SERGIO PITOL
El manuscrito encontrado en Xalapa


 

Alejandro Hermosilla Sánchez

 

A María.

 

 

     Fui a Xalapa como quien va a Comala. Fui a Xalapa porque me dijeron que ahí andaba quedándose a vivir Sergio Pitol.

Enrique Vila-Matas
Lejos de Veracruz

 

 

Ansioso por conocer los secretos de la mansión... © Alejandro Hermosilla Sánchez     Me encontraba situado en el centro de un gigante salón perteneciente a una mansión medieval. Algunos armarios bordados en lino de esta atípica habitación se encontraban abiertos y varios trajes vetustos, elegantes y gastados me contemplaban desde sus perchas con aire amenazante de buitres desnudos deseosos de devorarme. Ansioso por conocer los secretos de la mansión, giraba constantemente en torno a mí mismo deseando la llegada del anfitrión de este elegante espacio. Sin embargo, éste no acudía y los segundos se alargaban como si fueran horas repletas de estrías sangrientas que prometieran eternamente mi soledad y destierro. Nervioso, confundido, encendía un cigarrillo tras otro y no encontraba más distracción que la de observar los múltiples bodegones que decoraban las paredes de la gigantesca habitación de aquella casa con visos de castillo hasta que mi mente se detuvo a contemplar los rasgos de un cuadro distinto a todos los demás. En él, un ciervo era devorado por una jauría de perros sangrientos que eran aleccionados por un cazador de gesto arisco que los animaba a continuar con su misión gritándoles y moviendo bruscamente una cimitarra en cuya empuñadura se encontraba grabado el rostro de una serpiente venenosa. Observaba el gesto, el rostro del cazador cuyos cabellos eran morenos y largos a tono con su enorme bigote descuidado y no podía evitar sentirme alterado, nervioso: sus ojos parecían no haberse cerrado jamás, no conocer el pestañeo y tras sus pupilas amarillentas que se asemejaban a una cicatriz sin cerrar parecía vislumbrarse la silueta de un lobo y el cadáver de un hombre sin cabeza. De repente, toda la escena empezó a difuminarse y la faz del temible cazador comenzó a modificarse hasta que observé aterrado, pasmado y ya para siempre confundido que su rostro, finalmente, era semejante al del anfitrión de este enorme recinto: Sergio Pitol Deménegui.
     Justo cuando entendí que el cazador era el oscuro hermano gemelo del escritor veracruzano, una mano o, más bien, una garra enorme me atrapó en su seno, me agarró del cuello y comenzó a conducirme a velocidad de vértigo por los alargados e interminables pasillos de la espectral morada desde cuyas paredes cientos de personas ya muertas que la habían habitado me miraban gritándome, pidiendo que los salvara, auxiliara. De repente, la alucinada y vertiginosa carrera finalizó. La garra me depositó en la silla de un escritorio medieval situado dentro de una habitación amplia, sí, pero mucho más pequeña que todas las restantes. Cientos de fotografías pegadas a las paredes como si se tratara de insectos o polillas que bebieran de los residuos que absorbe la resina de las puertas de madera durante los días de lluvia, me miraban ahora. Observé la boda de un apuesto hombre vestido con una dulce señorita en una campiña italiana, a un matrimonio que sonreía feliz abrazado a sus cuatro hijos y también a tres hombres que trabajaban en una tierra extranjera montando a caballo. Instantáneamente, comprendí que todas las figuras que contemplaba cuyo número era tal que jamás hubiera podido cifrarlo eran los familiares y ascendientes de Sergio Pitol Deménegui, que clamaban por salir del anonimato.
     Ya no sentí miedo ni terror. Sergio Pitol que, de pie, se encontraba frente a mí, sonriendo y señalando con el dedo índice de su mano alzada al centro del amplio escritorio en que me hallaba, no tuvo que emitir orden alguna para que, lenta, pacientemente, acariciase la pluma plateada, abriera aquel cuaderno tan blanco como la piel de un cisne por la mitad y comenzara a escribir.
     Meses más tarde, mientras miraba distraído a una enana mexicana que caminaba con un ejemplar de El año 1914 autografiado por Del Solar y leía Una mano en la nuca en un parque de Coyoacán en el que constantemente caían palomas muertas que, de esta forma, parecían homenajear a los cientos de soldados que desfilaban aquella mañana rememorando la revolución zapatista, el recuerdo de este sueño que tuvo una continuación exacta cuando, por azar, se me ocurrió releer La cena de Alfonso Reyes, seguía intacto, pero yo aún no había visitado a Sergio Pitol ni recorrido la casa que habitaba en la región veracruzana.
