HÉCTOR ROSALES

     (Montevideo, Uruguay, 1958). Está radicado en Barcelona desde 1979. Ha publicado los libros: Visiones y agonías (Barcelona, 1979, 2ª ed., corregida y aumentada, New Jersey, 2000), Espejos de la noche (Madrid, 1981), Carpeta 1 (Barcelona, 1982), Espectros (Gijón, 1983), Desvuelo (1ª ed. Montevideo-Barcelona, 1984, 2ª ed. corregida y aumentada: Barcelona, 1997, 3ª ed., 1999), Alrededor el asedio (Montevideo, tres eds.: 1989/92/93, Primer Premio 1992, Ministerio de Educación y Cultura, Uruguay) y Habitantes del grito incompleto (Montevideo, 1992). Incluido en antologías, catálogos, libros colectivos y publicaciones de diversos países, algunos de sus textos se han traducido al francés, portugués, catalán, gallego, polaco, inglés y alemán. Es autor de la breve antología Voces en la piedra iluminada / Diez poetas uruguayos (Toledo, 1988). Ha colaborado (crónicas, reseñas literarias, selección y presentación de textos, poesía) en suplementos culturales, periódicos y numerosas revistas de arte y literatura.

 

 

BORGES, EL SIGLO CIRCULAR

 

Volverá toda noche de insomnio: minuciosa.
La mano que esto escribe renacerá del mismo
Vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.

(J.L.B.)

 

     En 1905 un niño de seis años le confiesa a su padre en Buenos Aires que desea ser escritor. Y allí comienza la elaboración de un personaje de ficción llamado Borges, deliberamente: también un escritor. Dos años más tarde, éste se estrena con un breve ensayo redactado en inglés sobre la mitología griega, y un primer cuento, "La visera fatal", basado en uno de los episodios del "Quijote".

     El niño bonaerense tuvo muy buena memoria a lo largo de su vida. Jamás olvidó antepasados europeos, numerosos viajes convergentes en su corazón sureño, múltiples lecturas reinterpretadas o subrayadas con una luz interna que suplantó la incidencia de la luz exterior, nebulosa, perturbadora, responsable de la distorsión de una realidad a la que nunca dejó de temer ("el mundo, desgraciadamente, es real, y yo, desgraciadamente, soy Borges").

     La construcción de ese intelectual amurallado en literaturas nórdicas, germánicas, anglosajonas, norteamericanas y, desde luego, argentinas (entre otras fuentes que blindarían su natural fragilidad ante la vida práctica, material, alienante), el laborioso ejercicio de décadas y décadas tras sus códigos personales, con una madre influyente custodiando los días, una capital rioplatense con veleidades europeístas y el contraste de un arrabal no vivido aunque sí pretendido por el personaje, la fuga interior hacia otros mundos, tienen ahora un siglo forjado de enigmas, cifras, ritmos, datos, ternura, deslumbramiento, horror y soledad.

     Y además melancolía, el motor que movió a su sombra por umbrales y plazas deshabitadas, donde el otro, el niño, llamó repetidamente al personaje, sin encontrarle.

     La figura de una abuela inglesa, la ciudad de Ginebra, la mística judía, traducciones, evocaciones desde los oleajes de otros idiomas y culturas, la silueta de algún héroe militar o literario, fueron varios de los bastones en los que se apoyó Borges para cruzar sus propias páginas, o los senderos de la polémica que muchas veces levantó con gesto distante, conocedor de las reacciones de la tribu, en sus diálogos, conferencias y entrevistas.

     Aquel niño visionario que inventó a Borges/el inventor, instalaría al personaje en el centro de un laberinto trazado con espejos gramaticales. Desde allí, con el telón de fondo de El Tiempo, y los numerosos corredores poblados de voces e imágenes que en duplicaciones o en progresiones geométricas desembocarían en otros corredores, voces e imágenes hasta series interminables, estaría contenida la presencia del hombre de todas las épocas, pero en particular el contemporáneo, bombardeado de infinitas informaciones que, sin embargo, lo confunden y apartan del centro de sí mismo y de cualquier conocimiento trascendente. El vano afán de sabiduría pesará en el lúcido escritor; muy temprano conocerá una desesperación asumida, y por ende atenuada en sus estallidos.

