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RUBÉN CASTILLO Coordina actualmente el programa radiofónico de Onda Regional de Murcia "La torre de papel". Por eso se sentó en la mesa de debate Las revistas en directo: los programas literarios en la Radio. Es profesor de Enseñanza Secundaria en Cartagena. Su último libro en prosa es el titulado Imágenes prohibidas de la Biblia (Murcia, 1996) de cuentos eróticos.
EL MILAGRO EN CANAÁN
El hombre no se atreve a mirar a la mujer a la que no idealiza. (Dubois-Caballero, La revolución sexual) Ésta es la razón por la que no se puede amar a las propias esposas: los maridos acuden a ellas cuando quieren. (Ovidio, Arte de amar) Hermosa, no durable; perfume de un momento, y nada más. (William Shakespeare, Hamlet)
Qué podía importarle a Sarceas el episodio del agua transformada en vino, qué asombro le podía causar, siendo como era creyente en la figura de Jesús, y sabiendo que cualquier maravilla era esperable de sus manos, pero con Marta sucedía de un modo bien distinto, ella no profesaba la misma fe ciega en su esposo, y el milagro la dejó boquiabierta, mirando a la Virgen María, y luego a su hijo, que retornaba al asiento tras la mágica operación, y que reanudaba conversaciones con la perfecta naturalidad del obrero que ha cumplido un trabajo rutinario, partiendo un nuevo pedazo de pan y sirviéndose más queso, Sarceas la miró y se sonrió, con un fuerte orgullo transferido, si algo así no determinaba un cambio de su fe, qué podía hacerlo ya, pero Marta prefirió seguir atendiendo a los invitados y guardarse las preguntas para la mañana siguiente, cuando el frescor de la alborada le despejase del cerebro y la garganta los últimos vahos del vino, la algarabía de los cantos nupciales, la celebración de su primera noche como mujer y las sonrisas perennes de todos los familiares y amigos, venidos desde Babul, Damasco, Gashiar, Orbhanda y Karbala, desde Belén, Kibola, Segor y Lumbara, para unirse a los de Canaán en la gran fiesta de los desposorios, cuyos coletazos últimos se estaban produciendo en un marasmo de cánticos, luces, sonidos de zampoñas y flautas, deseos afectuosos, despedidas morosas, manchas de vino por los suelos, cuencos vacíos sobre las mesas y hasta unas sandalias abandonadas bajo una silla, aunque sobre todo la fatiga, recorriéndole el cuerpo, abatiéndola como abatía a Sarceas, palmeado en los hombros por sus amigos, envuelto en un torbellino de bromas, de codazos y de cuchicheos masculinos, todos los amigos a su lado, salvo Jesús de Nazareth, que desapareció sin alharacas, sin vítores ni agradecimientos, con la orfandad humilde de los tímidos, con la grisura de los verdaderamente sabios, que jamás perturban a los demás con la tristeza de su abandono, no como Ruth, que ahora susurraba maldades en los oídos ruborizados de Marta, cállate, cállate, loca, y las risas de connivencia y hermandad por debajo del vino, subyaciendo a los vapores, confundiéndose con los gestos que le hacía Sara, ¿qué quieres?, y lo que quería era que se escabullese de la celebración, como unos instantes antes había hecho Sarceas, su esposo, por otra puerta, y que la acompañase a otra sala donde el silencio era dueño absoluto del espacio y donde las nupcias quedaban reducidas a un lejano eco de gritos, a una espesura de cortinas, negror y mujeres de luto, ahora deberás someterte al rito de la ley, le dijeron a Marta, ahora llega el rito de la ley, le comunicaron a Sarceas, y ambos quedaron solos, en habitaciones distintas, confundidos, ignorantes y saciados de vino. Habían atravesado una jungla de voces, un remedal de músicas e instrumentos, una interminable ofrenda de bailes, júbilos, promesas, libaciones, saludos, abrazos, regalos y parabienes, mas ahora reinaba la quietud, se enseñoreaba el silencio, se expandía la soledad, cobraba pujanza el sosiego, nacía Marta sola, húmeda de sudores y aturdida de vinos, embotada la mente de imágenes, complacida en su anillo que Sarceas miraba en otra estancia, lejana o cercana, fulgiendo en su dedo, como un fuego sagrado, como la llave de un corazón y de unas vestiduras, aro de oro sembrando de golpe el miedo en Marta, que escuchó unos ruidos en la puerta y pensó en Sarceas, en Sarceas grotescamente desnudo y erecto, con los ojos afiebrados y los dedos convertidos en garfios, aunque él sonriera en su habitación, soñando a Marta sin velos, a punto de perforar el umbral de la puerta, con los senos ofrecidos como frutas y el sexo como un campo en tinieblas esperando su riego seminal y profundo, pero ninguno de los dos acertaba en sus previsiones, dos esclavas sonriendo a Sarceas y dos esclavos fornidos inclinándose ante Marta, de pronto tan temerosa y turbada, los dos esclavos barnizados de músculos, esculpidos en roca y sudor, brillando como altísimas perlas negras y cubiertos tan sólo con unos taparrabos blancos, sensiblemente henchidos por el alborozo de sus sexos, y en sus manos unos frasquitos, unas cuerdas, un conjunto de pequeños objetos que Marta no pudo identificar, aunque sí Sarceas, él sí, él ya sospechando el futuro y encandilándose con los perfiles de la maravilla, Sarceas sudando y ganado por la sonrisa y por el primer espasmo de la excitación frente a esos dos milagros voluptuosos que la tradición y la ley le forzaban a aceptar, siempre lo había considerado una leyenda ilusionada y falsa, un invento generador de envidias y poluciones nocturnas, pero ahí estaba, ahí estaban las dos, con los senos desnudos y unas leves gasas cubriéndoles el sexo, una floración de curvas, talles y caderas, un oasis de juventud y belleza, una exuberancia de senos locos, un firmamento de brazos suaves y pieles como el ámbar, un reto de bíceps prominentes, un aluvión turbador de abdominales y sonrisas masculinas que hicieron bajar los ojos a Marta cuando comenzaron a explicarle, la ley imponía un primer coito rápido, ciego, un primer ayuntamiento matrimonial que pasase como el viento y las nubes, sin dejar huella, y ella accedió sin entender sus palabras, el rito de la ley, y el accedió, el reto de los pechos. Pronto, Marta fue encontrándose desnuda, con una lentitud deliberada y formal le habían ido desabrochando los encajes, las telas, los bordados, el velo nupcial, las ropas íntimas, en un delicado mecanismo fraguado a cuatro manos, con veinte dedos hábiles y negros, con veinte dedos serpientes acompañados por silabeos, susurros, dientes blancos y unos labios carnosos posándose en su cuello para beber las gotas de sudor que lo perlaban y provocando nuevos sudores, dos altos siervos con voz musical y brazos de ébano, afilados de nervios, bruñidos de fragancias, suavísimos de piel cuando Marta los rozó para no caerse mientras la despojaban de sus atalajes de jaca festiva, de hembra adornada para el desnudo nupcial y primero, asida a dos brazos rocosos, empapadas sus palmas de sudor y sorprendida cuando descubrió que sus olores eran los del sándalo y la flor del cactus, que sus pieles eran finas como las uvas y sus hombros fragantes como el cedro húmedo, que ambas eran bellas como el agua y que nunca las manos de Sarceas habían acariciado senos más turgentes ni palpado vientres más lisos que los dos de aquellas muchachas, ojos verdes y una palpitación de gacelas en sus labios, los cabellos como el Jordán de noche, y ese ondular juvenil de sus piernas, jamás Sarceas había sentido embriaguez como la de aquel vino y aquellas mujeres, hubiera querido poseerlas a las dos al mismo tiempo, abarcarlas con una locura de manos procaces, recorrerlas con ojos navíos, bucear entre aquellos pechos varoniles, de pelo ensortijado y musculatura cuadrada, firmemente estriados en su punto de unión, mientras notaba el rubor aflorándole en la cara y sentir que daba lo mismo, que Ruth le había explicado la situación en sus líneas generales y que estaría preparada, mientras los dos esclavos la observaban desnuda y la acariciaban en silencio con una danza cuádruple de manos flexibles y tiernas, en un vuelo de mariposas negras rozando su cuerpo con levedad, y supo que todo estaba bien, que esas cosquillas deliciosas y tenues debían de ser el placer, y que le resultaban agradables, que cada caricia sobre su piel de recién desposado era un río de sensaciones nuevas, un doble escalofrío de fuego, una nieve quemante, un incendio sacrílego de uñas pintadas y largas arañando su pecho, su vientre, sus muslos, y Sarceas suspiró por vez primera al notar los dedos sobre su falo, entendiendo que era verdad, que su hermano Tobías no le mintió, ni le mintieron sus amigos más cercanos, que la tradición iniciática era un hecho y que él bordearía el cielo sobre una cama fabricada a tres bocas y seis manos, navegando a bordo de dos jóvenes cuerpos de mujer, y se estremeció Marta al constatar que Ruth no era una loca, y que los esclavos se arrebataban, de un golpe seco y certero, los taparrabos, y mostraban unos falos gruesos, enhiestos y preparados para la doble