Canumfora 8

JOSÉ MENDOZA

 

 

(Santiago de Chile, 1962 – Buenos Aires, Argentina, 1989)

 

Poeta mártir que se incluyó en la antología de Mario Benedetti. Dirigente estudiantil de secundaria, en 1977 se incorporó a la insurrección sandinista que derrocaría a la dictadura somocista en 1979. Según declaraciones de Gorriarán Merlo, difundidas por la prensa internacional, Mendoza disparó el segundo y definitivo bazucazo que acabó con el general Anastasio Somoza Debayle en Asunción (Paraguay).

Fue miembro del Ministerio del Interior y después del Ejército Popular Sandinista, desde donde combatió a las fuerzas de tarea de la contrarrevolución. Estos poemas pertenecen a su libro póstumo Cuerpo a tierra (Nueva Nicaragua, 1996), prologado por Ernesto Cardenal.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PRIMER COMBATE

 

Terminó por fin la primera batalla:

las cosas no están en su sitio,

ahora ocupan un lugar imperfecto,

existe un silencio en el tiempo

y el aire es olor a pólvora que excita los sentidos.

 

Esta casa en escombros

una vez fue resguardo, refugio

para el amor y sus hombres. Y el cansancio

vuelve a nuestro pecho...

Lo único que sé

es que éste ha sido el primer combate.

¿Cuántos me faltarán?

¿Cuántos más serán necesarios?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CARLOS GAGLIARDO

 

 

(Buenos Aires, Argentina, 1966)

 

Miembro fundador del grupo de poetas Abralapalabra. Escritor inédito por elección (hasta ahora, salvo pequeñas apariciones en revistas). Coautor de más de diez espectáculos poético-musicales puestos en escena en la Argentina y en el exterior, con más de 70 presentaciones públicas. Participó como columnista de distintos programas culturales y literarios emitidos por las radios FM La Boca, FM Del Sur y FM La Tribu. A partir del año 1997 dirige la revista Gnomo, publicación referida a literatura en general e Historieta (publicación casual de aparición accidental). Ahora también se dedica a la música, como trompetista y cantante de la banda de rock Lo Bruno, bajo el nombre artístico de Gardo.

 

 

 

 

XVII

 

Silencioso,

como antes de haber nacido,

escribo cartas para el conflicto

del alma con el cuerpo.

 

 

 

 

INSTANTÁNEA DE F. URONDO

 

Vine a perder otro silencio.

Llueve sobre el mundo

desde afuera y como siempre

me sobrepasa el agua.

OTRO SILENCIO

No me atrevo siquiera a entrar

entre los muertos

me llevan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FRANCISCO VÉJAR

 

 

(Viña del Mar, Chile, 1967) 

 

Ha publicado la Antología de la poesía joven chilena y Georg Trakl.  Homenaje desde Chile (en coautoría con Sven Olsen y Armando Roa Vial), los poemarios Fluvial, Música para un álbum personal, Continuidad del viaje, A vuelo de poeta, Canciones Imposibles, y País Insomnio. Su obra ha sido traducida al italiano, inglés y croata. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda en 1990 y en la actualidad es colaborador de la Revista de Libros del diario El Mercurio.

 

 

 

 

 
 
 
 
CIUDAD ESCINDIDA 

 

Calles 

 y un centenar de sílabas

cifradas

furtivas

con derrumbes de casas

y heridas en sus aceras.

Pero siempre habrá algo que te guste;

como el vuelo del mirlo sobre el parque

o la compañía muda de los árboles.

 

 

 

 

ESCRITO ENCONTRADO EN UNA MESA DEL

RESTAURANTE MIRAMAR (QUINTAY)

 

Si el abismo no nos llamara con su silencio

no podríamos leer a Trakl, ni permanecer horas

mirando estas lápidas anónimas que golpea la tempestad

como el grito del ave que acompaña a los muertos.

Líneas de Sebastián en sueños al fin de una playa

de arenas movedizas como náufragos. Nuestro tiempo

debería ser infinito como las arenas de esa playa.

