La ratonera
o el thriller teatral de Agatha Christie
Enrique García Díaz
Si hay una obra que identifica a Agatha Christie como reina del suspense, esa es sin duda, The Mousetrap o La ratonera. La obra más conocida y representada de la popular escritora lleva más de cuarenta años representándose en Londres.
Pero, ¿cuáles fueron los orígenes de La ratonera? ¿En qué momento Agatha Christie decide convertirla en pieza teatral? ¿Qué características posee dicha obra para que hoy en día siga estando vigente?
El origen de La ratonera
Fue en el año 1947 cuando la reina María, viuda del rey Jorge V, celebraba sus ochenta años y a modo de regalo había solicitado a la BBC que encargara una novela radiofónica a Agatha Christie. La propia reina era una entusiasta de la célebre escritora, de ahí su petición. El resultado fue Three Blind Mice (Tres ratones ciegos), que posteriormente fue adaptada a su título actual.
Para su conversión en pieza teatral, Agatha Christie se basó en un pasaje de Hamlet.
REY.— ¿Cómo se titula la obra?
HAMLET.— La ratonera. ¿Qué cómo se entiende eso? Pues en sentido figurativo. Este drama representa un asesinato cometido en Viena [...] ¡Es un enredo diabólico!
(Hamlet, Acto III; Escena II; p.136) (1) |
Al mismo tiempo podemos apreciar por las palabras de Hamlet que dicha obra trata sobre un asesinato; y que es un completo enredo, características que, como veremos, están presentes en la obra de Agatha Christie.
En noviembre de 1952 una nueva obra titulada The Mousetrap se estrena en el Ambassadors Theatre de Londres. Su ingenioso argumento, el nutrido y variado elenco de personajes, que se ven atrapados por una tormenta de nieve en una casa de huéspedes, y que se ven atemorizados por el crimen y la venganza, elevaron esta creación a cotas inimaginables para la propia escritora. Ya que The Mousetrap o Three Blind Mice se sigue representando en Londres tras cuarenta y ocho años. Protagonizada en un primer momento por Richard Attenborough y su esposa Sheila Sim, la obra es aclamada de manera unánime por la crítica de la época. Como anécdota decir que la propia Agatha predijo que la obra estaría sólo unos ocho meses.
Misterio y enredo: características esenciales de la trama
Que la trama cuenta con una elevada dosis de misterio, es algo con lo que cualquiera que haya leído una sola obra de Agatha Christie cuenta, además del crimen. En este caso no pueden faltar ambos elementos.
La historia se desarrolla en la casa de huéspedes de Monkswell Manor, a la que van llegando los diversos personajes, uno de los cuales es el asesino. Para acrecentar más el misterio Agatha Christie rodea dicha casa de una serie de inclemencias meteorológicas que provocan que los personajes deban permanecer en ésta. De ahí podemos deducir el título de La ratonera. Una especie de trampa para todos. Pero antes de que el lector se sumerja en esa casa rodeada de un ambiente de misterio, Agatha Christie comienza tejiendo la trama desde un prólogo perfectamente construido para que el lector no pueda dejar de leer el argumento. La escritora crea un ambiente que nos recuerda a los relatos góticos del siglo XVII-XVIII: fría noche, nubarrones, nieve... Un extraño personaje embozado en su abrigo, con sombrero y bufanda que no permite que nadie lo pueda reconocer, aparece preguntando por una mujer a la que posteriormente asesina.
El lector descubre el asesinato de Culver Street y que la policía está ansiosa por hablar con un misterioso hombre visto en la vecindad (Christie, p. 21). Para acrecentar ese momento de suspense e intriga, Agatha hace sonar el timbre de la puerta provocando el sobresalto en los personajes. Para relajar la tensión aparece el toque de humor en forma de comentario de Giles. «Llaman a la puerta principal —dijo Giles—. Entra el asesino —añadió con un tono risueño» (Ibid, 21).
No menos cómico e intencionado es el de Molly: «—Eso sería lo típico en una obra de teatro» (Ibid). No deja de ser un toque cómico de la propia Agatha hacia su público, recordando que estamos ante una pieza teatral, a pesar de que, como ya dijimos, en un principio se concibió para la radio.
