Para qué la poesía cuando a lo mejor es el momento de endosarle un chándal a Carmen Lomana. Un chándal rosa de Tom Ford para bailar urban dance mientras esperamos acurrucados tras los braseros que se derrita el hielo de las avenidas y de los palacios de invierno. Caminos ahora cortados y que nos conducen habitualmente hasta el Toys R Us a comprar el último videojuego de moda; o para arribar hasta el Carrefour más cercano y adjudicarnos una diadema estilo Antonio Canales, el bailarín, que nos ayude a separarnos los pelos de la cara a la hora de pelar patatas y cebollas, que se transformarán en ingentes tortillas casi de libro record guiness, con el sano pretexto de dar de comer a todo el vecindario, enclaustrados sin poder salir durante semanas, demandándonos éstos a los poetas del barrio que volvamos a recitarles el pasaje en el que Dido se despacha a gusto con el insípido Eneas, al descubrir por las siempre chinchorreras Furias su huida en silencio y su traición a una reina. Nec tibi diva parens, generis nec Dardanus auctor, perfide;
Tiempos horrendos estos que abocan a la gente a refugiarse en la trilogía de Millenium mientras su futuro se atrinchera en las interminables colas del INEM, esperando el maná del subsidio de desempleo.
o ese comienzo glorioso y patrio:
Hemos tomado en cuenta la importancia de los adverbios, hemos adquirido la conciencia suficiente para curiosear entre la hermosa basura de las etimologías: para que el mundo subsane sus errores y extermine las carencias. Y así, afianzándonos todos en la palabra, en el adverbio, logremos sostener y equilibrar, por enésima vez, el endémico y edénico esperpento del capitalismo.
Ángel Gómez Espada
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