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SALVADOR GARCÍA JIMÉNEZ(Cehegín, España, 1944) Se doctoró en Letras por su tesis La influencia de Franz Kafka en la Literatura Española. Ha publicado libros de cuentos como Desaparece un ángel de Salzillo (1990) o Graellsia (1992) y novelas como Sonajero de plata (1999) y Síndrome de burnout o el Infierno de la ESO (2001). Toda su obra ha sido analizada en la tesis doctoral El proceso creador de Salvador García Jiménez (2002), escrita por el profesor Juan Cano Conesa. |
Ofrecemos el primer capítulo -con título homónimo al de la novela- de Puntarrón. Un joven Salvador la escribió en 1969. Ha sido reeditada (2002) por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Cehegín, presentada con un interesante prólogo de Jesús de la Ossa Abril que nos dice: «Ahora con la reedición de este Puntarrón (...) volvemos la cabeza a aquel niño que taraceaba manuscritos, que transitó aquel pedazo de tierra del viejo Cehegín cuando los cuervos de las cinco anunciaban la merienda, grabadora en mano, para buscar el olor de la hierba seca, el perfume de los peros de alcuza que las abuelas metían en los armarios entre la ropa blanca, o las voces de aquellas viejas estrellas, transidas, con el tabardo al hombro, que fumaban tabaco de cuarterón con la vista perdida, y que ahora tienen para él el rostro del fulgor de Venus. Eso, amigos, llena y justifica toda una vida».
Las callejas colgando, en rosario de guijarros hasta el río, aguantan las desgalichadas casuchas del barrio áspero y renegrido. Este puntal de Cehegín tiene estampa de postración hincada, acatando el sufrimiento del más mineral de sus hombres. Entre ellas, enarenadas por las últimas lluvias que han sacado lustre al pueblo, se pone a prueba la fatiga y, conforme los años sentencian a la carne, un resoplido de niebla desparrama nostalgias que se cuelan a través de las rendijas y cerraduras de los postigos de almagra. Así, los viejos, arregostados a la altura, llegan con la saliva reseca y las piernas desmayadas, igual que una de esas brisas flojas que al instante de aparecer cae en picado sobre las espigas, para beberse en la taberna un tinto y jugárselo a las cartas mientras sus nietos distraen la espera agazapados en cualquier refugio, con el dedo índice en ficción de pistola, a punto de ponerse «manos arriba».
Las callejas, afilándose lo inverosímil, dejan habitar mondo a un rayo de sol, semejantes a varios ojos de aguja enfilados. No obstante, se deambula entre ellas al rozarlas, bajo una calma celeste y milagrosa que simboliza la salvación; pero, de padecer, se le ha surcado la sonrisa a los hombres y abierto una torrentera, bajo las miradas, a las mujeres.
Los viejos impresionan con su plante de madera de encina, de menhir. Lo saben. Se vanaglorian y cacarean que no habrá quinta nunca más duradera que la suya, pues los vicios de hoy frenan vuelos de vida. Lo pregonan cuando parten las almendras con los dientes propios o descargan los motocarros de chamarasca de sus yernos. Y no cesa esa sangre de lagartija, temiendo que el tiempo sacuda alas de orín en la mismísima flor de sus músculos.
Durante el día babean sol las fachadas, sobrecogidas por un miedo a sucumbir secular, copiado del que llevan a sorbo callado sus habitantes acartonados. A la noche, el viento arrastra de la luna una franja algodonosa de nubes, hecha pus espectral, y cae un helor lívido sobre la sinfonía gris de los tejados. Lo experimentan todos, que han pegado aldabonazos de madrugada tras prolongar sus juergas con la cabeza empañada de aguardiente, con los agudos y secretos escalofríos que, como una tormenta, relampagueaban en sus carnes.
