Nací en 1967, en el Puerto de Veracruz. Tuve una infancia plena de buenos amigos, con los cuales suelo emborracharme, aunque no tan seguido como quisiera, por la distancia. En esa misma ciudad y puerto estudié hasta la preparatoria, y ahí inicié mis estudios musicales, los mismos que continué en la ciudad de México, donde radico desde entonces. Casi me titulo como Licenciado en Composición; pero dejé los estudios, por dedicarme a componer. La música me parece demasiado importante como para enclaustrarla en los fríos salones de un conservatorio, sea cual fuere. He ganado algunos premios, grabado algunos discos, hago música para teatro, publicidad, etc; soy profesor de canto en una escuela de actores; también escribo poemas, cuentos y alucines de vez en vez; hago performance, y nunca me alcanza el tiempo para nada. Me gusta el cine: Almodóvar, Bigas Luna y Eliseo Subiela; el nuevo cine mexicano cada vez me enorgullece más; disfruto el jazz, Wagner y Brahms, el vino chileno, la música folclórica de mi país y de muchos otros, las novelas de Luis Spota y Torcuato Luca de Tena, los cuentos de Asimov, los poemas de Benedetti y un sinfín de autores más.
EN EL ESPEJO
De
nuevo estás ahí, imagen turbia en el espejo; ¿hasta cuándo
piensas dejar de joderme? Eres la procesión fúnebre que me acompañará
a mi tumba, los cuervos que se comen mis ojos muertos; eres cientos, miles,
y ninguno. Eres el marica, el cobarde; eres el paria, el violador, el alcohólico,
el profesor de lenguas, el sacerdote, el gendarme. E insistes en hacerme creer
que mi carne no se refleja, que esta sangre no es mi sangre, y que estas venas
secas no le pertenecen a mi cadáver.
Acostumbro
a afeitarme casi dormido; la navaja acostumbra a desayunarse unos buenos trozos
de mi rostro; pero ahora me sales con la mamada de que ni siquiera es mi rostro;
que es el tuyo. Cómo jodes; deberías de largarte a la chingada
y dejarme soñar un poco que algo de todo lo que he construido me pertenece.
Sería penoso comprobar que las huellas que se pierden a mis espaldas
no fueron hechas por el peso de mis pies.
Yo no soy tú; no soy realmente tú,
ni tú eres realmente yo, ni el espejo realmente lo es; las diferencias
son marcadas. Es más: si te vi, ni me acuerdo. Este que ves; sí:
acá, de este lado del espejo, de este lado que los ilusos llaman "mundo
real"; éste soy yo; tú eres un farsante, un impostor. ¿Te
parezco un paria, un marica, eh? Ni siquiera soy un profesor de lenguas, aunque
me hubiera gustado serlo. ¿Gendarme? Tu puta madre.
Definitivamente yo no soy tú. Pero lo
más gracioso de todo este asunto es que por mucho tiempo lo creí;
por años pensé que tú eras mi reflejo; ¡en serio!
¿No es absurdo? ¿En qué nos parecemos, en qué, maricón?
Si mis pies están aquí, donde siempre puedo verlos; los tuyos
pisan a cada instante mundos distintos en lejanos cielos; yo no lloro nunca,
y tú cantas cada una de tus tristezas; yo no me indigno, y tú
por todo armas un alboroto, si no es que una revolución. Yo no siento,
no pienso, no respiro, no vivo, no muero. Soy inmortal porque nunca he estado
vivo. Y tú, alcohólico perdido, eres tan vulnerable que das risa.
No te mereces ni la compasión que por ti mismo sientes.
¿Hasta cuándo vas a dejar de joderme,
miserable? ¿Por qué te gusté yo para tu burla? Los poetas
son así; todos están cortados con la misma tijera; no se puede
con ellos; no se puede vivir con ellos, ni a través de ellos, ni de su
reflejo. Deberías morirte de una buena vez.
Yo aquí me despido. Hasta nunca, violador
insensato, traficante de mentiras y de mierda. Espero que no vuelvas a buscarme
ni en éste, ni en ningún otro espejo. No quiero verte en mi funeral,
ni en mi boda ni en mi bautizo.
A pesar de todo no te guardo rencor. Ojalá
encuentres otro pendejo de quien mofarte hasta el cansancio. O mejor no: pobres
pendejos del mundo. ¿Qué te hemos hecho, canalla?
Mejor suerte para la próxima. La luz me
está llamando. No pienso hacerla esperar más.
Es
profesor de Lengua y Literatura en Lorca. En 1995 publicó El intruso,
un libro de cuentos, y en 1999 Fábula del tiempo, su primer
libro de poemas. En la actualidad ejerce funciones de crítico literario
en el diario "La Verdad" de Murcia. Este cuento es el último
del libro Todos los días amor (Fundamentos), una muestra de
su talento creativo, utilizando metáforas y símiles que permiten
crear un lenguaje intimista y simbólico. Atrapa al lector desde el primer
momento, gustando de jugar con el lado misterioso y mágico de la vida
de sus personajes miedosos y desamparados ante un mundo hostil donde los acontecimientos
se presentan como imposibles de controlar.
LOS MOTIVOS DEL VIAJE
-Claro -dijo el doctor-. Por lo menos, una
especie de purgatorio.
Uno anda sobre cadáveres. Están por todas partes. Les oigo clamar
de profundis y retorcerse las manos. Les oigo, pobres bestias humanas.
(Saul Bellow)
Eran
dos hombres y dos mujeres, pero al anciano que les sirvió los desayunos
en la pequeña taberna donde recalaban todos los excursionistas antes
de emprender el camino hacia la montaña le pareció que su edad
nunca se ajustaría del todo al ostentoso alarde de sus miembros, vestidos
con una irreverente precariedad; y que sus gestos y palabras, afluyendo desde
una infancia frágil, jamás merecerían el respeto de la
tierra; aunque pagasen como hombres y mujeres y rieran del mismo modo y hubiera
esa camaradería ambigua de los que fingen compartir todas las adversidades
del viaje.
Y,
pese a todo, les advirtió que la jornada sería dura porque la
senda, colgada de los altos farallones del macizo, no había sido hecha
para las piernas de la ciudad, y mientras dijo esto pensó en un militar
de piernas cruzando las calles asfaltadas y deteniéndose frente a los
semáforos y no pudo reprimir un cabeceo de disgusto.
-El camino es el mismo para todos. Lo verán ustedes si continúan
en esa dirección; sólo piedra y arenilla. Para una mula está
bien, pero háganme caso: no lo tomen ustedes. No lleva a ninguna parte.
No
estaba en su ánimo dar consejos porque nadie hasta ese momento se los
había pedido, pero eran dos hombres y dos mujeres que habían extraviado
su lugar sin saberlo, y el anciano sintió una extraña compasión
por sus rostros halagüeños y sus manos delicadas. Los vio salir
a la calle hablando a gritos y confió en que el miedo y el frío
de la mañana los hubiese envejecido de repente; los vio ascender el primer
repecho del sendero y desaparecer como si se los hubiese tragado la niebla.
La senda era angosta y empinada; había sido
construida a pico y conducía a un pueblo de leyenda, ubicado tan cerca
del cielo que llegar hasta él representaba todo un desafío, incluso
para aquellos que conocían la montaña y despreciaban el rigor
de la nieve y las penalidades del terreno.
El hombre que encabezaba la ascensión se
llamaba Elías y era de estatura baja; sus piernas habían percibido
los primeros síntomas del cansancio, pero sus ojos miraban hacia algún
punto de la cima con la codicia de quien ha depositado toda su esperanza en
un último vestigio de valor. Subir hasta la aldea significaba para él
cambiar los días de la pereza por el sabor íntimo de un sufrimiento
irremplazable, y en ello atisbaba la única heroicidad posible, porque
había nacido hombre y nunca antes había tenido ocasión
de demostrarlo.
