¿No es curioso que personajes de obras como El retrato de Dorian Gray, Rayuela, El Quijote o Tokio blues me acompañen más en la vida que mi prima Mª Carmen, la de León? A esa prima la llamo todos los meses, y la quiero —ella lo sabe—, y nos estrechamos en un abrazo hasta la asfixia en Nochebuena, en Semana Santa y en verano. Pero no es con mi prima, sino con esas ficciones amadas con las que voy dialogando a lo largo de los años, y en ese diálogo aprendo infinidad de cosas para seguir viviendo y sobreviviendo. Así, de repente, me recuerdo a los once años frunciendo el ceño como uno de los tres investigadores de Alfred Hitchcock para encontrar unas llaves perdidas, a los veintiséis imaginando los pensamientos de Carlos Bovary la noche antes de casarse con la mujer de su vida, o a los treinta y cuatro compartiendo unas risas con Rob Fleming —protagonista de Alta fidelidad de Nick Hornby— mientras redactamos juntos una lista de los cinco peores vídeos musicales de las grandes estrellas del rock.
Lo deslumbrante de la literatura es que convierte en la memoria de otros lo que ha sido inventado por uno. Kafka crea a Samsa y nosotros lo tenemos presente en nuestra cotidianeidad el resto de nuestros días.
Dicho esto, lanzo un GRACIAS mayúsculo a Homero y a Helena, a Orwell y a Winston, a Defoe y a Crusoe, a Nabokov y a Dolores Haze.
Qué suerte seguir enamorado de la literatura, ¿no? Qué suerte poder seguir tratando a martillazos a la apatía, haciendo astillas la indiferencia con el nervio de la palabra… Porque esa es nuestra tarea final como escritores: descubrir si hay flores de plástico en el ramo de la novia. Y si las hay, felicitarla igual, convencerla de que es una afortunada al ser la elegida por ese florista tan ocurrente. La función —y la ficción— no debe acabar nunca.
Sí, es cierto que hay mucha literatura escrita con sangre. Pero relativicemos, señoras y señores, relativicemos, y ya veréis lo que alivia el relativismo.
Esto quería ser una bienvenida de otoño, pero se ha quedado en un panfleto descabellado en defensa de la imaginación.
Bienvenidos.
Juan de Dios García
BERGANZA.-
Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te hablo
y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de
los términos de naturaleza.
(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros) |
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