GUILLERMO CARNERO

Licenciado en Ciencias Económicas. Licenciado y doctor en Filología Hispánica. Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Alicante desde 1986. Ha sido profesor en las Universidades norteamericanas de Virginia, Berkeley y Harvard, y miembro del Consejo Asesor de la Fundación Juan March. Lo es en la actualidad del consejo editorial de las revistas Hispanic Review, Dieciocho, Ínsula, Castilla, Voz y Letra, La Nueva Literatura Hispánica, Studi Ispanici, de las Sociedades Española e Internacional de Estudios sobre el siglo XVIII y del Centro de Investigación sobre los orígenes de la España Contemporánea de la Universidad de París III. Dirige desde su fundación la revista Anales de Literatura Española y ha sido codirector (junto a Alberto Blecua y Pedro Cátedra) de la colección "Clásicos Taurus". Ha coordinado los vols. 6, 7 y 8 (1700-1868) de la Historia de la Literatura Española fundada por Ramón Menéndez Pidal y dirigida actualmente por Víctor García de la Concha. Ha dirigido numerosos cursos en la Universidad Menéndez Pelayo, y pronunciado conferencias en las principales Universidades españolas, europeas y americanas. Ha practicado la crítica literaria en Ínsula, El País, El Cultural de El Mundo y otros periódicos y revistas.

Ha publicado los libros de poesía Dibujo de la muerte (El Guadalhorce, 1967), El sueño de Escipión (Visor, 1971), Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyère (Visor, 1974), El azar objetivo (Trece de Nieve, 1975), Música para fuegos de artificio (Hiperión, 1989), Divisibilidad indefinida (Renacimiento, 1990), Verano Inglés (Tusquets, 1999)desde 1967.

Fue uno de los incluidos en la antología Nueve novísimos poetas españoles (1970) de José María Castellet. Sus poemas han sido traducidos a las siguientes lenguas: alemán, búlgaro, checo, francés, holandés, inglés, italiano y portugués.

Ha recibido el Premio de la Crítica, el Premio Nacional de Literatura y el Premio de la Crítica Valenciana.

Es especialista en literatura española y comparada del siglo XVIII, del siglo XIX y de la época vanguardista. Ha publicado libros de investigación como Espronceda (Júcar, 1974), La cara oscura del Siglo de las Luces (Cátedra & Fundación Juan March, 1983), Las armas abisinias. Ensayos sobre literatura y arte del siglo XX (Anthropos, 1989), Estudios sobre teatro del siglo XVIII (Universidad de Zaragoza, 1997), y editado obras de Ignacio García Malo, Gaspar M. de Jovellanos, Ignacio de Luzán, Vicente Martínez Colomer, Pedro Montengón, Gaspar Zavala y Zamora, Espronceda y Juan Gil Albert.

(Entrevista realizada por Ángel Manuel Gómez Espada)

 

 

EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Qué le pide Guillermo Carnero al poema?

GUILLERMO CARNERO: Primordialmente una cosa: que me ayude a entenderme, a explicarme y a definirme. El poema surge de una necesidad de interpretación y, a veces, de reconstrucción del yo en circunstancias que lo afectan emocionalmente o lo ponen en peligro: siempre de una profundización en la propia entidad personal. Consiste en el concierto de las emociones y las reflexiones que se derivan de esas situaciones; lo motiva y lo exige la interrogación acerca de su sentido, y por eso el poeta es el primer lector de lo que escribe. Ahora bien, las dudas y los conflictos que lo producen, y las formulaciones y soluciones que aporta, pertenecen al ámbito de lo universal humano, y su comunicación al lector es posible porque puede llevar a éste a reconocerse tanto en lo uno como en lo otro, y a aceptar así la ampliación del autoconocimiento que le ofrece el poema.

C.P.: ¿Es la poesía un "don de la soledad"?

G.C.: En la medida en que exige reflexión, ensimismamiento y elaboración del recuerdo de lo vivido, sí; y también en cuanto el estímulo puede venir de la experiencia cultural. Pero no en la medida en que éste venga de la experiencia cotidiana, en la cual se resume todo al fin y al cabo, pues son los hechos biográficos los que permiten leer la experiencia cultural en términos emocionales, en su analogía con la vida personal y cotidiana. Así la experiencia cotidinana y la cultural se funden en la génesis, la búsqueda expresiva y la formulación del poema.

C.P.: Acaba de ser reeditada la conocidísima antología de Castellet, Nueve novísimos poetas españoles (1970). ¿Qué hay en su obra última -Divisibilidad indefinida, Verano inglés- de aquel joven Carnero?

G.C.: En aquel joven había ante todo dos cosas: primera, una conciencia muy aguda de que era necesario renovar el lenguaje y la configuración del yo lírico, más allá del intimismo primario y neorromántico que había caracterizado la poesía española de posguerra; segunda, en la poética que puse en la antología de Castellet, la voluntad de expresar esa ruptura en tono irónico, con toques de frivolidad que eran un gesto de desdén hacia lo que no podía asumir, más que un componente de mi propia estética.

En cuanto a lo segundo, la frivolidad combativa, elemento meramente circunstancial, ha desaparecido; conservo –porque forma parte de mi personalidad— la ironía y el sentido del humor, aunque unidos a la emoción y la ternura, como muy bien ha observado usted en "How many moles?"

En cuanto a lo primero, sigo creyendo que el intimismo culturalista fundacional es una excelente alternativa al cansancio y la reiteración del neorromanticismo; pero ya no me parece una alternativa excluyente ni forzosa.

