(Cartagena, España, 1979)
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«Nada más ver aquella puerta había experimentado una insólita emoción, una atracción, un deseo de acercarse a ella, de abrirla y de cruzarla. Y al mismo tiempo había tenido la más absoluta convicción de que sería imprudente o desacertado por su parte -no supo decir cuál de las dos cosas- ceder a aquella atracción». (H. G. Wells, La puerta en el muro) |
Alta Fidelidad puede ser analizada desde muy diversas perspectivas, como comedia romántica, como una inmensa cinta melómana... Pero, tal vez, lo que más nos conmueva de la película sea el enfrentamiento que se produce en el interior de su protagonista y, por extensión en el de todos nosotros, entre dos fuerzas antagónicas que pugnan por imponerse: la realidad y el deseo.
A lo largo del film acompañamos a Rob (John Cusack) en un peculiar ejercicio de psicoanálisis (la sombra de Woody Allen es alargada) que, a modo de terapia, va a llevarlo a la toma de decisiones infinitamente postergadas; como Lionel Wallace en el relato de Wells va a tener que elegir uno de los dos lados del muro.
Esos dos espacios
separados son personificados por dos de los personajes centrales de la historia.
Así, al mundo de ensoñaciones de Rob se opone la responsabilidad de su novia Laura
(Iben Hjejle), conflicto del que surge la ruptura de la relación, momento en
el que comienza la película. La primera clave de la actitud de Rob ante la vida
la encontramos casi en el primer plano: el soñador, de espaldas y con los auriculares
puestos, busca refugio en una música ensordecedora, incapaz de afrontar la realidad.
Ese refugio inicial se amplía al personal microcosmos que constituye su tienda de discos para personas muy especiales en la que se mueven personajes tan curiosos como Dick (Todd Louiso) y Barry (Jack Black), una pareja que potencia el componente cómico de la historia.
La estructura narrativa de la película propone una revisión del pasado para explicar el presente del personaje. Así, después de mostrarnos flashbacks de sus principales decepciones amorosas e incluir a Laura en el selecto grupo de las cinco rupturas principales, Rob decide enfrentarse a los fantasmas de su pasado siguiendo el consejo de un Bruce Springteen que inevitablemente nos recuerda al Mc Luhan de Annie Hall: «Despídete de tus cinco principales y pasa página».
De entre las antiguas novias de Rob, además de esa crítica cinematográfica que toma notas con un bolígrafo-linterna y con la que atrozmente me identifiqué al revisar la película, destacan dos figuras: Sara (Lili Taylor) y Charlie (Catherine Z. Jones).
La primera de ellas nos interesa porque representa el espejo de nuestro protagonista: «Sara y yo encajábamos (...) Parecía lógico que aunásemos nuestro odio por el sexo opuesto mientras compartíamos cama»; marca una progresión en la actitud de Rob cuando la visita en su curioso recorrido terapeútico: «Ahora podría haberme enrrollado con ella. Qué mejor manera de exorcizar los demonios que tirarte a quien te rechazó. Pero no te acostarías con una persona sino con tu triste pasado de rechazos. Sería como acostarte con Talia Shire en Rocky sin ser Rocky».
Otro reflejo de Rob, esta vez proyectado hacia el futuro, lo encontramos en una interesante secuencia que no fue incluida en el montaje final de la película, tal vez por su excesiva duración. En ella Rob acude a casa de un coleccionista para comprar una fabulosa colección de discos a un precio ridículo. Por su mujer nos enteramos de que todo es una venganza por el adulterio del marido, que se está corriendo una juerga con una amiga de su hija. Lo que nos interesa es la actitud de Rob, incapaz de hacer algo semejante a alguien tan próximo a él en aficiones, no sólo musicales. Y es que una de sus condenas, como luego comprobaremos, es la irresistible atracción que siente por toda mujer que promete algo de emoción a su monótona vida de pareja.