     Borges buscará sin pausa el sentido, los mecanismos de la posición humana en el laberinto. La Biblia, las correspondencias entre el Génesis y la Cábala, la posibilidad de una inteligencia superior e infinita que, mediante un orden desconocido, organiza el desorden repetitivo de la historia, serán reflexiones recurrentes en el autor argentino.

     En una de sus narraciones más representativas, "La Biblioteca de Babel", hallamos una síntesis muy ilustrativa del itinerario borgiano: la búsqueda de un libro entre todos los libros que integran esa biblioteca (símbolo elocuente del universo), un libro donde se aloje "el nombre", la clave mesiánica que active la llegada del tiempo redentor.

     Borges y los libros forman una de las sociedades más fecundas y significativas en la historia de la literatura. Pocos autores han manejado tanto y con tanta brillantez los recursos referenciales, simbólicos y creativos del instrumento libro dentro de un discurso ensayístico o de ficción. Sería un abuso para la paciencia del lector enumerar aquí autores y títulos (reales o imaginarios) en los que Borges fraguó lecturas y escritos. En el curso de este 1999 no será difícil disponer de abundantes listados en notas, artículos, conferencias y exposiciones en torno al homenajeado escritor centenario. Por los mismos motivos tampoco citaré su propia bibliografía.

     Aunque sí deseo detenerme un momento ante esa casona de Buenos Aires donde un hombre ciego, ya inevitablemente consciente del sitio que ocupa en la iconografía cultural de su país y también en el mundo, medita por enésima vez la bondad de un adjetivo para aquella frase que su voz no termina de ajustar en la simetría del ambiente. Una voz amable, algo temblorosa, siempre tímida en su raíz fronteriza que amó al sur como a un destino salvado del laberinto. La misma, la exacta, cuidada voz que con idéntica vocación cultivó narrativa, poesía y ensayo. Un claro ejemplo de que los géneros pueden alternarse sin desavenencias en un territorio donde lo que verdaderamente importa es el estilo para abordar temas, preguntas, fulgores, en suma: los asuntos del vivir captados por un tímpano reflexivo que se manifiesta no sólo con ortografía, sino con cadencias, tonos, silencios, y aquellos equilibrios que surgen de lo más subjetivo de los hombres.

     Según la edad o el capricho de cada lector, habrá un Borges mejor narrador que poeta, o viceversa; o quizás se distinga ese ensayista inteligente y culto al que se recurrirá sin remedio para considerar un punto de vista indispensable.

     Disculpen que prefiera pensar, sencillamente, en un escritor, en un creador de literatura, uno de los grandes, sin duda, que se dedicó a cumplir con su trabajo de la mejor forma que pudo. Literatura, insisto. "Arte cuyo medio de expresión es la palabra", resumía en una primera acepción mi viejo diccionario escolar.

     Pero sigo observando al hombre del bastón en la casona porteña, ese caballero argentino empeñado en acabar la frase de su historia, el anciano que volverá a viajar al norte donde estudió en su juventud, donde le aguarda la ciudad señalada.
Ginebra, minuciosa, le revivirá aromas y dilemas, mientras Europa prepara nuevas noches, nuevos ejércitos que él no conocerá.

     El personaje habrá recorrido su círculo, el que intuyó aquel niño, Georgie, cuando decidió guarecerse de la barbarie y el caos a expensas de una criatura que escribiría con afilada erudición y talento salvavidas.

     Ahora el niño encuentra finalmente a Jorge Luis Borges sentado en la cumbre de la escalera suiza, mirándole con toda la noche de insomio, recordándole "que ya nunca serán felices, pero que tal vez no importa", porque la mano que ha escrito toca la mano primigenia, dispuestas a conjurarse con El Tiempo un 14 de junio de 1986, renaciendo del mismo vientre.

 

 

JUAN DE DIOS GARCÍA

     (Cartagena, España, 1975)

 


LA ÍNTIMA MÚSICA DE BORGES

 

     Quien haya leído cualquiera de las infinitas biografías publicadas sobre la figura de Borges, habrá apreciado que, por así decirlo, a él siempre se le tilda de sordo casi total para la música, tomando este término en su sentido estrictamente instrumental. Hace unos años, en un congreso sobre literatura hispanoamericana celebrado en la Fundación "José Ortega y Gasset" de Toledo, su director, el escritor y profesor argentino Mario Paoletti, me comentaba jocosamente cómo el viejo Borges se lamentaba a veces diciéndole: «Ay, Mario, además de ciego soy sordo». Sin duda, el maestro exageraba, puesto que de sobra se sabe su gusto por distintos géneros musicales.

