NATALIA CARBAJOSA

 


FAMILIA QUE SE BAÑA UNIDA...


     Tarea harto difícil, por no decir imposible, la de analizar el acercamiento cinematográfico a la institución familiar sin tropezar una vez más en el tópico de siempre. Que la familia nos crea, es un hecho incuestionable. Que también nos destruye si no oponemos a su perniciosa influencia nuestra voluntad individual, asoma con obstinada recurrencia en distintos modos de ficción (novela, teatro, cine). Que, a pesar de sus múltiples males, uno no está en paz consigo mismo hasta encontrar el equilibrio con los suyos y dejar descansar a los recuerdos espinosos, ídem. Mas el cine parece constatar una y otra vez que esta institución es cualquier cosa menos el venerable regazo en que consolarnos de los embates del mundo que debería ser; en el mejor de los casos, un error inevitable.

     La época dorada de Hollywood, por ejemplo, nos presentó familias forjadas en principio para el teatro con una estatura trágica digna de las angustiosas proles de Edipo y Lear. El sur americano, con su calor asfixiante y sus fortunas decadentes, se constituyó en escenario propicio para los atribulados, crueles y ridículos parientes de La loba, La gata sobre el tejado de zinc, Un tranvía llamado deseo, El largo viaje hacia la noche, mientras que en el norte asomaba la contraposición entre un capitalismo naciente y una aristocracia llena de extraños ejemplares a extinguir (El orgullo de los Amberson). La influencia del medio social como amenaza constante de la maltrecha unión familiar, sin embargo, es el tema estrella del penúltimo cine británico, donde la sombra del thatcherismo y sus terribles consecuencias en la clase trabajadora es alargada (Ladybird, Ladybird, Wonderland, Secretos y mentiras). El cine escandinavo actual (grupo Dogma, Encuentros privados) y cierto cine independiente americano (Happiness), por otra parte, muestra a las claras la escabrosa cohabitación de seres de la misma sangre absolutamente detestables, con una "detestabilidad" que llega a ser gratuita e incluso nos insta a preguntarnos si los países del frío generan algún tipo de alteración afectiva irremediable en sus microcosmos familiares.

     En medio de tan pesimista y hasta truculento panorama, resulta casi un juego de niños entrar en el hogar que nos presenta La ducha (1999, premiada en San Sebastián, Toronto y Rotterdam), película no exenta del consabido drama pero planteado esta vez desde una delicadeza que no siempre tenemos la suerte de saborear en Occidente. Una vez más, eso sí, podemos justificar buena parte del conflicto en una sociedad donde los cambios socio-económicos se están produciendo a ritmo de vértigo, de modo que entre el hijo yuppie residente en una ciudad expresamente creada al ritmo del capital y su viejo padre y hermano retrasado, supervivientes de un barrio de Pekín que va a ser demolido, la comunicación no sólo no es complicada, sino que ni siquiera existe. De hecho, la vuelta del hijo pródigo al hogar, no por iniciativa propia, sino por haber creído por error que su padre había muerto, produce tanta alegría en su hermano como desasosiego en el cabeza de familia. "Ya perdí un hijo, no quiero perder otro", exclama el señor Liu en la única ocasión en que deja fluir sus sentimientos ante el recién llegado.

La ducha

     Y es que el gran acierto de la película, y lo que la aleja para bien del peligro de convertirse en un lacrimógeno melodrama, es esa contención de sentimientos propia de una cultura que sigue siendo la gran desconocida de nuestro entorno. El hijo mayor apenas habla, se limita a observar la inocencia de un mundo del que ya se había olvidado y la ternura con que padre y hermano comparten las tareas cotidianas. El padre sigue conduciéndose con gesto afable ante los otros, como si no supiera que su muerte y la de todo su mundo están próximas. Sólo el hermano menor, con su risa limpia, no esconde la alegría de tener juntos a los dos seres que ama. Algo pasa entre los tres y algo doloroso pero imprescindible aprenden en esos días, mientras el exterior continúa marcando el destino inexorable de cada uno. Pero todo ello fluye por sí mismo, como está escrito en la sabiduría milenaria oriental, sin la salva de gritos, reproches e intervenciones vanas con que otros universos familiares pretenden acortar los abismos que les hieren.

