LUCÍA SCOSCERIA

Lucía Scosceria

Nació en Italia. Viajó primero con su familia a Argentina, después a Paraguay, donde se hizo maestra, pedagoga y abogada. Sigue residiendo en la ciudad de Encarnación (Paraguay).

Entre sus publicaciones destacan novelas como El lapacho (Von Bargen, 1993), Amelia (1994), El engaño (1995), los poemarios Desnudando el alma (Von Bargen, 1993), Poemas sin tiempo (1995), Sueños de Cristal (1999), los libros de cuentos Para contar en días de lluvia (1996), Decisiones (1997) y Sobredosis de cuentos (2000), donde se encuentra el relato "Rosas para María del Carmen". Su último libro de cuentos es T-quiero.com (2001).


ROSAS PARA MARÍA DEL CARMEN

 

Miré los ojos llorosos de Mirna. Mi corazón se encogió e infló al mismo tiempo, como si mariposas inquietas quisieran salir de él.

-¡Pero, no la puedo encontrar! Estoy segura que le pasó algo- y con un sollozo en la voz agregó- ¡Algo muy malo!.

No supe qué decirle. Sólo la abracé muy fuerte tratando de regular mis fuerzas para no lastimar su delgado y frágil cuerpo. Su temblor se metió por ósmosis en mi piel que reaccionó produciéndome miles de escalofríos que se dirigieron con maldad hacia mi columna vertebral.

Poco a poco logré calmarla. Su amiga, María del Carmen, había salido con un hombre, cuyo nombre desconocía. Y ahora ella había desaparecido.

Nos sentamos en la mesa de un café. Estaba desierto a esas horas. El frío no podía entrar a través de las transparentes puertas del local que dejaban ver la gente que caminaba encogida sobre sus abrigos y bufandas, mientras el viento convertía sus melenas en oscuras velas.

-Anteayer me dijo que me contaría todo. Una cruel verdad. Fue imposible sacarle nada debido al llanto. Sólo dijo que estaba embarazada. Que tendría su hijo pese a todo.

Las lágrimas volvieron a sumergir en cristalinas aguas sus grandes ojos negros.

-¡Sé que le pasó algo horrible! ¡Lo sé!

-Habrá viajado. Ya tendrás noticias de ella. Siempre fue medio tarambana- como si fuese una idea brillante, agregué: Habrá ido con el hombre que la embarazó.

-No, no. Ya me dijo que no quería saber nada del tipo. Que era un ser sin alma. Un ser inferior. Que no se perdona haber tenido relaciones con él. Que sólo fue una vez. Que estaba ebria.- Hizo una pausa- ¡Pobre! ¡Se la veía tan desesperada! Me repetía constantemente que me quería. Pero nadie sabe dónde está. Sus compañeras de facultad me comentaron extrañadas que no fue a estudiar por la tarde. ¡Ella! Que jamás falta a una cita de estudios.

Comenzó nuevamente a llorar. Trató de tomar el café, pero el temblor de sus manos hizo que se derramara gran parte en el platillo. La gente que paulatinamente iba entrando en el local nos veía con mirada curiosa por los sollozos que de vez en cuando se escapaban de su garganta.

El timbre de su celular logró que se callara unos instantes. Pronunció ¡Hola! Con un brillo tan esperanzador en los ojos y con tanta ansiedad en la voz, que sentí pena por ella. Al rato se apagó la luz de su mirada. Su sonrisa se convirtió en una mueca triste.

-¡Ah, bueno, si saben algo, por favor, háganmelo saber!

Volvió a llorar bajito, lamentándose como un cachorrito separado de su madre. Pensé que era mejor irnos a otro lugar. Ella se dejó llevar. Tomamos un ómnibus. Después de media hora llegamos a mi casa alquilada, lejos del centro. Mi presupuesto no daba para más.

La llevé a la cama. Le hice masajes en el cuello y la espalda. Se dejó acariciar como un gatito ronroneante, se aflojó entre mis brazos y se durmió.

Su sueño era inquieto. Sus párpados se movían constantemente, sus labios resecos parecían murmurar frases ininteligibles. Era hermosa, con los rasgos clásicos y suaves de las madonnas de la antigüedad. Su atractivo contrastaba totalmente con la belleza agresiva y exuberante de María del Carmen.

Las chicas se habían conocido en el primer curso de la facultad. Se habían hecho amigas desde el primer día de clases. Eran polos opuestos. Mirna era callada. María del Carmen dicharachera. La una tan débil, la otra tan fuerte.

