ALFONSO GARCÍA VILLALBA

(Murcia, España, 1975)

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Murcia. A pesar de presentarse en este número como poeta, Alfonso García Villalba es algo así como una filmoteca que anda y una discoteca que piensa, de modo que no resultará extraño ver su nombre presidiendo en futuros números de la revista algunos trabajos críticos sobre cine o música, pertenecientes a los apartados "La música y las fieras" y "Un chien andalou" respectivamente. Estos tres poemas que ofrecemos son inéditos.

 

SOMETIMES I FEEL SO HAPPY,
SOMETIMES I FEEL SO SAD

 

Adaptan e integran las observaciones,
miran hacia delante, comparten el mismo mantel
y -por decirlo de alguna manera-
se acuestan juntos.
Todos comparten esa felicidad.
Profundizan en los rizos blancos de las olas,
cambian su ropa interior con alegría
consideran todas las alternativas posibles
apuestan siempre por la "última salida al paraíso".
Para ellos, siempre es placentero si es bueno.
Si todo vale poco, se exprime al máximo;
se establecen los puntos equidistantes, las coincidencias,
las alegrías siempre nuevas
(no es tan difícil).
Todos son estrictamente bellos.
Un día, en cambio, te despiertas:
las lágrimas trazan
extraños y pequeños círculos.
Suena a intranquilidad, a segmento que tiembla.
Sabes que un día pasará,
mientras tanto…

 

 


RITORNELOS

(Anécdotas de un amor de estira y acorta)

 

Despegas, despego el abandono adhesivo de los últimos meses
y murmuras el ritornelo del amor
lo dices sin palabras
o las palabras que dices
no lo dicen
(pero yo, lo sé)
en consecuencia,
el agenciamiento
(el tuyo, el mío)
consiste en recuperar frases,
atisbar posibilidades, vincular,
ofrecer al olvido las desconexiones (pretéritos fatuos),
hacer como las moscas que en el frío
vuelven y vuelven al mismo punto de partida.
Me pregunto si alguien está preparado
a recuperar las marcas territoriales:
la cama arrugada de sueño,
el café silbando al fondo de la cocina,
yo volviendo a morder las tostadas
que
antes
tú me preparabas.

 

 

 

SOBRE LA VIDA SENCILLA

 

Es sencillo dejarse llevar:
el arrullo entibia mi frente, el roce de la piel.
Es tan sencillo no operar, no funcionar,
marcar los espacios en blanco
como quien teclea un número que está al otro lado

.



CARLOS BARBARITO

Carlos Barbarito (Foto: Marité Malaspina)


     

     (Pergamino, Argentina, 1955)

     Reside en Muñíz desde 1986. Es bibliotecario. Su obra comprende libros de poesía y de crítica de artes plásticas.
     En el primero de los géneros citados, publicó Poesía quebrada (Mano de Obra, Buenos Aires, 1984); Teatro de lirios, (Fundación Alejandro González Gattone, Pergamino, 1985); Éxodos y trenes (Último Reino, Buenos Aires, 1987); Páginas del poeta flaco (Filofalsía, Buenos Aires, 1988); Caballos y otros poemas (Hojas de Sudestada, La Plata, 1990); Parte de entrañas (Arché, Buenos Aires, 1991); Bestiario de amor (Universidad Nacional del Litoral, Santa Fé, 1992); Viga bajo el agua (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1992); La luz y alguna cosa (Último Reino, Buenos Aires, 1998). En crítica de artes plásticas editó Acerca de las vanguardias (Arte argentino siglo XX) y Aizenberg (Fundación Klemm, Buenos Aires, 2001).

     Son varias las antologías que recogen su obra poética, y entre las distinciones obtenidas por el autor figuran: Premio Fundación Alejandro González Gattone, Premio Fondo Nacional de las Artes, Premio Dodero de la Fundación Argentina para la Poesía, Gran Premio Libertad y Mención Plural de México, etc.

     Tiene aún inédito el libro de poemas Puntos de fuga, del cual nos cede estos poemas.

     


Y vamos hacia un mar sin olas, todo olas.
Polvo sobre polvo en un Libro que vacila.
Queda el hueco y al fondo, ¿todavía?,
árboles cabeza abajo, aves cabeza abajo,
lluvias raras sobre naciones olvidadas,
una esfera rotando
sobre su propia ebriedad, su propia locura.
¿Y si voláramos, duráramos siglos,
encontráramos bajo la arena la palabra,
diéramos con la fórmula, la llave?
¿Y si más allá, donde se concentran,
en un gran centro, todos los puntos de fuga,
nos penetráramos de lado a lado
sin sentir el más mínimo sufrimiento?

 

 


DUCHAMP

Con un limpiabotellas, tres alfileres
de gancho y una tuerca
es posible hacer un mundo.
Y con ruedas de bicicleta,
cajas, fundas de máquinas de escribir,
percheros, ampollas de vidrio,
polvo, frascos de perfume,
cartón, grasa, clavos, yodo, estrellas doradas.
Un mundo no menos hermoso que éste,
no menos terrible.
 

 

 

***

 

 

Aquí, donde todo es cálido y estrecho,
somos menos extranjeros, así
en el silencio sin madre ni padre,
en el último pliegue donde se acomoda el deseo.
Desnudos, ¿a quién ofendemos?
Quizás al Eje, al dios o demonio
que esconde sus manos bajo los trapos,
al hueco que cava el viento
para depositar allí las hojas muertas.
Noche y noche: ¿dónde sino
el vuelo sobre la escoria,
la médula pura en el centro del puro dulce martirio,
el encuentro de la primera con la última espuma?

 

 


ELIOT

Se quemó, en algún instante
del parpadeo que llamamos la vida.
Y de él quedó esto.
Y desde esto que ahora es
acaso ya no pueda ver
la glorieta ruidosa por la lluvia,
criaturas del calor del verano.
¿Habrá ahora bajo el Puente de Londres
el mismo remolino?
¿Podrá ahora entender,
por fin, el lenguaje del humo,
la danza de las abejas sobre las flores?

 

 


24 DE MARZO DE 2001

Del sueño huye el sueño,
nada lo sujeta, ni
soga, ni imán, nada. Y queda esto,
madera que arde y humea, sola.
De espalda a vientre, estaca.
De carne a aire de carne, estaca.
Años, días, años:
golpean,
muelen, devoran, injurian,
por un canal de silencio,
con los ojos abiertos, la boca quieta,
roto algo, que estuvo vivo, en el centro.
Y si un poema, éste, todos, es palabras,
¿bastan las palabras, alcanzan?