     Si la contención resulta, en este caso, una novedad, no lo es menos la poesía sobre la que se sustenta el film. Y es que el verdadero protagonista del mismo no son padre e hijos, sino los baños públicos, el negocio familiar de toda la vida regentado por el señor Liu para deleite de sus fieles clientes. "Ducharse sólo no da ni la mitad de gusto que bañarse aquí", proclama uno de esos viejos que recibe el masaje diario mientras bebe té, juega al ajedrez o charla con los amigos, alejando momentáneamente el temor, cada día más patente, de que esa forma de vida reposada y hedonista se extinga para siempre. La vida cobra su verdadero significado en esa metáfora de agua y vapores, plagada de anécdotas y cómicos guiños, donde hasta el hijo retrasado, uno más en la limpieza, recepción de clientes y otras labores, cumple dignamente con la función asignada.

     Sin detectar el momento exacto de tamaña percepción, comprendemos, con el hermano mayor, que él es el único que tiene la llave para llevar la desintegración de dicho estado de cosas a buen puerto, por lo menos en la parte que le toca una vez muerto el padre, clausurado el negocio y demolido el barrio. Con la misma contención con que anteriormente padre e hijo midieron sus diferencias contra un fondo de aguas azules, observamos las dificultades insalvables que la nueva situación va a generar en su matrimonio y, podemos adivinarlo, en su trabajo. Tampoco al hermano menor, suponemos, le espera un camino de rosas.

Familia que se baña unida...

     Mas no corresponde a la película resolver, a modo de moraleja o justicia poética, tiranías propias de una economía global de la que ya nadie se escapa, ni siquiera en la inmensa China. Baste por ahora la constatación, eso sí, de un pequeño encuentro sucedido entre las paredes permanentemente húmedas de los viejos baños: un encuentro familiar, sencillo, trágico, anónimo, irresoluble, como corresponde en estos casos, pero que nos hace salir del cine con la misma sensación de paz que conducirá, a partir de ahora, la antaño atrofiada alma del protagonista. Sólo por eso, merecen la pena las incursiones en los hogares que nos muestra el último cine chino, al menos siempre que esto sea posible.


 

PEDRO MEDINA REINÓN

 

 

PROYECCIONES INSISTENTES

 

Las sombras de los árboles yacen en charcos negros sobre los prados
(Ch. Reznikoff)

 

     Pensamos en nuestro tiempo para ver el vertiginoso pasar de los acontecimientos, la desbordante creación y recreación de tantos mitos, una época que excede a sí misma y en la que sucesivas pérdidas nos hacen ver el interior de numerosas fracturas y sentir la tentación del silencio. ¿Cómo reflejar este mundo?

     Un nuevo discurso parece hablar de forma distinta a otros lenguajes por momentos fatigados, como si la celeridad de este tiempo pudiera ser aprehensible. Muchos han depositado esta confianza en el cine, aun si éste no ha sido la primera vez que se intenta reflejar el movimiento. De hecho, no deja de llamar la atención esta permanente obsesión, que ya llevara al faraón Ramsés (1200 a. C.) a ordenar que pintasen las fases sucesivas de una figura en movimiento, de forma que al galope pudiera contemplar la ilusión de verla cobrar vida. Los ejemplos serían casi interminables, desde las inmemoriales "sombras chinescas" a la "linterna mágica" del jesuita Atanasius Kircher, que ya en 1640 constituyese un antepasado cercano del cinematógrafo, proyectando aquellos dibujos con formas fantasmales que tanto atemorizaran a tan precoz público.

     Ahora gozamos de este arte que acaba de cumplir tan sólo un siglo, un medio que ya tempranamente fue objeto de tratados teóricos. De ellos, el que ha gozado probablemente de una mayor fortuna es Das Kunstwerk im Zeitalter seiner technischen Reproduzierbarkeit de Walter Benjamin. Este texto nos descubre un arte auténticamente emancipado, que pudiera pertenecer a todos, gracias en gran parte a que es un montaje, que es reproducible, posibilitando la separación de la obra de un autor único y su distancia, por tanto, de aquella aura que había caracterizado siempre el arte.