Detrás, las dos mujeres bufaban y empezaban
a condolerse y, de vez en cuando, se sentaban en la tierra y oteaban el curso
de un río lejano y escueto bajo sus pies. Las conmovía el vértigo
aposentado en sus estómagos y el mareo les hacía reír con
la inconsciencia de quien ha perdido el pudor e ignora la causa. La senda remontaba
la montaña en zigzag, tan erguida que no podían concebir su término.
Elías comprobó que el vértigo le producía un desasosiego
alarmante, como si sus pies sobrevolasen el desfiladero.
El otro hombre se llamaba Jaime. Una media hora
antes había pensado que aquella excursión era sólo un capricho
de su amigo.Ahora dijo:
-Nunca
llegaremos a ninguna parte.
No
pensó que sus palabras contuvieran el aviso de la derrota, porque el
viaje no significaba nada para él; no se trataba tampoco de una advertencia;
era sólo que el camino se empinaba y que la pared no permitía
otra visión que el vacío, y de repente creyó que la muerte
sería divertida, acaso porque la muerte en aquel macizo se reducía
a una idea vaga y romántica, y era un ingrediente más de la aventura.
Se detuvieron a descansar y bebieron agua de las
cantimploras, mientras los buitres planeaban sobre el prodigio de un paisaje
de caliza, con pequeñas laderas de un verde intenso e inmaculado hasta
donde ningún animal, salvo las cabras y los rebecos, hubiese sido capaz
de trepar. Hacia abajo el bosque de robles y castaños formaba un diminuto
oasis que los dos hombres y las dos mujeres miraban casi con nostalgia. Era
forzosamente un trayecto de ida y vuelta, porque el territorio hacia el que
se dirigían no tenía más acceso que aquél.
-Es
un reto -les había dicho una semana antes Elías-, es un pueblo
sin carreteras, encaramado en la montaña y solitario; los escasos seres
que lo habitan ignoran los adelantos de la civilización. Os aseguro que
no veremos nada parecido en ninguna parte.
Cuando
reanudaron la ascensión caía una lluvia fina que apenas mojaba
sus chubasqueros, y Elías contempló aquel cielo plomizo sobre
los picos más altos y la sutil amenaza de la niebla y apretó el
paso como si todo consistiera en robar unos metros al camino y a la inquietud.
Hacia la mitad del viaje se hizo el silencio y
las gotas de lluvia dejaron de sonar en el plástico de los chubasqueros.
La mujer a la que todos llamaban Rosa vio cómo los delgados copos de
nieve se deshacían en la tierra apelmazada de la senda, y tembló
de frío. A su lado, Consuelo notó la mano de su amiga en el hombro
y asintió con un gesto de entendimiento.
-Está
nevando -gritó Jaime.
-Ya
sabemos que está nevando -le contestó Elías, asomado al
borde de la senda a unos cinco metros de altura sobre el resto del grupo-. Antes
de que subamos estará todo nevado. Es fascinante, ¿no crees?
Después,
cuando ya no podían divisar el bosque y la carretera, alzados sobre la
alta cicatriz de la montaña, oyeron con sobresalto el silencio grávido
de la piedra y de la nieve. Era un clamor sordo sobre el desfiladero y el río.
Elías detuvo la marcha y esperó
a las mujeres sentado sobre una piedra salediza. Nada de lo que vio bajo sus
pies y sobre su cabeza concernía al mundo que había habitado aquella
misma mañana; nada había sido construido por el hombre, a no ser
la senda en la que afirmaba sus pies con la pasión de un naúfrago.
Por un minuto sintió que todo le pertenecía: la exigua luz y el
frío, la nieve limpia sobre la que ya había dejado sus huellas
y la esperanza de aquella jornada cuyo final poseía la calidad de los
misterios de la vida.
Alargó una de sus manos y ayudó
a subir a las mujeres con un gesto de suficiencia, como si también ellas
estuviesen incluidas entre sus posesiones.
-No
voy a seguir -Rosa miró hacia abajo y se estremeció; le faltaba
el aire y ya tenía las manos heladas con ese espantoso dolor del frío
en la punta de los dedos-. No pienso dar ni un solo paso. Esto es una locura.
Podéis dejarme aquí, pero no me obligaréis a seguir.
Consuelo
respiraba con la violencia de una enferma en mitad de una crisis de asma. Desfigurado
el semblante por la fatiga, los ojos testimoniaban el horror de tanto esfuerzo.
-Vinimos
para pasarlo bien -estalló furiosa-; Rosa tiene razón; llevamos
dos horas por esta locura de senda y no hemos visto a nadie.
Elías
encendió un cigarrillo y sonrió. También él tenía
frío y estaba cansado, pero sabía que detrás de cualquier
recodo podrían divisar la aldea, aunque tampoco la aldea era importante.
«Sólo una excusa, pensó, una parada en el viaje para comer
y reponer fuerzas; ni siquiera va a gustarles cuando la vean, pero para entonces
no habrá más remedio que volver».
-No
vamos a darnos por vencidos todavía -sentenció. Estamos muy cerca
del final, y hemos subido aquí para ver esa aldea. Haremos una cosa:
vamos a proseguir una media hora más y, si no la encontramos, nos volvemos.
Las
mujeres estaban echadas sobre la nieve en la pendiente de la selva y guardaban
una calma cómplice. Durante dos horas habían aguantado el frío
y el vértigo en la creencia de que todo aquello acabaría alguna
vez. Ahora tenían la impresión de haber quedado encalladas en
la pared, como si el camino no les dejara pasar y tampoco el regreso les estuviera
permitido.
De todos ellos era Jaime el único que había
aceptado subir, sabiendo de antemano que lo hacía sólo por su
amigo. Por eso se conformó con el último lugar de la marcha. «Una
excursión es sólo una excursión», se dijo para convencerse
de que no había otro interés en llegar. La idea de invitar a las
mujeres había partido de Elías, pero las mujeres nunca debieron
de haber venido. «Se toman estas cosas demasiado en serio, como si en
ello les fuera la vida», pensó. Seguramente ya no tendrían
ocasión de salir con ellas a bailar o de pasar una noche en su apartamento.
Elías se había empeñado en echarlo todo a perder y ellas
no se lo perdonarían nunca.
En la segunda o tercera curva después de
reemprender la andadura Elías avistó, por fin, el pueblo. La nieve
cubría ya las laderas de la montaña y el frío había
dado paso al dolor.
Las mujeres contemplaron las casas de piedra y
madera sobre el estrecho valle poblado de fresnos, el ruinoso puente sobre el
río, y sonrieron por vez primera confiadas en el espacio firme y nevado
que se extendía a sus pies. Por un minuto olvidaron el frío y
la fatiga, como si en realidad el viaje hubiera alcanzado su término
y se hallaran a salvo, lejos de la pared sobre el desfiladero y protegidas de
todos los imprevistos del trayecto. Así mismo, notaron una sombra de
orgullo emergiendo de algún lugar oculto de su espíritu; no se
atrevieron a llamarlo dicha, porque no estaban seguras de que todas sus penalidades
hubiesen merecido la pena.
La aldea había sido edificada sobre el
lecho de un río caudaloso e imprevisible, aprovechando sus escasos márgenes,
antes de precipitarse por el desfiladero; hacia arriba los altos picos coronados
por la nieve se elevaban, estrictos y desnudos, hasta los límites de
un paraje invicto, que el viajero escrutaba con la reverencia con que se admira
la imagen de la divinidad. Encajaba en la garganta, aquella aldea constituía
un preludio antes de acometer la penosa ascensión hacia las cumbres,
pero para los hombres procedentes de la ciudad era una isla varada en los confines
fabulosos del tiempo.