 

 

***

 

 

Pasa un temor de infancia
Pasa una cabeza de mujer y otra cabeza, de serpiente
Pasa una llama helada, una hierba a la que ningún viento agita
Pasa una frase oscura, en facistol
Pasa lobo y centella, cifra sobre cifra, diente o conjuro
Pasa muslo inocente, sucio
Pasa grieta de mundo por donde espiar el goce y la derrota
Pasa un fármaco que no cura, una ola seca, el desabrigo

 

 

***

 

 

¿Adjudicarle espíritu a los peces,
una intensidad a la roca,
una cifra de alquimia, un grano
de piedad al espejo?
¿Éste es el peso del silencio,
éste, el filo que roe el tiempo,
ésta, la red en el agua ?
Sí,
hay un libro,
secreto, de tapas de cobre,
guarda, si no las respuestas,
sus sombras.
Pero,
¿dónde? ¿ en qué
nave, vientre, despeñadero,
haz de claridad o sombra,
risa, insulto, fatiga, reposo
está guardado?
¿Cómo llegar? ¿Con
qué ropa o desnudez,
con qué alimento o ayuno,
bajo qué calma o tormenta?
Además, no sé leer.

 



DIONISIA GARCÍA

Dionisia García

 

(Fuente Álamo, Albacete, España, 1929)

Entre sus poemarios, cabe destacar: Mnemosine (Madrid, 1981); Voz Perpetua (Málaga, 1982), Interludio (Barcelona, 1987), Las palabras lo saben (1993). En 1995, la colección de El Bardo de Barcelona reunió su poesía (1976-1993) en la antología Tiempos del Cantar. También es narradora y su obra poética ha sido traducida recientemente al italiano. Así mismo, el Aula de Poesía de la Universidad de Murcia le ha rendido un pequeño homenaje al ponerle su nombre al premio literario que este año ha comenzado su singladura.

Os presentamos tres poemas de su último libro, Lugares de paso (Sevilla, 1999), que fue galardonado como "Libro Murciano del Año 2000".

 


OTRO MOMENTO

Conmigo
los colores del Giotto
y su geometría.
Las calles empedradas;
lluvia fina humedeciendo el rostro.
Vivido aquel clamor del siglo trece,
con geranios de ahora en las ventanas.
Allí nada transcurre, menos el sentimiento.
Son perennes los místicos aromas,
las luces que alumbraron
sin apagar el templo de Minerva.


 

 

INCANSABLE LA VIDA

                                                Para Amelia Romero

No pretendas que recoja lo escrito
las luces del crepúsculo;
el sosiego de un hombre
después de la jornada;
la paz del huerto:
todavía visible
el color de las flores,
los verdes diferentes
de las enredaderas.
Hay música de pájaros;
huele a leña quemada.
Alguien canta a lo lejos.
Oscurece y se encienden
caminos de la noche.
El hombre se retira
y queda el huerto solo.
Clausurado el paisaje;
el murmullo de voces.
Los faroles no alumbran
en la calle desierta,
y Nicolás el ciego cruza lento,
con su bastón de luz zigzagueante.
Llega la madrugada.
En la taberna siguen
clientes habituales
de espabilados rostros.
Incansable la vida.
Tanto mundo no cabe en el poema.


 

 


DEL POETA Y EL POEMA

Quien sus palabras sigue
no se instala en lugar definitivo.
Afirma las historias,
cuantos temas propuso la escritura,
pero él es diferente con el paso del tiempo,
y cambia la mirada al presenciar la vida.
Su paisaje más íntimo
se muestra en ocasiones lleno de soledades:
otras es un fulgor inesperado
que no sabe de sí, y tiene que dar cuenta.

 



JOSÉ MARTÍN CARMONA

(Morelia, Michoacán, México, 1963)

Aún no he publicado ningún libro. Mis poemas sólo han aparecido en revistas como Vuelta, Cuadernos Hispanoamericanos, Ínsula, Palimpsesto, etc. Me cuesta mucho publicar, pero eso no me desanima en absoluto: el mismo poema que ha sido rechazado en muchos sitios a veces se publica en el que menos esperaba. Por otra parte estoy muy acostumbrado a este tipo de cosas, pues me gano la vida como guionista y realizador. Ahora vivo en La Coruña (España).


EL INFIERNO

Yo soy mi propio infierno
aquí no hay nadie.
(Robert Lowell)

I

El salón a oscuras,
plegado como un milagro
en el fondo del corazón.
El ala de un sombrero
oculta un instante la primera estrella
en la ventana:
una sangre más antigua
fluye en la penumbra.
Y el ruido de la nevera
que pauta esta noche eterna...
Ensimismada en su espina,
la lámpara imagina, sin embargo, un alma.
(Olor de abrigo mojado).
La bombilla es el diablo.

II

El infierno comienza con un deseo:
la moneda que viene de lejos
escondida en el soplo del
infierno
que comienza en el ala
desprendida del deseo de ser aire,
cuando todo es aire.
Mis palabras sostienen el ave
la escritura del ave,
la noche lloviendo plumas
de un invierno
a otro invierno
hasta hacerse espejo de un mismo vuelo
pero cómo separar lo que es palabra
de lo que sólo es vuelo,
si ya nada es aire,
aquí,
donde comienza el infierno.

III

Aquél que,...
pasos en el cielo.
Noche,
el hilo del equilibrio encontrado
en las hojas más altas
-rescoldos de luz-
tentando, probando
en los giros del aroma,
del naranjo
a la llave del agua
goteando en la pileta,
cloc, cloc, cloc,
atravesando el sendero
de la casa
perdido y recobrado,
memoria o perfume
de otras muertes
en forma de viento
en las ventanas
encendidas de repente
para quién...

                               IV
          (La visita del doctor Valle)

La noche cerrada como una joya ciega
y al fondo mi casa.
Cuántas nubes habrán pasado sobre mi casa
y yo no encuentro mi sombrero.
Alada compañía, inminente la respuesta
a tanto misterio.
Pálida luminiscencia
de la vajilla en su aparador:
aún sé dónde estoy.
Sigo sentado
mientras alguien sopesa mi corazón
en el mercado de las sombras.
Sus pies son muy blancos y tan pequeños
como vistos desde la copa de un árbol.
Soy muy mayor ya y quiero morir
con mi sombrero, doctor.
Busque en mis ojos a mi mujer,
ella sabe encontrar mis cosas.
Mi lengua vuela
mi alma vuela
en el anverso de las hojas muertas
y sin embargo ha vuelto el dolor,
el dolor, qué haremos con el dolor.