Son pobres de pobres sin vislumbre de redención: el que la tuvo la vendió barata o puso candado definitivamente a sus huellas, llevándose con los dedos una señal de la cruz a los labios y esculpiendo después con un juramento sobre la cuesta; y el que no la aprovechó, prefirió madurar allí, con su amargura conocida más que con una alegría sin certeza de porvenir en cualquier otra tierra. Malviven así, se resisten: hoy, una pella de barro a la esperanza; mañana, Dios dirá. Nacieron y les gustaría hincar el pico en el duro y abrasador acantilado de su arrabal.
Lo bautizarían con el nombre de Puntarrón cuando el sol se le pusiese, rebosante de mugre, tirado a la bartola, cumplido, con telarañas bajo el alero de sus tejados, dando las finales boqueadas. Quien lo atalayó antaño ensimismado, con la baba caída de su vitalidad y su fuerza, al contemplarlo hoy ardería en deseos de proferir como sus octogenarias de pañuelo enlutado a la cabeza «En gloria lo gocéis», percatándose de que no existen remedios. Y con una conformidad truculenta le ahuyentarán las moscas a manotazos, moscas que regresarán viciadas en los hediondos desperdicios; pero a la postre, saliendo del paso, se le irá su desazón y a la par la tristura de saberse motejado con el nombre astroso y desestelado.
Se respirará una mezcla de paz y de honrada bestialidad cuando el toque de campana celebre el ocaso y la pértiga del último rayo de sol le caiga rota entre los guijarros. Le vaciarán los vecinos, a hurtadillas, sus calderos de basura y orinales. Forzosamente al anochecer, presagiando insomnios desgarradores, bajará con lágrimas turbias hasta el río Argos, sin decidirse pudoroso a contarle su jornada. Llegará, remojará su fatiga caliente, lavará las manos polvorientas, magulladas, y dará la sensación de encender un cigarro al confundirse su brasa con la punta de algún lucero parpadeante. Al cabo, alcanzará la serenidad y concluirá por abrir su talega de secretos al Argos indeleble, que traerá murmullos para asentir en voz baja y unas sales de su nacimiento para curarle las ampollas reventadas.
La gente que se recoge a sus hogares, ausente y con la desgracia en los talones, nunca se tropieza con el fantasma encalado del Puntarrón.
-¿No notas la casa fría? -pregunta un hombre a su mujer.
-¡Que ya somos muy viejos, Manuel!
-Pero, ¿la notas?
Y se rizan en ovillo, pasmados ante la soledad o la cercana muerte. El Puntarrón se paraliza. La alcancía de su corazón no zurre ahora con ningún pesar. Junta las manos; las apoza, robándole al Argos un «calderón» con estrellas que se lleva la sed.
El matrimonio no consigue conciliar el sueño.
-Debíamos de liar los bártulos y marchar con los nuestros a Barcelona.
-No nos apañaríamos.
Se acercan tratando de acoplarse en las arrugas.
-Esto pegará un barquinazo.
-Dios aprieta, pero no ahoga.
-Nos quedaremos como los pulpos, pegados a esta cueva.
El viejo toma la paciencia de la vega en los inviernos áridos. A las mujeres se les dirige al pico del corazón hacia la tierra de los hijos.
No se aclimatarían.
-Ya verás como todo vuelve a su sitio.
-No nos engañemos.
-No va a ser peor que cuando la guerra.
Terminaron por no hacerse cábalas. Nadie arrancaría de las piedras del Puntarrón al terco y soñador ceheginero.
-Parece que han caído chuzos en la alcoba.
Ella doblega su voluntad y deposita un beso en la frente del hombre que suspira agotado. Flota sobre sus hombros la cabellera deshecha. Se dejarían cortar ambos un brazo por recuperar aquellos besos largos, fragantes de juventud, que ahora resultaba inútil recuperar.
Se retiran avergonzados, sofocando sus pensamientos, a cada extremo de la cama, rezando una oración rutinaria para procurar dormirse.
-...Maslibranosdelmalamén.
El Puntarrón aúpa su corazón cansío a la grupa de los sonámbulos «morciguillos». Cuatro lámparas solamente a sus costados representan la vela de un muerto, lo destacan con su luto reciente de coraza. Un gorigori asciende del Argos cantado por un orfeón de ranas.
