JOSÉ MANUEL RODRÍGUEZ

 

AVATARES DE LA REALIDAD

 

También el alma, para ser reconocida, deberá verse reflejada en otra alma.

(Platón, "Alcibíades")

 

     Observé el viejo y hoy tristemente cerrado Cine Coliseum una mañana de febrero, recién cumplidos los veinte años, en la que me dirigía a visitar a mi amigo Jesús Muelas a su casa en las afueras de Murcia. Elegí ir dando un paseo hasta allí, aunque la nostalgia que me perturbó con la visión de ese edificio sucio y abandonado me obligó a pensar en días mejores, en los que largas colas de gente impaciente por conseguir una entrada conformaban extrañas cadenas humanas en torno a la estructura de cemento. El Cine Coliseum vivía una de sus realidades. La otra era ésta: el irremediable olvido.

     Por cierto, fue al recordar el antiguo Cine Coliseum cuando me propuse hacer esta reflexión que hoy están leyendo. El Cine y, desde luego, la última película que pude ver allí: asistí a la versión original y definitiva de la magnífica película de Ridley Scott, Blade Runner, distinta a la que se había distribuido en las salas comerciales del país allá por 1982, y que se anunciaba en el cartel publicitario como "montaje final del director".

     Como sin duda recordarán los admiradores de este cineasta, este filme futurista, basado en un relato del novelista del siglo XXI Philip K. Dick, que llevaba por título ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, venía a ser, como señalara el crítico cinematográfico Antolín Rato, una alegoría (justificadamente) pretenciosa de la condición humana en una sociedad incrédula con su propia permanencia en ese mundo futuro y, por extensión, en el nuestro. Devastada hasta límites inverosímiles desde nuestra perspectiva actual, la Tierra ha sufrido el paso aniquilador de la Tercera Guerra Mundial y presenta un aspecto siniestro e inestable, nada tranquilizador.

     Scott, y esto es realmente lo que me interesa, realizó una versión muy personal de la novela, y las diferencias con ésta son manifiestas. A continuación, para ejemplificar la que luego será mi tesis sobre esta reflexión, les propongo una síntesis de esos rasgos diferenciales entre novela y película.

     En primer lugar, la novela retrataba una San Francisco despoblada y Scott nos introduce en una Los Ángeles superpoblada, encuadrando ambos la acción en noviembre del año 2019. Nunca me detuve a analizar exhaustivamente el porqué de este cambio, pero ahora me parece una manera de preservar la abrumadora atmósfera de la novela.

Los Ángeles superpoblada

 

     Los androides Nexus 6 del relato de Dick, que tienen un funcionamiento máximo de cuatro años (aunque en plenitud física) para no permitir que desarrollen emociones, y que se rebelan frente a esta "programación" a la que se ven sometidos, son llamados replicantes en el filme de Scott, aunque son del mismo modelo y están en las mismas condiciones.

     El cazador de androides rebeldes (replicantes), en ese futuro conocido como blade runner, se llama Rick Deckard, y en la película no está casado. Tampoco sé por qué Scott elimina esa faceta del personaje.

     Scott no trata, en absoluto, la importancia que en la novela se le da a la posesión de animales vivos, un requisito indispensable para no ser considerado de clase social baja, o poco menos que inmoral en la nueva sociedad. Incluso la gente que no puede permitirse tener un animal vivo en casa como mascota (desde luego, un objeto que pueda lograr que el poseedor fuera considerado socialmente era bastante caro) compra androides animales. Es tal la importancia de este factor que Dick muestra la misión de Deckard como un pretexto para, con el dinero que gane en ese trabajo de eliminar a los androides rebeldes, obtener su propio animal vivo. Además, esta importancia también la vemos en el título de la novela, bastante mordaz para mi gusto (los androides, debido a su límite de funcionamiento, están destinados a convertirse en ovejas que van al matadero, y su sueño es la pura utopía de saber cuánto tiempo les queda). En la película sólo aparecen dos animales: uno es una serpiente androide que participa en el número de una bailarina, que resulta ser una de los replicantes, en un club nocturno; el otro es un búho, en la mansión del creador de los androides Nexus 6, el ingeniero Tyrell, presidente de la Tyrell Corporation, lo que nos da una idea de su posición social: para sus semejantes, una persona muy respetable y muy rica; para los androides es un dios, un demiurgo de la electrónica, su creador, su padre, y lo sienten como nosotros podemos sentir la Cruz. Es la visión de un Scott que no acude a este asunto de la trama (tal vez lo considerase superfluo), y prefiere centrarse en el detective Rick Deckard.