El anfitrión de este enorme recinto © Alejandro Hermosilla Sánchez     Sin embargo, un jueves o, tal vez fuera un miércoles de marzo —sin necesidad de releer pasaje alguno del Martín Fierro— me dirigí hacia Xalapa como si yo fuera Tenorio, el protagonista de Lejos de Veracruz de Vila-Matas, pensando en que ir a esta arbórea, florida ciudad veracruzana era como partir hacia Comala o, mismamente, Macondo, Santa María, Yokonopawtha o la mítica Región de Juan Benet.
     Sí. Aun a fuerza de ser reiterativo y por este motivo ser incomprendido, lo repetiré una vez más: fui a Xalapa porque allí me aguardaba Sergio Pitol Deménegui. Fui a Xalapa, como quien va a Comala, porque me dijeron que ahí andaba quedándose a vivir Sergio Pitol. Fui a Xalapa, como quien se dirige sin saber porqué ni para qué a Santa María, Yokonopawtha o la mítica Región de Juan Benet, porque allí se encontraba aquel que había urdido una de las más inteligentes, poliédricas y caleidoscópicas obras literarias escritas en castellano del siglo XX. Fui  a Xalapa porque, en aquellos días, visitar a Pitol en su hogar era semejante para mí a entrevistarse con Jorge Luis Borges en el departamento de Buenos Aires donde urdiera Ficciones, esconderme clandestinamente en la bodega de los barcos en los que Joseph Conrad ideara Nostromo o Bajo la línea de sombra o visitar los oscuros aposentos donde Robert Louis Stevenson y Joseph Bram Stroker engendraran esos niños tullidos, furtivos que son Doctor Jeckyll y Mr. Hyde y Drácula.
     En realidad, ya había ido anteriormente a Xalapa. La primera ocasión podríamos cifrarla en el verano del 2007, pero también cuatro o cinco décadas más atrás —justo cuando Amelia Otero comenzó a vestir de luto y los Ferri perdieron para siempre el control económico y político de San Rafael— tenía la certidumbre, aunque no la completa seguridad, de que el sombrío mago de Viena habitaba allí. Exactamente, en aquellos días que ahora parecen tan lejanos y que hago esfuerzos constantes por recordar si, verdaderamente, viví, Xalapa apenas era un pequeño epígrafe dentro del mapa de viaje que había apresuradamente preparado: no era todavía como ya y siempre sabré que es, la ciudad dominada por el conde Sergio y su corte de habilidosos trapecistas, clowns, equilibristas y artistas de la fuga.
     Verdaderamente, no me importó no haber visitado al conde aquellos días. Al contrario, me agradó sentir que mientras yo galopaba por las calles de la ciudad y esquivaba los brazos de las adivinas que deseaban leerme mi destino, podría encontrarse saboreando un té de Ceiylan en un mesón cercano o que, tal vez, la vieja casa que contemplaba iluminada en el claro de un bosque cuando me dirigía al cementerio situado a las afueras de la ciudad en busca de la lápida de Victorio Ferri podía ser la suya. En fin, ni tan siquiera me hubiese importado que no se encontrase aquellos días en Xalapa haciendo que todas mis fantasiosas elucubraciones se mostraran fallidas, porque no era mi objetivo encontrarme con él en aquel viaje. Mi propósito era otro: conocer la región veracruzana para, más tarde, internarme en tierra maya en busca de un chamán.
     Pero esto es otra historia. Basta aquí decir que en aquella primera visita a la región veracruzana pude recorrer los imponentes centros ceremoniales de El Tajín, Quiahuiztlán y Cempoala y visitar ese emplazamiento digno de un relato maravilloso sobre náufragos y guerreros españoles que llegan a conquistar una tierra que no es ni será nunca suya, que es La Antigua. Igualmente; pude familiarizarme con la ciudad de Veracruz en la que no dudé en tomar unas copas de vino y enlazar una conversación con una mujer ciega, de nombre Jacqueline, que me juró y perjuró hasta caer inconsciente frente a las rocas de la playa que era ella y no la otra —la de la novela—, la auténtica protagonista de La vida conyugal, e introducirme silenciosamente en el vientre de un barco —que imaginé podía haber sido el Marburg— ya descuartizado e inutilizado que se encontraba atrancado en el muelle en el cual, sorprendido, encontré una página rasgada, tipografiada en inglés y prácticamente ilegible por la humedad acumulada y el peso de las algas que amenazaban devorarla de un ensayo de Charles Olson.
     Nueve meses después volvería a Xalapa. Habían quedado ya sedimentados los recuerdos de aquel primer viaje que continuó por las tierras vegetales y áridas de Yucatán en el que entablé una entrañable amistad con un zapatero de Valladolid, saboreé el agua de chía al que López Velarde dedicara unos hermosos versos, destrocé mis pulmones buceando en el interior de voluptuosos cenotes y, finalmente, mientras devoraba un libro de Lowry, me viera obligado a detenerme frente a las ariscas costas de la isla de Holl-Box, debido a la próxima llegada de un huracán que provocaba llantos de angustia en los extranjeros que visitaban aquel verano la región y hacía morir de risa a los yucatecos indígenas que les señalaban con el dedo profiriendo alaridos en una lengua extraña.