     Yo querría, pues, indagar algo en esa íntima música que hierve en su alma casi como sinónimo de cultura, rescatar los coros y las voces que quiso que le acompañaran a lo largo de su vida, y que quiso que se reflejaran, por supuesto, en su obra poética. Propondré, en el espacio breve de mis páginas, una suerte de abanico cuyo centro sea dirigido por el magnánimo espíritu y corazón borgesiano.

     El sentido auditivo del poeta, sumamente desarrollado, le hace escuchar los sonidos de su ciudad natal como si se tratase de un gran verso: 'Mi patria es un latido de guitarra'. Buenos Aires es el lugar donde Borges reconoce el rasgueo trabajado por los movimientos que la mano de un orillero hace sufrir a una guitarra. ¿Cómo puede él expresar lo que ve su alma en esa imagen tan sureña, tan porteña, esa imagen que siente tan dentro de sí? Lo más preciado que le ha concedido la naturaleza es el don del verso para construir poemas perfectamente estilizados, cargados de una gracia natural, y, a veces, sobrenatural.

     ¿Qué podemos conocer, entonces, de la Argentina, a través de los escritos borgesianos? Sus poemas respiran la milonga y el tango; sus poemas contemplan las tardes de la ciudad definidas entre el silencio y el canto:

 

Y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive.

 

     Él saboreará desde niño la atmósfera de la calle que toca y que sufre. Esto le hará ver que la muerte vence a su alrededor y arrasa cualquier rincón bonaerense.

     Vemos cómo Borges va asimilando los sonidos a los tipos y temas literarios; así, no es de extrañar que de su bisabuelo, el coronel Isidoro Suárez, recuerde una escritura 'en prosa rígida como los clarines. El ardor de la muerte se le figura cercano, proveniente de la Pampa otoñal, a través de 'tenaces guitarras sentenciosas', de 'altos benteveos' y del 'ruido cansado de los carros de pasto que vienen del verano'.

     Aún así, Borges sufrió una gran decepción a raíz de la fabricación artificial de la figura del gaucho, al que llegaron a convertir en un modelo, sin respetar al personaje que realmente fue. ¿Qué es lo que añora el viejo Borges en las nuevas milongas y tangos? Es algo que ha ido perdiéndose: el sentido del destierro; por esta razón, el poeta cree fervorosamente que el Martín Fierro es la obra más perdurable que han escrito los argentinos; porque, como él mismo nos dice, nos sobra con repasar esta obra para saber que 'es el poema, no de la pampa, sino del hombre desterrado a la pampa'. Hay dos autores que le cubren las espaldas al pronunciar esta sentencia: Ascasubi y Hernández. Para él, ambos son auténticos héroes literarios. Gracias a ellos, Borges entenderá el tema constante de la milonga y el tango como una fiesta, una pelea que, sobre el terreno artístico, desarrolla una atmósfera particular de muerte. La guitarra y las peleas en la frontera están preñadas de simbología. Por otro lado, al haberse convertido la canción en un fuerte desafío al tiempo, el poeta ha preferido cultivar el género literario que guarda más semejanza con el canto y, de ese modo, expresar su sentimiento de admiración por esta cultura porteña.

     Cuando escribe el libro de poemas Para las seis cuerdas, desdeña públicamente dos cosas con las que no se identifica lo más mínimo: por un lado, el sentimentalismo exagerado, trivial y fingido de lo que se ha venido a llamar -en detrimento de la autenticidad- el tango canción, y de otro lado, el uso rígido en las composiciones del lenguaje de la gente de mal vivir propio de Buenos Aires y sus alrededores, que posteriormente se fue extendiendo entre algunas gentes del pueblo. Tomando esto en cuenta, fijémonos en lo que Borges escribe a tenor de sus investigaciones sobre la historia del tango: «Schopenhauer ha escrito que la música no es menos inmediata que el mundo mismo; sin mundo, sin un caudal común de memorias evocables por el lenguaje, no habría, ciertamente, literatura, pero la música prescinde del mundo, podría haber música y no mundo. La música es la voluntad, la pasión; el tango antiguo como música, suele directamente transmitir esa belicosa alegría cuya expresión verbal ensayaron, en edades remotas, rapsodas griegos y germánicos». Y es que al autor de El hacedor le sirven de alimento todas las cosas, pero, sobre todo, la paz y la belleza, conceptos que él mismo asegura ser comunes en el universo. Cuando él es el intérprete de estos dos conceptos siente «que el extraño mundo de los sonidos -el mundo más extraño del arte- está siempre buscándolo, que hay melodías y disonancias que lo buscan».