Mas toda ceniza, toda embriaguez, toda permanencia

es innecesaria porque perecemos. Y en la costa -como se sabe- sigue

el incesante espectáculo del oleaje. Caminamos

sobre osamentas dispersas que han devuelto las olas del mar,

caminamos para abrir tantas puertas;

puertas de acero, puertas de madera, puertas invisibles,

-mudanza interior de la cual queremos desprendernos-

donde una palabra lleva todo lo que hemos podido poseer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NATALIA CARBAJOSA

 

 

(Puerto de Santa María, España, 1971)

 

Tiene ya una buena cosecha de premios literarios que reconocen su aplicación y su talento. Es directora del Servicio de Idiomas de la Universidad Politécnica de Cartagena. La dedicación al estudio y a la docencia no le impide hallar tiempo para su vocación poética. A finales de 2000 publicó su libro Los puentes sumergidos, del cual extraemos estos poemas.

 

 

 

 

 
 
 
 
 
 
TRES

 

I

 

Entonces sentía la añoranza

de la fascinación:

Praga, Sarajevo,

Orán...

Dulces o dolientes nombres

en boca de los seres adecuados.

¿Y dónde

la que yo debía amar?

 

II

 

Llegué de noche,

media vida en una sola maleta.

Atesorada de huidas rutilantes,

sí.

Y de otros MUY interesantes viajes, mm...

Pero

huérfana de ciudad.

 

III

 

De noche la autovía.

De pronto,

ardientes de luz,

titilaron tres caprichos sobre la negra nada.

¿Dónde estoy?

¿Y qué cuenco invisible

los derramó en la ternura del aire?

 

IV

 

Ciudad que suspende castillos encendidos cada noche

y de día los posa suavemente

sobre bruma de montaña

o retama de mar.

Calles que son lagos

o son orillas

acechando la llegada inminente

de los puentes sumergidos.

 

V

 

Lo que veas en ella

soy yo.

A ras de aire hacia la luz,

seducida por la noche que atravieso,

bailo por el nombre que pronuncian mis labios,

nunca más desconocido

ni añorado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JOSÉ MARÍA CUMBREÑO

 

 

(Cáceres, España, 1972)

 

El poema ‘Soar’ pertenece al libro Las ciudades de la llanura, que, a finales de 2000, publicó la Editora Regional de Extremadura. Este poema abre la tercera sección del libro, cuyo título comparten. En él, el personaje de Lot, después de verse forzado a marcharse de Sodoma sin saber muy bien hacia dónde debía dirigirse, intenta reproducir en Soar sus antiguas condiciones de vida: vuelve a plantar una higuera junto al estanque, a tener un perro y a cocer su propio pan. Pero, aunque todo parezca lo mismo, no lo es. Ni siquiera él. El tiempo ha pasado y Lot empieza a darse cuenta de lo que realmente se ha dejado en aquella casa de Sodoma.

 

 

 

 

 
 
 
SOAR

 

He plantado una higuera al lado del estanque

para que endulce el agua la sombra de los frutos.

 

Tengo perros y un horno donde cocer el pan.

 

Imagino que el tiempo continuará pasando:

volverá a germinar una semilla

en el excremento de alguna bestia,

sellarán los eclipses el vientre de las vírgenes,

y seguirá precediendo a la lluvia

ese olor a placenta de la tierra mojada.

 

Ya no estoy seguro de que mi nombre

sea el que sacudió la boca de aquel ángel.

Tal vez las vísceras de los corderos

no augurasen la destrucción de la ciudad.

 

¿Y si no fuese yo

el que debería haberse salvado?

¿Y si aquellos extranjeros

se hubiesen confundido de puerta?

 

Me lavaré los pies, pondré sábanas limpias

en la alcoba de los huéspedes,

y aguardaré junto al fuego

hasta que se consuma mi memoria.

 

Imagino que el tiempo

es una escudilla volcada sobre la mesa.

 

¿Y si yo jamás me hubiese marchado?

¿Y si no hubiera creído

 que el aceite que en el candil se quema

impide la incubación de las aves?

¿Y si en realidad aún estuviese en Sodoma,

paseando por el jardín,

observando cómo las hormigas

arrastran un escarabajo muerto?

 

Exige la llanura un tributo de hogueras

al que se atreve a cruzarla.

 

El vino se habrá enfriado, lo sé;

pero no espero a nadie,

porque nadie mide

lo que mide su sombra.

 

Me pregunto si será cierto

eso de que todos murieron.