Charlie
es aún más interesante para el progreso de la historia. Representa la imagen mística
de la mujer para Rob, como apreciamos en su discurso. Es una diosa, un personaje
irrealmente perfecto: «¡Está en el puñetero listín telefónico! Creí que viviría
en Neptuno; es una extraterrestre, un fantasma, un mito, no una persona que
aparece en la guía». Pero el reencuentro no puede ser más desmitificador: «Me doy
cuenta de que Charlie es una persona horrible. No escucha a nadie y dice unas
cosas estúpidas y espantosas, pasa el día soltando chorradas. Puede que siempre
haya sido así. ¿Cómo la convertí en la respuesta a todos los problemas del mundo?»;
el ser idealizado descubre una mezquindad hasta entonces ignorada por nuestro
protagonista, como lo hacía Beatriz Viterbo en un memorable relato de Borges.
Esa fantasía que es la mujer para Rob hace que se rebele contra la realidad de una relación estable, algo que él mismo declara en una genial definición de la vida de pareja: «Yo soñaba que estaría rodeado de lencería fina por siempre jamás, y ahora sé que guardan sus mejores braguitas para la noche que van a acostarse con alguien».
Rob no quiere resignarse a la prosaica realidad de unas bragas de algodón desgastadas por el uso, por lo que recurre a la infidelidad como vía de escape a su insaciable deseo. El adulterio tal vez sea uno de los procedimientos más eficaces para mostrar el conflicto que recorre estas páginas. No tenemos más que pensar en la rica tradición literaria que este motivo nos ofrece; Ana Ozores, Emma Bovary, entre otras muchas, abandonaron la comodidad de sus vidas cotidianas movidas por un insaciable anhelo de plenitud que estaban condenadas a no alcanzar:
«Antes de casarse, Enma había creído estar enamorada; pero como la felicidad que esperaba en aquel amor no había hecho su aparición, pensó que se habría equivocado. Y se preguntaba intrigada qué es lo que había que entender concretamente en la vida por palabras como dicha, pasión y ebriedad que le habían parecido tan maravillosas en los libros».
(Gustave Flaubert, Madame Bovary)
Rob es el heredero de una viciada contemplación de la vida de carácter eminentemente romántico -decía Hölderlin que somos dioses cuando soñamos y mendigos cuando estamos despiertos- que va a conducirlo de manera inevitable al aislamiento de unas brumosas fantasías en las que la comunicación con la mujer amada, inexistente en cuanto proyección de nuestros deseos, se hace del todo imposible. Una hermosa imagen de esta incomunicación, más allá de su condición de fábula de ciencia ficción, la encontramos en La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares. En esta novela, el protagonista y narrador llega a una misteriosa isla en la que convive con las que resultan ser unas proyecciones tridimensionales grabadas en un tiempo pasado que perpetúan los actos de unos días en una suerte de eternidad. Una de esas proyecciones, Faustine, podría ser identificada sin problemas con esa mujer amada inalcanzable de la que estamos hablando, una mujer con la que la única comunicación posible, después de someterse al experimento al que ella se sometió, va a ser la de la ficción de dos imágenes que conviven aparentemente pero que en realidad pertenecen a dos tiempos distintos y permanecen completamente ajenas; todo ello lleva al protagonista a una patética súplica final:
«Aún veo mi imagen en compañía de Faustine. Olvido que es una intrusa; un espectador no prevenido podría creerlas igualmente enamoradas y pendientes una de otra (...) Al hombre que basándose en este informe, invente una máquina capaz de reunir las presencias disgregadas, haré una súplica. Búsquenos a Faustine y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine. Será un acto piadoso».
Pero abandonemos por un momento la literatura y volvamos a la película. La salida de Rob de todo ese mundo espectral de ensoñaciones se produce de la mano de Laura; es ella quien le enfrenta a la vida a través de la lista de los cinco trabajos soñados: «Una lista de cinco cosas que harías si las aptitudes, el tiempo, la historia y el salario no fuesen un problema. Y hay una que ni siquiera querías hacer». La conformista pero práctica propuesta de Laura de aceptación de la realidad y toma de decisiones pronto será aceptada por Rob, que abandona sus continuas justificaciones para confesarse al espectador: «Nunca me comprometí en serio con Laura. Yo siempre tenía un pie fuera y eso impedía muchas cosas, como pensar en el futuro».
