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DOMINGO NAVARRO(Almería, España, 1972) |
Habiendo residido una gran parte de su vida en la Suiza francesa, es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Almería. Su pasión por el estudio del idioma español le ha llevado a colaborar con prestigiosos especialistas como Luis Cortés, Daniel Fuentes, Miguel Bañón, etc. Su óptica ensayística se fija en el lenguaje a pie de calle, grabadora en mano y ganas de conversar con sus cobayas humano-lingüísticas.
La lengua oral, cuyos estudios de mayor rigor analítico se han potenciado en la segunda mitad del siglo pasado, presenta caracteres sobresalientes e inéditos. Uno de los más interesantes es sin duda alguna su extremada y aleatoria configuración estructural en el hecho comunicativo; se permiten así las transformaciones más singulares. Lo que en la lengua escrita sería un atentado contra la norma, en la lengua coloquial es un uso perfectamente aceptable, incluso estratificado, consolidado en la masa social.
Así las cosas vemos como meros hablantes/oyentes que el mayor observatorio humano de las variedades orales lo constituye con toda certeza «el sector joven o adolescente» (16-23 años especialmente). Es posiblemente el entorno más fluctuante; tergiversan los registros, modalizan las pronunciaciones, acortan las palabras, formalizan lo que serían lenguajes crípticos, etc...
Dentro, por tanto, de estas capacidades de que han dotado a la lengua oral, uno de los fenómenos también inédito y que es quizás uno de los más consolidados y visibles en el estudio de los «márgenes conversacionales» versa sobre los modos de «despedida», las formas o muletillas que hoy están al día. Los típicos «adiós» a secas, «hasta luego», «hasta mañana», y otras maneras tradicionales sucumben ante estructuras que, si no fieles a la norma, sí por lo menos son chocantes para los no adeptos a su empleo por tradicionalismo o por desconocimiento de las mismas: «chachi», «hace», «me vale», «nos vemos», «venga», «sin problemas... hecho», etc.
Como se puede ver, el fenómeno, explicado gramaticalmente, hablaría de una transcategorización, metábasis o cambio de categoría gramatical. Podemos así dilucidar fácilmente el elemento constante, el verbo, suplantado su carácter de régimen por el de circunstancia adverbial.
Tanto avanza la lengua que no sólo se ve amenazada por los cambios de categoría, como estamos viendo, sino por ende, en otros casos, por otro de sus fenómenos quizás más abrumador y personalizado en la lengua oral, la «elipsis». Para quienes gustan de un lenguaje pomposo y deleitable esto sin duda alguna es un atentado; sin embargo, estos procedimientos son desgraciadamente incontrolables. Significativamente, si seguimos nuestro uso consciente del lenguaje, nuestro código podría convertirse en una lengua como la china: un símbolo, una idea, asociado a nuestro clavario lingüístico, una palabra, todo un mensaje amplio, ayudado, no olvidemos, por la mímica y cualquier otro signo gestual, cuya relevancia en los procesos orales actuales es sobrecogedora (suspiros, alzar las cejas, bostezar, etc...). Ciertamente podemos reiterar que el significado que se produce al usarse el lenguaje es mucho más que el contenido de las proposiciones enunciadas, abarca una realidad mayor en intención que el puro mensaje lingüístico. Los gestos, una postura, el tono de voz, todo significa; incluso más lejos, el «silencio» también produce significado, porque es un hecho lingüístico, en la medida en que consiste en no decir, y eso connota en la mayoría de los casos un «desacuerdo» dependiendo de gestos concretos, o, al no replicar, un «asentimiento» en relación a las propuestas realizadas.
