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NATALIA CARBAJOSA
DE LA MUERTE A LA VIDA, DE PEREIRA A MASTROIANNI En todas las civilizaciones habidas y por haber se aborda una y otra vez, sin agotarla, la dualidad vida-muerte. Las dos caras de lo único que somos y poseemos fascinan, aterran y preocupan por igual a pensadores de todos los tiempos, eso sí, por exigencias del guión, siempre desde este lado. Desde el infierno habitado de Dante, pasando por el atribulado periplo novelesco de Harry/Woody Allen o el constante coqueteo con la de la guadaña de Pasolini, todos han soñado con invertir, aunque sólo sea por unos instantes de lúdica ensoñación, la cadencia de ese hilo finísimo que separa ambos lindes, espejos de un mismo reflejo.
Asistimos, desde los primeros compases, a una obstinada reflexión del protagonista acerca de la muerte. Hombre grueso, achacoso, de una sensibilidad inadvertida por quienes le rodean y resignado a su solitaria viudedad, Pereira se nos antoja casi tan melancólico como Pessoa evocando el cielo gris del mirador atlántico. Acompaña a su languidez de pensamiento una delirante idea en torno a la cual gira su posterior desarrollo como personaje, que es lo mismo que decir el desarrollo de la obra: se le ocurre de pronto que quizá también él esté muerto. Sabe que eso es físicamente falso, y sin embargo se mueve por las calles llenas de policía salazarista, en efecto, como un muerto; mejor dicho, como un sonámbulo, ajado por dentro y por fuera e indiferente a pequeños episodios singulares (una revuelta en el mercado, la desaparición de un líder anarquista) que prefiere "no ver" por considerarse apolítico, salvaguardando así su condición, más propia de "ánima del purgatorio" que de hombre, en los inofensivos artículos y traducciones sobre autores franceses que escribe para el Lisboa (otra vez la literatura como refugio de quien no desea leer en la Vida). Es la Vida, sin embargo, la que un día le niega la posibilidad de aplazar su responsabilidad para con el mundo por más tiempo. El factor desencadenante no es otro que un artículo sobre la muerte leído al azar en una revista de vanguardia, firmado por un tal Monteiro Rossi. Ciertas frases del artículo, por su frescura y su brillantez (es decir, por no ser eco de "lo de siempre"), sacan a Pereira momentáneamente de su letargo y le instan a citarse con Monteiro Rossi, a quien piensa pedir que colabore en la sección cultural del periódico escribiendo necrológicas de poetas famosos antes de que estos mueran; hay que estar preparado, por si acaso. El encuentro con Monteiro Rossi resulta, hasta cierto punto, frustrante: no es un hombre maduro como él esperaba por la profundidad de su escrito, sino un joven recién licenciado en Filosofía y Letras que, para colmo, ama la vida y tiene una novia, Marta, demasiado aficionada a la política. Mas una atracción irresistible impide a Pereira abandonar el contacto con estos dos seres, que de pronto le infunden un impulso desconocido en los últimos tiempos (el joven, le cuenta al retrato de su mujer, con el que habla todos los días, incluso le recuerda a él mismo o al hijo que pudieron haber tenido). El caso es que, casi imperceptiblemente, en contra de su voluntad (o su costumbre) y no exento de toques de comicidad exquisita, nuestro protagonista va implicándose en la acción emprendida por sus nuevos amigos, reforzada por otros personajes de la película (Manuel, el camarero del café Orquídea, la mujer judía que conoce en el tren, el Padre Antonio). La inquietud que esta nueva situación genera en quien ya se había acostumbrado a esperar la muerte a la sombra cálida y segura de sus libros es inevitablemente dolorosa. El doctor Cardoso, director de la clínica talasoterápica donde realiza una cura de salud, le aportará algunas claves valiosísimas en este sentido: algunos médicos y filósofos reconocen la existencia de una confederación de almas, gobernadas por un "yo hegemónico" que en un momento dado puede ser sustituido por otros muchos posibles. En Pereira, según el médico, se está produciendo la aparición de un nuevo yo hegemónico que pugna por tomar la posición del anterior, y eso genera terribles tensiones internas de las que tan sólo el sujeto en cuestión puede hacerse cargo. El reconocimiento por parte de Pererira del nacimiento de su nuevo yo hegemónico no sólo no mitiga su preocupación por la muerte, sino que convierte a esta en un elemento real, lejos de las elucubraciones con que antes entretenía su pesadez de espíritu. Monteiro Rossi, el joven que amaba la vida, es asesinado en su propia casa a causa de una brutal paliza propinada por unos esbirros no identificados (a pesar de llamarse a sí mismos "policía") a la caza de subversivos. Con una rapidez de reacción fruto del dolor y la indignación y la ayuda de sus amigos, el doctor Cardoso y Manuel, Pereira consigue burlar a la censura y publica en la primera página del Lisboa, firmada de su puño y letra, la crónica del asesinato (con la connivencia del estado) de Monteiro Rossi, un muchacho cuyas necrológicas de escritores nunca llegaron a publicarse, pues el ardor revolucionario de sus palabras era inaceptable para la sumisión ideológica del periódico y el país entero a la fuerza bruta. Si en algo supera la película a la novela (otra vez aflora la subjetividad) es en la escena final, donde un Pereira más Mastroianni que nunca, con paso ágil y esperanzado por las aceras romboidales de Lisboa, se aleja con un pasaporte francés en el bolsillo mientras un chiquillo proclama a voz en grito la noticia estrella de hoy: "Brutal asesinato de un periodista". Portando en su mochila tan sólo unas mudas y el retrato de su mujer, Pereira se siente más vivo que nunca. Atrás han quedado los achaques, los kilos de más, esa casa sombría rezumando soledad donde, tal como indica en el artículo, descansa el cadáver del desdichado Monteiro Rossi. Bajo el excepcional seguimiento de la cámara, que pareciera enfocarle por primera vez, y los acordes in crescendo de una bella melodía de Dulce Pontes que ha acompañado toda la película, insinuándose tímida primero, decidida después, exultante y completa por primera vez en este momento, como fiel reflejo de la trayectoria del personaje, compartimos el momento emocionado de alguien que estaba muerto y despertó a la vida para cumplir con lo que se esperaba de él; que homenajeó con dignidad y ternura la muerte de aquel que lo empujó hacia su propio ser, y que vivirá eternamente en el recuerdo de los espectadores.
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