Causas y efectos
Alejandro Manrique
Por supuesto que no era un accidente, habían hecho que nos conociéramos en una fiesta en casa de una amiga común.
Acababa de separarme. No era extraño que toda compañía femenina mínimamente apreciable me cayera como anillo al dedo, y no por escasez de sexo o soledad, salía con una chica bellísima por añadidura, era otra cosa, algo como una necesidad de compensar en todos los lugares lo que había perdido en uno.
Llegué temprano, llovía, y apenas traspuse la puerta vi ahí mismo al alcance de los ojos a esa mujer ajena y fue lo primero que saltó a la vista, no “pertenecía”, sencillamente ajena. Mojada, con el pelo chorreando sobre la cara lavada de lluvia y maquillaje, el aspecto golpeaba.
Convengamos que una mujer medianamente aceptable, que no sea fea del todo aunque más no fuere, sin maquillaje, mojada y renqueando, produce inmediatamente una compulsa de ternura o algo por el estilo, cosas de la especie.
Y ahí estaba ella, acababan de sacarle un yeso por lo que caminaba con dificultad; sumemos luz tenue de pasillo, noche de 31 de diciembre, fiesta de “solos”, mayoría de solteros y separados entre 30 y 45, mayoría de ex-izquierdas fundidos por la represión y las ideologías, reciente divorcio, alcohol, y feroz necesidad de sentirse bien aunque sea como tregua, y el resultado da cuenta simple.
Sólo le dije con toda la convicción del mundo que me parecía lindísima y usé exactamente esa palabra. No pude decir hermosa porque no lo era, pero en el momento y el lugar adecuado un “lindísima” suena tan bien como la mejor de las palabras del idioma, y ella lo apreció y agradeció puntualmente.
La dueña de casa, que por algún motivo no apreciaba a mi pareja, no quería dejar nada al azar. Los lugares en la mesa estaban asignados con nombre y souvenir y naturalmente el mío quedaba al lado de la ajena, no tuve tiempo de agradecérselo.
Las cosas marcharon bien hasta que mi pareja se liberó de su familia, me avisó por teléfono, y me fui con un hasta pronto colectivo.
No recuerdo fechas pero transcurrieron meses hasta que volvimos a encontrarnos “de casualidad” otra vez en casa de mi amiga.
A esa altura no la había olvidado, pero había pasado tiempo, ella caminaba normalmente, no llovía, yo no había tomado una gota de alcohol, y eran las cinco de la tarde.
No se trataba de rechazo, ni siquiera desinterés, apenas una falta leve de interés que no es lo mismo, pero las cosas ya estarían armadas y la ajena usó la oportunidad.
Todo fue breve.
Charla intranscendente, arreglo de un par de asuntos con mi amiga, y cuando estaba por irme ella pidiéndome que le dé un ejemplar de mi último libro y hasta ahí nada era extraño, podía imaginar a mi amiga informándole previa y cuidadosamente al descuido. Lo extraño fue que se lo diera sin dedicatoria, que ella me la exigiera, y que yo escribiera textual e impensadamente “Para Laura, con quien la experiencia (imagino), sobrepasaría las posibilidades del lenguaje”, todo como distraídamente, en fracción de minutos, y hablando simultáneamente de otra cosa.
Cuando me di cuenta de lo que había escrito casi decido no dárselo, no me pareció en absoluto una dedicatoria apropiada, y no por lo audaz o algo así, simplemente porque no era cierto.
Por el contrario, si había preconcebido alguna idea era sobre una mujer matemáticamente previsible.
No había mucho para imaginar, era codificable.
Cuarenta, profesional, soltera, sola, rutinariamente próspera, y “muy-muy” ocupada.
Por si algo faltaba, había logrado enterarme que desde hacía nada menos que diez años no se le conocía pareja estable, inestable, alternativa, sexual, amorosa, perversa, zoofílica, ni nada de nada.
Mi trabajo es observar, y después de tantos años de entrenamiento no suelo equivocarme.