Seamos realistas. Sobre todo en lengua hablada, no nos comunicamos con oraciones, sino con unidades mayores y, en descenso gradual, también con simples palabras o gestos, que dentro de un contexto tienen sin duda un significado pleno. Así pues, ¿hasta qué punto se llegará a constreñir la lengua? Junto a este fenómeno mencionado, las fórmulas modernas de despedida, otros muchos (anacolutos, focalización, refuerzo poderoso de la mímica, etc...), son también inéditos y hasta cierto punto, simpáticos, según sea el contexto y el objeto de empleo, pero no se puede llegar tan lejos; deben establecerse los límites pertinentes, aunque la solución no pasa por estudios en los despachos, sino que la realidad está en la calle, y por tanto una cuestión difícil de regir o erradicar. Como todos sabemos, las lenguas, semejantes a la raza humana, nacen, crecen, se reproducen y mueren. Si esto es así, con nuestros juegos lingüísticos, con el tiempo lo que haremos también será avistar una despedida.
«Mañana comenzaremos un nuevo tema...», «venga» (estupendo)... «nos vemos» (hasta mañana); sin duda, coexisten registros propios de la lengua escrita y de la oral, pero vemos cómo difieren en ese respeto y adaptación al criterio gramatical. Es uno de los fenómenos más constatados, especialmente en el sector joven, amén de los usos de aquellos que quieren seguir perteneciendo a ese sector o bien «meterse en la onda» (padres con hijos). Va a la alza, lo cual nos obliga a admitir cómo este y otros procesos orales más raros están tomando cuerpo, si bien hemos de saber que la pureza de una lengua debe en la medida de lo posible mantenerse imperturbable. ¡Seamos conscientes y realistas! La infraestructura de la lengua es intocable, pero estos devaneos superficiales la complementan y ayudan a suscitar y proyectar estudios sincrónicos.
«Nos vemos en el próximo artículo», tiene sentido y la estructura sintáctico-semántica es también apropiada, pero desde el punto de vista normativo parece poco serio u oportuno.
La «medusa» en la mitología griega, con sólo mirarla a los ojos te convertía en piedra; el patrimonio lingüístico debemos cuidarlo sin dejar de acoplarlo a los tiempos modernos, pero ¡sin excesos! El camino hacia ese estado mineral y sin vida no está tan lejos como nosotros pensamos.
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CARLOS YUSTI(Valencia, Venezuela, 1960) |
En nuestro país, Venezuela, tuvimos un presidente, de cuyo nombre no quiero acordarme, que en sus alocuciones oficiales y entrevistas resolvía todo a fuerza de refranes y frases hechas. Su aspecto regordete y su cara de cerdo picarón enseguida nos remitía a Sancho Panza. Quijotes hay en todas partes. Muchas personas, las cuales no se han leído la novela de Cervantes, se etiquetan así mismas como quijotescas por el simple hecho de ser obtusos y obstinados. Nuestros políticos de guardarropa, con una cultura elemental y apasionados lectores de la gaceta hípica, citan aquella frase: «si los perros ladran, significa que avanzamos». Quizá han escuchado la frase por azar y cuando sus adversarios le sacan los trapos sucios de sus trapacerías políticas y financieras con prontitud sueltan la frase en los medios sin empacho alguno y con el caradurismo ágrafo de siempre. O sea que El Quijote impregna la vida de los hispanohablantes de manera sesgada, resumida y en muchos casos hasta deformada. Nuestra alma se ha empapado de la periferia de la novela de Cervantes; nos aguijonea el cotilleo, el mito, la crítica laudatoria que envuelve al caballero de la triste figura, pero el libro como tal, como lectura necesaria y urgente, parece no haber sucedido. No sin razón el pensador y escritor español Fernando Savater reconoce que de Don Quijote personaje se habla mucho, se le utiliza como metáfora, receta retórica y hasta como advertencia y que la mejor forma de olvidar El Quijote es leerlo.
En lo personal he leído El Quijote de manera anárquica y durante varios años. Hice muy joven una lectura del libro saltándome todas las noveletas e historias que Cervantes deja colar en la historia principal. Luego me leí la novela sólo rastreando la vida de Sancho. Luego lo leí leyendo sólo los capítulos impares. También me he leído el Quijote de Avellaneda. Luego he seguido leyendo el libro a través de otros escritores.