penetración, con la primera humedad rezumando en el interior de la vagina intacta y con Sarceas doblemente tocado por las manos sabidas de las esclavas. Al poco, Marta se encontró sobre un lecho cuajado de aromas, rendida ya a la ceremonia extrañísima de los esclavos, dibujada por sus labios y sus dedos, feliz contra todo pronóstico, dichosa mientras uno de ellos destapaba con infinito mimo el primer frasco azul y vertía un líquido ambarino sobre sus palmas, haciéndolas brillar con sonriente parsimonia, ¿qué pensará hacer con esa pluma?, pero sin darle tiempo a pensarlo la esclava la dejaba resbalar sobre su pecho y Sarceas notó el placer, su falo respondió como accionado por un resorte, y las palabras de las muchachas ejercían su complemento con susurros, interminablemente lentos, interminablemente dulces, lenta y dulcemente interminables, con la melosidad del prodigio y el frescor de las palmeras, así de suaves son nuestros senos, así de tiernas nuestras vaginas, rosas y húmedas para ti, abiertas y estrechas sólo para ti, esta pluma te roza como la brisa ("Los nuevos esposos sentirán el placer como la brisa en su primera unión", rezaba el texto de la ley, según recordó Sarceas), esta pluma te enerva la piel y empina tu sexo, esa estaca de piedra y sangre, ese tótem de carne que ahora lameremos y chuparemos las dos al mismo tiempo, y al mismo tiempo Marta pintada de aceites, reluciente de brillos, mieles y manos negras, sintiendo el resbalar fluido de los dedos, el frote menudo en los pezones, la combada delicia por los senos, cada esclavo atareado en su mitad del cuerpo, sin fricciones ni torpezas, Marta partida en dos, seccionada de la cabeza a los pies y repartida en una doble depredación placentera, en una duplicada ceremonia de manos caníbales, estás suave, pero te vamos a humedecer más aún para sentirte resbalosa, como la piel de una cereza mojada, así, así, húmedo tu vientre y húmeda tu vagina sin abrir, flor que aguarda el amanecer para mostrar sus pétalos enormes y rosados, salada concha marina, cofre de oro y de perfumes, ah, qué hermosa estás, mira nuestras manos morenas paseando por tus senos, observa las uñas blancas y brillantes trazando surcos sobre tus tobillos, viajando por el pelo de tu pubis, ascendiendo por el falo grueso y palpitador, que tiembla de delicia al soñar con nuestros labios de mujeres ansiosas, con los dientes que levemente rozan, el paladar que empapa y la garganta dispuesta a recibir tu semen de recién desposado, míranos, Sarceas, deléitate con nuestros pezones oscuros que se mecen como avellanas ante tus ojos, fija tu vista en nuestros miembros, Marta, y no rehuyas su fulgor de espadas, ya que pronto habrás de notarlos perforándote la vagina y el culo, dos mojones de fuego marcando el territorio de tu placer, el acceso permitido y el vedado, la vía consagrada y la infecunda, ambas deshaciéndose en un vértigo de licores para que tú, ajena al mundo y a tu esposo, supliques más, gimas en éxtasis y ruegues otro falo para metértelo en tu boca, hasta percibir la triple eyaculación salvaje y adormecedora, sí, Sarceas, dos vaginas lubricadas ante ti, para que saltes de una a otra con loco afán, recibiendo en tus oídos y tu glande la doble cosquilla, un deseo inagotable de penetrarlas al unísono, de usar tus caderas como molino para triturar muestros cuerpos de avena, ese enérgico aleteo de tus manos apretando pechos, asiendo caderas o separando con brutalidad febril los carrillos de un culo, para mejor profanarlo, tantas palabras, aunque las dos mujeres sin abandonar la pluma, y los esclavos prosiguiendo con las pausadas friegas del aceite, pura excitación verbal. Por fin, extraídas con un sigilo inesperado, aparecieron las cuerdas, cuatro breves sogas que Marta observó con perplejidad y respiración alterada, qué vais a hacer ahora, cállate y cierra los ojos, alcánzame ese trozo de lienzo, y más tarde sentir la aspereza en los tobillos y en las muñecas, las cuerdas arañando sus extremidades y ciñéndola a los postes de la cama, extendiendo su cuerpo en forma de equis, oscuramente pensando que el rito podría ofrecer en ese instante su faceta horrible, o dolorosa, o sangrienta, pero la primera muchacha bailó ante él, se contoneó con fáciles gestos de ramera, hizo vibrar sus nalgas firmes, balanceó el prodigio de sus caderas y le llevó a un horizonte maniatado de suspiros inmóviles, mientras la segunda muchacha hacía girar su lengua en el interior de la oreja de Sarceas, como un molusco vivo o un áspid de saliva, rozándole los hombros con los senos, y él se olvidaba de Marta quien, con los ojos ya vendados, notaba los dos penes colosales apoyados en sus mejillas, acercándose a la comisura de sus labios con su fuego cilíndrico y doble, no, no, pero las palabras sólo sirvieron para abrir la boca y notar, unidas, las dos cabezas de los glandes penetrando en la misma, chúpanos, y la lengua, tras un segundo de vacilación, encabritada, juguetona, febril, súbitamente puta, lamiendo con fruición aquellos dos mástiles negros entregados, escuchando los gemidos falsos o ciertos, qué más daba, conducirse por las veredas del rito y aguardar -sin desearla, ahora sin desearla- su conclusión, mientras dos lenguas femeninas simulaban luchas por el trofeo de sus testículos, tiñéndolos de saliva, forcejeando con ansia débil, regalándose besos entre ellas, con tibieza lesbiana, en tanto que Sarceas creía llegado el fin del mundo cuando abordaron la doble ascensión de su pene confiando en que Tobías hubiera mentido en eso, que hubiese desvirtuado el final para construirle la sorpresa, oh Dios, que mienta, que el rito se consuma fuera de la tradición, que sean falsas las palabras de mis amigos y que sólo sea real -hasta su culmen- este artificio de lenguas húmedas y codiciosas, este refugio de salivas, ojos cerrados, suspiros, pieles de ciruela y labios encendidos, que la única certeza sea ese falo que acaba de apartarse de mi boca y que ahora se ha convertido en una caricia de fuego entre los muslos, en unos dedos habilísimos que hurgan cerca de mi vagina y le arrancan jirones de placer, esquirlas de gusto y fragmentos de dicha, mientras la otra verga me llena los labios y se derrama en el interior de mi boca, con estallido blanco y caliente, espeso, cremoso y turbador, y las dos esclavas me desanudan en silencio, sin dejarme eyacular, abandonando la estancia y diciéndome con los ojos que las siga, enhiesto y jadeante como estoy, y los dos esclavos me abandonan, tras amordazarme, mientras yo susurro inaudibles quejas y demando ser penetrada ya, ahora, cuanto antes. Al principio no la vio, sus ojos tardaron mucho en acostumbrarse a las nuevas condiciones de la luz, y todo fue negro, gris, chispeante de oscuridades, sólo su respiración sorda, pero pronto nacieron -con una lentitud armoniosa y llena de silencio- las hebras del color, los volúmenes inseguros, una cortina altísima, alfombras enrolladas, los pebeteros sin lumbre, y Sarceas se descubrió en el centro de una habitación pequeña, sin lujos excesivos, acogedor y ocupado por un cuerpo de mujer, ella escuchó sus pasos pero no distinguió la identidad de los mismos, únicamente pensó en los dos esclavos de falos increíbles y siguió sudando, húmeda ya por dentro y por fuera, él tampoco la reconoció, con una gran venda sobre los ojos, un trapo sellando su boca, y los miembros atados, silenciosa, inerme y ofrecida, entonces recordó las palabras de la Ley, "no hablarás en tu primer coito, que será rápido como el de las gacelas", sus pupilas con fiebre y sus manos cazadoras, crispadas de deseo, adelgazándose en leves latigazos sobre la piel de Marta, sin saberla su esposa, mero cuerpo, receptáculo puro de sus licores y de su excitación, como Tobías me dijo, una flexible ramera sobre la que voy a abalanzarme y con la que voy a llegar hasta el fin, siempre son ardientes, me lo han asegurado todos, aunque cómo esa piel tan suave, esa cintura sin maltratar, ese brillo ambarino del aceite, esos pezones que parecían rezumar, ahora, hazlo ahora, esclavo, penétrame ya con ese falo inmenso que acabo de chuparte, no me mantengas más tiempo en esta zozobra, rásgame como a una tela fina, mete tu vara en el arcón de mi vagina, vamos, vamos, preparada estoy para ti, hazme tuya antes de pasar a las manos de Sarceas, consigue tú también el milagro de convertir tu semen en vino, para embriagarme las entrañas con su soplo y sus efluvios, se colocó sobre Marta, siempre en silencio, y le buscó los pechos con la lengua, sin embargo ella rechazó las mieles de esa caricia frágil, consiguiendo que el varón, de un golpe rabioso y vengativo, le clavara su sexo hasta el fondo, iniciando un vaivén de barca, una danza de tigres en celo, un retumbar de tambores, un crepitar sordo de hogueras y de galaxias en combustión, la esclava estaba gozando, sin duda, el esclavo había cumplido honor a su verga, y continuó el esposo entrando y saliendo de aquella rosa