Recuerdo el primer día que vi a Mirna. Me pareció tan delicada como una copa de cristal, delgada como un junco, tan tímida que hasta parecía insulsa. Pero más tarde conocí su romanticismo, sus sueños, su concepto de la amistad. No me costó mucho, bah, casi nada, hacer que cayera totalmente rendida a mis pies.

Necesitaba tanto un poco de afecto, de cariño, sentimientos que sin pecar de modesto tengo en abundancia. Bueno. Yo se los di. Claro que sin que ella lo supiera se los daba a muchas otras mujeres.

Pero la pequeña y anodina Mirna tenía sus ideas. Cuando se enteró que tuve una aventurilla sin importancia, desde luego, me habló, como dijo ella "con el corazón en la mano". Prefería dejarme libre si no me sentía maduro para una relación seria. Me hizo pensar mucho la chiquilla. Me di cuenta que la quería. Era un amor "sui generis", no tan melodramático, pero llegué a la conclusión de que sería difícil vivir sin su cariño.

Claro que sé lo que decían de mí sus amigas. Que estaba interesado en su dinero, que era mujeriego, que no podía ser fiel a ninguna mujer (¿Habrá alguien que lo sea?) y otras cosas más. Pero el amor sólo ve lo que quiere ver. Como ella me amaba la convencí de que yo era como ella quería que fuese.

Sus padres me habían dado el visto bueno. "Un joven con deseos de superarse es lo que necesita Mirna"- habían dicho al saber que trabajaba y pagaba mis estudios- así que entró en nuestros planes el casamiento. La boda sería antes de navidad.

La desaparición de su amiga había revivido una depresión psicótica que había sufrido durante su adolescencia. No sabía qué hacer para sacarla del pozo y darle ánimos.

María del Carmen era una morocha muy inteligente que profesaba una verdadera amistad hacia Mirna. Siempre me miró como el tercero en discordia, como si fuese un indeseable. No sé porqué le caía mal. Ella en cambio, me gustaba. Más de una vez fue protagonista de mis sueños eróticos. Sus voluminosos pechos, que se adivinaban maduros y suaves como frutas en sazón me perseguían en noches insomnes. Su cintura estrecha era la causa que ellos sobresalieran tanto, llamaran la atención y le dieran el aspecto de una real hembra.

A pesar de que faltaba un mes para el invierno, mayo estaba caprichosamente caliente en esos días. La lluvia no llegaba. El ambiente seco lograba que la temperatura alcanzase hasta treinta y ocho grados.

La fiesta en la discoteca organizada por el grupo de la facultad, había sido un éxito. Todos se divertían bailando. Mirna reía en mis brazos. Sus dientes eran una calesita caleidoscópica bajo las luces psicodélicas que giraban en el techo. María del Carmen bailaba con Aldo, un admirador suyo que la había hecho tomar más de la cuenta. La gresca que se originó a la salida fue el detonante para que finalizase precipitadamente la reunión bailable.

La policía intervino, llevándose a los que no tenían documentos (Aldo fue uno de ellos). Conduje su auto hasta casa. Las dos chicas, que no estaban acostumbradas a las bebidas alcohólicas, no podían caminar, parecían haber entrado en coma.

A Mirna la pude cargar fácilmente, era una pluma, no tendría más de cuarenta y cinco quilos. María del Carmen, más pesada, me exigió un mayor esfuerzo. Pero logré alzarla y depositarla en el sofá de la sala. Su rostro estaba sonrosado y la boca semiabierta. Juro que parecía sonreírme. Pero no, tenía los ojos cerrados. La respiración rítmica de su pecho me indicó que estaba dormida. Su blusa trasparente estaba abierta, dejaba ver sus dos magníficos y enormes senos apuntando hacia mi boca. No pude contenerme. Mientras la depositaba suavemente en el sofá, mi boca se prendió de sus pezones. Una voz extraña dentro de mi cerebro me decía que no debía hacerlo, pero en vez de seguir esa recomendación, me posesionaba de uno y de otro pezón, como un bebé hambriento. Los succioné con frenesí. Con ternura, con ardor, con lujuria, con ansiedad, sin descanso.

Traté de dejarla. Pero en la penumbra sus senos ejercían sobre mí una fascinación increíble. No podía apartarme, no podía separar mi boca de esos suaves y redondos manantiales de elixir tibio y lleno de deleites.
Ella seguía dormida. Aunque no puedo asegurarlo. Sólo la oía respirar. A unos metros de nosotros, Mirna roncaba estrepitosamente.

No tuve noción del tiempo. Un rayo solar inesperadamente husmeó por las rendijas de la puerta. ¡No podía creerlo! ¡No podía ser la aurora!