He leído textos de Borges, Groussac, Savater, Azorín, Torrente Ballester, Thomas Mann, Ortega y Gasset, Kenneth Rexroth. De todos esos escritores que han comentado la novela, Vladimir Nabokov fue, sin lugar a dudas, el más equilibrado, certero, completo y pasional de sus lectores.
Fredson Bowers escribe que Nabokov llegó a Estados Unidos en 1940. Con el plan preconcebido de trabajar como profesor de literatura en alguna universidad, el escritor ruso ya había preparado algún material sobre literatura europea. Las lecciones sobre El Quijote, recopiladas póstumamente en un libro titulado Curso sobre El Quijote, fueron escritas cuando ya tenía un puesto fijo en la Universidad Cornell. Para preparar el material de su curso eligió la traducción realizada por Samuel Putnam, publicada en 1949 por la editorial Viking Press.
La lectura que hace Nabokov de la novela de Cervantes es soberbia por su profundidad de análisis, por su humor y sus ecuánimes puntos de vista. Nabokov no realiza un estudio achacoso del libro, sino que trata de desentrañar para sus alumnos esas magias parciales de las que habló Borges y no lo hace desde el púlpito crítico, sino a ras de página como un acucioso, sistemático y contestatario lector.
El curso sobre la novela de Cervantes se inicia delineando lo real y lo ficticio. Trata de establecer los parámetros entre el mundo de las novelas y el mundo real. Por esa razón escribe: «Vamos a hacer todo lo posible por no caer en el fatídico error de buscar en las novelas la llamada vida real. Vamos a no tratar de conciliar la ficción de los hechos de la ficción». Para el autor de Lolita las novelas eran sólo cuentos de hadas excelsos. Contenían mundos originales en sí mismas muy distantes/distintos del mundo real del lector. De allí que remate así su punto de vista: «Pensemos en el dolor físico o mental, o en cosas como la bondad, la misericordia, la justicia, o en la locura; pensemos en estos elementos generales de la vida humana, y estaremos de acuerdo en que sería provechoso estudiar de qué manera los maestros de la narrativa lo trasmutan en obra de arte».
A Nabokov le interesaba El Quijote como expresión estética con sus defectos o sus aciertos artísticos y no como mito intelectualizado, como apología humanista ni revelación psiquiátrica y moral. No estaba interesado en perderse en esa palabrería rebuscada de críticos que colocaban la novela en un altar lleno de mistificaciones tan disparatadas como el personaje principal de la historia. En torno a El Quijote se desarrolla un choque de opiniones, a decir del mismo Nabokov, que algunas tienen el timbre de la mente firme pero pedestre de Sancho y otras recuerdan la furia de don Quijote contra los molinos. Existe toda una comparsa gazmoña y erudita que busca ahogar las pretensiones sencillas de su autor como fue la de contar una historia entretenida con un personaje fuera de serie. A este respecto el escritor ruso escribe: «Se ha dicho de El Quijote que es la mejor novela de todos los tiempos. Esto es una tontería, por supuesto. La realidad es que no es ni siquiera una de las mejores novelas del mundo, pero su protagonista, cuya personalidad es una invención genial de Cervantes, se cierne de tal modo sobre el horizonte de la literatura, coloso flaco sobre un jamelgo enteco, que el libro vive y vivirá gracias a la auténtica vitalidad que Cervantes ha insuflado en el personaje central de una historia muy deshilvanada y chapucera, que sólo se tiene en pie porque la maravillosa intuición artística de su creador hace entrar en acción a don Quijote en los momentos oportunos del relato».
Así mismo le atraía el libro como novelista, trataba de encontrar los mecanismos estilísticos y no esa periferia que rodeaba a la novela de Cervantes, atiborrada de apologías y críticas laudatorias pomposas. Le importaba una higa lo poco que se conocía de la vida de Cervantes y por esa razón le dice a sus alumnos: «Sólo puedo echar una mirada de reojo a su vida, que ustedes, sin embargo, encontraran fácilmente en diversas introducciones a su obra. Aquí lo que nos interesa son los libros, no las personas. Lo de la mano tullida de Cervantes no lo sabrán por mí».