 

Presentando con Rosa Beltrán "El buen soldado" de Ford Maddox Ford en Guadalajara © Alejandro Hermosilla Sánchez

 


     Exactamente, la segunda vez que llegué a Xalapa ya había conocido a Sergio Pitol Deménegui. Me lo habían presentado en la Feria del Libro de Guadalajara, donde había acudido a presentar una nueva edición de su traducción de El buen soldado de Ford Maddox Ford acompañado de Rosa Beltrán, quien profirió un discurso memorable en el que no faltaron las referencias míticas y bíblicas para prevenir a los presentes del enlace nupcial de dimensiones incalculables realizado entre Pitol y la palabra escrita. Su amabilidad y perspicacia me cautivaron desde el primer momento. Sin embargo, un detalle que no conocía me puso alerta sobre la posibilidad de entablar en el futuro una conversación con él. Pitol tartamudeaba constantemente, poseía un defecto en el habla que no le permitía ni vocalizar ni leer con normalidad y, por más esfuerzos que realizaba, realmente su discurso era, por momentos, ininteligible.
     Atento a estos problemas de dicción del conde —quien, en realidad, sufre todavía los rigores de la enfermedad que conocemos como afasia progresiva— decidí que tampoco lo entrevistaría en mi segunda visita a la ciudad. De esta forma, en aquella ocasión pasé la mayoría de mi tiempo leyendo en distintos parques de la ciudad distintas novelas de Juan Vicente Melo o Sergio Galindo emplazadas en la región veracruzana, regodeándome en conectarlas, siguiendo una lógica interna secreta con otras escritas por Pitol, como Juegos florales o El tañido de una flauta, queriendo y, por momentos, sintiéndome como un personaje más de ellas. Habría otra oportunidad de volver a Xalapa y, en todo caso, yo no me sentía todavía totalmente preparado para entrevistar a un escritor y traductor tan riguroso. Menos aún si como sospechaba su enfermedad de dicción continuaba acrecentándose.
     En todo caso, lo cierto es que, pronto, empecé a obsesionarme con el hecho de que la entrevista con el conde no fuera, seguramente, a tener lugar jamás. Viajé a Burdeos a un excelente congreso en el que se homenajeaba su literatura y donde apenas pude enlazar unas palabras aturdidas con este infatigable viajero que, además de sus recurrentes y molestos problemas de vocalización, se encontraba solicitado por todo tipo de personas como el Doctor Pasavento, quien no cesaba de reír y reír en su compañía y, por tanto, no pudo atenderme como yo hubiera deseado; le escribí alguna carta que él me contestaba con premura indicándome la naturaleza de su enfermedad y sus continuos viajes a Cuba para curársela, lo que le hacía muy dificultoso encontrarse conmigo, y tuve conocimiento del auténtico ejército de curanderos, médicos y doctores de todas las nacionalidades que lo visitaban para restablecerlo de su problema.
Excelentes anfitriones © Alejandro Hermosilla Sánchez     Nada hacía ya prever esta entrevista. Nada podía asegurarla. Además, otro hecho se unía rencorosamente a esta, al parecer, triste argucia del destino: en mi segunda estancia en Xalapa y justo cuando yo me estaba entrevistando con una ilustre estudiosa de su obra en la biblioteca de Estudios Veracruzanos, Pitol había llegado al edificio con el objeto de preguntar por algún libro o referencia en particular que necesitaba ubicar. Probablemente se hallaba a menos de 100 metros de donde yo me encontraba, pero en esos instantes, como he dicho, yo estaba encerrado en un cubículo impermeable con una de las estudiosas de su obra y no pude verlo. Me dijeron más tarde que le habían hablado de mí al conde y que éste se había interesado francamente en conocerme, pero que —tal vez, imagino— debido a una cita médica, se vio obligado a salir del centro apresuradamente una vez que rescató el libro que había venido a buscar sin poder llegar a saludarme y tenderme su alargada mano.
     Todo lo dicho anteriormente unido a esta anécdota, por tanto, me hizo observar con claridad que ya jamás podría hablar con el hombre que había escrito El arte de la fuga y traducido esa obra inmortal que es Las puertas del paraíso. Sin embargo, yo quería verlo, necesitaba sentarme a su lado y charlar con él. Para entonces, había contemplado diversas fotografías de su mansión en las que se le veía junto a su querido perro Sacho, su servicial mayordomo y frente a estanterías cubiertas de libros en compañía de Margo Glantz, Mario Bellatin o Juan Villoro e, igualmente, el ensayo que preparaba sobre su literatura había avanzado de forma definitiva hasta tal punto que mi presencia en México era ya únicamente justificada por la posibilidad de realizar esa añorada entrevista.
     Tras meses sin tener noticias de Pitol, tras semanas de franco desasosiego y habiéndome dado ya casi por vencido, finalmente recibí una carta escrita a mano en papel de terciopelo y decorada con sellos que hacían referencia a varios pintores italianos del XVII en la que el escritor me comunicaba la posibilidad de encontrarnos no sin antes advertirme —como si yo fuera el protagonista de Lejos de Veracruz de Vila-Matas— del carácter atípico de los habitantes de la región donde nació. Y hacia Xalapa partí. Sí. Hacia Xalapa como quien va a Comala, Santa María o a la Alcarria y vuelve a hacer el camino de Santiago y sabe que, finalmente, dialogará con Oppiano Licario. Sí. Hacia Xalapa. Y por tercera vez. Y definitiva.
