(España)
Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. En la actualidad se puede uno deleitar especialmente con el estilo de sus artículos en el diario La Razón.
Y en esto llegó el jazz. El verano en España huele a mar y a Pirineo, a arena y fiestas populares, pero también a música, a conciertos, al jazz al aire libre que envuelve la costa vasca y Galapagar, Almuñécar, Barcelona, Tenerife, Pontevedra, Ezcaray, San Javier y en el Mediterráneo en general.
Me piden los colegas de El Coloquio de los Perros que les escriba algo sobre el pop. Otro día escribiré del pop, porque hoy lo que me pide el cuerpo es hacerlo sobre el jazz. O sea. Sobre cómo en un principio todo fue blues, y cómo de ahí salió el rock y el pop, y también el jazz y lo demás. Reconozco que el jazz me encanta. Pero no el jazz petardo de los que aporrean sin compasión sus instrumentos, ni el jazz de vanguardia carente de ritmo y melodía, ni el jazz cochambroso de los que se van por los cerros de Úbeda haciendo experimentos que te destrozan las neuronas. Me gusta el jazz que salió de Orleans y extendieron los negros por todo el mundo, y que hoy es tocado en todo el mundo por negros y por blancos, por indios y amarillos.
Algunos se empeñan en presentar al jazz como lo que no es. Le buscan parentescos con el rock, con el flamenco, con la música clásica. Y no es nada de eso. El jazz es sonido de la calle, improvisación, la fuerza de un saxo que habla y que se ríe, la melodía y el ritmo de un solo de piano, el tempo que imponen los platillos, la batería, el contrabajo. All that jazz fue el nombre de una película en la que la vida era solamente jazz. Son muchos los que viven por y para el jazz. Hay jazzmaníacos que sienten esta música como una pasión. Hay quien escribe sólo de jazz porque el jazz es su sustento. Hay quien adora el jazz, pero que lo sigue a trompicones, como un servidor, pues las guerras del periodismo y las otras guerras te dejan sin tiempo para nada. Los jazzmen montan su vida en torno al jazz. Aman, sufren, disfrutan del jazz, viajan con el jazz, duermen y sueñan con el jazz. El jazzmen se supera con los años. Toca mejor cuanto más viejo es. Sigue en el escenario con 50, con 60, con 70 años o más. Ray Brown, uno de los más grandes maestros del contrabajo, marido de Ella Fitzgerald, murió hace unas semanas en la habitación del hotel cuando descansaba en plena gira. Brown tenía 75 y formó grupo con todos los grandes, entre ellos Dizzy Gillespie, Oscar Peterson y Duke Ellington. Pero Brown no es la excepción. B.B.King, el legendario bluesman de Missouri, cumple en septiembre 77 y todavía da más de 100 conciertos al año. De él han bebido todos los astros de la guitarra moderna, muy especialmente Eric Clapton, Jimi Hendrix y Mark Knopfler. La semana pasada tuve ocasión de ver y escuchar en San Sebastián, la patria del jazz hispano, al incombustible Elvin Jones, egregio batería de 75 años que ha grabado más de 500 discos. Pese a cargar con un hueso artificial en una pierna, mueve de forma independiente las cuatro extremidades sobre siete tambores y cinco platillos, en una suerte de polifonía que sorprende y cautiva. Jones fue batería de John Coltrane, el más grande saxofonista de todos los tiempos. Curiosamente, Coltrane murió muy joven, a los 40 años, pero dejó una obra intensa, extensa, revolucionaria. Sacó al jazz de los burdeles y lo metió en los estudios. Rompió con las drogas y se volcó en la espiritualidad. A Coltrane le llamaban «Trane», pues los solos de su saxo recordaban el paso arrollador de los ferrocarriles.