Las comparaciones que hacen los eruditos y críticos especializados entre Cervantes y Shakespeare son inevitables. Ambos escritores murieron en 1616. (Aunque por Nabokov se entera uno que murieron bajo diferentes calendarios y existe por lo tanto una diferencia de diez días). La influencia intelectual de ambos es inmensa. Muchos críticos equiparan la inteligencia, la imaginación y el humor de dramaturgo inglés con el sentido de humor de Cervantes, su imaginación desbocada y su capacidad intelectiva. Debido a esta exageración Nabokov dice: «No, por favor: aunque redujéramos a Shakespeare sólo a sus comedias, Cervantes seguiría yendo a la zaga en todas esas cosas. De El Rey Lear, El Quijote sólo puede ser escudero».
En un libro reciente, Cómo leer y por qué, Harold Bloom repite los lugares comunes en torno a Shakespeare y Cervantes: «Si se me permite ser totalmente secular, a mí Cervantes me parece el único rival posible de Shakespeare en la literatura imaginativa de los últimos cuatro siglos». Para mí que el señor Bloom tampoco ha leído El Quijote. Se ha quedado en su periferia y repite como loro lo leído hace mucho tiempo. Nabokov escribe: «No nos engañemos. Cervantes no es un topógrafo. El bamboleante telón de fondo de El Quijote es de ficción, y de una ficción, además, bastante deficiente. Con esas ventas absurdas llenas de personajes trasnochados de los libros de cuentos italianos y esos montes absurdos infestados de poetastros dolientes de amor y disfrazados de pastores de la Arcadia, el cuadro que Cervantes pinta del país viene a ser tan representativo y típico de la España del siglo XVII como Santa Claus es representativo y típico del Polo Norte. Si Cervantes se salva a la larga es únicamente porque pudo más el artista que llevaba dentro».
Imagino cómo un lector acucioso como Nabokov leerá El Quijote en el futuro digitalizado: Aparece en la pantalla un mapa de la época para ubicar el tiempo real del libro. Reseña del autor. Una voz explica todo al tiempo que el texto se dibuja en la pantalla. Luego aparece el texto. Una voz va señalando las notas a pie de página y descifrando los usos del lenguaje de la época. Quizá El Quijote se lea como curiosidad lingüística, pero un lector atento descubrirá la magia del caballero andante y su singular escudero. Lo escrito por Nabokov valdrá para este tiempo y muchos otros: «Estamos ante un fenómeno interesante: un héroe literario que poco a poco va perdiendo contacto con el libro que lo hizo nacer; que abandona su patria, que abandona el escritorio de su creador y vaga por los espacios después de vagar por España. Fruto de ello es que don Quijote sea hoy más grande de lo que era en el seno de Cervantes. Lleva trescientos cincuenta años cabalgando por las junglas y las tundras del pensamiento humano, y ha crecido en vitalidad y estatura. Ya no nos reímos de él. Su escudo es la compasión, su estandarte es la belleza. Representa todo lo amable, lo perdido, lo puro, lo generoso y lo gallardo. La parodia se ha hecho parangón».
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MARICEL MAYOR MARSÁN(Santiago de Cuba, Cuba, 1952) |
Licenciada en Historia y Ciencias Políticas, es directora de la revista Baquiana, editada desde Miami. Ha sido traducida al inglés y al italiano. Destacan sus libros de poemas Lágrimas de papel (Universal, 1975), Diecisiete poemas y un saludo (Zeugma, 1978), Rostro cercano (Hispamérica, 1986) y Un corazón dividido (Hispamérica, 1998).