V

La lectura
empieza a las 10.
Su boca helada
entre nubes
desde otra vida.
Brilla el ojo. Noche.
Arcángel del oído
en su Paraíso.
La palabra Horizonte
y la palabra Lluvia
como una estrella
sigue a otra estrella
pero dime,
si el sabor
de la muerte
asciende ya
en el cielo del paladar.
Silla por quién
es la espera.
Y cada palabra
se desdobla en sombra.
Un hombre nadando,
fresca la piedra
en el verano ardiente.
Ser siempre agua,
reflejo, memoria.
Un resto de amor
como una huella de sal.
Casi labios.
A eso vine.
A eso vine.

VI

Como una estrella
sigue a otra estrella
la palabra Sol
y la palabra Viaje
donde se guarda
toda esperanza.
El dolor
al encuentro de la risa:
la palabra Nadie
atravesando el Invierno
con una maleta vacía:
Memoria,
allí está todo
como al principio,
desposeído.
Luz tan pequeña
para alumbrar un mundo,
y sin embargo...

VII

Ventana.
En el aire negro
un último rayo de sol,
una moneda de oro
entre las hojas,
un peine como una lágrima
en sus cabellos.
Mi mujer, mi corazón furioso,
recogida en su sueño.
La cargaré en mis brazos
hasta un lugar perdido en la Biblia,
sombra y polvo de huesos.
Y ella cantará,
de vuelta otra vez en casa,
como un suave incendio.

VIII

Tintineo de la loza,
temblor y desierto de las cosas pequeñas,
tazas, cucharillas
y una mesa larga
una mesa larga.
Mudos comensales
de mirada socavada: agua, parpadeo,
sus miradas son un poco de agua
otros sólo oído, tiempo,
el oído está hecho de tiempo.
La palabra en común. La estrella que divide.
Comunión del olvido y su larga cola
en el salón familiar.
El primer pensamiento.
¿Cuál fue el primer pensamiento?
¿Cuáles sus medidas?
¿Y en qué momento
se transformó en hombre o en llama?
Y cada quien con su dolor
como la fruta más rara.
El peso no advertido de los colores
en el árbol de hueso.
Desde lo más alto y secreto
del árbol hablamos, como lluvia
como sol que incendia
un vaso de agua fría y remota
en la orilla blanca del mantel.
Sin frente donde rezar
1000 años la cuerda de Dios
en la tormenta.
A pesar del verano
el pan, la Muerte.

 



FRANCISCO VEIRA

 

I

Hay un pequeño hotel
sobre la playa de Nesera,
limpio aunque humilde,
con su jardín privado y
una cancha de tenis
que ha invadido la hierba.
A veces vuelvo a sentarme
en la terraza,
pido un café y finjo ver el mar
mientras contemplo
el navegar de un camarero
que viene y va
como las olas en Nesera.

II

Si estoy solo
cierro los ojos
y afino el oído.
Con suerte logro escuchar
las voces de los niños
que se perdieron en la arena.
Son la ofrenda de madres vírgenes
y padres ausentes,
a un dios que nunca los devuelve a los abecedarios,
que sólo exige
un ritual de juego y sorpresa
en cada ola.
Si alguno se despista y
busca tiritando la toalla
donde yacía su madre
le invade una tristeza de salina
y el dios de algas lo engalana
para entregarlo
al dominio de los náufragos.

III

Un hombre me contó una vez el verano en Nesera;
Los palacios de arena, las cúpulas doradas, la fanfarria sobre corceles de espuma.
Era un farsante. (Lo supe porque ocultaba las manos en los bolsillos).
Le di unas monedas y se alejó
como un discípulo
a quien hubieran denegado
el don de lenguas.

IV

Aunque inmutable,
consiento en que el viento bufe
cuando levanto la taza hacia los labios.
Sorbo una gota, delicadamente, y
el viento se encrespa.
Una atracción de nubes
toma al asalto
la plaza del paisaje.
"Bienvenidos seáis, comediantes", les digo
"Llegáis en buena hora. He escrito
para vosotros
una humilde pieza que
habréis de representar ante la infamia de
mi tío el rey y de mi madre, ay,
la reina".
Si poso suavemente la taza
sobre el platillo,
al viento apenas le queda la ocasión de improvisar
una brisa.
(Las nubes se retiran hacia el ensayo.)

V

Son las mujeres que perdí las que navegan
sobre las aguas de Nesera.
En un balandro aéreo como el algodón
sobre las aguas de Nesera.
Agitan sus pañuelos de satén
sobre las aguas de Nesera.
Susurran la palabra que olvidé
sobre las aguas de Nesera.
Y sin embargo saben que no iré
sobre las aguas de Nesera.
Y sin embargo saben que no iré
sobre las aguas de Nesera.

VI

Una vez visité este hotel
en su momento de mayor esplendor.
Recuerdo que ella se desnudaba en el baño
y yo escuchaba
(mientras por el balcón veía el mar
desfallecer sobre la arena)
su empeño pueril
por la limpieza.
A mi espalda la cama
y más allá, más cerca,
un residuo de nácar que,
pulcramente,
se deslizaba hacia el abismo.

VI

Una vez visité este hotel
en su momento de mayor esplendor.
Detuve el coche en el jardín y un mozo salió
a advertirme del garaje. Le di las llaves y
entré sonriendo a la puerta giratoria
a dos muchachas que salían con la toalla al hombro
a la piscina que tañían fieros bañistas y
que yo adivinaba más allá de los setos
al salón sombrío y a los manteles extenuados
sobre las mesas
a la escalera alfombrada
a la muerte en vacaciones
a un ascensor de doble puerta con su mozo imberbe
al mostrador desportillado
al llavero y mi número.
Pensé entonces que me esperarías desnuda en la habitación
acariciando el agua de un fantasma que te observa
medroso,
y aún así pergeñé una excusa y salí
hacia la tarde en la arena.
No pude evitar darme la vuelta y buscar nuestro balcón.
Allí estaba él,
admirándome como a un residuo de nácar que
se desliza hacia el abismo.