joven y entreabierta, desbordada de jugos, hasta que eyaculó con un hondo suspiro de agonizante, hinchadas las venas de su cuello, y Marta se notó llena de agua, espesa de aceites, sudor, jugos y leches, soñando con el falo negro y la musculatura ebúrnea del esclavo, estaba la Ley cumplida. Media hora después, una Marta agotada por el peso de su traje nupcial sonreía al penúltimo grupo de rezagados, sirviéndoles el vino postrero, y aunque observó con detalles los rostros y envergaduras de cuantos sirvientes recogían en la sala y en el patio los muchos residuos de la celebración, a ninguno le fue dado reconocer, ni pudo tampoco mirar a los ojos a su esposo, temiendo una pregunta sobre su ausencia que, al fin, no le formuló, Sarceas la vio desde la otra esquina de la estancia y calibró sus formas de mujer bajo la tela, sin deseo ni ilusiones, "nunca volverás a codiciar otro cuerpo como el de esa esclava a la que jamás verás de nuevo", le había dicho Tobías una semana antes, "soñarás hasta tu muerte con esas curvas, esa piel y esos senos que Yahvé te permitió gozar durante un minuto", completó Ezequiel, "jamás tu esposo te poseerá con la fuerza huracanada de ese esclavo, con un falo tan grueso y en medio de un silencio tan subyagador", acabó Ruth, mirándola a los ojos, y Marta supo que la Ley estaba ya cumplida, que su marido no era negro ni hermoso, y Sarceas entendió que su mujer era banal e indistinta como las ásperas e innumerables arenas del desierto, que ella nunca podría pedirle su falo para chuparlo -estaría en su derecho de repudiarla por ramera- y que él jamás podría exigirle a la inocente y pura Marta la ignominia de esa felación, tan vergonzosa como contraria a las costumbres, Marta contempló sin mirarlas y sin entenderlas las lágrimas de Sarceas, que ahora inclinaba el rostro hacia el suelo, sabiendo que había protagonizado el último milagro de su vida, y que ya no podría asistir -jamás- a un nuevo prodigio, ella escondió su llanto con más coraje y resignación que su marido y se aprestó, en adelante, al cumplimiento tenaz de su rutina.
Nace en Barcelona en 1954, pero se asienta en Málaga. Licenciado en Derecho. Destaca como novelista y dramaturgo. Con la novela Muntaner 38 gana el Premio Jaén de novela y su última novela publicada es El vendedor de rosas (Destino, 2000), que se inspira en uno de los cuentos que os ofrecemos y que lleva el mismo título. Como dramaturgo obtiene el premio Romero Esteo en 1986 y el premio Enrique Llovet en 1989. Pero no deja de lado la labor de contador de historias, donde ha publicado El tercer día (1978), El secreto de las ventanas (1991) y El vigilante del salón recreativo (1991). Para nosotros, que hemos tenido la suerte de escucharle contar historias de viva voz, es un honor tener entre nuestras filas a este hombre encandilado por el Sur español, quien logra en sus historias insertarnos en vena la misma dosis de ternura que de fina ironía.
EL VENDEDOR DE ROSAS Hubo un tiempo en el que vendía rosas con Tita por los restaurantes del barrio de Gracia de Barcelona. Las compraba en el Mercado de las Flores y al anochecer las envolvía en una bolsa de basura negra y salíamos a la calle. Los ojos azules de Tita tenían cierto poder hipnótico. O quizás era su sonrisa de gallega buscándose la vida en la gran ciudad. El caso es que solíamos venderlas en poco tiempo. Luego, repartíamos las ganancias y tomábamos alguna copita en el barrio del borne. Ella era enfermera y yo abogado, pero nos ganábamos la vida vendiendo rosas. Mi padre decía que una carrera era imprescindible incluso para vender rosas. Entonces se pensaba así. Cuando descubrimos que ella tenía mayor poder de persuasión que yo, decidimos que entrara ella en los restaurantes con la sonrisa y sus ojos hipnóticos. Yo aguardaba fuera. A veces, salía con la bolsa de basura arrugada entre las manos porque había vendido todo el ramo a algún enamorado o a alguien que celebraba el aniversario. Cada vendedor de rosas tenía asignado un barrio. Una zona de cuyos límites no podía salir porque si no se exponía a la mafia sudamericana que copaba el negocio de las flores. La ciudad estaba dividida en fronteras que sólo reconocíamos los vendedores de rosas. No envolvíamos el género en papel de plata como hacían los demás. Ni le quitábamos las espinas. Simplemente las envolvíamos en una bolsa de basura negra y salíamos a la calle. El día de San Jorge nos levantábamos a primera hora de la mañana y colocábamos una mesa en la Rambla de Cataluña, esquina Consejo de Ciento. Ese día sí que poníamos papel de plata y las vendíamos algo más baratas para competir con las floristas de las Ramblas o con los oportunistas que improvisaban un puesto de rosas en cualquier lugar de la ciudad. Un año se celebraban elecciones municipales durante esas fechas y pasó un autocar por la Rambla de Cataluña con uno de los candidatos regalando rosas rojas a los transeúntes. Un esquirol que hizo descender el nivel de las ventas. Viví durante un año y medio de las rosas. Sin jefes, sin declaraciones a Hacienda, sin prisas. Un año y medio de paseos nocturnos y flores y risas. Una supervivencia fácil en una ciudad dura y competitiva. Ahora Tita trabaja en el Hospital del Mar, al lado de la Villa Olímpica. Yo vivo en Málaga. Pero estoy seguro que cuando cualquiera de los dos estamos cenando en un restaurante y se nos acerca alguien ofreciéndonos flores, recordamos con nostalgia aquella época y al compañero de las rosas. (Publicado en el periódico El Sur, de Málaga el 10/VI/95)
NO Nunca he sabido decir no. Una palabra tan sencilla, clara y definitiva. Tan fácil de pronunciar. Y además nada hipócrita, ni ambigua, ni confusa. Me encantaría saber decir no. Aparte de que me evitaría muchos problemas y compromisos. Pero no sé qué me pasa que no puedo decir no. Después he de acarrear con las consecuencias. Mi trabajo exige decir a veces que no. Es más, me pagan para que diga no. Pues bien, jamás lo he dicho. Le doy vueltas a las cosas. Juego con el lenguaje. Divago. Me pierdo en elucubraciones. Procuro decir algo que se parezca a una negación, pero procurando ser lo más amable posible. Quizá mi conducta sea una secuela del miedo. O una de las causas de la educación que he recibido. La verdad es que no lo sé. Supongo que también influye la bondad. Soy un hombre bueno que suelo inspirar buenos sentimientos en las personas y me cuesta ser de otra manera. No me agradaría defraudar a quienes confían en mí. Pero todo lo que digo ahora no son más que divagaciones. Simples excusas para justificar mi incapacidad para la negación. Los encargos se me acumulan uno tras otro. Cada persona que me pide un favor sabe que lo va a conseguir, porque yo soy el hombre que no sabe decir no. El pusilánime que todo le parece correcto. Pero también mi cuenta corriente desciende de una forma vertiginosa. Aparte del trabajo y del dinero, también cedo continuamente mi tiempo. Soy la persona que más lamentos, problemas y experiencias ha oído del mundo. Cuando alguien quiere desahogarse, me llama a mí. Creo que sé escuchar a la gente. A lo mejor es que no pongo inconvenientes, ni me escapo corriendo, cuando los demás me cuentan su vida. El resultado de no saber o no atreverme a decir que no es que carezco por completo de tiempo para disfrutarlo en mis propias cosas. Porque ni siquiera las noches consigo tener libres. No hace falta que les desvele a qué me refiero. No negaré que, en ocasiones, el hecho de ser tan positivo me ha proporcionado veladas maravillosas. No siempre es malo no saber decir que no. A medida que transcurre el tiempo y me hago viejo, he de confesar que cada vez me apetece menos llevar para adelante tantas relaciones. Les podría enumerar la de noches que paso sin dormir por ser un hombre galante, pero no deseo faltar al respeto a nadie. He llegado a un momento de mi vida en el que ya no puedo más. Me falta la fuerza, las ganas, el tiempo y el dinero. Me trata un psicólogo que intenta enseñarme a decir no. Como es lógico, le pago para curarme. Hasta ahora no lo ha conseguido y no creo que lo consiga tampoco en el futuro. Sin embargo, me siento incapaz de dejarlo. ¿Cómo le voy a decir que no quiero volver más a su consulta? (Publicado en el periódico El Sur, de Málaga el 28/X/00)