     En la casa que alquilaba en el Distrito Federal volví a leer distintos pasajes de Infierno de todos, me regodeé deslizando mis enfebrecidos ojos por su Autobiografía personal gozando con las anécdotas que contaba en este libro, como su incapacidad para jugar al fútbol, su relación con su añorada abuela Catalina Burganza, su inesperado suspenso en literatura en los años de bachiller, sus primeros contactos con el mundo intelectual mexicano, su descubrimiento de la obra borgeana y su fascinación por los escritores rusos, su viaje a Cuba siguiendo los pasos de Hemingway, así como su absoluto amor y pasión por la literatura que se le aparecía —a él que era un joven débil, achacoso y acostumbrado a sufrir todo tipo de enfermedades— como la tabla de salvación de su vida y tantas y tantas peripecias que fueron provocando la eclosión lenta y segura pero siempre desproporcionada de su vocación escritora.
     Yo ya sólo vivía en el mundo de Pitol, en sus libros, en el absorbente orbe que sus telúricas narraciones habían creado para mí, dentro del cual me contemplaba a mí mismo enterrado como si fuera un insecto sin pies ni antenas gateando en el interior de una tela de araña. Y sí, creo que, efectivamente, habría podido, si me lo hubiera propuesto, recitar en voz alta ciertos pasajes de El arte de la fuga o Los climas, o hablar en voz alta sobre mis alegrías, penas y cuitas con personajes imaginarios pero para mí más reales que la mayoría de mis contemporáneos como Mock Turtle, Ida Werfel, o la insólita anciana de uñas afiladas y delgadez extrema que encuentra azarosamente un aventurado joven viajero entre los rieles de un tren en Hacia Varsovia
     Y partí hacia Xalapa. Pero antes me detuve en Córdoba, en aquella «Córdoba amada» en cuyas mañanas se «destacaba el pico soberbio de Orizaba, por la tarde la presencia lejana del sol y durante siempre un aire tibio cargado de aromas de café, de tierra, de yerba y de flores de naranjo»,  descrita por el conde en ‘Pequeña crónica de 1943’ donde Pitol había cursado sus años de instituto y en cuyo entorno había situado algunos de sus primeros cuentos y personajes, como el entrañable Ismael.
     Allí, en la plaza mayor del pueblo, cerca de la catedral, y mientras saboreaba un café negro como las pupilas de José Ferri, creí ver al conde cuando era joven. Sí. De repente, sentí que el tiempo no existía, se detenía y volvía a girar en torno a sí mismo, y podía contemplar a Pitol, adolescente, delgado hasta el extremo, paseando con aire desgarbado por la ciudad, sosteniendo en su mano izquierda un libro de Tirso de Molina. Y también creí contemplar a un integrante del clan de los Rebolledo bajando de un coche de caballos pronunciando en un ininteligible italiano distintas palabras en voz alta. Cincuenta años después, Córdoba y el monte Orizaba seguían siendo igual de inescrutables que como nos las presentara Pitol en sus relatos. Y el tiempo seguía girando y el pasado continuaba repitiéndose vertiginosamente hacia delante y hacia detrás hasta confundirse con el futuro, porque tres horas después llegaría de nuevo a Xalapa y el conde seguiría siendo ese joven espigado que acababa de observar caminando en Córdoba, pero también ese hombre adulto, anciano, aunque excelentemente conservado, que acababa de recibir el Premio Cervantes hacia apenas tres años. Y yo seguiría siendo, acaso eternamente, aquel hombre encerrado entre las paredes gigantescas de una mansión medieval que nunca es recibido por su anfitrión.
     Mientras me dirigía al hogar del conde, intenté imaginar cuál sería el color del cielo de Venecia esa misma tarde, el de Moscú o Praga —ciudades importantes tanto en la vida como en la literatura de Pitol— y los comparé con el de una Xalapa cercada por las nubes que amenazaban una tormenta con la que yo me congratulaba, pues dialogar con el escritor de Vals de Mefisto mientras escuchaba el sonido de la lluvia, era la mayor de las fantasías que podía imaginar.
     Me recibió su mayordomo, que se encontraba, como imaginé, vestido con un traje de franela. Sabía distintos idiomas —llegó a preguntarme en inglés si conocía la lengua búlgara— y con un candelabro encendido, tras recorrer espigados pasillos, atravesar una especie de cóncavo túnel y lo que antaño fuera una prisión donde los españoles martirizaban a los indígenas que apresaban, me llevó al centro de la mansión: el escritorio del conde.
     Boris —pues así creo que se llamaba el mayordomo del conde— me dejó solo. Pudieron haber sido días enteros los que pasara allí, observando las fotos de familia del conde y su escritorio mientras escuchaba el sonido de la lluvia. Pero tan sólo cinco minutos después de que Boris —hijo, según pude saber, más tarde, de un indígena totonaca y una bailarina rusa que había llegado a México en el mismo barco en que lo hicieran Marietta Karapetiz y su marido— se marchara, apareció Pitol, que se disculpó por la demora, depositó su capa negra en un sofá gris situado enfrente del mío, sonrió con aire afilado, mostrándome sus colmillos, me dio la mano y, tras preguntarme si deseaba un café y si conocía las ciudades de Brasov, Sibiu o Brisbita en Rumanía, de las que acababa de regresar, me animó a que comenzáramos a charlar. Allá afuera, efectivamente, la tormenta arreciaba intensamente.
