(Santiago de Chile, 1962 –
Buenos Aires, Argentina, 1989)
Poeta mártir que se incluyó
en la antología de Mario Benedetti. Dirigente estudiantil de secundaria, en
1977 se incorporó a la insurrección sandinista que derrocaría a la dictadura
somocista en 1979. Según declaraciones de Gorriarán Merlo, difundidas por
la prensa internacional, Mendoza disparó el segundo y definitivo bazucazo
que acabó con el general Anastasio Somoza Debayle en Asunción (Paraguay).
Fue miembro del Ministerio
del Interior y después del Ejército Popular Sandinista, desde donde combatió a
las fuerzas de tarea de la contrarrevolución. Estos poemas pertenecen a su
libro póstumo Cuerpo a tierra (Nueva Nicaragua, 1996), prologado por
Ernesto Cardenal.
Terminó por fin la primera
batalla:
las cosas no están en su
sitio,
ahora ocupan un lugar
imperfecto,
existe un silencio en el
tiempo
y el aire es olor a pólvora
que excita los sentidos.
Esta casa en escombros
una vez fue resguardo,
refugio
para el amor y sus hombres.
Y el cansancio
vuelve a nuestro pecho...
Lo único que sé
es que éste ha sido el
primer combate.
¿Cuántos me faltarán?
¿Cuántos más serán
necesarios?
(Buenos Aires, Argentina, 1966)

Miembro fundador del grupo
de poetas Abralapalabra. Escritor inédito por elección (hasta ahora, salvo
pequeñas apariciones en revistas). Coautor de más de diez espectáculos poético-musicales
puestos en escena en la Argentina y en el exterior, con más de 70 presentaciones
públicas. Participó como columnista de distintos programas culturales y literarios
emitidos por las radios FM La Boca, FM Del Sur y FM La Tribu. A partir del
año 1997 dirige la revista Gnomo, publicación referida a literatura
en general e Historieta (publicación casual de aparición accidental).
Ahora también se dedica a la música, como trompetista y cantante de la banda
de rock Lo Bruno, bajo el nombre artístico de Gardo.
Silencioso,
como antes de haber nacido,
escribo cartas para el conflicto
del alma con el cuerpo.
Vine a perder otro silencio.
Llueve sobre el mundo
desde afuera y como siempre
me sobrepasa el agua.
No me atrevo siquiera a entrar
entre los muertos
(Viña del Mar, Chile, 1967)

Ha publicado la Antología
de la poesía joven chilena y Georg Trakl. Homenaje desde Chile (en coautoría con Sven Olsen y Armando
Roa Vial), los poemarios Fluvial, Música para un álbum personal,
Continuidad del viaje, A vuelo de poeta, Canciones Imposibles,
y País Insomnio. Su obra ha sido traducida al italiano, inglés y croata.
Fue becario de la Fundación Pablo Neruda en 1990 y en la actualidad es colaborador
de la Revista de Libros del diario El Mercurio.
Calles
y un centenar de sílabas
cifradas
furtivas
con derrumbes de casas
y heridas en sus aceras.
Pero siempre habrá algo que
te guste;
como el vuelo del mirlo
sobre el parque
o la compañía muda de los
árboles.
ESCRITO ENCONTRADO EN UNA
MESA DEL
RESTAURANTE MIRAMAR
(QUINTAY)
Si el abismo no nos llamara
con su silencio
no podríamos leer a Trakl, ni permanecer horas
mirando estas lápidas anónimas que golpea la tempestad
como el grito del ave que acompaña a los muertos.
Líneas de Sebastián en sueños al fin de una playa
de arenas movedizas como náufragos. Nuestro tiempo
debería ser infinito como las arenas de esa playa.
Mas toda ceniza, toda embriaguez, toda permanencia
es innecesaria porque perecemos. Y en la costa -como se sabe- sigue
el incesante espectáculo del oleaje. Caminamos
sobre osamentas dispersas que han devuelto las olas del mar,
caminamos para abrir tantas puertas;
puertas de acero, puertas de madera, puertas invisibles,
-mudanza interior de la cual queremos desprendernos-
donde una palabra lleva todo lo que hemos podido poseer.
(Puerto de Santa María, España,
1971)