     Deckard pasa de ser un hombre que trata de obtener importancia social con la posesión de un animal vivo, a ser un hombre atormentado por interminables dudas metafísicas acerca de su propia realidad -y de la realidad aparentemente ajena que suponen los androides Nexus 6-, así como también acerca del conflicto entre el bien y el mal. El hecho de que los androides acaben por matar a su creador, su dios, en la misma habitación del ingeniero, llevados hasta el límite de la angustia existencial que padecen y por el miedo a la muerte del que no estamos excluidos ninguno de nosotros, supone otra alegoría, más compleja y acaso más pretenciosa: Dios es derrocado por el hombre, que se transforma ahora en su propio dios, y en único responsable de sus acciones, único constructor de su destino. La necesaria coincidencia del conflicto hombre-Dios y el conflicto máquina-creador se extrema sobremanera en esta parte del filme, aunque no se desliga demasiado de la novela en este aspecto.

Historia de relaciones humanas

     Seguramente que Scott lo que rueda aquí es una historia de relaciones, humanas o no, y poco interesan los animales desde este ángulo o, al menos, la supresión es razonable en tanto que descubrimos a Deckard manteniendo una relación íntima con una androide, Rachel, una replicante que trabaja para Tyrell, abocada a un fin que Dick deja claro (muere, como todos los Nexus 6, a los cuatro años), y que Scott, sin embargo, prefiere abrir con un final nada consecuente con el hiperrealismo futurista y fatalista de Dick: la replicante Rachel no tiene fecha precisa de terminación. Un caso especial que ensombrece levemente la mirada de Scott.

     La realidad de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es la realidad retratada, pero es diferente en su sustancia. Todos los cambios de Scott crean una realidad paralela en la que los personajes y situaciones de la novela ya no dependen de Dick, sino de Scott. En cierta manera, se ven como dos dioses, y ambos buscan su propia creación, si bien Dick es el pionero esencial de una historia tan semejante (y tan dispar a la vez) con respecto a la visión de Scott.

     Por supuesto que yo ahora me decantaría por el triunfo del cineasta y su ensayo filosófico-cinematográfico acerca de la condición humana que por la novela de Dick, pese a ser ésta precursora de la anterior. Es normal; como ya señalé, la novela se publica en 1975 y mi lectura de la misma, veinte años después, está más alejada de la perspectiva de Blade Runner, rodada en 1982, y que me impactó enormemente cuando la vi allá en el año 1992, sobre todo en sucesivas visiones que siguieron a este descubrimiento.

     Decía el escritor griego Nikos Kazantzakis, respecto a su controvertida novela La Última Tentación de Cristo, que «la doble naturaleza de Cristo -el sufrimiento, tanto humano como sobrehumano, de un hombre para alcanzar a Dios- ha sido siempre un profundo misterio para mí. Mi principal anhelo y la fuente de mis venturas y desventuras desde mi niñez, ha sido una incesante y cruel batalla entre el espíritu y la carne... y mi alma es el campo de pelea donde esos dos ejércitos se han encontrado y han luchado». Su personalísima visión de los evangelios levantó una polémica que aún hoy se mantiene, al igual que la adaptación cinematográfica de la misma que llevó a cabo Martin Scorsese, y que impidió que su película se exhibiera con normalidad. Lo que ambos proponen es una reinvención del mito cristiano, donde el Mesías es un hombre común atormentado por su identidad como Cristo salvador, un hombre que no quiere esa responsabilidad en su conciencia, lleno de dudas, cobarde, pecador de obra y pensamiento. Por eso su última tentación en la Cruz es la posibilidad de vivir una vida normal, común, con esposa e hijos, formar un hogar y una familia: no quiere ser el Hijo de Dios porque sólo es un hombre. De nuevo, dos realidades se ramifican desde una misma esencia: la memoria colectiva que han procurado desde siempre los escritos evangélicos, sometida a una reinterpretación de una materia literaria sobre la que no tenemos la absoluta certeza de que sea verdadera.

