(Santa Amalia, Badajoz, España, 1967)
Doctor en
Filología Hispánica por la Universidad de Extremadura. Master en Enseñanza de
Español para Extranjeros por la Universidad Antonio de Nebrija. Autor del libro
Metapoesía y crítica del lenguaje (De la generación de los 50 a los
novísimos).
PROCEDIMIENTOS EXPRESIVOS Y
SISTEMA SIMBÓLICO DE LA
POESÍA METAFICCIONAL
(GENERACIÓN DE LOS 50-NOVÍSIMOS)
Cuando nos asomamos por primera vez a la poesía escrita a partir
de las vanguardias, y tras ellas, a buena parte de la escrita a partir de
la segunda mitad del siglo XX, no deja de sorprendernos la abundante presencia
de temas metapoéticos, es decir, nos encontramos con la poesía hablando de
sí misma, interrogándose, mirándose al espejo. Dentro de los temas metapoéticos
tratados -la propia obra, las etapas, el lenguaje, el amor a la poesía, la
inspiración, las musas, la misma elaboración del texto, las dificultades de
la escritura, la enajenación, la inefabilidad, etc.- destaca uno que, si bien
aparecido antes, nunca lo había hecho de forma tan copiosa ni explícita ni
había sido tan decisivo en la construcción del poema: me refiero a una actitud
de crítica y desconfianza ante el propio proceso de escribir poesía. Cuando
esto ocurre, cuando la poesía se mira al espejo cuestionándose su propia razón
de ser, le asaltan al menos tres cuestiones: qué son estas palabras, qué relación
establecen con el mundo, y quién es el autor, es decir: crítica del lenguaje,
crítica de la ficción poética y crítica de la autoría. Entonces los poetas,
mediante la práctica metaliteraria, cuestionan la validez de la lírica en
su tiempo, la distancia entre las palabras y las cosas; sospechan de los ecos
de la memoria, sentida a veces como un escenario incómodo; intentan desenmascarar
el aparato de disfraces y espejos de la ficcionalidad; plantean la problemática
esencia de su arte, cuando no abiertamente su inutilidad; exponen sus dudas
y temores acerca de lo engañoso de todo acto artístico, o al menos revelan
su carácter ficcional comenzando por la obra y terminando por el autor, el
cual se diluye hasta desaparecer entre la tradición previa, la recepción,
la exégesis y el propio lenguaje que utiliza; indagan en los estatutos más
profundos de su ontología; sostienen, en fin, que la relación -y la distinción-
entre la ficción artística y la realidad
objetiva es esencialmente difusa, engañosa, inconsistente, basada en un
pacto o convención de lectura.
Desde luego, estos temas no son tratados por todos los
poetas de la segunda mitad del XX (época en la que centramos este artículo) ni,
los que lo abordan, lo hacen con la misma profundidad. Pero en algunos es
absolutamente medular, constituyéndose en único tema central y metaliterario de
algunos poemas. Tal es el caso de la poesía de Guillermo Carnero o del
Gimferrer de Arde el mar. Como quiera, se observa en los poemas que
tratan esta temática un tejido de relaciones, un peculiar tratamiento del mismo
tema o tópico que pasa de unos autores a otros y una tela de araña que se va
formando y conformando a nivel
temático, formal y simbólico en torno a estos temas. Es indudable, insisto, que
unos más que otros abordan estas cuestiones a través de motivos indirectos y
metafóricos, desde una mayor espesura formal, sémica y simbólica, con una más
profunda elaboración y plasticidad, con un decir más elusivo e implícito.
Además, se da frecuentemente que los ejemplos más relevantes en este sentido
son los primeros cronológicamente (Gimferrer y Carnero en especial; Valente,
Gil de Biedma, Brines, Aníbal Núñez y Leopoldo Mª Panero en otros casos),
mientras que otros poetas no hacen sino revisitar de forma más obvia y directa
-y ya trivializada y automatizada- algo anticipado y sugerido antes por los
pioneros, que lo hacen con mayor dificultad, opacidad y expresividad
poéticas.
Observando
la breve nómina de autores citada, se comprende que este tema debe analizarse
dentro de un periodo de tiempo y a través de las obras de al menos dos
generaciones poéticas con el fin de tener una idea cabal de la evolución del
tema. Dos generaciones consecutivas, la Generación del 50 y los Novísimos, son
los protagonistas de este fenómeno poético, y lo hacen en unas fechas
determinadas, desde mediados de los sesenta a finales de los setenta, como
veremos por las fechas de los poemas que lo tratan. Que sean dos generaciones
consecutivas no significa necesariamente que la evolución del tratamiento del
tema siga también una dirección cronológica, ya que, al menos en esta temática,
en numerosas ocasiones son los del 50 los que siguen los criterios temáticos,
estéticos y compositivos de los novísimos. Son los textos poéticos, al margen
de generaciones y teorías, los que instan a considerar los temas de la
reflexión metaliteraria como un conjunto unitario al que dan forma y contenido
diversos poetas que, por razones biológicas, corresponden a distintas
generaciones.