VII

aunque el frío arrecia yo sigo aquí sentado con las piernas cruzadas y el codo sobre la mesa la mano sosteniendo la barbilla la postura es perfecta la raya del pantalón es una línea trazada con escuadra perpendicularmente al horizonte que aunque escorado me sirve de referencia sé porque lo siento que los calcetines no han desfallecido y la corbata pende del cuello limpio como un fruto laxo que ni cae ni empodrece sirve la derecha como asistente personal tomando y dejando la taza apaciguando las arrugas del mantel y aunque respiro y trago saliva comprendo que estoy a un paso de la inmortalidad o del daguerrotipo

VIII

El viejo camarero neserano,
el que, dicen, sirvió a un rey sin corona,
el que engomina la calva
y se atusa el fantasma de un mostacho
el que hizo exclamar a la condesa de G.
"Que buen vasallo, si hobiese buen señor"
se viene hacia mí convertido en
estatua,
la bandeja escudando su ruina,
me hace una breve reverencia
y se sienta.
Yo le sonrío
y apenas disimulo el desconcierto.
Me hubiese gustado saludar,
mas
"No se admiten propinas".
Y ambos nos quedamos frente
sobre el mar
como grumete y capitán
al fin ligados por la noche
y la deriva.

IX

A principios de siglo,
antes de la Gran Guerra,
las mujeres se bañaban desnudas
en una cala oculta por los pinos.
Dejaban la ropa sobre
las dunas
y corrían como si el mar
se precipitase hacia ellas.
Algunas gritaban
al sentir el tacto senil
sobre sus vientres,
(era tanta la fecundidad
que se pudría
en las caracolas).
Parían al instante
el recuerdo de un niño
rubio y blanco
como las perlas.
Lo alimentaban
con la sal
cristalizada en sus pezones
y lo oían llorar
interminables noches
de bruma
bajo los faros estrictos.
Después salían riendo
y yo compadecía
sus velos de toalla,
las gotas que disfrazaban
lágrimas,
el frío que fermentaba
un inmenso pavor
por haber parido
a un dios.

X

Había una orquestina
que actuaba
en temporada
para los huéspedes
de Nesera.
(Interrogo al camarero
sobre su destino.
"Allá van", me dice
señalando el obvio mar;
y yo los imagino escorados,
entonando
Cerca de ti Señor
mientras el buque
se precipita hacia el abismo.)
De su repertorio
yo prefería
el triste vals,
¿recuerdas?
rarará rarárará
que bailabas con otro
para que yo me imaginase
un señor
en tus brazos.
El vuelo de la falda
me acariciaba el rostro
cuando pasabas girando,
y yo
me protegía
con una copa
que en tu órbita
se hacía añicos.

XI

De otras sombras
quedará la huella
en la piedra,
en papel
en la tierra húmeda.
Pero tu voz sólo es vanidad
transparente,
fluida,
así perdida.

XII

Dicen que los fantasmas de los huéspedes
no se alojan en los dormitorios,
ni en lo pasillos mudos,
que no se acomodan en los sillones del hall
con una revista ilustrada
disfrazando su hastío,
que no se demoran por los jardines,
o a los pies del trampolín mohoso,
las manos a la espalda,
como admirando
la zambullida del último valentino.
Dicen que los fantasmas,
en los hoteles,
son esa pareja
que vemos bailar en un rincón
al modo antiguo,
planetas en órbita del salón,
Y que si uno se los tropieza
al instante pierde el ritmo
y duda,
como si él mismo
danzase en el alféizar
de la muerte.

XIII

Tu sombra roja se quedó en la alfombra.
Tal vez me invite a sestear un rato.
Me llevaré la esponja y haremos pompas de jabón
sobre tu rostro.
Vendrán los sabios con sus blancas togas
y harán promesas
de fidedigna exactitud.
Dirán: "Qué hermosa"
Sobre el trazo de tu cuerpo
parecerá un juego
aunque nunca fue un juego.
Lo negará el continente vacío
que es tu sombra
sobre la alfombra

XIV

El café está frío
y, como siempre,
se me ha quedado azúcar
en el fondo.

XV

Te hacías de mar
te hacías de arena
según capricho del sol
y tu piel.
Eras el engendro de
un científico loco
y una isla funesta.
Jamás nada igual
Vivió.
Transparente
o condenada al paisaje.
Y cuando anochecía
Sombra.

XVI

Y cuando anochecía,
pedíamos un taxi en recepción
y apurábamos la costa
hacia la noble villa de Nesera.
Los ojos de los hombres
te seguían como los
niños a la mano
de un muerto.
Nos admirábamos de las viejas
mansiones con sus
columpios varados, de las ventanas
donde la luz desnuda
un gesto
y las persianas
se encelan
con la brisa
pútrida
de los mejillones.
El mundo o Nesera se justificaba
en tu risa creadora.
Lástima esa demora en las trastiendas,
esa coincidencia de teléfonos públicos,
la disculpa del baño
o el tabaco
que acumulabas en previsión quizás
de futuras prisiones.
De pronto el regreso.
Creías que miraba el mar
y era el reflejo turbio
de tu rostro
que se alejaba.

 



Aurora Luque

AURORA LUQUE

 

     (Almería, España, 1962)

Se da a conocer con el premio García Lorca cuando apenas cuenta con 20 años. El libro que saldría de ese galardón llevaba por título Hiperiónida, lo que demuestra ya su reconocido amor por Grecia. No debe resultarnos extraño por lo tanto que sea licenciada en Filología Clásica y ejerza como profesora de griego y como estupenda traductora de las poetisas griegas de la Antigüedad. Después de eso, ha publicado excelentes poemarios: Problemas de doblaje (Madrid, 1990) -accésit del Premio Adonais- y Carpe Noctem (Madrid, 1994) -X Premio Rey Juan Carlos de Poesía-. Estos poemas han sido seleccionados entre los de su último libro, Transitoria (Sevilla, 1998), con el que se quedó finalista del Premio Rafael Alberti. Como pueden comprobar, dentro del panorama poético femenino actual, Aurora Luque es una debilidad que tenemos desde la dirección de esta revista, con lo que nos sentimos más que dichosos de que conviva entre nosotros. Estos cuatro poemas pertenecen a Transitoria.

 



ANUNCIACIÓN DEL VERANO

Una avioneta blanca sobrevuela la costa
con su estela de lona casi en blanco.
Anúnciese en el aire. Desde el apartamento
los parasoles verdes, naranjas y morados
hacen que el mar se vista a estas alturas
una túnica pop. Se hunde aquel barco
centímetro a centímetro, sus tribales quehaceres
de antigua pesquería. Este verano
nos deslumbra el blanquísimo poliéster
de un yate sobre el puzzle inacabado
de un movedizo mar turquesa, malva.
Descienden las gaviotas. ¿No está la vida acaso
bajo un inmenso toldo de luz que la protege
del ardor del vacío, de su abrazo,
de las ondas violetas de la muerte,
de su quehacer tribal, del viejo pacto?

