Las niñas, el globo y las películas
Natxo Vidal Guardiola
Hoy es 12 de septiembre de 2009. Sólo tres días antes de que expire el plazo que esta revista me ha dado para presentar mi escrito sobre cine. Como imagináis, ya tenía todo embastado: algo sobre las teorías de Einstein y su aplicación al cine: la velocidad de la luz, el movimiento (a la velocidad de la luz, cuando todo, según Einstein, parecería detenido) y las dos dimensiones de la pantalla, alto y ancho: el cine como metáfora detenida de la vida. Ya hablaremos de esto en el próximo número.
Ocurre que ha pasado algo que no esperaba, y voy a cambiar mi escrito. A escribirlo del tirón, como un salmón noctámbulo contra la corriente, pase lo que pase.
Hace dos días, en las fiestas de mi pueblo, mientras miraba al cielo de la mano de mis hijas, apareció volando uno de esos globos de helio que se siguen vendiendo en las fiestas de los pueblos, por los que te cobran un ojo de la cara, y que siempre se acaban deshinchando contra el techo del salón de casa. El globo era un unicornio. Un unicornio azul. Entonces recordé la canción de Silvio y, sin querer, me escuché cantando, para mí solo, esa letra cursi y misteriosa: mi unicornio azul ayer se me perdió / pastando lo dejé y desapareció... Mi unicornio azul ayer se me perdió / no sé si se me fue / no sé si se extravió / y no tengo más que un unicornio azul... Mi unicornio azul se me ha perdido ayer / Se fue...
Algo se me activó adentro: las canciones, las palabras, la justicia poética, los libros, los estantes de mi casa en los que están mis discos... Todo empezó, como en una hoguera adolescente, a dar vueltas dentro de mi cabeza. Aquella letra cursi y misteriosa, esa hermosa canción a la que nunca le encontré sentido, o al menos nunca sin drogas y alucinación, esa utopía, imagino, encarnada en un unicornio azul desaparecido, la pérdida de la inocencia, la falta de inspiración... Todo, entonces, se hizo real.
Y luego, como en una hoguera la primera chispa da paso a la segunda, vino todo de golpe: la canción de Silvio hecha verdad en un globo de helio, en algún niño, sin saberlo, llorando las mismas palabras que el trovador: mi unicornio azul ayer se me perdió... Y fue entonces cuando pensé en el cine, en El coloquio, en este escrito.
No sé cómo explicarlo. Pero se me ocurrió, mirando el unicornio, que, a lo mejor, algunas de las cosas que el cine nos ha puesto delante de los ojos como una fantasía cursi, como un enigma misterioso, como una celebración imposible, se han hecho realidad en nuestras vidas a través de las cosas que, a pesar de todo, nos han ido pareciendo siempre insignificantes. A través, a lo mejor, de un globo de helio. O de un cuerpo desnudo en una cama. O de un beso. O de una despedida. Pensé que, tal vez, hayamos habitado ya, REALmente, las películas que pasaron por nuestra vida dejándonos polvo en los pasillos, las manos sucias o el alma y el corazón partidos. Ya hemos estado allí aunque no hayamos pisado nunca Tokio, NY, París, Sicilia, Boston, Túnez... Es por eso por lo que lloramos, por lo que sentimos como nuestro el argumento, por lo que, aún, creemos en el cine. Porque sin saberlo —o queriéndolo negar, no sé—, hemos habitado ya esos mundos, esas esperanzas. Sólo que a veces hace falta un globo de helio para recordárnoslo.
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Pensé que, a lo mejor, yo ya he amado como Rick en Casablanca. Que tal vez yo ya he besado como Neo besa a Trinity en Matrix. Que a lo mejor, igual que él, yo ya le he devuelto la vida, a ella, después de muerta sólo por amor. Que ya he llorado despedidas como en Lost in translation. Que ya he pasado, como en Crash, por la certeza dolorosa de que el mundo no se divide entre buenos y malos. Que ya he escuchado, como en Big Fish, los cuentos sobre mi familia. Que he descubierto ya ese óleo sucio que son todas las casas, la Familia, esa farsa dispuesta en torno a la mentira. Yo ya he vivido ese Remake catártico y doloroso.
Pensé que, a lo mejor, yo ya he sentido como mías las reflexiones de Casey Afflek en Adiós pequeña adiós, la incontrolable sensación de estancamiento de Atrapado en el tiempo, la tristeza insondable de Flores rotas, el desgarro interno que en La isla de Kim Ki Duk se materializa en la escena brutal de los anzuelos o la esperanza sin concesiones de Qué bello es vivir, Diarios de motocicleta o Soñadores.
Pensé que, a lo mejor, no es necesario ver El Bola o Barrio o Héctor o La buena estrella o Los lunes al sol para sentir cercano el sufrimiento, aquí y ahora, de tantos hermanos, el dolor por la pérdida, el fracaso o el abandono, el olor de la vida cuando la vida huele solamente a calle, a mierda y a miseria. Pensé que, a lo mejor, no es necesario ver Incautos o El golpe para sentir que alguien, desde algún sitio, sin darnos cuenta ni saber por qué, nos la está pegando. Que, a lo mejor, El show de Truman somos nosotros dos. Ese, a lo mejor, es nuestro globo de helio.
Hemos visto en tiempo real, fuera de la pantalla, del alto y ancho de los sueños, cómo las gentes sufren o se aman, cómo se drogan, cómo bucean en el sexo, cómo confunden valentía con temeridad... Así que la pureza del unicornio, el agua brotando de manantiales vírgenes al apoyar el cuerno sobre el suelo, la inocencia clara de sus ojos... Ya no existe. Sólo una esperanza ciega en el futuro, una última revolución posible y delicada, la del amor, abriendo las puertas a otro día nuevo, donde el arte, el cine, la música, la poesía conduzcan otra vez a la verdad, a esa fuente clara del honor de la que, como en la canción, aún tememos beber.
Porque vi un globo de helio con forma de unicornio. Porque pensé que, a lo mejor, podía ser verdad. Porque yo mismo me he visto a veces remontando el río, buscando a Kurtz, porque la realidad nunca supera a la ficción pero la hace habitable. Porque en Los otros ellos eran los otros sin saberlo, una ficción dentro de otra ficción, una escalera de caracol hacia ninguna parte. Porque leí ese poema «¿Cuántas cortinas tuvieron que abrirse, / cuántos esposos regresar de la guerra, / cuántas huellas en el piso de arriba, / hasta que Nicole Kidman / pudo darse cuenta/ de que Fionnula Falanagan tenía razón? // Los otros eran ellos», porque todo es posible...
Sólo vi un globo a la distancia justa y una canción imposible se hizo realidad.
Lo supe entonces: yo era ellos (Rick, Neo, Max, Tony Montana...).
Yo ya las he besado a todas.
Nota: El poema que se cita pertenece al libro Babilonia, mon amour, de Luis Bagué Quílez y Joaquín Juan Penalva. |