Una docena de casas, un roble centenario y una
placeta junto al río avisaban al caminante de que había franqueado
las lindes de unos modos de vida tan sobrios como inconcebibles. Los largos
y duros inviernos hacían impracticable la senda y, durante algunos meses,
apenas si les era posible salir de sus casas a aquellos pocos habitantes que
cumplían diariamente con la épica resolución de permanecer
en la aldea, al margen de un mundo luminoso y cálido. Las cábalas
del viajero no obtenían respuestas razonables, porque nada en aquella
comarca obedecía a patrones humanos de comportamiento. La vida entre
las peñas era un enigma para cuantos terminaban el camino y pasaban unas
horas de ocio, arrebatadas al tráfago de la ciudad, y reparaban en la
rar virtud del tiempo detenido frente a la majestad de las cumbres ocultas en
la niebla.
Jaime orinaba entre los acebos con la solvencia
del que marca los límites de un territorio recién descubierto,
y el olor agrio de la tierra mojada se unía al aroma de los árboles
en un idilio indefinible; de manera que aquello, sus actos y los seres que le
rodeaban formaban parte también de la vida, y eran iguales y tan antiguos
como la montaña. Jaime supo que el secreto emanaba de la propia tierra,
tan sencillo todo que ni siquiera resultaba lícito darle un nombre. Mientras
encendía el primer cigarrillo de la mañana tuvo la sensación
de haber cometido un error inexcusable; no se trataba de nada en concreto, sólo
una vaga pesadumbreo un mal presagio, como si alguien lo estuviera esperando
en alguna parte para imponerle un castigo.
Al fin cruzaron el puente y llamaron a la puerta
de la primera casa que encontraron. El hombre que les abrió llevaba la
cara tapada con una bufanda, y sólo vieron sus ojos huidizos y rapaces,
como si desde la distancia de su propio conocimiento aquel estrafalario grupo
de treintañeros reclamase un auxilio que sólo él podía
proporcionarle.
Con una seña muda les invitó a pasar
hasta la cocina donde alguien había encendido un fuego generoso. Las
mujeres se precipitaron hacia el hogar y alargaron sus manos, enrojecidas y
tumefactas. Entonces el hombre les dijo que podían acomodarse a su gusto
y que en una media hora estaría preparada la comida. Mientras se calentaban,
Consuelo y Rosa se entretuvieron en inspeccionar el cuarto, ennegrecido por
el humo y cuyo tosco revoque no había sido encalado. Era una sala cuadrangular,
con una mesa de madera en su centro y una media docena de banquetas a los lados;
en una de las esquinas estaba el fuego y en las otras había cántaros
y tinajas, utensilios de cocina y orzas panzudas; objetos deteriorados por el
uso donde alguna vez se había guardado el agua o el aceite, y que en
ese instante ofrecían el aspecto cochambroso de una dignidad extinguida.
Comieron un guiso de carne con berzas y bebieron
un vino agridulce que les sumió en una apacible modorra; al otro lado
de la ventana la quietud de la nieve persistía como un presentimiento
del invierno hasta que la luz de la tarde se volvió ceniza. Los hombres
llenaron sus copas de aguardiente y brindaron frente al fuego, hermanados por
un sentimiento de desamparo, lejos de la ley que alguna vez habían obedecido
en la creencia de que procedía de la verdad y de que era tan antigua
como el mundo.
Las mujeres dormitaban frente al hogar, exhaustas;
en algún momento despertaron en mitad de las sombras, anochecido ya,
y atizaron el fuego, movidas por la inquietud del frío y por la costumbre
de mantener las llamas avivadas, como si con ello cojuraran el peligro de la
noche.
Fue Rosa la que se incorporó sobresaltada
y comprobó que el fuego se había apagado y que la oscuridad era
absoluta en la cocina. Oyó ruido de pasos en la casa y el aullido de
un perro, prolongado en la noche que imaginó terrible. Estaba helada
y sentía sed; de alguna de las habitaciones próximas llegaba un
gemido como una nota disonante; alguien se quejaba mientras los pasos iban y
venían, y un minuto después una voz hosca profería palabras
en voz baja, que la mujer no entendió del todo. Era evidente, sin embargo,
que los habitantes de la casa permanecían en vela por alguna extraña
razón, porque en seguida escuchó el alboroto de otros pasos y,
de nuevo, el susurro de las voces.
Cuando hubo despabilado a sus compañeros,
echó unos troncos sobre las brasas y aguardó a que prendieran.
Sentados alrededor del fuego y en silencio, los rostros parecían volver
de un sueño de años, mientras el ajetreo de los pasos persistía
y los gemidos eran cada vez más notorios.
En ese instante se abrió la puerta y la
sombra los llamó como si los conociera de siempre; los condujo a un dormitorio
en penumbra, alumbrado con una vela que alguien había depositado sobre
una mesa vieja. En la cama un semblante sin apariencia definida emitía
quejidos de dolor, y en sus ojos, desmesuradamente abiertos, se reflejaban las
huellas de un sufrimiento indecible. Toda la habitación apestaba a orines
y a muerte; era el olor de la enfermedad. El hombre que los había guiado
cogió, al fin, la vela y salió del cuarto; en su recorrido fue
iluminando cada una de las habitaciones de la casa sin que en ningún
momento pronunciara palabra alguna; de esta manera descubrieron que en todas
había un cuerpo, tapado por las mantas, debatiéndose en una atroz
agonía de lamentos y de rezos, y que todos los rostros eran irreconocibles,
como si la penumbra o la misteriosa afección les hubiese borrado los
rasgos.
Las mujeres habían contemplado aquella
galería de horrores como si no creyeran en la verdad de las imágenes,
y todo fuera el producto de una pesadilla. Habían seguido al hombre cogidas
de la mano, enajenadas aún por los efectos del sueño y la fatiga,
y cuando el hombre los trajo, de nuevo, a la cocina y echó más
leña en el fuego, consideraron que sólo aquello podía ser
real y que el resto era mejor olvidarlo.
Ni Elías ni Jaime encontraron palabras
o argumentos adecuados para explicar lo sucedido. Elías reparó
en que la noche había caído sobre el pueblo mucho antes de lo
previsto, pese a que buena parte de la tarde la habían pasado durmiendo
y ninguno había mirado el reloj. Nadie había tomado tampoco la
decisión de dormir, porque no formaba parte de sus planes. Así
mismo, resultaba curioso que las mujeres no hubieran protestado. La tibieza
del fuego y el aguardiente los había aturdido, y ahora se hallaban en
una casa abarrotada de moribundos, en mitad de una noche perpetua y a merced
de aquel espectro embozado y taciturno.
-Beban
-les dijo el hombre, y les alargó la botella de aguardiente con una mano
áspera y oscura que extrajo de algún bolsillo oculto bajo la manta
en que se cobijaba. Fue un gesto demasiado rápido, pero Jaime pudo ver
a la luz de las llamas las heridas sanguinolentas y los dedos sin uñas,
comidos por las llagas.
-Tienen
lepra -gritó-, estamos en un lazareto.
-Yo
no entiendo de eso ni podría decirles; sé que morirán todos
como ya murieron los otros, y que Dios nos envía el castigo por su culpa,
porque ustedes nos traen el mal y ninguno sabe cómo sanarlo.
El
hombre sirvió los vasos y bebió de un trago el suyo.
-Tienen
asco, pero también ustedes se quedarán, y otros sentirán
asco cuando los vean. No dejará de nevar en toda la noche y, cuando amanezca,
la nieve se habrá helado y no podrán volver.