 

 

 


LA SALA DE ESGRIMA

Eros incombatible en la batalla
(Sófocles)

 

Hubo una rara lluvia de polen esa tarde:
lo recogió la prensa.
Le pediste a tu copa
en uno de esos brindis fugaces de la noche
que el tiempo fuera un poco camarada,
que obedeciera a ciertas teorías
sobre su consistencia más elástica (poesía-ficción,
pero quizá se pliegue caprichoso a una moda
que pudiera borrarle las arrugas),
que veinticinco siglos fueran reversibles
lo que dura una siesta con su fauno
y gritarle que sí, que era incombatible
y nó solo en el campo de batalla:
en el mismo arsenal, en la sala de esgrima,
en el bar, en las aulas, en las rayas azules
que dibujan bahías con sus buques oscuros.
Y detrás del poeta que recordaba a Sófocles
Eros seguía siendo sin duda incombatible.
Y un igual a los dioses nos parece
el hombre aquél, en un país nocturno,
que frente a ti se sienta y te contempla.
Los papiros quedaron en el suelo del bar,
y las lanzas partidas en los contenedores,
y los versos, gimientes y rasgados,
en blancos remolinos por la plaza Mitjana.

 

 

HOMENAJE A KAVADÍAS

Duerme,
duérmete mar abajo, pecho adentro,
toma tu camiseta roja y descolorida,
toma tus glamurosas olas engalanadas,
diles que sabes algo del sexo de los barcos.
Duerme.
No iremos a Kalymnos,
no veremos volver el barco con esponjas.
Pero en la calle un hombre con un siglo
dio su nombre,
y los nombres
penetran como reyes
en la cabaña sórdida del tiempo.
Duerme.
Que la sirena díscola de tu tatuaje
no te abandone nunca cuando duermas.

 

 

 

 

EPITAFIO

Si de algún modo muero,
en las crudas heladas del olvido
o de muerte oficial,
reléeme esta nota, por favor,
y quémala conmigo.
La vida no iba en serio ni siquiera más tarde.
Y no se tarda mucho en comprender
que se trataba sólo de unos juegos
para aparcar la muerte.
Ni siquiera fue un río
pues me tocaron tiempos muy duros de sequía
aunque el mar esperaba, siempre radiante, al fondo.
He creído en los mitos y he creído en el mar.
Me gustaron la Garbo y los rosales de Pestum,
amé a Gregory Peck todo un verano
y preferí Estrabón a Marco Aurelio.

 

 


LUIS GARCÍA MONTERO

Luis García Montero

 

     (Granada, España, 1958)

    Se ha convertido, pese a su edad, en uno de los poetas más representativos de la última poesía hecha en España. Se le conoce como abanderado de la poesía de la experiencia. Es profesor de literatura en la Universidad de Granada y entre los galardones recibidos están el Federico García Lorca por Y ahora ya eres dueño del puente de Brooklyn (1980); el Adonais por Tristia (1982); y el Loewe, por Habitaciones Separadas (1994), libro que también merecería el Premio Nacional de poesía. Hay que añadir a estos libros: Diario Cómplice (1987) y Las flores del frío (1991). Por último, en 1998 ve la luz su Completamente Viernes, libro de gran éxito y de varias ediciones. EL COLOQUIO DE LOS PERROS le agradece enormemente su desinteresada colaboración y aportación y solamente puede decir de él que es uno de los grandes actuales y que en cada verso puede apreciarse la luz mágica y llena de vida de su Granada natal. Los dos primeros poemas pertenecen a Habitaciones separadas. Los dos últimos a Competamente Viernes.

 


Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.
Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Tiempo de habitaciones separadas.

 

 

 

 

LIFE VEST UNDER YOUR SEAT

                                                                                            A Dionisio y José Olivio

 

Señores pasajeros buenas tardes
y Nueva York al fondo todavía,
delicadas las torres de Manhattan
con la luz sumergida de una muchacha triste,
buenas tardes señores pasajeros,
mantendremos en vuelo doce mil pies de altura,
altos como su cuerpo en el pasillo
de la Universidad, una pregunta,
podría repetirme el título del libro,
cumpliendo normas internacionales,
las cuatro ventanillas de emergencia,
pero habrá que cenar, tal vez alguna copa,
casi sin vivir sin vínculo y sin límites,
modos de ver la noche y estar en los cristales
del alba, regresando,
y muchas otras noches regresando
bajo edificios de temblor acuático,
a una velocidad de novecientos
kilómetros, te dije
que nunca resistí las despedidas,
al aeropuerto no,
prefiero tu recuerdo por mi casa,
apoyado en el piano del Bar Andalucía,
bajo el cielo violeta
de los amaneceres en Manhattan,
igual que dos desnudos en penumbra
con Nueva York al fondo, todavía
al aeropuerto no,
rogamos hagan uso
del cinturón, no fumen
hasta que despeguemos,
cuiden que estén derechos los respaldos,
me tienes que llamar, de sus asientos.

 

 

 

 

MARTES Y LETRAS

Un asiento sin nadie en una conferencia
tiene ojos y mira con un frío absoluto.
Sobre todo si estás al otro lado
del azul de los mapas,
separada de mí por ciudades nocturnas,
el campo de las nubes, la luz de algún navío
y costas dibujadas con espuma
y casas con piscina.
Cruza un avión
el rojo turbio del amanecer
igual que el sueño cruza por tu noche,
cercano y lejanísimo,
en busca de otra tierra que no es mía,
aunque está junto a mí.
A veces me pregunto si yo soy
el que hace de mí cuando vivo en tus sueños.
El agua ya servida. Me deja frente al público
el verbo exagerado de mi presentador.
Es un martes de octubre. Debo hablar
sobre la utilidad de los poetas
y en la silla vacía no se sienta
ni el silencio de Bécquer encerrado en un álbum,
ni la desguarecida multitud
que Baudelaire metió en una botella,
como se mete un barco,
como se mete el humo,
el rojo turbio de amanecer.
En la silla vacía se sienta tu recuerdo
y la imaginación del viento norte
que ahora te persigue, las calles que te miran
y los escaparates
en los que te descubres reflejada.
Yo estoy donde tú estás, pero en la vida
hay cosas que no pueden compartirse.
Por eso sigo aquí y voy contigo,
cercano y lejanísimo,
en busca de otro mundo que no es mío,
aunque está junto a mí.
La poesía es la voz del que se sabe
vivo y mortal, lo dice Blas de Otero,
y en conclusión, señores, el poema
no nace del esfuerzo de hablar solo,
es la necesidad de estarle hablando
a una silla vacía.