Ella era una solterona, en el buen sentido de la palabra pero con todos los atributos que conciernen a una solterona de fin de siglo, educación burguesa, moral pseudocatólica y economía resuelta, y si estaba ahí diciéndome que leerlo ameritaba un encuentro posterior para comentarlo, no era porque le interesara el libro sino simplemente para considerar la posibilidad de dejar de serlo.
Decididamente esto iba más allá de lo previsible, en el mismo acto revelaba dos factores.
Sabía que yo salía con alguien e igual lo intentaba, es decir que era agresiva y competitiva, muy bien, a su momento lo tendríamos en cuenta.
Dije que la llamaría como se dice hasta luego y me fui.
Volvieron a pasar semanas hasta que decidí cumplir mi promesa.
Era un momento duro, mi ex-esposa atravesaba una crisis agresiva mientras mi pareja comenzaba a hacer aguas, la pretensión era pasar una noche cálida en compañía de una piel ajena y complaciente.
Debí saber que no era la piel ni el momento adecuado, pero me obstiné en lo contrario y allí fui.
No lo pasamos mal, sólo que a la hora el café empezaba a producir gastritis, ella según lo previsto tenía muy poco que decir del libro que aún “no había podido terminar”, mucho que decir de su trabajo que honestamente no me interesaba, y un cansancio antepuesto empezaba a gritarme en los oídos.
Otra vez no era el desinterés limpio y cristalino, sino una especie de tedio fino y empalagoso rayano en el aburrimiento, los escozores esperables brillaban por su ausencia y en su lugar una saturación suave ganaba la batalla.
Me fui.
No había sido en vano sin embargo, por primera vez nos habíamos encontrado sin el soporte de los amigos, y mis silencios intencionales la habían obligado a decir quizá más de lo que hubiera querido, lo cual de todos modos no era mucho.
La incomodaba el silencio, fumaba en exceso, el interés desmedido en el trabajo hablaba de una vida vacía, estructurada y carente de pasiones, aunque en eso me equivoco, en realidad no carecía de pasiones sino más bien se diría que las sublimaba por el lugar equivocado.
En otras palabras, vivía como turista de la vida. Miraba todo, sacaba conclusiones rápidas, agendaba, y cerraba el caso absolutamente convencida de que el vivir era un asunto unidireccional. El acto de observar, lo observado, y ella misma, eran tres elementos nítidamente separados, ella no formaba parte del sistema, estaba fuera y por encima. De opiniones tajantes, jamás expresaba una duda, su discurso era una enumeración de certezas.
Cuando manejaba de vuelta a mi casa iba preguntándome por qué sería que soledad y soberbia caminaban generalmente de la mano, como respuesta apareció la palabra miedo en letras rojas y enormes.
No fue una gran decepción gracias a que tampoco era grande la expectativa, sin dedicarle mayor tiempo al asunto opté por su método. La encarpeté como asignatura pendiente no obligatoria, la archivé, y cerré el cajón para otra oportunidad o nunca.
La vida siguió con toda la falta de rutina que me caracterizó en esa época.
Mi ex-esposa fue tranquilizándose poco a poco, mi pareja siguió haciendo aguas lenta pero tenazmente, hasta que llegó el día en que ambas renunciaron a su mayor ocupación consistente en romperme la rutina y me encontré con más tiempo libre del que había logrado imaginar en los últimos meses. Recién entonces recordé la posibilidad de la ajena flotando inconclusa y ni siquiera me preocupé en averiguar nada, aposté a que por su lado seguiría todo exactamente igual, y no me equivoqué.
Nos encontramos para cenar un viernes.
De antemano evalué que no cabía esperar nada de ella. Sus esfuerzos se habrían agotado aquella vez del libro, de alguna manera se había evidenciado y no creí que estuviera muy conforme al respecto teniendo en cuenta el resultado de nuestro encuentro anterior, así que si algo salía de éste debía ser casi de mi exclusiva responsabilidad. Muy bien, primer punto aclarado.
La duda en todo caso era hasta dónde estaba honestamente dispuesto a llegar yo, y en realidad no lo sabía, pero eso ya era suficiente, bastaría con plantear las cosas con una sinceridad rayana en la estupidez, y dejar que la vida se ocupara del resto.