Tiene ya una buena cosecha
de premios literarios que reconocen su aplicación y su talento. Es directora
del Servicio de Idiomas de la Universidad Politécnica de Cartagena. La dedicación
al estudio y a la docencia no le impide hallar tiempo para su vocación poética.
A finales de 2000 publicó su libro Los
puentes sumergidos, del cual
extraemos estos poemas.
I
Entonces sentía la añoranza
de la fascinación:
Praga, Sarajevo,
Orán...
Dulces o dolientes nombres
en boca de los seres
adecuados.
¿Y dónde
la que yo debía amar?
II
Llegué de noche,
media vida en una sola
maleta.
Atesorada de huidas
rutilantes,
sí.
Y de otros MUY interesantes
viajes, mm...
Pero
huérfana de ciudad.
III
De noche la autovía.
De pronto,
ardientes de luz,
titilaron tres caprichos
sobre la negra nada.
¿Dónde estoy?
¿Y qué cuenco invisible
los derramó en la ternura
del aire?
IV
Ciudad que suspende
castillos encendidos cada noche
y de día los posa suavemente
sobre bruma de montaña
o retama de mar.
Calles que son lagos
o son orillas
acechando la llegada inminente
de los puentes sumergidos.
V
Lo que veas en ella
soy yo.
A ras de aire hacia la luz,
seducida por la noche que
atravieso,
bailo por el nombre que
pronuncian mis labios,
nunca más desconocido
ni añorado.
(Cáceres, España, 1972)
El
poema ‘Soar’ pertenece al libro Las ciudades de la llanura, que, a
finales de 2000, publicó la Editora Regional de Extremadura. Este poema abre
la tercera sección del libro, cuyo título comparten. En él, el personaje de
Lot, después de verse forzado a marcharse de Sodoma sin saber muy bien hacia
dónde debía dirigirse, intenta reproducir en Soar sus antiguas condiciones
de vida: vuelve a plantar una higuera junto al estanque, a tener un perro
y a cocer su propio pan. Pero, aunque todo parezca lo mismo, no lo es. Ni
siquiera él. El tiempo ha pasado y Lot empieza a darse cuenta de lo que realmente
se ha dejado en aquella casa de Sodoma.
He plantado una higuera al
lado del estanque
para que endulce el agua la
sombra de los frutos.
Tengo perros y un horno
donde cocer el pan.
Imagino que el tiempo
continuará pasando:
volverá a germinar una
semilla
en el excremento de alguna
bestia,
sellarán los eclipses el
vientre de las vírgenes,
y seguirá precediendo a la
lluvia
ese olor a placenta de la
tierra mojada.
Ya no estoy seguro de que mi
nombre
sea el que sacudió la boca
de aquel ángel.
Tal vez las vísceras de los
corderos
no augurasen la destrucción
de la ciudad.
¿Y si no fuese yo
el que debería haberse
salvado?
¿Y si aquellos extranjeros
se hubiesen confundido de
puerta?
Me lavaré los pies, pondré
sábanas limpias
en la alcoba de los
huéspedes,
y aguardaré junto al fuego
hasta que se consuma mi
memoria.
Imagino que el tiempo
es una escudilla volcada
sobre la mesa.
¿Y si yo jamás me hubiese
marchado?
¿Y si no hubiera creído
que el aceite que en el candil se quema
impide la incubación de las
aves?
¿Y si en realidad aún
estuviese en Sodoma,
paseando por el jardín,
observando cómo las hormigas
arrastran un escarabajo muerto?
Exige la llanura un tributo
de hogueras
al que se atreve a cruzarla.
El vino se habrá enfriado,
lo sé;
pero no espero a nadie,
porque nadie mide
lo que mide su sombra.
Me pregunto si será cierto
eso de que todos murieron.
Me pregunto si de verdad
huir me ha salvado de algo.
(Rosario, Argentina, 1949)