EL ABSTEMIO Hace aproximadamente un año un amigo me convenció para que cambiara mi viejo ordenador por un portátil. Me imaginé escribiendo en el Caribe, en los aeropuertos de medio mundo, en hoteles. Un ordenador del tamaño de una bolsa de aseo donde cabrían novelas enteras. Sucumbí a la tentación y mi amigo me acompañó a comprar un Toshiba de color gris marengo con una pantalla celeste que era la gloria. Incluso podía conseguir que aparecieran nubes o estrellas en los periodos de descanso. El universo estaba encerrado en aquel maletín que puse sobre la mesa del salón como si fuese un florero. No me atreví a abrirlo hasta pasado algún tiempo. Cuando lo hice, apenas escribí porque tenía la sensación de que las palabras le molestaban. Había comprado un ordenador vago, pijo y lo que es peor: abstemio. Descubrí que mi ordenador portátil no bebía la misma noche que decidí poner a prueba su vagancia. Comencé una novela. Pulsaba las teclas grises y las palabras iban apareciendo una tras otra en la pantalla azul. Era un avión a reacción escribiendo mensajes en el cielo. Aquello merecía una copa. Fue entonces cuando se produjo el colapso. Unas gotas de malta cayeron sobre el teclado y el cielo azul se cubrió de nubarrones. La oscuridad se cernió sobre la novela que acababa de empezar. Las palabras, los diálogos, los nombres de los personajes, se diluyeron en el whisky de malta. Apagué el ordenador y esperé unos minutos hasta que se le pasara la borrachera. Ya saben lo que dice el refrán: "Quien con niños se acuesta, cagado se levanta". El ordenador portátil es un niño que la caga continuamente. Llevé el portátil a la tienda de informática donde lo había comprado. Una especie de UVI para ordenadores. Sólo verlo el doctor le abrió las tripas y dijo que olía raro. "Huele a vino", dijo. "Malta -corregí-, "whisky de malta". Tras practicarle los primeros auxilios, el doctor decidió mandar el portátil a Sevilla, donde había doctores especializados en comas etílicos de ordenadores portátiles. El teclado pasó un par de semanas en Sevilla. Durante ese tiempo el ordenador fue un niño amputado, incapaz de valerse por sí mismo. Cuando le implantaron el nuevo teclado seguía sin funcionar. "La batería también debe estar afectada". Una ambulancia trasladó la batería al mismo hospital donde estuvo internado el teclado. Pasaron otros quince días. Después llegó otra batería envuelta en celofán. Mi portátil también lo tengo envuelto en celofán desde que recibí la factura de las operaciones. No conozco a nadie que haya pagado un precio tan alto por un simple chupito de malta. Ahora voy con cuidado y apenas bebo cuando escribo. No quisiera que ninguno de los dos pasara de nuevo el mismo calvario. (Publicado en el periódico El Sur, de Málaga el 15/I/00)
ALEJANDRO MANRIQUE
CAUSAS Y EFECTOS
Por supuesto que no era un accidente, habían hecho que nos conociéramos en una fiesta en casa de una amiga común. Acababa de separarme. No era extraño que toda compañía femenina mínimamente apreciable me cayera como anillo al dedo, y no por escasez de sexo o soledad, salía con una chica bellísima por añadidura, era otra cosa, algo como una necesidad de compensar en todos los lugares lo que había perdido en uno. Llegué temprano, llovía, y apenas traspuse la puerta vi ahí mismo al alcance de los ojos a esa mujer ajena y fue lo primero que saltó a la vista, no "pertenecía", sencillamente ajena. Mojada, con el pelo chorreando sobre la cara lavada de lluvia y maquillaje, el aspecto golpeaba. Convengamos que una mujer medianamente aceptable, que no sea fea del todo aunque más no fuere, sin maquillaje, mojada y renqueando, produce inmediatamente una compulsa de ternura o algo por el estilo, cosas de la especie. Y ahí estaba ella, acababan de sacarle un yeso por lo que caminaba con dificultad; sumemos luz tenue de pasillo, noche de 31 de diciembre, fiesta de "solos", mayoría de solteros y separados entre 30 y 45, mayoría de ex-izquierdas fundidos por la represión y las ideologías, reciente divorcio, alcohol, y feroz necesidad de sentirse bien aunque sea como tregua, y el resultado da cuenta simple. Sólo le dije con toda la convicción del mundo que me parecía lindísima y usé exactamente esa palabra. No pude decir hermosa porque no lo era, pero en el momento y el lugar adecuado un "lindísima" suena tan bien como la mejor de las palabras del idioma, y ella lo apreció y agradeció puntualmente. La dueña de casa, que por algún motivo no apreciaba a mi pareja, no quería dejar nada al azar. Los lugares en la mesa estaban asignados con nombre y souvenir y naturalmente el mío quedaba al lado de la ajena, no tuve tiempo de agradecérselo. Las cosas marcharon bien hasta que mi pareja se liberó de su familia, me avisó por teléfono, y me fui con un hasta pronto colectivo. No recuerdo fechas pero transcurrieron meses hasta que volvimos a encontrarnos "de casualidad" otra vez en casa de mi amiga. A esa altura no la había olvidado, pero había pasado tiempo, ella caminaba normalmente, no llovía, yo no había tomado una gota de alcohol, y eran las cinco de la tarde. No se trataba de rechazo, ni siquiera desinterés, apenas una falta leve de interés que no es lo mismo, pero las cosas ya estarían armadas y la ajena usó la oportunidad. Todo fue breve. Charla intranscendente, arreglo de un par de asuntos con mi amiga, y cuando estaba por irme ella pidiéndome que le dé un ejemplar de mi último libro y hasta ahí nada era extraño, podía imaginar a mi amiga informándole previa y cuidadosamente al descuido. Lo extraño fue que se lo diera sin dedicatoria, que ella me la exigiera, y que yo escribiera textual e impensadamente "Para Laura, con quien la experiencia (imagino), sobrepasaría las posibilidades del lenguaje", todo como distraídamente, en fracción de minutos, y hablando simultáneamente de otra cosa. Cuando me di cuenta de lo que había escrito casi decido no dárselo, no me pareció en absoluto una dedicatoria apropiada, y no por lo audaz o algo así, simplemente porque no era cierto. Por el contrario, si había preconcebido alguna idea era sobre una mujer matemáticamente previsible. No había mucho para imaginar, era codificable. Cuarenta, profesional, soltera, sola, rutinariamente próspera, y "muy-muy" ocupada. Por si algo faltaba, había logrado enterarme que desde hacía nada menos que diez años no se le conocía pareja estable, inestable, alternativa, sexual, amorosa, perversa, zoofílica, ni nada de nada. Mi trabajo es observar, y después de tantos años de entrenamiento no suelo equivocarme. Ella era una solterona, en el buen sentido de la palabra pero con todos los atributos que conciernen a una solterona de fin de siglo, educación burguesa, moral pseudocatólica y economía resuelta, y si estaba ahí diciéndome que leerlo ameritaba un encuentro posterior para comentarlo, no era porque le interesara el libro sino simplemente para considerar la posibilidad de dejar de serlo. Decididamente esto iba más allá de lo previsible, en el mismo acto revelaba dos factores. Sabía que yo salía con alguien e igual lo intentaba, es decir que era agresiva y competitiva, muy bien, a su momento lo tendríamos en cuenta. Dije que la llamaría como se dice hasta luego y me fui. Volvieron a pasar semanas hasta que decidí cumplir mi promesa. Era un momento duro, mi ex-esposa atravesaba una crisis agresiva mientras mi pareja comenzaba a hacer aguas, la pretensión era pasar una noche cálida en compañía de una piel ajena y complaciente. Debí saber que no era la piel ni el momento adecuado, pero me obstiné en lo contrario y allí fui. No lo pasamos mal, sólo que a la hora el café empezaba a producir gastritis, ella según lo previsto tenía muy poco que decir del libro que aún "no había podido terminar", mucho que decir de su trabajo que honestamente no me interesaba, y un cansancio antepuesto empezaba a gritarme en los oídos. Otra vez no era el desinterés limpio y cristalino, sino una especie de tedio fino y empalagoso rayano en el aburrimiento, los escozores esperables brillaban por su ausencia y en su lugar una saturación suave ganaba la batalla. Me fui. No había sido en vano sin embargo, por primera vez nos habíamos encontrado sin el soporte de los amigos, y mis silencios intencionales la habían obligado a decir quizá más de lo que hubiera querido, lo cual de todos modos no era mucho. La incomodaba el silencio, fumaba en exceso, el interés desmedido en el trabajo hablaba de una vida vacía, estructurada y carente de pasiones, aunque en eso me equivoco, en realidad no carecía de pasiones sino más bien se diría que las sublimaba por el lugar equivocado. En otras palabras, vivía como turista de la vida. Miraba todo, sacaba conclusiones rápidas, agendaba, y cerraba el caso absolutamente convencida de que el vivir era un asunto unidireccional. El acto de observar, lo observado, y ella misma, eran tres elementos nítidamente separados, ella no formaba parte del sistema, estaba fuera y por encima. De opiniones tajantes, jamás expresaba una duda, su discurso era una enumeración de certezas. Cuando manejaba de vuelta a mi casa iba preguntándome por qué sería que soledad y soberbia caminaban generalmente de la mano, como respuesta apareció la palabra miedo en letras rojas y enormes. No fue una gran decepción gracias a que tampoco era grande la expectativa, sin dedicarle mayor tiempo al asunto opté por su método. La encarpeté como asignatura pendiente no obligatoria, la archivé, y cerré el cajón para otra oportunidad o nunca. La vida siguió con toda la falta de rutina que me caracterizó en esa época. Mi ex-esposa fue tranquilizándose poco a poco, mi pareja siguió haciendo aguas