JUAN MANUEL DE PRADA

Juan Manuel de Prada

     Esta entrevista fue realizada por Rubén Castillo el día 11 de febrero del año 2001.

     Rubén Castillo es amigo, profesor, colaborador de nuestra revista y director, en la emisora Onda Regional de Murcia, del programa literario radiofónico La Torre de Papel, que se emite todos los domingos a las 22:00 horas.


RUBÉN CASTILLO: Juan Manuel, acaba de salir en la editorial Seix Barral tu libro Desgarrados y excéntricos, que el pasado 25 de Enero, apenas 48 horas después de la presentación y puesta a la venta del libro, estuviste presentando en Murcia. ¿Qué va a encontrarse el lector que abra las páginas de ese volumen?

JUAN MANUEL DE PRADA: Se va a encontrar con una colección de vidas al filo de lo imposible, vidas de seres maltrechos que habitaron en los márgenes de la vida literaria de finales del siglo XIX y principios del XX, personajes bohemios, escritores extrañísimos. Tan extraños que ponen a prueba la credulidad del lector. Vidas casi siempre trágicas, vidas marcadas por el signo del fracaso, de la miseria, del olvido. Vidas, en definitiva, echadas a perder por culpa, en cierto modo, de esa dedicación entusiasta, fervorosa y obcecada a la literatura.

R.C.: En la contraportada del libro hay una frase que me gustaría repetir como pregunta para los lectores: "¿Serán los espectros que por aquí discurren el fruto de arduas pesquisas e inquisiciones o, tan sólo, criaturas apócrifas soñadas por su autor?" Recuerdo también que, cuando estuviste en Murcia, comentaste que, posiblemente, alguno de los personajes del libro pudieran pertenecer al territorio de la imaginación.

J.M.D.P.: Pues sí, en efecto. Este es un libro en el que he querido hacer un juego literario y una burla. Todo el libro en sí mismo es una burla de los estudios eruditos, filológicos. Este es un libro en el que analizo la obra de escritores, salvo raras excepciones, de escritura bastante menesterosa, bastante pobretona. Pero analizo esas obras desde la misma posición que emplearía un estudioso de la literatura para estudiar las obras de los grandes escritores. En ese sentido, el libro ya es una burla de los estudios literarios, de este afán tan en boga de hacer cánones... Pero es que, además, el libro está trufado de invenciones, mezcladas con la realidad. Hay muchas semblanzas que tienen algún elemento ficticio. Y luego hay algunas que son prácticamente invención. Incluso hay una que es totalmente una invención de la primera a la última línea.

R.C.: ¿Y qué sentido tiene, Juan Manuel, en medio de tanta vida estrafalaria, introducir esa cuña de una vida estrafalaria inventada?

J.M.D.P.: A mí, una de las cosas que más me molestan de la literatura actual es que los lectores, cuando entran en una librería y compran un libro, ya saben cuál va a ser su postura ante ese libro, saben cuál va a ser su estatuto de lector. Cuando leemos una novela sabemos que todo lo que se nos está contando es una mentira; cuando leemos una biografía o un ensayo sabemos que es verdad; por lo tanto, nuestra actitud cambia. Y a mí me gusta jugar un poco con las fronteras que dividen los géneros. Este libro, que tiene un aspecto de erudición absoluta, encubre muchas fabulaciones. Y eso es lo que creo que va a situar al lector en una situación incómoda, una situación de continua desazón, porque no va a saber a qué atenerse. Creo que esto es bueno, porque da una especie de situación un poco dubitativa en el lector, que pierde el estatuto al que antes me refería, y se convierte en una criatura en perpetua suspicacia.

R.C.: Juan Manuel, insistes mucho, y en muchos sitios de la obra, en afirmar que el olvido acaba siempre por corroer a todos los escritores, lo que tú has llamado la común argamasa del olvido. ¿Cómo afecta eso al acto mismo de escribir y de publicar, en tu caso?

J.M.D.P.: Creo que eso, sobre todo, te permite mirar con cierta condescendencia -sobre todo yo, que he sido un escritor muy atacado en los últimos años- todos esos ataques, todas esas diatribas que hacen contra uno. Las miras con cierta ironía, porque te das cuenta de que, total, como todos vamos a ir a parar al mismo sitio, tampoco importan demasiado. Sí que es cierto que yo, cuando empecé a escribir, lo hacía, como todo escritor, con una vocación de perdurar, de hacerme inmortal a través de mi obra. Luego uno descubre que los verdaderos inmortales son muy pocos, elegidos. Y que la mayor parte de los escritores, incluso escritores muy meritorios, valiosos, tarde o temprano terminan amueblando esos ejércitos de ultratumba que son parte del olvido. De modo que, sobre todo, yo creo que me ha ayudado a ser un poco más -no diré cínico, porque sería una palabra excesiva-, pero sí a mantener una cierta distancia irónica respecto, ya no tanto hacia la literatura, porque sigue siendo para mí una vocación entusiasta, como hacia lo que rodea a la literatura. La pompa y el boato que rodea a la literatura.