Comienza a publicar en el ámbito
de la Secretaría de Cultura de la ciudad de Corral de Bustos, en el periódico
Lar de Crespo (Entre Ríos) y
otros periódicos regionales. Tiene en galeras su libro de cuentos Juan
Rodríguez y el diablo, de cuya edición se responsabiliza la Sociedad Argentina
de Escritores. Trabaja actualmente en El Moridero, libro de cuentos
acuñados a su paso como asistente de enfermería en geriátricos bonaerenses.
Ha participado, además, en talleres literarios municipales de San Fernando
y Marcos Paz, ciudades del gran Buenos Aires. En Marcos Paz reside actualmente.
En una mañana suave
camino en San Fernando.
Echo las cartas a viejas
meretrices
en cafetines sucios y
olvidados.
Limpio las babas a un represor hemipléjico
en una clínica del bajo.
Higienizo sus partes púdicas
a un ex-ministro de economía
con demencia senil.
Un ex-agente de la SIDE
muere con un pulmón
obstruido
por un trozo de carne.
Veo al príncipe de España
pasar en limusina
por la calle del Arca.
Paso las cuentas del rosario
en un templo budista.
Me salpica la sangre
de dos palomas blancas
en los ritos de Umbanda.
Bebo cashasha y giro
con el Exu Tranca Rua
en la Quimbanda.
Asisto a prodigios
en templos evangélicos
con pastores de rostros
achinados.
En la esquina de El Planeta
Superman espera a Luisa
que ha entrado a comprar
sandwiches.
Le aviso que no siga para
arriba.
He visto una enorme roca
de kriptonita verde
en la esquina de
Constitución y Arenales.
Compro harina y levadura
en el San Cayetano de
Carupa.
Yo amaso mi propio pan.
Así es como debemos hacer
los pobres.
En una mañana suave
camino en San Fernando.
En el Canal me envuelven
aromas a comino, a canela,
a manzanas.
Un objeto metálico y
punzante
rompe el silencio en una
fabrica vaciada
y congela la sangre de un
obrero que pasa.
Pongo una flor blanca
en el panteón de Carolina
Aló
por Sobremonte y Guido
Spano.
En una mañana suave
camino en San Fernando.
Flanquean mis espaldas
los harapos de mi Ángel de
la Guarda.
Debajo del cielo de la Cruz
del Sur
voy yendo a comulgar con la
esperanza.
(Lima, Perú, 1960)

Es la segunda vez que nos visita
este prestigioso autor peruano que trabaja en el estado norteamericano de
Montana como profesor universitario. En este número os ofrecemos dos poemas
de reciente elaboración. Uno está escrito a modo de homenaje al maestro Adolfo
Westphalen, también limeño, muerto en una clínica de la capital peruana hace
tres años. Westphalen ha sido una gloria contemporánea, un artista al que,
creemos, no se le ha valorado lo suficiente. Seguro que dentro de diez años
se le dedicarán congresos y mesas redondas, y, sin embargo, falleció pobre
y sin la gracia de un reconocimiento masivo a la altura de su obra. La influencia
de Westphalen es clara en la concepción poética de Chirinos, aunque podemos
decir que no ensombrece ni una pizca la que es conocida por la crítica como
una nueva voz potente de la lírica hispanoamericana.
El otro poema, ‘No tengo
ruiseñores en el dedo’, marca las pautas de lo que practica en muchos textos
nuestro autor: un surrealismo renovado, que sabe y huele a frescura, consciente
de no caer en la repetición nostálgica. La poesía de Chirinos es un árbol al
que, siendo ya alto, le quedan por lucir ramajes y frutos durante décadas.
Era una voz que lo cubría
todo.
Una rosa dura y viva. Un
silencio
puro como la nieve. Sucio
como un jaguar encadenado.
Como isla solitaria en busca
de su mar.
Así era leerlo.
Temblaban los ojos de la
Esfinge.
Incendiaba para siempre la
Quimera.
NO TENGO RUISEÑORES
EN EL DEDO
Deja el aire su aliento.
Brilla
bajo una luz más pura. La lengua
se condena a la voz
y así nos sobrevive: húmeda
y silente
con sonidos de pájaros
aullando, como barco
perdido en un mar de
palabras. No
sé qué cantar. Soy los otros. Espero
que los otros sean yo. Como
los árboles.
No sé qué cantar.
No tengo ruiseñores en el
dedo.
(Culiacán, México, 1956)