     De Marx proviene esa idea de una historia del arte como historia de la educación de los sentidos, hablando Benjamin de una "sensibilización del espectador para lo igual". Pero siendo así, se descubre tempranamente el gran poder de seducción de este medio y el mal uso que de él podría hacerse, apareciendo no sólo como forma de poder, sino también como instrumento profundamente ligado al mismo y, por tanto, también a la realización de la historia. Cómplices, como supervivientes que somos, asumimos esta condición.

     Además, Benjamin habló de un "estupor", que nos transmitirá Kokoschka tras su experiencia en la primera guerra mundial, y que desde entonces se encuentra interiorizado en aquellos que han sobrevivido al conflicto. Un conflicto que incapacita para ver como antes y que descentra en una visión general, mientras se mantiene una condición de "extrañado"; en Canetti y Roth, este sujeto sólo podrá reconocerse en los restos del desaparecido imperio.

     El extremo sufrimiento que surge de la visión de la sustancial incompletitud del mundo parece que nos lleva irremisiblemente a la imposibilidad de alcanzar ningún tipo de redención. La conciencia europea queda marcada y de ello se nutrirá indudablemente la producción posterior, aun si cabe más tras los desastrosos acontecimientos que vivirá Europa. Tras la primera guerra mundial nuestro reflejo se ha invertido, y quizás estemos extraviados en la búsqueda de estas huellas, a través de una particular recherche, o en un cúmulo de Jetztzeite. Puede ser que, últimamente, tengamos que ir recorriendo las partes disgregadas por el lienzo de Picasso o que caigamos en ese tejido final, esa parrilla de Mondrian donde la emancipación del color llega a su extremo.

     Quizás nos estemos alejando del tema principal, pero no es sino el reflejo de esta difuminada línea que es la conciencia contemporánea y cuyos preceptos indudablemente también experimenta este joven arte que es el cine. Desde nuestra confortable posición reconocemos el indudable carácter plural y mudable de lo real, cuya lábil consistencia parece poder captar este arte, aun si admitimos la inexistencia de una única realidad o verdad dado el estado de infinitas interpretaciones.

     Contemplamos de nuevo esta experiencia, compartimos estas recientes palabras para no desentonar con posturas que nos enorgullecen, pero que, de tantas veces repetidas, parecen perder su sentido. Hace falta quizás un discurso más cercano y más aún si tenemos en cuenta lo que el destino deparaba a Benjamin. Precisamente por ello, una propuesta podría ser la de observar brevemente el cine más próximo a este autor, y que posiblemente conociera.

     Por entonces, esta incipiente forma experimentó un arreciar de su producción, empezando incluso a mostrar signos de lo que posteriormente se denominaría la "industria del cine", como es el caso de Intolerancia de Griffith (1916). Esta película "acronológica", pariente de autores como Dos Passos, Faulkner o Virginia Woolf, ya en aquel tiempo supuso un tremendo fracaso económico, precisamente por su generalizada prohibición al ser juzgada como peligrosa debido a su alegato ideológico.
     Pronto nos maravillaremos con el florecer del lenguaje expresionista y el impacto que el "caligarismo" tuvo. Se descubre un camino distinto al naturalismo predominante, descubriéndose en aquella Alemania una estética que partía de la objetivización de la mente. Evidentemente no sólo no fue extraña al psicoanálisis, sino que encontró en él una importante fuente de inspiración, que, junto a los últimos coletazos del idealismo y de cierto modo de ver el mundo cercano al romanticismo, la subjetividad de Fichte y las influencias del manifiesto de Munich, da lugar a un estilo con una impronta muy personal.

     Pero de nuevo retornamos el discurso de antes, ya que el expresionismo puede ser valorado desde muy distintos ángulos, pero jamás desligado de su dimensión como reflejo de una sociedad en crisis. De hecho, Fritz Lang recordaba haber visto en Berlín el siguiente póster: «Berlín, tu pareja de baile es la muerte», tildando en más de una ocasión el período de entreguerras como el de «más profunda desesperación, histeria, cinismo y vicio desencadenado» de Alemania. No es pues de extrañar que su cine eligiese el camino de la introspección del pesimismo, cuyo lenguaje se tiñe de cerrados, asombrosos y aterradores decorados y juegos de luces, que marcarán uno de los hitos fundamentales de la historia del cine.