Sin embargo, tiene otra cara el barrio malherido: de barahúnda, de charanga, de bullicio, puesta a la curiosidad incesante de los niños. Con ellos muestra en las carcajadas la dentadura negra de sus rejas; pestañea con sus bombillas al no poder seguirlos en sus inacabables correrías. Se entusiasma el Puntarrón con sus hijos y lo abandona todo, todo: que no se corta el pelo verdirrubio de musgo, crecido en los carriles de sus tejados. Y se aprieta el vientre de paredes bufadas para no destronarse de risa cuando con cisco le rascan la piel al dibujarle monigotes. Hay momentos en que él también se las trae en bromas; los zancadillea con sus músculos de guijarro; les tira vencejos, chamarices, gorriones a las cabezas que el sol le abrasó en la suya. Y les asusta, si se retiran mucho a la fuente del Recuesto, al cabecico de San Agustín, el que se vaya reduciendo hasta volverse casi un bolón de china. También al mediodía les mete miedo en los huesos, cuando lo observan después de darle de comer a sus padres a la huerta; y se mueve, vibra con un halo azulado, como si fuese a dar un brinco a otra roca más alta por la baba del sol que lo lame, y ellos se lo imaginan en silencio un monstruo legendario, un lagarto colosal aprisionado por un cielo de jarapa.
Al volver, lo saludan. Vienen cargados con un saco de panochas tiernas para asar en la lumbre, encorvados como una humillación que les hace la noche por irlo reconquistando a medida que lo acarician con sus pasos menudos.
No lo cambiarían ni por un rascacielos, ni por un chalé en la playa, aunque murieran un día sin haber visto el mar. Lo tienen tan multiplicado, tan presente en los mismos charcos de agua de lluvia donde luce un moño de nubes indiferentes; en las alas que les proporciona el ejercicio de sus cuestas, en la piel tostada por su tacañería con las sombras..., que se partirían la crisma con el que les dijera que su barrio estaba podrido. Si se contagiasen de la mala corazonada de los viejos, seguro que el pecho se les quebrantaría de tristeza.
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ÓSKAR SARASKY(Costa Rica, 1964)
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Tiene doble nacionalidad: costarricense y estadounidense. Es profesor de español, literatura y teatro en Nueva York desde 1980. Reconoce su pasión por pintar, cocinar y leer a autores como Saramago, Cortázar, Kazantzakis, Borges y Saer, entre otros. Uno de sus autoanálisis: «Aprendo a escribir porque para eso nací. Mis estudiantes son mis mejores profesores, me enseñan que cada día es distinto y no sé nada. Sueño con que los obreros manden, y cuando sea grande quiero ser como mi hija. La lucha continúa, como diría algún terco a finales de los años 60. La literatura es un tormento maravilloso».
Aquello era demasiado. La persistencia del canto logró que Juan perdiera la noción del ritmo del reloj, del tren, de la planta ensambladora de tractores, del cantar de los pájaros, y hasta de la brisa misma.
Cansado de adivinar qué podría ser el ruido que lo desveló por varias noches, buscó una escopeta y caminó hacia el río. Caminó con sus pasos lentos y firmes. Pasó por encima de un tronco viejo, pisó un puñado de hojas, rodeó una piedra milenaria y se hundió hasta los tobillos en un riachuelo lleno de desperdicios que soltaba la fábrica de empaques para hamburguesa.
Aquel tenía que ser el ruido más extraño jamás escuchado. Parecía un llanto.
En Turrialba Juan había escuchado muchos cuentos que hablaban de una mujer que tuvo un hijo sin permiso ni sacramentos. Como castigo, los encargados del Santo Oficio ordenaron que su hijo fuera llevado al río y abandonado, para que los animales salvajes acabaran con aquel fruto del pecado. Cuando la mujer supo dónde habían llevado a su hijo, se fue al río y lo buscó. Decían que caminó por el río por varios meses, esperando encontrar aunque fuera los despojos de la ropa de la criatura. Con el pasar de los años, la mujer se volvió arisca y dejó de hablarle a las personas, tan sólo caminaba por las orillas de los ríos, llorando. La empezaron a llamar La Llorona. Decían que el penar de aquella mujer era el más profundo, y que su llanto hechizaba a quien iba a morir en soledad; escuchar su llanto era señal de mal agüero, pronosticaba muerte.