     Borges es su propio guardián de los libros. Las palabras inundan la biblioteca de su alma. Son palabras lineales, pues tienen condición versicular, pero en el interior de esos versos hallamos el concierto del orbe. Hablemos, entonces, de polifonía oral y textual, ya que, al fin y al cabo, ambos conjuntos armónicos se fusionan en la verdadera devoción por los cantos virgilianos, transmitida sucesivamente. En esa simultaneidad sonora de varios cantos unidos entre sí por una consonancia armónica, debemos recordar también la cultura de los números y los símbolos árabes, el secreto de la cábala:

 

No sé si volveremos en un ciclo segundo
como vuelven las cifras de una fracción periódica;
pero sé que una oscura rotación pitagórica
noche a noche me deja en un lugar del mundo.

 

     Su música alcanza así un estado de pureza infranqueable. Su amor desmesurado al endecasílabo lo va a ligar inevitablemente a esta forma métrica que ordenará tantos cosmos como poemas borgesianos utilicen este tipo de verso. Transcribir, leer y escuchar repetidamente versos de herencia clásica es lo que le hace al maestro sentirse feliz y valiente. Borges es un lírico intelectual. Se recrea en la lírica como disciplina que ayuda a una elevación del espíritu; nada a través del perfecto universo cartesiano, igualándose a él en una suma de fases que concurrirán en su particular perfección lograda por la música de los astros:

 

Nada puedo. Virgilio me ha hechizado.
Virgilio y el latín. Hice que cada
estrofa fuera un arduo laberinto
de entretejidas voces, un recinto
vedado al vulgo, que es apenas, nada.
Veo en el tiempo que huye una saeta
rígida y un cristal en la corriente
y perlas en la lágrima doliente.
Tal es mi extraño oficio de poeta.

 


     Por otro lado, muy pocos compositores merecían el halago de Borges. Concretamente existe un poema de homenaje a Johannes Brahms que hace justicia a los sonidos del agua y del tiempo:

 

Yo, que soy un intruso en los jardines
que has prodigado a la plural memoria
del porvenir, quise cantar la gloria
que hacia el azul erigen tus violines.


     Es más; el maestro ya declaró que si alguna vez nombró a Brahms como su músico predilecto fue porque al matrimonio Bioy le gustaba, y entonces decidió adoptarlo casi como una forma de cortesía para con sus amigos queridos. Incluso se permitía bromear respecto a la supuesta maravilla que debían de ser las óperas de Mozart. También recuerda en otros testimonios esa especie de extraña intoxicación sufrida a raíz de un concierto de Stravinsky: «Yo estaba en el centro del país. Había dos o tres profesores que habían dado una conferencia y me pidieron que fuese a un concierto con ellos. 'Bueno, mirad, iré con vosotros porque me gusta vuestra compañía, pero no creo que disfrute con la música porque soy un ignorante'. Y dijeron: 'Bueno, no importa, te vas, no tienes por qué aguantarlo'. Entonces fui y de repente sentí una especie de vértigo y felicidad que descendía sobre mí y al salir todos nos sentíamos muy, muy amigos, y nos dábamos golpecitos en la espalda y nos reíamos sin razón alguna, y la culpa era de Stravinsky».

     Norteamérica también conserva multitud de voces y largos silencios que proporcionan una gran fuerza al espíritu borgesiano. El amor a los negro spirituals -similar, en su forma, al salmo bíblico whitmaniano- despierta enormemente su curiosidad, distanciada sólo en lo geográfico, pues no en la semejanza del sentir pesadumbroso entre estas dos formas de arte, tanto la procedente de los negro spirituals como la de las canciones porteñas del Buenos Aires pendenciero.

     Escribe textos sobre Texas, Eliot, Emily Dickinson y Edgar Allan Poe, valorando en sus versos la plenitud de efectos, la concisión quintaesenciada y la creación rítmica de la belleza.