R.C.: Has hablado de ataques, de críticas, y, en concreto, en la página 80 del libro, dices, y cito textualmente, "no existe gremio donde funcione peor el corporativismo". Dices que el mundo de la literatura actual es un mundo bastante caníbal. ¿Crees que haberte curtido tan pronto en ese convecimiento ha sido bueno para ti o que, por el contrario, ha sido malo perder tan pronto la inocencia?

J.M.D.P.: No creo que haya sido ni bueno ni malo. Creo que esa pérdida de la inocencia discurre paralela al grado de notoriedad que uno adquiere. Quiero decir que cuando un escritor todavía no es peligroso para las alimañas que forman parte de su cofradía, no recibe ataques ni vilipendios. Esos ataques los empieza a recibir precisamente cuando empieza a tener una notoriedad, cuando otros escritores o personas que se mueven en el mundo literario consideran que puede resultar peligroso, que puede quitar esa parcelita de poder o de absurda endogamia tribal que otros han montado.
En ese sentido, yo estoy satisfecho de haber perdido pronto la ingenuidad, porque así sé a lo que me expongo. Y por otro lado, eso te permite mantener una actitud totalmente distinta. Recuerdo que cuando comencé a escribir sentía una curiosidad insaciable por saber qué había al otro lado de la literatura, es decir, por conocer el mundo literario un poco de cerca. Y esa apetencia se me ha quitado por completo. Ahora mismo soy una persona que no mantiene casi ninguna amistad dentro del mundo literario.

R.C.: Una curiosidad a título personal: habiendo tantos centenares de grandes libros, de obras maestras, ¿qué te ha llevado a emplear miles y miles de horas leyendo a estos fantasmas deshauciados de la literatura? ¿Qué te aporta?

J.M.D.P.: En todo artista tarde o temprano se genera una curiosidad que le obliga a explorar los márgenes. Es cierto que he llegado a estos escritores, evidentemente, después de haber leído a los grandes de la misma época. Pero todo escritor, sobre todo cuando es joven -y cuando ese libro lo concebí era muy joven, es el primer libro que concebí, antes incluso que Coños- y cuando lo concebí, digo, y empecé a escribirlo existía en mí -la juventud obliga al escritor a adoptar estas actitudes- la necesidad de crearme un canon paralelo al canon heredado. Del mismo modo que el adolescente no admite las imposiciones paternas, el escritor joven no admite las imposiciones que le lega la tradición. Y él mismo tiene que crearse su propia tradición. Y en cierto modo, tanto este libro como Las máscaras del héroe o Las esquinas del aire, responden a ese ímpetu juvenil de crearse una tradición paralela. Que es una tradición de espejismo. Porque, evidentemente, los escritores a los que aludo son escritores absolutamente ínfimos. Pero eso te crea, como digo, una especie de simulacro de libertad, de capacidad para crear tus propias lecturas, que también creo que es algo importante en el escritor, sobre todo en su primera etapa.

R.C.: ¿Cuál es el sentimiento predominante que suscitan en ti estos personajes: tristeza, risa, compasión, ternura, perplejidad?

J.M.D.P.: Más bien una risa amarga, de esas que estallan en una carcajada, pero que luego se queda helada, casi casi te desencajan la mandíbula. Son criaturas que sufrieron muchísimo, algunas hasta extremos insoportables, que había en ellas una especie de curiosa falta de concordancia entre lo que eran sus aspiraciones y los medios; es decir, entre sus ansias de gloria y su escasez de talento. Y eso los convierte en criaturas patéticas. Criaturas que en cierto modo nos emocianan y al mismo tiempo nos resultan risibles. Y de esa mezcla de emoción, de piedad y de hilaridad surgen estas semblanzas, que tienen un tono como de parodia de la tragedia.

R.C.: Analizando a uno de los escritores que creo que más te interesan de aquí, Silverio Lanza, dices dos cosas que me han llamado la atención: la primera, dices que "todo hombre libre pastorea de todas las ideologías y de ninguna"; la segunda, que en "España el pensamiento no encauzado ha provocado ronchas y sabañones". ¿Has sufrido en tus propias carnes estas intransigencias?

J.M.D.P.: Pues sí, creo que sí. Pero supongo que es una cosa con la que hay que habituarse a convivir. Es algo de lo que no puedes quejarte, porque también uno, cuando hace una elección de libertad, sabe a lo que se va a exponer. De todas maneras, en ese sentido, soy optimista. Creo que todo esto con el tiempo cambiará. No podemos olvidar que también España ha sido un país con una historia no natural, en donde ha habido una dictadura, y en donde determinadas actitudes ideológicas han salido muy beneficiadas, porque se han presentado como estandartes de una resistencia. En países de historia más normal, sin sobresaltos, sin dictaduras, donde las ideologías han podido pastorear libremente, ahí creo que no existe estos extraños complejos progres que padecemos en España. Pero, como digo, la misión de un escritor es decir aquello que piensa, aunque resulte doloroso, o extemporáneo, o impertinente para algunos. Y nada más. Y aguantar. Aguantar. En esto hay que seguir a Cela -en otras cosas a lo mejor no, pero en esto sí- porque el que resiste, gana.