Pero, ¿el personaje que aparece en escena es en verdad el asesino? ¿No podría estar la autora haciendo un guiño intencionado al respecto? ¿Cómo sabe el lector que Giles no está diciendo la verdad? Y en el supuesto de que sea verdad, ¿por qué se dirige hacia allí? ¿Cuál es su objetivo? ¿Qué relación puede tener con una casa de huéspedes recién inaugurada?
A pesar de la llegada de este huésped, Mr. Wren es un hombre joven con unos rasgos determinados. Habla mucho y en ocasiones sin sentido.
A continuación aparece Mrs. Boyle. Es una mujer prepotente, quien no deja de mostrar su disgusto con la casa en todo momento. De clase media-alta sus comentarios siempre hacen referencia a la casa y posteriormente a sus inquilinos. Este personaje tendrá una gran trascendencia en el desarrollo de la trama.
La autora traslada de repente al lector al despacho de Scotland Yard, donde el lector es partícipe de los descubrimientos del crimen. La víctima se llamaba Maureen Gregg, pero vivía bajo el de Mrs. Lyon. Pero no deja de sorprender el hecho que haya estado en la cárcel. ¿Por qué ha sido asesinada? ¿Una víctima al azar o una venganza? Todos estos datos no hacen sino elevar la tensión en la obra y proponer al lector un segundo acertijo con este personaje. ¿Quién es y qué relación guarda con el asesino? Como pistas la policía maneja dos notas escritas en el lugar del crimen. La primera decía “Tres ratones ciegos”, que se asocia con una canción infantil y a la que Scotland Yard califica como la firma del asesino. Y una segunda nota en el que aparece la dirección de la casa de huéspedes Monkswell Manor. Pero para desviar la atención sobre la misma, Agatha Christie vuelve a dar un giro a la trama y vuelve a situarla precisamente en la casa a donde llegan más huéspedes. El primero es el comandante Metcalf. Un militar con un carácter serio y recto.
Y el más sorprendente de todos: el señor Paravinci. Para empezar, su llegada se produce en mitad de la noche, a las dos de la mañana. Envuelto en un halo de misterio por la forma en la que llega y por las explicaciones que da, puede hacer dudar al lector al respecto de su verdadera identidad. Su porte recuerda al misterioso hombre visto en Culver Street. Aquí la escritora pretende tal vez distraer la atención del lector hacia este personaje en un intento por confundirlo. Pero aún cala más hondo en el lector cuando le pregunta a Mrs. Boyle si ha solicitado referencias de sus inquilinos. Agatha reaviva así el juego de averiguar quién de los actuales huéspedes es el asesino. Y es aquí donde comienza la verdadera trama de la obra. Como en todas las novelas de Agatha Christie, ésta hace participar al lector en el juego de adivinar la identidad del asesino a través de las pistas que van surgiendo. Pero al mismo tiempo enreda la trama de tal manera que en ocasiones es harto complicado saber quién es el culpable.
Para arrojar un poco de luz y ayudar en cierta medida al lector como ingrediente básico de las obras de Christie, aparece el personaje de la policía. Al mismo tiempo que puede resolver el crimen, siembra de dudas y temores a los huéspedes de Monkswell Manor ajenos en todo momento a lo que ha sucedido a excepción del asesino. ¿Por qué tiene interés la policía en ese lugar? Ninguno puede suponerlo, a excepción del lector. En este caso será el sargento Trotter el encargado de llevar a cabo la investigación. Mrs. Boyle critica su juventud y duda que pueda ser de utilidad. Y Paravinci emplea un tono de amenaza con Mrs. Davis. Estas acciones dirigidas por la autora hacia este personaje pueden ser interpretadas con el fin de desviar la atención del lector hacia los demás, y localizarla sólo en Paravinci.
El propio sargento describe la situación a los presentes y anuncia solemnemente que uno de ellos es un asesino. E insiste, al igual que Paravinci, en las referencias de los inquilinos. Aquí se demuestra la inexperiencia de Giles y Molly al frente de su casa de huéspedes.
Pero si hay un momento cumbre en la trama es cuando Wren comienza a tararear la canción infantil “Tres ratones ciegos”. Dicha tonadilla pone histérica a Molly sin motivo aparente.