Frente a la estéril
y cómoda observación, ligada a diversas formas de fantasía, Laura propone a Rob
la implicación con el mundo que le rodea, o que acepta bajo la forma de la producción
musical. Rob, en seguida, va a hacer suyo el discurso de Laura: «Supongo que
siempre he sido un profesional de la crítica, una especie de observador profesional
o algo así, y sólo quería aportar algo al nuevo mundo...».
El último conflicto que se presenta al protagonista, elegir a Laura o a la atractiva y aduladora periodista musical -la realidad o el deseo-, se resuelve en toda una declaración, no sólo de intenciones, que muestra claramente la evolución del personaje: «Iba a preguntarte si quieres, o no, casarte conmigo (...) Estoy harto de darle constantemente vueltas a estas cosas: el amor, sentar la cabeza, el matrimonio, ya sabes... Quiero pensar en otras cosas (...) Las otras mujeres no importan, creo que sólo son fantasías. Siempre parecen ideales porque nunca hay problemas (...) Y luego llego a casa (...) y no hay lencería (...) bueno sí tienes lencería, pero también tienes esa de algodón que has lavado miles de veces y que cuelgas de la ducha... y ellas también, pero yo no la veo porque no está en mi fantasía. Estoy harto de todo lo demás pero no me harto de ti».
De este modo, la película se cierra con un conformista, y agradable para el espectador, triunfo de la cotidianeidad del amor monógamo más allá de las engañosas pasiones -el título adquiere, así, un carácter eminentemente polisémico-, de la realidad sobre el deseo. La pregunta que surge es: ¿hasta cuándo?; porque, como muy bien escribió Luis Cernuda:
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El amor no tiene esta o aquella forma, no puede detenerse en criatura alguna; todas son por igual viles y soñadoras. |
Dos últimas notas:
1ª) La genialidad que distingue a una gran película de otra que sólo es buena radica en dar respuesta a la pregunta antes apuntada. Respuesta que no encontramos en el complaciente final de Alta Fidelidad y sí en el de esa obra maestra que es Dos en la carretera, de Stanley Donen, en la que el agridulce ciclo eterno de buenos y malos momentos de una pareja era sugerido de manera prodigiosa.
2ª) Como complemento a esta película, y configurando un programa doble temático sobre Stephen Frears y John Cusack, recomiendo una excelente película: Los timadores.
(Granada, España)
Andaba
pensando en cómo dar expresión a una idea que había surgido en mí desde el primer
momento en que vi South Park. Pensé, al principio, en hacer una especie
de estudio crítico verdaderamente serio, con instrumentos teóricos conceptuales
que me permitieran trazar en muchas líneas de papel el desarrollo aburridísimo
e incomprensible de mi reflexión. Así –pensé–, le daré una apariencia de rigor
y coherencia teórica, y conseguiré con mi artículo una píldora amarga que ni el
más hábil de los Rojas podría hacer tragar. Sin embargo, viendo que esto podría
resultar del todo ridículo para el tratamiento de un tema tan peculiar como es
South Park, y que sin duda despertaría la carcajada de un primer lector
precipitado, o el desprecio de aquel que entendiera lo que iba a escribir aún
peor que yo mismo, viendo esto, digo, me determiné a escribir siguiendo las palabras
que me dictaba mi intuición, dejando a un lado la retórica teórica que se pudiera
encontrar en estudios semióticos o de otro tipo relacionados con las nuevas formas
de expresión. Así, conseguiría manifestar de forma clara (y creo que no demasiado
imprecisa) mi humilde opinión sobre South Park y ponerla al servicio del
lector más compasivo.
South Park. ¿Se trata en realidad de unos simples dibujos animados? Parece fácil decir que no, pero... ¿qué son entonces? ¿Un producto comercial? Obviamente. Y si es comercial es porque debe divertir a un cierto sector del público. ¿Por qué divierte? Esta cuestión ya no parece tan fácil de resolver.
Hay quien opina que lo que divierte en estos
“dibujos” es la pura grosería de que están llenos, una grosería que se ha convertido
hoy por hoy en el único atractivo de un sector joven de la sociedad, irracional
y salvaje, imbuido por la cultura de la insensibilización que está cada vez más
extendida en nuestros días.