R.C.: ¿Merecería mejor suerte literaria o promocional Silverio Lanza?

J.M.D.P.: Bueno, Silverio Lanza es un gran escritor. Creo que es una de las vergüenzas de nuestro canon literario. Aparece en los manuales de literatura como precursor del 98 y, sinceramente, creo que es un escritor muy valioso. Muy desigual. Siendo un escritor casi antípoda de Ramón Gómez de la Serna, pues no participa como escritor de ese mundo metafórico y barroco de Ramón, es más bien un escritor seco. Pero tiene mucho que ver con Ramón en el sentido de que es un escritor divagatorio. Es decir, que todo su estilo está presidido por el absoluto imperio de la ocurrencia. Tiene momentos fabulosos junto a momentos muy anodinos, aburridos si se quiere. Pero, sobre todo, su obra es de una disolvencia increíble, de una crítica mordaz a su tiempo verdaderamente poderosísima y muy disolvente. Yo lo comparo en algunos momentos con Miguel Espinosa, precisamente, o con Agustín García Calvo. Escritores en cuya obra hay una crítica de la realidad sistemática.
Y, realmente, la obra de Silverio Lanza creo que ha sido una de esas obras sacrificadas, por culpa de ese didactismo un poco absurdo que preside nuestra mirada sobre nuestra historia literaria. Y el pobre Silverio Lanza se ha quedado como precursor del 98 y nada más, cuando a mi modo de ver es un escritor extraordinariamente valioso.

R.C.: No queremos entrenerte más. Bastante generosidad has tenido ya con nosotros. Y decirte que ojalá vuelvas pronto a Murcia. Gracias.

J.M.D.P.: Un abrazo y que así sea. Hasta pronto.

Desgarrados y excéntricos



Eloy Sánchez Rosillo

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO

 

     Entrevista: Ángel Manuel Gómez Espada



     Es una tarde de viernes primaveral. Estamos en el despacho de la facultad de este profesor de literatura, al que le entusiasma el orden. Los libros en una limpia estantería. Novedades editoriales la mayoría. Fotos de Leopardi, Whitman y recuerdos de Ramón Gaya, el amigo. También imaginamos que lo son Leopardi y Whitman. Eloy nos recibe con la misma sonrisa de siempre. Hablar con él siempre nos deja una sensación de estar aprendiendo a comprender el lado sencillo y hermoso de la vida; charlar con él, una agradable sobremesa de la que ahora os hacemos partícipes.

 


A.G.E.: En primer lugar, Eloy, muchas gracias por atendernos. Y ahí van nuestras primeras preguntas: ¿Qué opinas del momento poético que te ha tocado vivir? ¿Crees que los años finales del siglo XX han sido buenos para la poesía española?

ELOY SÁNCHEZ ROSILLO: No puede uno saber con absoluta seguridad, por falta de distancia, si su momento poético es bueno, regular o malo; eso lo sabrán las gentes que en el futuro consideren tal momento con la suficiente perspectiva temporal. Para un poeta, además, no tiene mucho sentido el preguntarse cómo es su momento; es el único que tiene, el único posible para él, y no hay más remedio que apechugar con lo que a uno le toca. Lo que ha de hacer el poeta, claro, es tratar de aprovechar su momento de la mejor manera. Por lo que a mí respecta, me parece que, con arreglo a mis posibilidades, he hecho lo que he podido en el momento que me ha caído en suerte. Y respecto a si los últimos años del siglo XX han sido buenos para nuestra poesía, pues yo creo que los períodos literarios nunca son ni absolutamente maravillosos ni malos del todo (con ciertas excepciones, desde luego, tanto para lo óptimo como para lo pésimo). La buena poesía es siempre un bien escaso, como el agua en la tierra en la que vivo. Los grandes poetas, en cualquier época y en cualquier latitud, son muy pocos, y no surgen como consecuencia de algo, sino que más bien hay que considerarlos como un milagro. No tienen un motivo que los haga florecer, ni hay tampoco unas causas claras para que no se puedan dar. Ya digo que siempre son pocos, y supongo que en relación a este momento de la poesía española se verá cuando pase el tiempo que hubo algunos poetas verdaderos, algunos auténticos poetas, que continuaron nuestra tradición, una tradición que viene de muy lejos y que ha sido tan importante; e igualmente veremos cuando pasen los años que en este momento nuestro, como en cualquier otro, hubo legiones de poetas que intentaron ser buenos (nadie escribe queriendo ser malo), pero que no lograron serlo a pesar de su ilusión y de su tesón. Esto es una tristeza: tantos esfuerzos, tantos sueños para nada.

