Para qué la poesía cuando a lo mejor es el momento de endosarle un chándal a Carmen Lomana. Un chándal rosa de Tom Ford para bailar urban dance mientras esperamos acurrucados tras los braseros que se derrita el hielo de las avenidas y de los palacios de invierno. Caminos ahora cortados y que nos conducen habitualmente hasta el Toys R Us a comprar el último videojuego de moda; o para arribar hasta el Carrefour más cercano y adjudicarnos una diadema estilo Antonio Canales, el bailarín, que nos ayude a separarnos los pelos de la cara a la hora de pelar patatas y cebollas, que se transformarán en ingentes tortillas casi de libro record guiness, con el sano pretexto de dar de comer a todo el vecindario, enclaustrados sin poder salir durante semanas, demandándonos éstos a los poetas del barrio que volvamos a recitarles el pasaje en el que Dido se despacha a gusto con el insípido Eneas, al descubrir por las siempre chinchorreras Furias su huida en silencio y su traición a una reina.
     Los parados, cada vez más tumultuosos, de nuestro vecindario, cuyo tiempo libre les ha empujado forzosamente a leer a los clásicos, se emocionarán nuevamente con aquello de

Nec tibi diva parens, generis nec Dardanus auctor, perfide;

 

© Ángel Gómez Espada

 

     Tiempos horrendos estos que abocan a la gente a refugiarse en la trilogía de Millenium mientras su futuro se atrinchera en las interminables colas del INEM, esperando el maná del subsidio de desempleo.
     Para qué la poesía entonces, me pregunto.
     La poesía no ha sido nunca un arma cargada de futuro, le pese a quien le pese. Alimenta los negros espíritus del presente con los restos del catering que nos dejó el pasado y sólo sirve para que, cuando releamos a Catulo en las distintas edades de nuestra trémula existencia, comprobemos horrorizados cómo hemos involucionado o evolucionado, cómo ya no somos ninguno de aquéllos, sino otro muy ajeno.
     La poesía viene bien en tiempos de crisis financieras y descalabros sociales. Las cabezas pensantes del FMI se giran entonces hacia nosotros y nos cuestionan: vosotros, poetas, que habéis vivido siempre sumergidos en una eterna crisis económica, ¿qué hacéis para sobrevivir, extrayendo petróleo donde los demás no ven más allá de una mezcolanza yerma de vocales y consonantes?
     Y es entonces cuando el mundo se detiene a escuchar al poeta una vez más decir aquello de

Buscas en Roma a Roma, ¡oh, peregrino!,
y en Roma misma a Roma no la hallas;

o ese comienzo glorioso y patrio:

Estos, Fabio, ¡ay dolor! que ves ahora,
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa

     Hemos tomado en cuenta la importancia de los adverbios, hemos adquirido la conciencia suficiente para curiosear entre la hermosa basura de las etimologías: para que el mundo subsane sus errores y extermine las carencias. Y así, afianzándonos todos en la palabra, en el adverbio, logremos sostener y equilibrar, por enésima vez, el endémico y edénico esperpento del capitalismo.



Ángel Gómez Espada

 

 

 

 

     CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.

(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)