(UN ANÁLISIS ALTERNATIVO SOBRE EL LIBRO "ANTES QUE ANOCHEZCA")
Desde la aparición
del libro Antes que anochezca, la filmación de una película
bajo el mismo título por el cineasta Julian Schnabel y su posterior
nominación a un Óscar, se han conjurado todo tipo de leyendas
y argumentos, tanto favorables como detrimentales, acerca de la figura
del fallecido escritor cubano Reinaldo Arenas. Si bien muchas de las situaciones
que él expone en su obra autobiográfica son ciertas, existen
muchos elementos en la misma que corresponden más a sentimientos
de ira, resentimiento, odio, psicosis y un deseo desproporcionado de venganza
en contra de todo lo que él consideraba parte de la conspiración
en contra de su felicidad. El libro ha sido explotado ampliamente desde
el ángulo político por posiciones e ideologías que
se contraponen. A mí me interesa analizar el aspecto humano de
este escritor. |
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Partiendo de la base esencial de su procedencia campesina, pobre y de una familia en particular desestructurada, con un historial de disfuncionalidad, en donde la violencia, el abuso infantil y el abandono eran un denominador común, es comprensible que la personalidad de Reinaldo Arenas con el tiempo llegaría a desarrollar un estado de psicosis y una actitud definitivamente antisocial. Especialmente, en un medio dominado por las pautas machistas en donde la homosexualidad era un tema tabú y, por ende, totalmente rechazada. Por otra parte, la ausencia de un padre en la vida familiar, la terquedad e ignorancia del abuelo, el constante lamentar de su madre, el pulular de sus tías fracasadas dentro del hogar y la falta de una persona que pudiera orientar desde temprana edad al escritor en ciernes de manera adecuada, contribuyeron a un estado de estrés constante que con el tiempo y los diferentes eventos que se llevaron a cabo en su vida aumentaron el registro de emociones negativas. Cuando logró despegarse del hogar materno en Holguín e irse a La Habana con el propósito de continuar sus estudios, comenzar su carrera de escritor y buscar nuevos horizontes, se encontró con nuevos conflictos y barreras. La capital ofrecía diferentes oportunidades, pero a su vez puso al descubierto toda la problemática del recién estrenado sistema político de la isla de Cuba, que padecía también del mismo mal que aquejaba a sus parientes: la homofobia.
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Fue precisamente
a mediados de los años sesenta que se llevó a cabo una ofensiva
en contra de todos los homosexuales y desafectos en general de la revolución,
enviando a todos aquellos que estimaban pertinente las autoridades a la
UMAP (Unidad Militar de Ayuda a la Producción), que eran una especie
de campos de trabajo forzado. Como si el ser homosexual y oponerse a la
revolución fueran la misma cosa. El miedo y las persecuciones se
pusieron de moda. Muchas personas que habían militado en las filas
del ejército revolucionario, así como muchos que fueron
fidelistas confesos desde el principio de la revolución terminaron
por separarse del proceso y llegar a odiar al sistema que habían
apoyado en sus inicios. Muchos terminaron en la cárcel por cualquier
motivo. Otros se marcharon de Cuba. Ese fue el caso de Arenas. Un tiempo
después de salir de prisión, se marchó también
de la isla en cuanto se le presentó la oportunidad del éxodo
del Mariel. |
Conocí la obra de Reinaldo Arenas mucho antes de que llegara a Estados Unidos por medio de la flotilla marítima de Mariel. Supe que había sido ganador de un premio literario con la novela Celestino antes del alba en un concurso de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) en el año 1963 y luego volvió a ganar en el año 1966 en el mismo concurso y categoría, primera mención, con su segunda novela El mundo alucinante. Más tarde empezaron a aparecer publicaciones y escritos suyos por Europa, pero se sabía poco de su trayectoria intelectual dentro de Cuba en la diáspora cubana. Para la mayoría de las personas en Miami él era un total desconocido, incluso para aquellos que se desenvolvían en los círculos literarios. Tal era el desconocimiento acerca de su persona que su llegada y presencia fue prácticamente inadvertida, a no ser por una invitación que le hicieron por sugerencia del fallecido poeta y novelista cubano Heberto Padilla, para compartir en público una presentación.