Las causas por las que es sólo a partir de la generación
del 50 cuando aparece tan insistentemente esta temática metaliteraria y metaficcional
obedecen a distintos factores. En primer lugar, debe advertirse que la poesía
anterior que se había planteado este discurso crítico (románticos ingleses
y alemanes, simbolistas y maudits franceses, Ezra Pound, T. S. Eliot,
Paul Celan, etc.) no será suficientemente conocida y, sobre todo, asimilada,
hasta dicha generación, algunos de cuyos miembros tradujeron obras capitales
de los poetas citados (1). En segundo lugar, por la sensible apertura del
régimen -y de la poesía en general- a la poesía extranjera. En tercer lugar,
porque tanto en los componentes de la generación del 50 como en los novísimos
se hallan poetas muy bien preparados académicamente, muchos de ellos profesores
de universidad, que conocen -y cultivan- la teoría literaria y las corrientes
semióticas y filosóficas más importantes de su época, comenzando por el Nouveau
roman, el Estructuralismo, la Deconstrucción, la Escuela semiótica de
Tartu-Moscú, la intertextualidad, la Teoría de la Recepción, la Pragmática,
etc. y, evidentemente, muchas de estas corrientes literarias, semióticas y
filosóficas superan el formalismo y se plantean una nueva teoría de la ficción
artística que se refleja en las obras. En cuarto lugar, se produce una progresiva
atención al lenguaje poético con la también progresiva desaparición de la
poesía social en España a lo largo de los años sesenta, de modo que esa atención
al lenguaje libera los resortes hacia una nueva reflexión en el lenguaje como
vehículo no sólo de comunicación sino también de conocimiento de la realidad
y de su relación con el mundo (2). Le debemos a Carlos Bousoño la idea de
otra posible causa; según él, el planteamiento de la poesía como metaliteratura
lleva implícita una voluntad de rechazo de los mecanismos represores y uniformadores
del poder, ya que utilizando la poesía para hablar de sí misma se la aleja
del utilitarismo con que se la utiliza en el poder (3); por otro lado, la
metapoesía es un indicio de culturalismo, el cual surge como un mecanismo
de suplantación de la realidad (4). Con su imaginario o referente cultural,
niega cualquier realidad más allá de los límites literarios. La práctica metapoética,
como ha señalado Leopoldo Sánchez Torre (5) constituye también un proceso
cognoscitivo del poema, una forma de entender su relación con el mundo; por
último, sin dejar de reconocer la participación de todas estas razones para
explicar la profusa aparición de la poesía metaficcional durante las décadas
de los sesenta y setenta, creemos que otra razón importante es que no sólo
con la metapoesía el poema ha iniciado un proyecto cognoscitivo de sí mismo,
sino que trasciende esa primera función para realizar un proyecto cognoscitivo
del lenguaje y, en último término, de la realidad, señalando el carácter fragmentario
e ilusorio del mundo y el carácter problemático de la representación artística.
Como quiera, el gran tema de la metaficcionalidad genera una
serie de subtemas y variantes semántico-estructurales que, a su vez, produce un
sistema organizado de símbolos, motivos, diseños retóricos-formales e
indicadores léxicos y simbólicos. Debe enfocarse, por tanto, desde la retórica
porque la focalización lírica, los procedimientos, los recursos estilísticos,
las estrategias y la simbología son generalmente los mismos para todos ellos y
les afectan por igual en el plano de la significación. Así pues, se produce una
codificación semántico formal e incluso métrica (casi siempre poemas de versos
blancos heptasílabos, endecasílabos, alejandrinos, a veces combinados
aleatoriamente, o bien extensos versículos que conservan la acentuación de los
endecasílabos italianos en sexta o en cuarta y octava sílabas).
Los motivos
que presiden la metaficcionalidad (los espejos, el jardín, las máscaras, el
teatro, la rosa y la memoria), están íntimamente relacionados. Se presentan
a menudo simultáneamente en los textos y, por tanto, se hace difícil -y desaconsejable-
discernir entre ellos pues todos apuntan al desdoblamiento y a la ficcionalidad.
En cuanto a la focalización, hemos de destacar la presencia de la figura del
autor implícito que emerge en casi todos estos poemas, es decir, es la manifestación
de la voz del poeta en cuanto artífice de la obra, incluso ofreciendo datos
explícitos de material de escritura. La presencia del autor implícito determina
la aparición de ciertas técnicas entre las que destaca el collage,
que, en principio, presupone la presencia de un montador de escenas en una
especie de bricolage. La utilización de esta técnica está encaminada
al desmantelamiento y la deconstrucción del concepto tradicional de la mímesis
(6). Relacionado con el collage, observamos la notable presencia de
la simultaneidad o yuxtaposición de planos y la continua interrupción de la
anécdota mediante incisos donde se reflexiona sobre el carácter ficcional
de los textos. La dispersión y diseminación de los materiales, unidas a la
ausencia de puntuación en algunos casos (Azúa, Sarrión, el Gimferrer de Extraña
fruta) son procedimientos apropiados para reflejar el carácter fragmentario
y caótico de la realidad que el arte intenta ordenar y dar sentido. Esto produce
un distanciamiento de la anécdota, cuando no una inestabilidad y ambigüedad
del significado. En no pocos casos nos ha aparecido una ruptura del horizonte
de expectativas provocado por la quiebra intencionada e irónica de géneros
y clichés líricos como la evocación, la elegía y de algunos tópicos literarios
como el beatus ille, el locus amoenus, el tempus fugit,
etc. (véanse, por ejemplo, los poemas ‘Idilio y marcha nupcial’ de Salmos
al viento (1958) de J. A. Goytisolo; ‘Inventario de lugares propicios
al amor’ y ‘Lecciones de buen Amor’ de Tratado de Urbanismo (1967)
de Ángel González o en ‘Bodas’ de Definición de savia (1974) de Aníbal
Núñez. En este sentido debemos destacar también la muy efectiva utilización
de la paradoja, quizá el recurso
que mejor formaliza el desajuste entre estos dos pares:
realidad/ficción y necesidad del lenguaje/cortedad del decir. Diríase que
la abundante aparición de la paradoja es el indicio de la perplejidad de que
para mostrar las carencias del lenguaje sea necesario el propio lenguaje,
de modo que la poesía representaría no tanto "la complejidad de una experiencia"
como "la experiencia de una complejidad" frente al discurso teórico,
que trataría de hacerla inteligible (7). Otros recursos estilísticos están
a su servicio como la disemia, el quiasmo, el oxímoron, el contraste, la mise
en abyme y, en ocasiones, la ironía, todos ellos encaminados a señalar
una realidad doble, especular, en continua dialéctica o cuestionamiento que
refleja al mismo tiempo la cosmovisión escéptica ante un mundo real engañoso
e incompleto. La metaficción muestra las quiebras de un mundo unitario. Junto
a estos recursos, subrayaremos también las continuas preguntas retóricas sobre
la veracidad del mundo real en busca de certeza (por ejemplo en ‘Preguntas’
de A la luz de cada día (1967) de Ricardo Molina). Nos llama también
la atención la notable aparición de la amplificatio, de los periodos
extensos cargados con una sobreabundancia de enumeraciones a menudo simbólicas,
llenas de sinécdoques e imágenes sensoriales (véanse, por ejemplo, numerosos
poemas de Arde el mar (1966) de Gimferrer o de Memoria de la muerte
(1968) y Monstruorum artifex (1977) de Antonio López Luna). En ellas
subyace un deseo implícito de rellenar el vacío de la realidad con palabras.