A.G.E.: Por lo que decías de la tradición, hay que tener en cuenta además que nuestra tradición empieza en Roma, que somos hijos del latín.

E.S.R.: Bueno, la cosa arranca incluso de más allá. En realidad, la tradición occidental, que culturalmente es la nuestra, comienza en Grecia; los romanos son hijos de los griegos. A mí me gusta siempre contar con los griegos, y pensar que entre mis abuelos más remotos se encuentra Homero, aunque sea yo un nieto tan torpe. No me es posible prescindir de Homero. Es tal vez el poeta que más me emociona. Todo lo que se ha hecho después de él estaba ya de algún modo en él, y con una fuerza y una verdad mayores que en gran parte de sus descendientes.

A.G.E.: ¿Qué le pide Eloy al poema?

E.S.R.: Que sea emocionante, que sea capaz de conmover el corazón de quienes lo lean. Eso es lo fundamental. Cualquier otra virtud que pueda haber en el poema -que tenga colores muy bonitos, metáforas, rimas, una música extraordinaria, que esté escrito en endecasílabos o en alejandrinos...- de nada vale si éste en su totalidad no nos conmueve. La piedra de toque del poema es ésa. Un buen poema es el que cuando lo leemos nos pone la carne de gallina y casi nos tira de espaldas. Sentimos que hay allí una verdad muy honda, una verdad que no es una ocurrencia del poeta ni le pertenece en realidad sólo al poeta, sino que le concierne a todos los humanos.

A.G.E.: ¡Vale, solamente le pides eso! ¿Y qué le pide el poema a Eloy?

E.S.R.: Me pide únicamente colaboración. Siempre digo que la poesía se escribe a sí misma. En este sentido, podría afirmar -con cierta presuntuosidad, claro, porque no sé si esto en mi caso habrá ocurrido de verdad alguna vez- que en ocasiones el poema pasa a través de mí. Yo lo único que hago es dejarlo sobre el papel tal y como él quiere estar. Pero creo que la poesía se encuentra ya previamente en algún lado, que es algo preexistente y que sólo exige la colaboración de un poeta para llegar a ser un poema, un cierto poema concreto: eso que los seres humanos leemos y nos conmueve. Eso sí: el poeta ha de colaborar con muchísima ilusión, con todas sus fuerzas. Sin embargo, muchas veces, a pesar de la buena voluntad del poeta, el poema fracasa, porque lo que oímos cuando lo estamos escribiendo no es la verdadera poesía, sino otra cosa, un error, un error de más o menos quilates, pero no un buen poema. La auténtica poesía, en realidad, pocas veces visita al poeta a lo largo de su vida. Pero para que acuda en alguna ocasión, para que el poeta alcance la suerte increíble de llegar a hacer un poema perdurable, quizá hagan falta todos los ejercicios fracasados, los poemas que no han llegado a lograrse.

A.G.E.: ¿Estás harto de ser considerado por la crítica como "el elegíaco por antonomasia" de tu generación, y citamos a García-Posada?

E.S.R.: Yo, la verdad, es que en eso ni entro ni salgo. Hago lo que puedo, sin pensar en si soy elegíaco o cualquier otra cosa. No tengo tan claras como los críticos, por lo demás, las diferencias entre el poeta elegíaco y el poeta hímnico o celebrativo. Me parece que en el fondo vienen a ser la misma cosa, aunque en sus obras respectivas la realidad sea enfocada desde perspectivas, o más bien desde tiempos, diferentes. Y además, creo que todo poeta auténtico en realidad habla de las mismas cosas. No hay más que una poesía verdadera, aunque existen, eso sí, temperamentos poéticos distintos. Pero entre el poeta hímnico y el elegíaco no advierto tantas diferencias reales: uno celebra la alegría de vivir y la hermosura del mundo en presente; y el otro, el elegíaco, la celebra póstumamente, es decir, celebra la alegría cuando ésta se encuentra ya en un pasado más o menos remoto, y de ahí se deriva precisamente su tono melancólico, ya que habla de algo que se ha ido, de algo que fue suyo y que el tiempo le quitó. De todas formas, aunque en mi poesía es muy probable que predomine el tono elegíaco, si se leen mis libros con detenimiento me parece que es posible encontrar en todos ellos poemas que no son elegíacos, sino que celebran momentos del presente.

A.G.E.: Sí, nos parece que es más una etiqueta que intentan colgarte los críticos -copiándose los unos a los otros- en esas introducciones que llevan las antologías. Una etiqueta con la que no estamos nada de acuerdo.