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Trane inventó la música
continua. Sus temas duraban entre 30 y 40 minutos. A Love Supreme,
su obra cumbre, es una suite de varios movimientos construida sobre cuatro
únicas notas. ¿Alguien se imagina lo que es soplar un saxofón
durante una hora seguida? Coltrane lo hacía sobre un escenario
sin perder la melodía, improvisando sin parar. Se ha dicho de él
que usaba el saxo para hablar. Y es verdad. Cuando lo escuchas con atención
parece como si recitara, como si rezara, como si llorara, como si dialogara
con el público o con otros instrumentos. Intentó imitar
la voz humana y casi lo logró. |
Un cáncer, hace ahora 35 años, lo fulminó en unos días y le impidió consumar su espléndida obra. Trane tocaba con su mujer al piano y se formó con Thelonious Monk y con Miles Davis, pero abandonó a éste antes de su deriva hacia el jazz eléctrico. Davis hizo lo mejor de su música con Coltrane y con Bill Evans, aunque un día decidió que había que cambiar y se adentró en la selva del jazzrock con Herbie Hancock, John McLaughlin y otros representantes del convulso mundo del electrojazz, en el que fascinaron Chic Corea, Stanley Clark y Jaco Pastorius, reputado bajista de una de las mejores bandas de los setenta: Weather Report. El jazzrock era estresante, nervioso, ruidoso, excesivo. No así el sonido Detroit de la Motown, otro ahijado del jazz, que parió a Stevie Wonder y a Marvin Gaye, a Smokie Robinson y a Diana Ross, a los Temptations y a Rare Earth, grupo que triunfó con Get Ready, un soberbio tema de treinta minutos, al estilo Coltrane.
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En la Motown todos sonaban parecido,
con un fondo de blues, con un fondo de jazz negro americano fusionado
con la música electrónica de los blancos. Ahora se hace
buen jazz, desde luego, aunque al saxo de Coltrane nadie lo ha superado.
Stan Getz y Dexter Gordon no lo lograron, y eran buenos. Charles Lloyd
y David Murray suenan bien, pero tampoco. Este año han tocado ambos
en San Sebastián, ciudad en la que se reunieron en enero Perico
Sambeat, Alfons Carrascosa y Gorka Benítez, tres saxofonistas españoles,
para improvisar una memorable jamsession con dos trompetas, dos baterías,
dos pianos y un contrabajo. |
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JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ MUÑOZ(Murcia, España, 1959)
Entrevista: Juan de Dios García |
Existen dos buenos motivos para que intercambiemos palabras de sabiduría sobre blues, jazz y literatura con José Antonio Martínez Muñoz: uno, por ser locutor radiofónico desde hace años de un espacio dedicado exclusivamente al blues, y otro, por ser un excelente poeta y prosista que en muchos de sus versos y prosas formula esa atmósfera jazzístico-literaria que tan escasos buenos resultados ha producido entre los escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX. ¿Seguiremos amparándonos en la famosa excusa de «¡...Es que es una música que no pertenece a nuestra cultura..!», o bien empezaremos a romper esquemas de una vez sobre la anquilosada idea del respeto y continuación de las tradiciones heredadas de nuestro pasado? Escuchemos, para ver si nos alumbra un poco, a este bluesman ibérico de la literatura.
JUAN DE DIOS GARCÍA: José Antonio, presentas un programa sobre blues, "La Frontera", emitido en Onda Regional de Murcia los domingos a las 11 de la noche, al mismo tiempo que un programa sobre poesía, "Las personas del verbo", los domingos a las 9’30 de la mañana. ¿Qué ocurre? ¿La cultura se arrincona en el domingo, cuando Dios descansa?, ¿la poesía es matutina y el blues pertenece a la noche?
JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ MUÑOZ: Lo que sucede es que los programas culturales y/o minoritarios suelen quedar arrinconados fuera de las horas y los días de máxima audiencia. Hasta cierto punto es normal y hasta cierto punto es beneficioso, ya que la audiencia de estos espacios es reducida pero fiel y no se ve sometida a los vaivenes de otras franjas horarias. Pero, claro está, a mí me gustarían más otros horarios mejores.
-Cuéntanos cómo fue naciendo en ti la afición simultánea a la literatura y al blues, ¿o no fueron simultáneas? ¿Eres acaso un cantante frustrado de blues metido a escritor por despecho? ¿Cambiaste el micrófono y la armónica por el bolígrafo y la tecla? ¿Tuvo algo que ver en esto la mala suerte de no haber nacido en el Delta del Mississippi sino en el sureste de España?
