ANTONIO LUQUE
Un hombre tranquilo
José Óscar López
«Sobre tales bases, ¿quién hubiera podido montarse ni la más ligera novelería?» se preguntaba Gombrowicz en una de sus novelas acerca de sus propios procedimientos y de los ingredientes con los que novelaba. Antonio Luque afirmaba tajante en una de sus primeras canciones: «No pisaré más tu dique de broma, tu gominola. Bye, bye». Pero no abandonó la broma ni la gominola, por fortuna, con un grupo, Sr. Chinarro: aires fellinianos e instrumentos de juguete se repartían en el botín de sus singles y medias y largas duración con atmósferas más densas y sombrías; falsas canciones infantiles que volaban junto a mininovelas vanguardistas sobre la vida en pareja o paseos en coche en torno a plazas de toros y diciendo adiós a los guardias civiles. «Vivir sin teoremas», cantaba, y también más adelante, en una inesperada etapa electrónica: «¿Te imaginas que Supermán fuese a la playa con camiseta de Supermán?».
Las prosas de su blog De higos a brevas presagiaban su siguiente movimiento: ahora amplía su campo de operaciones para trasladar sus bases y toda su logística a la literatura: ha publicado un relato en la antología Matar en Barcelona y —también con la editorial Alpha Decay— ha publicado su primer libro de (dos) relatos: Socorrismo.
Cuando en los noventa la llamada música indie española pretendía no andar ensimismada y, queriendo expandirse a través de un inglés “guachiguá”, no lograba salir de los hollados senderos de tres o cuatro o dos grupos extranjeros, él hizo de ese ensimismamiento un viaje fascinante de exploración por terrenos no hollados por nadie antes, y hollados por él a partir de los rastros que, como picas hic sunt dracones tras de sí, dejaron los poetas del 27. Ese ensimismamiento experimental y juguetón de lo que podríamos denominar una primera etapa suya como compositor nos ha dejado a sus fans todo un repertorio de flores raras, de extraña fascinación.
La primera vez que lo vi en directo fue en Cartagena con la gira de El fuego amigo, disco que abría una fase que aún dura: el hombre que salió de la tarta —«sal de la tarta, sal de la tarta, vete a tu casa»— abogaba y aboga por canciones más diáfanas y contenidas, en canciones que mantienen intacto su genio. Antes del concierto, lo vi delante del escenario absolutamente concentrado en el partido de fútbol que se proyectaba sobre una pantalla gigante. Cuando llegó la hora de empezar, se metía tranquilamente los faldones de su camisa mientras subía al tablado a reunirse con el resto de la banda.
Rimar Kafka con tasca, al canciller Schröeder con las Redes: es lo que sucede cuando la prosa más literaria se ejerce desde la tierra de las tapas y los pinchos; cuando se mezcla con la canción de la gallinita ciega y recoge el surrealismo de los relatos fantásticos tradicionales —«arrastra la madrastra su lengua de fuego», cantaba en otra canción— para acompañarlos con castañuelas en bucle. Andalucía alumbró a Lorca, y Luque es un Lorca tímido y gandul —un gandul con su vigesimoprimer disco y undécimo elepé en camino— que te disparará con su pistola de palabras de colores si te pones pesado.
O como reza otra de sus canciones: «Aleluya, pero cierra el maletero».
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—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Leyendo su libro me he acordado de algo que decía Jack Kerouac: «Solo si gozas escribiendo lograrás que goce tu lector». Creo que usted no es de los que sufren escribiendo.
—ANTONIO LUQUE: Me lo pasé bien, sí. Ni corregí ni nada. Ahora que trato de seguir los consejos de un manual me esfuerzo más. Espero que los resultados justifiquen tanto trabajo. Cuando estudiaba Agrícolas defendía a muerte lo del “no laboreo”.
—ECP: Así como en las letras de sus canciones, he encontrado en sus dos relatos innumerables hallazgos expresivos. ¿El lenguaje es una fiesta?
—AL: No, pero debería serlo. Desde luego, no sirve de mucho si no. A los animales no les va mucho peor con unos códigos aparentemente más sencillos. ¡Algunos hasta vuelan!
—ECP: Hay que tener mucha osadía, o divertirse mucho escribiendo, para hacer rimar «Kafka» con «tasca» o «las Redes» con «el canciller Schröeder».
—AL: O «avión» con «Rimbaud», en una de las nuevas. ¿Por qué no?
—ECP: Frases hechas deshechas y vueltas a hacer, el inesperado lado oculto y surrealista del refranero…
—AL: Parece que es más recomendable hacer esto en las canciones que en los cuentos. Intentaré contenerme.
—ECP: A la vez y a veces, usted se centra en los aspectos más divertidamente grotescos —grotescos y jocosos— del ser humano.
—AL: Es el ser humano el que se obstina en hacer el gamba.
—ECP: Creo que comparte uno de los rasgos sobresalientes de Cervantes, y es que usted siempre muestra comprensión humana hacia todos los personajes de sus relatos o sus canciones.
—AL: Me abruma usted, aunque guarde las distancias. Observe que tengo la manía de acabar con explosiones.