E.S.R.: Bueno, la verdad es que las cosas empiezan a rodar y luego es muy difícil detenerlas. O si van rodando por un camino, no es fácil cambiarles el rumbo y hacerles que rueden por otro. Las etiquetas se ponen en un momento y luego tienden a perpetuarse, a resistir, como sucede con las etiquetas de las prendas de vestir, que siguen estando casi nuevas del todo cuando la prenda a la que pertenecen está ya para el arrastre. También es cierto que en ocasiones las etiquetas aguantan con cierta razón. Cuando el río suena, dicen, agua lleva. Pero sin duda son siempre simplificadoras, porque pretenden convencernos de que las cosas son de un solo color. Y la obra de un poeta, si es auténtica, tiene todos los colores de la vida, ya que no es distinta de la vida, sino que es idéntica a la vida. No puede ser de un único color, por tanto, pues tampoco la vida es monocroma.

A.G.E.: ¿Qué características comunes crees que tienes con respecto a los poetas de tu generación?

E.S.R.: Sinceramente, en momentos de no mucho optimismo tiendo a ver muy buena la obra de los poetas de mi generación que me gustan y muy mala la mía; porque la mía me la sé ya tanto que no le veo ningún mérito. Otras veces, con cierto optimismo, me digo: "¡Hombre!, a lo mejor alguna vez he hecho algún poema que no esté mal". ¡Ojalá! Pero similitudes o cosas comunes... No sé. Debe de haber, claro. En los poetas de un mismo período, cuando consideramos dicho período desde lejos, se observa una cierta atmósfera común, lo que se ha llamado a veces "el aire de una época", un lenguaje que caracterizó a ese tiempo, una serie de preocupaciones similares... Pero creo que nada más. Porque los poetas no pueden trabajar en equipo, como ya he dicho en otras ocasiones. Si los poetas de un momento determinado fueran intercambiables, o se parecieran mucho unos a otros, ninguno de ellos sería un verdadero poeta. El poeta sólo merece el nombre de tal cuando posee una voz personal, diferenciada. Pueden haber ciertas características comunes, que son más bien epidérmicas, pero si las obras de los distintos poetas no se distinguen entre sí claramente es que no hay en ellas auténtica poesía.

A.G.E.: Bueno, en las vanguardias esos juegos se intentaron. Poemas escritos a dúo, incluso a trío.

E.S.R.: Sí, eso es algo muy diferente. Era, como tú dices, un juego. Pero la poesía no es ni mucho menos un juego, aunque en ocasiones decida jugar un poco.

A.G.E.: De todas formas, has dicho antes que en tus momentos de pesimismo piensas que esos poetas están por encima de ti. Pero... ¿todos?

E.S.R.: Hombre, todos no, porque hay algunos verdaderamente infumables. Pero sí algunos de ellos. Siempre tiende uno a admirar lo que es distinto a él. Si ves bien realizada la obra de otras personas, la valoras mucho, incluso a lo mejor la sobrevaloras. Aun sucediendo que uno hubiera hecho poemas de la misma calidad que esas otras personas que admiras, tiende uno a valorarlos por debajo. Un poema cuesta tanto trabajo, hay que mirarlo tanto por tantos lados antes de darlo por terminado, que uno acaba bastante harto de él cuando consigue terminarlo. Es decir, que el poema con frecuencia -y ese es el motivo de que el poeta por lo general no relea su propia poesía- termina agotándose para quien lo ha escrito. Al menos, momentáneamente. A lo mejor, si relees un poema tuyo dentro de siete años, suponiendo que sea bueno, descubres de nuevo en él la emoción que te llevó a escribirlo. Pero cuando lo acabas de escribir, esa emoción está prácticamente agotada y el poema queda casi inutilizado para el autor, por el trabajo tan intenso que éste ha tenido que desarrollar para que el poema quede en el papel de la mejor manera, de esa manera que acaso llegará a conmover el corazón de los lectores.

A.G.E.: Lo que sí es cierto es que los poetas de tu generación y de la siguiente, bien como amigos o como compañeros de labor, te tienen en alta estima: Miguel d'Ors, por ejemplo, en uno de sus poemas, habla de la existencia de "un tono Eloy Sánchez Rosillo"; Fernando Ortiz, Andrés Trapiello, Vicente Gallego y muchos otros te han dedicado poemas...

E.S.R.: Con muchos de los poetas de mi generación, y también de la anterior y de la posterior, me llevo muy bien. Con casi todos tengo amistad y a no pocos los estimo como poetas. Algunos de ellos, por lo que dices y por lo que yo noto, parece que me corresponden.

A.G.E.: El hecho de que estés incluido en la mayoría de antologías-resumen de finales del siglo pasado (del siglo XX, queremos decir), ¿te hace pensar "qué buenos amigos tengo" o piensas que es justo el que te reconozcan y te enorgulleces de ello?