Cuatro
caracteres afectan a la mayoría de los símbolos y motivos utilizados en el
discurso metaficcional, sólo atendiendo a su condición de indicadores léxicos
frecuentes:
a. Su
condición de escenario o de actividad artística: teatro, telón, disfraz,
máscara, antifaz, actores, museo de cera, estampas, circo, maquillaje,
estandarte, bufón, cine, teatro, pintura, cuadro. (Véanse, entre otros muchos,
‘Recuento’ de Extraña fruta y, para el cine, ‘By love possesed’ de Poemas
1963-1969 de Gimferrer; ‘Jardín inglés’ de El sueño de Escipión (1971)
de Guillermo Carnero).
b. Su
condición de signo, de estar en lugar de otra cosa ocupando su espacio,
mostrando y ocultando simultáneamente, dejando pasar la luz pero no la imagen,
incluso algunos de ellos de una naturaleza que destruye el objeto que cubren: musgo,
estampa, museo, sedas, cal, algas, enredadera, cristal esmerilado, fondo del
mar, gesto, visillo, seda, tiniebla, gas, estatua, armadura, pantalla, visera,
tela, tafetán, velo, huella, tapiz, ácido, lepra, herrumbre, imitación,
alquitrán, sombra, bruma, susurro, rumor, sueño, oro, luces, niebla, eco,
sirena. (Véanse, entre otros, ‘La toma del palacio de invierno’ de Els
Miralls (1970), ‘El estado gaseoso de la realidad’ de L'espai desert
(1977), ambos de Gimferrer; ‘La música de las ruinas verdes’ de Monstruorum
artifex (1977) de López Luna, ‘Epílogo’ de El velo en el rostro de
Agamenón (1970) de Félix de Azúa).
c.
Símbolos o imágenes que vinculan la actividad de la escritura con lo luctuoso y
aun escatológico, muchos de ellos relacionados con el poeta: cadáver, fantasma,
taxidermista, espectro, mortaja, estertor, marabú, ruina, mosca. Para esto,
véanse sobre todo Leopoldo Mª Panero y Antonio López Luna.
d.
Símbolos que remiten al carácter ficcional y especular del texto, quizá los más
abundantes: cristal, agua, espejo, onda, espuma, fuente (asociada a menudo al
símbolo del ruiseñor[8]), agua sonora, reflejo, ficción, hojas, nieve, signo,
plumas, pájaros, cisnes, ánades, rosas.
Dentro de todo este corpus de símbolos y motivos merece detenerse un instante
en cuatro especialmente significativos y productivos desde una perspectiva
metaficcional: el jardín, el teatro -unido a la técnica del monólogo dramático-,
la memoria y el agua, por cierto muy frecuentemente relacionados.
La
recurrencia al espacio metafórico y simbólico del jardín alude a muchas cosas:
es el lugar de encuentro de los amantes, el paraíso perdido, pero también hace
referencia a un lugar atemporal, donde no existe el tiempo. Es la naturaleza
hecha por la mano de los hombres y a su medida, alejada de la brutalidad de la
naturaleza real. En muchos poemas remite a su vez al silencio o al lugar
imaginario de la escritura donde tampoco transcurre el tiempo, un lugar
artificial (como lo es también la escritura), irreal y por eso mismo utópico,
especular, símbolo de la misma escritura como reflejo imaginario del mundo.
Existen innumerables poemas que lo tratan en el sentido que decimos. Véanse,
por ejemplo, ‘Está en la penumbra el cuarto’ de Las brasas (1960) y
‘Jardín nublado’ de El otoño de las rosas (1986) de Francisco Brines;
‘Primera visión de Marzo’ de Arde el mar (1966) y ‘Llum de Valintònia’
de Espejo, espacio, apariciones (1988) de Gimferrer; ‘Jardín inglés’ de El
sueño de Escipión (1971), ‘Los motivos del jardín’ de Divisibilidad indefinida
(1990) y ‘Me has quitado la paz de los jardines’ de Verano inglés (1999)
de Guillermo Carnero; ‘En el jardín’ y ‘Alba’ de Víspera de la destrucción
(1970), ‘Faro sacratif’, ‘Paraíso clausurado’ y ‘El Centro’ de Ritual para
un sacrificio (1971), todos ellos de Jenaro Talens.
Uno de los
recursos más utilizados para señalar la dualidad entre realidad y ficción
es el de usar referencias tácitas o explícitas
al campo semántico de la dramaturgia reivindicando
el carácter ficcional o de representación que posee el texto. En ocasiones,
el poeta parece no hallarse ante la realidad, sino ante su representación
pictórica, fotográfica, cinematográfica o teatral. Debemos tener en cuenta
que, además de por un prurito culturalista ostentoso en ocasiones, ese acervo
cultural forma parte irrenunciable de las vidas de estos poetas, y así lo
reflejan en sus textos. Los novísimos han percibido la realidad a través
de la cultura. No es extraño, entonces, que hagan alusión a ello mediante
variadas técnicas (9). Entre éstas, las de desdoblamiento ocupan un lugar
privilegiado, todas derivadas del monólogo dramático (10): elección de un
personaje de la cultura en el que se proyecta la experiencia personal; pluralización,
juegos con la segunda persona; diversos procedimientos de impersonalización;
difuminación del yo, creación del doble, heterónimos, etc. Véanse, por ejemplo,
algunos poemas emblemáticos de estas técnicas como ‘El embarco para Cyterea’
de Dibujo de la muerte (1967) de Guillermo Carnero; ‘Giacomo Casanova
acepta el cargo de bibliotecario’ de Antonio Colinas; ‘El crepúsculo sorprende
a Roberto Alcázar’ de Luis Alberto de Cuenca, ‘Constantino Havafis observa
el crepúsculo’ de Luis Antonio de Villena, etc. (11)
El motivo de la memoria ha tenido también un desarrollo
amplísimo en estas décadas. Y no me refiero ahora al afán memorizador de
algunos poetas de posguerra en su afán de retrotraerse ingenuamente a la
infancia. Se trata más bien de una desconfianza en la memoria, que es sentida
como un procedimiento modificador, engañoso, teatral, arbitrario y selectivo.