Hacía calor, el patio descubierto del restaurante era agradable y ella impuntual, una forma poco auspiciosa de empezar.
Finalmente llegó con disculpas y un beso minúsculo rozándome la oreja, parecía inquieta o levemente tensa. Para refugiarla en lo seguro de lo cotidiano le pedí que eligiera el menú.
No fue una velada antológica en principio. Recién con el correr de la hora y el vino las cosas fueron tendiendo hacia algo más sano.
Su relajación paulatina me permitió observarla menos envarada, menos “profesional”, y apenas menos convencida de que el mundo fuera sólo y únicamente como ella decía.
Paralelamente fui viendo que mi optimismo anterior había exagerado un poco.
No era lindísima ni nada que se le pareciera, apenas una mujer medianamente interesante, vestida con discreto buen gusto, y un poco excedida de peso, pero esto no pasaba de una apreciación subjetiva por contraste. Mi anterior compañera era realmente hermosa y disminuía cualquier comparación, o en todo caso ese no era el punto.
Mientras ella hablaba mi mente no paraba de preguntarme qué había venido yo a buscar aquí, y no era que no encontrara razones, sino que aparecían tenues, difusas, y ninguna que se impusiera por su propio peso.
Opté por pedirle las respuestas a ella y la interrumpí abruptamente preguntándole qué esperaba de mí.
No fue un buen movimiento, o sí, volvió a tensarse y se quedó de pronto callada dudando entre mentirme urbanamente o decirme la verdad. Por fin, después de un silencio que pareció demasiado corto, respondió con una mezcla de ambas no exenta de elegancia.
No me convenció, el discurso fue demasiado largo y un poco vago, pero sirvió para establecer que a partir de ese momento conformábamos una especie de “relación” a la que ninguna cola de adjetivos agregaría aclaratoria alguna, sobre todo para mí.
A las dos de la mañana cuando ya nos íbamos, como símbolo de lo que seríamos en adelante mi encendedor dejó de funcionar, y el mozo, en un acto de torpeza magnífica derramó un vaso de vino helado sobre mi entrepierna.
Al cabo de unos días yo empezaba a mirarla con cariño y ella a preocuparse por saber lo que nadaba en mi cabeza, “territorio inexpugnable” según sus propias palabras.
En realidad no ocultaba nada voluntariamente, pero mi manía de citar autores parecía ponerla en un estado de confusión irascible. Se irritaba pidiéndome que hablara con mis palabras y por mi boca, y de alguna manera era lógico.
Su argumento consistía en que yo me escondía tras el pensamiento de terceros, por muy geniales que fueran, solamente para evitar exponer el propio, y yo le contestaba burlonamente citando a Trilling cuando decía que sólo somos hombres violados por las ideas. No obstante, comenzaba a insinuarse la ternura en su presencia.
La veía como la mujer sola que era, enfrentada a la perspectiva de la vejez y la inseguridad, amurallada tras una coraza de certeza y profesionalismo, negada por miedo a cualquier pensamiento que no tuviera su correlación con algo férreamente concreto, palpable, pesable y medible.
Si la miraba excluyentemente desde esa óptica podía predecir un futuro poco venturoso para ambos, en verdad no teníamos nada que ver.
Mi universo estaba compuesto de intangibles, y aunque en lo externo me atuviera a cierta coherencia, mi mayor ambición consistía en descomponer en millones de figuras la aparente unidad del yo, para recomponerlo en otro orden, y volver a descomponerlo luego ad infinitum, al fin la esquizofrenia es el principio de todo arte. Es cierto que no avanzaba demasiado rápido, pero algunos pasos estaban definitivamente dados y no coincidían demasiado con los suyos.
En todo caso, quién sabe, quizá pudiéramos complementarnos. Tal vez y sólo tal vez, a la larga ella podría convertirse en la soga que me sujetara a este mundo el día en que fuera capaz de dar el salto, y yo podría convertirme en la bocanada de viento negro dentro de su realidad maniquea, todo era posible.