-Supongo que si ambas aficiones nacieron simultáneamente es porque ambas se comenzaron a manifestar en la época de la vida en que uno se abre al mundo y establece su escala de valores y preferencias. Digamos que desde los quince años el blues y la poesía han tenido un papel central en mi vida –y no sólo a nivel intelectual o estético– , pero no se dieron la mano hasta muchos años después, cuando escribí moanin’ (some blues) y el relato en que se integran esos nueve poemas, evil blues.
-Mick Jagger dijo en los años 60 que para el rock no era necesario escribir buenas letras, pues toda la poesía que necesitaba el rock ya estaba escrita en el blues. ¿Estás de acuerdo con esa teoría, no?
-No voy a opinar sobre las letras del rock’n’roll ni del pop porque me saldría del campo de acción de esta entrevista. Pero sí que declaro estar relativamente de acuerdo con la segunda parte de la afirmación de Jagger. Si tenemos claro que en las letras del blues (o del tango, o del flamenco, o de la tonadilla, o...) no vamos a encontrar lo que sólo nos van a dar los poetas mayores, sí encontraremos momentos de un lirismo y una capacidad expresiva que asombra. Quizá el mayor poeta del blues –además de otras tantas cosas– haya sido Willie Dixon, pero hay muchos hermosos ejemplos de verdadera poesía en los textos del blues, como estos versos de Robert Johnson, que traduzco libérrimamente de su Me and the devil blues:
Entiérrame a la vera del camino
para que mi viejo y malvado espíritu
pueda subir a un Greyhound y alejarse.
-¿Crees que la literatura popular que nace del blues podría ser culturalmente paralela a las coplas populares flamencas, a textos antiguos y anónimos de canciones celtas, a la literatura popular cubana musicada en el son, a las primeras milongas de los arrabales bonaerenses, etc...?
-Quizá esto requiera más conocimiento y estudio de lo que yo tengo. Tal vez aún estén por hacer las lecturas críticas y en profundidad de estas letras. En cualquier caso, sí que hay un elemento común importantísimo entre el blues y el flamenco (quizá también entre más géneros): su origen en la injusticia y el sufrimiento humanos.
-¿De qué manera nació la idea de escribir tu extenso poema nocturno para saxo?, ¿cómo planteaste su modo de escritura?, ¿te inspiraste quizá en algún tema jazzístico de largo aliento?, ¿escuchabas música mientras lo componías?, ¿por qué se abre y se cierra con citas de Luis Rosales y Safo? Puedes contestarme por partes, eh.
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-El deseo de escribir un largo y torrencial poema amoroso me obligó a buscar una fórmula que permitiese vertebrarlo e impedir que "se cayera". Decidí inspirarme en la estructura con que ejecutan los jazzmen los standars: una melodía que se desarrolla y a la que se retorna después de romperla con los breaks improvisados. Además, esta estructura cíclica me permitía intentar una atmósfera obsesiva y de cancelación temporal que probablemente no habré conseguido plasmar. Las citas de Rosales y Safo están ahí por razones puramente poéticas. Juan Ramón Jiménez le pedía a su "intelijencia" el nombre exacto de las cosas. Creo que estas citas son nombres exactos de aquello a lo que se refieren. |
-Otro conjunto de poemas tuyo se titula moanin’ (some blues) y está dedicado a la memoria de Robert Johnson. ¿Tienes alguna hipótesis particular acerca del mito maldito que encarna el personaje de Johnson? ¿Por qué crees que las maldiciones, el esoterismo y todo lo relacionado con lo supersticioso ha calado tanto en los bluesmen a lo largo de la historia?
-Lo bueno de las leyendas es que basta con que sean hermosas, no precisan ser ciertas. Yo no creo en pactos con el diablo, o mejor dicho: no creo en pactos con otro diablo que el que el creador lleva dentro. Creo que era Manuel del Cabral quien dijo que no hay obra de arte sin la colaboración del diablo.
Respecto a las supersticiones en el blues, me limitaré a considerarlas lógicas con el origen rural y humilde del género.