     Todos estos síntomas son fácilmente reconocibles en El gabinete del doctor Caligari de Robert Wiene (1919), cuya magnitud política ya explicara Román Gubern en su Historia del cine: «El argumento fue imaginado por el poeta checo Hans Janowicz y por el austriaco Carl Mayer y, según escribe Kracauer, estuvo inspirado por un caso de criminalidad sexual acaecido en Hamburgo. La secreta idea de los guionistas era denunciar a través de esta parábola fantástica la criminal actuación del Estado alemán, que utilizó a sus súbditos durante la guerra como el satánico Caligari a su subordinado Cesare (…) Wiene tomó el guión y, a pesar de las protestas de sus autores, añadió dos nuevas escenas (una al principio y otra al final) que transformaron radicalmente el sentido de la narración, pues se convirtió en el relato imaginario de un loco que cree ver en el bondadoso director del manicomio en que se halla al temible doctor Caligari. Con ello también se derrumbó el sentido de protesta política de la obra que, todo hay que decirlo, era de un hermetismo de nada fácil interpretación».

Fotograma de "Metrópolis"

     Un lenguaje de sombras para un ambiente que vive en la angustia y crea sus monstruos, unas criaturas espectrales que se convierten en motivo común dentro del cine expresionista, imágenes de un atormentado subconsciente cuyo origen realista se acomoda a un estilo que dicta sus propias normas y que erige la distorsión como uno de los elementos narrativos principales. Una de estas criaturas es, sin duda, el Gólem de Paul Wegener (1920), aunque aquella que ha gozado de una mayor fortuna ha sido posiblemente el Nosferatu de Murnau (1922), como demuestra la proliferación de vampiros que campearán por tantísimas películas.

     Murnau, que será famoso por su innovadora forma de mover la cámara o por no presentar rótulos -como sucede en su posterior Der letzte Mann-, nos aproxima en Nosferatu el mito del vampiro mientras lo vuelve increíblemente cercano y peligroso; el plano se convierte definitivamente en subjetivo. Esta primera realización del mito de Bram Stoker es representada por un espléndido Max Schreck, quien estiliza su forma hasta parecer un araña, una inquietante sombra que no puede más que mostrar el lado oculto de la realidad y provocar el desasosiego en nosotros. Respecto a su simbolismo, Verónica Cerdán Molina afirma: «en esta película el monstruo es un símbolo de la peste que consume a los hombres como un vampiro chupa la sangre a sus víctimas; sangre que es vida y que según San Pablo y el cristianismo primitivo, contiene el ánima. No es de extrañar que Nosferatu, al igual que Metrópolis naciera en los albores del nazismo».

     Esta relación entre nuevo lenguaje, realidad e ideología se va construyendo no con menos sombras de las que cobran vida en la obra de Murnau, sin embargo, esta dependencia se hace más evidente si analizamos obras como El acorazado Potemkin de Sergei M. Eisenstein (1925). En lo que se refiere al léxico cinematográfico, se debe reconocer la influencia de dos nombres decisivos para la historia del cine: Kulechov y Vertov. El primero es el que convierte el "montaje" en verdadero protagonista, al originar un experimento que consistía en provocar cargas emocionales de diverso signo a un único primer plano; tal efecto era conseguido a través de la yuxtaposición de planos de distinto contenido. Vertov fue el artífice de la teoría del "cine ojo", con la que pretendía alcanzar una objetividad total; aunque esta intención cobra toda su dimensión con Eisenstein, verdadero narrador de la historia contemporánea al tiempo que personaje de la misma.