 

Me pregunto si de verdad

huir me ha salvado de algo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

STELLA BOTTANI

 

 

(Rosario, Argentina, 1949)

 

Comienza a publicar en el ámbito de la Secretaría de Cultura de la ciudad de Corral de Bustos, en el periódico Lar de Crespo (Entre Ríos)  y otros periódicos regionales. Tiene en galeras su libro de cuentos Juan Rodríguez y el diablo, de cuya edición se responsabiliza la Sociedad Argentina de Escritores. Trabaja actualmente en El Moridero, libro de cuentos acuñados a su paso como asistente de enfermería en geriátricos bonaerenses. Ha participado, además, en talleres literarios municipales de San Fernando y Marcos Paz, ciudades del gran Buenos Aires. En Marcos Paz reside actualmente.  

 

 

 

 

 
 
CAMINANDO

 

En una mañana suave

camino en San Fernando.

Echo las cartas a viejas meretrices

en cafetines sucios y olvidados.

Limpio las babas a un represor hemipléjico

en una clínica del bajo.

Higienizo sus partes púdicas

a un ex-ministro de economía

con demencia senil.

Un ex-agente de la SIDE

muere con un pulmón obstruido

por un trozo de carne.

Veo al príncipe de España

pasar en limusina

por la calle del Arca.

Paso las cuentas del rosario

en un templo budista.

Me salpica la sangre

de dos palomas blancas

en los ritos  de Umbanda.

Bebo cashasha y giro

con el Exu Tranca Rua

en la Quimbanda.

Asisto a  prodigios

en  templos evangélicos

con pastores de rostros achinados.

En la esquina de El Planeta

Superman espera a Luisa

que ha entrado a comprar sandwiches.

Le aviso que no siga para arriba.

He visto una enorme roca

de kriptonita verde

en la esquina de Constitución y Arenales.

Compro harina y levadura

en el San Cayetano de Carupa.

Yo amaso mi propio pan.

Así es como debemos hacer los pobres.

En una mañana suave

camino en San Fernando.

En el Canal me envuelven

aromas a comino, a canela,

a manzanas.

Un objeto metálico y punzante

rompe el silencio en una fabrica vaciada

y congela la sangre de un obrero que pasa.

Pongo una flor blanca

en el panteón de Carolina Aló

por Sobremonte y Guido Spano.

En una mañana suave

camino en San Fernando.

Flanquean mis espaldas

los harapos de mi Ángel de la Guarda.

Debajo del cielo de la Cruz del Sur

voy yendo a comulgar con la esperanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDUARDO CHIRINOS

 

 

(Lima, Perú, 1960)

Es la segunda vez que nos visita este prestigioso autor peruano que trabaja en el estado norteamericano de Montana como profesor universitario. En este número os ofrecemos dos poemas de reciente elaboración. Uno está escrito a modo de homenaje al maestro Adolfo Westphalen, también limeño, muerto en una clínica de la capital peruana hace tres años. Westphalen ha sido una gloria contemporánea, un artista al que, creemos, no se le ha valorado lo suficiente. Seguro que dentro de diez años se le dedicarán congresos y mesas redondas, y, sin embargo, falleció pobre y sin la gracia de un reconocimiento masivo a la altura de su obra. La influencia de Westphalen es clara en la concepción poética de Chirinos, aunque podemos decir que no ensombrece ni una pizca la que es conocida por la crítica como una nueva voz potente de la lírica hispanoamericana.

El otro poema, ‘No tengo ruiseñores en el dedo’, marca las pautas de lo que practica en muchos textos nuestro autor: un surrealismo renovado, que sabe y huele a frescura, consciente de no caer en la repetición nostálgica. La poesía de Chirinos es un árbol al que, siendo ya alto, le quedan por lucir ramajes y frutos durante décadas.   

 

 

 

 

WESTPHALEN

 

Era una voz que lo cubría todo.

Una rosa dura y viva. Un silencio

puro como la nieve. Sucio

como un jaguar encadenado.

Como isla solitaria en busca de su mar.

 

Así era leerlo.

 

Temblaban los ojos de la Esfinge.

Incendiaba para siempre la Quimera.

