(Murcia, España, 1977)
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Con tu hermoso cabello y tus dieciséis años
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Descubrí a Tim Buckley no hace mucho tiempo, uno o dos años y medio, si no recuerdo
mal. Mi novia hacía un viaje por Europa y yo aproveché para pedirle que volviera
con algo sobre él. Su nombre era conocidísimo para mí, no así su obra. No conocía
ni siquiera una canción suya ni había oído jamás su voz. Sin embargo, había
leído ya mucho para interesarme por este personaje. Siempre aparecía asociado
a nombres como Nick Drake, Leonard Cohen, Bob Dylan o Neil Young y era citado
continuamente como una referencia ineludible para la mayoría de músicos que
me interesaban. De modo que, así las cosas, el conseguir algo suyo era cuestión
de tiempo. Y así fue, en efecto: mi novia regresó de su viaje acompañada de
un compacto. Dijo que lo había comprado en Amsterdam y que el vendedor no se
había extrañado cuando pidió Happy Sad de Tim Buckley en la tienda. La
espera se cerraba.
Como sucede en muchas ocasiones, escuchar por primera vez a alguien de quien sabes tantas cosas pero desconoces lo esencial supone un primer contacto emocionante. Pones el disco y eliges la canción, ‘Dream letter’, y entonces lo ves claro. Una introducción brillante, de una tristeza infinita... y de repente una poderosa voz inunda la habitación. Se dirige a ti sin vacilación y crece de pronto para luego retornar reposada sin perder su emotividad.
Es una pieza dedicada a su hijo, el malogrado Jeff Buckley, en forma de carta.
La canción es asimétrica, no tiene estribillo ni forma clásica. Recuerda a la
tensión y la libertad del Van Morrison de Astral Weeks, pero tiene esa
voz pura, catártica, religiosa, desnuda, impropia de un cantante de rock al
uso. Entonces miras la portada: un bello rostro muestra una pena muy grande.
Mira hacia abajo, esquiva nuestra mirada. Su cara ocupa todo el espacio. Unos
rasgos fuertes y hermosos, su voluminoso pelo rizado. Has escuchado a Tim Buckley.
Estamos ante un artista enorme, de esos para quien de verdad su vida era la música. La amaba y vivía a través de ella. Y es uno de los nombres más citados y respetados en esto de la ‘modernidad’ musical. De hecho, ahora que anda tan en boga el término, se puede considerar parte de su legado como ‘post-rock’, pues su música siempre guardaba un equilibrio entre lo culto y lo popular, decantándose, en ocasiones, por lo uno o por lo otro.
Tim Buckley nace en 1947 y, a menudo, se habla de él como músico fracasado y extravagante. En efecto, sus cualidades eran inmensas, lo tenía todo para la música: voz, belleza, actitud, composiciones, talento, energía... pero acabó entregando discos mediocres (comparados con los anteriores y nunca valorados por sí mismos) como Look at the fool (1974), en un intento de sonar comercial y alcanzar el éxito a cualquier precio. Acabó como tantos otros, cansado de la vida y decepcionado ante sus placeres: el sexo, la droga, el amor, los ritmos, las melodías... no bastaban. Había madurado muy deprisa. ¿Qué más da? Si no puedes aspirar a todo, me quedo sin nada. El suicidio. Sobredosis de heroína de baja calidad. Sus dos últimos años son pura decadencia que ya se venía gestando desde antes.
Había debutado en 1966 con un álbum maravilloso y mágico, como toda su mejor
obra. Desde la portada, un tímido joven, casi adolescente aún (tenía 19 años)
se apoya en una pared con una chaqueta al hombro. Estamos ante un disco excelente
que ya contiene todas las claves de su música posterior. Y además ofrece algunos
de sus clásicos. Sorprende ante todo su madurez, su energía, el sonido preciosista
y sensual, enérgico y evocador de su banda. Y, cómo no, esa voz que ya suena
especial. Es, sin duda, uno de los debuts más destacados de los 60. Las dos
primeras canciones, ‘I can’t see you’ y la balada orquestada ‘Wings’, ya son
definitorias de un estilo propio y estremecen como la primera vez que las escuchas.
Después vendrá, sólo al año siguiente, Goodbye and Hello (1967) y, otro más tarde, Happy Sad (1968), dos de sus obras capitales y el porqué de que Tim Buckley ocupe el lugar que ocupa en la historia de la música popular. Y en 1971 su disco más enigmático y poliédrico, Starsailor, que contiene su canción más estremecedora y por la que es más reconocido, la inmortal ‘Song to the Siren’, versionada hasta la saciedad.