C.P.: ¿Cree que tienen vigencia todavía hoy la estética y los postulados de los novísimos?

G.C.: En buena parte sí. Los poetas llamados "de la generación del 80" o "de la experiencia" han asumido de modo maniqueo el previsible relevo generacional que tenía que separarlos de nosotros, y en términos generales han prolongado de forma demasiado monocorde el intimismo directo del 50, sin llegar casi nunca a la hondura y la densidad que tiene en su maestro confesado, Francisco Brines.

C.P.: ¿Cuál es hoy su relación con los demás integrantes de aquella antología?

G.C.: Buena y cordial en términos generales; más asidua con aquellos que han continuado escribiendo poesía en una orientación con la que puedo sentirme solidario.

C.P.: ¿Y su relación con la prosa?

G.C.: Escribo crítica, y ensayos y estudios de investigación y erudición sobre mis temas predilectos: la preceptiva, el pensamiento y la literatura de los siglos XVIII y XIX, o la poética, el arte y la literatura de las vanguardias. Esa dedicación ha llenado mis épocas de silencio poético, como una segunda vocación tan auténtica como la de escribir poesía.

C.P.: En 1999 aparece Verano inglés, su último libro hasta la fecha, y recibe el Premio de la Crítica y el Nacional de Poesía. Además ha tenido una segunda edición, que es como decir que se ha convertido en un best-seller. ¿Cómo se siente ante ese fruto recogido? ¿Era un éxito que esperaba?

G.C.: Una segunda edición al cabo de un año, y tratándose de poesía, es algo que satisface y reconforta, tanto como haber obtenido los dos premios más importantes que se conceden en España a un libro singular, y por haber venido éstos de compañeros en el oficio de escribir crítica y poesía. Yo no esperaba nada: escribí ese libro por las razones que le indico en la respuesta a su primera pregunta. Y yo fui el primer sorprendido de que, al parecer, su verdad fuera más comunicable que la de otros libros míos anteriores.

C.P.: ¿Cómo se siente cuando, con 50 años, ve su obra completa en la colección de clásicos hispánicos de Cátedra?

G.C.: Satisfecho, convencido de que escribir tiene sentido y no cae del todo en el vacío; esperando ser entendido, que es lo que un escritor desea ante todo, y su mejor remuneración.

C.P.: Después de nueve años de silencio, ¿cómo ve su propia evolución?

G.C.: Creo que mi obra ha tenido desde el primer momento los mismos ingredientes: el intimismo –sin el cual no puede haber poesía--, el culturalismo, la reflexión –metapoética y de toda índole--, la atención a la riqueza de una tradición poética milenaria en varias lenguas.

Al encontrarme en un momento de madurez, y con la enseñanza que aporta la edad, he aprendido a valorar lo positivo de todas las tendencias poéticas, sin excepción. No ha introducido esto cambios en la fórmula que acabo de darle, aunque sí quizá matices en la presencia relativa de sus componentes, y con ello la reducción o desaparición, en ocasiones, de la máscara culturalista, que en un primer momento me parecía imprescindible.

C.P.: Su último libro está escrito entre abril del 97 y abril del 98, y es el resumen de una historia de amor. ¿Tanto dura un verano en Inglaterra si uno está enamorado?

G.C.: Si un verano es una estación del año, dura un par de meses. Si es un estado de ánimo puede tener cualquier duración, y su otoño y su invierno –también los hay en el libro—pueden ser más extremos e inhóspitos que los del calendario.

C.P.: En Verano inglés se aprecia un especial cuidado del ritmo y un acercamiento a las formas clásicas, como en "How many moles?", poema en pareados de una sutil y dulce ironía. ¿Hasta qué punto le preocupa el ritmo en el poema?

G.C.: El ritmo me parece esencial, mucho más que el metro. Creo incluso que la irregularidad de este último es positiva, porque evita que el oído se adormezca, y le confiere al texto un toque de espontaneidad conversacional. La rima no es esencial en la poesía de nuestro tiempo, y por eso debe introducirse sólo si aporta matices de significado que no tendría el verso blanco: en ese poema que usted cita –el único del libro que la tiene- la hay consonante, en eco e interna, para contribuir a la síntesis de ternura y humor que vertebra el poema.

C.P.: Vemos títulos como "Lección de música" o "Escuchando a Tom Waits", que es uno de los autores preferidos de EL COLOQUIO DE LOS PERROS. ¿Cómo le influyen las otras artes a la hora de escribir?

G.C.: El llamado "culturalismo" es un procedimiento de expresión indirecta del yo a través de personajes históricos, literarios o representados en obras de arte, en términos generales, de expresión de la experiencia cotidiana por analogía, a través de la cultural. Al identificarse con esos personajes el poeta ensancha su conciencia, y puede hablar de sí mismo sin nombrarse explícitamente, evitando la lexicalización del yo lírico neorromántico.

La literatura, la pintura o la música son al mismo tiempo una cantera inagotable de emoción y pensamiento. Para mí, la canción contemporánea, por su mera entidad musical o la calidad poética de sus letras –Elton John, Tom Waits, Leonard Cohen— tiene el mismo rango que la música clásica que más me llega: Bach, Mozart, Schubert, Brahms, Mahler…

C.P.: Y por último, díganos dos o tres libros que tiraría a la hoguera.

G.C.: Todos aquellos que halagan la inercia del lector perezoso, que le ofrecen un alimento precocinado que puede engullir pasivamente, sin novedad ni sorpresa.