 

 

 

 

NO TENGO RUISEÑORES

EN EL DEDO

 

Deja el aire su aliento. Brilla

bajo una luz más pura. La lengua

se condena a la voz

y así nos sobrevive: húmeda y silente

con sonidos de pájaros aullando, como barco

perdido en un mar de palabras. No

 

sé qué cantar. Soy los otros. Espero

que los otros sean yo. Como los árboles.

No sé qué cantar.

 

No tengo ruiseñores en el dedo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROSY PALÁU

 

 

(Culiacán, México, 1956)

 

Narradora y poetisa mexicana. Ha publicado los poemarios Quizá el tiempo (La Cabaña, 1985) Territorio indeciso (Universidad Autónoma de Sinaloa, 1990), La clara sombra del silencio (Universidad de Guadalajara, 1996) y Sonata para una luz (Dirección de Fomento y Cultura del Estado de Sinaloa, 1998), y el libro de cuentos La casa del arrayán (Colegio de Sinaloa, en prensa).

 

 

 

 

 
 
ESTAMOS SOLOS DESDE AYER

 

Estamos solos desde ayer

y han crecido los árboles,

huele a limones el patio.

Son las 9 de la noche

de todos los días,

nada nos falta

y estamos solos desde ayer.

 

A veces nos quedamos tristes

junto a las cosas

y hablamos de los muertos,

en sus cuartos pequeños,

sin ventanas,

esperando a todas horas

que un recuerdo los alumbre;

después andamos por la casa

como siempre,

mientras los grillos cantan,

la luna se levanta,

que sí, que no

y son las 9 de la noche

de todos los días

y nada nos falta.

 

Hoy amaneció lloviendo,

el sol se metió por la tarde

en un charco de agua,

el aire se llenó de niños,

de voces que pasaron sin nadie;

hasta que la oscuridad nos fue tapando,

hasta que nadie vino

a cerrarnos las puertas del miedo

con la luz de una lámpara,

porque ya no juegan los fantasmas

a ponerse los zapatos,

el  vestido dejado en la silla,

porque sólo queda este silencio

que no se apaga

y cierro los ojos

y no se apaga.

 

Cada quién se interna en su sueño

buscando tal vez

lo que otros dejaron escrito

en una sombra,

cada quién remueve los escombros

de lo que alguna vez ha dicho

y encuentra pueblos distantes,

seres que cruzan la penumbra.

 

Pero más allá de las sombras

aún perdura la forma de las cosas

y amanece

y todos estamos juntos

en medio de las horas,

todos,

llenando con la prisa

los espacios vacíos.

 

Lo demás es el aire,

son las nubes

en el cielo alegre

de la ventana,

es acariciar las palabras

ahí, pegadas a su deseo;

porque uno se acostumbra

al silencio que lleva,

a guardar en secreto

esas noches que no alcanzan

para tanta luna

y todo se azulece

y nos entran las ganas inmensas

de decir algo;

porque estamos solos desde ayer,

desde que abrimos los ojos por dentro

y llamamos y no vino nadie

y pudimos saberlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SUSANA CATTANEO

 

 

(Buenos Aires, Argentina)

 

Licenciada en Psicología. Fueron publicados los libros de poemas Afrodita en tu alma (1964), Castalia (1971) y el libro de cuentos Tu agua de sed (1973). Tras un largo silencio editorial, volvió a publicar frenéticamente a finales del siglo XX los libros La diosa suicida (1997), Los destinos infinitos (1998), Poemas de incienso (1998), Más allá del último portal (1998), La orilla más lejana (1998), La mirada en otro cielo (1999), Detrás del relámpago (1999) y Estrellas en Plegaria (2000). Hay en espera para ser editado otro libro: La quinta estación. Dirige la revista de poesía y temas literarios Extranjera a la intemperie. Varias de sus obras fueron parcialmente traducidas al inglés, francés y portugués.

 

 

 

 

 
 
 
INFINITIVOS

 

Perder los relojes

y atravesar con pie de cenizas

el campo de los silenciosos.

Entre tendones y furia

gritar con la boca llena de frutos.

Revertir la sangre negra.

Desandar alcantarillas.

Enamorar la luz.

Fundar el viejo verbo:

vivir. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JORGE BARCO

 

       

       (Salamanca, España, 1977)

 

Es fundador y codirector de la colección poético-artística Cuadernos para Lisa, donde han editado, entre otros, a José Hierro y a Antonio Colinas, quien les cedió Junto al lago, su primer libro de juventud, inédito hasta el momento.