     En El oro de los tigres el poeta lamentará no tener la posibilidad de cantar a toda América del Norte en los pocos días que le quedan de vida. Pero, de momento, canta a East Lansing, y después intentará extender su grito hacia esa tierra que consiguió amar, aunque un poco tarde, sí fogosamente:

 

Canto a la víspera tu crepúsculo, East Lansing,
sé que las palabras que dicto son acaso precisas,
pero sutilmente falsas,
porque la realidad es inasible
y porque el lenguaje es un orden de signos rígidos.
Michigan, Indiana, Wisconsin, Iowa, Texas, California, Arizona;
ya intentaré cantarlas.

 

     No se olvida el maestro de Nueva Orleans en su paseo por los Estados Unidos. Contará una anécdota sobre su visita a esta ciudad que me parece interesante transcribir: «Nos fuimos a Nueva York, donde sólo había veinticinco grados bajo cero, y entonces decidimos ir al sur a buscar el calor de Nueva Orleans. Oímos excelente jazz, pero hacía un frío terrible, no se podía salir del hotel. El jazz de Nueva Orleans es continuo, se oye permanentemente en las calles, con todas sus variedades, desde los negros espirituales hasta el rock, y a mí, que acá juzgaba horrible al rock, al oírlo allá me pareció lindísimo. Quizá sea que todo el jazz que se oye en Nueva Orleans es excelente».

     Georgie se decantará por la estructura composicional del soneto inglés, prefiriendo esta forma, sin ningún ánimo de desprecio, a la del soneto italiano. Existe una razón evidente; él mismo anunciará: «Pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra». De ahí que escriba estos lúcidos versos:

 

Traía las palabras esenciales
de una lengua que el tiempo exaltaría
a música de Shakespeare: noche, día,
agua, fuego, colores y metales,
hambre, sed, amargura, sueño, guerra,
muerte y los otros hábitos humanos.

 

     Asombrado por la literatura sajona, descubre cantos de victorias, clamores épicos tan elaborados en su textura como los ya conocidos en su memoria literaria, odas que concurren en la desgraciada razón de la guerra, cantos de un distinto y único ruiseñor danés, inglés, alemán, e incluso islandés: 'sólo el amor, el ignorante amor, Islandia'. Enamorado de las espadas, percibe el sentido de la poesía como algo que nos rememora. Para él, los versos, incluyendo los sajones, no son más que las dulces y amargas cenizas que de nosotros quedan. En esa memoria tienen cabida todas las voces de los poetas que corean, con melodioso estruendo, en la mente inquieta y serena del maestro.


     Borges cifra, en su justa medida, el ruido natural de la lluvia en Inglaterra, el eco de un laúd y algo más importante que todo lo dicho, el silencio de la isla, representado en las baladas de Coleridge al marinero viejo y a la melancolía. Escoge a Byron y su mar porque ocupa un lugar destacado entre los poetas heroicos, porque la pasión y energía que derrochan sus obras son asombrosas, y porque no es posible leer sus poemas y no experimentar el deseo de ser más orgulloso, más valiente y más libre. Escoge también a Keats, el que no temiera nunca al fracaso del canto de su ruiseñor. Pone en boca de Browning estos versos:

 

Si una mujer desdeña mi amor
haré de mi tristeza una música,
un alto río que siga resonando en el tiempo.

 

     Escoge la lectura del londinense Swinburne, el cual combinaba en su poesía las largas y ondulantes cadencias del verso griego con la aliteración anglosajona para crear un nuevo metro, distinto de los empleados hasta entonces:

 

Mi verdadera estirpe
es la voz, que aún escucho, de mi padre,
conmemorando música de Swinburne.

 

     Otras voces como la de Heine, Hölderlin, Angelus Silesius, Keller pueblan las noches de lírico insomnio borgesiano. Escarba en sí mismo una vez más, y dice: «Alguna vez me atrajo la tentación de trasladar al castellano la música del inglés o del alemán; si hubiera ejecutado esa aventura, acaso imposible, yo sería un gran poeta, como aquel Garcilaso que nos dio la música de Italia, o como aquel anónimo sevillano que nos dio la de Roma, o como Darío, que nos dio la de Francia».


     Por esta noción de sentir el idioma como un modo de sentir la realidad, el maestro bebe de los idiomas o realidades que más le estimulan. Así, ese acercamiento a la realidad española le llevará a la diversa Andalucía del cante jondo:

 

España de la otra guitarra, la desgarrada,
no la humilde, la nuestra.