De 1970 es Lorca, álbum dedicado al poeta granadino y Blue Afternoon, una colección de baladas estremecedoras y narcóticas. En 1972 cambia de rumbo y entra de lleno en los dominios del rock más tradicional. Su voz suena ahora más sucia y lujuriosa en canciones inmensas como ‘Sweet surrender’ donde recuerda a Marvin Gaye. La exprime hasta el límite al servicio de excelentes composiciones, algo que no ocurrirá en sus últimos discos.
Hasta aquí nuestro repaso por su obra, no tan breve si tenemos en cuenta su muerte prematura.
Tim Buckley envejeció velozmente.
Con 21 años estaba ya dando lo mejor de sí. Es necesario que la historia del
rock guarde un
destacado capítulo para su legado. Canciones como ‘Morning Glory’, ‘Love from
Room 109’, ‘Phantasmagoria in two’, ‘Moulin Rouge’ o ‘Song slowly song’ son
especiales, quizás de las mejores compuestas en las décadas de los 60 y 70.
Su música tiene un componente vital indescifrable. Puede sonar a muchas cosas
a la vez, pero siempre conserva su identidad. Sus influencias son heterogéneas:
The Byrds, otros marginados como Fred Neil o Tim Hardin; pero también Van Morrison,
Hank Williams, Laura Nyro, Johnny Cash, el rock y el folk primitivo, su gusto
por los instrumentos extraños y las canciones tradicionales asiáticas (de hecho,
trabajó en el Departamento de Etnomusicología de la Universidad de California),
el soul, el jazz de Miles Davis, Thelonius Monk o Charles Mingus. A propósito
de este género comentó una vez: «Me gusta Miles Davis y otros como él porque
su música sale de la comunicación entre los hombres que la tocan. Nunca olvidaré
cuando vi a Roland Kirk equivocarse en una nota, y en décimas de segundo supo
incorporarla al sonido general haciendo que fuese parte de él».
En estos tiempos
asépticos y precocinados en lo musical, reivindicar una obra tiene tantos sentidos
como queramos. Escuchad a un músico titánico, de esos que emocionan con sólo
cambiar de acorde. Su legado se revaloriza con el tiempo y es descubierto cada
día por buscadores inquietos. Su culto no cesa y va en continuo aumento: reediciones,
libros, publicaciones de conciertos, homenajes suntuosos, etc. Hoy en día es
una figura capital que no necesita de más intermediarios para enganchar a cada
escucha. Y un mito comparable a, por ejemplo, Scott Walker, Gram Parsons o Arthur
Lee. Estemos a la altura.
Entrevista: Pedro Gascón
Los que han podido observar a esta banda en directo saben que encima del escenario se produce un despliegue simultáneo de elementos fundamentales para la música de guitarras pop: distorsión, imagen y una manera muy particular de entender la poesía en la vida diaria. Añadamos otros elementos para terminar el decorado de MERCROMINA: surrealismo de colores, afición al cómic, humor (a veces) y chaquetas de pana. Su actuación en el Festival Independiente de Benicassim 2002 dejó muy buen sabor de boca entre sus seguidores. Estuvieron a la altura de las circunstancias presentando su disco Bingo, que puede definirse con una sola palabra: honestidad.
Como bien saben nuestros fieles lectores, el albaceteño Pedro Gascón, además de poeta, es músico, compositor y letrista de la banda Swann, la cual, casualmente, realiza sus ensayos en el mismo lugar donde lo hace uno de los principales grupos de la escena independiente nacional. No resultó difícil que nuestro colaborador manchego intercambiase algunas palabras con uno de sus componentes, Joaquín Pascual. Un placer, sin duda.
PEDRO GASCÓN: Entro así, directamente, ¿no? Vale, de acuerdo: ¿cómo crees que se acogen vuestros discos en general?
J.P: Depende de muchas cosas, pero, vamos, la crítica especializada está muy a favor de nuestros discos. Carlos Cuevas y yo concedemos entrevistas en todos los lugares a los que vamos y los críticos que nos conocen desde los tiempos de Surfin’ Bichos nos tienen en muy buena consideración. Respecto a la gente, creo yo que siempre tenemos buena acogida. Aún así, somos conscientes de que Mercromina no es un grupo de grandes ventas; estamos en nuestras 4000 copias seguras más o menos por cada disco que publicamos.