Aunque Heberto Padilla había venido unos meses antes a los Estados Unidos, su llegada a Miami no llegó hasta finales del mes de mayo de 1980. La Universidad Internacional de la Florida (FIU) lo invitó a una presentación ante el público expectante que deseaba escucharlo en la capital del exilio cubano. Padilla, quien ya había entrado en contacto con Arenas, sugirió el nombre de quien pensaba era su amigo, desde el tiempo en que ambos estaban en desgracias dentro de Cuba, para una presentación que tenía programada en el Ateneo de dicha universidad. Arenas apenas llevaba tres semanas en el sur de la Florida y recuerdo perfectamente el evento de esa noche en el auditórium. Yo era parte de ese numeroso público que se congregó para escuchar a Padilla y a su acompañante de panel, cualquiera que hubiese sido éste. Lo demás es pura fantasía. Las personas se preguntaban quién era Reinaldo Arenas. No obstante, lo que pasó ese día marcó la ruta de ambos escritores en los Estados Unidos. Según el brevísimo capítulo dedicado a Miami en la autobiografía de Reinaldo Arenas Antes que anochezca, una página y media, el escritor dice:
«La Universidad Internacional de la Florida me invitó a dar una conferencia el primero de junio de 1980. La titulé ‘El mar es nuestra selva y nuestra esperanza’ y hablé por primera vez ante un público libre. Junto a mí estaba Heberto Padilla; él habló primero. Realmente, su caso fue penoso; llegó absolutamente borracho a la audiencia y, dando tumbos, improvisó un discurso incoherente y el público reaccionó violentamente contra él». (p. 308)
Sorprendentemente, el autor, al escribir su autobiografía, olvidó la fecha exacta de dicha presentación, la que tuvo lugar el día treinta de mayo y no el primero de junio como él asevera. En cuanto al hecho de que Padilla llegó borracho, incoherente y dando tumbos, puedo decir, como testigo presencial de aquel día, que no fue cierto. Padilla ciertamente improvisó e hizo un recuento público de su vida personal y literaria, incluyendo detalles sobre su vida como corresponsal de Prensa Latina en Moscú y elogió al pueblo soviético, así como su participación en la nomenclatura literaria cubana de los primeros años de la revolución; lo cual no gustó. Aunque también habló del Caso Padilla, de los años difíciles, de una década entera de obstracismo y marginación dentro de Cuba en los años setenta, el público presente no pareció escuchar sus últimas palabras debido a que no pronunció el discurso esperado desde un comienzo y eso fue lo que motivó la reacción de disgusto y el cierto desgano al aplaudir. Por otra parte, Reinaldo Arenas "sí supo utilizar" el momento y dijo las palabras que todo el mundo quería escuchar de boca de Padilla, pero que sólo Arenas supo articular. Habló de política, de persecución, de prisiones, de destrucción, de marginación y describió a una Habana vieja apuntalada por sus propios escombros; desde ese momento, Padilla se convirtió en un indeseable en muchos círculos de Miami, por lo cual prefirió desarrollar su existencia lejos de dicha ciudad y, Arenas, el desconocido, se convirtió en protagonista inmediato, rey y señor de la literatura cubana ultramar.