     Algo similar se le ocurrió al gran escritor Jorge Luis Borges sobre la figura más olvidada de todos los Evangelios, la del traidor Judas, al recordar la obra de Nils Runeberg Kristus och Judas. La reflexión era la siguiente: si el Verbo se había rebajado a mortal, un discípulo del Verbo como Judas podía rebajarse a delator. En el ensayo del maestro argentino, "Tres versiones de Judas", leemos el siguiente párrafo acerca del desdichado traidor: «Obró con gigantesca humildad, se creyó indigno de ser bueno. Pablo ha escrito: "El que se gloría, gloríese en el señor" (I Corintios 1:31); Judas buscó el Infierno, porque la dicha del Señor le bastaba. Pensó que la felicidad, como el bien, es un atributo divino y que no deben usurparlo los hombres (...); para Runeberg, la puntual profecía no de un momento sino de todo el atroz porvenir, en el tiempo y en la eternidad, del Verbo hecho carne. Dios totalmente se hizo hombre pero hombre hasta la infamia, hombre hasta la reprobación y el abismo. Para salvarnos, pudo elegir cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas». Borges eleva la realidad de Judas hasta la realidad de su Maestro, identificándolos en el mismo sacrificio, aunque cada uno encontró la muerte de manera diferente: Judas se quitó la vida, según los Evangelios, ahorcándose; Jesús murió crucificado en la Cruz, también según las escrituras. Las dos muertes son la misma realidad de otra más grande, la que nos llega de la tradición cristiana.

     También Kazantzakis y, por extensión, Scorsese, tienen una visión distinta del traidor, al que equiparan como el verdadero Mesías, con la misión redentora de delatar a Jesús, y que éste muera en el símbolo que hoy es la Cruz.

     Otra versión de la realidad nos remonta a la figura de Homero y las distintas aceptaciones (ya no traducciones) de su Odisea, y las interpretaciones y realidades de la figura de Ulises, el héroe griego perdido en la realidad, en busca de su patria, y al que no pocas veces ya, con el transcurso del tiempo, se le ha confundido con su ciego creador. En un manuscrito encontrado en la Biblioteca Nacional de Luxemburgo, que lleva la revolucionaria fecha de 1917, firmado por un desconocido (supuesto cronista de la época) bajo el nombre de Joseph Van Den Krogh podemos adivinar una nueva Odisea que no pretende, seguramente, seguir fielmente a la de Homero. Transcribo el manuscrito, o lo que queda de él bajo estas líneas:

MANUSCRITO DE VAN DEN KROGH, 1917

     «(...) El hombre respiró un profundo misterio de arena caliente. Sentía conscientemente que su cuerpo estaba volviendo a la vida, que sus sentidos se ofrecían al mundo para buscar la justificación de su existencia: todo era oscuridad, un incesante zumbido recorría su oído, el calor mordía la maltrecha piel, en su respiración aquella arena y ese líquido, entre seco y pastoso, entre su lengua y el paladar.