Juan recordaba todo aquello cuando cayó en cuenta que no estaba en Turrialba, sino en Nueva Jersey y que en este pueblo, suyo desde hacía más de veinte años, estas cosas no podrían suceder. Bueno, realmente no era tan suyo, sino que ahí era donde vivía. Porque los vecinos, europeos todos, se lo habían dejado saber desde que llegó. Por eso no cruzaba palabra alguna con nadie, apenas lo necesario. Iba al cine y al dinner solo, para evitar los malos gestos y el murmurar de los caucásicos. Además, Juan había perdido contacto con todos en su tierra natal, exceptuando las cartas esporádicas que recibía de su hermana desde la muerte de su madre.
Por esa razón Juan trataba de estar solo la mayor parte del tiempo: iba a la fábrica y regresaba a su casa sin detenerse en ninguna parte, y desde la peste de las cabezas rapadas, Juan había adquirido un permiso para portar un arma. Era un rifle viejo, que el mismo alguacil le vendió para que se defendiera de los animales salvajes que a veces llegaban desde los bosques aledaños.
Empezaba a oscurecer. Las hojas secas continuaron bajo sus pies. A medida que caminaba, el llanto parecía estar más cerca. Pensando en todas las noches que había estado sin dormir, cargó el rifle con un placer casi morboso, lo recostó sobre su hombro y pegó el dedo al gatillo. Caminó con cautela. Al llegar a la orilla del río, se detuvo. Calculó la distancia y, por la mirilla del rifle, la pudo ver. No bajó el cañón, pero continuó mirando por la ranura.
Sentada en una piedra, como si fuera una sirena moderna, con los pies en el agua, estaba lo que parecía una mujer. Su cabello era casi rojo, largo. Tenía la cabeza mirando al río. Juan hizo un ruido con la boca, como cuando se espanta a un animal peligroso. Esperó que se volteara y sospechó lo peor: un ser abominable o quizá alguna loca deformada que se había escapado de algún manicomio. Porque eso de las sirenas no era posible; además, las sirenas era presagio de mal agüero y con la economía tan estable y las cosas marchando bien, no había por qué pensar que fuera tal cosa.
¡Pshhhh! -y sólo hubo silencio-, ¡pshhhh! Esperó. Esperó. Ya casi no quedaba día, y la noche seguía invadiéndolo todo. Respiró profundamente. Probó el ruido con su boca una vez más, y entonces, lentamente, ella se volteó y vio que él la señalaba con su rifle. Lo miró y como si no entendiera el riesgo que corría, y nuevamente volvió su mirada hacia la espuma café-crema del agua y siguió quejándose, o cantando.
Estaba completamente desnuda. Es una loca, -pensó Juan. Primero le habló en inglés. Le habló en español. Le dijo dos palabras que sabía en alemán, y luego una en coreano, pero ella no contestó. Siguió contemplando el vacío en la distancia, con su mirada lánguida de luna amordazada. El río empezaba a crecer y la noche se había apoderado de todo. Gracias al poco de luna, Juan pudo comprobar que la mujer seguía ahí.
Se acercó aún más y fue entonces que ella pareció sorprenderse. Juan le hizo una seña con la mano, alguna seña universal donde le mostraba las palmas de las manos en alto, de manera que ella supiera que no la pensaba agredir. Luego, puso la escopeta en el suelo, se quitó la chaqueta que llevaba puesta y se la puso sobre los hombros a la mujer. Ella ni se inmutó. Se acercó aún más, y lentamente la tomó por el brazo: le hizo señas para que se levantara.