Asiduo colaborador en medios de comunicación desde los catorce años, ha publicado un centenar de artículos de opinión, entrevistas a escritores y crítica literaria y musical en diferentes medios. Ha publicado dos cuadernos de poemas: El rastro de mis lágrimas (Aedo, 2000) y Recuerdos de lo mío y de lo ajeno (Cuadernos para Lisa, 2000). Actualmente tiene un diario en internet.

 

 

 

 

PARA QUÉ SIRVEN LAS FLORES

 

Mickie Mouse fuma un porro

apoyado en la barandilla

del alto edificio naranja y rosa.

Homer se acerca con cautela,

encuentra mal a su amigo.

Le posa sus cuatro dedos en el hombro

y suspira.

Mickie da una lenta calada,

la saborea y piensa.

Ve un arco iris en el cielo.

-Ha muerto mi padre, dice.

Y una lágrima le cae por la mejilla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CARLOS A. LÓPEZ

 

 

(Madrid, 1970, España)

 

Es licenciado en Filología. Tiene dos poemarios a los que le gustaría dar salida, y va ya por el tercero. Algunas muestras de su material literario se han ido esparciendo sobre todo por tierras gallegas: Galicia hoxe, Ediciones Cardeñoso, Revista El Extramundi, etc. Actualmente reside en el campo madrileño, poniendo en práctica el ideal de menosprecio de corte y la alabanza de aldea. Ha sido premiado en certámenes poéticos en Jaén y en Asturias. Estos dos textos, titulados numéricamente, son inéditos.

 

 

 

 

 

 

 

 

167

 

De agua

me vuelvo de agua

y acuático

recuerdo

y desaparezco tranquilo

mirando dentro

me abraza el pasado.

 

 

 

 

672

 

Habitar es quedarse quieto

y dejar que las raíces tomen el lugar del horizonte,

acortar los ojos para hacerlos profundos

y dejar los sonidos fuertes en el pleamar del viento.

Sólo los latidos

y los labios, acordes de una vista no más amplia que un abrazo,

son las cosas que puedo contar sin romper este amado silencio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BOSCO CENTENO

 

(Managua, Nicaragua, 1954)

 

Aunque era de la ciudad, y de familia acomodada, después de bachillerarse se hizo campesino en Solentiname. Más tarde pasó a formar parte de la Comunidad de Solentiname. Fue de los que asaltaron el Cuartel de San Carlos en la ofensiva de octubre de 1977, y a partir de entonces participó en incontables combates en el Frente Sur. Actualmente es Capitán del Ejército Popular Sandinista.

Este poema pertenece al libro Puyonearon los granos, en el que expone sus experiencias de amor y de guerra, en un lenguaje directo pero con una gran carga imaginativa, sobrio y al mismo tiempo muy emotivo, personal sin apartarse nunca del habla de su pueblo.

 

 

 

 

 
 
 
ENTRECLASES

 

Alicia, la compañera cubana que imparte

las clases a los hermanos de Angola,

en los minutos de receso, pasa por el pasillo

repartiendo sonrisas a palestinos y nicaragüenses,

para desaparecer por las escaleras con el ritmo

de una palmera mecida por la brisa

suave del mar.

 

 

 

 

A CHICHA (TONY) CAIDO EN NUEVA GUINEA

 

Decías que para vos la muerte era

como un bello poema;

y cuando caíste tu sangre regó las mazorcas de maíz

que llevabas en los bolsillos del uniforme,

y sobre tu cuerpo puyonearon los granos

y crecieron grandes y fuertes espigas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JAIME SILES

 

(Valencia, España, 1951)

 

Poeta y catedrático de Filología Latina de la Universidad de La Laguna, ha sido además gastprofessor y profesor visitante en las universidades de Viena, Salzburgo, Graz, Bérgamo, Turín, Madison-Wisconsin y Berna, así como director del Instituto Español de Cultura en Viena y agregado cultural en la embajada de España en Austria. Ha publicado los libros de poemas Génesis de la luz (1969), Biografía sola (1971), Canon (1973), Alegoría (1977), Música de agua (1983), Columnae (1987), Semáforos, semáforos (1990) e Himnos tardíos (1999). Su obra ha sido vertida al italiano, francés y alemán entre otras lenguas. Ha cultivado igualmente el ensayo, con títulos como El barroco en la poesía española (1976), Sobre un posible préstamo griego en ibérico (1976), Diversificaciones (1982), Introducción a la lengua y la literatura latinas (1983), Léxico de inscripciones ibéricas (1985) y Novísimos/Neuste spanische Poesie (1991). Desde 1991 ejerce la crítica desde las páginas de ABC y el suplemento cultural Blanco y Negro.