Sobre la memoria se cierne un halo de desconfianza por parte de los mejores
poetas de este tiempo, que no la sienten ni mucho menos como un registro sino
como una interpretación de los hechos vividos, esto es: una ficción. Lo más
interesante de todo ello es que (junto con motivos y símbolos recurrentes que
siempre acompañan a este tema) los poetas, en un primer momento, se ensañan con
esa memoria engañosa capaz de desvirtuar los hechos, pero en los mejores poetas
se asume esa condición modificadora para acabar tomando la memoria como un
procedimiento creativo, poiético. En el ámbito de la memoria, como en otros
planos de la metaficción, se revisa el plano referencial. Algunos poemas donde
puede verse esto son, por ejemplo, ‘Teoría y alucinación en Dublín’ de Libro
de las alucinaciones (1964) de José Hierro; ‘Invocación en Ginebra’ de Arde
el mar (1966) de Gimferrer; diversos poemas de Teatro de operaciones
(1967) de Antonio Martínez Sarrión como ‘Ahora es el momento’; ‘Nada quedó de
abril’ de Una educación sentimental (1967) de Vázquez Montalbán;
‘Blancanieves se despide de los siete enanitos’, ‘Evocación’ y ‘Elegía’ de Así
se fundó Carnaby Street (1970) de Leopoldo Mª Panero; ‘Epílogo’ de El
velo en el rostro de Agamenón (1970) de Félix de Azúa, ‘Elegía y analisis a
33 revoluciones por minuto’ de Semáforos, semáforos (1990) de Jaime
Siles; ‘Un año después de ya no verte’, ‘Años después de separarnos" de Los
trucos de la muerte (1975) de Juan Luis Panero; ‘Una voz o un gesto’ de Final
de un adiós (1984) de J. A. Goytisolo; o los poemas de las páginas 16, 21 y
39 (aparecen sin título) de La casa de la maleza (1991) de José Antonio
Masoliver Ródenas.
Sobre
todos ellos destaca el del agua en su plano auditivo, como murmullo silencioso,
como el del lenguaje, que se convierte en imagen paradójica del silencio de la
naturaleza o como lugar del espejeo y el reflejo, equivalente al cristal, el
espejo o el vidrio, lo que le convierte en imagen que sirve de indicio de autorreflexión
o metaficción, del autor y el texto en continua interrogación. Véanse, por
ejemplo, los poemas citados para el tópico del jardín, donde este elemento
aparece profusamente.
Estos símbolos, con su desarrollo alegórico y semántico, constituyen el
indicio fundamental de que estamos realmente ante una crítica de la realidad
y de la representación artística mediante la poesía. Apuntan y afectan de
lleno al plano de la representación: la visión clásica de la representación
-estable y unívoca- se torna esquiva, dinámica, aplazada. El mundo o modelo
a imitar ya no es un origen estable sino una mera construcción lingüística,
un referente imaginario. Se marcan y se desdibujan deliberadamente los distintos
niveles entre la realidad y la ficción a fin de mostrar una intencionada ambigüedad
entre las dos entidades. La ficción invade las imágenes vistas, que ahora
se tornan un entramado de ficciones. Al tiempo se realiza una crítica al concepto
único de realidad. Hay muchas realidades, y más en el ámbito de la literatura,
que por sí sola constituye otra realidad que, sin dejar de referirse al mundo,
a menudo se opone a él, muestra su revés, su caricatura o su parodia. Si nos
fijamos, cuando en el ámbito de la mímesis artística se habla de “engaño”
o “mentira” con respecto a la realidad hay entonces ecos y resabios platónicos,
pero se olvidan de que lo vivido en realidad es algo muy vago e inaprensible,
un origen continuamente transformado desde la memoria. Es una pura contradicción,
si observamos (como se hace en el mito de la caverna) que la realidad misma
es una imagen o sombra de algo superior. Entre realidad y ficción hay una
continua ósmosis. La poética de la ficción más sólida (12) plantea decididamente
que de la obra artística no puede decirse en rigor que sea ni verdadera ni
falsa (porque sus estatutos pertenecen a otra categoría) sino que es simplemente
ficcional. Difiere tanto de la verdad como de la mentira sin
convertirse en una tercera entidad por sí misma, sino
que se mantiene en esa línea fronteriza que las separa y las une simultáneamente,
y eso es lo que distingue lo ficcional de otras producciones escritas. Sólo
dentro de ese ámbito puede hablarse de distintos niveles ficcionales. Con
esto se evitan no pocas confusiones que vienen desde Platón y que se convierten
en rémora o prejuicio moral, empezando por la del autor y el sujeto lírico,
que es una mera construcción lingüística de marca de género absolutamente
ficcional y a veces con intenciones mercantiles simplemente, como demostró
en los años 50 Robert Langbaum y como ha expuesto brillantemente César Nicolás
en un artículo reciente sobre la obra de José Mª Fonollosa (13). Porque si
rechazamos (por razones morales o filosóficas) la ficción porque resulta falsa
o engañosa y nos desplazamos al polo de la realidad, ¿qué ocurre? Pues que
ésta resulta no menos engañosa y cambiante y, si se apura, llena de ficcionalidad
según sean las épocas y culturas. Porque no debe olvidarse, como demostraron
entre otros Robbe-Grillet o Jean Ricardou dentro del ámbito del Nouveau Roman
(14), que los conceptos de realidad y ficcionalidad son en buena medida históricos
y culturales y, por tanto, cambiantes. Esa máxima popular de que “la realidad
depende del cristal con que se mira” se ajusta perfectamente a la realidad,
y es que da la casualidad de que estos poemas están llenos de cristales como
elementos simbólicos, ellos mismos son un cristal con respecto a la realidad
porque están hechos de palabras que, como afirma Octavio Paz (15), son los
espejuelos rotos que intentan reflejar el mundo pero que sólo alcanzan a proyectar
imágenes reflejadas, inconexas y necesariamente fragmentadas.
