Los tres exilios de Arturo Barea
Antonio J. Ubero
Cuando supe de la aparición por primera vez en España de La raíz rota, segunda novela de Arturo Barea (Badajoz, 1897 - Londres, 1957) —o cuarta si tomamos las tres partes en que se compone La forja de un rebelde como obras independientes que constituyen un ciclo—, gracias a la editorial Salto de Página, me pregunté sobre el motivo por el cual esta obra ha permanecido inédita en nuestro país durante 58 años. La primera idea que me vino a la mente fue que los editores españoles no habían tenido demasiado éxito en la gestión de los derechos con quienes administran la obra de Barea; consuelo fútil teniendo en cuenta los esfuerzos ímprobos que muchos de ellos realizan para hacerse con la propiedad de trabajos mucho menos indispensables, y más cuando por fin es un sello independiente y joven el que lo logra con menos dificultades de las que, en un principio, cabría imaginar a tenor de la cada vez más inexplicable dilación. Tampoco me cuadraba que fuese una editorial poderosa como Random House Mondadori la que, en su sello Debate, hubiese publicado en el 2000 la edición corregida de La forja de un rebelde y el volumen que, titulado Palabras recobradas, reunía las reflexiones, cartas y escritos políticos del escritor pacense, y en 2001 su colección de relatos en un ejemplar titulado Cuentos completos, y se olvidase por completo de esta novela que, en cierto modo, constituye el corolario preciso a su obra más conocida y cierra así el ciclo que da sentido a la empresa literaria de Barea. Tampoco es excusa el hecho de que, si bien La forja de un rebelde ya había sido publicada en España por Turner en 1978 con una traducción apresurada y, tras su adaptación al celuloide en los años 80, gozara de los elementos necesarios que justificaran su lavado de cara, pues aplicando un estricto criterio de calidad literaria y, acaso documental, La raíz rota hubiese debido acompañar de inmediato a aquella permitiendo al lector descubrir toda la dimensión de la propuesta de Barea. Y desde luego, ni las tibias críticas recibidas por la novela olvidada en el momento de su aparición en el mercado anglosajón, hubiesen debido pesar sobre su consideración, sobre todo si se tiene en cuenta que peores fueron y siguen siendo las que reciben sus relatos y, sin embargo, han sido agraciados con un flamante embalaje editorial. Sea cual sea el motivo real, el trabajo editorial quedó inacabado, hasta ahora.
Quizás ni el propio Barea, cuando abandonó España, en 1939 supiera del trato editorial que iba a recibir la obra que ya iba conformando en su mente no sólo en tiempos de la ya por entonces inevitable tiranía que se adueñó de España, sino por aquellos que luego de la muerte del dictador tenían como obligación fundamental devolver el prestigio perdido a una literatura cercenada por la sinrazón. Y si así fue en algunos casos muy señalados, no es menos cierto que esos mismos editores que disponían ahora de libertad para elegir los títulos de sus catálogos, se sumaron al desagravio general del franquismo orquestado por los arquitectos de ese proceso que llamaron “transición” y mantuvieron en primera línea a quienes lograron nutricias carreras literarias al amparo del régimen en detrimento de la literatura del exilio. Una producción que si encontró atención no fue precisamente la que, en justicia, merecía por su valor literario aunque se recibiera con gran alborozo y no pocos empeños editoriales la de aquellos autores que, como Alberti o Ayala, adquirieron categoría de símbolos entre quienes entonces regresaban a la luz del poder desde las catacumbas de la oposición. No quiero decir con esto que la obra de los dos escritores que he citado desmerezca la atención recibida, ni mucho menos, pero sí creo que su dimensión simbólica eclipsó en buena medida la consideración que debía haber suscitado la obra de tantos otros que mantuvieron viva la esencia literaria española desde una distancia impuesta.