Narradora y poetisa mexicana.
Ha publicado los poemarios Quizá el tiempo (La Cabaña, 1985) Territorio
indeciso (Universidad Autónoma de Sinaloa, 1990), La clara sombra del
silencio (Universidad de Guadalajara, 1996) y Sonata para una luz
(Dirección de Fomento y Cultura del Estado de Sinaloa, 1998), y el libro de
cuentos La casa del arrayán (Colegio de Sinaloa, en prensa).
Estamos solos desde ayer
y han crecido los árboles,
huele a limones el patio.
Son las 9 de la noche
de todos los días,
nada nos falta
y estamos solos desde ayer.
A veces nos quedamos tristes
junto a las cosas
y hablamos de los muertos,
en sus cuartos pequeños,
sin ventanas,
esperando a todas horas
que un recuerdo los alumbre;
después andamos por la casa
como siempre,
mientras los grillos cantan,
la luna se levanta,
que sí, que no
y son las 9 de la noche
de todos los días
y nada nos falta.
Hoy amaneció lloviendo,
el sol se metió por la tarde
en un charco de agua,
el aire se llenó de niños,
de voces que pasaron sin nadie;
hasta que la oscuridad nos fue tapando,
hasta que nadie vino
a cerrarnos las puertas del miedo
con la luz de una lámpara,
porque ya no juegan los fantasmas
a ponerse los zapatos,
el vestido dejado en la silla,
porque sólo queda este silencio
que no se apaga
y cierro los ojos
y no se apaga.
Cada quién se interna en su sueño
buscando tal vez
lo que otros dejaron escrito
en una sombra,
cada quién remueve los escombros
de lo que alguna vez ha dicho
y encuentra pueblos distantes,
seres que cruzan la penumbra.
Pero más allá de las sombras
aún perdura la forma de las cosas
y amanece
y todos estamos juntos
en medio de las horas,
todos,
llenando con la prisa
los espacios vacíos.
Lo demás es el aire,
son las nubes
en el cielo alegre
de la ventana,
es acariciar las palabras
ahí, pegadas a su deseo;
porque uno se acostumbra
al silencio que lleva,
a guardar en secreto
esas noches que no alcanzan
para tanta luna
y todo se azulece
y nos entran las ganas inmensas
de decir algo;
porque estamos solos desde ayer,
desde que abrimos los ojos por dentro
y llamamos y no vino nadie
y pudimos saberlo.
(Buenos Aires, Argentina)

Licenciada en Psicología. Fueron
publicados los libros de poemas Afrodita en tu alma (1964),
Castalia (1971) y el libro de cuentos Tu agua de sed (1973).
Tras un largo silencio editorial, volvió a publicar frenéticamente a finales
del siglo XX los libros La diosa suicida (1997),
Los destinos infinitos (1998), Poemas de incienso (1998), Más
allá del último portal (1998), La orilla más lejana (1998), La
mirada en otro cielo (1999), Detrás del relámpago (1999) y Estrellas
en Plegaria (2000). Hay en espera para ser editado otro libro: La quinta estación.
Dirige la revista de poesía y temas literarios Extranjera a la intemperie.
Varias de sus obras fueron parcialmente traducidas al inglés, francés y portugués.
Perder los relojes
y atravesar con pie de
cenizas
el campo de los silenciosos.
Entre tendones y furia
gritar con la boca llena de
frutos.
Revertir la sangre negra.
Desandar alcantarillas.
Enamorar la luz.
Fundar el viejo verbo:
vivir.
(Salamanca,
España, 1977)
Es fundador y codirector de
la colección poético-artística Cuadernos para Lisa, donde han editado, entre
otros, a José Hierro y a Antonio Colinas, quien les cedió Junto al lago,
su primer libro de juventud, inédito hasta el momento.
Asiduo colaborador en medios
de comunicación desde los catorce años, ha publicado un centenar de artículos
de opinión, entrevistas a escritores y crítica literaria y musical en
diferentes medios. Ha publicado dos cuadernos de poemas: El rastro de mis
lágrimas (Aedo, 2000) y Recuerdos de lo mío y de lo ajeno (Cuadernos
para Lisa, 2000). Actualmente tiene un diario en internet.
Mickie Mouse fuma un porro
apoyado en la barandilla
del alto edificio naranja y
rosa.
Homer se acerca con cautela,
encuentra mal a su amigo.
Le posa sus cuatro dedos en
el hombro
y suspira.
Mickie da una lenta calada,
la saborea y piensa.
Ve un arco iris en el cielo.
-Ha muerto mi padre, dice.
Y una lágrima le cae por la
mejilla.
(Madrid, 1970, España)

Es licenciado en Filología. Tiene dos poemarios a los que le gustaría dar salida, y va ya por el tercero. Algunas muestras de su material literario