In den einsamen Stunden des Geistes
Ist es schön, in der Sonne zu gehn
An den gelben Mauern des Sommers hin.
Leise klingen die Schritte im Gras; doch immer schläft
Der Sohn des Pan im grauen Marmor.
Abends auf der Terrasse betranken wir uns mit braunem Wein.
Rötlich glüht der Pfirsich im Laub;
Sanfte Sonate, frohes Lachen.
Schön ist die Stille der Nacht.
Auf dunklem Plan
Begegnen wir uns mit Hirten und weißen Sternen.
Wenn es Herbst geworden ist
Zeigt sich nüchterne Klarheit im Hain.
Besänftigte wandeln wir an roten Mauern hin
Und die runden Augen folgen dem Flug der Vögel.
Am Abend sinkt das weiße Wasser in Graburnen.
In kahlen Gezweigen feiert der Himmel.
In reinen Händen trägt der Landmann Brot und Wein
Und friedlich reifen die Früchte in sonniger Kammer.
O wie ernst ist das Antlitz der teueren Toten.
Doch die Seele erfreut gerechtes Anschaun.
Gewaltig ist das Schweigen des verwüsteten Gartens,
Da der junge Novize die Stirne mit braunem Laub bekränzt,
Sein Odem eisiges Gold trinkt.
Die Hände rühren das Alter bläulicher Wasser
Oder in kalter Nacht die weißen Wangen der Schwestern.
Leise und harmonisch ist ein Gang an freundlichen Zimmern hin,
Wo Einsamkeit ist und das Rauschen des Ahorns,
Wo vielleicht noch die Drossel singt.
Schön ist der Mensch und erscheinend im Dunkel,
Wenn er staunend Arme und Beine bewegt,
Und in purpurnen Höhlen stille die Augen rollen.
Zur Vesper verliert sich der Fremdling in schwarzer Novemberzerstörung,
Unter morschem Geist, an Mauern voll Aussatz hin,
Wo vordem der heilige Bruder gegangen,
Versunken in das sanfte Saitenspiel seines Wahnsinns,
O wie einsam endet der Abendwind.
Ersterbend neigt sich das Haupt im Dunkel des Ölbaums.
Erschütternd ist der Untergang des Geschlechts.
In dieser Stunde füllen sich die Augen des Schauenden
Mit dem Gold seiner Sterne.
Am Abend versinkt ein Glockenspiel, das nicht mehr tönt,
Verfallen die schwarzen Mauern am Platz,
Ruft der tote Soldat zum Gebet.
Ein bleicher Engel
Tritt der Sohn ins leere Haus seiner Väter.
Die Schwestern sind ferne zu weißen Greisen gegangen.
Nachts fand sie der Schläfer unter den Säulen im Hausflur,
Zurückgekehrt von traurigen Pilgerschaften.
O wie starrt von Kot und Würmern ihr Haar,
Da er darein mit silbernen Füßen steht,
Und jene verstorben aus kahlen Zimmern treten.
O ihr Psalmen in feurigen Mitternachtsregen,
Da die Knechte mit Nesseln die sanften Augen schlugen,
Die kindlichen Früchte des Hollunders
Sich staunend neigen über ein leeres Grab.
Leise rollen vergilbte Monde
Über die Fieberlinnen des Jünglings,
Eh dem Schweigen des Winters folgt.
Ein erhabenes Schicksal sinnt den Kidron hinab,
Wo die Zeder, ein weiches Geschöpf,
Sich unter den blauen Brauen des Vaters entfaltet,
Über die Weide nachts ein Schäfer seine Herde führt.
Oder es sind Schreie im Schlaf,
Wenn ein eherner Engel im Hain den Menschen antritt,
Das Fleisch des Heiligen auf glühendem Rost hinschmilzt.
Um die Lehmhütten rankt purpurner Wein,
Tönende Bündel vergilbten Korns,
Das Summen der Bienen, der Flug des Kranichs.
Am Abend begegnen sich Auferstandene auf Felsenpfaden.
In schwarzen Wassern spiegeln sich Aussätzige;
Oder sie öffnen die kotbefleckten Gewänder
Weinend dem balsamischen Wind, der vom rosigen Hügel weht.
Schlanke Mägde tasten durch die Gassen der Nacht,
Ob sie den liebenden Hirten fänden.
Sonnabends tönt in den Hütten sanfter Gesang.
Lasset das Lied auch des Knaben gedenken,
Seines Wahnsinus, und weißer Brauen und seines Hingangs,
Des Verwesten, der bläulich die Augen aufschlägt.
O wie traurig ist dieses Wiedersehn.
Die Stufen des Wahnsinns in schwarzen Zimmern,
Die Schatten der Alten unter der offenen Tür,
Da Helians Seele sich im rosigen Spiegel beschaut
Und Schnee und Aussatz von seiner Stirne sinken.
An den Wänden sind die Sterne erloschen
Und die weißen Gestalten des Lichts.