Dada la personalidad de Reinaldo Arenas, no resulta incomprensible que a pesar de la buena acogida que tuvo en Miami, el escritor tampoco se sintió a gusto en dicha ciudad. Según él, Lydia Cabrera le instó a irse de Miami a Nueva York, a París o a España, porque ella se refería a Miami como «El Mierdal» (p. 312). Aunque rinde palabras respetuosas a los escritores Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz y a la misma Lydia Cabrera, sus comentarios en general hacia los escritores de Miami son de un tono ácido y ofensivo, como si descargara todo el odio comprimido del mundo que portaba consigo en contra de todos ellos; si bien es cierto que algunas de las descripciones coinciden con la realidad, sus observaciones no se ajustan a una visión objetiva de la situación y corresponden a un subjetivismo estrecho, propio de una persona que apenas vivió en ese medio y se relacionó de manera limitada. Es ilógico pensar que pudiera llegar a las conclusiones que llegó en tan breve período; siete meses para ser exactos; en el año 1980, Miami apenas tenía 84 años de haber sido fundada y sólo 21 años de constante crecimiento poblacional, a raíz del flujo ininterrumpido de cubanos hacia la misma, por lo que no era posible esperar un desarrollo de las artes y las letras en una ciudad de creación tan reciente. En el mismo capítulo nombrado ‘El exilio’, de donde extraigo estos comentarios, el autor dice:
«...Los escritores cubanos, a través de todos los tiempos, en la isla éramos condenados al silencio, al obstracismo, a la censura y a la prisión; en el exilio, al desprecio y al olvido por parte de los mismos exiliados. Hay una especie de sentido de destrucción y de envidia en el cubano; en general, la inmensa mayoría, no tolera la grandeza, no soporta que alguien destaque y quiere llevar a todos a la misma tabla rasa de la mediocridad general; eso es imperdonable. Lo más lamentable de Miami es que allí prácticamente todo el mundo quiere ser poeta o escritor, pero sobre todo poeta». (p. 312)
Lo anterior dicho refleja una contradicción en el análisis de valoración que hace Arenas. Por una parte acusa a los exiliados de ignorar y despreciar a los escritores y por otra parte menciona a manera de lamento el hecho de que existe un culto hacia la práctica de la escritura y de la poesía, en particular, desmesurado. En otra descripción sobre Miami, Arenas se pronuncia de la siguiente manera:
«Yo no quise estar mucho tiempo en aquel lugar, que era como estar en la caricatura de Cuba; de lo peor de Cuba; el dime que te diré, el chanchullo, la envidia... En Miami el sentido práctico, la avidez por el dinero y el miedo a morirse de hambre, han sustituido a la vida y, sobre todo, al placer, a la aventura, a la irreverencia». (p. 313)
Sólo vi a Reinaldo Arenas
en persona dos veces. La primera, durante su presentación en la Universidad
Internacional de Florida, como parte del público asistente, y la segunda,
después de un viaje a Cuba, cuando le traje una carta de un escritor
conocido de ambos que me encargó su entrega personal. Durante este encuentro,
me pude percatar a través de la conversación, de su disfuncionalidad
social. Ya el escritor que me había encargado la entrega de la carta
me había advertido. Él no tenía sentido de lo necesario
que era trabajar para subsistir, del dinero y de las responsabilidades. Por
el contrario, me dio la impresión de una persona controversial, problemática
y vulgar. Todo era motivo de crítica y lo único que parecía
interesarle era la inmediatez de sus necesidades más básicas.
Como no frecuentábamos los mismos círculos, no lo volví
a ver. En lo que sí estaba claro era que la sociedad cubana en Miami
tenía manifestaciones tan homofóbicas como las que se veían
en La Habana. De esto nos dice en su libro:
«Lo primero que me dijo mi tío cuando llegué a Miami fue lo siguiente: "Ahora te compras un saco, una corbata, te pelas bien corto y caminas de manera correcta, derecha, firme; te haces además, una tarjeta que diga tu nombre y que eres escritor". Desde luego, lo que quería decirme era que tenía que convertirme en todo un hombrecito machista. La típica tradición machista cubana en Miami ha logrado una especie de erupción verdaderamente alarmante». (p. 313)
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Lo curioso
de todo este tema es que en la película de Julian Schnabel, el
capítulo sobre Miami y las opiniones del escritor sobre ‘El exilio’