—ECP: En el relato ‘La mina’, que abre Socorrismo, juega con la confusión entre el pasado que relata y el presente desde el que se contempla ese pasado. Las cosas han cambiado mucho desde entonces y, sin embargo, pareciera que han cambiado poco a la vez.
—AL: Es un alivio que se entienda eso que pretendía decir. Perfecto. Gracias. La humanidad no evoluciona, simplemente se desplaza (esa es la frase del «Rimbaud» que rima con «avión»).
—ECP: La presencia de los ingleses en este relato me hace recordar su canción ‘El cabo de Trafalgar’. ¿Han llegado a convertirse los ingleses en parte del folclore andaluz?
—AL: En las minas de Huelva eran los que mandaban. Por eso aparecen, creo. De ahí lo del Recreativo de Huelva, el primer equipo de fútbol de España.
—ECP: Sr. Chinarro desembarca en la escena musical en un momento en que muchos grupos españoles deciden cantar en inglés, o algo parecido al inglés: eso que usted mismo llegó a definir en alguna ocasión como «inglés guachi-guachi». No sé si tendrá que ver con ello en forma de broma, pero su “traducción” de ‘The Figurehead’ de The Cure es muy divertida, todo un acto dadaísta y desvergonzado cuando usted cantaba aquel estribillo de «un-dos-tres, al escondite inglés»…
—AL: Me daba pánico volver a grabar en inglés cuando aquello de The Cure. No sé por qué, pues lo pronunciaba y lo pronuncio mejor que muchos que se empeñan aún en comunicarse con sus vecinos como si fueran hijos de la Gran Bretaña.
—ECP: En su ‘Socorrismo’, narración que da título a su primer libro, usted relata lo que pudiera ser el lado nunca relatado de un culebrón venezolano… En alguna canción de Sr. Chinarro también aparece Betty la Fea. ¿Es el culebrón la gran tragicomedia de nuestro tiempo?
—AL: Estuve locamente enamorado de Abigail.
—ECP: El fútbol, el culebrón… No pertenecerá usted a esa clase de gente que tan absurdamente denuesta la televisión…
—AL: Ha dejado una huella indeleble en mi vida. Por eso no la necesito más.
—ECP: Junto a esa visión desenfadada de la vida en pareja que recorre el repertorio de Sr. Chinarro, hay otra perspectiva más pesimista, aunque sea un pesimismo aliviado por la melancolía, la ironía o el humor. Pienso en la portada del disco La primera ópera envasada al vacío, con una pareja dándose la espalda en ella.
—AL: Vi la portada cuando estaban ya los discos fabricados. Poco puedo decir, en general, del asunto de las portadas. Me llamó la atención que un disco tan extraño como aquel lograse transmitir a los demás el desasosiego y la tristeza que los asuntos del amor me provocaban entonces. Milagros de la música.
—ECP: Podríamos entender ese disco como dentro de un río subterráneo que, a mi entender, recorre la discografía del Sr. Chinarro: el de los discos conceptuales. Algo a lo que volvió en sus canciones electrónicas como las de ‘La tapia del perejil’.
—AL: El nuevo disco será también así. No tiene por qué ser un disco raro, sin embargo. A ver qué tal queda.
—ECP: Me fascina la forma en que a veces sus canciones reflexionan, con humor y con poesía, sobre sí mismas o sobre los procedimientos técnicos con los que están realizadas, como en ‘25 W de una idea’.
—AL: Muchas gracias. En general, cuando uno tiene algo que decir lo dice sin rodeos, y es escuchado por más gente que cuando se pregunta por su papel como individuo que se dedica a buscar las cosas que debería decir. Creo que lo ideal es hacer ambas cosas a la vez.
—ECP: Sé que le fastidia que lo acusen de críptico. Defiéndase, si le apetece.
—AL: Así es la vida.
—ECP: Además de reflexionar, a veces, sobre sí mismas, sus canciones incluso se ríen con deliciosa sorna de sus mismos oyentes: «No me coges, no me coges», cantaba en ‘Tres pianos’...
—AL: Y con amargura. Prefiero que se me entienda, créame.
—ECP: Una proporción inmensa de nuestro cancionero popular —valga por pop— resulta bastante críptico, ya sean de carácter más narrativo —como los tangos— o más lírico —por no irnos a los romances medievales. ¿Contar sugiriendo?
—AL: Ya hay bastantes artistas que se expresan con una claridad casi idéntica a la del papel en blanco.
—ECP: Usted se adelanta al auge actual del microrrelato componiendo sus canciones como pequeñas novelas.
—AL: Se comprende entonces el lío que monto con mis primeros intentos como novelista puro.
—ECP: Podríamos comparar muchas de esas canciones con icebergs, porque quizás parte de la fascinación que producen reside en todo lo que en ellas se elide.
—AL: Eso dice una amiga mía crítica, sí. Todos somos un poco así, como icebergs, ¿no?
—ECP: Dicen que la poesía, en sus inicios, era cantada y con música. Usted comparte con Santiago Auserón, quien es citado también como otro gran letrista de nuestro pop, una decidida voluntad lírica.