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS
(1) Vid., para el capítulo de antecedentes, mi libro Metapoesía y crítica del lenguaje (De la generación de los 50 a los novísimos), Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2002, págs. 21-232. Se encontrarán en esas páginas antecedentes míticos, filosóficos, teóricos y literarios de la crítica del lenguaje y la desconfianza en la ficción. Este artículo es una síntesis de una de las cuestiones centrales del citado libro. Aunque a lo largo de todo el libro puedan hallarse referencias al tema de los procedimientos expresivos en la poesía metaficcional, me centro más en ello concretamente en páginas 336-463.
(2) Vid. DEBICKI, A. P., Poesía del conocimiento. La generación española de 1956-1971, [1982] (trad. de Alberto Cardín), Madrid, Júcar, 1986.
(3) BOUSOÑO, Carlos, "La poesía de Guillermo Carnero", en Carnero, Guillermo, Ensayo de una teoría de la visión. Poesía 1966-1977, Madrid, Hiperión, 1983, pág. 28.
(4) Ibíd., pág. 35.
(5) SÁNCHEZ TORRE, Leopoldo, La poesía en el espejo del poema. La práctica metapoética en la poesía española del siglo XX, Oviedo, Departamento de Filología Hispánica de la Universidad, 1993.
(6) SÁNCHEZ-PARDO GONZÁLEZ, Esther, Postmodernismo y metaficción, Madrid, Universidad complutense, 1991.
(7) SÁNCHEZ TORRE, op. cit., pág. 130.
(8) LIDA DE MALKIEL, Rosa, "Transmisión y recreación de temas grecolatinos en la poesía lírica española", en Revista de Filología Hispánica, I, 1959, págs. 20-63.
(9) PERSIN, Margaret H., "La imagen del/en el texto: el ékfrasis, lo post-moderno y la poesía española del siglo XX", en Ciplijauskaité, Biruté (ed.), Novísimos, posnovísimos, clásicos, Madrid, Orígenes, 1990, págs. 43-63.
(10) LANGBAUM, Robert, La poesía de la experiencia. el monólogo dramático en la tradición literaria moderna, [1957], (trad. de Julián jiménez Fefferman), Granada, Comares, 1996, págs. 156-157, 166, 175-178, 180 y 243.
(11) Vid. GIMÉNEZ-FRONTÍN, José Luis, "Gil de Biedma y la generación novísima", en Ínsula, 523-524, julio-agosto de 1990, págs, 57-58; VILAS, Manuel, "Pere Gimferrer, Arde el mar: forma y estética", Annales III, Barbastro, 1986, pág. 283; GARCÍA DE LA CONCHA, Víctor, "Primera etapa de un novísimo, Pedro Gimferrer, Arde el mar", Papeles de Sons Armadans, 190, enero de 1972, págs, 46-47; CARREÑO, Antonio, La dialéctica de la identidad en la poesía contemporánea, Madrid, Gredos, 1982, pág. 44.
(12) Puede leerse un resumen de las principales teorías en POZUELO YVANCOS, José María, Teoría del lenguaje literario, Madrid, Cátedra, 1988, págs. 21, 91-92 y 213-225; del mismo autor, "Lírica y ficción", en Garrido Domínguez, Antonio (ed.), Teorías de la ficción literaria, Madrid, Arco/Libros, 1997, págs. 241-268. Véase también un resumen en PÉREZ PAREJO, Ramón, op. cit., 113-136.
(13) NICOLÁS, César, "Fonollosa o la ruptura de lo esperado", en Ínsula, 649-650, enero-febrero de 2001, págs. 42-44.
(14) ROBBE-GRILLET, Alain, Por una nueva novela, [1963], (trad. de Caridad Martínez), Barcelona, Seix Barral, 1973, págs. 180-181; RICARDOU, Jean, "El oro del escarabajo", en VV. AA. (Grupo Tel Quel), Teoría de conjunto, [1968], (trad. de Narcís Salavador Oliva), Barcelona, Seix Barral, 1971, pág. 324.
(15) Vid. PÉREZ PAREJO, Ramón, op. cit., pás. 222-232.
(Cartagena, España, 1978)
Licenciada en Filología
Hispánica por la Universidad de Murcia. Está realizando una tesis doctoral con
el título La casa de la ficción: los espacios narrativos de José Donoso.
Fue becaria Intercampus en 2001 en la Universidad Nacional de Mar del Plata
(Argentina) para realizar el proyecto sobre Donoso.
LA FIGURA DEL IMBUNCHE EN EL
OBSCENO PÁJARO DE LA NOCHE DE JOSÉ DONOSO
«El imbunche. Todo cosido, los ojos, la boca, el culo,
el sexo, las narices, los oídos, las manos, las piernas. Desde el fondo de
su origen rural en otra región y en otro siglo, cuando alguna abuela medio
india amenazó a la niña asustada (...) con transformarla en imbunche para
que se portara bien, la tentación de serlo, o de hacerlo, quedó sepultada
en su mente y surgía ahora... »
El origen mítico de la
figura del Imbunche ha sido referida por diferentes estudiosos a la cultura
oral de la Isla Chiloé. La transformación de este ser deforme, nacido de la
mágica brujería, en la figura atrozmente desfigurada que se esconde en las
profundidades de El obsceno pájaro de la noche, atraviesa toda una
compleja estructuración en la actualización del mito oral y su realización en
la coyuntura novelística. El personaje mítico y sus consecuencias no pierden
vigor en el presente, el mito no se destruye; se oculta en la memoria irracional,
en el poder aterrorizante, inconsciente, que aún teme los cuentos de las
viejas. El imbunche revierte en la figura del Mudito recreando miedos
ancestrales, los cuales se encuentran en lugares reservados del subconsciente,
esperando la oportunidad para renacer desde la recóndita memoria infantil
agitando la personalidad adulta. Donoso plantea en diversos contextos la
circularidad de la vida uniendo la vejez con el retorno a la niñez, las
fantasías o miedos infantiles regresan en la ancianidad uniendo principio y fin
de la esfera vital. Así es como viene planteado el terror a la reprensión en la
novela. Una tortura para los réprobos que renace desde la mitología mágica de
los brujos y las consejas, castigando a los malditos al peor de los
sufrimientos; el imbunche, la deformidad, el mutismo impuesto: el ‘dejar de
ser’.