     Decidió levantarse enseguida, esforzándose sobremanera por abrir los ojos completamente. La oscuridad había dejado paso a un resplandor impertinente, interminable. El hombre se reconoció muy despacio, palpándose el incierto rostro con una mezcla de interés y júbilo. (No recordaba su nombre, pero sabía que todo esto podría ser un sueño y no quiso preocuparse demasiado). Tenía la impresión de que las piernas iban a derrumbársele en cualquier momento. Examinó detenidamente el lugar donde le había sorprendido el cansancio abrumador del que empezaba a liberarse casi con tristeza. Un riachuelo diminuto mojaba sus ahora ya insensibles pies en su curso hasta detrás de una colina, lo cercaban extensiones infinitas de desierto llano y amarillo, cada una semejante a las otras. (En años posteriores, el hombre se preguntaría obsesivamente cómo podía surgir un hilo de agua tan vigoroso en mitad de toda aquella quieta desolación. La respuesta seguiría siendo la misma que hoy no encontraba). Pensó, Estoy muerto. Pensó, Este es el final de mi viaje. Divagó, Soy el último, el único, soy inmortal. Advirtió lo que antes habían sido sus ropas (ahora, desgajadas en jirones informes) y, sin asombro, comenzó involuntariamente a intentar recordar su nombre; una lágrima, inesperada como una gota de lluvia, rodó por su mejilla, tropezó con su abundante y descuidada barba y, extrañamente, rozó sus labios arrasados. Aún no sabía su nombre.

     Pero su frágil destino se le apareció cuando cerró nuevamente los ojos para secar otras lágrimas. Una vez atravesado innumerables países, superado inenarrables desdichas y asumido imperfectos amores, después de su indescriptible viaje alrededor de la existencia humana, ahora, frente al sol que le viera nacer unos cincuenta años antes, se mostró incapaz de reconocer su patria, la misma que andaba buscando desde ya no recordaba ni cuándo. Pero era tan feliz en su condición de extranjero que no consideró ni la menor posibilidad de que aquello que tenía ante sus ojos destrozados fuera la Ítaca de la que hablaban las voces de su cerebro, que le perseguían incansablemente, invariablemente.

"Cuando desaparezca,

y el sueño me dé fin como a un poema,

seguiré buscándote en mi espacio

y en todos los espacios donde una vez fui-

contigo;

donde nadie nunca ha sabido

(ya ni siquiera nosotros)

cuánto amor pudimos mantener,

donde mis ojos no han retrocedido hasta la sal,

donde mi vida ha mantenido tu presencia

a fuerza de angustia y mentira.

(...)

Tendré que reconstruir tu imagen

como tantas otras veces,

habré de gritar mi canción

y querré besarte como antes, quizás ya no importe...

Si cuando desaparezca,

y el sueño me cerque, y me dé fin como a un poema,

tú te levantas entre mis sombras,

hermosa, perfecta, infinita,

para llevarme contigo por última vez".

     Acaso el hombre, viejo y ciego ya como el que una vez le soñó (las generaciones futuras sabemos de héroes en busca de su patria y del amor gracias a él), tan sólo aceptó su regreso cuando un contacto caliente de saliva en su mano le reveló que los perros le habían reconocido. "Conozco mi antigua identidad, pero este viaje me ha transformado (...), como la memoria hace con los rostros del mundo. Soy Ulises, y empiezo a ser todos los extranjeros que me seguirán. Ya forman parte de mí, ya conozco el destino de todos y cada uno de ellos, al igual que el mío. Ya me adentro en la sombra."» J. V. D. K.

Thorshavn, 27 junio 1917.

     La realidad del Ulises de Van Den Krogh no difiere de la del de Homero, al menos en su matiz de extranjerismo, pero los avatares que los cercan sí parecen diferenciarse. Ulises, según Van Den Krogh, llega a su patria sin saberlo, sin reconocer la realidad que abandonara en su exilio, y sin ser reconocido salvo por los perros que le saludan. El Ulises de Homero es más heroico, más literario: su historia conoce un principio y un final. Aunque la grandeza involuntaria del invidente escritor fue hacernos volver una y otra vez a su Odisea, y hacernos mirar con inocencia otros caminos literarios para contar la misma historia: la realidad, incansablemente, la cambia nuestro modo de admirarla, no nuestra invención ni nuestro ingenio.