Al llegar a la casa, Juan encendió las luces y le indicó que permaneciera donde él la había dejado. Misteriosamente, y a pesar del tremendo frío otoñal, la mujer no temblaba. "No es posible que lleve tanto tiempo ahí, ya se hubiera muerto" -pensó Juan. Estaba quieta como un animal asustado. Juan la dejó mirando hacia la ventana y fue a la cocina a llamar a la policía.
Los oficiales se rieron del caso y le dijeron que si era una mujer desnuda que llegarían de inmediato. Cuando llegaron, ella había dejado de llorar, de gemir, de sollozar, o lo que fuera. Le hablaron pero al igual que con Juan, no les dijo nada. Parecía no entender lo que le decían. "No hay avisos de una mujer extraviada por estos lugares", le dijo el sargento O'Dorty. Luego intentaron hablarle por señas, pensando que era sordomuda. Le mostraron imágenes, para sacarla de su estado taciturno. Pero no hubo suerte.
Los oficiales la levantaron, uno de cada brazo, y fue cuando por fin la mujer pareció asustarse. Se puso muy alterada y se quitó las manos de los brazos con un tirón. Miró a Juan y en su mirada parecía pedirle que no dejara que se la llevaran. Juan dijo algo, pero los policías no supieron responder porque ellos también estaban algo sobresaltados. La tomaron por las muñecas y le pidieron que los acompañara. Juan no supo qué decir: era su imaginación, pero era el canto, o llanto, de la loca que se llevaban que no lo había dejado dormir durante tantas noches lo que lo hizo imaginar que ella le suplicaba que la dejara quedarse.
"Pobre loca" -dijo uno de los uniformados, con mucha pena en la mirada. Le echó encima una frazada azul y ambos la dirigieron hasta la patrulla. Se la llevaron. Y a pesar de que Juan suspiró pensando que esa noche iba a dormir en paz, pasó toda la noche pensando en ella. Tampoco dormiría bien la noche después de esa, ni la próxima y, para no seguir, mejor anunciarlo ya y decir que Juan no dormiría tranquilo por el resto de sus días ya que el llanto o lo que fuera aquello lo seguirá acosando hasta el día de su muerte.
Al día siguiente quiso saber qué había pasado con ella. El sargento O'Dorty le dijo que la habían llevado al hospital St. Claire porque pensaron que era una víctima de violación. Fue al hospital pero no lo dejaron verla porque no era pariente; luego regresó y dijo que era un primo, pero no se lo creyeron y lo amenazaron con llamar la policía si seguía molestando. Durante varios días, Juan no pudo ir a trabajar. No hacía más que pensar en ella. Encendía el televisor esperando que dijeran algo sobre la mujer, pero cuando las noticias no informaban nada sobre el hallazgo, encendía la radio. Y cuando ni la radio ni el televisor ni tampoco los diarios dijeron nada, decidió llamar al hospital. El problema sería identificarla. Llamó a O'Dorty, quien le dijo que preguntara por la "mujer sin nombre", y diera la fecha en que la había encontrado. "Pero, sargento, me amenazaron con..." "Diles que me llamen, que yo responderé por ti". Juan le dio las gracias y pensó que los irlandeses eran gente agradable, al menos esa había sido su experiencia con ellos.
En el hospital le dijeron que su estado se había deteriorado aceleradamente, cuando la trajeron, y que hacía varias horas había muerto. Juan se puso muy pálido, y se tuvo que sentar. "Pobre mujer" -dijo en voz alta.
Pronto, todos se dieron a la tarea de buscar a sus familiares y las fotos de la mujer recorrieron la televisión, circularon por los diarios y se ofreció recompensa. Pero nadie reclamó el cadáver. El Denville Post ofreció, en su edición del sábado 14 de marzo de 1987, al lado de una noticia relacionada con la reunión entre el presidente Reagan y el primer ministro Mulroney, sobre el acid rain, una recompensa de mil dólares por cualquier información sobre la mujer; además, un pasaje ida y vuelta a Hawaii cortesía de American Airways y tres meses de cereal CocoSweet, cortesía de McReynolds Inc.