Cartel de "Metrópolis" de Fritz Lang

     Es precisamente este marco el elegido, ya que se pretendía realizar un gigantesco testimonio que abarcara ocho películas sobre acontecimientos revolucionarios, proyecto que finalmente se vio reducido a El acorazado Potemkin. De esta manera, el genial "montaje ideológico" de Eisenstein, nacido del estudio de los ideogramas japoneses, en los que de dos nociones yuxtapuestas surge una tercera, se puede definir -en palabras del propio Eisenstein- no como «una idea expresada por piezas consecutivas, sino que surge de la colisión de dos piezas, independientes la una de la otra». Sin embargo, no hay que olvidar la otra acepción de ideológico, ya que todo este gran movimiento innovador se ofrece a reflejar y propagar el mensaje de la revolución.

     Es evidente que este rápido recorrido por alguno de los primeros hitos de la historia del cine no puede ignorar una obra como Metrópolis de Fritz Lang (1926). En sus orígenes se encuentra el viaje que Lang hizo a Nueva York: «Me causó gran impresión. El barco atracó en un muelle del West Side. Miré las calles, las luces brillantes y los altos edificios, y allí concebí Metrópolis».
     Esta soberbia macroproducción de increíbles decorados y escenas de masas, difícilmente concebible en aquella época, refleja diáfanamente las profundas contradicciones intelectuales de la Alemania de 1925. La ciudad de Metrópolis ejemplifica un futuro "orden" social, imagen de la eterna lucha denunciada por el marxismo, regido por la enorme distancia que separa la raza de los señores, habitantes de la parte superior de la ciudad, marcada por una vivencia idílica y ociosa en medio de un gran desarrollo técnico, muy distintos a las criaturas que ocupan la ciudad subterránea, cuyas funciones laborales los reducen a verdaderosautómatas humanos, esclavos de las máquinas que sostienen la vida superior.

     Dentro de este ambiente aparece la figura de María, una especie de misionera que predica el conformismo y la esperanza, y de la que se enamora el hijo del amo de Metrópolis. El amo manda a un científico loco a su servicio construir un robot idéntico a ella, que incitará a los obreros a rebelarse, lo que puede llevarles a su perdición. Finalmente la ciudad es salvada, el robot destruido y el sabio muerto, concluyéndose con el amor de los dos jóvenes en el marco del atrio de una catedral expresionista, como si la unión entre los proletarios y el capital fuera posible.

     Con un mensaje tal, la dimensión mesiánica y, en definitiva, la perspectiva utópica, es más que presente. Sin embargo, no puede negarse que el carácter panfletista es excesivamente evidente, como se desprende de las palabras del mismo Lang años después: «Cuando realicé este trabajo, me gustaba mucho. Años después le he visto numerosos defectos. El simbolismo era excesivo. La tesis era de la Sra. Von Harbou, pero yo soy responsable al menos de un cincuenta por ciento, porque la realicé. No estaba entonces tan preocupado por la política como lo estoy ahora. No se puede hacer una película social en la que se dice que el intermediario entre la mano y el cerebro es el corazón».

     Estas palabras son aún más reveladoras si se tiene en cuenta el posterior interés de Goebbels por Lang, debido a la curiosa fascinación de Hitler por Metrópolis. Recordemos que son los años de la UFA, la única productora europea comparable a Hollywood, si bien su constitución se debió más a fines políticos que no a económicos; es decir, uno de sus objetivos fundamentales era representar el espíritu germánico, elevando a categorías universales los conceptos tradicionales del pueblo alemán. Como es de comprender, esta aspiración con la que fue concebida no cambiaría nada con la adquisición de Hitler de la UFA en 1937, si bien ya la dirigía al menos desde 1933, cuando Goebbels impuso el control sobre todas las actividades cinematográficas.

     Volviendo a Lang, aún serían años para otros trabajos, entre los que sobresale M. El vampiro de Düsseldorf (1931), con un magnífico Peter Lorre, que junto a El testamento del Dr. Mabuse (1933) supusieron las únicas producciones sonoras que Lang rodó en Alemania. Con M. El vampiro de Dusseldorf se hace evidente el estado de terror que estaba surgiendo en Alemania, de hecho, esta película tuvo problemas, ya que el subtítulo previsto era "El asesino entre nosotros", por lo que fue entendido como una referencia a los nazis, a pesar de que Lang lo desmintiese. Goebbels, en cambio, sí que llegó a prohibir la proyección del Mabuse, tras la que tuvo lugar la conocida entrevista entre ambos personajes.