lenta pero tenazmente, hasta que llegó el día en que ambas renunciaron a su mayor ocupación consistente en romperme la rutina y me encontré con más tiempo libre del que había logrado imaginar en los últimos meses. Recién entonces recordé la posibilidad de la ajena flotando inconclusa y ni siquiera me preocupé en averiguar nada, aposté a que por su lado seguiría todo exactamente igual, y no me equivoqué. Nos encontramos para cenar un viernes. De antemano evalué que no cabía esperar nada de ella. Sus esfuerzos se habrían agotado aquella vez del libro, de alguna manera se había evidenciado y no creí que estuviera muy conforme al respecto teniendo en cuenta el resultado de nuestro encuentro anterior, así que si algo salía de éste debía ser casi de mi exclusiva responsabilidad. Muy bien, primer punto aclarado. La duda en todo caso era hasta dónde estaba honestamente dispuesto a llegar yo, y en realidad no lo sabía, pero eso ya era suficiente, bastaría con plantear las cosas con una sinceridad rayana en la estupidez, y dejar que la vida se ocupara del resto. Hacía calor, el patio descubierto del restaurante era agradable y ella impuntual, una forma poco auspiciosa de empezar. Finalmente llegó con disculpas y un beso minúsculo rozándome la oreja, parecía inquieta o levemente tensa. Para refugiarla en lo seguro de lo cotidiano le pedí que eligiera el menú. No fue una velada antológica en principio. Recién con el correr de la hora y el vino las cosas fueron tendiendo hacia algo más sano. Su relajación paulatina me permitió observarla menos envarada, menos "profesional", y apenas menos convencida de que el mundo fuera sólo y únicamente como ella decía. Paralelamente fui viendo que mi optimismo anterior había exagerado un poco. No era lindísima ni nada que se le pareciera, apenas una mujer medianamente interesante, vestida con discreto buen gusto, y un poco excedida de peso, pero esto no pasaba de una apreciación subjetiva por contraste. Mi anterior compañera era realmente hermosa y disminuía cualquier comparación, o en todo caso ese no era el punto. Mientras ella hablaba mi mente no paraba de preguntarme qué había venido yo a buscar aquí, y no era que no encontrara razones, sino que aparecían tenues, difusas, y ninguna que se impusiera por su propio peso. Opté por pedirle las respuestas a ella y la interrumpí abruptamente preguntándole qué esperaba de mí. No fue un buen movimiento, o sí, volvió a tensarse y se quedó de pronto callada dudando entre mentirme urbanamente o decirme la verdad. Por fin, después de un silencio que pareció demasiado corto, respondió con una mezcla de ambas no exenta de elegancia. No me convenció, el discurso fue demasiado largo y un poco vago, pero sirvió para establecer que a partir de ese momento conformábamos una especie de "relación" a la que ninguna cola de adjetivos agregaría aclaratoria alguna, sobre todo para mí. A las dos de la mañana cuando ya nos íbamos, como símbolo de lo que seríamos en adelante mi encendedor dejó de funcionar, y el mozo, en un acto de torpeza magnífica derramó un vaso de vino helado sobre mi entrepierna. Al cabo de unos días yo empezaba a mirarla con cariño y ella a preocuparse por saber lo que nadaba en mi cabeza, "territorio inexpugnable" según sus propias palabras. En realidad no ocultaba nada voluntariamente, pero mi manía de citar autores parecía ponerla en un estado de confusión irascible. Se irritaba pidiéndome que hablara con mis palabras y por mi boca, y de alguna manera era lógico. Su argumento consistía en que yo me escondía tras el pensamiento de terceros, por muy geniales que fueran, solamente para evitar exponer el propio, y yo le contestaba burlonamente citando a Trilling cuando decía que sólo somos hombres violados por las ideas. No obstante, comenzaba a insinuarse la ternura en su presencia. La veía como la mujer sola que era, enfrentada a la perspectiva de la vejez y la inseguridad, amurallada tras una coraza de certeza y profesionalismo, negada por miedo a cualquier pensamiento que no tuviera su correlación con algo férreamente concreto, palpable, pesable y medible. Si la miraba excluyentemente desde esa óptica podía predecir un futuro poco venturoso para ambos, en verdad no teníamos nada que ver. Mi universo estaba compuesto de intangibles, y aunque en lo externo me atuviera a cierta coherencia, mi mayor ambición consistía en descomponer en millones de figuras la aparente unidad del yo, para recomponerlo en otro orden, y volver a descomponerlo luego ad infinitum, al fin la esquizofrenia es el principio de todo arte. Es cierto que no avanzaba demasiado rápido, pero algunos pasos estaban definitivamente dados y no coincidían demasiado con los suyos. En todo caso, quién sabe, quizá pudiéramos complementarnos. Tal vez y sólo tal vez, a la larga ella podría convertirse en la soga que me sujetara a este mundo el día en que fuera capaz de dar el salto, y yo podría convertirme en la bocanada de viento negro dentro de su realidad maniquea, todo era posible. Nuestras charlas solían ocupar buena parte de la noche entre comidas preparadas, vino, y el mejor café. Otras veces eran horas de videocine, o fines de semana en Uruguay, y hasta allí podía decirse que yo era prácticamente feliz. La única manifestación de problema surgía cuando la charla comenzaba a desteñir y el dormitorio parecía llamar en calidad obligatoria. El prejuicio estético haría lo suyo por supuesto, pero no era fundamental, había una forma de no-entrega reinante y omnipresente desde ella a mí y viceversa, un camino recorrido en soledad y por separado nos hacía arribar a diferentes lugares y experiencias. Mi yo más externo actuaba correcta y demasiado conscientemente, fabricaba causas que generaran determinados efectos y hasta generalmente lo conseguía, pero tras la escenografía estaba la barrera, el "no pasarás" indeleble llenando la atmósfera de inmanencias. Fue la historia del huevo y la gallina. Nunca supe si sus tabúes inhibían mis posibilidades de ser uno con "el todo" de su cuerpo y su alma, o si mis reticencias, mi no-comunión con su realidad hiperconcreta la hicieron sentir permanentemente fuera del secreto del amor, el gran ausente. Con el tiempo dejé de intentarlo, abandoné la perspectiva de problema como desafío para pasar a la idea de muro impenetrable, y se notó. Nos habíamos hecho buenos compañeros, los días pasaban brillando de ocupaciones y discusiones animadas y compartidas, pero a la noche la dejaba sola. Mi piel estaba ahí, mi cuerpo estaba ahí sudando contra el suyo, pero mis figuritas del yo huían tan lejos como les fuera posible. Por fin decidí ponerle palabras a los hechos. No quería dañarla en absoluto, apenas enterarla de otro pedazo de ese "territorio inexpugnable" que ella sentía cada vez más real, y ver si entre los dos, quizá y sin garantías, podíamos anagramar para hacerlo habitable. No medí sus defensas, apenas dije dos palabras decidió poner en marcha las topadoras y arrasarlo todo. La culpa era mía, había olvidado que la parcelación no se correspondía con su vida, el que sabía de la apariencia de la unidad era yo, para ella la unidad era algo pesable, medible, y tan concreto como una tonelada de acero. Me fui eligiendo creer que no la había dañado, seguro de que no lloraría, no lo lamentaría, y estaría otros diez años o siempre convencida de que la vida era un asunto unidireccional, hiperconcreto, y quien así no lo entendiera sencillamente estaba equivocado. En algún momento pensé que quizá tenía razón, y si eso le evitaba el dolor que yo sí sentía frente a la destrucción de todas las posibilidades que ya no nos daríamos, estaba bien y habría que tenerlo en cuenta. Le agradecí en mi interior que me hubiera ahorrado la culpa de una escena, y me preparé a enfrentar el duelo de otro fracaso como algo acostumbrado, normal, y hasta lógico tratándose de mí. Al cabo de unos meses volvimos a encontrarnos. Cuando vi su coche en casa de mi amiga casi decido irme, pero la perspectiva de la cobardía no me tentó. Entré esperando encontrarla sólida y armada como de costumbre, pero sus ojos y la comisura de los labios me alertaron de otra cosa. Su silencio endurecido y el beso de saludo exageradamente perdido a la altura de la oreja me pusieron incómodo, hablé cuatro palabras, dije que estaba apurado, y me fui. Algún tiempo después supe que trató de llamarme con alguna excusa, y mi amiga dijo que la ruptura la había afectado considerablemente. Sentí la alegría creciéndome y sonreí, la relación había fructificado por fin en algo bueno y podía desentenderme de ella para siempre, estaba satisfecho. Un poco por ella, reconocer que algo le dolía o la acercaba a la duda ya era en sí mismo una invitación a cuestionarse el todo de la vida, la posibilidad del anagrama, pero más por mí. Su dolor revalidaba desde afuera mi existencia y mi realidad aparente, al fin, la mayor o menor realidad de una persona depende de su capacidad para producir dolor.