 

 

COMPLETAMENTE VIERNES

Por detergentes y lavavajillas,
por libros ordenados y escobas en el suelo,
por los cristales limpios, por la mesa
sin papeles, libretas ni bolígrafos,
por los sillones sin periódicos,
quien se acerque a mi casa
puede encontrar un día
completamente viernes.
Como yo me lo encuentro
cuando salgo a la calle
y está la catedral
tomada por el mundo de los vivos
y en el supermercado
junio se hace botella de ginebra,
embutidos y postre,
abanico de luz en el quiosco
de la floristería,
ciudad que se desnuda completamente viernes.
Así mi cuerpo
que se hace memoria de tu cuerpo
y te presiente
en la inquietud de todo lo que toca,
en el mando a distancia de la música,
en el papel de la revista,
en el hielo deshecho
igual que se deshace una mañana
completamente viernes.
Cuando se abre la puerta de la calle,
la nevera adivina lo que supo mi cuerpo
y sugiere otros títulos para este poema:
completamente tú,
mañana de regreso, el buen amor,
la buena compañía.

 


 

Antonio Marín Albalate (Foto: Antonio J. Marín Trillo)ANTONIO MARÍN ALBALATE

 

(Cartagena, España, 1955)

De enorme corazón, tremendamente hedonista, este nuestro Monterroso de la literatura murciana nos trae aquí unos cuantos poemas de su producción. Ha ganado suficientes premios como para aburrirnos a todos, pero de entre ellos destacaremos Voces del Chamamé, Ernestina de Champourcin y José de Espronceda. En palabras suyas "Escribir es un destino, sí. Como la muerte. Como la vida. Tal vez, una escalera de palabras para bajar. Otra cosa es la Primavera".

 

 

 

VENTANA TRISTE DE OTOÑO

Pegada a un cristal,
una mujer llorando,
es siempre un planeta
deshabitado.

 

(de Opúsculo)

 

 

 

 

COMO UNA CAJA DE MÚSICA Y PLOMO
Con la insistencia del agua
en la piedra que se tuerce,
como una caja de música
y plomo:
en el seno de la nieve
y muy sombrío
mi corazón desierto,
espera.

 

 

 

 

ESTACIÓN DE LA NIEVE

Lento, frío y lejano.
Ya sin Norte y duro
bajo una luna grande,
lobo solo al fin:
morderé la nieve.

 

(de Estación de la nieve)

 

 

 

 

PLAZA CASTELLINI

El paso de luz de un pie púber.
Ese golpe de belleza en su mirada.
Perfil del invierno en la palabra pull-over.
Palomas en la plaza.

 

(de Escalera de palabras para bajar)

 

 

 

 

MANERAS DE VIVIR
Muñeco de nieve frente a los perros amarillos de la luna,
estoy espejo en paciencia.
Sigo invierno impasible
y muy nocturno
esperando...

 

 

 

 

ESTIVAL MEMORIA

Acaso sea la nieve en mi menoria,
una ventana abierta a la belleza
donde tan peligroso resultaba asomarse.

 

(de Todavía la nieve en la palabra)

 

 

 

 

Sentado en el muelle de la bahía,
cualquier hombre puede ser
difícil paisaje,
si una mujer no lo remedia.

 

(Inédito)

 

 



LUIS MIGUEL GARCÍA DE AMÉZAGA

(Vitoria, España, 1965)

Estuve de visitador habitual en distintas facultades universitarias con el único premio de un título que me regalaron de Magisterio, y que nunca he utilizado. He trabajado en diversos trabajos de pico, pala, y pluma. Escribo desde los veinte años, y leo desde que la razón me permite recordar. Por ello soy un escritor aficionado y lector profesional. Aún permanezco con la intacta pureza de quien vive para la poesía (un santo varón) y no vive de ella (chulo de las letras).

Luis Miguel García de Amézaga

Cuento con varias participaciones en antologías poéticas y de relatos con la editorial Jamais de Sevilla. También colaboro con revistas literarias en papel como Nitecuento, Celador o la revista de mi ciudad: Botica. Publiqué hace ya un tiempo infinito un poemario titulado Amante despojado (El Pluvio). La editorial cerró la persiana por inviabilidad. Juro no tener nada que ver con su ruina económica. A principios de este año 2001, he publicado el poemario El caos de la impresión (Sinmar). Cuento con otros cuatro poemarios, aún inéditos. A uno de ellos, Hermanastros (sexo y muerte), pertenecen estos poemas.

 


DIFUNTO ANÓNIMO
Yace su ajado cuerpo
envuelto en sábanas blancas,
las iniciales de un nombre bordado
recuerdan quién fue.
El desgaste de la vida
le ha remitido a la caída del otoño
convirtiéndolo en esperpéntica caricatura.
Los conocidos miran
buscándolo entre los despojos.
Pero él ha descubierto la dignidad
allende sí mismo.
No lo encontraréis en los intersticios del pellejo.
Ha desplegado sus alas de aire virgen
muy por encima de nuestras cabezas
y ni las cumbres alargando sus gruesas manos
pueden ya atraparlo.
Quizá si os dejáis acunar
por la átona melodía de la noche helada,
él os susurre en el oído
sus aposentos clandestinos.

 


 

EN UNA HABITACIÓN DE HOTEL...
La sangre que fluye por las venas
dando combustible a mi vigilia
mejor estaría desparramada por este impávido suelo,
acercándose a las patas de las sillas,
reflejándose ante el largo espejo,
rodeando las camas, las cosas mudas,
y gritar con el dolor de lo inerte
en la habitación de hotel, repleta de historias sin Historia.
Mejor lejos de aquí
comiendo tierra de la Tierra.
Pero a la primera caricia tostada
que se cuela entre los visillos
y roza su hombro sin atreverse a despertarla,
dicen adiós los temores.
Suenan cantos gregorianos
en un punto del dial
como el eco de un claustro de fantasmas encapuchados,
y con ellos huye la tragedia.
Gracias sobre todo a ella
que palpita dentro del cuerpo de una mujer,
cuerpo dormido: ¿por un momento eterno?
entre ronquido y ronquido: ¿palabras de los sueños?.
Se despereza, se mueve,
sin ser consciente aún de la vida.
Alarga una mano en mi busca,
hoy es otro día y he podido tomársela entre las mías.
Seguimos vivos
y ella nunca imaginará lo cerca que pasó la tristeza.

 

 

 

 

SATURNO
Sus manos encalladas no saben,
no acarician de otra forma que hincando las uñas,
perforando con los dedos los intercostales,
haciendo de la carne un desecho.
Tantos años de exposición,
indefenso ante los juicios fáciles
de críticos de arte, y los irresponsables
que opinan por el peso de una cabeza frívola.
Toda la parafernalia
por un momento de inspiración goyesca
de un hombre que respiró como todo hombre respirará.
Nada más, poco más. Quizá fuiste tú.
Los ojos de Saturno tienen miedo.