E.S.R.: El estar en una antología, si está bien hecha, es algo que tiene cierta importancia de cara al futuro de tu obra, puesto que ese tipo de publicaciones te van colocando en una especie de escalafón que después se tiene en cuenta para organizar el canon literario de un momento. En ese sentido es importante estar en las antologías. Pero tampoco debe uno hacerse demasiadas ilusiones con que eso es definitivo, porque todos hemos visto en antologías de épocas pasadas a poetas que hoy no son nada, y poetas que faltaban en tales antologías y que más tarde han supuesto mucho. Y sí, desde luego siempre es más agradable, incluso aunque la antología no sea muy buena, estar en ella que no estar. Cuando desarrollamos cualquier tipo de labor, nos satisface y nos enorgullece que cuenten con nosotros a la hora de los recuentos. Con el paso de los años, si uno trabaja con honradez y tiene suerte, se va acostumbrando a que lo que va haciendo consiga hacerse su sitio bajo el sol. Pero al principio, cualquier reconocimiento, por pequeño que sea, impresiona mucho. Y al comienzo del todo no podemos ni imaginarnos que con el tiempo se llegará a contar con nosotros. Si alguien me hubiera dicho a mí cuando tenía diecisiete años, quizá la época en que con más ilusión escribía, que algún día estaría en una antología de los últimos treinta años de la poesía española, pongo por caso, me habría parecido un sueño y me habría vuelto loco de alegría. Así que realmente sí me enorgullece que se cuente conmigo, porque de alguna forma veo que al menos en el momento presente mi obra no ha caído en el vacío. Por supuesto, no me hago ilusiones pensando que esto es un salvoconducto para el futuro, claro, como ya he dicho antes. Puede ser que en este momento salgas en quinientas antologías y que dentro de treinta años (o pasado mañana) nadie se acuerde de tu obra.

A.G.E.: Siempre nos ha llamado la atención tu poca afición a los premios literarios. Después del Adonais -y desde que lo ganaste ha llovido ya bastante-, has logrado publicar en las más prestigiosas editoriales de poesía sin necesidad de ellos. ¿Qué le debes a los premios literarios?

E.S.R.: Pues al único que tengo, que es el Adonais, le debo mucho, como ya he dicho alguna vez. Yo era un poeta que vivía en una provincia y que no tenía amistades literarias en Madrid ni en Barcelona, y ni siquiera en mi propia ciudad. Prácticamente nadie sabía que yo escribía. Por tal motivo, el conseguir el Adonais fue algo importantísimo para mí en su momento, porque dio lugar a que ese libro premiado, Maneras de estar solo, fuera publicado. Si no, muy difícilmente habría visto la luz. Entonces no era como ahora, que hay cuarenta sitios en cada ciudad donde uno puede publicar sus libros. Hay muchas más posibilidades ahora que cuando yo empezaba. En aquel tiempo era casi imposible publicar un libro, así, por las buenas y sin conocer a nadie. El premio Adonais me dio la oportunidad de publicar mi primer libro con cierto eco, en una editorial de difusión nacional. Eso era en aquel momento un sueño, sobre todo para alguien que como yo ni siquiera sabía si era de verdad un poeta o no. Lo más importante para mí de aquel premio fue precisamente esto. Que no sólo un jurado, sino unos lectores que compraban el libro te aceptaran como poeta; uno siempre duda -y más al comienzo- de si en verdad será o no poeta. Porque cuando uno escribe casi en secreto, como yo escribía -no exactamente en secreto, sino que no le daba publicidad a lo que hacía, ni se lo dejaba a los amigos ni nada-, no sabe bien si lo que está haciendo tendrá algún valor. Uno siempre tiene momentos de optimismo y momentos de pesimismo. Había momentos en que pensaba que mis poemas podrían tener algún interés, y por eso los mandé al premio. Pero también, si uno no es tonto de remate y muy vanidoso, tiene muchas dudas de si lo que hace valdrá algo. Y claro, que te den un premio como el Adonais, que entonces era muy prestigioso, tiene mucha trascendencia para alguien que está empezando. Ese premio me hizo poeta no sólo ante el mundo, sino, lo que es más importante, ante mí mismo.

A.G.E.: Tienes tal vez una pequeña lucha con la prosa. Numerosos poetas de ahora se han decantado en algún momento por ella. ¿Nunca te ha llamado la atención la narrativa?