Volver una y otra vez a su "Odisea"


 

 

NATALIA CARBAJOSA

 

DE INDUSTRIA Y ARTE

 

Necesitamos arte para no morir a fuerza de verdad.

(Nietzsche)

 

     Aún no sabemos cuál será la forma artística que represente los anhelos del nuevo siglo, y muchos vaticinan ya el inexorable camino hacia la extinción de la que tantas salas abarrotó en barrios, pueblos y ciudades y tantos sueños despertó durante gran parte del siglo pasado. Fábrica de sueños para seres necesitados de ellos, como la atribulada protagonista de La rosa púrpura de El Cairo. Y al mismo tiempo, industria de entretenimiento de masas, por qué no. En la Inglaterra isabelina, Londres ve florecer una suerte de negocio sin parangón, el teatro, y la orilla sur del Támesis se puebla de empresarios, mecenas, autores de comedias, aspirantes a musas, cómicos y vagabundos metidos a actores y demás personajes de diversa ralea, todos en busca de fortuna. Sin semejante movimiento social, artístico, pero ante todo económico, posiblemente no disfrutaríamos hoy de Shakespeare. Del mismo modo, sin los Midas de Hollywood no hubiera existido esa época dorada que hacía coincidir, por ejemplo, en las candidaturas a los Oscar de un mismo año, "productos de entretenimiento" tales como Ciudadano Kane, Sospecha y La Loba. ¿Cuánto hace que no aparecen dignos sucesores de Orson Welles, Alfred Hitchcock y William Wyler –o de Joseph Cotten, Cary Grant/Joan Fontaine y Bette Davis- en cartel?

Alfred Hitchcock posa para la cámara

     La brecha generacional, nunca antes detectada, entre quienes todavía pudieron conocer el cine clásico a través de una televisión que cumplía dignas funciones, y quienes hoy reconocen apenas de oídas a un tal Bogart o una tal Garbo ya es un hecho. Nadie, salvo Garci y alguna sesión de cine-club a horas intempestivas, les facilita a los nuevos, potenciales necesitados de sueños, esa labor de arqueología. Mientras tanto, en las salas de todo el mundo se ha dejado de exhibir arte para dar paso al entretenimiento puro, tan puro que, de hueco, ni para soñar sirve. Caras y argumentos se volatilizan más allá de la imaginación del aburrido espectador, prácticamente intacta, antes incluso de que acabe la sesión. Si se pudiera, por ejemplo, medir la tensión dramática que los Willis y las Roberts suscitan en proporción inversa a una salva de tomates, como en los buenos tiempos del Globe, de seguro no sufrirían carencia de vitamina C durante el resto de su vida.

     Mas esa es la tiranía del negocio por el negocio, sin concesiones para nada más, y ¡ay de aquellas salas que, desobedeciendo los dictámenes marcados, se atrevan a proyectar otra cosa! Ciudadelas resistiendo hasta el último minuto un cierre inminente sólo por seguir apostando por la fábrica de sueños, sabedoras de que Roma no pagará a traidores. Afortunadamente y a pesar de todo circulan por ahí –eso sí, en distribución muy limitada y sin aparato publicitario- numerosas propuestas –Tavernier, Egoyam, Kiarostami- que, con sencillez, sin presupuestos estridentes, nos reconcilian con nuestra nostalgia por la pantalla y, cuando menos, nos muestran otros paisajes, otras caras, otros registros distintos a los habituales. Sin pedantería ni pretensiones por figurar en festivales alternativos, sino con la simple intención de devolverle al cine lo que es del cine: el arte de contar historias. Vengan de donde vengan –cines que se resisten a perder su nombre en pos de las salas de centros comerciales, cine-clubs, filmotecas, iniciativas universitarias-, son la única esperanza que les queda a quienes viven necesitados de arte.