-Sé lo más objetivo y selectivo que puedas y dinos qué músicos colocarías en el altar infernal del blues, aquellos sin los cuáles tú piensas que la historia de este género musical no hubiese sido igual.
-Como siempre, lo difícil no es elegir, sino descartar. No haré listas ni clasificaciones, pero el blues no sería lo que es sin Blind Lemon Jefferson, Sonny Boy Willliamson I, Charly Patton, Bessie Smith, Muddy Waters, B.B. King, John Lee Hooker...Y sobre todo y sobre todos tengo en mi estima a Robert Johnson.
-El blues y el tango son géneros de brillantes canciones independientes una de otra. En cambio , otros estilos como el pop o el jazz, practican esa clase de discos llamados "conceptuales" desde hace tiempo, discos pensados a conciencia como una obra que hay que escuchar de principio a fin para degustarla. ¿A qué crees que se debe esto?
-Quizá se deba a que el concepto de autor y de autoría no es el mismo en este género que en otros. Además, en el blues prima más el concepto de intérprete que el de autor. Se puede rastrear los viejos blues clásicos casi desde el principio del registro fonográfico hasta hoy y cada intérprete le aporta su toque. Fueron los blancos (Canned Heat y su Partenogénesis, por ejemplo) quienes intentan el álbum conceptual que, además de poner el acento en el disco y no en la canción, trasluce cierto complejo de inferioridad mal llevado frente a la música "culta" que los negros no suelen tener.
-¿Recuerdas cuál fue el primer blues que logró estremecerte el alma hasta dejarte ya enganchado para siempre?
-Sí. Era la versión de los Cream de Sitting on Top of the World, un blues de Chester Burnett, al que se conoce más y mejor como Howlin’ Wolf. Hace de esto ya más tiempo del que parece: corría el año 73 o 74.
-Los oyentes de "La Frontera" todavía recuerdan aquella vez que se te ocurrió hacer la locura de pinchar una hora entera el tema A love Supreme de John Coltrane, quizá la canción más extensa de la historia del jazz. ¿Llegaste a ajustar los minutos exactos para que se oyese todo el tema entero en una hora de programa?
-Me encantó pinchar A Love Supreme. La verdad es que me lo estuve pensando varias semanas, porque me parecía una pasada (y quizá lo fuera). Sí que hubo que hacer algún pequeño pacto con los compañeros de informativos respecto a la duración de los boletines para no cortarle el rollo a Coltrane, lo que hubiera sido imperdonable.
-¿Te atrae la figura de un supuesto intruso en el blues como ha sido el guitarrista blanco Eric Clapton? Y del famosísimo disco de Gary Moore Still got the blues, ¿qué nos puedes decir?
-Clapton ha dado siempre lo mejor de sí mismo en el blues o en sus aledaños. Quizá sea más un intruso en el pop que en el blues.
Still Got The Blues es un álbum inevitable en el momento en que se grabó, cuando se producía la tercera ola de moda del blues, algo que viene llegando cada 30 años o así. Tuvo de bueno, como otros discos similares: llevar el blues hasta públicos que no conocían el género, pero el aficionado de verdad no creo que enloquezca con estas cosas.
-¿Crees que B.B.King, con sus conciertos multitudinarios por EEUU y Europa rompe un poco los esquemas del bluesman? ¿Lo ves como algo positivo? ¿Cómo te explicas que sea tratado como una estrella del rock masivo allá donde va?
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-A
B.B.King le pasa como le pasó a Louis Armstrong: su fama va más
allá del género, e incluso de la música. Es un excelente
embajador y banderín de enganche para el blues. Digamos de paso
que cuando lo entrevisté en Murcia me encontré con que es
todo un caballero, una de las personas de trato más afable y exquisito
que me he encontrado como periodista. Los dioses le (nos) bendigan con
muchos años más de blues. |
-En los años 80 aparece un nuevo bluesman, Robert Cray, que con su Strong Persuader comenzó a cavar su hueco en la historia del blues. ¿Qué opinión te merece Cray?
