Estamos contentos con la prosperidad que nos acompaña hasta la fecha en nuestra particular batalla literaria y cultural. Mientras tanto, el mundo continúa su característica táctica de construcción y derrumbe en nombre de una cosa que se ha convenido en llamar ‘nación’.

   Cada país tiene un lema de orgullo patrio. En España tenemos la sentencia de origen militar que reza: “Todo por la patria”. ¿Alguien quiere dar todo por la patria? Verdaderamente, esa máxima no se pensó para gente como nosotros, inocentes soldados de la tecla.

    Por otro lado, nos produce arcadas el escuchar de los labios de Bush la contradictoria, egocéntrica y herética frase: «God bless America!», o cuando la CNN no cesa de ofrecer imágenes de feos descendientes de irlandeses gritando inconscientemente: «¡USA, USA!». Es entonces cuando uno, desde el escepticismo y el sentimiento apátrida, gira la cabeza a otros países y culturas y observa que la trayectoria de la mayor parte del planeta es semejante.

 

Wall Street difusa (Foto: Ángel Manuel Gómez Espada)

     Francia aún arrastra en ocasiones la soberbia intelectual que gozó en el siglo XIX. Los países suramericanos tienen muy aprendida la lección patriótica. Es difícil conocer a algún chileno, argentino o brasileño al que le dé exactamente igual haber nacido en Santiago, en Buenos Aires o en Río de Janeiro. Muchos nacidos en Marruecos, Israel, India, China, Egipto, también creen que guardan un tesoro escondido que sólo les pertenece a ellos.

     Hay tópicos que desgraciadamente se siguen repitiendo en nuestro inconsciente, al menos en un primer impulso. Aunque no lo creáis, todavía existen extranjeros que nunca han visitado España y creen que cuando vengan a nuestro país encontrarán a gitanos en caravana por las calles o a universitarios yendo a la facultad embutidos en traje de luces.

    ¿Sería posible una conciencia bien entendida de mundialización cultural transmitida desde la familia y la escuela, o brindamos otra vez por Don Quijote?

    En fin. Siempre hemos defendido que la lectura o el viaje, cogidos de la mano, son dos instrumentos que ayudan a resquebrajar prejuicios sobre la mayoría de los asuntos relacionados con la civilización. En este número 6 os proponemos un viaje, el de la palabra.

 

JUAN DE DIOS GARCÍA