Nuestras charlas solían ocupar buena parte de la noche entre comidas preparadas, vino, y el mejor café. Otras veces eran horas de videocine, o fines de semana en Uruguay, y hasta allí podía decirse que yo era prácticamente feliz.
La única manifestación de problema surgía cuando la charla comenzaba a desteñir y el dormitorio parecía llamar en calidad obligatoria.
El prejuicio estético haría lo suyo por supuesto, pero no era fundamental, había una forma de no-entrega reinante y omnipresente desde ella a mí y viceversa, un camino recorrido en soledad y por separado nos hacía arribar a diferentes lugares y experiencias.
Mi yo más externo actuaba correcta y demasiado conscientemente, fabricaba causas que generaran determinados efectos y hasta generalmente lo conseguía, pero tras la escenografía estaba la barrera, el “no pasarás” indeleble llenando la atmósfera de inmanencias.
Fue la historia del huevo y la gallina. Nunca supe si sus tabúes inhibían mis posibilidades de ser uno con “el todo” de su cuerpo y su alma, o si mis reticencias, mi no-comunión con su realidad hiperconcreta la hicieron sentir permanentemente fuera del secreto del amor, el gran ausente.
Con el tiempo dejé de intentarlo, abandoné la perspectiva de problema como desafío para pasar a la idea de muro impenetrable, y se notó.
Nos habíamos hecho buenos compañeros, los días pasaban brillando de ocupaciones y discusiones animadas y compartidas, pero a la noche la dejaba sola. Mi piel estaba ahí, mi cuerpo estaba ahí sudando contra el suyo, pero mis figuritas del yo huían tan lejos como les fuera posible.
Por fin decidí ponerle palabras a los hechos.
No quería dañarla en absoluto, apenas enterarla de otro pedazo de ese “territorio inexpugnable” que ella sentía cada vez más real, y ver si entre los dos, quizá y sin garantías, podíamos anagramar para hacerlo habitable.
No medí sus defensas, apenas dije dos palabras decidió poner en marcha las topadoras y arrasarlo todo.
La culpa era mía, había olvidado que la parcelación no se correspondía con su vida, el que sabía de la apariencia de la unidad era yo, para ella la unidad era algo pesable, medible, y tan concreto como una tonelada de acero.
Me fui eligiendo creer que no la había dañado, seguro de que no lloraría, no lo lamentaría, y estaría otros diez años o siempre convencida de que la vida era un asunto unidireccional, hiperconcreto, y quien así no lo entendiera sencillamente estaba equivocado.
En algún momento pensé que quizá tenía razón, y si eso le evitaba el dolor que yo sí sentía frente a la destrucción de todas las posibilidades que ya no nos daríamos, estaba bien y habría que tenerlo en cuenta.
Le agradecí en mi interior que me hubiera ahorrado la culpa de una escena, y me preparé a enfrentar el duelo de otro fracaso como algo acostumbrado, normal, y hasta lógico tratándose de mí.
Al cabo de unos meses volvimos a encontrarnos. Cuando vi su coche en casa de mi amiga casi decido irme, pero la perspectiva de la cobardía no me tentó.
Entré esperando encontrarla sólida y armada como de costumbre, pero sus ojos y la comisura de los labios me alertaron de otra cosa.
Su silencio endurecido y el beso de saludo exageradamente perdido a la altura de la oreja me pusieron incómodo, hablé cuatro palabras, dije que estaba apurado, y me fui.
Algún tiempo después supe que trató de llamarme con alguna excusa, y mi amiga dijo que la ruptura la había afectado considerablemente.
Sentí la alegría creciéndome y sonreí, la relación había fructificado por fin en algo bueno y podía desentenderme de ella para siempre, estaba satisfecho.
Un poco por ella, reconocer que algo le dolía o la acercaba a la duda ya era en sí mismo una invitación a cuestionarse el todo de la vida, la posibilidad del anagrama, pero más por mí.
Su dolor revalidaba desde afuera mi existencia y mi realidad aparente, al fin, la mayor o menor realidad de una persona depende de su capacidad para producir dolor.
cuento inédito |