—AL: En un par de años se puede tocar la guitarra como para acompañar cualquier poema. No entiendo cómo hay tantos poetas que no la usan. Acompaña, tiene curvas, te sirve de escondite, la guitarra es un gran invento.
—ECP: Se sirve con bastante desparpajo de los así llamados acentos populares. Recuerdo, por ejemplo, de la canción ‘Ouija’, aquellas castañuelas en bucle; o los deliberados dejes andaluces puntuales, en su voz y en multitud de giros expresivos, sobre todo a partir del siguiente disco de Sr. Chinarro, Noséqué-Nosécuántos.
—AL: Tengo que controlar eso un poco más. Queda raro que en el mismo disco haya canciones con acento andaluz y otras sin él. Creo que se debe a que en Andalucía no terminamos de estar orgullosos de nuestra condición. Y lo peor es que puede que haya razones para no estarlo.
—ECP: A su disco de caras B y rarezas, subtitulado con mucho humor “Las rarezas de Antonio Luque”, lo tituló Despídete del lago: no solo es una frase de la película Brácula: aquí llega Condemor II, sino que además, en esa recontextualización que usted hace de ella, está usted haciendo, una vez más, poesía de alto voltaje. ¿Cree usted que la poesía se encuentra en cualquier parte? ¿Qué “solo” —con gigantescas comillas— hay que tener las narices de ir a buscarla?
—AL: En fin, tampoco es que estuviese muy orgulloso de ese título. Me alegra que le guste. Es muy posible que el guionista de la película tuviese alguna ambición poética cuando escribía los diálogos. Al menos en ese punto en que Chiquito se iba a comer la rana.
—ECP: Disculpe mi frikismo. ¿Conoce usted a Chiquito de la Calzada?
—AL: Me lo crucé por la calle. Iba diciéndole a su mujer: «Noooor». ¡En serio!
—ECP: Arribó usted a la escena musical en un momento en que esta se recomponía lentamente tras el corto verano de los ochenta. ¿Qué quedaba entonces de esa movida borrachera?
—AL: A mí me gustaban los grupos españoles de los ochenta, en general. Pero se les veía un poco agotados. Llegó el momento del relevo y algunos no quisimos darnos cuenta de la oportunidad que eso suponía.
—ECP: Fernando Alfaro con Surfin´ Bichos y otros grupos marcaron la inflexión hacia los noventa. ¿Cómo ve, pasado el tiempo, esos noventa? ¿Se cimentó algo en ellos, para los chicos que quieran hacer hoy música?
—AL: Con Surfin Bichos, Los Enemigos y aquellos grupos-puente (Cancer Moon y alguno más que ahora no recuerdo) me entusiasmé igual que con Radio Futura, Aviador Dro y otros de los ochenta. Y en los noventa pasó igual. En cada generación, digamos, hay algunos que dan con la tecla y otros que se quedan en el camino, aunque hayan ayudado al movimiento con su esfuerzo también.
—ECP: A un estilo tan personal y único como el de usted, ¿qué sumaba a Sr. Chinarro David Belmonte?
—AL: Lo pasábamos muy bien con su cuatro pistas. Era una dinámica de trabajo que venía de perlas: un teclado con caja de ritmos y un cuatro pistas (y una eléctrica que grabábamos por línea —y un micro, claro—). Trabajábamos probando sobre la marcha las ideas más disparatadas, grabándolas. Era un problema cuando había que llevarlas al escenario, eso sí.
—ECP: Me ha sorprendido escucharle en alguna ocasión calificar como boutades a sus excursos electrónicos, como si quisiera renunciar de esas canciones. Bueno, la verdad es que tiene usted la manía de renegar de todas esas facetas que han ido componiendo y haciendo rico y complejo el proyecto Sr. Chinarro.
—AL: Da igual qué pueda decir yo. Total, como no se me entiende...
—ECP: «No pisaré más tu dique de broma, tu gominola», cantaba en el primer larga duración de Sr. Chinarro, y en el segundo: «Qué estúpidos son los reyes magos». ¿La infancia es el auténtico paraíso perdido?
—AL: No, no. Yo soy mucho más feliz ahora. Los niños pueden hacer todo excepto lo que les dé la gana. No se me ocurre nada peor.
—ECP: Hay en sus canciones continuos juegos con los nombres de juegos infantiles, de la misma forma que juega con el refranero o con el inmenso repertorio de frases hechas de nuestra lengua. ¿Es la memoria un jardín de juego?
—AL: Es lo que tenemos.
—ECP: ¿Es la vida adulta la verdadera oportunidad que se nos da para jugar de verdad?
—AL: Al que la quiera aprovechar, sí.
—ECP: Muchos destacan su actitud en sus primeros trabajos como experimental, si no punk bastante gamberra, técnica y conceptualmente. Pero en canciones tan diáfanas, tan aparentemente tradicionales como ‘San Antonio’ o ‘El teórico’ —en la que usted incluye arreglos de ¡bandurrias!—, de su último trabajo Ronroneando, percibo la misma y constantemente remozada actitud punk.
—AL: Muchas gracias. Veo que usted me entiende. ¿Podría hacerme el favor de clonarse?
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