Comenzó a silbarla suavemente, pero se interrumpió cuando Molly le gritó sin poder contenerse:
—¡Basta!
Christopher se volvió hacia la joven y se echó a reír.
(Ibid, 64) |
El comportamiento de Molly llama poderosamente la atención pues sin motivo aparente alguno se comporta de manera extraña. Tal vez se deba a que dicha tonadilla está relacionada con el asesinato de Mrs. Lyon. O por que tal vez Molly conozca algo relacionado con la canción. El comportamiento de Christopher Wren queriendo hacerse pasar por el asesino es de lo más interesante, puesto que volvemos a ponernos a disposición de la autora. ¿Es en verdad quien dice ser?
—Pero querida, es mi firma. Hasta ahora nadie me había tomado por un asesino y pienso pasármelo en grande.
—¡No son más que pamplinas! —afirmó Mrs. Boyle—. No me creo ni una palabra.
—Ya verá si son pamplinas, Mrs. Boyle, cuando me acerque a traición y ponga mis manos alrededor de su garganta.
(Ibid) |
Esta escena es muy esclarecedora, y sirve de introducción o de fiel reflejo a cómo será la muerte de Mrs. Boyle. Ésta es asesinada justo en el momento en el que todos los personajes están realizando diferentes acciones ajenas a lo que sucede en el salón. Ello implica que el lector no puede saber quién es el asesino. Debemos prestar atención a la descripción del momento del asesinato, y a cómo se parece a como lo describió Wren.
La puerta se abrió. La mujer se volvió bruscamente.
—Ah, es usted —exclamó más tranquila—. ¡Los protagonistas son malísimos! ¡No hay nada que valga la pena escuchar!
—Yo no me molestaría en escucharlos, Mrs. Boyle.
—¿Qué otra cosa se puede hacer? Encerrada en una casa con un presunto asesino. Claro que no me creo todas esas pamplinas.
—¿No, Mrs. Boyle?
—¿A qué se refiere?
El cinturón de la gabardina le rodeó el cuello con tanta rapidez que ella casi no se dio cuenta de lo que significaba. El volumen de la radio subió al máximo. Las eruditas explicaciones sobre la psicología del miedo resonaron en la habitación y ahogaron los sonidos entrecortados de la agonía de Mrs. Boyle.
Pero no hubo mucho ruido.
El asesino era un verdadero experto.
(Ibid, 70-1) |
La segunda víctima estrangulada. Sólo queda un ratón ciego. Y el crimen se ha producido tal y como dijo Wren: estrangulamiento, pero en vez de las manos, el asesino emplea un cinturón. ¿Cómo sabía Wren que era la siguiente víctima y que moriría estrangulada?
A partir de este momento el lector es testigo mudo de los diversos interrogatorios llevados a cabo por el sargento en un intento por esclarecer el crimen. En ese preciso instante comienza a aclararse el misterio de los Tres ratones ciegos. La advertencia del sargento acerca de otro posible crimen así lo demuestra:
—Bueno, Mrs. Boyle está muerta. Si no llegamos al fondo de todo esto y cuanto antes, puede haber otra muerte.
—¿Otra? Tonterías. ¿Por qué?
—Porque había tres ratones ciegos.
—¿Un muerto por cada uno de ellos? —preguntó Giles incrédulo—. Entonces tendría que haber una relación, quiero decir alguien más relacionado con el caso.
—Sí, tendría que ser así.
—Pero, ¿por qué otra muerte aquí?
—Porque sólo había dos direcciones en la agenda. Sólo había una posible víctima en Culver Street. Está muerta. Pero en Monkswell Manor el campo se amplía.
—Tonterías, Trotter. Sería una coincidencia fantástica que dos personas relacionadas con el caso de Longridge Farm se encontraran aquí.
(Ibid, 73-4) |
El sargento parece estar muy seguro de que en Monkswell Manor ocurrirá otro crimen. Y para averiguar quién puede ser la próxima víctima comienza sus interrogatorios. Aquí sale a la luz que el cable del teléfono había sido cortado dejándolos aislados en mitad del campo y rodeados de nieve. El marco perfecto para la trama, y que nos hace visualizar una ratonera. Todo ha sido perfectamente planeado por el asesino para llevar a cabo su misión, y que no es otra que acabar el trabajo que comenzó en Culver Street. A este respecto hace referencia el propio sargento.
