Micah P. Hinson
Un clásico secreto
Diego Sánchez Aguilar
Micah P. Hinson es el más grande de los song-writers que ahora mismo luchan por conquistar nuestros oídos saturados por archivos de megas y gigas de música. Entre toda esa maraña de ceros y unos, que se traducen luego en curiosidades perdidas de nuestros grupos favoritos de la adolescencia (y que, como aquellos sueños y emociones, se quedan en una carpeta amarilla que nunca llegamos a descomprimir); entre decenas de grupos innovadores, vanguardistas, revisionistas, pesados, geniales, divertidos, irónicos, vergonzosos, electrónicos, acústicos, inanes, interesantes, a los que damos la oportunidad cruel de una escucha cada vez menos atenta; entre toda esa maraña, seguramente habrán escuchado alguna vez una voz profunda, oscura y serena. Tal vez no le han dado demasiada importancia, tal vez está todavía ahí, en sus archivos de música, entre Magazine y Mogwai. Vuelvan a la M. No lo pasen por alto. Busquen, por ejemplo, ese archivo llamado Micah P. Hinson and the gospel of progress (su primer disco, de un ya lejano 2004) y, para no fallar, para no andarse con sutilezas, para que sus empachados oídos no tengan que afinar demasiado, vayan a la pista 3: “don’t you” o a la 4, “the possibilites”. ¿Ya? ¿Ven lo que les decía?
También es cierto que yo juego con ventaja. He de reconocer que no descubrí a Micah P. Hinson en la jungla digital. Era el año 2005, Primavera Sound, Barcelona. Todavía eran las siete de la tarde, la hora reservada a los novatos, a los de segunda fila. Mientras paseaba con mi mujer por el agradable recinto con vistas al mar, con el programa en la mano lleno de nombres desconocidos, ella sugirió que nos acercáramos a ver a un tal Micah P. Hinson del que había escuchado en la radio una canción “preciosa”. Nos sentamos en las gradas y, mientras esperábamos a que apareciera, mi mujer me decía que tenía una voz profunda, algo cascada, que sería una especie de Nick Cave o de cantante neocountry barbudo y apaleado por la vida y toda esa imaginería típica. Y entonces aparece un chaval pálido de veinte y pocos años, con gafas y gorra de camionero, una especie de nerd tejano, tímido, nervioso, con más pinta de pipa que de cantante poseedor de una voz como la que ella había descrito. Y con prisa, como si estuviera deseando salir del escenario, se pone a cantar. Y ahí estaba. Esa voz. Como un regalo del cielo que él mismo no hubiera pedido pero que era demasiado grande (la voz) y demasiado pequeño (él) para no mostrarla, prestárnosla. Profunda y serena, de un más allá en el que sin embargo estábamos todos, un más allá de nuestra ironía, de nuestra “inteligencia”, un más allá que olvidamos continuamente y que, muchas veces llamamos “tristeza” pero solamente por nuestra torpeza, por nuestro mal comercio con las palabras. Y junto a todo eso, de vez en cuando también la aspereza, como si él, Micah, el joven tejano agraciado con ese don, se rebelara y quisiera romperla, romper las cuerdas vocales, la garganta, convertirlo todo en un grito más allá de la belleza, de la tristeza y de las palabras.
Fue solo media hora. Pero fueron los mejores treinta minutos de un festival plagado de estrellas. Estuve un buen rato sin poder hablar. Con un nudo en la garganta. Y no, no era tristeza. Era felicidad, era agradecimiento por haber tenido el privilegio de estar ahí, en ese pequeño lugar de Barcelona que durante treinta minutos había sido el centro del universo. Por haber visto a Dylan en el 65, por haber visto a Elvis en el 56, por haber estado ante Nick Cave en el 84, ante Cohen en el 67.
Cuando la vanidad, la estupidez y demás sentimientos habituales regresaron a mí, ya me deleitaba con lo que diría dentro de un par de años, cuando todo el mundo adorara a este chaval tejano. Cuando su fama fuera televisiva, publicitaria, masiva y vulgar, yo presumiría de este concierto, de haber sido uno de los elegidos que lo vio cuando nadie lo conocía, “no éramos más de 200 personas”, “luego me lo encontré, al lado, viendo el concierto de Centr-o-matic…”, cosas así estaba ya preparado para decir, henchido de un absurdo orgullo que contradecía la esencia sincera y demoledora de la actuación que había visto.
