Los filibusteros del otoño están haciendo el agosto a costa de regalarnos un tiempo excepcional, primaveral, que poco o nada invita al abandono de nuestros quehaceres ociosos, acentuando así la crisis de marras.
Habíamos creído que tornaban puntuales las lluvias a calar nuestros patios, a mojar nuestra ropa tendida, pero todo fue un espejismo. Se me hace raro este comienzo de otoño sin lluvias, días que adormecen más temprano, sol que se desvanece repentinamente sin atender nuestras peticiones, sabedor de que su ciclo ahora es otro y su lugar está en la otra cara, no en ésta.
Por eso es que el otoño no se planta en nuestras semanas, se alarga con interminable estertor el estío, lanzándonos sus rayos provocadores, obligándonos a posponer una noche más las bufandas, los guantes, las gabardinas.
Y es delincuente este sol de otoño, filibustero, ya digo. Nos hace mirar con deseo las piscinas, nos hace soñar con fines de semana playeros, pero la pereza del otoño dice otra cosa bien distinta, nuestros ojos han de cerrarse para no pensar en los shorts de las primaverales muchachas, en sus helados sonrosados cediendo ante el encanto voraz de sus vespertinas lenguas. ¡Castañas, eso es! ¡Castañas asadas! Debemos poner toda nuestra atención en las calientes castañas, pedirle a los dioses que nos rediman y nos posterguen este calor hasta dentro de unos meses.
Es insufrible esta sensación, esta necesidad de escapar, cuando ya las vacaciones murieron en nuestra memoria y sólo de ellas queda el ánimo de ir un día a llevar las tarjetas y revelar unas cuantas fotos.
Es imprescindible, por tanto, dejar a un lado las inquietudes estivales, tomar consciencia de que no volverán a repetirse las gracias de los vestales biquinis que hacen divagar nuestras entrañas hasta el próximo año. Que hay que volver al trabajo, como buenamente se pueda, que hay que tomar decisiones importantes, como con quién pasaremos esta Nochebuena, en qué casa.
Retomar nuestra estupidez cotidiana, debilitarnos, acumulando como únicos tesoros dorados esos pocos momentos en los que el ánimo se endiosa con poca cosa: acaso un disco de Bach, acaso un buen vino, o acercarse a este vuestro coloquio y hacernos partícipes en vuestra mesa.
Ángel Gómez
Espada
CIPIÓN.-
Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que
entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día,
y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio
de la habla, será la mía, para contarte mi vida.
(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros) |
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