Me animó a que comenzáramos a charlar... © Alejandro Hermosilla Sánchez     Lo curioso de la situación es que miré una y otra vez al espejo situado justo a mi espalda y la figura de Pitol se reflejaba perfectamente, pero por más esfuerzos que realizaba por contemplar mi rostro en las ventanas o espejos de la mansión, era yo el que no podía visualizarme a mí mismo. Miré varias veces las manos del conde y sus ojos y no percibí rastro de sangre alguno. Sin embargo, mi rostro, sí, según parece, era ya el de una rata o un murciélago. Pero al conde, lejos de desagradarle este hecho, parecía deleitarle.
     Comenzamos el interrogatorio. Sí. Pitol seguía teniendo problemas con el habla pero se encontraba, desde la última vez que pude hablar con él, notablemente mejorado. De esta manera, me pudo informar, sin excesivos problemas, de lo importante que fueron para él sus conversaciones con Sklovski en Rusia, lo interesado que se encontraba en leer a Alan Pauls, de las diferentes vías por las cuales el destino había, finalmente, conducido a Juan García Ponce y no a él a traducir  Las confesiones de Nat Turner de William Styron, lo que había disfrutado con el último libro de Vila-Matas, que consideraba una obra maestra, que sus años transcurridos en Polonia, Praga u otros países del Este eran lo que le habían alejado un tanto de la literatura francesa a la que, empero, por supuesto, respetaba y admiraba, que la narración que más orgulloso se encontraba de haber escrito era ‘Nocturno de Bujara’, lo que seguía disfrutando leyendo a Julio Cortázar, su amor por la teosofía de la que se consideraba un acólito, lo mucho que admiraba a Mario Bellatin como escritor, detalles suculentos sobre sus traducciones de Nabokov, Boris Pilniak, Malerba, etc.
     El conde tuvo tiempo de mostrarme la habitación donde dormía, su videoteca, en la que destacaban las películas de Lubitsch y las protagonizadas por Greta Garbo que, seguro, contemplaba una y otra vez, regalarme nuevas reediciones de libros suyos como Una adicción a los ingleses y mostrarme el original del libro de Bernard Berenson sobre los pintores venecianos del Renacimiento que citaba en uno de los pasajes más recordados de El arte de la fuga. En un momento dado, sí, también extravió sus anteojos y me miró, perdido y confundido en su propio hogar, como un niño pequeño que gateara entre las paredes de cristal de su cuna, pero ni aun así observé que intentara morderme el cuello para recuperar su primaria fortaleza o me registrara mi gabán azul para arrojar al fuego de la hoguera la ristra de ajos que guardaba en mis bolsillos.
     A la hora de la despedida que, extrañamente, coincidió con el final de la tormenta, sentí que me estaba separando de un viejo amigo más que de un reputado escritor y que siempre recordaría este proverbial encuentro, aunque cuando Boris regresó y me condujo lentamente a la salida, no sentí nostalgia alguna, sino más bien alegría de que al fin mi deseo de conocer al conde se hubiera hecho realidad.
     Lo celebré en un restaurante de Xalapa saboreando un buen vino y disfrutando de un pescado veracruzano. Al fin, sí, mi deseo se había hecho realidad. Gozoso, pedí carne fresca al camarero y la arrojé a los perros que ladraban incesantemente aquella noche. Los veía devorar las entrañas de aquellas chuletas y, por momentos, me sentía identificado con ellos. Yo masticaba letra escrita y ellos carne sangrienta. Y si era posible, no dejábamos las sobras para nadie.
     De todas maneras, yo había planeado quedarme un día más al menos en la región veracruzana. Pensaba, es cierto, ir a Papantla, donde concluye Juegos florales, con el objeto de perseguir el rastro de Billie Upward e investigar si era posible encontrar algún original de este estupendo relato que es Closeness and fugue, pero hablar con el conde había cambiado de algún modo mi propósito. Pitol me comentó que tal vez podía aprovechar mejor el día que me restaba visitando Huatusco, donde se instalaron gran parte de sus ascendientes italianos a su llegada a México y —dejándome llevar por las palabras del conde y el crédito que yo confería a las mismas— hacia allí partí el día siguiente, no sin antes despedirme silenciosamente de una, ahora, soleada Xalapa, a la que tal vez no fuera ya a volver nunca más.
     Llegué a Huatusco y no sentí nada realmente especial. Sí, es cierto que disfruté mucho contemplando la naturaleza envolvente y, por momentos, absorbente que se extendía a lo largo de toda la ruta que unía a Xalapa con esta localidad y que imaginar al conde, todavía niño, pasear en compañía de sus tíos y familiares por sus callejuelas, me hacía realmente feliz, pero Huatusco, en principio, no poseía un aspecto que lo separara y diferenciara de otros tantos pueblos mexicanos por más entrañables que fueran estos.
     Sin embargo, el destino quiso acaso recompensar mi visita con un golpe de suerte que, conforme ha pasado el tiempo, me parece aún más irreal. Mientras paseaba pensando en partir hacia el Distrito Federal desde Xalapa y me preguntaba dónde encontrar un buen lugar en el que poder fumar un último cigarrillo contemplando la silueta del pueblo radiante, observé que en la puerta del jardín de una casa angostada se anunciaba un doctor llamado Roberto Pitol. Al principio, me reí, ironizando ante el hecho de que mi último paseo por Huatusco, aun indirectamente, tuviera algún tipo de correspondencia anecdótica con el conde, pero más tarde me pregunté si ese doctor no tendría relación de parentesco con mi admirado escritor y, tras unos minutos de duda y pensando que ocasiones así acaso no se me presentasen ya nunca, recorrí el jardín, me adentré en un pasillo estrecho, me dirigí a la consulta del médico y golpeé con mis nudillos en la puerta.