Por
un minuto Jaime tuvo la sensación de que las palabras del hombre ya las
había oído en otra parte. «¿Quién dijo que
no nevaría en septiembre?» Por una vez el invierno se había
adelantado y, durante algunos meses, aquella aldea permanecería cerrada
al mundo. «¿Quién dijo que no nevaría en septiembre?»
Volvió a preguntarse, y presintió que alguien lo había
condenado y que jamás regresaría a la ciudad. Entonces recordó
los acebos y el olor agrio de la tierra, y comprendió que era inútil
la esperanza.
Consuelo y Rosa lloraban en un extremo de la mesa,
mientras Elías golpeaba el tablero e insultaba al hombre.
-No
se ha observado ni un solo caso de lepra en mil kilómetros a la redonda,
¿quién cojones les dijo que era lepra?
-Es
la muerte. Se te quitan las ganas de comer y te salen ronchas por el cuerpo,
y sangras y apestas como si te estuvieras pudriendo. Yo no entiendo de nombres,
pero es la muerte. Los últimos que quedan los han visto ustedes allá
arriba; uno de ellos era médico, vino con una muchacha que enterré
ayer. Le oí decir que nunca antes había visto una enfermedad como
ésta.
Supieron
así que la enfermedad no poseía un origen concreto y que sus síntomas
no estaban previstos. No había amargura en las palabras del hombre, porque
la resignación atemperaba la tristeza, y en su voz sonaban las notas
de un terror milenario. El miedo a la muerte casi no importaba frente a aquel
otro miedo al misterio de un mal que sufrían con una entereza poco común.
Como ignoraban la causa, invocaban el poder de fuerzas superiores; de modo que
el hombre se refirió vagamente a los extraños signos que precedieron
a los primeros fallecimientos. Luego, por espacio de un mes, callaron la tragedia,
acuciados por un remordimiento irracional. Los excursionistas que llegaron en
ese tiempo no lograron salir con vida y, al cabo de una semana, los últimos
supervivientes se preparaban para una muerte irremediable. Sólo él
había quedado en pie, aunque la enfermedad se había apoderado
de su cara y de sus manos, y era innegable que también él sucumbiría.
-Les
he enseñado a los enfermos, porque tal vez ustedes puedan hacer algo,
aunque lo dudo. La Providencia ha dispuesto las cosas de este modo, y no hay
salvación posible.
Cuando
terminó de hablar, se levantó y salió de la cocina. Los
otros percibieron sus pasos desalentados ascendiendo por las escaleras, y un
minuto más tarde, oyeron la salmodia de los gemidos hasta que el amanecer
impuso una tregua de silencio, como si la paz hubiese entrado con la luz y el
dolor de los agonizantes hubiese concluido al fin.
Jaime y Elías dedicaron aquella jornada
a enterrar a los muertos en la nieve, porque el hedor de la casa se había
vuelto insoportable, y la desesperación no requería otro alivio
que la fatiga. Las mujeres lloraron junto al fuego durante toda la mañana,
pero el abatimiento y el hambre se encargaron de aniquilar los últimos
vestigios de una aflicción cercana a la locura. Así que aquella
noche los dos hombres y las dos mujeres se sentaron a la mesa de la cocina con
el ánimo de los que se enfrentan al infortunio a sabiendas de que su
única alternativa es el fracaso. En una de las habitaciones del primer
piso exhalaba su último aliento el hombre que los había recibido
el día anterior y, por la noche, los condujo hasta los aposentos de la
muerte. Era el último de los afectados y nada podían hacer ya
con él. Cuando lo oían condolerse, le daban agua y lo arropaban.
No era más que un hombre ante sus últimas imágenes, desconcertado
y hundido por el dolor, pero firme aún y apuntalado por una fe extraordinaria.
Mientras la nieve caía sobre la noche en
el macizo, los dos hombres y las dos mujeres se preguntaron por los motivos
de aquel viaje. Pensaron en el camino y en la última visión del
bosque a lo lejos junto a la carretera donde habían dejado la furgoneta.
Ahora era inútil el remordimiento, porque tampoco la memoria les pertenecía.
Después, cuando los días y las noches
transcurrieron idénticos, la espera resultó más fácil.
Aprendieron a soportar el miedo y a despreciar el frío. En las interminables
vigilias contaron las historias de una vida que ya habían olvidado, y
se regocijaron con el fuego como si en él estuviera cifrado su futuro.
La noche que enterraron al último hombre
no encendieron el hogar. Cenaron a la luz de una vela, mientras el viento soplaba
contra la casa y el hechizo de la penumbra iba concediéndoles un reposo
mineral. No hubo lágrimas tampoco aquella noche, ni siquiera cuando,
acabada la cena, Elías sirvió el aguardiente y levantó
su copa en un amago de brindis. Todos pudieron ver entonces, apenas un instante,
el dorso de su mano.
Tiene la gran mayoría de su obra poética publicada en la revista electrónica tarraconense El Ebro.
LECTORA POR HORAS
"Se
ofrece lectora por horas, interesados llamar al tlf. 5674432", así
se leía mi anuncio entre un mar de cortadoras de césped de segunda
mano, griegos con vírgenes y pisos con maravillosas vistas al mar. Cerré
el periódico con fuerza y lo reposé sobre la barra del bar. Se
había quedado pegado a una masa viscosa, probablemente café de
días atrasados.
Hacía
un sol frío; salí a la calle, aún era invierno, me azotó
una ráfaga de viento cargada con polvo seco. Levanté el cuello
de mi abrigo de franela gris y me dirigí calle abajo. Desde el cierre
de la fábrica andábamos todas desorientadas, sin saber qué
hacer con nuestras vidas. Algunas paseaban horas y horas por el parque, sin
hablar con nadie, sólo meditando, ensimismadas en sus propias cosas.
Estando todas en los primeros cursos de la escuela, un hombre de negocios había
conseguido embaucar a casi todas las madres para contratarnos como mano de obra.
Nuestros deditos, ágiles y aún
diminutos, eran el arma perfecta para enhebrar una aguja. Nos pagaban poco,
y a pesar de que casi todo eran ingresos para la familia, siempre caía
algo para nosotras con que comprarnos chucherías o algo de ropa. Así
nos tenían contentas a las niñas y a sus madres. A lo largo de
los años la fábrica se fue especializando en ropa de la buena,
cara, artesana, muy bien pagada, por lo que muchas dejaron la escuela sin pensarlo.
Yo seguí yendo a clase, mi padre me obligó a terminar el colegio,
"y luego. luego, niña, ya veremos", decía esto rascándose
la cabeza. Y fue gracias a él que no tuve el mismo desolador futuro que
mis compañeras, prácticamente analfabetas. Incluso nos habían
hecho cambiarnos a la sección masculina porque habían decidido
que no merecía la pena hacer venir a la maestra por tres que quedábamos.
La quiebra de la fábrica supuso un duro
golpe para todas. Ninguna había hecho nada distinto en su vida, y de
repente no teníamos sobre qué sostenernos. Algunas, ya desesperadas,
se marcharon con el petate y la familia, a la capital. Yo preferí quedarme.
La primera semana no llamó nadie. Yo veía que otras habían
conseguido trabajo de camareras, o dependientas, aunque en condiciones casi
infrahumanas, a causa de la falta total y absoluta de experiencia. La segunda
semana tampoco llamó nadie. Por el parque seguían estando las
mismas, siempre paseo arriba, paseo abajo. Yo las miraba desde mi ventana, diciéndome
que no quería acabar así.
La tercera semana lo mismo. A Juana, de la sección
de bastillas, la ingresaron en el Juan Carlos II, aquejada de desorden mental.
Contaban que había empezado a caminar por la cornisa de su casa, gritando
a viva voz que se iba matar.