CARLOS PENELAS

Carlos Penelas

 

(Buenos Aires, Argentina, 1946)

Obtiene la nacionalidad española a través de sus padres gallegos. Cursó estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, donde siguió el profesorado en Letras. En la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires cursó Historia del Arte y Literatura. Como estudiante obtuvo en 1968 el Primer Premio de Poesía y Primer Premio de Ensayo en la Escuela Normal de Profesores. En 1977 obtuvo el premio "Arturo Marasso". Primer Premio de Poesía Alfonsina Storni. En 1992 Mención Especial de Poesía en el Concurso Latinoamericano Carlos Sabat Ercasty, Montevideo, Uruguay. Colaborador de Propósitos, El contemporáneo, Bibliograma, Reconstruir, Pliego de Poesía, Diario Armenia, El Libertario, Diario Galicia, Diario Río Negro, La Vanguardia, etc.

En 1984 fue Director de los talleres literarios de la Sociedad Argentina de Escritores. Dictó conferencias en distintos centros culturales de la capital y del interior del país; entre ellos se destacan: Centro Galicia de Buenos Aires, Ateneo Cultural Florentino Ameghino, Sociedad Amigos de la Ciencia, Sociedad Argentina de Escritores, Instituto Internacional Jorge Luis Borges, Biblioteca Nacional de Maestros, Instituto de Cultura Ibero Argentino, etc.



NUEVA CARTA A MIS AMIGOS
Sobrevivimos, amigos,
a los años del asco y la avaricia,
al letargo que acosa la indiferencia,
el tedio y la tristeza.
Como los vagabundos o los idiotas
hurgamos las naderías, los naufragios,
las bellas palabras perdidas y desoladas
en libros entrañables.
Ahora, después de discutir los happenings,
el pop art, el op art, los textos de Lenin,
de amar a Los Beatles, de recordar las voces
y las banderas rojas en la Visera,
las falditas Mary Quant y otras marías,
de señalar las intoxicaciones cotidianas,
los retratos del Che, los cuentos de Cortázar,
de olfatear el perfil programático
recordando las mujeres receptivas de Antonioni
desde el Lorraine o La Paz,
la seducción y el santuario sesentista,
la música de Luigi Nono, los textos de Camus,
los cotos de la calle Corrientes,
la música de Bach, los afiches rebeldes,
regreso a mis orígenes.
Siempre levantando banderas absurdas,
discutiendo templos, escudos, monumentos,
firmando contra la guerra de Vietnam,
contra los populismos, contra los dictadores,
hablando de Malatesta, de Voltaire, de Castelao,
de milicianos gallegos reunidos en el Berna,
anclado como un náufrago, ingenuo,
evoco el mirador de Espenuca,
una neblina que cae sin cesar en esta aldea olvidada.
Despierto en antiguos jornaleros, sin memoria,
en la luz tibia y densa de este bosque.
Mis ojos han llorado lejanías
que guardan el secreto desde siempre.
Siento las presencias que huyen,
el color suspenso, brumoso.
Me penetra la ausencia en esta tierra suave,
impenetrable.
Los ojos miran la distancia.
La llovizna mece bondad sobre estas piedras.

 

 

 

 

CUADERNO DE BOTERO
En la depurada forma del deseo
los espectros indagan la magia y las algas.
Traslúcidas mujeres rezan
en el Mosteiro de Oseira
junto a los pocos tercienses
que imaginan otra bóveda
en interminables habitaciones desiertas.
Sobre las pajas, los quesos de Curtis,
aproximan la levedad del vino.
El lacón y los mariscos
hacen honrados a los hombres de Galicia.
Solitario recorro los pueblos, las pasiones,
el mercado que hace inmemorial
una pintura de Velázquez.
Nada vulnera la magia o el verdor.
Coros y órganos hacen sentir
el dolor de esta tierra inasible.
La lluvia ácida destruye lentamente
las incontables visiones de viejos campesinos.
Botellas vacías de anís y vodka
frente al alcázar de Toledo.
En un cuaderno con ilustraciones de Botero
voy restituyendo el aliento,
la sombra de mis antepasados,
cierto conjuro de la vida y del ensueño.

 

 

 



MARIANO PEYROU

(Buenos Aires, Argentina, 1971)

Aprovecho este espacio destinado a que cuente algo sobre mí mismo para declarar algunas convicciones provisionales; lo que interesa de un texto es independiente de cualquier información sobre quien lo ha escrito. No creo que aporte nada incluir nombres de ciudades, fechas, oficios o vocaciones. Por otro lado, tampoco me reconozco en esos datos impersonales. Como cualquiera, he sido o he creído ser actor, malabarista, buzo, estafador, farero, dermatólogo, historiador, tirano, juez. La incertidumbre de la identidad tal vez sea un buen motivo para sentarse a escribir. Estos poemas pertenecen a mi primer libro, premiado en el V Certamen de Poesía María del Villar.

 


La voluntad de equilibrio

 

 

 

MITO
Uno pasea por la calle con la chica colgada del brazo,
puede ser que se pregunte quién cuelga de quién,
pasea y compra unas flores y unas frutas en el mercado.
Y en algún momento ella muerde una manzana y uno
la ve y ya no es capaz de advertir otra belleza.
Tal vez así comenzó todo.

 

 

 

 

ELLA
Ella
guardaba
una palmera
en el refrigerador.
Los pies descalzos,
enero,
la baldosa.
Era de chocolate.
No pudimos comerla.
No fue
precisamente
por el frío.

 

 

 

 

CASA NUEVA
Verano y un melocotón ilumina la soledad de los platos
blancos;
los colores del sol cuando amanece,
una esfera imperfecta que ya sabe si la morderán tus dientes o
los míos.
El amor,
como la vajilla en la mudanza.

 

 

 

 

DAME SALIVA NÉCTAR
Dame saliva néctar
comparte esa clavícula
acepta mis pulmones
pide
odia las escaleras
sobrevive al placer
sé dios
teje
reparte injustamente los puntos y la sangre
salpícame el insomnio
intoxica la noche como anoche.