Así, mientras Cela, Torrente, Gironella o Ridruejo, campeones de las letras durante el franquismo, recibieron de la democracia una recompensa por haber sabido escenificar con grandeza su alejamiento de la dictadura que les prestigió con parabienes y cargos excelsos, ocupando las mismas posiciones de privilegio en catálogos, listas de ventas, estudios y programaciones escolares, en desigual pugna con mártires populares como García Lorca o Miguel Hernández y exiliados militantes icónicos como el citado Alberti, mucho menos populares y normativos que aquellos, otros como Pedro Garfias, Juan Chabás, José Bergamín, Max Aub, Luis Cernuda, Rosa Chacel, María Zambrano, Manuel Altolaguirre y, por supuesto, Arturo Barea han sufrido y sufren el tormento del olvido más absoluto. El anatema de la taxonomía combinado con el menosprecio que sucede a su reinserción en la historia de la literatura española como precio, demasiado alto a mi juicio, por la aceptación en un acervo del que fueron borrados deliberadamente durante demasiados años. Una paradoja que Ayala describe a la perfección en La cuestionable literatura del exilio, cuando denuncia «la exclusión de nuestro nombre del cuadro de la literatura contemporánea para arrinconarnos en una especie de lazareto», al que se conoce como “literatura del exilio”. Una etiqueta que conjuga el olvido como consecuencia inapelable.
Por eso, es necesario despojar al exilio literario del carácter grupal que induce a una falacia taxonómica al relacionarlo con un estilo concreto marcado por la aparentemente común intención de sus integrantes de oponerse al régimen que los anatemizó, y otorgarle a cada uno de ellos el valor que se merecen en virtud de su genio literario. Pues es tan incongruente el valorarlos por su circunstancia como despreciarlos por su escasa trascendencia en el canon literario español, impuesta entonces por criterios de naturaleza ideológica o por la prudencia de aquellos que debían relatar la realidad de las letras en este país. Y ahora por el rigor de un mercado que desprecia todo aquello que no es rentable como corolario del empobrecimiento progresivo de una cultura que reniega de los referentes en beneficio de una supuesta modernidad.
Así, la reciente publicación de La raíz rota erige a Barea en paradigma fortuito de ese olvido manifiesto por toda aquella literatura que se fraguó fuera de nuestras fronteras y que, aún bajo el peso de la etiqueta, suscita experimentos estúpidos en forma de antologías cuando aún esperan muchos originales ver la luz de las librerías en ediciones dignas de su dimensión literaria. La aparición de la novela del escritor pacense es un ejercicio de audacia que debe ser un ejemplo para muchos editores que buscan con denuedo obras que prestigien su sello. Hoy sólo es posible encontrar algunas obras de aquellos escritores en voluntariosas ediciones de esos intrépidos sellos independientes, como Visor, Libros del Innombrable, Renacimiento, Calambur, Península, Pre-Textos o Salto de Página, sin olvidar, por supuesto, a las ya reconocidas Cátedra y Espasa Calpe en su colección Austral, que malviven en rincones olvidados de los estantes de las librerías a la espera de algún aventurero de las letras en busca de alivio a su melancolía. Cuando en realidad queda todo un universo desconocido u olvidado que aguarda ver la luz para demostrar que hubo en un tiempo y en un lugar quien mantuvo las esencias de las letras españolas a salvo de las tinieblas.
Barea ha regresado por fin a España después de sus tres exilios. El primero, en 1939, fue físico, y así lo narra en ese monumental e indispensable testimonio de la España de la primera mitad del siglo XX que se reunió bajo el título La forja de un rebelde; el segundo, el del espíritu, lo imaginó en 1949 cuando Antolín, su trasunto en La raíz rota, regresa a España en busca de redención y comprueba que no la hay para quien huyó del horror y la podredumbre; y el tercero, el de la memoria, aún lo sufre a pesar de que hay quienes se empeñan en mostrar su grandeza. Pero Barea, como todos los demás escritores que renunciaron a su pasado por preservar su futuro, han sido y son demasiado incómodos para ese engendro surgido de la reconciliación. Hoy vivimos el resultado de aquel proceso que perdonó el crimen, asimiló las costumbres e interiorizó la esencia de un régimen abyecto que detuvo España en un punto de la historia durante 40 años. Y es evidente que el universo de todos aquellos que, como Barea, supieron ver lo que se avecinaba y lo relataron con libertad no era compatible con la resignación con que se afrontó el proceso democrático y, mucho menos, con el olvido que se intenta imponer entre quienes prefieren recordar.