Pero sí.. Como un ser hipnotizado que sale de su trance volví a la realidad. Mi cuerpo desnudo- no recuerdo haberme quitado las ropas- se hallaba lleno de sudor mezclado con las secreciones de María del Carmen que me pareció escultural en su semidesnudez. Le abroché torpemente la blusa, después de luchar por introducir sus senos dentro de su corpiño. Le bajé pudorosamente la pollerita corta que no alcanzaba a tapar ni la mitad de sus muslos. Como un poseso me puse los pantalones. Ella abrió los ojos. Me miró a través de sus pestañas entreabiertas. Iba a pedir perdón, iba a susurrar algo, pero ella tomó una posición fetal en el sofá y cerró los ojos nuevamente.

Cerca del mediodía estuvimos todos de pie. María del Carmen no dijo nada. Ni siquiera sabía si ella se había dado cuenta de lo que había pasado entre nosotros en la madrugada. Yo creo que sí, porque antes no me hablaba mucho, pero ahora lo hacía sólo lo indispensable. Juro que nunca más pasó nada entre nosotros y que a Mirna la fui queriendo cada vez más. Hasta rechacé a varias chicas, algo insólito en mí, por temor a ser descubierto.

Yo no puedo contarle a mi novia que el bebé de su amiga es mío. La perdería. Nunca voy a olvidar lo que pasó ayer...

El timbre me sobresaltó al amanecer. María del Carmen me pidió permiso para pasar. Antes de que dijera "mu" entró. Su cara estaba roja por el frío. La escarcha había dormido sobre algunas plantas raquíticas de mi jardín matándolas en un abrazo mortal. Habían pasado unos tres meses desde que había vivido con ella un sueño terrible, caliente, en este mismo lugar. El recuerdo llegó a mi cerebro como las aguas virulentas de una catarata arrojándose al abismo. Sentí mi sangre correr alocadamente en mis venas y desembocar en lugares inoportunos.

Su voz fue más fría que la helada madrugada que abrazaba afuera el paisaje.

-Siempre creí que fue un sueño, es decir, una pesadilla. Tú, libando de mis senos. Yo, incendiándome con tus besos. Era un pensamiento prohibido, un deseo recóndito. No lo supe hasta hace una semana. Ahora sé que todo fue verdad.

Me pasó un papel donde entre otras cosas decía que un examen de embarazo daba positivo.

-No hubo ningún hombre. Sólo tú. Este bebé -señaló su chato vientre- no tiene culpa de lo que pasó. Es inocente. Al igual que Mirna. Pero tú- y su dedo índice me apuntó como si fuese un arma letal- eres culpable. Yo... -vaciló unos instantes- no lo sé. Pero somos personas adultas. Debemos hablar. Ella es la hermana que nunca tuve. Ella me quiere. Confía en mí. A ti te adora. Me pregunto: ¿Debemos decirle la verdad?

Mi respuesta fue inmediata. ¡No! ¡No! La perdería para siempre. Lloré, supliqué, me disculpé, pedí perdón, imploré que no dijera nada. Pero todo fue en vano. Ella ya había decidido contárselo todo a mi novia...

-No debemos construir nuestra vida en una mentira- dijo como si fuera una actriz de telenovela.

Cerré los ojos. Vi mi futuro en un instante. Sin Mirna. Mis ilusiones de trabajar con su padre truncadas y mi soledad sin fin. No podía dejar que ella destruyera mi vida por su concepto de la amistad. Traté de detenerla. Ella se deshizo de mis brazos que querían impedir que se fuera. Comenzó a gritar, pero le tapé la boca con una almohada. No recuerdo cuanto tiempo.

Su mano me toma del cuello y me atrae hacia sí. Me acuesto a su lado. Se encoge entre mis brazos. Gira sobre su espalda. Comienza a besarme. Nos amamos tiernamente, con delicadeza, con una suave pasión que recorre su camino sin prisas, hasta llegar al desfiladero donde caerá lentamente al mar de la quietud.
Nos dormimos uno en brazos del otro.

Es un nuevo día. Desayunamos en silencio. Le acaricio la mano mientras me extiende la panera. Me sonríe con la mirada lejana.

La llegada de la primavera se nota en el frío jardín. El verde ha renacido repitiendo el milagro de todos los años y se desdobla cual abanico con su amplia gama en las nuevas hojas que han brotado en las otrora desnudas ramas de los árboles. El cielo, vestido de un prístino azul, se extiende como un techo infinito de luz.

Los rosales del jardín se hamacan en la brisa mañanera.