 

 

 



JUAN VICENTE PIQUERAS

(Los Duques de Requena, Valencia, España, 1960)

Nos asegura que si existe algún tipo de perro de mar o perro pirata tendría su espíritu. Licenciado en Filología Hispánica, desde 1988 reside en Roma, donde trabaja en la actualidad como profesor del Instituto Cervantes. Con La palabra cuando obtuvo el Premio José Hierro en 1991, pero ya antes, 1987, publicaría en Italia Castillos de Aquitania. Su último poemario -La latitud de los caballos- está en la editorial Hiperión y logró el prestigioso Premio Antonio Machado en 1999. EL COLOQUIO DE LOS PERROS tiene el orgullo de presentar dos inéditos que, según palabras recibidas del propio autor, son "caballos sacrificados en la latitud". Los otros dos poemas son de su último poemario hasta la fecha. Un libro enigmático, según asegura en el prólogo del mismo otro pirata: José Hierro.

 

 

La latitud de los caballos

 

 

 

CONFESIÓN DEL FUGITIVO
Sólo soy feliz yéndome.
No entre cuatro paredes, con sus sendas espadas,
sino entre aquí y allí, una casa y otra,
ajenas ambas preferiblemente.
No puedo ya, ni quiero, estarme quieto.
Ni ahora ni después. Ni aquí ni allí.
En todo caso ahí, donde estás tú,
seas quien seas tú, ponme tu nombre.
Yo no soy yo ni puedo tener casa.
No digo ya porque nunca lo fui,
nunca la tuve, siempre fui extranjero:
el mendigo que duerme bajo el puente
que une mis dos orillas y yo cruzo
sin poder, día a día, detenerme.
Escribo porque espero. Pero ya no sé qué,
se me ha olvidado. Espero que escribiendo
llegue a acordarme. Insisto en la intemperie.
Sinvivo entre paréntesis
en el espacio vivo y tiempo muerto
de la espera de qué, entre dos aquíes.
Nunca en, sino entre. No in ma tra.
He decidido que mi patria sea
no decidir, no estar en ningún sitio
que no sean aviones, naves, trenes,
donde yo sea sólo el pasajero
que sé que soy, sabiendo
que me inquieta la paz
y la quietud me asusta,
que la seguridad no me interesa,
que sólo soy feliz cuando me sé fugaz.

 

 

 

 

EN EL LUGAR DEL CORAZÓN
Yo tengo en el lugar del corazón,
donde dicen que nacen las pasiones,
un puñado de arena.
De arena del desierto del Gobi algunos días.
De arena de un playa podrida de turistas
en totnas, perdón, tantas ocasiones.
O de arena mentida, movediza,
de arena que no es sino un nombre,
de arena sólo dicha e infeliz.
Yo tengo en el lugar del corazón
o sea donde sea
un horizonte huérfano y un hueco
habitado en su centro por la desfachatez
de saber disfrazar de ingenio esta miseria,
de poema este páramo
donde no hay más que un olmo alto y culpable.
Mi alma es un olmo pero no da peras.
Y los olmos están condenados a muerte.
Yo tengo en el lugar del corazón,
como un reloj de arena,
el murmullo emplazado de la sangre,
mi propia perdición, mi infancia hundida,
la fuente de una sed que no se sabe.

 

 

 

 

JORNADA LABORAL
A Guadalupe
que tiene nombre de isla.
Tacho la infancia. Paso a limpio el miedo.
Corrijo las edades y los rumbos.
Quito el polvo de ayer. Pongo la mesa.
El mantel es un mapa sin países.
Subrayo voces. Paso a limpio el miedo
a la luz de estar lejos. Y repaso
la multitudinaria soledad,
la vida y sus derrotas, los amigos,
la noche mar adentro de tu pelo.
Vuelvo a escribir la infancia. Tengo prisa.
Me aguarda una traición, una certeza:
vivir es perdición y agua extranjera.
Trabajo contra mí. Ruido de errores.

 

 

 

 

EL CIELO DE LOS CHARCOS
Hay que buscar los pasos que daremos
y destrozar el cielo de los charcos.
El azul de otra voz, el puro aire,
la perla de un dolor bien padecido
y la luz animal de la alegría.
Hay que buscar la vida que nos busca,
el destrozado cielo de los charcos.

 

 

 



SARA MARTÍNEZ NAVARRO

(Cartagena, España, 1981)

Actualmente cursa estudios de Filología Clásica en la Universidad de Murcia. Fue ganadora del concurso Arte Joven de Cartagena. Coordina el fanzine Lumina.

 

 

 

DE ESTOS CUATRO ÁRBOLES
De estos cuatro árboles
atardecer de líneas torcidas
sólo uno a la izquierda
sus hojas de papel todo tierra
si no hubiera llegado el otoño
si quedara el poeta
si quedara.
De estos cuatro árboles
promiscuidad de pintores sucios
negros
la pureza es el sudor que corre
por la parte interior de tus muslos
hojas sueltas y vivas
como caricias en la estación.
De estos cuatro árboles
sólo quince minutos
donde voy cada noche
no ahora con la nieve no ahora
cada segundo sin palabras
cada abrazo cada otoño
cada espejo
pasando sin querer
sobre nosotros.

 

 

 

 

DOS CARRERAS

Las corrientes
como jinetes sin cabeza
el río se acerca dame lo que tengas
pasos sobre el agua
carreras líquidas hasta la violencia de los
troncos
la feria de las rosas en la orilla
sólo para ciertas cosas
podría llamarte
o como diría Buero Vallejo
he llegado tarde para gozar de ella.

 

 

 

 

 

SALIDA
Conmigo, dices
¿quién sabe
en el centro de la mayor de las locuras
mantenerse honrado?
marchó
al amanecer
por el camino equivocado
y las nubes mitad rojas
mitad doradas
no supieron alcanzarlo.
Murieron.
¿Quién supo, desde el principio,
que la vida no es más que huellas
de zapatos sin rumbo, ojos sin risa?

 

 

 

 

BARRO
Auxilio
podría gritar hasta caer al suelo
podría cantar.
Tal es el carácter de las cosas
que no sé hasta cuándo puedo seguir
arrodillada
ante ti
ante los tuyos
ante tus desmanes
tus decepciones
te quiero
cuanto puedo
y es que una renuncia cuesta algo más
que tus pláticas sobre el amor
y un piso a medias.
Salieron de madrugada
los genios
los amigos
y volvimos, lentamente,
a pasear entre adoquines de hierro y agua
de risa y de vida
de Pessoa
de ti
y los caballos aproximándose
altivos
juguetones
buscan exactamente lo mismo
que buscarán una vez desechados
como nosotros, en el cristal.
Hoy nosotros el cristal.
Tal vez debería comenzar a dar vueltas
mirando mis pies girar
sólo yo y mis vueltas
hasta caer al suelo y verte pasar
desde lo más profundo de mi aliento de
barro y lluvia.