La identidad se consigue a
través del lugar circundante, los límites físico-personales se conjugan con lo
espacial. Los personajes participan del mundo y viceversa; si no ocurre esta
contaminación y los individuos se cierran al universo que los rodea, éstos
pierden su identidad pasando del ‘ser’ al ‘objeto’: «...déjame anularme,
deja que las viejas bondadosas me fajen, quiero ser un imbunche metido adentro
del saco de su propia piel, despojado de la capacidad de moverme y de desear y
de oír y de leer y de escribir, o de
recordar si es que encuentro en mí algo que recordar...» El imbunche, en su
significación personal, se compone por esto mismo. Al clausurarse se pierde la
identificación individual dejando la existencia y la reciprocidad en el
espacio, incluso dando lugar a la confusión de voces y presencias, sin límites
físicos la identidad se difumina hasta desaparecer: «... que las viejas me
amarren, me hagan una humita, que me transformen en imbunche. Soy el Mudito. A
veces soy otra vieja más.»
El imbunche, en su forma
narrativa, plantea una problemática de la identidad. La desposesión de los
límites corporales mediante la reclusión del ser en sí mismo, lo convierte en
un objeto, en una ‘cosa’ apartada del resto del universo: él no participa en el
mundo y el mundo no penetra en él. El imbunchaje, o la imbunchificación, se
produce mediante diferentes mecanismos según quién realice la acción y la
finalidad para la que se ejecuta.
En un primer caso es otra persona
la que realiza el cierre del otro convirtiéndolo así en imbunche. Al clausurar
lo ajeno se apropia de su identidad. Lo transforma en ‘cosa’, en ‘objeto’,
usurpando su personalidad con la finalidad de dominar y regir a ese
nuevo ‘paquete’ que lleva en su interior secretos o aptitudes que no
podrá revelar: «No quedan orificios: el paquete es pequeño y perfecto.»
Se conforma este encierro como un ‘devoramiento’ de la identidad del otro,
apropiándose de su fuerza mediante la anulación: «Comienzan a envolverme,
fajándome con vendas hechas con tiras de trapo. Los pies amarrados. Luego
me amarran las piernas para que no pueda moverlas (...) me fajan el sexo amarrándomelo
a un muslo para anularlo. Luego me meten en una especie de saco, con los brazos
fajados a las costillas (...) sólo dejan mi cabeza afuera (...) tú misma les
enseñaste a liarme para dejarme totalmente inmovilizado (...) y las diriges
porque son esclavas de tu útero (...) yo no puedo moverme solo, para que así
tenga que rogarte (...) lo tramaste todo tú, estoy en tu poder....»
En contraposición al estado
anterior, es la misma persona la que se imbunchifica, aislándose del resto del
mundo y de la sociedad. En este caso, la clausura propia se puede realizar
simbólicamente; en lugar de coser los orificios corporales, tapia todo su
espacio: la casa, las ventanas, las puertas, etc., se produce la identificación
Casa-Cuerpo y el personaje se adhiere al espacio como si se tratara de todo su
ser, es este espacio (siempre interior) el que cierra herméticamente,
impidiendo al afuera contaminar el adentro: «...voy tapiando habitaciones y
ventanas y corredores y patios, para que nadie los use, para que desaparezcan
del recuerdo (...) ya estoy clausurando puertas para que no entre jamás en esta
Casa (...) quedar ciego además de sordomudo para no verlo.»
La figura del imbunche se
puede producir ya sea clausurando los orificios corporales, ya sea cerrando el
espacio y escondiéndose dentro, la finalidad de ambos es la anulación para el
dominio de los otros o para la desaparición existencial. Otra forma del
imbunche remite a un estado interior de la conciencia. El poder ejercido sobre
los otros y el seguimiento de éste como única ley y posibilidad universal,
produce la anulación del ser en su capacidad decisiva o conformadora personal.
El poder es del mismo modo un factor aislante de la sociedad, un dominio que
encierra a todos los que subordina en una moral distinta a la del macrocosmos
dominante.
Los procesos descritos
anteriormente explican cómo se forja o conforma la imagen del imbunche. Pero,
como ya es denotado tópico en Donoso, todo tiene su proceso inverso. La
inversión en cualquier modo de existencia referente a los personajes
novelísticos se produce como el revés de sus personalidades. La no-identidad
del imbunche tiene su inverso en la identidad recuperable. Los mecanismos
restitutivos del estado personal identificatorio se producen mediante acciones
forjadas en el reconocimiento de la unidad perdida del imbunche. Ésta es
recuperable si el individuo, en proceso de anulación existencial, se re-conoce
como ser mediante una primera operación básica personalizadora: el nombre. Éste
proporciona el primer punto de referecialidad con respecto a su forma
fundamental, la capacidad de ser nombrado desde afuera devuelve al imbunche a
su estado original. El ‘reconocimiento’ nominativo retorna al personaje hacia
el mundo de las personalizaciones y las referencias. Al ser nombrado, es
identificado como ser individual, proporcionándole el emblema de su función en
el universo: «... se trizan mis dientes pero tengo que seguir royendo porque
hay alguien afuera esperándome para decir mi nombre y quiero oírlo y masco y
muerdo y rajo...»
