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JOSÉ MARÍA CUMBREÑO
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Es licenciado en Filología Hispánica. Estuvo vinculado durante varios años al mundo de la radio. De hecho, realizó diversos programas semanales dedicados a la literatura en Onda Cero y en la Cadena Ser.
Textos suyos han aparecido en revistas como Turia, Reloj de arena, Solar, Ars et Sapientia, Ala de mosca o Espacio/espaço escrito. Ha sido incluido en las antologías Diez años de poesía en Extremadura y Poelia. A finales del año 2000, la Editora Regional de Extremadura publicó su primer poemario, Las ciudades de la llanura, que había sido finalista del Premio de poesía Rafael Alberti. En mayo de 2003 la editorial sevillana Algaida sacó a la luz su poemario Árbol sin sombra, que obtuvo el Premio de poesía Ciudad de Badajoz. En la actualidad, trabaja como profesor de enseñanza secundaria y prepara su primer libro de relatos.
Todas las tardes, Paula, a las cinco en punto (imagino que ésa fue una de las muchas manías que se trajo de Londres), iba a la cafetería que estaba junto al portal de su casa y pedía una taza de agua hirviendo. Al principio, el camarero la miraba con desconfianza. Pero, cuando ella le aclaró que le pagaría el doble de lo que costase el té más caro, dejó de preguntar nada. Una vez que tenía sobre la mesa la taza humeante, sacaba del monedero una bolsita, a simple vista igual a la de cualquiera de las muchas variedades que se servían allí, y la introducía en el agua parsimoniosamente.
Y, sí, es cierto que Arthur Bush siempre pidió que lo incinerasen. Lo que ya no estaba tan claro, al menos nadie creía habérselo oído decir, era que deseara que su viuda usase sus cenizas para hacerse, todas las tardes, por muy a las cinco en punto que fuesen, una infusión con ellas.
Al final las niñas se durmieron.
Beatriz había preguntado por su madre, pero esa noche Irene tenía guardia en el hospital.
Se sentó. La cena se le había enfriado. En la tele, un terrorista árabe, que en realidad era un extraterrestre disfrazado, apuntaba con un pistolón al presidente de los Estados Unidos, quien, en el último momento, consigue arrebatarle el arma y salvar al mundo de la destrucción nuclear.
The end.
Mientras lavaba los platos, intentaba no acordarse del mensaje que Nuria le había mandado al móvil. Había prometido no volver a acostarse con ella. Y estaba dispuesto a cumplirlo. Tenía que cumplirlo.
Quiero a Irene y quiero a las nenas.
Quitó el tapón del fregadero. El agua sucia hacía ruido al bajar por las cañerías.
Se preguntó si habría vida en otros planetas.
JOSÉ MANUEL PALACIOS (Montería,
Córdoba, Colombia, 1979) Este trabajo pertenece a una colección inédita llamada Malditas historias del Sinú. |
La mujer salió del baño y pasó a través del cuarto. Tenía el pelo recogido sobre la cabeza, un panty blanco y una bata blanca de toalla.
-¿Porqué no te has vestido? –preguntó el hombre impaciente-. Hace veinte minutos nos bañamos.
-¡Ya voy a estar lista! No seas desesperado.
El hombre se paró a orinar. Sobre el mesón del lavamanos había tres neceseres de cosméticos y cremas, y alrededor, cepillos, peinillas, gel, cremas, polvos, aceite para el cuerpo... El hombre llegó hasta el sanitario, levantó la tapa y meó. Antes de terminar entró la mujer.
-Flaco, ¿has visto mi falda azul? –preguntó ella.
-No, no sé dónde está. ¡Apúrate!
El hombre volvió al cuarto, se sentó en la cama y prendió el televisor. Con el control en las manos cambiaba canales sin atenderlos y miraba de reojo hacia el baño. La mujer salió poniéndose el sostén.
-Flaco. ¡La falda azul!
-No sé. ¿No está sucia o secándose? –respondió desesperado el hombre.
-No flaco, tiene que estar aquí.
La mujer abrió la
puerta del closet y revolcó como una avestruz. El hombre salió del cuarto,
bajó las escaleras y llegó hasta la cocina. Abrió la nevera para servirse
un vaso de agua pero vio una botella de vino abierta y bebió del pico de la
botella. Salió de la cocina al balcón y encendió un cigarrillo. El humo en
los pulmones lo tranquilizaba. El día estaba caliente pero la brisa fresca
llegaba hasta allí. En una esquina del balcón había una cuerda
para secar la ropa y en la cuerda estaba colgada y asegurada con ganchos la
falda azul.
-¡Aquí está la falda azul! –gritó el hombre hacia dentro del apartamento.
-¿Dónde? –gritó la mujer desde el mezanine.
-¡Secándose!
-¿Está seca?
El hombre se acercó y la tocó.
-¡Sí!
-¡Súbemela! –pidió la mujer.
El hombre terminó el cigarrillo y subió hasta el cuarto con la falda.
-Me imagino que sólo te falta la falda, que por lo demás ya estás lista –dijo irónicamente el hombre.
-¡Ya casi! No te desesperes.
La mujer entró al baño con la falda en la mano. El hombre buscó el control del televisor para cambiar el canal y no lo encontró.
-¿Tú tienes el control? –preguntó el hombre asomándose al baño.
-Sí. Toma –la mujer lo tenía sobre el desorden del mesón del lavamanos.
-¡Rápido! Vamos a llegar tarde –apuró el hombre juntando las cejas y contrayendo los cachetes.
La mujer se había soltado la parte baja del pelo y el resto lo tenía cogido con un gancho azul. Se había puesto la falda y se había desabrochado el brassier. El hombre volvió al cuarto y se acostó sobre la cama. Pasó canales y se detuvo en un programa de animales y se distrajo con el programa. Sonó el teléfono.