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—Esto es una locura. ¿Cómo espera el asesino salirse con la suya? —preguntó Wren con su voz de pito.
El sargento lo observó atentamente.
—Quizá no le importa o tal vez esté muy seguro de ser mucho más inteligente que nosotros. Los asesinos son así. [...] Una mente esquizofrénica es muy interesante. (Ibid, 74) |
Es curioso que en este momento de máxima tensión, Christopher Wren, quien durante gran parte de la obra se ha estado mofando de que él era el asesino, ahora se comporte de la siguiente manera:
Wren se adelantó bruscamente y su voz sonó como un chillido histérico:
—¡No es verdad! ¡No es verdad! Ustedes están contra mí. Todos están contra mí. Me cargarán el muerto. Es una persecución. (Ibid, 76) |
¿Acaso Wren actúa, o se comporta realmente como es? ¿Tiene algo que ver con las palabras del sargento acerca del comportamiento y la inteligencia de los asesinos?
La trama avanza y se aproxima a su momento cumbre: el diálogo entre el sargento y Molly. En esta conversación por fin el lector es partícipe de toda la historia que ha conducido a la situación actual. El sargento conoce a la perfección la historia de los tres niños. Y de cómo el mayor de los tres es el que está llevando acabo los crímenes. Por ello se puede sospechar de Christopher Wren desde un principio; o del propio Paravinci. Pero al mismo tiempo, ¿cómo es posible que el sargento conozca todos los pormenores de la historia? ¿Acaso Agatha Christie quiere dirigir la atención del lector hacia éste y presentarlo como candidato a asesino? Es interesante el comentario que hace al final de la conversación el sargento:
Sé muy bien qué está pensando, Mrs. Davis. Sólo hay una cosa que quiero recalcar. El asesino se está divirtiendo con todo esto. Eso es lo único que sé a ciencia cierta. (Ibid, 78) |
Pero para desviar la atención, Agatha hace confesar a Wren su verdadera identidad. De tal manera que la trama se va enredando por momentos. Molly es la encargada de tener una conversación bastante esclarecedora con él. Por un momento se asemeja a una conversación entre dos amantes secretos.
[Molly] Se tapó los ojos. Christopher le apartó las manos suavemente.
—Escuche Molly, ¿qué es todo esto? —su actitud ya no era histérica ni infantil—. ¿Qué pasa?
Molly le miró como si le estuviera valorando.
—¿Cuánto hace que le conozco, Christopher? ¿Dos días?
—Más o menos. Está pensando que, a pesar de que es muy poco tiempo, parece que nos conozcamos muy bien, ¿no es así?
—Sí. Es curioso, ¿no?
—No lo sé. Hay una especie de sintonía entre nosotros. Quizá por las cosas que ambos hemos pasado.
No era una pregunta. Era una afirmación. Molly lo dejó correr.
—Su nombre verdadero no es Christopher Wren.
—No.
[...]
—¿Cuál es su verdadero nombre?
—No creo que valga la pena entrar en el tema. Mi nombre no significaría nada para usted. No soy arquitecto. La verdad es que soy un desertor del ejército.
Sólo por un instante, una expresión de alarma apareció en los ojos de Molly. Wren se dio cuenta.
—Sí, como nuestro asesino anónimo —añadió Wren.— Se lo dije. Soy el único que encaja en el perfil. (Ibid, 81-2) |
Hay que tener en cuenta dos aspectos en esta conversación. Primera, no sabemos a ciencia cierta si Molly está jugando a los policías o no por su interrogatorio a Wren. El hecho de preguntarle por su verdadero nombre, y demás. Y segundo, la escritora vuelve a hacer encajar a Wren en el perfil del asesino. Lo cual no hace sino descartarlo por completo, ya que él no es el asesino. El hecho de que todo lo señale a él no hace si no exculparlo.
Pero si volvemos a centrarnos en la conversación que Molly y Wren mantienen, podemos observar un cierto toque de confidencialidad, de química. Y es Giles, el marido de Molly, quien parece haberse dado cuenta de ello.
