Cadenas (Foto: Ángel Manuel Gómez Espada) Vivimos días que nadie se merece, días de desconsuelo y desorientación, días en los que lo último que importa es la identidad del ser. No sabemos a quién se le ocurrió la maravillosa idea de estar buscando siempre enemigos por todas partes, pero está teniendo un resultado maravillosamente esperpéntico. Algo digno, que pasará a la Historia, sin duda alguna. Hemos aprendido un vocabulario claramente enriquecedor, nos hemos llenado la boca con ácidos supurantes cada vez que pronunciamos sintagmas como armas de destrucción masiva, ántrax, o, mi preferida, la más destructiva de todas las creaciones del hombre: guerra preventiva.

La separación de los mundos ha llegado a su fin. En un mundo donde los políticos se jactan de matar a cañonazos a los manifestantes antiglobalización, paradójicamente se desviven por mantener la barrera del odio entre las dos civilizaciones menos civilizadas de la tierra. No sabemos exactamente qué libertades pretenden defender, cuando para ello utilizan a los muertos como reclamo político. El circo ambulante vivido en nuestro país a partir de las fatídicas detonaciones del ya famoso 11M han servido para que, públicamente, mostremos nuestra vergüenza. El estratégico y explícito plan de desinformación previo a las elecciones generales de nuestro Gobierno anterior llegará algún día a ser estudiado en las universidades como ejemplo de dictadura velada por una hipotética democracia. Democracia que en esos días nadie vio por ninguna parte, como tampoco la hallamos los días que salimos a la calle a buscarla, gritando un “no a la guerra” desesperado. Desesperado grito, porque sabíamos desde el principio que la terquedad de, en esos días, nuestro particular dictador, haría oídos sordos desde el principio, cual Otelo embelesado por las inmundicias lingüísticas de su particular Yago norteamericano. Y así, la demócrata Desdémona quedó herida para siempre. Con una herida abierta que no pudo aguantar más y estalló el pasado once de marzo.

 

París (Foto: Ángel Manuel Gómez Espada) Afortunadamente, por un rizo del azar, esos días de angustia, de llanto y abandono, esos días de poca lectura y de decepción por mantener la rabia de ver cómo se nos manejaba y se nos usaba con fines políticos, tuve la oportunidad de ver un impresionante documento como es La pelota vasca, un film dirigido por el genial, y por lo tanto, desechado por los bienpensantes representantes y simpatizantes del PP, Julio Medem. En ella, la palabra que más se repite es ‘diálogo’, con respecto a una posible resolución del conflicto vasco. Diálogo, una palabra que ha quedado marginada por Aznar y los suyos en los últimos años. Diálogo, el arte de entenderse los pueblos mediante la palabra, qué curioso.  La palabra, artefacto que desde aquí siempre hemos ensalzado y llevamos cuatro años defendiendo.

En los últimos días de abril tuvimos la suerte de participar en una fiesta internacional de la poesía, Ardentísima, idea del siempre original poeta de nuestra tierra José María Álvarez. En ella, volvimos a reunirnos con poetas de todos lados. No pretendan que veamos a personas como Maram Al-Masri como nuestros enemigos. Esa es la única libertad que hoy nos queda. Abrirle nuestros brazos y hablar de poesía hasta que nos sorprenda el alba. Esa será nuestra guerra preventiva.

Por último, queda claro que cada una de estas letras que aquí en este número hemos dejado son un sentido homenaje a las víctimas del atentado del 11M, a las que tanto hemos llorado en silencio. Apenas sin articular palabra, como debieron morir ellas. Víctimas por partida doble: de la sinrazón de este nuevo mundo que hemos dibujado entre todos y de la más canallesca afrenta que se le ha hecho a nuestra joven democracia.

Y lo que nos queda es la vergüenza del silencio.

 

 

ÁNGEL MANUEL GÓMEZ ESPADA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.

 

(MIGUEL DE CERVANTES)