-!Aló! –escuchó qué le decían-. No señor. Ésta no es la oficina de esa empresa de transportes.
El número de teléfono del apartamento había pertenecido a una empresa de transportes intermunicipal y cerca de las vacaciones siempre llamaban a preguntar por los buses de las 6 AM, 8 AM, 12 PM y 2 PM. El hombre volvió a concentrarse en el programa. Del baño se escuchaba un ruido como de un gallinero.
Al rato salió la mujer vestida.
-¡Ya! –se anticipó a decir.
La mujer se quitó la blusa, la dejó sobre la cama y volvió al baño.
-¿Y ahora? ¿Porqué carajos te quitas la blusa? –preguntó el hombre fuertemente para que la mujer lo escuchara en el baño.
-¡Espérate! ¡Es sólo un segundo! –respondió ella.
El programa se había acabado y había empezado otro. La mujer encendió el secador de pelo y la bulla se mezcló con las voces del televisor.
-¿Apenas te vas a peinar? –preguntó el hombre asomándose al baño.
-Me peino y me maquillo en un segundo. ¡No me demoro! –respondió la mujer sin voltear.
-¡Vamos a llegar tarde!
-No seas exagerado, tenemos tiempo.
-Teníamos tiempo, ya te lo gastaste.
Volvió al televisor acostado en la
cama. Empezaba un programa. En el programa un hombre convivía con una madre
jaguar y sus dos cachorros. El hombre era robusto y rubio, con la mirada transparente
y la boca fina. Se había encontrado
a la madre
jaguar en la selva, al otro lado del río. Estaba herida y embarazada cuando
la encontró y la llevó a su casa. La casa del hombre estaba entre un bosque
sin grandes predadores, separado de la selva por el río. La casa eran dos
construcciones enfrentadas. Una como un bloque con plataformas salientes,
la otra era dos pisos de salones grandes sin puertas ni ventanas, también
con plataformas hacia fuera. La madre había empezado a criar a sus cachorros
en uno de los salones del segundo piso. Había estado débil y el hombre la
había hecho sentir confianza en él. Ahora estaba fuerte y recuperada, el hombre
salía en la pantalla contando que iban juntos al otro lado del río y que cuando
llegaban ella salía corriendo y se perdía, pero que al tercer o cuarto día
volvía al salón sin puerta.
Un día sin lluvia el hombre entró al salón a jugar con la madre y sus crías. Después de jugar la madre, las crías y el hombre se tendieron en el piso. La madre acariciaba al hombre con el pelaje de su cachete. Los comerciales interrumpieron la historia. La lluvia era fortísima después de comerciales y el río se estaba desbordando. El hombre entró de nuevo al salón pero la madre no estaba. El hombre salió diciendo en la pantalla que sospechó que la madre se había llevado a sus crías a la selva, del otro lado del río. También dijo que le preocupaba que se hubieran ahogado. Volvieron a mostrarlo en le salón donde no había encontrado a la madre y sus crías. Salió corriendo y llegó al río. Encendió el motor diesel de una lancha y cruzó el río a punto de desbordase. Del lado de la selva buscó a la madre y a sus crías un buen rato. Por fin encontró a la madre intentando liberar a sus crías de un refugio que les había conseguido y que se estaba inundando. Era una raíz gigante y vieja que formaba una cueva y estaba oculta entre dos árboles. Parecía un lugar seguro pero la lluvia había arrastrado residuos y palos y piedras que no dejaban a la madre salvar sus crías. El hombre pudo liberar a las crías y la madre cogió una con la boca y salió corriendo. El hombre cogió la otra y corrió hasta la lancha. Pasó el río con dificultad por la fuerza de la corriente pero llegó al otro lado sano y salvo. Buscó a la madre sin éxito por los alrededores del río y volvió a la casa triste. La voz en off decía que creía que el la madre con la cría se habían ahogado. Después de los comerciales mostraron el hombre volviendo su casa triste y pensativo. Cargó a la cría como a un bebe para llevarlo al salón donde había curado a su madre. Subió por las escaleras y al entrar al salón vio a l madre con la otra cría dormidas. El hombre celebró y habló de lo contento que se sentía. Otro día, soleado y caluroso, el hombre no encontró a la madre ya sus crías en el salón y se dirigió directamente al río. En proa de la lancha estaba la madre con su pose imponente de animal felino y las crías debajo de los asientos. El hombre comprendió inmediatamente lo qué pasaba y encendió el motor. Pasaron el río, él en la popa sentado al lado del motor, y la madre erguida en proa con una pose de absoluta dignidad. El hombre habló de la confusión entre tristeza por saber que no volvería a ver a la madre y a sus crías, y felicidad porque habían encontrado su rumbo y su destino. Por fin venció el instinto, decía el hombre. La madre bajó de la lancha y caminó con las crías a su lado sin mirar atrás.
-¡Ya se acabó este programa y tú no estás lista?
La mujer pasó vestida, peinada y maquillada.
-¡Ya! Estoy lista. Sólo que no encuentro la pinza para las cejas y tengo unos pelitos aquí –dijo ella señalándose entre los ojos.
-¡Vamos así! –sentenció el hombre.
-¡Espérate! ¡Deja el mal genio!
La mujer entró al baño otra vez. El hombre bajó las escaleras y fue a la cocina a servirse un poco de vino. Abrió la nevera pero le dio pereza servirse, de modo que tomó de la botella un trago largo. Cerró la nevera y se fue al balcón a fumar un cigarrillo. Estaba por prenderlo...
-¡Ya estoy lista! –dijo la mujer bajando las escaleras-. ¡Vamos!