como es debido. Empiezo a tener la sensación cada vez más clara de un viaje a destiempo. Así que no lo pienso más, doy la vuelta y regreso a la colina.
A la salida, recuerdo que esto no es Tejas y que por el sur se adivina una tormenta de arena. No entro en la tienda de souvenirs. Para qué. Para comprar una estrella de sheriff o un libro sobre cine que puedo comprar en Amazon. Lentamente, recupero la recta de la garita de acceso que me deja de nuevo en el cruce de Oljato. Ni rastro del indio por las inmediaciones. Ha desaparecido como están desapareciendo los contornos de las primeras casitas engullidas por el polvo rojo de la tormenta. Arrancada de las profundidades, debe brotar una savia especial que nutre y da fuerzas a los navajos. Si no, no se explica cómo pueden sobrevivir en estos páramos ingratos. Los hay con suerte, ya lo imagino, que tienen un contrato en la gestión del parque, entre caballos, en el centro, en el hotel o con las camionetas. Y otros que intentan malvivir de las baratijas vendidas en esas barracas del año de Jerónimo. Y los demás...
La carretera se ciega bajo la niebla polvorienta. El rojo de Utah se disuelve poco a poco en el rosa pálido del norte de Arizona a medida que dejo el lugar y avanzo hacia la lejana Flagstaff por la 160. Cae la tarde. Otra vez el tendido de postes eléctricos que me acompaña jugando a saltar de un lado a otro de la carretera, las cercas de espinos que no se sabe bien qué separan perdidas en la inmensidad del paisaje.
He salvado la tormenta de arena en suspensión antes de llegar a Kayenta, la última gran referencia habitada cercana al valle, casas bajas y caravanas con antenas de televisión. Me detengo en un supermercado de las afueras —¿dónde está el centro?— porque he olvidado almorzar. Coches baratos y trocas, como llaman ellos a las camionetas en el parking. Indios aburridos y perros acostados durmiendo a la entrada. Miseria y compañía. Tenía la esperanza de volver a ver al indio. Le hubiera enseñado la piedra que guardo en mi bolsillo y le hubiera confiado un par de cosas, entre otras que ya no hay agua en las inmediaciones del valle como en la película. No ha podido ser. Ahora estoy seguro de que no volveré a verlo. Quizás le dio tiempo a llegar a su destino. Quizás voló con la tormenta. Quizás ahora haya mostrado signos de vida y una sonrisa fugaz se le haya dibujado en su rostro curtido por el sol de las once de la mañana, mientras a mi espalda se cierra para siempre esa puerta de madera oscura que se abrió conmigo allá por mi lejana y tierna infancia.
En 1956, John Ford (1893-1973) dirigió una película mítica, The Searchers, titulada en español Centauros del desierto, probablemente el mejor western de la historia del cine. Contó para ella con su actor fetiche de toda la vida, John Wayne, encarnación en la pantalla de un antiguo oficial del ejército confederado, racista y violento, cuyo regreso a casa se complica por la muerte de su familia y el rapto de su sobrina pequeña a manos de los comanches. Qué podría añadirse ya a lo escrito sobre Centauros. Insistamos en el hecho de que en el celuloide rodado por el maestro Ford, su montaje dejó traslucir dos cosas que no todas las películas atesoran: pedacitos de vida en la respiración y movimiento de unos personajes atados a un medio hostil que o acaba con ellos o los metamorfosea por completo, sin concesión alguna al estereotipo; y, sobre todo, el reflejo del paso del tiempo, atrapado con magia, poesía, belleza, grandes dosis de humor y tragedia. Tanto es así que el espectador advierte con emoción que por sus fotogramas no se mueven actores en papeles ficticios, sino personas de carne y hueso, sello inequívoco de lo perdurable, de las obras mayores, de las obras maestras.
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Monument Valley (Utah-Arizona), julio de 2009.
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