cubano en la autobiografía son omitidas totalmente, como si no
fueran fundamentales para explicar el caso Arenas. Es cierto que Reinaldo
Arenas fue una víctima más de los atropellos en contra de
las libertades individuales que han tenido lugar en Cuba durante los últimos
años. |
Pero no es menos cierto que todos
los elementos conjugados de su vida se dieron cita en él para convertirlo
en un personaje atormentado por la psicosis y convertirlo en un eterno patrón
de la inadaptación social. Tanto dentro como fuera de Cuba, Arenas se
convirtió en un individuo marginado por su propio desajuste mental y
por tanto vivió en un mundo de irrealidades. No se sintió a gusto
en ninguno de los dos lugares. Aún, tras su traslado a Nueva York, él
confiesa:
«En Agosto de 1980 acepté una invitación para ofrecer una conferencia en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Sin pensarlo preparé la conferencia en menos de dos horas y tomé el avión, huía de un sitio que no era el apropiado para sumarlo a mis angustias y a mi manera de ser; huía también para siempre de mí mismo». (p. 314)
En realidad, su mudada no se hizo efectiva hasta el 31 de
Diciembre de 1980, tras concluir un semestre como profesor de literatura en
FIU. Al principio de su estancia en la Gran Manzana, el escritor se siente a
gusto, se dedica a las fiestas, al sexo maratónico y a su literatura,
hasta que comienza a sentir el rigor de la vida estructurada y se revela de
la siguiente manera:
«También en 1983 el dueño del
edificio en que vivía decidió echarnos del apartamento... En Cuba
una de las cosas que más había padecido era el hecho de no tener
un lugar donde vivir y tener que andar siempre ambulante; tener que vivir en
el terror de que en cualquier momento me pusieran en la calle y no tener nunca
un lugar que me perteneciera. Y ahora en Nueva York tenía que pasar por
lo mismo. De todos modos no me quedó más remedio que cargar mis
bártulos y mudarme para el nuevo tugurio». (p. 332)
Con lo que denotaba una falta de adaptación a cualquier
orden social, más allá de las diatribas en contra del exilio,
así como de sus opiniones y denuncias políticas en contra de Fidel
Castro y la revolución cubana. Nunca experimentó el más
mínimo sentido de la responsabilidad individual. En sus opiniones acerca
de los Estados Unidos, el escritor resume:
«Era difícil mantener una guerra contra
los poderosos, sobre todo cuando uno no tiene ni la residencia en un país
extranjero y desconoce hasta el idioma y el lenguaje jurídico... Después
de vivir en este país por algunos años he comprendido que es un
país sin alma porque todo está condicionado al dinero». (p. 332)
En diez años no se preocupó de aprender el
idioma inglés, por lo menos lo suficiente como para poder comunicarse
en la ciudad y el país donde vivía. Tampoco pudo regular su situación
inmigratoria dentro de los Estados Unidos, ya que nunca obtuvo la residencia.
Jamás supo lo que era un seguro médico. Nunca se percató
de la necesidad imperiosa de una estabilidad económica para poder liberarse
de presiones exteriores. Prefirió llevar una vida de miserias y bohemias
en pleno Manhattan.
En su carta de despedida, que dejó para ser publicada luego de su suicidio y que sirve de epílogo al libro, Arenas responsabiliza al sistema político de la isla de todos sus infortunios y sufrimientos del exilio, de la soledad y hasta de las enfermedades adquiridas por vivir en el destierro, desestimando su propia responsabilidad, directa o indirectamente, en el hecho de contraer el virus del SIDA. Y se despide con un «Cuba será libre. Yo ya lo soy». (p. 343)
Si la existencia normal de cualquier ser humano nos resulta compleja y a veces difícil de entender, la vida de Reinaldo Arenas es un verdadero caso de análisis para cualquier psicoanalista. Su inadaptación provocada por el estado de psicosis que desarrolló entre la niñez y su juventud, producto del atropello familiar, social y político, lo llevaron a vivir al margen de todo contexto posible de normalidad, al punto de que sólo la muerte fue capaz de librarlo de esa carga pesada. |
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BIBLIOGRAFÍA
Arenas, Reinaldo, Antes que anochezca, Colección Andanzas, Barcelona, Tusquets, 1992.
Freud, Sigmund, Selected Writings (Introduction by Robert Coles), U.S.A., W.W. Norton & Company, Inc., 1997.
James, Williams, Selected Writings (Introduction by Robert Coles), U.S.A., W.W. Norton & Company, Inc., 1997.