-Sé que encontraré a mi amiga. Perdóname si ayer me puse algo histérica.

Le sonrío. Salimos hacia la calle. Ella aprovecha para hacer una llamada mientras cierro la puerta. Disca con decisión. Miro las rosas bajo la ventana del comedor y me pongo inquieto. Sus ojos soñadores se dirigen hacia los rosales. Atrae su atención un objeto oscuro. Con decisión se dirige hacia él. Es un celular. Antes de recogerlo su mirada me avisó que lo había reconocido. Sus ojos negros miraron la tierra removida bajo los altos rosales. Con increíble asombro se detuvieron en los míos.

No me detuve a dar explicaciones. Su grito rompió la mañana azul que sólo un terrible pesimista podía presagiar funesta.

Le dije adiós con mi pensamiento. Antes de girar la esquina, pude ver su patética figura gritando, llorando, cavando con sus manos desnudas la mansa tierra que cubría los rosales, cuyas rosas mustias dejaban caer con suavidad sus pétalos perfumados, como un póstumo adiós para María del Carmen.


 

CARLES CANELLAS
(Hospitalet de Llobregat, España, 1968)

Recibimos a través de internet este cuento que recrea con ingenio y respetuosa desmitificación la figura del narrador argentino Jorge Luis Borges y su obsesivo universo literario.


EL FIN DE LA LEVITACIÓN

Prólogo

Me solicita Carles que haga un prólogo para este Homenaje al Aleph de Borges, cincuenta y pico años después. Yo le repito numerosas veces que no he leído a Borges, que sólo a autores serbocroatas por motivos de trabajo y a gallegos por convicción nacionalista, pero él me dice que es igual, que le gustaría que prologase su cuento. Sólo puedo decir dos cosas: Primera, si no ha leído El Aleph, de Borges, no siga leyendo, se va a perder en paráfrasis sin sentido y divagaciones de dudoso doble sentido, que no entenderá para su desesperación. La segunda es más importante: si no ha leído El Aleph de Borges, ¿A qué espera? Vaya a leerlo enseguida, hombre, no sabe lo que se pierde. Y luego podrá leer este trabajo de mi amigo Carles y disfrutar de él con una copa de buen vino.
(Acebedo Bandeira, traductor de serbocroata y gallego de pro)

PD: ¿Seguro que este tal Borges no es gallego?

Homenaje al Aleph, de Borges, cincuenta y pico años después

Lo primero que hice al llegar a casa, fue poner sobre la mesa del comedor la bolsa de cartón marrón. De ella saqué las dos botellas de Torremilanos Gran Reserva del 92, y el libro. Luego abrí la vitrina, y saqué una copa de las especiales, de las que sólo uso con el muy muy buen vino. Fui a la cocina, y con un trapo de algodón blanco que anteriormente fue camiseta, froté la copa hasta que toda presencia de polvo fue eliminada. El ritual era preciso, y la ausencia de mi mujer, en viaje de trabajo, hacía las cosas evidentes. En el congelador tenía la cena preparada, lista para pasar de estado de hielo compacto a apetitoso asado por obra y gracia del microondas, pero no estaba hambriento. La impaciencia de la lectura me invadía, tanto me habían recomendado aquel libro. En mi mente, las palabras de Prísilo, un compañero del taller literario: "Has de leerlo, y has de dejar que te musique en la cabeza. Deja que las palabras bailen, que formen espejos de piedra y plata en tu cerebro. Has de leerlo de una tacada, y has de leerlo con una copa de buen vino, deja que el vino y las palabras se entremezclen en una mixtura de extravagantes efluvios". Y aproveché la ausencia de Marta para iniciar el ritual que concluiría con la lectura del incitante volumen. Tras el duro y rutinario trabajo, marcado por los eternos rituales de las usanzas repetitivas, primero la librería. Ya lo tenía encargado, ya estaba listo, ya estaba en mis manos aquel tomo en rústica que se me llevó parte de mi dinero. Pero mucho peor fue el pago al bodeguero arisco, barrigudo, malcarado cretino que me quiso cobrar el vino a precio de sangre de doncella recién extraída. Pero como me llamo Carles que tal ultraje no quedó sin respuesta, ya que al salir tramé con tiza un tantra maligno de helicoidales rosacruces en la puerta, de la simbolografía tibetana, para ser exactos, tan efectivo y de tan avieso resultado que no se volvió a vender en aquella tienda hasta que se hizo traer a un sacerdote alto y cadavérico a exorcizar el local. Y tras las compras, excitantes en su ruptura de las rutinas acostumbradas y de la realidad circundante, el trayecto a la vacía, eterna casa. Y frente al apagado televisor, en el mullido sofá, con la única luz de la lámpara de pie, perfecta para leer, me adentré en la lectura, con sorbos de vino entre párrafos, de El aleph, de Borges.