Los límites se imponen con
mayor fuerza en la figura del imbunche. Son estos mismos los que lo encierran
y anulan. El Mudito
los arranca pero son de nuevo cosidos por las mismas
manos que lo fajaron invalidándolo. En otras novelas los límites físicos también
se imponen como el elemento más férreamente dispuesto en la organización espacial.
Destruirlos es casi impensable, el único modo de hacerlos desaparecer es ayudados
por ese afuera desautorizado a formar parte del orden erigido en el interior:
«... vuelven a coser, puntada y puntada, cosiendo la rotura para que yo
ya no pueda salir y quiero salir para contemplar ese rostro y estiro brutalmente
un pie (...) con toda la fuerza que puedo abro otro boquete...»
El Imbunche, en su
definición originaria, viene representado en una figura humana, una efigie que
quedará distinguida por la marca del temor, señalada en sus deformidades, en
los poderes que le serán conferidos a través de la fuerza sobrenatural de los
brujos y su magia. Donoso reelabora a este ser espeluznante a modo de un
mecanismo auto-castigante y en la imagen de la clausura corporal y espacial.
Como la mayoría de los
elementos ficcionales en la narrativa donosiana, el imbunche tiene su reverso
con el cual se completa y configura. Frente a la imagen del cuerpo tapiado se
elabora su opuesto, la liberación total de la materia: el desmembramiento. El
ser imbunchificado y el ser desmembrado aparecen en El obsceno pájaro de la
noche como la imago disímil en la configuración personal pero con la
coincidencia en la finalidad de ambos términos de la oposición: la anulación
del personaje. El imbunche es el reflejo de la soledad, de la supresión en el
aislamiento. Las viejas que lo empaquetan convirtiéndolo así en un objeto
dominable, le sustraen toda intervención posible: «...sordo, ciego, mudo,
paquetito sin sexo, todo cosido y atado con tiras y cordeles, sacos y más sacos
(...) aquí dentro se está caliente, no hay necesidad de moverse, no necesito
nada, este paquete soy yo entero, reducido, sin depender de nada ni de
nadie...» En el imbunche el ser se anula a sí mismo; por el contrario, el
desmembramiento está producido por ‘otros’ que roban la identidad a través de
la descomposición de la figura corporal, apoderándose así de todo lo que hace
posible la existencia: sin lengua no puede hablar, sin piernas no puede
desplazarse, sin manos no puede sujetarse a alguien para no caer, sin sexo
pierde su identidad como hombre. La desaparición personal del ser desmembrado
se ocasiona por la anulación que produce la ‘excesiva’ abertura al mundo, es
decir, tanto el imbunche como el desmembrado se auto-anulan en el exceso: de
cierre y de apertura, de principio y fin, de muerte y nacimiento: «... bolsa
tras bolsa de sangre que me impide morir pero tampoco me deja juntar las migas
dispersas que quedan de mi conciencia, para qué (...) no es para transformarme
en imbunche que para eso me quieren las viejitas benignas entre las que vivo
(...) todo cosido en vez de todo abierto en tajos precisos por el cuchillo del
doctor Azula...»
(Aaiun, Sahara, 1963)
Es profesor de Literatura
Española en Almería y coordinador desde 1999 del Aula de Poesía de la
Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Almería y la Fundación Unicaja en esa
ciudad. En 2002 le fue concedido el Premio Internacional de Ensayo Caballero Bonald
por su libro La palabra y la rosa (Sobre la poesía de Francisco Brines)
(Alianza, 2003).
Como crítico literario es
autor de numerosos estudios sobre la literatura modernista y la poesía española
de la segunda mitad del siglo XX, aparecidos en publicaciones especializadas
como Ínsula, Revista de Literatura, Bulletin of Spanish
Studies o Anales de Literatura Española Contemporánea, entre otras.
Ha preparado la edición de la antología de Aurora Luque, Portuaria (El
toro de Barro, 2002) y del volumen de estudios Villaespesa y las poéticas del
modernismo (Universidad de Almería, en prensa) en colaboración con José Luis
López Bretones. Es autor también del libro de poemas Huésped de la noche
(Soria, Diputación Provincial, 1987), con el que obtuvo el Premio Leonor de
Poesía en 1986.
LA BELLEZA IMPURA DE LUIS ANTONIO DE VILLENA
La belleza impura, título con el que acertó
Luis Antonio de Villena a recoger el conjunto de su obra poética en 1995,
es uno de los libros de poesía que más y mejor me ha acompañado a lo largo
de estos últimos años. Más allá de lo que había venido suponiendo la lectura
puntual y gustosa de sus últimas entregas, debo a la aparición de este volumen
recopilatorio la perspectiva de una significación más amplia y compleja, más
profunda y cohesionada del itinerario vital y literario que conforma el mundo
poético de Luis Antonio. Un mundo donde los diferentes libros que lo integran
no sólo evidencian hacia dónde querían ir, sino, y esto es quizás más importante,
hacia dónde realmente han ido.
Por eso
me gustaría comenzar afirmando algo que se desprende como una pura evidencia
al considerar su obra en conjunto. Me refiero al hecho de que la poesía de
Villena sea representativa desde su primer título, en 1971, de las distintas
encrucijadas, de los diversos debates e itinerarios recorridos por la lírica
española durante los últimos 30 años. Ocurre así desde la suntuosidad culturalista
y vanguardista de Sublime Solarium (1971), Syrtes (2000,
aunque escrito en 1972) y El viaje a Bizancio (1978), que deja
paso, al borde de la década siguiente, a una nueva lectura de las diversas
tradiciones poéticas preferidas por la vanguardia, y, en consonancia con esto,
a una depuración lírica -y cito al propio Villena- que incluye «la apertura
hacia valores hasta allí tenidos en menos: la poesía de la experiencia, el
coloquialismo expresivo, la construcción más racional del poema, etc.» En
este sentido el protagonismo de Luis Antonio de Villena me parece decisivo
en el viraje protagonizado por la poesía española durante la década de los
80. Sobre todo por el nuevo enfoque que en su obra adquiere la práctica de
un culturalismo que propicia una reflexión sobre el individuo y la historia
desde una perspectiva más vital y humanista, transformándose además, en su
caso, en una reelaboración muy
personal de las tradiciones clásica y romántica, que
va a producir sus mejores frutos en Hymnica (1979), Huir del invierno
(1981) y La muerte únicamente (1984). Estos libros constituyen,
a mi juicio, el centro mismo de su obra, su núcleo ético a la vez que estético,
pues el esteticismo de Villena es siempre un esteticismo transcendido,
como nos ha enseñado a ver uno de sus mejores críticos, Carlos Bousoño.