-Sin duda, Cray es uno de los grandes y uno de los más firmes candidatos al parnaso del Blues. Sigo su carrera con enorme interés y procuro no perderme ni un disco suyo.
-Desde los años 90 hasta ahora han surgido los nombres de una nueva generación de cantantes: Vasti Jackson, Kenny Neal, Lucky Peterson, Joe Louis Walker y la familia de los Kingsey Report. ¿Destacarías a alguno como posible candidato al trono de los bluesmen del siglo XXI?
-Éste es un genero de madurez y no de juventud. En más de uno de estos casos es pronto para opinar, aunque talento no falta en esta lista. Yo apostaría por Taj Mahal o por Robert Cray.
-Aparte de Rayuela de Julio Cortázar, ¿podrías recomendar a nuestros lectores algún libro relacionado con el jazz o el blues escrito en español o en otros idiomas?
-Recomiendo encarecidamente la lectura de Lady Sings the Blues, memorias de Billy Holliday, editadas en castellano por Tusquets. Son una lectura maravillosa. Y creo imprescindible intentar hacerse con todas las letras que sea posible, en especial del viejo Dixon, que sigue siendo para mí el sumo pontífice del Blues.
-¿Tienes algún proyecto literario más relacionado con el blues, el jazz y sus derivaciones culturales?
-Hombre, no sólo de blues vive el hombre. Por ahora no proyecto cometer ningún otro blues, pero todo se andará.
Este relato de José Antonio Martínez
Muñoz fue escrito en octubre de 1990, emitido por Radio Nacional de España
y publicado en la revista Boca a boca en enero de 1991.
Para un negro, llegar hasta donde yo estoy no es que sea mucho. Es normal. Soy el camarero de un antro de mala muerte de esta ciudad del Medio Oeste. El dueño –un cerdo blanco, anglosajón y protestante– tiene la osadía de llamarle "La Casa de las Luces Azules", como el burdel más famoso de Nueva Orleans. Mi vieja madre siempre me repite: "hijo, esas luces azules serán tu ruina".
Lo primero que pensé es que se trataba de un incendio. Resultó ser ella, su melena pelirroja al viento, enmarcando dos grandes ojos azules, como los faros de un coche corriendo en la noche. Mi vida cambió. Sé que decir esto parece una sandez, y quizá lo sea, pero yo sé que ya no soy el mismo. Allí, azotada por el viento, en aquella esquina, allí estaba y, ¡Dios!, por un momento creí que me miraba. Pero una chica así no mira hacia abajo nunca, jamás miraría a un negro.
Llegué al trabajo y, no sin esfuerzo, intenté concentrarme más en servir a la canalla que llenaba el local que en pensar en aquella chica tan hermosa, tan lejana. Pocas veces pierdo la calma, pero cuando la vi entrar creí encontrarme en el centro de un terremoto. Un gintonic, una sonrisa y la puerta vuelve a abrirse, ahora con violencia. Mi pelirroja está asustada, incluso con esta luz es evidente su palidez. Seguro que su miedo viene por este hombre alto, por este perfecto cowboy que ahora la toma del brazo, sin delicadeza, y la acompaña a la puerta. Se han ido y yo despierto de un sueño del que sólo quedan un par de billetes arrugados encima de la barra.
Al cerrar, casi amaneciendo, me fui, claro está, solo. Tenía todo el día y toda la soledad para pasear por las calles, por estas calles que por la hora y por la fina lluvia que caía parecían aún más dudosas.
Aún no lo puedo creer. Entre sollozos y nervios he llamado a la pasma. Sé que debería irme. Sé lo que pensará la policía si me encuentra aquí y en este estado. Pero no me importa, la he vuelto a encontrar y el jodido vaquero no está. No quiero irme. Él se fue después de acabar su obra. La he vuelto a encontrar y me quedaré con ella. Sólo que no está de pie en una esquina azotada por el viento. Está sobre un charco que no quiero mirar y con agujero en la frente. Me quedaré, aunque un negro que trabaja bajo luces azules no deba mirar hacia arriba. Aquí están ya las luces azules de la poli. Espero que me dejen llamar a mi vieja; le gustará saber que, después de todo, tenía razón.