 

     Pretende plasmar en esta oda algo que va más allá de lo tópico, la diferencia existente entre estos dos símbolos de la esencia de dos pueblos: España y su Argentina, Andalucía y su Buenos Aires; de ahí que utilice el símil de la guitarra española, que se va rompiendo en un rasgueo, con la vihuela más propia de los orilleros y los copleros populares y errantes de la América del Sur, a los que el poeta asigna el calificativo de 'humildes'.

     El que nació en tierra de cuchilleros posee el don de un estímulo avasallador. La voz del idilio bucólico de Teócrito la ha buscado en el canto del ruiseñor arcádico, y la ha alcanzado en la armonía inclinada en el tiempo; a estas llamadas recurre el poeta con un verso espasmódico sobre 'los declives de la música, la más dócil de las formas del tiempo'. El declive andaluz crea una atmósfera tal en la Alhambra que al anochecer reproduce ciertas sensaciones y recuerdos como éstos:

 

Grata la música del zéjel
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

 

     La cultura árabe guarda, sin duda, estrecha relación con las artes mágicas y embriagadoras del vino. Esta es la causa de que Sócrates y Parménides, dedicándose exclusivamente a desentrañar misterios dialogando, hayan dejado en el olvido dos factores determinantes en todo el arte poética: la magia y la plegaria. Lo que hace que el maestro argentino se convierta en una especie de gran mago de las palabras es su perturbación anímica producida por la idea fija de encontrar el eterno jardín, y a eso contribuye su inevitable atracción por las culturas orientales.


     Ciencia, audacia, voluntad y silencio son cualidades de las que no carece la batuta borgesiana, directora de una corporación numérica de poemas que determina el orden de sus palabras y el significado que cada una de ellas aporta al mundo. En la cultura japonesa confluyen especialmente estas cuatro cualidades, puesto que hablamos de una cultura mágica al ser devota del conocimiento cierto de los principios y las causas de las cosas, devota de la osadía y el atrevimiento requeridos en la necesidad, devota de elegir la realización de los actos sin preceptivas obligadas, y devota de un arte privilegiado, el de abstenerse de hablar, el arte del silencio, derivado, quizás, de una actitud de vida más contemplativa que impetuosa:

 

Durante cien otoños mis labios
no han sido más silenciosos.

 

     Aunque la poesía japonesa carece de rima, acento y cantidad vocálica, el poeta se sumerge plenamente en los temas predilectos que han sido cantados por los nipones durante siglos y siglos, elogiando el amor y el vino, la añoranza de los seres queridos, las elegías, las jaculatorias sentenciosas y la emoción ante diversos aspectos de la naturaleza. Borges se muestra interesado en imitar dos formas poéticas japonesas: la tanka y el haikú. Ha comprendido que la música del Japón incita a un modo de vida determinado, de ahí que anuncie una particular poética en relación a la supuesta magia que conlleva el verso: «un volumen de versos no es otra cosa que una sucesión de ejercicios mágicos. El modesto hechicero hace lo que puede con sus modestos medios. Una connotación desdichada, un acento erróneo, un matiz, pueden quebrar el conjuro» (Epílogo). En los últimos años de su vida, comparte con su esposa María Kodama el asombro de la memoria del Japón, la tierra donde la dispar influencia de las corrientes marítimas voltea el clima de variada y exuberante vegetación: praderas, arbustos, matorrales y una variedad infinita de flores que embellecen todo el paisaje. Sintoísmo, budismo y confucianismo -las tres religiones que sustentan el reino insular- animan la inteligencia del mago argentino, que busca, en el silencio y el ruido de este país, ese primitivo culto a la naturaleza.

     Borges aprendió bien la lección que ya le fue dada al místico mexicano-hindú Octavio Paz, tan vinculado a otra cultura oriental: 'todo poema es tiempo, y arde'. ¿Cuándo arderá el poema de este extranjero bonaerense?, ¿o ardió ya hace años? De nuevo se plantea el misterio eterno del tiempo. El maestro no tiene respuestas, sólo versos, como estos últimos del poema de elogio a la música del Japón, en los que intenta, a su manera, responder a ese misterio:

 

No lo sabré. No importa. En esa música
yo soy. Yo quiero ser. Yo me desangro.