Dem Teppich entsteigt Gebein der Gräber,
Das Schweigen verfallener Kreuze am Hügel,
Des Weihrauchs Süße im purpurnen Nachtwind.
O ihr zerbrochenen Augen in schwarzen Mündern,
Da der Enkel in sanfter Umnachtung
Einsam dem dunkleren Ende nachsinnt,
Der stille Gott die blauen Lider über ihn senkt. |
En las solitarias noches del espíritu
Es bello, caminar en el sol.
Junto a los muros amarillos del verano.
Bajos suenan los pasos en la hierba; aun siempre duerme
El hijo de Pan en mármol gris.
De tarde en la terraza nos emborrachábamos con vino turbio.
Rojizo arde el melocotón en el follaje;
Suaves sonetos, alegre risa.
Bella es la quietud de la noche.
Sobre oscuro plano
Nos encontramos con zagales y estrellas blancas.
Cuando se ha hecho otoño
Muéstrase sobria claridad en la floresta.
A apaciguados deambulamos por rojos muros
Y los redondos ojos persiguen el vuelo de los pájaros.
A la tarde se hunde el agua blanca en urnas sepulcrales.
En ralos ramajes festeja el cielo.
En puras manos porta el labrador pan y vino
Y apacibles maduran los frutos en soleada cámara.
Oh, qué grave es el semblante de los caros muertos.
Pero al alma contenta justa mirada.
Clamorosa es la mudez del jardín devastado
ya que el joven novicio la frente con pardas hojas corona,
Su aliento, glacial oro bebe.
Las manos agitan la edad de azuladas aguas
O en fría noche las blancas mejillas de hermanas.
Quedo y armonioso es un paso hacia amables cuartos,
Donde la soledad está y el murmullo del arce,
Donde acaso aún el tordo canta.
Bello es el hombre y apareciendo en la oscuridad,
Cuando asombrando brazos y piernas mueve,
Y en púrpuras cuevas quedos los ojos ruedan.
A la víspera se pierde el extraño en negra destrucción de noviembre,
Bajo pocho ramaje, por muros llenos de lepra,
Donde antes el sagrado hermano anduvo,
absorto en el manso lírico rasgueo de su locura,
Oh, cuán solo termina el viento de la tarde.
Agonizante, se inclina la testa en la oscuridad del olivo.
Estremecedor es el ocaso del sexo.
En tal hora se llenan los ojos del que mira
Con el oro de sus estrellas.
A la tarde húndese un carrillón, que ya no suena,
Decaen los negros muros en la plaza,
Llama el soldado muerto a la oración.
Un pálido ángel
Entra el hijo en la casa vacía de sus padres.
Las hermanas se fueron a lo lejos con canos ancianos.
A la noche las encontró el durmiente bajo las columnas del pasillo,
Retornadas de tristes peregrinajes.
Oh, cómo repleta de lodo y gusanos su pelo,
Como él adentro con plateados pies se alza,
Y aquéllos, difuntos, de escuetos cuartos salen.
Oh, vosotros salmos en fogosas lluvias de medianoche,
Como que los siervos con ortigas los suaves ojos cerraron,
Los pueriles frutos del saúco
Asombrándose se inclinan sobre una tumba vacía.
Quedo ruedan amarillentas lunas
Sobre las calenturas del mancebo,
Antes que el silencio del invierno suceda.
Un elevado destino medita Cedrón abajo,
Donde el cedro, una blanda criatura,
Bajo las azules cejas del padre se desarrolla,
Sobre los pastos de noche un pastor su rebaño guía.
O gritos son en sueños,
Cuando un férreo ángel en la floresta al hombre se acerca,
La carne del santo sobre ardiente herrumbre funde.
Alrededor de la cabaña de barro trepa vino púrpura,
Sonoros fajos de amarillento trigo,
El zumbido de las abejas, el vuelo de la grulla.
A la tarde se encuentran resucitados sobre senderos de rocas.
En negras aguas se espejan leprosos;
O destapan las vestiduras manchadas de heces
Llorando al balsámico viento, que de la rosada colina sopla.
Esbeltas doncellas tientan a través de los callejones de la noche,
Por si al amante zagal encontraran.
Sábado a la tarde suena en las cabañas dulce canto.
Dejad a la canción también al muchacho rememorar,
Su locura, y cejas blancas y su óbito
Del descompuesto, que azulado los ojos descubre.
Oh, qué triste es este reencuentro.
Los escalones de la locura en negras habitaciones,
Las sombras de los viejos bajo la puerta abierta,
Ahí el alma de Helian en el rosado espejo se contempla
Y nieve y lepra de su frente descienden.
En las paredes las estrellas se extinguieron
Y las blancas formas de la luz.
De la moqueta emergen huesos de las tumbas,
El silencio de desmoronadas cruces en la colina,
El dulzor del incienso en púrpura brisa nocturna.
Oh, vosotros quebrados ojos en negras bocas,
Ahí el nieto en delicada demencia
Solitario el oscuro fin añora,
El mudo Dios los párpados azules sobre él hunde. |