Pero nadie respondió.
Juan se encerró en su casa. Se paseaba por la casa sin decir nada, sin hacerle caso a los sonidos insignificantes, al reloj, a los pájaros, al zumbido lejano de la maquinaria. Dejó de beber café, cuando por cuarta vez en una semana se levantó sin haber cerrado los ojos durante la noche. Empezó a encontrar refugio en el té chino, un té incoloro pero que lo calmaba más que las pastillas que le había recetado el médico. Como si no fuera poco el castigo que se propinaba, empezó a abandonar su pasión, lo que más lo hacía feliz, y dejó de cocinar.
De la morgue le avisaron que la mujer recibiría si último adiós el día dieciséis. Juan fue el único presente para despedirla, pero no esperó a que sacaran las cenizas, se fue a penas metieron el cadáver en el incinerador. Le dijo adiós con la mano en alto, y regresó a su casa. Al llegar encontró una nota del trabajo donde le daban dos días para presentarse a su puesto o de lo contrario asumirían que daba por terminado el contrato. Echó el papel a la basura y se fue a MacDonald’s. Jamás había comido esas cosas, pero como penitencia empezó a llenarse el estómago de Big Macs, Quarter Pounders y del nuevo adelanto de la ciencia: McRibs a la barbacoa.
Al día siguiente regresó a la fábrica y dijo que necesitaba unos días más para recuperarse porque un pariente suyo había muerto. "Esto es demasiado" le respondió el encargado de personal, "pero por ser usted un buen trabajador, y por no haber faltado nunca en los ocho años que lleva con nosotros, le concedo tres días para que guarde luto". Juan le dio las gracias. Al salir del trabajo, se compró cuatro hamburguesas, papas fritas y un shake de fresa.
Como era de esperarse, al día siguiente sintió que el estómago se le había abultado de tal manera que los gases intestinales lo tumbaron al piso. Bebió bicarbonato de sodio. Bebió Brioschi. Sal Andrews. Aceite de Oliva. Un batido de bananos verdes. Ocho onzas de fécula de trigo con leche de cabra. Pero el dolor persistió; era tan exagerado que juró que al día siguiente no vería el amanecer. Esa fue la manera más terrible de castigarse por la muerte de aquella mujer, a quien pensó haber matado.
A mediados de julio, hubo una tormenta descomunal que hizo que el río creciera tanto que los denvilianos pensaron que el pueblo iba a desaparecer. Para entonces, Juan ya había salido de su depresión y todo había vuelto a la normalidad, incluso su estómago. El agua arrasó con más árboles que la fábrica de calzoncillos desechables, más árboles que la planta de Conair, y más árboles que los que MacDonald´s derribaba en un día para poner a sus vacas a pastar. Dejó piedras grandes y chicas en todos los jardines. A una mujer polaca, los vecinos la tuvieron que ayudar a sacar una piedra, de casi una tonelada, de su jardín de tomates plásticos.
Lo que más extrañó a la gente fue el río había traído consigo algas marinas. Era difícil arrancarlas de los corredores y de los árboles, incluso cuando estuvieron secas. La Bayer trajo pesticida gratuito para todos los habitantes, ya que se pensó que no eran algas sino algún tipo de parásito de río que intentaba invadir la civilización.
Esa noche, cuando acabó la tormenta, Juan estaba sentado frente al televisor, viendo comerciales, tirado sobre una alfombra con olor a agua de mar, cuando se tuvo que poner de pie. Caminó hacia la puerta. Salió. Se dirigió hacia el río, nuevamente, cuando escuchó el llanto, o el quejido, o el canto, que se desplazaba en la distancia como una brisa de luna. Y sonrió.
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MARCOS WINOCUR(Córdoba,
Argentina, 1932) |
Exiliado cuando, una noche de hace más de dos décadas, salió escapando por los techos para salvar la vida. Transterrado cuando, años después, decidió radicarse definitivamente en Puebla (México). Por ello se define como mestizo cultural del tipo argenmex. En París se doctoró en Historia. Es investigador en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de Puebla.