A la cuarta llamó un hombre.
-¿Sí?
Hola, buenos días. ¿Quién es?
-Mi
nombre es Don Miguel.
Don
Miguel Estévariz de Castro, vivía en la calle Ancha, en el 65.
A las tres le venía bien. Fui a las tres.
Don Miguel Estévariz de Castro, enjuto
de rostro y escaso de pelo, me abrió el enorme portalón de hierro
sin descorrer la cadena. Después de un minucioso análisis, decidió
que era de fiar.
-Pase.
Se
trataba de un hombre arrugado, con dos ojos azul grisáceos que empezaban
a achacar unas cataratas galopantes. Al hablarme no se dirigía a mí,
sino que se le perdía la mirada en el infinito. La casa olía a
cerrado, como las típicas casas viejas que no ventilan jamás.
Era obscura, empapelada con motivos griegos y atiborrada de mil detalles de
antiguos vestigios de vida. La luz se filtraba a través de unas persianas,
en hilos dorados, que semiluminaban a rayones montañas de libros empolvados.
Pasamos al salón, donde un retrato de una
dama presidía la estancia. Adiviné que sería su mujer.
Con un gesto más bien escueto me invitó a sentarme en una rígida
silla de madera, mientras él se acomodaba en un mullido sillón.
-Coja,
señorita, un libro.
-Claro,
¿Cuál desea?
-Elija
usted, haga el favor.
-¿Yo?
-Por
favor.
Me
levanté y observé que en torno a mí había cientos,
miles de libros. Me aproximé a una montaña y empecé a limpiar
las tapas para leer los títulos. Había de todo.
-¿Qué
le gusta. la ficción, lo romántico, la novela histórica?
-Lo
que a usted le guste.
-Pero,
tendrá alguna preferencia, ¿no?
-Yo
prefiero lo que usted prefiera.
-De
acuerdo.
Dejé
Madame Bovary y cogí de mi bolso el folletín de la telenovela
de aquella semana.
-¿Jazmines
marchitos? -lo erguí y se lo mostré.
-Don
Miguel alzó las cejas, extrañado, y asintió bajando la
cabeza.
Carraspeé.
-«Rosa
Lucía poseía una extensa melena ondulada, negra y pulcra, que
peinaba con su cepillo de nácar, regalo de su anciana abuelita, que descansaba
enferma en la habitación contigua. A falta de dinero se había
visto en la obligación de vender este preciado tesoro, su cabello de
azabache, para obtener unas monedas con que comprar las medicinas. Luis Miguel
ya no la quería, y eso a ella le afectaba profundamente, como si una
espina estuviera clavada en su corazón». -me detuve.
-¿Qué
sucede?, continúe, por favor.
-Sí,
claro, perdone. ¿Por dónde iba? Ah, sí. «Luis José
era un atractivo hombre hijo de una rica familia del Norte. Su romance había
durado lo suficiente como para que Rosa Lucía se quedara en estado de
buena esperanza, y justamente ahora él la abandonaba».
-Me
paré de nuevo, y eché un vistazo a mi alrededor: grandes escritores
me estaban observando, con sus magníficas obras, mientras yo leía
aquella bazofia. Casi me sentí avergonzada.
-¿No
prefiere que le lea otra cosa?
-Ya
le he dicho que quiero que me lea lo que usted lee normalmente.
-Pero.
con tanta literatura buena que tiene a su alrededor, no sé.
-Le
pago para que me lea, no para que me juzgue.
Me
callé y seguí relatando la historia de Rosa Lucía y su
ex-amante, Luis José. Habíamos convenido que sería una
sesión de una hora, así que a las cuatro en punto le informé
del acuerdo.
-Nada
de eso, señorita, usted se queda hasta relatarme el final de Jazmines
Marchitos, aunque sea le pago un extra, supongo que no estará usted tan
ocupada como para no poder quedarse otro rato, ¿cierto?.
A
decir verdad no tenía nada que hacer, no sólo en las próximas
horas, sino en los próximos años. Terminé el folletín,
tras tres largas horas de devaneos amorosos, y ya con la lengua seca, pude leer
la palabra FIN.
-¿Ya
está?¿Entonces la señorita Rosa Lucía aborta y ya
está?
-Pues...
-me desconcertaba, no daba crédito. ¿Cómo un hombre tan
docto en letras ( o al menos eso parecía por aquella biblioteca que tenía
a modo de casa), se podía interesar en una historia de amor tan vacía?
-Sí,
ella aborta porque Luis José se lo paga para que su imagen no quede ensuciada
en la alta sociedad.
-Tremenda
estupidez. Ella es una mujer cargada de pasión, no entiendo por qué
la deja. Ese hombre no vale lo que un hombre ha de valer. Usted, señorita,
¿qué haría si un hombre le obligase a matar al hijo que
lleva dentro?
-Yo,
bueno, no sé, supongo que no le dejaría.
-Lo
que digo yo. Si es que hoy en día se han perdido todos los valores que
se tenían antaño. Ahora nada vale nada. Ni siquiera una vida humana.
Me
quedé en silencio, mientras se me nublaban las letras del folletín,
el sol se empezaba a acostar y la estancia se quedaba sin luz. Me miró,
o eso intentó hacer, y me dijo que estaba bien por hoy.
-Puede
usted marcharse, y vuelva la semana que viene, a la misma hora, el mismo día.
-¿Quiere
que traiga poesía para leerle ... o tal vez teatro?
-Nada
de eso, Jazmines Marchitos es una publicación semanal, ¿verdad?
Pues la semana que viene usted me trae la siguiente parte.
Arreglamos
cuentas y yo me marché a casa, aún pensando en Don Miguel. La
semana pasó lentamente, hasta que por fin llegó el miércoles
de nuevo. Y yo con mi folletín. Así semana tras semana, y después
de cada lectura Don Miguel discutía conmigo acerca de la cobardía
de un supuesto galán llamado Luis José, y de lo profundidad de
alma que poseía Rosa Lucía. Acabé acostumbrándome
a aquellas charlas, hasta que un miércoles nadie contestó cuando,
a las tres, llamé a la puerta. Insistí un par de veces, hasta
que una vecina, en bata y zapatillas salió a informarme.
-Se
lo han llevao hoy por la mañana, ¿sabe? Tenía el corazón
mu débil desde lo del aborto de su hija, el año pasao, creo que
ella se llamaba Lucía, murió con el bebé. Era su única
familia y ya sabe como son esas cosas de duras.
Di las gracias y me marché.
Juan
Después nació virtualmente el 25 de diciembre de 1992 en Uruguay.
Pasó 100 días preso en la Cárcel Central de Montevideo,
inmediatamente antes de esa fecha, por un crimen de estafa efectuado en contra
de la compañía telefónica de ese país.
Nino
fue encontrado asesinado de cuatro balazos a la salida de un boliche nocturno
en una ciudad del interior del país. Juan, que se fue "bajo cuerdas",
posiblemente, viva en Brasil.
Este
relato documentalista retrata de forma angustiosamente kafkiana los malos tratos
psicológicos y físicos sufridos por presos en esos recintos de
"seguridad ciudadana" que llamamos cárceles.
ONIROS
CAPÍTULO I
Hacía
ya media hora que había llegado de buscar un nuevo empleo y aún
no le había llamado por teléfono. ¿Habría salido
más temprano de sus clases? ¿Estaría estudiando para el
nuevo examen? Golpes y timbres reiterados le instaron a dirigirse a la puerta.
-
¿El señor Pérez?... Le preguntaron al unísono las
dos personas vestidas con camisas a cuadros y jeans desde el otro lado de la
puerta.
-
Un compañero suyo tiene algunos problemas y usted tiene que hacer unas
declaraciones... Dijo con una voz muy amable. - ¿Nos podrá acompañar?