Por contra, hay quien cree que South Park divierte por ser una forma de crítica de la sociedad actual, de sus tópicos. Los pocos que opinan así son, desde mi punto de vista, los que han sabido ver en estos peculiares dibujos animados una nueva “forma de expresión” (en el sentido vago con que hoy utilizamos tal término).
Estamos acostumbrados a ver que la violencia vende, y esto motiva frecuentemente la aparición de ciertas ideas tremendistas en personas que gustan de inventar sus propias teorías apocalípticas acerca de los tiempos que vivimos. A menudo se piensa que son estos tiempos de una crueldad y violencia inusitada, con continuas guerras y desastres. Pero, realmente, no es que este mundo que nos ha tocado vivir sea peor que el de tiempos pasados, sino que en la era de la comunicación (la nuestra) afortunadamente todo se puede llegar a conocer con relativa facilidad, tanto lo que nos rodea como lo que ocurre a miles de kilómetros de distancia. No es verdad que antes el mundo estuviera más cuerdo, sino que las personas que lo habitaban estaban más desinformadas. Como Savater dice: “Es un mito pensar que nuestra época es excepcionalmente violenta. La vida cotidiana nunca ha sido tan pacífica como ahora, cuando pocas personas llevan armas y la muerte a mano airada es un hecho raro”.
El hombre es un animal (animal sin connotaciones negativas), cuyos instintos básicos, aquellos que le harían satisfacer sus necesidades vitales y luchar por la supervivencia en un hipotético estadio de pre–socialización, se hallan reprimidos. Esta represión es imprescindible para la convivencia pacífica en sociedad de la que habla Savater. No obstante, no deja de ser esta una represión artificial, convencional, no genética, no biológica. En efecto, la naturaleza del hombre le hace buscar la satisfacción de sus instintos primarios por muy diversos modos, de entre los que podríamos mencionar por ejemplo el deporte ( “una estilización de la guerra”, según Umbral) y el consumo de violencia externa visual o auditiva, un consumo que se produce hoy en día a través de numerosos productos que hay en el mercado. Hablamos de videojuegos, programas de televisión, fotografías y reportajes morbosos en telediarios, etc. Probablemente no sea la mejor de las maneras de canalizar los instintos antes mencionados, pero es evidente que es una forma más y que parece que va ganando terreno poco a poco a otras alternativas. Hay quien cree que la insensibilización de nuestros días es una causa directa e inevitable de esto.
Sin embargo, observar violencia (en televisión por ejemplo), no tiene por qué anular nuestra capacidad de reflexión ni nuestra sensibilidad. Al fin y al cabo, todo lo que se dé en una determinada sociedad humana es un producto cultural de ésta, y por tanto la reflexión sobre ese producto debe servir para ver cuáles son los caminos hacia los que se dirige la conciencia social e intentar adecuarlos, encauzarlos hacia el bien común, en lugar de volver la vista atrás, rechazando todo lo que nos recuerda nuestra condición animal (la única posible en el ser “humano”, por otra parte).
¿Es perjudicial el hecho de que la violencia sea un producto comercial en nuestra sociedad? Si es así, ¿cuál es la solución? Para responder a ambas preguntas habrá que estudiar el fenómeno en cuestión. Conocer es resolver. En efecto, cerrando los ojos ante los problemas que nos amenazan no conseguimos solucionarlos, y creer lo contrario sería propio de la encantadora ingenuidad del niño que se tapa los ojos cuando alguna cosa le asusta, creyendo que así dejará de existir realmente como deja de existir para sus ojos.