     En 1962 Lang conversó con Mark Shivas para la revista Movie y en esta ocasión contó cómo Goebbels tan sólo argüía vagos motivos de la prohibición de su Mabuse: «Mire, lo siento muchísimo, pero tuvimos que confiscarle la película. Era precisamente el final lo que no nos gustó… Tal como es la película, debería tener otro final. Que un criminal así se vuelva loco no es suficiente castigo. La gente tiene que destruirlo». Pero éstas no fueron las palabras que más sorprendieron a Lang, ya que al final Goebbels le confesó: «El Führer ha visto sus filmes y ha dicho que éste es el hombre que nos hará las grandes películas nazis». En aquel instante Lang pensó que esa misma tarde podría ser la única ocasión segura para salir de Alemania, huyendo a París, donde dirigió Liliom (1933), tras lo que viajó a Estados Unidos, donde continuó su prolífica carrera bajo la mirada de O. Selznick.

     Llegarán oscuros años en los que el cine se verá cada vez más engullido por intereses publicitarios de cada una de las causas. En este desgraciado 1933 aparecieron tres películas fervientemente nacionalsocialistas: SA Mann Brand, Hans Westmar y Hitlerjunge Quex. Su fracaso comercial hizo que Goebbels reconsiderase la conveniencia de que el cine de ficción se dedicase a la propaganda; sin embargo, éste era un fin al que el cine estaba llamado -y cuyo mayor exponente fue la polémica Leni Riefensthal- mientras convivía con otras formas de "cine comercial" como el musical. Un ejemplo de ello será el inicio de una cruzada antijudía, cuyo más célebre e insultante ejemplo es El judío Süss (1940).

     Así, con la llegada de la década de los 40, Hollywood también se suma a la contienda, incluso de modo físico, ya que actores y directores se alistaron en el frente. Será la época de los documentales formativos y de las películas bélicas, ya que de 1700 largos producidos entre 1942 y 1950, 700 son de guerra. Las películas servían para informar, justificar y animar una lucha que desangraba el mundo, al tiempo que estimulaban la conciencia de valor y unidad nacional. En este proceso es curioso cómo incluso numerosos personajes de ficción tomaron partido contra el nazismo. Uno de los casos más llamativos es el del final de El triunfo de Tarzán (1943), cuando Chita habla a través de un aparato de radio alemán y transmite un mensaje al cuartel de la Gestapo, siendo confundida con Hitler. Los oficiales se levantan para hacer el saludo nazi, ante lo que Chita, Tarzán, Boy y la joven Frances Gifford reaccionan riendo hasta que el plano concluye.

     Sin embargo, tras esta guerra, Hollywood se vendrá abajo, comenzará "la caza de brujas" y el protagonismo de la televisión, con lo que esta casa de ficciones se verá inmersa en un umbroso período que dio lugar al "cine negro". De nuevo, la espiral parece reproducirse, combinando crisis, estilo y mundo en una simbiosis que nos deja siempre muestras más que interesantes, aun si no elimina otras realidades bellas y consoladoras como el cine de evasión y diversión, cuya máxima expresión fueron los lujosos musicales de la época.

     Difíciles años éstos, que nos dejaron testimonios inolvidables, llevados a cabo en Europa principalmente por el neorrealismo italiano con películas como Roma, ciudad abierta de Roberto Rossellini (1945), Ossessione de Luchino Visconti o El ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica (1948). De todas estos impactantes documentos, me quedaría con la imagen inicial de Alemania año cero, también de Rossellini, un Berlín desolador, absolutamente destruido.

     En definitiva, queda la ruina que no sólo es testigo de la derrota de esa nación, sino que tal visión deja incluso sin justificación a los vencedores, un final de una guerra en cierto modo aún abierta. Ruina, reconstrucción, son palabras que cobran forma desde este momento iniciático que no es sino examen, reflexión, incluso apología de un grado cero que, no obstante, volverá a repetir el camino de tantas vías ya usadas.