-
Vos cantá cómo fue todo. Si hablás, podés irte tranquilo
hoy a tu casa... Le comentó en forma intimidatoria el gordito mientras
cerraba la puerta lentamente.
Se
sentó sobre una larga y sucia tabla colocada sobre unos bloques tambaleantes,
tratando de adivinar el motivo por el cual se encontraba en ese lugar.
Estaba
solo, se sentía solo...
La
puerta desvencijada de madera lucía algunos muy buenos trabajos de tallado
que indicaban que algunas de las personas que habían estado allí
tuvieron todo el tiempo del mundo para aburrirse o enloquecer. Las paredes despintadas
mostraban leyendas escritas con el humo de algún encendedor de gas.
A
los pocos minutos de estar contemplando esos garabatos, se abre la puerta dibujándose
a contraluz la imagen de un policía que le dice:
-
Daale. Vení y cantá toodo...
- Es mejor que digas todo, bebé... Le susurró nuevamente dándole
una cachetada "cariñosa" en la mejilla.
En esta nueva habitación se encontraban tres policías y uno de sus compañeros de trabajo que lo miró con una expresión que a las claras indicaba que era la persona que lo había metido en el embrollo.
Si bien el interrogatorio duró muy poco, descubrió el motivo de
ese alud de terribles experiencias. Trató de no ser muy concreto en sus
respuestas hasta no tener más claro el panorama o hasta no disponer de
un abogado.
Pasó
a otra oficina, guiado a empujones, en la cual otra persona reinició
el interrogatorio, donde por momentos se mezclaban las preguntas del caso con
otras sobre la salud de sus padres o el trabajo de sus amigos.
Luego de unos cuarenta minutos, regresó a la habitación con leyendas de humo. Su vista vagaba por las mugrosas paredes, cuando descubrió la palabra "Oniros" escrita con un objeto punzante. Alguien le había dicho alguna vez que quería decir
"Sueños"...
Veinte
o treinta minutos después le esposaron las manos a la espalda y lo arrastraron
por un laberinto de habitaciones y pasillos hasta otra sala un poco más
grande y limpia. Allí había cuatro policías con palos en
las manos que le obligaron a separar las piernas y escuchar una serie de insultos
y preguntas, mientras trataba de mantener el equilibrio.
A
pesar del momento tan duro, se dio cuenta de que cuidaban de que no se cayera
hacia delante. Esos sujetos tenían muy claro lo que hacían. De
vez en cuando, alguno de ellos golpeaba la palma de su mano ruidosamente con
el palo tratando de impresionarlo.
Sentía
fuego en el pecho e impotencia. ¿Sabrían sus padres dónde
se encontraba ahora?
-
Así que no querés hablar...Dijo quien parecía ser la persona
que tenía más cargo del pequeño grupo. -Llévenlo
allá...
Realmente
parecía que estaba ya la suerte echada, por lo que solo restaba esperar...
Fue
ahora forzado a caminar por un pasillo formado por las rejas de pequeños
calabozos que parecían jaulas deshabitadas de dos pisos. El ultimo empujón
lo introdujo en una celda oscura, fría, sin un lugar donde sentarse y
con un insoportable olor a orín.
Un
pequeño recuadro tapizado de estrellas le indicó que era de noche.
Pero... ¿de qué día?
Allí
estuvo parado durante algunas horas, tratando de elaborar una muy buena declaración
para no perjudicar ni al resto de sus compañeros, ni a su familia. Realmente
era difícil... No podía terminar de creer que lo hubieran involucrado
en algo tan sucio por solo intentar ayudar a una persona.
Su
espalda fue azotada por un látigo de hielo haciéndole recordar
que ahora mas que nunca tenía que cargar sus baterías de "Coraje".
Se
trasladó a otro lugar de la celda tratando de encontrar un sitio donde
poder sentarse (aunque sólo fuera en cuclillas) mientras intentaba aflojarse
un poco las esposas. No era fácil, ya que hasta podía haber excrementos
en algún rincón que no se veían por la oscuridad reinante
dentro del recinto.
Luego
de un lago rato le abrieron la pesada puerta metálica y le preguntaron
si estaba dispuesto a declarar. - Sí, si me llevan a un lugar donde por
lo menos pueda abrigarme.
Lo llevaron nuevamente a una de las primeras habitaciones y le reiteraron la pregunta a la que respondió en forma afirmativa.
Un
policía se acercó, le quitó las esposas y le condujo a
la habitación de las paredes dibujadas con humo. - Acuéstese un
rato ahí. Duerma que mañana va a declarar...
Alguien
le dio un buzo para que se abrigara, y al preguntar de quién era, le
contestaron que el propietario era otra de las personas que estaban para declarar
por el mismo caso.
Había
dormido un par de horas cuando lo despertaron sorpresivamente informándole
que se tenía que trasladar a otra habitación.
-
Ojo con hablar con las otras personas. Miren que están incomunicados.
Se
disponía a rematar la noche (¿o el día?) durmiendo en la
silla de algún oficinista "llena-formularios", cuando una persona
le alcanzó comida.
Ahora,
más tranquilo y con la panza llena, la cosa cambiaba.
Después
de dormir un poco, vino el show con desfile de prostitutas, travestis y algún
borracho que indicaba que era la madrugada del sábado.
Llevaba
dos días y una noche allí. Y el tour había terminado.
- Ustedes. Síganme...
CAPÍTULO II
La
puerta rechinó detrás de él retumbando en sus oídos
como un grito desgarrador, mientras un frío intenso estremecía
su cuerpo diminuto y casi sin ropas.
Se
sentó en un rincón oscuro sobre un gélido banco de madera
lustrosa y esperó.
Cada
minuto que pasaba era casi eterno. Su mente se negaba a emitir una respuesta
lógica sobre la causa por la que se encontraba allí. O quizás
la sabía, pero no entendía por que le había tocado a él.
Le
pareció que sus sueños de derrumbaban, que sus seres queridos
no le podrían perdonar nunca aquel hecho acaecido.
Ellos
ni remotamente podían imaginarse donde se encontraba él ahora.
Los imaginó llorando ruidosamente... Eso hizo que por un momento sintiera
una mano invisible apretándole el pecho, ahogándolo.
La
suerte estaba echada, y realmente ya no había una solución. Con
los nervios destrozados, solo atinó a pensar en los últimos momentos
junto a ellos mientras se cubría el rostro con sus temblorosas manos.
Las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero no debía dejarlas
salir. Poco a poco fue controlando esas ansias locas de llorar y observó
resignadamente a su alrededor.
La
malla de alambre que impedía el acceso a la habitación estaba
pintada de un color verde agua aunque la parte situada junto al techo mostraba
cierta grasitud negruzca. Sobre su derecha advirtió una especie de jaula
con rejas al frente, donde se alojaba un banco de cemento algo deteriorado.
Al
frente se veía una escalera bastante amplia y un gran portón metálico
de dos hojas.
-
Pase usted... Dijo un largirucho policía que se materializó frente
a sus ojos señalándolo acusadoramente con su gorra e indicando
el camino a una habitación contigua.
Quien
se encontraba detrás del despintado escritorio comenzó un pequeño
interrogatorio mientras el largirucho le realizaba una inspección corporal.
-
Llévalo a la fotografía...
- Venga por aquí. Dijo el largirucho haciendo una señal con la
mano y una mueca con su boca desdentada y maloliente.
Atravesó
el salón donde estaba sentado hacía unos minutos (¿u horas?)
hacia otro escritorio al final de un pasillo del que no se había percatado.
La
habitación era relativamente grande, con un piso de gastadas baldosas
negras y con un solo foco de luz amarillenta en el centro de la habitación.