E.S.R.: No sé si será por pereza, por escepticismo o por falta de confianza en mis no probadas facultades, pero jamás se me ha pasado por la imaginación escribir una novela. Pienso, quizá demasiado a la ligera, que todo lo que podría decir en una novela lo puedo decir más intensamente, y empleando menos tiempo para decirlo, en un poema. Falta que luego el poema sea bueno, pero ésa es otra cuestión. Desde luego, también habrá cosas que no se puedan decir en un poema, que requerirían ser expresadas en una novela, pero este tipo de escritura no entra dentro de mi horizonte. Yo digo siempre que en realidad no soy un escritor, y la verdad es que no tengo la sensación de serlo. Porque para mí el escritor en el pleno sentido del término es aquel que (al igual que el médico, por ejemplo, que trabaja como médico todos los días) trabaja con continuidad y escribe todos los días o casi todos y tiene la mesa siempre llena de páginas escritas. Y yo no soy así, desde luego. Escribo poemas muy de tarde en tarde, de forma discontinua, excepto en algunas raras épocas en las que salen de forma más seguida. Nunca me he profesionalizado, ni creo que lo haga ya nunca. Por fortuna, puedo ganarme la vida bien de otra forma. Eso no quiere decir que el poeta que escribe poco sólo piense en la poesía durante los momentos en que escribe. Tengo muy presente durante las veinticuatro horas del día, aunque a lo mejor haga un año que no escribo, mi responsabilidad como poeta, es decir, la labor pendiente, y siento además a diario el deseo intenso de escribir poemas y procuro estar disponible para escribirlos si es que ellos decidieran ser escritos. Y cuando oigo con intensidad palabras que me llegan y que parece que querrían ser un poema, por lo general me pongo y las escribo, no desaprovecho la ocasión. Otras veces, lamentablemente, las desoigo, me distraigo. Debería tener una disciplina más constante e intensa, porque la disciplina sin duda te aguza el oído y te permite escuchar con más frecuencia esas palabras que como te acabo de decir quieren tal vez encontrar su forma, su música, y llegar a ser un poema. Pero bueno, tampoco se trata de escribir muchísimo, porque en poesía la cantidad cuenta bastante poco. La mayoría de los poemas que he escrito serán innecesarios, pero si hubiera unos cuantos que fueran verdaderos poemas, daría por bien empleado el tiempo que he perdido en escribir también los que no tienen ningún valor. Puede que ellos prepararan el terreno para que surgieran los que acaso no son del todo despreciables.

A.G.E.: No escribes novelas ni cuentos. Sin embargo, algún crítico ha tildado tu poesía de narrativa. Y, es cierto que utilizas recursos poéticos que están más cercanos a la narrativa que a las reglas canónicas de la poesía.

E.S.R.: Eso es evidente. Mi poesía tiene algo de narrativa. Nunca soy un poeta abstracto. Mis poemas hablan de lo concreto y tienen siempre claramente un principio, un desarrollo y un final. Suelen partir de una experiencia autobiográfica, que se desarrolla narrativamente a lo largo del poema. Me gusta que mis poemas tengan una especie de argumento, que no haya en ellos elucubraciones abstractas. Para ese tipo de elucubraciones está la filosofía. Me interesa que el poema tenga un hilo argumental, para que el lector no se pierda, que cuente una historia completa. Los poemas pueden hablar de los mismos temas que la filosofía, pero de otra forma: vistiendo el esqueleto de las ideas con algo que la filosofía no suele tener: sensorialidad, carnalidad.

A.G.E.: En tu último poemario hasta la fecha, La vida, no aparecen esos poemas con los que solías abrir o cerrar tus libros y que funcionaban como prólogos o epílogos de los mismos. Y has abordado temas fundamentales de tu biografía, como la muerte de tu padre, que hasta ahora no habías tratado en ningún poema tuyo. ¿Se puede decir que has comenzado con este libro una etapa de madurez, en la que depuras temas y lenguaje?

E.S.R.: Uno siempre quiere hacer las cosas lo mejor posible, aunque no en todas las ocasiones lo consiga. Intentas hacer el mejor poema del mundo, naturalmente, y no el peor. Lo que sucede es que los resultados no dependen de nuestras buenas intenciones, sino de nuestro talento y de nuestra buena o mala estrella. Si se tienen ciertas actitudes y tienes ilusión y trabajas, supongo que la poesía que vas escribiendo se va desarrollando desde los mismos comienzos. No creo que mi poesía de madurez haya empezado en mi último libro. Soy ya bastante talludito; sería un poco tarde para comenzar ahora a hacer cosas maduras; lo que sí he hecho ha sido tratar de una manera más acorde con mi perspectiva de hoy, con mi edad, ciertos temas que antes veía de otra manera. Hay una evolución natural, creo yo, en mi poesía, una evolución que yo no premedito del todo, que no es deliberada. Desde mi libro primero hasta el último se ha ido produciendo una paulatina evolución, que no es espectacular ni muy perceptible si sólo tenemos en cuenta tal o cual poema y otro escrito inmediatamente después -uno no cambia de la noche a la mañana-, pero que me parece innegable si se considera toda la trayectoria de mi poesía, desde el comienzo hasta la fecha. Sólo alguien sordo y ciego, tonto o con mala fe podría decir que en mi poesía nada ha cambiado desde Maneras de estar solo hasta La vida. Yo he ido haciendo, casi sin darme cuenta (ya digo que se trata de un proceso natural), lo que uno debe hacer: he ido dejando en el camino cosas que en un momento me fueron útiles, pero que ahora ya no me sirven. El poeta, en su caminar, para ir más ligero de equipaje y poder avanzar mejor, debe despojarse poco a poco de todo lo que no le es absolutamente necesario, de lo que después de haber sido utilizado ya no precisa. En mi opinión, hay un proceso claro de despojamiento, de esencialización en mi trayectoria poética. El hombre que ahora soy sabe que hay cosas que no son importantes, y decide desecharlas; cosas que en ocasiones el joven que fui consideraba fundamentales.