—Dios mío Molly, ¿te has vuelto loca? ¡Encerrada aquí sola con un peligroso maníaco homicida!
—Él no es... —comenzó Molly, pero de inmediato cambió la frase que iba a pronunciar—. Él no es peligroso. En cualquier caso, estoy en guardia. Puedo cuidar muy bien de mi misma.
[...]
—Me da pena.
—¿Sientes pena por un loco homicida?
Molly lo miró de manera curiosa.
—Puedo perfectamente sentir pena por un loco homicida.
—Además, lo llamas por su nombre de pila. ¿Desde cuándo tanta confianza?
—Oh. Giles, no seas ridículo. Hoy día todo el mundo se llama por el nombre de pila. Tú lo sabes.
—¿Después de un par de días? Pero quizás haga más tiempo. Quizás ya conocías a Mr. Christopher Wren, el supuesto arquitecto, antes de que viniera aquí. Tal vez vino porque tú se lo sugeriste. Quizás ya tenías planeado todo esto. (Ibid, 86) |
La trama se relaja con esta escena de celos entre Molly y su marido Giles. Pero de inmediato vuelva a captar la atención del lector, cuando el sargento reúne a todos en el salón. El sargento pide a los presentes que vuelvan a realizar las mismas acciones que estaban haciendo cuando Mrs. Boyle fue asesinada. Este hecho llama la atención de Molly, quien piensa: “Es una trampa, [...] aunque no sé dónde está”. ¿Qué sospecha o qué sabe Molly? ¿De quién sospecha?
Todos se prestan a volver a hacer lo que estaban haciendo cuando Mrs. Boyle fue estrangulada. El sargento pide a Molly que se siente al piano y toque “Tres ratones ciegos”. En ese momento ella, sin saberlo, está representando el papel de Mrs. Boyle. Siente el mismo miedo que ella en su momento. La soledad. La quietud la rodean hasta que se sobresalta al escuchar la radio. Una ráfaga de aire frío procedente de la calle le hiela el cuello. Siente la presencia de alguien allí con ella. Se gira y se enfrenta al rostro del sargento. Al momento aparta las manos del teclado. El sargento le cuenta la historia de Longridge Farm como si él mismo la hubiera vivido. Esta historia es la causante de toda la trama de La Ratonera. Al final de la misma, el sargento rebela su verdadera identidad sorprendiendo al lector.
[...] Pero verá Mrs. Davis, no soy policía. Soy Jim, el hermano de George. Usted creyó que era policía porque llamé desde la cabina del pueblo y dije que el sargento Trotter venía de camino. Cuando llegué, lo primero que hice fue cortar el cable telefónico para que no pudiera llamar a la comisaría. (Ibid, 98-99) |
Después de esta declaración de identidad por parte del sargento, éste sigue hablando para relatar los sucesos que acaecieron en la granja.
Sí, soy el hermano de George. Él murió en la granja. Aquella espantosa mujer nos envió allí. La mujer del granjero era muy cruel con nosotros y ustedes no quisieron ayudarnos, a los tres ratones ciegos. Juré que los mataría a todos ustedes cuando me hiciera mayor. (Ibid, 99) |
Por fin conocemos la identidad del asesino, y que no es otra que el sargento Trotter. Llama la atención la paciencia y la sangre fría del personaje. Desde niño se prometió llevar a cabo su venganza, y al final lo ha hecho. Al menos en dos de los tres casos. Y también es significativo que haga referencia a sus hermanos y a él mismo como los “Tres ratones ciegos”, cuando al principio parecía querer hacer referencia a aquellas tres personas que no quisieron ver los que sucedía a los muchachos. Y su sangre fría llega más allá aún cuando le dice a Molly que la matará con el revólver de su marido; lo cual lo acusará a él. Se mofa de sus dos víctimas sin mostrar remordimiento.
Sin embargo, la trama da un giro inesperado cuando el propio Trotter/Jim escucha a alguien silbar la tonadilla de la canción de los “Tres ratones ciegos”. En ese momento una voz advierte a Molly para que se arroje al suelo. Metcalf se ha arrojado sobre Jim. Sonó un disparo que atrajo al resto de personas en la casa: Wren, Paravinci, y Giles.