DIEGO SÁNCHEZ AGUILAR Nació en Cartagena en 1974. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia. Ha sido colaborador de la revista Postdata y participante en el Congreso Internacional de Literatura de las Américas en la Universidad de León. Trabaja como profesor de un instituto en la provincia de Almería.
ANUNCIACIÓN DE MARÍA
El pequeño salón se llenó de voces. Entraban por las puertas del balcón y se repartían por toda la casa con su jovialidad y desprecio por todo lo que no compartiera su alegría desmedida, ridícula, que se exaltaba a sí misma con gritos y canciones bañadas en alcohol barato servido en grandes recipientes de plástico. Tras escuchar de nuevo la bienvenida al buzón de voz de su mujer, colgó el teléfono y se levantó furioso para cerrar las puertas, pero no pudo evitar salir al minúsculo balcón lleno de excrementos secos de paloma y mirar hacia abajo. Era un edificio pequeño, de tres pisos. El suyo era el último y desde esa altura se quedó mirando a la pandilla de jóvenes, con aspecto de universitarios, cuyas cabezas sin rostro seguían riendo. Le parecían, desde ahí arriba, como marionetas movidas por unos hilos absurdos: los celos, el deseo, la soledad y la ebriedad moviendo esas piernas que se estiran sobre la acera, espaldas que se apoyan en la pared, brazos que se estiran para compartir el caldo inmundo y ya caliente que el "mini" contenga. Realmente era una tontería el mal humor que le había dado de repente, esta noche; pero era un hecho, estaba ahí dentro de él mientras miraba al más ruidoso del grupo, que intentaba llamar la atención de la chica de los vaqueros con alguna sarta de estupideces que no pudo entender del todo por su vocalización de borracho a las tres de la madrugada. Entonces empezó a divertirse un poco pese a todo. Desde su altura privilegiada, comenzó a comprender un poco al dios sádico que movía esos hilos, que se complacía en hacerlos repetir los personajes hasta el infinito, dejando que se crean únicos y hermosos en la noche, en la cerveza, en la juventud, en la lujuria y el falso hastío que creen inventados por ellos y para ellos; para esos vaqueros que se acercan ahora al ruidoso macho de pelo rizado que se anima a sí mismo, a su miedo, con más gritos: Ven, María ven...otro pasito p´alante, María, siéntate, ven aquí. Ella ríe y busca un lugar no muy sucio de acera junto a la gran sonrisa de pelo rizado que prepara ya la frase ingeniosa de turno que le dirá en voz baja cuando María se deje de remilgos y se siente por fin. El otro, el de la camiseta naranja se ha quedado ahora callado y mira sin saber qué decir a la chica de los pantalones negros. Le pareció patético y familiar, ver a ese chico de repente solo ante el mundo, sin la protección de su amigo que llenaba todo el vacío con su presencia y su voz potente; y ahora le abandona y se queda él con una sonrisa de antes, que ya no vale para nada y empieza a resultarle ridícula y tiene que taparla con el enorme vaso de plástico y beber despacio mientras se prepara para cambiar el gesto y piensa en algo no demasiado estúpido que decir a esa chica que apenas conoce y que también está lamentando la recién estrenada intimidad de su amiga con el otro, dejándola a ella con este tipo insulso. Pensó que había poco más que ver ahí. Una pareja se había convertido en protagonista y la otra en espectadora incómoda y fuera de lugar. Antes de entrar y cerrar las puertas del balcón, (no ya contra estos, que parecía que no iban a molestar más, sino contra las hordas que periódicamente pasaban por su céntrica calle buscando bares que aún no hubieran cerrado) miró al cielo. Tenía como siempre ese color negro sucio, manchado de amarillo urbano, pero por ahí arriba había una nave que hacía la primera tentativa de llegar a Marte, "amartizar", tal y como repetía pomposamente el reportaje especial que estaba intentando seguir en la televisión y que las voces de la calle impedían con algo más que los ruidos; también con lo que significaban, el mundo que le presentaban y que hoy, justamente hoy, no quería tener presente. Los ruidos se amortiguaron un poco con las puertas cerradas. Miró el teléfono sabiendo que no debería hacerlo, era una tontería, qué iba a decirle si contestaba esta vez, hola Nuria, nada, que llamo para saber si me estás poniendo los cuernos con ese compañero tuyo de trabajo, Manolo, el "majo", que también iba a esa estúpida cena que hacíais para celebrar las vacaciones de Semana Santa, que no sé qué coño celebráis, si son 4 días miserables y luego otra vez a la oficina, bueno, eso, que como son ya las tres y media y los bares han cerrado, pues pensaba que a lo mejor es que me estás poniendo los cuernos, en la calle o en su casa y por eso estaba un poco de mal humor y no podía leer y estaba un poco nervioso y sintiéndome como un gilipollas aquí, solo, viendo la tele mientras todo el mundo está por ahí bebiendo como camellos y riendo estúpidamente las gracias de tipos tan "majos" como Manolo. Pero estaba claro que no, no iba a decirle todas esas tonterías. Tenía que buscar algo que encajara dentro de las formulas más o menos normales, o dentro de lo que puede denominarse cordura telefónica; algo que encajara, por ejemplo, en el esquema "llamada inesperada de esposo enamorado que echa de menos a su mujercita en una breve separación". Estaba entonces preparado para derramar simpatía y cariño, preguntarle qué tal se lo estaba pasando, rechazar comprensivamente la posible invitación para que se uniera a la fiesta y despedirse con un te quiero enternecido, tan enternecido que ahora mismo, mientras se lo imaginaba, con el teléfono ya en la mano, se enterneció de verdad. Intentando reprimir unas vagas ganas de llorar que se agolpaban vergonzosamente en su garganta, marcó rápidamente el número del móvil de Nuria, tal vez antes no tuviera cobertura por estar dentro de un bar y ahora, que puede que esté en la calle sí que podrá hablar con ella y relajarse por fin un poco y olvidar estos estúpidos celos que esta noche, de repente, no podía apartar de la cabeza, como esos ruidos de fiesta y promiscuidad que se empeñaban en atravesar su balcón como una machacona, insoportable canción de moda. Bienvenido al buzón de voz Movistar. Ha llamado al 6-0-9-4-3-3-5-6-3. El teléfono móvil al que ha llamado se encuentra apagado o fuera de servicio. Si lo desea, puede dejar su mensaje después de oír la señal. Se quedó escuchando la impersonal voz de mujer del buzón de voz, odiándola porque era una mujer, porque no era su mujer, porque odiaba ahora a todas las mujeres, la del contestador, la suya, la María de abajo, todas putas, joder, y él ahí con su cara de tonto viendo cómo una nave espacial da un glorioso, otro glorioso paso para la humanidad. La humanidad siempre dando pasos, otro pasito p´alante, pensaba, preguntándose más bien si su mujer estaría también dando algún glorioso paso en dirección al erecto y "majo" miembro de Manolo. Así era imposible concentrarse. Volvió a intentarlo. La nave flota ingrávida en medio de la oscuridad, del "polvo cósmico", joder, van a nosecuantosmil km/h, pero la imagen que transmiten es de total tranquilidad. Paz absoluta y silencio en la inmensidad de la galaxia. Todo tranquilo por aquí arriba eran las celebradas palabras del capitán de la nave, todo tranquilo. Empezó a añorar esa calma submarina que emanaba de la televisión, de la voz vía satélite, todo tranquilo aquí abajo, todas las hormigas tranquilas, unas en las calles y otras en sus casas, da igual, todas tranquilas paseándose por el planeta buscando cosas que creen que buscan, esperando cosas que creen que esperan. Unas buscan y otras esperan. Las que buscan son "busconas" y los que esperan son gilipollas, pensaba ahora ya más relajado, más concentrado en la televisión. Una vez que definitivamente había asumido su papel de celoso y de malhumorado se sintió mucho mejor, sin tener que rebelarse contra todo aquello que bullía en su mente y contra lo que trataba de luchar porque se suponía que él no era celoso, a él no le iba eso, era comprensivo, tolerante y tranquilo. Pero esta noche no. Y era mejor reconocerlo. Y viéndolo desde ahí arriba, flotando en el espacio, era mucho más fácil, su insignificancia, la de Nuria perdida en la noche, la de los cuatro universitarios que estrenan el mundo tres pisos, varios miles de kilómetros más abajo. En el sopor que empezó a invadirle se vio también a sí mismo hace cinco años, cuando él era un universitario no muy