A.G.E.: Explícanos un poco cómo ha sido tu relación con el monólogo dramático. Porque pensamos que es una especie de Guadiana en tu obra, que aparece y desaparece.

E.S.R.: Nunca elijo los temas de mis poemas, ni las formas. No digo: "Voy a escribir esta tarde un poema sobre esto y mañana sobre lo otro; el de hoy, en endecasílabos; el de mañana, en eneasílabos o en verso libre", sino que son los temas y las formas los que se van imponiendo. Siempre te produce sorpresa el que se produzca en ti una atención especial por un cierto tema y una cierta forma. El poema elige su tema y su forma, por más que tú, como al comienzo de la entrevista te decía, colabores lo más posible con las inclinaciones que el poema naciente va mostrando. Los monólogos dramáticos aparecieron en mi segundo libro, y después desaparecieron. No sé muy bien por qué. Quizá porque me fatigaba verlos en otros. En cierto momento, los monólogos dramáticos se convirtieron un poco casi en una fórmula para los poetas de mi generación. Y dejé de escribirlos, por hartazgo, de manera natural. Y luego, de la misma forma, han reaparecido en mi último libro. Y no sé si volverán a estar presentes en un futuro. Porque la obra futura de un poeta es de lo más enigmático. Y está muy bien que esto sea así, porque no tendría ningún interés si supiéramos cómo va a ser exactamente o incluso de manera aproximada. La poesía es una aventura. Si supiéramos cómo se va a producir, dejaría de serlo. Si de antemano estuviéramos informados de que en nuestro próximo libro vamos a escribir tres poemas sobre la muerte, cinco sobre las rosas y dieciséis sobre los atardeceres y las muchachas que pasan por la calle, y que los poemas iban a tener esta forma o la otra, me parece que nos aburriría escribir ese libro. Los temas y las formas de un libro van surgiendo a medida que el libro se va haciendo; el poeta sabe muy poco de su obra futura. Quizá tenga unas intenciones, unos deseos, pero luego la poesía que haga irá por sus propios caminos. El futuro siempre es un enigma para todos.

A.G.E.: En la poesía de Sánchez Rosillo la presencia de la muerte es constante. Hasta el punto de que llegas a personificarla en un poema. ¿Consideras a esta intrusa como parte fundamental de tu poesía, o ejerce como tal intrusa y aparece cuando menos te lo esperas?

E.S.R.: Como antes te he dicho, no hago distinción entre vida y poesía. Y precisamente por eso aparece ese tema en mi poesía, sobre todo a partir de cierto momento, porque es algo que ya cuenta en mi vida. El joven, aunque sepa que existe la muerte, en realidad la tiene muy poco en cuenta. El joven es eterno. Sabe que existe la muerte, pero esa atrocidad es algo que les sucede a los demás, y que parece imposible que te vaya a suceder a ti. Luego van transcurriendo los años y uno ya comienza a pensar que la muerte, como se ve en "La intrusa", empieza a formar parte de tu paisaje, de los lugares por los que te mueves. En los sitios que antes estaban llenos de sol, de luna, de cosas hermosas, aparece un personaje con el que no contabas, pero con el que a partir de entonces tienes que contar, porque es una realidad que nos aguarda a todos y que conforme vamos cumpliendo años cobra sentido e incluso corporeidad. Por eso la personifico en el poema a que te refieres.

A.G.E.: Y crees que la única manera que tiene el poeta de vencerla es el poema, es decir, la fe en la pervivencia de la palabra, como dices en tu poema sobre Meleagro de Gádara.

E.S.R.: Hombre, a la muerte no la vence nadie. Ni siquiera el poeta, aunque sus palabras sean más resistentes que el bronce, como decía Horacio. El poema es una forma de retar al tiempo. Pero el tiempo, por desgracia, acabará venciendo. Hablando en términos absolutos y poniéndonos pesimistas, tenemos que pensar que, aunque sea dentro de millones de años, esto dejará de funcionar. Parece que todo está llamado a desaparecer, incluso lo más resistente, el hombre, las piedras, el bronce y las palabras. No obstante, hay que seguir trabajando con fe, porque el destino del poeta es escribir y creer en la poesía, aunque no ignore lo que acabo de decirte.

A.G.E.: Bueno, terminamos. Te damos las gracias por tu atención y por tu amabilidad.