Para terminar de asentar mis augurios sobre su fama, a los pocos días de ese concierto busqué la poca información que había sobre el prodigioso chaval y (con bastante desagrado, he de reconocer, pues odio los biopics) descubro que su corta vida tiene todos los elementos requeridos y establecidos por la tradición del biopic en su versión “genio del rock”. La peli podría comenzar, para situarse histórica y políticamente, con un loco enamorado de la Jodie Foster de Taxi driver disparando sobre Ronald Reagan. Se abre plano y se descubre que las imágenes del atentado pertenecen a la televisión de un hospital. Tremendamente preocupado por el intento de magnicidio, pero también por la salud de su esposa y de su recién nacido hijo, vemos al padre de Micah P. Hinson, un integrista cristiano de Memphis; luego vemos sonreír a la madre, cuya mirada sigue la cámara hasta detenerse en un primer plano del bebé mientras se oye la voz rotunda y autoritaria del padre que, fuera de plano, anuncia “se llamará Micah”. Fundido a negro. Luego vendrían algunas secuencias de un niño de doce años, encerrado en su habitación, tocando una vieja guitarra, el mismo niño con 15, peleando con sus intolerantes padres y, por fin, el morbo, el Gran Tópico, la Experiencia Oscura que necesita todo genio que quiera tener su biopic: una femme fatale, viuda de estrella de rock local, modelo de Vogue que duplica los 17 o 18 añitos de Micah P., lo saca de su casa y crucifijos, lo lleva a dar un paseo por el wild side, lo hace adicto a los narcóticos, ladrón de farmacias, vagabundo, hasta que, como debe ser, acaba en la cárcel y acaba solo, sin viuda negra, sin coche, sin casa, sin familia. Entonces se arrastra hasta un piso donde unos colegas le acogen y empieza la sublimación. Secuencias de Micah P. encerrado con su guitarra, componiendo lo que será su primer disco: canciones que hablan de la ruptura con la viuda negra, lágrimas mientras compone ‘The day Texas sunk to the bottom of the sea’, etcétera. Tampoco podía faltar el Amigo Cazatalentos, el que descubre que esas canciocillas biográficas y dolientes son algo más que una terapia adolescente para el desamor, el que le abrirá la puerta de la Fama: John Mark Laphan, el cantante de The Earlies, antiguo amigo de Micah con quien se reencuentra en un concierto y que nada más escuchar sus canciones se lo lleva a Inglaterra, y el resto es historia.
Pero la fama (ese grado de fama que justifica un biopic hollywoodiense) no le ha llegado. Desde luego que no es un desconocido. En 2004 su disco estuvo en todas las listas (independientes, claro) de lo mejor del año, y no solo fuera de España: aquí tuvo portada del RDL y, si volviera al Primavera Sound, estoy seguro de que no tocaría media hora las siete de la tarde. Sin embargo, sus discos posteriores, todos ellos excelentes, han pasado mucho más desapercibidos. En 2005 publicó The Baby and the satelite, un EP delicioso, modesto y sin embargo enorme. En 2006 vio la luz su segundo LP, Micah P. Hinson and the opera circuit y en 2008 su tercer LP, Micah P. Hinson and the red empire orchestra. Ninguno de ellos ha tenido la repercusión que merecían, en todos ellos el talento se desborda en canciones aparentemente sencillas, tranquilas, sin alardes, sin excesos de inteligencia, de posmodernidad, de ironías vacías (no tengo nada contra la inteligencia, la posmodernidad o la ironía, al contrario: en mi altar personal de los últimos diez años, junto a Micah P. están The Magnetic Fields, que nadie sospeche nada). Él sigue cantando al margen de todo, con una personalidad absolutamente singular, aunque podría citarse a Roy Orbison, a Dylan, al Elvis de las baladas, a Johnny Cash, a Leonard Cohen, a Smog, a Lambchop y a todos los que, en esa línea, les puedan venir a la cabeza. Sin embargo esta enumeración solo es válida para los que todavía no le conocen. Los que ya lo han escuchado negarán con la cabeza, y acertarán. Su nombre merece estar en esa lista, pero no como elemento comparado, sino como elemento de comparación, porque él es ya un clásico: su voz grave y profunda; su manera nada afectada de componer como si estuviera solo en la historia de la música, sin tener que parecerse o diferenciarse de nadie; el sentimiento de calma obtenida por encima del dolor; la naturalidad y la modestia con que entrega esas pequeñas joyas que ignoran las modas, las poses, los espejos mágicos. Todo eso lo convierte en un clásico; un clásico algo secreto, tal vez la única forma que queda ya, en la era mp3, de ser un clásico. Espero que, gracias a eso, nos ahorremos el biopic.
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P.S.: Ahora, mientras reviso el artículo para entregarlo en el último día de plazo que me da Juan de Dios, descubro que acaba de salir a las tiendas (no, no en la de mi pueblo, ya he ido y aún no lo tienen; cuando ustedes lean esto no habrá problemas) el último disco del tejano: All dressed up and smelling like strangers. Se trata de un disco doble de versiones. Veo en internet la lista de temas y aparecen casi todos los clásicos que había mencionado en mi artículo: Bob Dylan, Elvis, Roy Orbison, Leonard Cohen y, además, con esa franqueza, modestia u osadía, según se mire, ha elegido los Grandes Temas. No ha ido buscando la canción extraña que revele su vasto conocimiento de la música, sino la Gran Canción, la que todos conocemos: ‘The Times they are a-changing’, ‘Are you lonesome tonight’, ‘Suzanne’…
Aun sin escucharlo, sé que será un gran disco. Estoy seguro de que la voz del tejano será capaz de que esas canciones mil veces oídas vuelvan a emocionarnos. No lo duden: Micah P. Hinson no es solo un gran compositor, es un gran intérprete y está dotado no solo con la voz, sino con la inocencia, la pureza y la sinceridad suficientes como para poder hacernos creer de nuevo que The times they are a-changing.
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