Tras
una corta espera vinieron impresiones digitales y fotografías desde diferentes
ángulos. ¿Se encontraba interpretando una película policial
o era el protagonista de una pesadilla?
-
Ahora, puede ir a dormir un poco... Dijo el largirucho con una sonrisa burlona.
Caminó
detrás de él hasta la puerta de dos hojas y subió luego
por unas estrechas escaleras que le parecieron interminables. Por fin llegaron
a una puerta enrejada custodiada por un uniformado que les hizo ingresar a una
habitación desde donde se habrían dos corredores. Hacia el centro,
esos corredores tenían el mismo tipo de tejido metálico que había
observado abajo, y sobre los costados, se veía algo parecido a habitaciones
de un criadero canino, pero con puertas metálicas. Un policía
gordo y de voz grave le dijo de malas maneras:
-
Agarre uno de esos colchones y sígame.
Se
introdujo en una pequeña y oscura habitación tratando en vano
de encontrar rápidamente un pedazo de polifón limpio y con el
tamaño suficiente como para recostarse.
Después
de salir de la habitación con el pequeño trofeo, siguió
al policía hasta una habitación baja de dos metros cincuenta por
uno cincuenta donde tiró el colchón y se dispuso a dormir.
Una pesada puerta metálica se cerró detrás de él con un chirrido, a lo que le siguió el ruido de un pasador que se deslizó golpeando como un martillo su cabeza. Se sintió impotente y quiso maldecir, pero supuso que quizás esto podía empeorar las cosas. Ahora estaba solo con los demonios de la oscuridad. Sintió dolores en todo su cuerpo mientras mil pesadillas azotaban su mente mezcladas con ruidos que venían desde el piso inferior. Necesitaba soñar que ella estaba allí...
CAPÍTULO III
No
podía creer que volviera a la civilización, saliendo de las malolientes
"perreras" y cruzado esposado por delante de algunas decenas de civiles
hasta la camioneta que lo transportaría a declarar.
El
viaje fue bastante accidentado pues la vieja camioneta azul y blanca se movía
como una coctelera, arrastrándolo de un lado a otro cual si estuviera
en medio de un huracán.
Luego
vino el desfile (como una top model), delante de otras docenas de personas que
lo miraron como si fuera la peor escoria del planeta, trepando unas gastadas
escaleras para llegar finalmente a los pequeños boxes de confesión.
Al
cabo de una hora se inició un careo entre ocho o diez compañeros,
dos jefes de sector, un ingeniero y cuatro o cinco de los que estaban, junto
a él, del lado de los malos.
Nunca
había vivido algo así. Ni lo hubiera soñado. Le parecía
imposible que algunos de los compañeros que creía, eran los más
coherentes en su accionar, derramaban lágrimas mientras hablaban...
Cuando
vio por primera vez aquel salón en forma de "L" a través
de la puerta enrejada, le pareció un hotel cinco estrellas. Podía
por fin bañarse (no lo había hecho desde hacia dos días)...
Luego
de atravesar la gruesa reja, sintió como si entrara en otro mundo, en
otra dimensión. Algunos leían sentados en unos bancos con respaldos
altos mientras otros jugaban pin-pong. Un desgarbado individuo le señaló
el camino a un calabozo compartido, muy bien pintado, con una pequeña
ventana sin vidrio y cubierta por una malla de alambre.
-
Esta va a ser su celda. La va a tener que barrer y mantenerla ordenada.
Luego
de un excelente baño lo invitaron a comer indicándole que las
opciones eran o comer de la comida que se hacia en forma cooperativa ocomer
la comida del establecimiento carcelario al que le llamaban "rancho".
El
"rancho" era generalmente un guiso espeso de fideos que se entregaba
con un pedazo de pan al que llamaban "marroco". Lo interesante ahí
era que nadie había cometido delito, todos eran inocentes. A las ocho
de la mañana el policía que entraba a hacer la guardia matutina
les hacia despertar gritando - Arriba. Vamos. Hay que levantarse... A las nueve
todo el mundo debía de estas desayunado y en su calabozo, de manera que
el personal designado para la tarea de limpieza pudiese iniciarla. A las diez
se salía del cuchitril para iniciar las tareas de cocina. Era la hora
que comenzaba la tortura para algunos...
Si
se ponía atención se escuchaban los gritos desgarradores mezclados
con insultos y pedidos de clemencia que provenían del piso inferior.
Realmente
era mejor no escuchar.
-
Que ortiva es el flaco, che! Le batió al sargento de que ayer no habíamos
limpiado la cocina!
- Che. ¿Hacemos unos churrascos con huevos y papas fritas?
Luego
de comer, cada uno fregaba sus utensilios y se retiraba a su celda a leer o
dormir siesta. Otra vez el personal de limpieza aparecía en escena con
su carga de lampazos, baldes e impecables trapos de piso.
A
las cuatro de la tarde era la hora de salir de la celda y jugar pin-pong o ir
a buscar algún libro a la disminuta biblioteca. Allí estaba siempre
Diego sumergido en su mar tratando de llevar un control, en un amarillento cuaderno,
de los libros que aún disponía en sus estantes y los que alguien
posiblemente se había llevado. Si bien estaba acusado de violación
a un menor (esperaba la extradición) era una de las pocas personas con
buen nivel cultural con la que se podía charlar durante horas. Fue en
uno de los estantes más altos donde descubrió un montón
de libros de ciencia-ficción (que en otro momento no se le hubiera ocurrido
tocar) de Ray Bradbury, Kafka y autores norteamericanos que lo atrapó.
Cuando
ya se cansaba de la lectura, (alrededor de las seis) encendía el televisor
para ver algún noticiario o alguna película hasta las diez de
la noche.
Todo
se repetía día tras día hasta el día del hurto de
algunas prendas que se estaban secando en una habitación contigua.
Ese día entró el oficial con dos agentes y recorrió rápidamente
el salón para luego ordenar a su personal una "requiza". Esto
consistía en sacar (tirar sería el termino justo...) fuera de
la celda todo cuanto poseía el recluso, en busca de lo hurtado, en tiempo
record. La bronca contenida pugnaba por explotar...
- Está bien. Barran la celda y ordenen todo de nuevo.
CAPÍTULO IV
Estiró
aun más el trozo de cable que servía de antena de la pequeña
radio para tratar de escuchar alguna emisora de FM, sin lograr su objetivo.
Intentó colocándola sobre una endeble y diminuta mesa heredada
de otro visitante de aquel lugar, con el mismo resultado.
Dentro
del establecimiento no estaba permitida la tenencia de grabadores o walkmans,
por lo que solo pudo optar por aquella destartalada radio que lo acompañaba
durante las largas noches de desvelo. El último tema de Joaquín
Sabina le arrancó una lagrima que rodó lentamente hasta su mentón.
Realmente
no era fácil estar solo...
-
Patiooo...
Ese
era el llamado que se escuchaba una vez a la semana e indicaba que era la hora
de bajar al patio interior, frío y lleno de palomas, a jugar boley.
La
única vez que no pudo bajar fue cuando el aburrimiento y la nostalgia
se apoderaron de su alma, haciéndole explotar en cánticos carnavaleros
que le llevaron a tamborilear locamente sobre la mesa junto a otros reclusos.
Las voces treparon a los pisos superiores llegando al nivel donde se alojaban
las mujeres que comenzaron a cantar también.
En
menos de quince minutos, el oficial entró como una ráfaga encarando
prepotentemente a nuestro grupo musical. - Tienen suspendido el patio por una
vez.
Algunos
no bajaban aduciendo que no querían meterse en problemas. Era inevitable
(por el simple hecho de tener que ajustarse a reglas de terceros) el que cada
dos o tres "patios", uno terminara con alguna pelea sin trascendencia.