 

Se anunciaba un doctor llamado Roberto Pitol © Alejandro Hermosilla Sánchez María, la perfecta guía en este viaje pitoliano © Alejandro Hermosilla Sánchez

 


     Efectivamente, no respondió nadie. Era prácticamente la hora de comer y, lógicamente, si el doctor Roberto Pitol existía en verdad y no había sido acaso construido por mi imaginación, debía encontrarse en aquellos momentos en su hogar realizando la correspondiente pausa en su jornada laboral. Aceptando, sin más lucha interior por mi parte, el fracaso de mi ilusorio deseo, me dirigía de nuevo hacia el jardín de la casa cuando la puerta contigua a la consulta comenzó a rechinar. Lentamente se fue entreabriendo y, para mi sorpresa —pues, en verdad, me encontraba asustado esperando que la pantera apareciese a continuación—, una anciana sonriente, entrada en carnes y con una mirada bondadosa, me saludó. Nervioso, azorado y un tanto confundido, le comenté que me encontraba allí no porque quisiera visitar al médico, pues que yo supiera no estaba atacado por dolencia alguna salvo la que conlleva el mucho leer, viajar y escribir, sino porque me preguntaba si éste no sería familia del conde a cuya literatura había dedicado un libro. Para mi sorpresa, la anciana me dijo que sí, que el médico era familia de Pitol como también ella lo era y me invitó a pasar al comedor de la casa donde me presentó a una sobrina del conde. Me encontraba absolutamente aturdido. Durante unos instantes esperé pacientemente a que un dromedario o un brujo maya hicieran acto de presencia donde nos encontrábamos. Pero esto, lógicamente, no sucedió. Con amabilidad extrema, con suma diligencia, la anciana —casada con un primo del conde— y su hija me interrogaron por mi vida, me agasajaron y acogieron como si me tratara de un familiar lejano, recién llegado del Véneto o la Lombardía, al que hacía décadas que no veían. Yo les respondía sumamente encantado y complacido de haberlas conocido. Sentía, sí, que me encontraba en la casa de Don Alonso Quijano, pero que en esta ocasión no habría fuego ni hoguera que exterminase libro alguno y, por eso, tanto mi seguridad como mi confianza crecían cada vez más.
     Me preguntaron si conocía la casa donde había habitado el padre de Pitol, Ángel, en Huatusco, o si deseaba dirigirme a la colonia Manuel González —lugar original al que llegaron los ascendientes italianos del conde a fines del siglo XIX— y yo les respondía embelesado que sí a todos los viajes que me proponían y a los dulces y confituras que me ofrecían sin cesar mientras hablaba maravillas y contaba prodigios sobre la fina hechura de la escritura de Pitol que, según yo, era tan capaz de componer los más hermosos versos como de componer las más valiosas gemas de la prosa escrita en español. Hablábamos de sus traducciones, de sus muchos viajes y, por unos instantes, redujimos la posibilidad de vivir una vida completa al hecho de haber leído a Pitol o no. El mundo se dividía también en torno a dos contrarios u opuestos: los partidarios del conde y sus acérrimos enemigos; aquellos dispuestos a morir por él y que grababan su nombre a fuego en sus espadas y escudos y los que envidiaban su reinado absoluto en el teatro del mundo de las letras.
     Por momentos, volvía a acariciarme el cuello para constatar si había sido mordido, pero mis exploraciones siempre daban un resultado negativo. Las dos encantadoras mujeres me ofrecían su amistad y afecto y no parecían ser emisarias del mal. Y tampoco sus palabras eran una tela de araña, porque tras una merienda gozosa y jugosa, partí en compañía de la sobrina del conde, María, a realizar un viaje a los confines de la memoria de los Pitol y los Deménegui en México.

 

Familiar de Sergio Pitol © Alejandro Hermosilla Sánchez La hospitalidad de los Pitol © Alejandro Hermosilla Sánchez Antepasados de Sergio Pitol © Alejandro Hermosilla Sánchez

 