distinto de los que ahora le imponen ese mundo que él va dejando atrás a base de trabajo y matrimonio. Se vio concretamente en otra noche espacial. Era la primera vez que un astronauta español salía al espacio. Era también la primera vez que salía con Nuria. Había varios amigos, pero todos se fueron marchando, dejándolos solos, a su timidez y su ansiedad, su indecisión para besarla, para hacer algo antes de que todos los bares cerraran y ella se retirara decepcionada a su casa y él a la suya. Y los bares fueron cerrando y ellos dos por las calles, buscando alguno abierto donde poder seguir juntos con alguna excusa. Entre esa multitud vociferante de ahí abajo habrá decenas en la misma situación que rememora en este momento. Aquel día la besó ya en el último bar y entonces la cuestión era encontrar un sitio donde poder hacer el amor. Entonces vivían con sus padres, y siguieron dando vueltas buscando más bares. La recuerda como una noche preciosa; no eran insignificantes, por supuesto, y la nave que esa noche les hacía mirar al cielo había sido lanzada exclusivamente para ellos, para que él se imaginara a Pedro Duque, que así se llamaba el astronauta en cuestión, asomado a una ventana de la nave, saludándolos, saludando ese nuevo amor que nacía esa noche en una ciudad y un mundo creado para ellos. Creado para ellos también el piso de estudiante de un amigo adonde decidieron ir, para hacerle una visita, dijo él y ella estaba de acuerdo, ella también tenía ganas de verle, muchas ganas, suerte que además les dejara luego una habitación donde encontraron la intimidad que buscaban . Que el agradable recuerdo que le mecía llegara a ese punto fue especialmente inoportuno. Recordar ahora a Nuria en la penumbra de la habitación ajena, excitada de deseo y alcohol, desabrochándole los pantalones y metiendo la mano con ansiedad hasta encontrar su enorme erección ante la que se arrodilló de forma nada religiosa. Las imágenes empezaron ahora a confundirse. La veía claramente en esa postura, con la cara seria y sombría por el deseo, pero ya no era él, era Manolo el que desde arriba le acariciaba la nuca y la iba levantando suavemente para empezar a desnudarla. Se levantó del sofá con un salto y abrió de golpe las puertas del balcón buscando un poco de aire. La calle estaba ahora más silenciosa, la gente había optado al fin por irse a dormir o a las dos discotecas de la zona. Las cuatro ya. La verdad es que Nuria odia las discotecas, no tiene sentido que tarde tanto, con los bares cerrados. Miró hacia abajo y vio que aún quedaban dos de los cuatro que había antes. Naturalmente, eran el hombre de pelo rizado y María, que había dado no uno, sino varios pasitos y estaba prácticamente follándoselo ahí mismo, sentada sobre él y besándolo con furia, con violencia. Le era difícil apartar la vista del obsceno espectáculo, del mismo modo que le era imposible apartar de su mente la imagen de Nuria entregándose con igual furia a otro. Era una atracción absurda y profunda que le excitaba y le dolía por igual. Miró de nuevo al cielo, buscando la calma, la paz celestial, espacial. Aturdido como estaba de excitación y celos entrevió una imagen que no pudo discernir con nitidez; no podía pensar con claridad, pero sabía que él en ese balcón, esa pareja en la calle y la nave espacial en la noche, formaban algún tipo de dibujo o de reflejo con la imagen de él mismo hace cinco años en las calles, con la otra nave, con Nuria abrazando a alguien en la noche. Sí, había algo, una especie de espejo deformante o algo así, no podía pensar bien, pero sabía que fuera lo que fuese era una mierda y que no podía seguir viendo cómo el tío ese sobaba el culo tejano de la María, ni cómo ella metía sus manos bajo la camiseta de él. Decidió que ya estaba bien y cerró las puertas del balcón con un gran portazo que resonó en toda la calle ahora desierta, como queriendo con ese portazo apartar la imagen de Nuria desnuda de su mente, queriendo también molestar a la pareja de abajo, separarlos, mostrarles que les estaban viendo y censurando. El portazo hizo que María volviera a la realidad, poco a poco, con la cabeza aturdida, fue dándose cuenta de dónde estaba. Estaba en la calle, con un tío, ¿Gabriel? Sí, creo que se llama Gabriel, estaba borracha. Pensaba que estaba borracha y se complacía. Estoy borracha. Cuando cerraba los ojos las cosas giraban lentamente y ella empezaba a tocar la piel cálida y suave de ese hombre, a notar cómo se empalmaba bajo su peso. Cerraba los ojos y no veía nada, sólo sentía sus manos y su mareo. De vez en cuando aparecía en la oscuridad la imagen de su novio y entonces besaba con más rabia, apretaba su pecho con más fuerza. Ahora, con el portazo, miraba un poco extrañada a ése, Gabriel, sin reconocerlo a él ni a sí misma. Siempre que miraba a alguien tan cerca era la cara de su novio. Ahora no conozco esta cara, ni sé quién la mira. Estoy borracha. -¿Has oído ese portazo?- preguntó Gabino. -Sí, pffffja, ja-. María empezó a reírse, tapándose la boca contra el hombro de Gabino. -Creo que viene del tercero, mira, hay luz. Bienvenido al buzón de. Esta vez no lo dejó seguir. Colgó con violencia y apagó la tele. Ya estaba bien. Se iba a dormir, tenía que intentar dormir, olvidarse. Justo en ese momento sonó el fonoporta, retumbó en el reciente silencio de la habitación. Se imaginó la cara de Nuria sonriendo, se puso contento como un perro. Habría empezado a ladrar y a menear el rabo de alegría si hubiera podido. Fue corriendo a abrir, insultándola cariñosamente, qué tonta, mira que olvidarse las llaves. Abrió sin preguntar y se quedó de pie, escuchando cómo se abría la puerta del portal, pensando que en cuanto entrara iba a saltar sobre ella y a follársela salvajemente, mira que he sido idiota con el ataque de celos que me ha dado. El motor del ascensor empezó a hacer ruido, clac, primero, clac, segundo, clac, tercero. Oyó cómo se abría la puerta del ascensor y se preparó para escuchar el timbre. Pasaron varios segundos y el timbre no sonaba. Empezó a ponerse nervioso, a cabrearse, a plantearse la posibilidad de que no fuera Nuria la que había llamado al fonoporta, pero quién coño. Escuchó pisadas apresuradas en la escalera y voces apagadas, mezcladas con risas nerviosas, luego un ruido de puerta metálica, sí, parecía que alguien intentaba abrir la puerta de la azotea, pero sin resultado, esa puerta siempre está cerrada. Se asomó a la mirilla. La tenue luz verdosa que despedía el cristal del ascensor parado en su piso iluminaba pobremente las escaleras que, justo ante su puerta, llevan al portón metálico de la azotea. El ángulo de visión que permitía la mirilla alcanzaba a mostrarle justo hasta la base de la puerta y el pequeño rellano que hay ante ella. Parecía que había alguien ahí. Con bastante dificultad distinguió unos pies y luego otros. Había dos personas. Sus ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad y entonces vio más claramente las piernas. No podía ver más arriba. Había cuatro piernas, por las que de vez en cuando se deslizaban unas manos. Era una pareja, joder, ahora unas manos empezaban a desabrochar uno de los pantalones que cayeron al suelo con un suave tintineo de llaves o monedas. Parecían las piernas de un hombre. Pero qué cabrones, han visto luz, han llamado y se han metido aquí a follar, seguro que buscaban la azotea. Tenía que haber preguntado, dejar que se inventaran que eran los vecinos de abajo o cualquier otra tontería que tuvieran pensada decir. Pensaba todo eso vagamente, por costumbre racional de unir causas y efectos, pero su mente estaba realmente ocupada en ver cómo eran los pantalones de ella los que caían ahora mientras unas manazas se apresuraban a meterse bajo sus bragas. No podía ver más arriba de la cintura, pero veía irremediablemente a Nuria, la cara de Nuria y la borrosa cara de otro hombre. Una vergonzosa erección empezó a surgir bajo su pijama mientras veía ahora cómo la cabeza de pelo rizado del hombre aparecía junto a la cintura de la mujer y se situaba entre sus piernas mientras terminaba de bajarle las bragas. Era realmente indignante, algo así estaría haciendo ahora Nuria y él se empalmaba cada vez más de imaginársela. Casi le daban ganas de arrancársela, joder, le dolía más que le excitaba. Pero cómo se atreven a venir a follar aquí a mi puerta, por qué mi portal, con todos los que hay. Es la leche, no tienen respeto por nada, que nos dejen descansar, yo sólo quiero descansar y viene