Mientras se colocaba sus zapatillas, la puerta se abrió ruidosamente,
sobresaltándolo.
-
Guacho, querés darle una pitadita a la maruja? Le dijo Adrián.
- No gracias... Le respondió con una sonrisa
Realmente
no le interesaba escapar de esa forma...
Una
vez por semana tenían "visita", el único momento en
que podían ver a sus seres queridos durante una hora. Media hora antes
aprontaban una lista de cosas que deseaban que les trajeran y un bolso (que
luego era revisado) con las cosas que deseaban entregar. También los
bolsos que entraban al establecimiento eran revisados, pero nadie destapaba
o abría un paquete. Tampoco nadie se podía imaginar que aquella
botella de refresco de naranja podía haber sido cargada con vodka usando
una hipodérmica. Realmente era mucho mejor que el "escabio"
que preparaban en una pieza oscura donde se almacenaban trastos viejos, con
cáscaras de frutas y azúcar. Hasta le dió coraje suficiente
para tratar de atrapar uno de aquellos bólidos alados que por momentos
realizaba vuelos rasantes y otras veces se desplazaban velozmente hacia los
pisos superiores. Los murciélagos ya eran nuestros cómplices,
pero ellos por lo menos, podían escapar por algún agujero de la
claraboya...
Se
apuró a terminar de escribir unas líneas para su chica en un trozo
de papel que dobló luego cuidadosamente, antes de que el guardia le pidiera
que apagara la luz de su celda.
Como
una de las reglas era que nadie debía escribir cartas a personas del
exterior del recinto, la escondió en el dobladillo de su ajada campera
de cuero. Otro de los reclusos le había prometido que se la daría
a su novia en la próxima visita y que ella a su vez la entregaría
al destinatario.
Esa noche durmió un poco mejor.
CAPÍTULO V
Piero
seguía encerrado con candado en su celda por responder mal, según
el agente de guardia, a una pregunta sin importancia. Sólo se le permitía
salir dos o tres veces por día para comer e ir al baño. Andrés,
ya sin esperanza de irse de aquel lugar antes de los noventa días, pasaba
largas horas en un rincón con los ojos fijos en los vidrios de la claraboya.
-
Usted desde mañana comienza a organizar el equipo de limpieza. Le había
dicho el sargento de guardia vespertina.
Quizás la nueva tarea no fuera muy agradable. Como en todos los lugares
donde se convive con muchas personas, se llega a simpatizar más con algunas,
mientras a otras sólo se las trata.
Juan,
un extranjero encarcelado por estafa, era el amigo nuevo con quien compartía
los dolores del alma, con quien hacía día tras día más
llevadera la estancia en el lugar, con quien hasta se podía burlar de
su estado actual. Con él aprendió frases cortas en diferentes
idiomas, a cocinar muy buena comida y a viajar con los ojos cerrados a cualquier
parte del mundo. Pedro era la persona con quien se podía divertir durante
todo el día, ya que su almacén de cuentos era inacabable. Nino
era la persona huidiza, huraña, con quien llegó a tener algún
problemita.
Terminaba
de distribuir las tareas y los horarios para cada uno de los reclusos cuando
unos ruidos estridentes le hicieron asomar a la ventana de la celda. Una columna
de denso humo negro emergía del piso de las mujeres y se erguía
hacia la claraboya. Sobre los vidrios esmerilados se dibujaron las siluetas
de dos policías con sendos perros. Inmediatamente se escucharon gritos
y golpes sobre algo metálico que parecía ser la puerta de una
celda.
Una
de las chicas ahí recluidas, no soportando la presión, había
tratado de eliminarse prendiendo fuego su colchón de espuma luego de
trancar por dentro su celda. Si no era rescatada a tiempo podía morir
quemada o asfixiada...
Los
noticiosos de la tele anunciaban la posible extradición de un grupo revolucionario
que se alojaba en el piso superior y mostraban la marcha por la calle principal
de la ciudad en apoyo a las familias detenidas por ocupar fincas deshabitadas.
La publicidad bombardeaba con mensajes de Navidad donde se mostraba a padres
rodeados de sus hijos, nietos, sobrinos...
Casi
inconscientemente dibujó sobre un arrugado papel, un plano que se proyectaba
al infinito plagado de caños anudados, rejas y cadenas. Era el mismo
dibujo que había realizado hacía noventa días en su oficina.
Noventa
días...
Su
mente retrocedió en el tiempo y volvió al momento justo en que
se generaron los hechos. Y se vió rodeado de monitores de fósforo
verde y monocromáticos que esperaban órdenes, impresoras distribuidas
en un área de veinticuatro metros cuadrados que escupían listados
ruidosamente, paquetes de fanfold apilados por los rincones.
Realmente
por la noche había bastante para hacer. Allí no se dormía.
La mortecina luz de una pequeña lámpara de escritorio alumbraba
una hoja de papel con algunos garabatos, números y flechas.
La estúpida máquina mostró por quinta vez un mensaje en inglés que indicaba de que el disquet no era correcto. Se recostó en su silla y bebió un sorbo de la lata de refresco. El calor era agobiante...
CAPÍTULO VI
Soñaba...
Estaba
con ella en una acogedora habitación llena de espejos y luces atenuadas.
Sus cuerpos desnudos se fundían bajo las blancas sábanas de satén
mientras sus dedos se enredaban en el rubio cabello femenino. El calor de su
cuerpo le quemaba e incitaba a volver a hacer el amor. Sentía sus besos
quemantes y veía sus hermosos ojos verdes destellantes de felicidad.
Su mano comenzó a deslizarse lentamente por sobre su blanca piel
aterciopelada hasta su vientre...
Lo
despertó Pedro que con un grito al mejor estilo cheyenne mientras saltaba
sobre él: - Me voy guachoooo. Me voy.
No entendía bien el motivo, pero no le agradó la noticia. Quizás
el ver que todos sus nuevos compañeros se estaban yendo mientras él
seguía allí, no le ofrecía un panorama muy prometedor.
Durante
los últimos días esperó ansioso que el sargento de guardia
pronunciara su nombre, pero no fue así...
Y ella no había contestado a su carta...
Ese
día estaba muy deprimido, cuando escuchó que alguien pronunció
su nombre completo. Esperó que lo repitiera. Tenía miedo. Algunos
compañeros se le acercaron gritando - Tigre, te vas. Dale. Recoge
tus cosas.
¡Era
cierto!
A
velocidad record guardó algunas de sus cosas en un bolso y corrió
a la puerta, no sin antes despedirse de cada uno de los reclusos con un fuerte
apretón de manos y un - Espero que salgas pronto.
La
escalera parecía no tener peldaños, sino ser una gigantesca rampa
que lo transportó al primer piso. Le dieron unos papeles para firmar
que ni siquiera leyó y esperó a que el agente le abriera la puerta.
Las ansias de salir corriendo se mezclaban con las ganas de mantener cordura.
Sintió
el sol acariciarle y el aire distribuirse por sus pulmones.
Esas
personas que estaban esperando el ómnibus, ¿sabían realmente
lo que significaba estar en libertad? Creo que eso no les importaba, el asunto
era poder llegar ese día un poco mas temprano a su casa.
Decidió
caminar otra cuadra más mientras respiraba profundamente. Entró
a un bar donde había un teléfono y disco temblorosamente. Sonó
una vez... ¿Cómo reaccionaría la persona que atendiera
el teléfono? Sonó otra vez... Una voz de mujer murmuró
algo por el auricular.
-
Hola. Habla Fernando...
- Hola... Esa voz entrecortada, mezcla de llanto y alegría, le hizo sentir
el hombre más feliz del planeta.
Ella aún lo esperaba...