Es por esto por lo que hay quien, con la ingenuidad del niño, cierra los ojos no sólo ante todo producto comercial basado en calmar la demanda de violencia, sino que además se ciega y no es capaz de ver nuevas formas de expresión. Estas “nuevas formas” no podrían surgir sino de la propia violencia, empleada en este caso no como objeto de satisfacción para el consumidor que la demanda, sino como fuerza de choque que pretende hacer reflexionar sobre sí misma. Es el caso de South Park, una especie de crítica reflexiva (reflexiva en dos sentidos: ‘sobre sí misma’ y ‘que funciona a través de la reflexión’). Y esto es así porque surge de la violencia social y hace de ella su objeto mismo, sin discutirlo, presentándolo en sus más extremas formas con descaro y frescura. Ese descaro es para algunos mera grosería sólo digna de desprecio. Pero para los que consiguen mirar (y digo mirar, imprescindible para ver) más allá de la apariencias, lo que ocurre es que en realidad se hace de la grosería un ataque contra sí misma. Ahora bien, el que estos últimos consigan ver la crítica no significa que forzosamente les tenga que gustar lo que ven: cada cual es dueño de su gusto, y no se pretende desde aquí atacar simple y llanamente a los que no les gusta South Park, sino que lo que se reclama es un poco de detenimiento, una mirada crítica ante lo que nos rodea, más allá de la actitud infantil del que no quiere ver lo que le asusta. Una vez hayamos procedido con una mirada crítica, podremos decidir lo que queremos quedarnos, lo que queremos rechazar, lo que queremos mejorar e incluso lo que queremos olvidar... Pero antes, una mirada crítica que vaya más allá de lo superficial (que en el caso de South Park es la grosería).
South Park no critica explícitamente lo que refleja; simplemente
lo refleja (haciendo, por otra parte, amplio uso del absurdo). Y si lo hace
con descaro, es para intentar causar en el espectador (convertido en “lector”
activo) un impacto que le lleve a cuestionar cómo es posible que en la sociedad
en que vivimos el reflejo brutal de ciertas lacras sociales (sexismo, racismo,
xenofobia, etc.) pueda ser reconocido con tanta naturalidad. Es reconocido por
el que se ríe (pues nota la ironía) y por el que rechaza la grosería (pues con
su rechazo constata que los dibujos le han recordado una parcela de la realidad
que se había propuesto olvidar).
South Park retrata la realidad, una realidad poco agradable pero ante la que se pueden cerrar los ojos o se pueden abrir. El espectador debe actuar tras reconocerse en esa realidad, reconocerse en tanto que miembro de la sociedad que produce esa realidad (catarsis no individual). Lo que ocurre es que, en la pasividad en la que a menudo estamos inmersos y nos refugiamos, estamos acostumbrados a que nos digan qué tenemos que rechazar y cómo debemos hacerlo. Por ejemplo: en los programas y teleseries cómicas actuales se nos dice cuándo tenemos que reír, cuándo llorar, etc. Se hacen evidentes los momentos en los que se pretende hacer reaccionar la sensibilidad del espectador, su indignación, etc. No hay tonos grises: los malos son malos y los buenos buenos (y estos últimos siempre ganan, lo cual es una absoluta mentira). Todo está muy claro y ello hace que nos olvidemos de la reflexión personal, al menos cuando vemos la televisión. En South Park se juega con esa pasividad del espectador, no para acabar de insensibilizarlo, sino para jugar con la poca capacidad de reacción que le quede y hacerle reflexionar por sí mismo ante la cruda y grosera representación de unos hechos y comportamientos sociales que no dejan de ser reales.