J.P.: Creo que esas generaciones posteriores que tú dices deberían de haber nacido antes y hubiéramos vendido más y habríamos sacado más pasta. Yo tampoco me acuerdo mucho de los Surfin’ Bichos. No tengo una añoranza por ellos, ¿sabes? Me lo pasé muy bien pero no miro demasiadas veces hacia ese pasado de los Surfin’. Supongo que aprendimos bastante a tocar, a componer y a conocer lo que es la música como parte de tu vida. Hasta entonces era una especie de entretenimiento, pero a partir de ahí empezó a ser una obsesión para todos. Aprendimos de repente a desarrollar lo que cada uno teníamos y no habíamos sacado hasta entonces. Es lo que digo siempre, es mi idea de aquella etapa, y no la he modificado en absoluto.
P.G.: Sinceramente, Joaquín, ¿crees
que se reeditará alguna vez el descatalogado primer álbum de Surfin’ Bichos?,
¿qué ocurre con esos continuos rumores de volveros a juntar para hacer una especie
de homenaje-concierto?
P.G.: Te menciono algunos grupos y das tu opinión sobre ellos, ¿de acuerdo? ¿Qué te parecen Sexy Sadie?
J.P.: Buenos amigos. Creo que han evolucionado mucho desde el principio hasta hoy. Siempre han tenido buenas canciones y ahora viven su mejor etapa.
P.G.: ¿Señor Chinarro?
J.P.: No lo oigo mucho. Sus letras son demasiado largas. Cuando llevo la mitad leídas no puedo aguantarlo más. Aún así, creo que es un personaje gracioso que tiene rollo para cierta gente, pero no es una banda a la que le tenga especial afecto.
P.G.: ¿El Niño Gusano?
J.P.: Sí, era una banda que me gustaba
bastante. Tampoco seguí todos sus discos, pero sabían hacer buenos éxitos que
enganchaban en seguida y aprovechaban muy bien esa forma de surrealismo. En
cierto modo, eran únicos en su género. Era un buen grupo.
P.G.: ¿Chucho?
J.P.: Chucho me gustan. Me sorprenden todos sus discos, unos más que otros, sinceramente, pero todos ellos me parecen excelentes. Antes de hacerlos ya sé que van a serlo.
P.G.: ¿Diabologum?
J.P.: Pues... es que a mí la música tormentosa últimamente no me va mucho. Me gusta, pero prefiero un estilo de música con espíritu denso, que tenga algo más de alegría. Por ejemplo, me fascina The Divine Comedy, Pulp, etc... Diabologum me parece una banda de mirarse demasiado el ombligo, ¿no?
P.G.: ¿Corcobado?
J.P.: Pues... lo mismo, desgraciadamente. Corcobado estaba bien cuando tenía grupos (Mar otra vez, Demonios tus ojos, etc), pero en solitario... Creo que tiene una obsesión por estar siempre a la vanguardia de todo y creo que no lo necesita. Es un artista que ha demostrado su valía y no tiene por qué estar ahí forzando la máquina.
P.G.: ¿Los Planetas?
J.P.: Grandes amigos. Tienen puntos en contacto con los Surfin’ Bichos en cuanto a nivel generacional, aunque sean un poco más jóvenes. Ciertamente, los consideramos como mundos paralelos a Mercromina.
P.G.: ¿En qué te basas a la hora de componer? ¿Hablas en las letras de acontecimientos cotidianos que rozan lo surreal o son hechos y objetos que forman parte del particular Universo-Mercromina?
J.P.: ¡¡Ese Universo-Mercromina no
sé si existe!! Antes creía que sí, pero últimamente no estoy seguro. De la vida
cotidiana se habla unas veces más y otras menos. Unas veces escribes letras
de situaciones más cercanas y otras las inventas. Hay gente que piensa que cuando
escribes letras de situaciones no tan cercanas estás mintiendo, y no es así.
Las letras son maneras de componer a nivel un poco plástico, escribiendo visualmente.
Me esfuerzo mucho no tanto por la intención de la frase como por la buena construcción
de ésta, que sea sugerente. Por ello utilizo a veces cosas más internas, más
viscerales, más rápidas, y otras veces uso el lenguaje como recurso.
P.G.: ¿Por qué razón en muchas de las letras de Mercromina aparece el agua, ya sea como tal o a modo de lluvia, mar...? Incluso tenéis un e.p. titulado Líquidos, ¿no es así?
J.P.: Sí, en general, asoman en ellas
abundantes referencias al mar como lugar tranquilo y relajado, cómodo para vivir.
Es un poco como dirección de huida. También hay bastantes referencias al espacio,
a sitios abiertos, aunque, claro, el argumento espacial está más presente en
la música que en las letras.
P.G.: Muy bien, Joaquín. Ya no te molesto más. Cada uno a su local de ensayo y a trabajar. ¡Hasta la hora del recreo!