una pareja aquí, a decirme que mi mujer está por ahí tirándose a otro. Es indignante. Es indignante. Se oía pensar a sí mismo y se acordaba de la vecina del primero, que siempre repetía esa frase los fines de semana. Nuria y él le daban la razón y se reían de ella en cuanto subían al ascensor. Pero es que es realmente indignante. Que no respeten nada, que no respeten el descanso de los vecinos. Que Nuria no vuelva, que siga gimiendo y jadeando y él convertido en una vieja con rulos, espiando por una mirilla que le muestra todo lo que quiere ver, lo que necesita saber. Ya no podía más, estaba realmente aturdido, tenía que hacer algo. Abrió la puerta de golpe y gritó, con toda la rabia que pudo: Ya está bien, por favor, respoten el descanso de los vecinos. Cuando María miró en la dirección de la que venía la voz sólo quedaba el temblor y el cargado silencio que dejó el portazo. Miró hacia abajo y vio a, ¿era Gabriel?, que se había quedado quieto, mirando hacia la puerta, visiblemente avergonzado. Ella también se sintió avergonzada de repente, de repente consciente y sobria, como si todo el alcohol se hubiera marchado con el portazo. Se vio ahí con ese tío que apenas conocía, con el que le estaba poniendo los cuernos a su novio, con los pantalones y las bragas por los tobillos, completamente borracha y medio desnuda en un portal. Respoten el descanso. Empezó a sentirse otra vez borracha y bien, se veía como una puta, los remordimientos pasaban por el cielo como una pequeña nave espacial, brillante y lejana. Respoten. Ja, ja. Le dolían pero le gustaban, era una puta borracha que no respota nada, ni el descanso de los vecinos ni a su novio. Se veía desnuda, con la cara del pasmado ese entre sus piernas y se excitaba cada vez más. Ja, ja, ja. Cuanto más y más fuerte se reía más cara de tonto ponía el otro, que no sabía si reírse también, si seguir con la faena o si vestirse y salir de ahí antes de que llamaran a la policía. Ja, ja. Se imaginaba la cara de tonto que pondría su novio si la viera así y se reía cada vez más, se excitaba cada vez más de imaginarse a su novio mirando, seguro que se empalmaba el pobre, seguro que lloraba. Cuanto más sentía los remordimientos más se reía, empezaba a resultar un escándalo. Todo era una mierda, no le importaba nada, eso era lo que buscaba, siempre lo había sabido, ella era una puta y nada importaba nada. Cogió la cabeza del otro e hizo que se levantara. Fóllame, joder. Y empezó a reírse otra vez al oírse decir eso y le besó con rabia, con la boca muy abierta, con toda la obscenidad que encontró dentro de ella, contra el mundo, contra sus remordimientos, excitándose de comprobar lo obscena y guarra que podía ser. Al otro lado de la puerta se oyen las carcajadas y los jadeos de María. Está sentado en el sofá mirándose su amarga y ridícula erección, sabiendo que se ríen de él, respoten, sin ganas para volver a salir o para hacer nada. Salió al balcón, ya nadie quedaba en la calle, claro, estaba claro que los que están en la escalera son los de antes, respoten. Miró al cielo, pensando en la nave espacial, en descansar. En el fondo era gracioso, visto desde ahí arriba. Ahora era al revés. Tenía que salir al balcón para no oír, pero daba igual. En todas partes sonaban las carcajadas.
ANA LEMA
NÚMERO EQUIVOCADO Todos los días, entre las seis y las seis y media, su padre se levantaba con ese humor de perros que conservaba desde la muerte de su esposa y sus otras dos hijas. Juli podía identificar cada uno de los movimientos por sus ruidos. Que golpeara la puerta de la habitación, por ejemplo, indicaba que se había levantado, que aporreara la puerta del pasillo, era señal de que se dirigía a la cocina. Una vez ahí, dejaba caer el cuchillo de untar, el cuchillo para el pan, la cucharita, y la taza en la pileta de acero inoxidable. Con un movimiento brusco, que producía un chirrido seco, giraba el grifo. El chorro de agua azotaba con fuerza los utensilios. Cruzaba el pasillo con la radio portátil a cuestas, clavada en el 630 a.m. del dial, la dejaba en la habitación y, dando una patada, abría la puerta del ropero, sacaba su traje, tiraba la percha en el suelo, que resonaba sobre el parquet. Ya cambiado, volvía a la cocina. Mecánicamente, extraía de la pileta: primero la taza, que repiqueteaba con fuerza sobre la mesa de fórmica, a continuación la cucharita y por último los cuchillos. Los chirridos de los goznes indicaban que buscaba el pan. Cuando la goma de la puerta de la heladera se estrellaba contra el borde del refrigerador, Juli sabía que había sacado la manteca. El pitido de la cafetera anunciaba que la infusión estaba lista. Las patas de la silla rechinaban, cuando las arrastraba sobre el piso. Entonces seguía un breve silencio, que señalaba el momento del desayuno. Segundos más tarde aporreaba las puertas nuevamente, en el siguiente orden: primero la del pasillo, luego la de la cocina y finalmente aquella que llevaba al patio. Este recorrido podía repetirse en ocasiones en las que se olvidaba algo, incluso hasta dos o tres veces, porque padecía de una habilidad especial para olvidar todo aquello que era más o menos importante. El motor del auto rugía con fuerza y una nube espesa, irrespirable, de monóxido inundaba el garage y se propagaba por toda la casa, hasta que llegaba a la habitación de Juli. Ella podía sentir como su garganta se cerraba y un sabor ácido recorría su boca. Esa mañana, el rito se cumplió como de costumbre. El hombre azotó la puerta de la habitación, luego la del pasillo, una vez en la cocina hizo rodar la taza y los cubiertos en la pileta, y un chorro furioso de agua los envolvió. En seguida, cruzó el pasillo con la radio gritando el informativo. Juli siguió mentalmente cada uno de sus movimientos. Cuando la percha rodó por el piso supo que recién empezaría a cambiarse. Se levantó. Sigilosa, se dirigió al armario de los escobillones, debajo de la escalera, y buscó el frasco de Ratac, entró a la cocina, abrió el recipiente, introdujo una pizca de polvo en el café que humeaba en la máquina y regresó a su habitación, con el recipiente bajo el brazo. Atenta, se agazapó detrás de la puerta a esperar hasta que su padre regresara a la cocina. Nuevamente allí, él tomó la taza y los utensilios de la pileta y los posó estruendosamente sobre la mesada. El chillido de la puerta de la alacena, el impacto de la puerta de la heladera, y el rechinar de las patas de la silla indicaron que se disponía a desayunar. Juli corrió en busca de su lápiz labial y pintó su boca con ese azul profundo que él tanto detestaba. Revolvió en su placard y se calzó el tailleur de raso negro que lució en el funeral de su madre, se bajó el pantalón y dejó al descubierto aquella piel pálida y maltratada, dio unos breves golpecitos sobre vena saliente de su ingle, hundió la jeringa en su carne que chupó la sangre y alivianó la vena, luego descargó el líquido carmín espeso de la jeringa sobre su frente y dibujó, con él, una cruz. Respiró profundo, intentó abstraerse de los ruidos y el sonido de la radio. Cargó entonces la jeringa, con el Ratac rebajado y la hundió sobre la vena y, a medida que el líquido se introdujo en su sangre, se contorsionó, jadeó, las cosas de su alrededor comenzaron a perder nitidez, un color anaranjado rojizo se apoderó de sus ojos, fatigada empujó el veneno restante en su torrente sanguíneo, se deslizó a tientas hasta la cama y confundida, se desplomó. Su garganta estrangulada, dejó sin aire su cerebro, sintió un fuerte dolor en todo el cuerpo, en particular en las sienes, y se convulsionó por dentro. No logró saber si podía moverse, creyó que no. Los ecos de la radio se colaron en su mente y se mezclaron con las ideas desordenadas que la asaltaron. Una intensa puntada le comprimió el centro del pecho e intentó gritar, pero su voz se apagó. De repente sonó el teléfono. Su padre miró la hora. Llevaba un cierto retraso ese día y odiaba tener que llegar tarde a su empresa, pero tuvo un presentimiento y atendió. Tenía unos negocios pendientes, a punto de cerrar, y pensó que tal vez fueran noticias de los inversionistas. Se equivocó: quienquiera que fuese oyó su voz y colgó. Apresurado, tomó su maletín, un par de rebanadas de pan algo quemadas de la tostadora, cerró la puerta y se dirigió al garage. Hizo gruñir el motor de su auto, los gases invadieron la casa, y luego partió. Aquel llamado lo había dejado sin su sagrado café. |
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