 

 

 

 

ANTHONY BLUNT, AL FINAL DE LA NOCHE

 

He sido un atildado dandy oxoniense

al que el certero paso de los años

ha ido dándole el aire descuidado, y exacto,

que, en determinados grabados y estaciones,

ofrece el campo inglés.

Esos distintos tonos

de las hojas fueron rozando, tibios, mi mirada

y dejaron en ella un fondo de colores

que alimentan mis ojos, tanto como

los cuadros de los maestros italianos

a cuya sombra de cobalto y oro

pensé en otro tiempo envejecer.

Mi verdadera vocación ha sido

ser un historiador de arte;

lo de espía fue, más bien, algo provisional

que la guerra exigía:

una forma de ser soldado

impuesta, en aquellas concretas circunstancias,

por mis conocimientos de alemán.

Algo de poca monta: la recuperación

de unas cartas comprometidas, y comprometedoras,

de la emperatriz Federica, hija de la reina Victoria,

que, una vez conocido el contenido,

se me dio orden de destruir. Fue en Alemania,

en el 45. Pero de eso hace ya demasiado tiempo.

El locuaz Richardson ya lo ha contado,

con su prosa de bobo, y yo no lo voy a repetir.

Ser un traidor a mi país me afecta: cuánto

nadie lo puede comprender.

Mi personalidad múltiple es la causa.

He sido tantos y tantas cosas

que me es difícil reducirme a una sola.

Quieren que sea el contacto de Philby,

el que pasa información secreta a los soviéticos,

y el responsable de las defecciones

de Burgess y Maclean.

No niego que es posible.

Dos veces he cruzado las líneas del frente:

una, en tiempos de guerra, y otra, en tiempos de paz.

¿Cómo salir inerme?

He visto y sé ya demasiadas cosas.

Me gustaría retirarme a un ignoto lugar

en que hubiera museos abiertos por la noche,

bibliotecas con puertas giratorias,

bares que no cerraran nunca

y whiskys alumbrando con su líquido ámbar

sabias conversaciones sin final.

No sólo los astros ven

los furtivos amores de los hombres:

también yo, que no soy ningún astro,

asisto al espectáculo del ser. Y no me gusta:

no, nada me gusta, a excepción de la noche

con su cielo magmático

y algunas paredes de museos de Italia

en los que en otro tiempo pensé envejecer.

Acércate, muchacho, y mírame a los ojos

a mí, Sir Anthony Blunt a través de la noche,

hablando a solas en este balcón,

más allá del cual sólo veo una plaza.

¿Es este el espectáculo del ser?

¿Es esto lo que queda al final de la noche?  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

WILLIAM VALLE PICÓN

 

(Managua, Nicaragua, 1958)

 

Autodidacta. Sólo cursó estudios primarios. Se inició como poeta en los Talleres del Ministerio de Cultura en la década revolucionaria de los años 80. Su poesía estaba dispersa en revistas y periódicos nacionales y extranjeros, hasta que se editó su primer libro, Paraíso de las vidas frustradas (Signo, 1995), el cual mereció la primera Mención en el concurso nacional de Poesía. A dicho libro pertenece este poema.

 

 

 

 

 

 

 

MERCADO

 

Frente a los tramos

el olor a piña madura, a guayabas y a bananos,

la gente va y viene entre un rumor de motores y voces.

Las vivanderas rodean los canastos con sus piernas voluminosas.

 

Las legumbres y las frutas son frescas, recién cortadas.

Sus brillos excitan el deseo.

 

Los vendedores gritan, relámpagos, la casa de horno,

con sus voces asoma el alma de los mercaderes

mientras en una hamaca de nylon un niño llora.