Sucede que suena el teléfono y es para invitarte a participar en una presentación de libro. Sí; eres cuate del autor, o fuiste su maestro en alguna época, cuando le auguraste un brillante porvenir en las letras; o supuestamente eres entendido en la materia.
Y bien, con anticipación el autor te envía un ejemplar de su libro, lo lees y necesariamente tu juicio oscilará entre dos extremos: «¡magnífico!» y «¡horroroso!» pasando por un «no está mal». En los dos últimos casos es aconsejable reservarse los propios juicios y, no obstante, participar del evento cultural. Pues, bien visto, ¿a santo de qué entrar a juzgar si el libro es bueno o malo, si ha sido escrito con la cabeza o con las patas? Hay dos modos de salir del paso sin calificar, sin externar un juicio comprometedor.
Mi consejo es limitarse a una recreación del texto. Me explico. Si se trata de narrativa o poemas, puedes seguir al autor a los cielos de la fantasía, dando cuenta de las imágenes suscitadas por tan estimulante lectura. Si se trata de ensayos, puedes descender con el autor a los profundos interrogantes del ser. Una frase como «nunca había visto un libro así» no te compromete y el auditorio, más que la ironía encubierta, retendrá la excepcionalidad manifiesta.
Y luego están tiempo y eternidad; alteridad, lo uno en lo otro y lo otro en lo uno; muerte, nostalgia, el no ser de las cosas, soledad; hombre lúdico; postmodernidad; multimedia y multimercadeo; incomunicación, ah, no, ésta ya pasó de moda. En fin, no faltan referentes a los cuales echar mano.
Conviene a esta altura asociar al autor con ilustres predecesores en las letras. ¿Quién podría negar que está bajo la influencia de Rulfo, de Vallejo o de Joyce? ¡Aguas! Se trata de dignas filiaciones y no que el autor se los haya fusilado. Altamente recomendable es traer a colación a un escritor recientemente descubierto, que se haya puesto de moda. Por ejemplo, si se trata de poesía, Vasko Popa. Ignorado por años, circula entre nosotros desde hace un tiempo gracias a Octavio Paz y ha sido objeto de estudios y ediciones críticas. Además ¡escribe en idioma servocroata! Con las guerras desatadas entre las nacionalidades y etnias de la ex-Yugoslavia, su mención no puede ser más oportuna. Y se leen unos versos del autor presentado junto a otros de Vasko Popa, el efecto es increíble. Desde los más dormidos entre el público hasta los más despiertos, se confunden, ya nadie sabe quién es quien: si el autor presentado o el tomado como referente. Han sido colocados a la par, uno es famoso, el otro no tardará en serlo. Y tú, presentante, no has tenido necesidad de arriesgar juicio alguno ni eres responsable de la mala comprensión del auditorio.
Otra variante vine a aprender hace poco. Se trata de introducir una conferencia en la presentación, así nada tenga que ver. Sí, una conferencia propia, para tu lucimiento personal, que por cierto no estaba programada. ¿De qué tema? No importa, tú arrancas bien lejos en la Historia, por ejemplo, la Edad Media. Allí explicas, primaba la conciencia colectiva bajo manto de religiosidad. Después, con el Renacimiento, la Reforma y la Revolución Francesa, la Inglesa también, el individuo se hizo su lugar. Con el advenimiento del comunismo, otra vez dominó la conciencia colectiva, esta vez bajo manto político. A su caída, el hombre recupera su individualidad, su rol protagónico. Así, con este diástole-sístole de la Historia, has demostrado tu sapiencia, ¡cubriste los siglos!
¿Qué tiene que ver todo esto con el libro presentado? Nada y todo -y así concluyes tu conferencia-: con él culmina la Historia. Claro, no se debe exagerar; no dirás «culmina» sino «se inscribe en ese decurso de los tiempos, arrancando de la Edad Media». Y te has echado tu propio rollo erudito a costa del autor, sin que éste pueda reclamar nada puesto que tu conferencia remató a favor suyo.