¿En qué sentido esta crítica supone una innovación? En el sentido de que nos llega por un vehículo que, al menos hasta el momento, no se ha caracterizado precisamente por ser transmisor de ideas críticas: la televisión. El hecho de que no sea lo más habitual encontrar en la “caja boba” discursos inteligentes y que inviten a la reflexión, no significa que no pueda haberlos. En efecto, South Park es uno de ellos, como también lo son (aunque no exactamente de igual modo) los “dibujos animados” que, casi con toda seguridad, fueron su precedente: los Simpsons. Pero, entiéndase bien: no se pretende hacer aquí un elogio encendido de South Park, pretendiendo elevar a esta serie a la categoría de futuro clásico universal del pensamiento y arte por encima de creaciones literarias de su misma época, por encima de la crítica de su época que se encuentra en los libros. No. Que quede bien claro que no se está diciendo que South Park sea la mejor forma de favorecer nuestra mirada crítica. En caso de que queramos enriquecernos, leamos. Pero, si nos da alguna vez por hacer el vago y sentarnos frente a la televisión, y si nos da por hacer zapping (que es lo más probable) y topamos con estos “dibujitos”, no vendría mal echarles un vistazo, manteniendo siempre alerta nuestro sentido crítico. Al fin y al cabo, siempre será mejor elegir el producto televisivo que, aunque comercial, nos permita reflexionar sobre un tema cualquiera, en lugar de continuar haciendo zapping u optar por ver una de las excesivamente numerosas películas americanas de tiros, bombas, secuestros, venganzas, justicieros... eso que llaman películas de acción, pero que nos anulan el pensamiento, enterrándonos en la mayor de las pasividades mentales y reproduciendo ante nuestra vista una violencia que, esta vez sí, es totalmente gratuita y absurda. Es la violencia de este tipo de programación televisiva, así como otra serie de productos del medio como los reality shows, etc. los que son verdaderamente “estúpidos”, groseros, insulsos, manipuladores de la conciencia y todo eso que ya sabemos que ocurre. No considera que South Park esté en la línea de estos últimos productos, al menos no en su totalidad.
Esto puede parecer una simple broma o bien un delirio pseudo–filosófico de un pobre despistado, fruto de un intenso aburrimiento en sus ratos de ocio. Tal vez lo sea, (de hecho, no en vano nos recordaba Hobbes que “el ocio es la madre de la filosofía”). Sin embargo, el disparate cede ante la evidente crítica que asalta no pocos de los capítulos de South Park, y que en ocasiones llega a ser tan sutil que penetra en sí misma, en el instrumento que posibilita tal crítica.
El
ejemplo claro de esto que digo es un hilarante capítulo en el que los padres
de los niños protagonistas organizan una manifestación ante las oficinas de una
cadena de televisión. Esta cadena es la responsable de la emisión de unos groseros
dibujos animados que los niños ven a todas horas, y que hacen a sus padres “reflexionar” sobre
cómo puede influir esto negativamente en la educación de sus hijos. El motivo
de la manifestación será, por tanto, la exigencia de que se suspenda definitivamente
la emisión de tales dibujos. Finalmente, los padres conseguirán su objetivo por
un procedimiento más que absurdo (quien haya visto el capítulo sabrá a lo que me
refiero). Pero esto es lo de menos. La cuestión está en que, mientras los padres
habían acudido en masa a la manifestación, los niños habían quedado en el mayor
de los descuidos. Inmediatamente, los protagonistas (un grupo de niños) se meten
en un lío tremendo y llaman por teléfono a sus padres (en la manifestación). Estos
últimos no les hacen caso porque, según ellos, están haciendo algo muy muy importante
para su bienestar y su futuro (los padres seguían en la manifestación). Consecuencia:
los niños se encuentran una vez más solos, descuidados por los que dicen preocuparse
por ellos. Y de ahí surge la sutil reflexión puesta paradójicamente en la “inocente” boca
de uno de los niños: “si los padres se ocuparan menos de lo que sus hijos ven
por televisión y más de lo que de verdad pasa en sus vidas, el mundo sería mucho
mejor”, y otro niño añade: “sí, yo creo que los padres se ofenden tanto con la tele
porque la tienen como niñera y maestra de sus hijos”. Esta última frase posee por
sí misma un poder de síntesis que roza la perfección, ya que describe de un plumazo
la verdadera realidad de la gran mayoría de los padres actuales que se quejan
por gran parte de los productos comerciales que sus hijos consumen, y que están
basados en la grosería y la violencia. La crítica reflexiva de que antes hablábamos
se hace patente aquí, y además con una indudable ironía (teniendo en cuenta que
South Park sería uno de esos productos que se incluirían entre los no deseados
por los padres para la educación de sus hijos). Sobran más comentarios y explicaciones.
Ejemplos como éste abundan en la mayoría de los capítulos de South Park,
y si no son referidos aquí es para no cansar al lector, y también porque una sola
piedra puede bastar para construir una montaña de reflexiones.
Quien siga diciendo ahora que no ve la crítica en South Park, que viva feliz en su ignorancia.