Relatar con la claridad con que lo hizo Barea todas las vergüenzas de un país sometido a los designios de una casta tan poderosa como inmutable formada por caciques, curas, militares y políticos oportunistas, que pastoreaban a unas gentes necias, serviles y proteicas, cómplices cuando no partícipes de la corrupción generalizada que definía las relaciones sociales y económicas, es un ejercicio demasiado peligroso para el olvido. Cada uno de los volúmenes de La forja de un rebelde está dedicado a una de esas toscas formas de opresión: la iglesia y la economía en La forja, la milicia y la sociedad en La ruta, la política y la ira en La llama. Y más cuando todos esos rasgos definitorios gozaban (y gozan) de una vigencia insólita en el momento de la construcción de la democracia. Quién aceptaría en una sociedad libre a quienes esquilmaron a todo un pueblo con el beneplácito de los vicarios de dios, así como a los políticos mediocres que destrozaron desde dentro una ilusionante república. Cada revolución destruye u olvida los libros que ponen en tela de juicio las buenas y espurias intenciones de sus impulsores. Barea, y como él muchos de aquellos que se atrevieron a contar la realidad, fueron pasto de las llamas del desprecio.
Esa literatura es una de las grandes asignaturas pendientes en nuestro país y quizás en las reflexiones de Juan Rodríguez en su estudio ‘El exilio literario en la periferia de la literatura española’, incluido en El exilio literario español de 1939, se encuentre la solución al enigma de La raíz rota:
Hasta el presente, la “recuperación” del exilio ha consistido, con honrosas excepciones, únicamente en una apropiación espectacular por parte de algunos políticos que no tienen empacho en presidir centenarios e inaugurar, a bombo y platillo, fundaciones que en demasiadas ocasiones se convierten en mausoleos que conservan celosamente y editan de forma casi clandestina ese acervo cultural, ahora sí, ya definitivamente, “cautivo y desarmado” por la lógica perversa del mercado —donde un autor no está por que nadie lo conoce, y nadie lo conoce porque no está— que, una vez más, hace el juego a la reacción. Pero todo eso parece no importar. Lo único importante parece ser continuar escenificando la aparente reconciliación cuyo primer y más vergonzoso acto se escribió en la “modélica” transición que condicionó el establecimiento de la democracia en España.
Más allá del mercado y del espectáculo que lo sostiene, quienes ejercemos la docencia todavía tenemos el gozo de ver en ocasiones, en los rostros de los estudiantes, la alegría del descubrimiento, de la revelación de un pequeño fragmento de su memoria histórica escamoteada por la amnesia dominante. Es en ellos, en esos rostros deslumbrados por la prosa exacta y contundente de Max Aub, por la lucidez de Luis Cernuda, donde se comprenden las verdaderas razones de ese olvido impuesto y es que, a medio y largo plazo, la desmemoria favorece la conservación del presente en cuanto impide su cotejo con el pasado; y nuestra democracia consensuada por los políticos no resiste todavía, en muchos aspectos, la comparación con aquel proyecto transformador que fue la II República cuyos niveles de participación popular siguen siendo, setenta años después, superiores a los que hoy tenemos en España, como hace todavía más patente la involución democrática que está padeciendo el país en este cambio de siglo. |
Bibliografía
—Arturo Barea, La forja de un rebelde, Debate, 2000.
—Arturo Barea, Palabras recobradas, Debate, 2001.
—Arturo Barea, Cuentos completos, Debolsillo, 2006.
—Arturo Barea, La raíz rota, Salto de Página, 2009.
—Michael Eaude, Arturo Barea. Triunfo en la medianoche del siglo, Editoria Regional de Extremadura, 2001.
—Gregorio de Torres Nebrera, Las anudadas raíces de Arturo Barea, Diputación de Badajoz, 2002.
—Fernando Larraz, El monopolio de la palabra. El exilio intelectual en la España franquista, Biblioteca Nueva, 2009.
—Varios Autores (ed. Manuel Aznar Soler), El exilio literario español de 1939, Gexel, 1998. |