     Visité la casa del padre de Pitol en Huatusco, que ya no pertenecía empero a la familia. Escuché llorar a un bebé en sus entrañas e imaginé que era el niño interior de Sergio —quien, por accidente, sin embargo, había nacido en Puebla— que, desde mi corazón, suspiraba iluminado por este reencuentro. Las primeras lecturas, los primeros pasos, las palabras. El recién nacido. Con un libro en las manos y arrojando el pan si se le prometían más libros. Con una pluma entre los dedos soñando ser el nuevo D´Annuncio y el futuro Lampedusa o el conde Boccacio de Deménegui. Sueños de niño que nace con un libro bajo el brazo. Sueños cumplidos de un hombre que puede mirar, desde su condado, de frente, a cualquier escritor en español del último siglo, salvo Borges, sin temor a ser derrotado.
     Y también conocí la colonia Manuel González, allí donde se establecieron originalmente a su llegada a México a fines del siglo XIX algunos de los ascendientes del conde Deménegui antes de repartirse por Huatusco, Córdoba, Xalapa o el Potrero. Visité la casa que habitaron en esta pequeña localidad por la que caminaban pavos reales y gallinas como si ellas fueran las verdaderas propietarias del hogar. Y, siempre en compañía de María, me acerqué al museo de etnografía e historia de esta colonia donde —dado que la colonia prácticamente fue creada conforme las primeras remesas de italianos llegaron a Veracruz— una gran parte de las fotografías que aparecían de sus primeros pobladores eran de la familia de Pitol.
     Para mí fue un shock increíble. Sí. Lo repito. Prácticamente todos los ascendientes italianos del conde Deménegui llegados a México se encontraban retratados entre las paredes de este museo. Sí. Allí se encontraban fotografiados los Pitol, los Deménegui, pero también los Sampieri y los Burganza. Se podían observar retratos de Vicente Pitol —uno de los bisabuelos del conde— y de Querubina Gasperini —su esposa— así como de Justa y Honorato —su abuelo—. E intentaba imaginar quién de todas aquellas jóvenes pudiera ser Catarina —su abuela—, quién Preseide y cuál Agnese, y si era ese hombre calvo o elegante su bisabuelo o si no era, en verdad, ese otro con bigote y porte adusta y formal.
     Sí. Fue un auténtico shock. Emigrantes italianos en tierra extraña pero amable. Trabajando como bestias por labrar su fortuna, levantar sus condados, el castillo, defender a sus huestes y luchar por una vida mejor. La vida americana. Érase una vez México. Maximiliano. Cortés. Moctezuma. Y Porfirio Díaz anunciando que se necesitaba mano extranjera para México. Von Humboldt. Los abuelos del conde viajando en barco desde Italia atracando en el puerto de Veracruz. Sintiéndose fascinados y absorbidos por la tierra nueva. Vino y café italianos en el interior de selvas inexploradas. Ópera y Carusso al atardecer mientras se observan los restos de varias esculturas totonacas. Y la nave va. Y vuelve. El conde Sergio viajando décadas después hacia Europa y olvidando todo conato de enfermedad en sus primeros paseos por Roma, volviendo a encontrar algunos de los eslabones perdidos de su familia que decidieron quedarse cerca del Adriático y no aventurarse en América. Viaje de ida y vuelta. Y los abuelos del conde descendiendo de su barco y mirando asombrados en todas las direcciones pronunciando en voz alta la palabra México, América, la Italia mía de mi alma.
     Sí. Contemplando esas fotos, de repente, me emocioné. Sentí que un vínculo me unía con aquellos hombres que ya podía considerar mis hermanos. Que algún oscuro azar nos había reunido a ellos y a mí con más de un siglo de diferencia. Y pensé en lo frágil que es la vida. Como un vidrio de Agustín Lazo. O las acuarelas de peces rojos de Matisse. Pensé que ellos, aun en pequeña medida, habían condicionado esta etapa de mi vida. Que lo que yo estaba viviendo en aquellos momentos se debía tanto a mi afán lector y a la mano maestra del conde como al riesgo que tomaron aquellos hombres y mujeres que, con la ilusión en el corazón y la nostalgia en el alma, llegaron a México desde Italia. Y sentí lo impredecible que es la vida. Como los relatos de Borges, las meditaciones de Schopenhauer o los juegos de cartas. Y los nudos inagotables que se extienden por ella. Y que el naufragio de un barco, una simple enfermedad o cualquier contrariedad podían haber provocado que el conde no naciera, que la estirpe de los Pitol se viera reducida y que, por tanto, Nocturno de Bujara nunca hubiera sido escrito y yo no hubiera podido disfrutar este momento que vivía en un tiempo presente que se disolvía en posibles e hipotéticos pasados y futuros en los que el conde y yo nunca llegábamos a encontrarnos, caminábamos juntos por Burdeos como viejos compañeros de escuela y paseábamos por el barrio de Escudillers en Barcelona, o bien leíamos en la misma biblioteca un tratado de medicina basado en las enseñanzas de Avicena y, más tarde, coincidíamos en un café turco decorado con todo tipo de máscaras monstruosas sin atender a percatarnos que en otro tiempo y, posiblemente, otra vida, nos encontraríamos unidos por su vocación escritora y mi voracidad lectora.
     Por ello, cuando salí del museo y —acompañado de la infatigable María— me dirigí al rancho El Castillo, donde vivieron y todavía lo hacen algunos de los familiares del conde, no pude evitar enviarles un beso desde el centro de mi corazón. Mirando atentamente sus rostros, su porte distinguida y sus cuerpos inmóviles y detenidos para siempre en un único gesto gracias al arte fotográfico, sentí que, aun sin ellos saberlo, eran los responsables, los verdaderos creadores y responsables de la existencia de un libro como El mago de Viena o un relato como La pareja y que sin su respiración, su flujo sanguíneo que, a su vez, debían a otros hombres y sin su carácter, trabajo, decisiones, enamoramientos, aventuras, gustos y aficiones, seguramente, yo tampoco sería quien soy hoy en día. El arte era, sí, una melodía secreta.

 

Familiar de Pitol rindiéndole homenaje © Alejandro Hermosilla Sánchez María (sobrina del conde) y otros familiares de Sergio Pitol © Alejandro Hermosilla Sánchez Familiar de Pitol © Alejandro Hermosilla Sánchez

 