Acabé el libro sobre las tres de la madrugada, al mismo tiempo que vaciaba la copa con un último sorbo de aquel robusto tinto de sabrosos aromas frutales, de madreselva y albaricoques maduros. Sobre la mesa, una botella vacía y otra a medias. Traté de restar varado en el sofá, intentando empapar mi mente de lo leído, abstraerme de la insulsa realidad, intentando musicar los espejos del vino con la mixtura de efluvios de las palabras. Francamente, creo que estaba a punto de conseguirlo, cuando mi vejiga me interrumpió, y me obligó con súbitas punzadas a olvidarme de todo aquello y a preocuparme de asuntos menos etéreos y más de humanos. Me levanté y me dirigí al lavabo, en el piso de arriba, con cierta prisa acuciante, tanta que estuve a punto de tropezar y caerme escaleras abajo. Por suerte, eso no ocurrió. Pulsé el interruptor que enciende la luz, entré en el excusado y me quedé patidifuso.

Vi un panzer, un triceratops, una mujer desnuda con una boa al cuello, un jaguar cuya piel era una palabra mágica, a mí mismo muy joven de chachara con una seductora damisela que nunca conocí, un inglés muerto con un cuchillo de hoja triangular, un viejo de barba blanca con un triángulo en la cabeza, durmiendo o acaso muerto, un arroyo de agua nauseabunda frente a una ciudad negra, a Heráclito discutiendo de moda con Schubert, un laberinto de granos de arena, una casa donde locos imitaban la vida, un toro con cabeza de muerto junto al cadáver de un león sin rostro, un cáncer en el ojo de una esfinge, dos teólogos (o era uno sólo), un nazi y un porteño adúltero encerrados en una cárcel hecha con libros, una hermosa mujer que venga a su padre, cobarde muerto en la batalla de Masoller y héroe vivo cuarenta y dos años más tarde, en Entre Ríos. Y vi más cosas, tantas que no puedo enumerar, pero todas a la vez, no en sucesión. Es decir, que el tanque estaba superpuesto en un punto con el dinosaurio, con el mundo, con el universo. Para mi desgracia. tenía un aleph en el lavabo de mi casa.

Reflexioné. He de hacer notar que no es tarea fácil la de pensar con la vejiga a reventar, intentadlo vosotros y sabréis lo que sufrí aquellos instantes. Pero vayamos con el hilo difuso de mis pensamientos. No podía ser un aleph, ya que sólo existe uno, en una de las columnas de la mezquita de Amr, en el Cairo. Por lo tanto, se trataba de un falso aleph. En vez de perderme en el infinito de imágenes, miré el reflejo de aquella amalgama de visiones superpuestas en el gran espejo sito sobre la pica de lavarse las manos. Allí sólo restaba una imagen, sólo una, inmovil, quieta: se trataba de Borges, con expresión sorprendida, que repetía incansablemente la misma cantinela excusatoria "Che, no me acuses vos de esta boludez, contáselo a Carlos Argentino Daneri, que es el boludo que inició esta historia". Hice lo único que puede hacer un hombre en estas circunstancias: Agarré la jabonera de cerámica, golpeé el espejo rompiéndolo en mil pedazos, fraccionando en infinitésimas porciones de imagen a aquel Borges que era el reflejo de un aleph falso, y, tras cercionarme que la sucesión de imágenes había desaparecido de mi morada (en el suelo, justo donde se encontraba el falso aleph, se hallaba una moneda de cinco duros*, que me puse en el bolsillo), vacié la vejiga en el inodoro y me dirigí a la cama, cansado de boludeces varias.

Antes de dormirme, una terrible idea ha invadido mi mente: ¿Y si yo soy Borges reflejado en el falso aleph de casa de Beatriz, y Carles sólo es un reflejo, una palabra, en mi corriente mental? ¿Y si no existimos ni Carles ni yo, Borges, sino sólo Carlos Argentino, que nos escribe en versos en su "La Tierra"?

Prometo reflexionar sobre eso, sobre todo si consigo que el techo deje de dar vueltas sobre mi cama.

*Nota del editor: La moneda de cinco duros española, cuyo nombre oficial era de veinticinco pesetas, es la única del sistema monetario de este país que tenía un agujero central ¿Tendrá relación con la de veinte centavos argentina de los años cuarenta?