Es Metcalf quien sorprende a todos los presentes, incluido el propio lector cuando confiesa quien es:
—Entré mientras usted tocaba el piano. Me oculté detrás del sofá, estaba escondido ahí desde el principio. Sabía que no era policía. Yo soy policía. Soy el inspector Tañer. Arreglamos con Metcalf que yo el suplantaría. Scotland Yard consideró conveniente tener a alguien aquí. (Ibid, 100) |
El recurso del policía en cubierto había pasado por alto. Agatha Christie ha sabido conducir la situación de manera magistral para que el lector no sospechara en ningún momento del comandante Metcalf. Había llamado la atención sobre Wren, el candidato perfecto; pero ya comentamos que tanta atención focalizada en este personaje sólo podía significar que él no era el criminal. E incluso se pudo haber considerado a Paravinci, pero tampoco parecía ser apropiado. El giro que tiene la trama es claramente típica de las novelas de suspense de la célebre escritora; pero no sólo ella ha empleado este recurso sino el propio Arthur Conan-Doyle, de quien Agatha Christie era una admiradora, y más en concreto de su célebre personaje literario Sherlock Holmes. El Twisted End caracterísitco de las mejores tramas de la escritora.
Volviendo al personaje de Paravinci, cabe mencionar sus últimas palabras antes de despedirse.
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Quizá me encuentre en algún trance embarazoso en un futuro próximo, pero estoy seguro de que arreglaré las cosas. Y si usted recibe una caja, digamos con una oca, algunas latas de foie gras, un jamón y algunos pares de medias de nylon, acéptela con mis saludos para una dama encantadora. Mrs. Davis encontrará mi cheque en la mesa del vestíbulo.
Besó la mano de Molly y se marchó.
—¿Medias de nylon? —murmuró Molly.— ¿Foie gras? ¿Quién es Mr. Paravinci? ¿Papá Noel? (Ibid, 101) |
La pregunta la responde Wren asomándose por la puerta.
| —Supongo que alguien que se dedica al mercado negro. (Ibid) |
A modo de conclusión podemos afirmar que si algo ha hecho de esta obra un clásico del teatro de Agatha Christie es sin duda su facilidad para plantear enredos. Una obra donde nadie es quien dice ser, o quien aparenta ser. Empezando por Mrs. Lyon, la primera víctima; Mrs. Boyle, la segunda víctima, relacionado con el caso de la granja Longridge. A continuación aparece Wren, que es en realidad un desertor del ejército; Paravinci, un misterioso y siniestro hombre que en realidad es un contrabandista; el comandante Metcalf, que no es sino un agente de Scotland Yard. Y por último el sargento Trotter, bajo quien se oculta uno de los tres hermanos destinados a la granja Longridge. Este juego de dobles identidades, junto con la atmósfera de misterio y los crímenes, han convertido a La ratonera en todo un clásico de la literatura de suspense, y en sin duda el icono de la obra teatral de Agatha Christie.
A título personal he de decir que he tenido la oportunidad de ver la representación de La ratonera y Una visita inesperada no hace mucho tiempo, y sin lugar a dudas, la primera de ambas me dejó un buen sabor de boca. Cabe decir que leerla después ha servido para refrescar mis recuerdos, pero en ningún momento ha superado las expectativas de la representación.
Notas
(1) William Shakespeare, Obras Completas. Tragedias. Hamlet, Aguilar, Madrid, 2003, pp: 107-64.
Referencias
Estas son las referencias que yo he empleado. Por supuesto que no son las únicas ni las mejores.
—Christie, Agatha, Tres ratones ciegos, RBA Libros S.A., Barcelona, 2008.
—García Díaz, Enrique, “La producción teatral de Aghata Christie”, El coloquio de los Perros: El curioso pertinente, Nº 22, Cartagena, Otoño, 2008.
—Osborne, Charles, La obra teatral de Agatha Christie, en Agatha Christie, Café solo; Una visita inesperada y La telaraña, Barcelona: Random House Mondadori, 2004, pp. 419-22.
—William, Gill, Agatha Christie. Vida y misterio, Madrid: Espasa Calpe, 1993. |