     Seguí viajando con María, continué conociendo a familiares de Pitol y, por unos momentos, pensé que todos los hombres eran, fueron y serían el conde, que —como en los libros de Sergio Pitol Deménegui— todos los escritores y la huella de sus libros se encontraba conectada en movimiento dentro de una espiral lingüística en la que todos eran absolutamente indistinguibles, contribuyendo como una especie de masa gaseosa molecular a que la vida de cada individuo pudiera observarse, considerarse, de una forma u otra, como un producto colectivo en libertad total.
     En determinado momento, empero, tanto María como yo dimos por concluida nuestra experiencia. Mi visita debía concluir. Recordando fragmentos de diversas óperas de Verdi y acordándonos de algunos cineastas italianos prometimos volvernos a ver algún día en Europa o México. Yo la animé a que viniera a mi ciudad en las fiestas de carnaval. Le comenté que, en aquellas fechas, las calles aparecían más espectrales que nunca, que los jóvenes tenían la costumbre de esconderse en las esquinas de las plazas vestidos con máscaras de dioses griegos para perseguir a las muchachas prometiéndoles, tras cada uno de sus besos, un soplo de aliento divino, que múltiples carrozas y carruajes inundaban la ciudad portando retratos y fotografías del auténtico Averno mientras los más escogidos músicos tocaban diversas melodías compuestas por Stravinsky para la ocasión y que se solía levantar un laberinto de plástico en el teatro romano donde mujeres y hombres se solían divertir intercambiándose continuamente los papeles de Adriana, Teseo y minotauro.
     Pero mi viaje no terminó aquí, porque ningún viaje termina jamás. No pude resistirlo y —aunque me había despedido de los familiares del conde asegurándoles que volvía a la capital del país mexicano— agarré un coche de caballos que me llevó al Potrero veracruzano. Allí habían transcurrido la mayor parte de los veranos de la infancia del conde en compañía de su abuela Catalina Burganza, quien había sido su más fiel escudera junto a su tío Agustín Deménegui desde la muerte temprana de sus padres y pensaba que este era el mejor lugar para terminar mi última travesía veracruzana.
     Llegué de noche mientras los perros ladraban y los murciélagos revoloteaban felices en torno a mí. Descansé en una pequeña posada donde releí los primeros capítulos del nuevo y excelente libro escrito por Pitol, El saltimbanqui cantarín, que parodiaba, siempre indirecta y sutilmente, gran parte de los acontecimientos que provocaron la Independencia mexicana, utilizando un lenguaje rococó y manierista que, a mi entender, era el culmen estilístico de la obra del conde; y mientras los gallos gemían sus alaridos al amanecer me dediqué a pasear por el pueblo.
     Pregunté a varias personas mayores si sabían cuál era la casa que había habitado antaño una tal Catalina Burganza, pero nadie sabía a quién me refería. Catalina era ya más un fantasma que vivía únicamente en los libros del conde que una presencia viva, real. Recordé algún ensayo del conde sobre el paso del tiempo contenido en El arte de la fuga y me sentí de nuevo muy cercano a él. Y, finalmente, tras muchos paseos sin rumbo, me dirigí al río Atoyac.
     En Vindicación de la hipnosis el conde nos confiesa que la muerte de su madre Cristina Deménegui en este río que se llevó su alma para siempre de la misma forma que su literatura nos la devolvió, era, seguramente, el germen de su vocación escritora y viajera. Huir del horror a través de la literatura había sido el motor de su ajetreada vida. Y contemplar el río que yacía ágil y aparentemente ajeno a mis pensamientos frente a mí, fue como mirar una biblioteca compuesta por un enjambre de libros con todas sus páginas en blanco.
     Nada decía el río —atento únicamente a fluir como la literatura del conde para no ser la misma cuando se la lee por segunda vez— sobre la tragedia de los Deménegui en una de sus muchas bifurcaciones por la región veracruzana. Y, sin embargo, de nuevo y por unos instantes, mis ojos se llenaron de lágrimas recordando la tragedia sufrida por el niño Sergio en aquel río y comprendiendo que en sus tranquilas aguas, se encontraba cifrado secretamente mi destino actual, el goce y la inquietud satisfecha de muchos lectores anónimos desperdigados por el mundo y el  rumbo de una buena parte de la literatura actual.
     Ajeno a todo ello, las aguas del río Atoyac seguían, como siempre lo hicieron, surcando el tiempo sin detenerse siquiera a escuchar el azote del viento. Mojé mis dedos en su corriente fría, los introduje entre mis labios y escupí en los matorrales cercanos cuando sentí que el verdadero sabor de esta agua era el del fuego. Mirando de nuevo hacia sus costas pensando en los llantos del conde cuando era niño, los gritos de sus familiares en un pasado ya muy lejano que, sin embargo, se vinculaba a lo que aquel día era mi presente, comencé a chillar, me envolví en mi capa negra y con mi vuelo reptante me dejé morir perdiéndome entre las arboledas que cercaban al ingenio del potrero veracruzano.
     Volví esa misma tarde a la capital mexicana y meses después lo hice a España. Pensé, en muchas ocasiones, si escribir acerca de mi visita al conde o mantenerla en secreto. Seguí mordiendo cuellos y llenando de sangre mis aposentos con el alma de tantos escritores. Y mientras visitaba Valladolid, adonde me había dirigido a presentar un texto sobre Mario Bellatin, una anciana que, en principio, parecía pedir limosna, me llevó de su mano huesuda, ensortijada y afilada a las inmediaciones de una lustrosa casa. La contemplé atentamente pues era muy similar a la que habitaba el conde en Xalapa. Durante unos instantes me pregunté si no iba a aparecer Boris portando su candelabro en cualquier momento para iluminar mi camino. Me volví a preguntar a la mujer canosa a quién pertenecía esta casa, pero ella no me contestó. Agarrándome del cuello con una fuerza espantosa, doblegó mi voluntad y me hizo entrar en los aposentos de este lugar vacío pero decorado y conservado con esmero. Allí, en su interior, observé una edición antigua de El Quijote y un cuadro del caballero de la triste figura y su ilustre escudero. Comprendí, sí, que me encontraba en el habitáculo donde Miguel de Cervantes escribiera el famoso diálogo entre Cipión y Berganza, que se encuentra en El coloquio de los perros y allí, sin más compañía que la de aquella vieja vestida de luto que me miraba con ojos henchidos en sangre y se complacía en morder mi Nada decía el río... © Alejandro Hermosilla Sánchezcuello de tanto en tanto, comencé a escribir sobre un cuaderno en blanco mis andaduras por Xalapa.
     Nunca me pregunté qué oscuro motivo habría motivado esos sucesos. Tampoco fue necesario. Tan sólo sé que comencé a escribir esta narración, que todavía continúo escribiéndola y que, seguramente, jamás podré dejar de realizar este acto eternamente. Y que ahora sólo me resta intentar inquirir —al tiempo que corro, corro y corro por las laderas de este bosque sintiendo la necesidad de volver a clavar mis colmillos en su cuello, el pecho o las piernas— por qué cuando intento hablar únicamente puedo emitir ladridos; por qué, mientras me dirijo con mis compañeros de jauría a devorar el ciervo y el cazador de gesto arisco —que ahora sé que es el conde pero podría ser Cervantes o cualquier otro escritor— nos grita y arenga constantemente y sin piedad para que despedacemos cada uno de los músculos del indefenso animal siento que me desangro más y más como si yo fuera ese ciervo y no aquel perro con rostro de murciélago que acabara con su vida.

 

     Esta narración se ha realizado gracias a la concesión de una beca posdoctoral por parte de la Fundación Séneca de Murcia (España) para el desarrollo de una investigación sobre narrativa mexicana del siglo XX, centrada en Sergio Pitol.