JORGE GOMES MIRANDA

 

     (Oporto, Portugal, 1965)

     Poeta, crítico literario y traductor. Es autor de una obra poética amplia y consolidada en el paisaje literario portugués.
     El accidente (Quálea, 2009) —libro al que pertenece el poema que publicamos— plantea un apasionante juego de reflejos entre sujeto y objeto, accidente y esencia, personaje y autor que avanza un paso más en el camino de despersonalización y desposesión que abrió Fernando Pessoa en la poesía europea: perdida la esencia del yo, cobran vida los objetos, las cosas, “los accidentes” impregnados del rumor del sujeto. 

"El accidente" (Quálea, 2009) de Jorge Gomes Miranda

 

Traducción: José Ángel Cilleruelo

 

Computador Ordenador

Com un dedo intratável,
distraído apagou
o pecúlio da véspera.
Como quem rasga uma fotografia
de casa devoluta,
com paredes esvaídas e ecos de passos
por corredores insones.
Restava-lhe porfiar
nesse trespasse de cinzas
ou sentir o chamamento
de outro poema.

Liberdade não conhecia
senão a de acordar mais cedo
para o ímpeto do teu regresso,
palavra,
corpo que o leitor sente junto ao seu,
antes de esquecer.

Mas neste momento tinha outras prioridades:
vestir a criança, fazer a mochila,
aquecer o leite, não deixar que as torradas
queimassem, atento às horas
para não chegarem nunca atrasados.

Mais tarde, diante o écran,
se chamasse por un nome
ele regressaria,
como regressa uma ave
ao céu de Março.

À noite, por vezes, caía num abatimento.
Até que a criança entrava no seu quarto
e beijava-o na testa.
Quem olha agora por nós, pai?

Con un dedo intratable,
distraído borró
el trabajo de la víspera.
Como quien rasga la fotografía
de una casa deshabitada,
con paredes desvanecidas y ecos de pasos
por corredores insomnes.
Le quedaba porfiar
en ese traslado de cenizas
o sentir la llamada
de otro poema.

Libertad no conocía
sino la de despertar más temprano
al ímpetu de tu regreso,
palabra,
cuerpo que el lector siente junto al suyo,
antes de olvidar,

Pero en este momento tenía otras prioridades:
vestir al niño, preparar la mochila,
calentar la leche, no dejar que las tostadas
se quemaran, atento a la hora
para no llegar nunca tarde.

Después, frente a la pantalla,
si la llamase con un nombre
ella regresaría,
como regresan las aves
al cielo de marzo.

Por la noche, a veces, caía abatido.
Hasta que el niño entraba en su cuarto
y lo besaba en la cabeza.
¿Quién nos va a cuidar ahora, papá?