Me quedo por ello con el
título empleado por el poeta para encabezar una significativa antología de
1981: Un paganismo nuevo. Ese paganismo, no como suceso histórico
distintivo, sino como talante ético, conforma de manera obligada el substrato
sobre el que se asienta esa recuperación de lo clásico en la poesía de Villena.
El signo de ese paganismo admite distintas y variadas interpretaciones, como la
que ensaya el propio autor, dentro del último final de siglo, en torno a
términos y actitudes como “mítico amor a la vida, pasión, moral abierta,
apetito de belleza, o renovación (y aún destrucción) de la vida burguesa creada
por el cristianismo”. Se puede hablar de sentimiento de nostalgia hacia una
norma de vida y de cultura que connota su sesgo de rastro sensible para buena
parte de la lírica moderna, comenzando por sus orígenes románticos (Hölderlin,
Leopardi, Keats, Nietzsche) y desembocando en autores como Cavafis, Cernuda,
Gil-Albert o el propio Luis Antonio. De ahí esa simbólica geografía que
encontramos en libros como Hymnica o Huir del invierno: la
evocación del sur como emblema del deseo, la presencia de la Grecia clásica o
del Magreb, no como referentes exóticos o escapistas, sino como búsqueda o
reencuentro que adquiere tintes de una nostalgia más ontológica que
culturalista.
En esa búsqueda de un nuevo paganismo se encontrará Luis Antonio de Villena
con otra de las tradiciones vivas de su fin de siglo: la de la literatura
simbolista, de la que resulta además uno de sus más atentos estudiosos y conocedores.
En libros como Máscaras y formas del fin de siglo (1988) o Los andróginos
del lenguaje (2001), Villena rememora, con emoción y complicidad, algunas
de esas existencias memorables y trágicas que sugestionaron el fin de siglo
europeo, los Verlaine, Rimbaud, Wilde, Huysman, Valle-Inclán... Biografías
y páginas iluminadoras que nos hablan del oficio de vivir cuando se vive en
literatura. No extraña, por ello, que muchos de los más característicos iconos
finiseculares: malditismo, decadentismo, esteticismo transgresor se muestren
recurrentes en su obra, y que, al igual que ocurriera con los autores simbolistas
o modernistas, dichas actitudes resulten en realidad expresión de inquietudes
espirituales, de desasosiego existencial y de búsqueda de una realidad otra.
En la poesía de Luis Antonio
de Villena, la vivencia del erotismo y la percepción del sentimiento amoroso
tienen mucho que ver con esa búsqueda. En sus mejores momentos, la expresión de
estos temas sugiere, hasta casi rozarla, una teoría del amor y la belleza de
raíz neoplatónica. Expresiones como «metafísica de lo real», «carnalidad
angélica» y «gozo de la carne psíquica», que leemos en algunos de sus poemas,
nos hablan de una decidida voluntad de transcender la belleza de los cuerpos
juveniles en afán de una perfección más alta. O, como dice el autor en el postfacio
a La muerte únicamente: «Indagar en las apetencias y pasiones de la
intrarrealidad, manteniendo el goce de los sentidos y la palpitación -algo
falaz- de la apariencial materia [...] Mas, por supuesto, caminar hacia el
interior, anhelar que se transponga el horizonte, levantar el velo». Desde este
punto de vista, la poesía es, de por sí, puro acto de reminiscencia, pues hace
intuible esa verdad que se oculta tras el velo, esa realidad absoluta y
distinta ante la que el mundo semeja enorme caverna platónica.
Culturalismo,
vitalismo, humanismo, idealismo, representan, finalmente, una misma cosa para
Luis Antonio de Villena, una misma apuesta por la intensidad: son el sueño del
poeta y «El sueño del humanista» que leemos en uno de los textos de Huir del
invierno más conmovedores y mejores del autor:
No he sido
como tú, Lorenzo Valla, que en un tiempo
tan
próximo y tan lejos (en ciudades donde ardía el placer
y clamaba
la guerra) bebiste hasta el final el júbilo leído.
¡Amigo afortunado! Cómo soñé tu nombre cuando el
invierno
helaba la
tinta en París o en Gouda, entre monjes tosquísimos
y
sopicaldo hambriento... Te soñaba un hombre digno de un mundo
nuevo,
amigo de los griegos, antibárbaro, puro al decir la lengua
en noches
que olían a flores que no he visto, mientras sonaba
el rabel
bajo antorchas de púrpura... Me dolían los dedos al escribir,
odiaba
aquellos pueblos de ventisca y de rezos, esperando
el día en
que pudiera, Erasmo al fin, vivir como enseñaba
Ovidio o
la lengua de Horacio, de sáficas dulzuras...
Desde esa heladora metáfora
que el norte y el invierno despliegan como antítesis de todo sur, nos llega
la apagada confesión del viejo Erasmo de Rótterdam. Su monólogo, uno de los
más logrados de Villena en este tipo de composiciones que tanto abundan en
su obra, resulta sintomático de esa visión de un culturalismo que deviene
estéril cuando no se ve refrendado en la osadía de vivir lo leído, de apurar
el júbilo y la belleza de lo cantado. El fracaso final de Erasmo, atrapado
en la frialdad teológica de la erudición, corre paradójicamente paralelo al
de aquellos otros personajes, históricos o ficticios, que pueblan los poemas
de Villena y que, al cobrar orgullosa conciencia de su final, convierten su
esteticismo en un desafío (personajes caídos y reflexivos como Diáguilev,
Cavafis, Villamediana, Marlowe, Luis II de Baviera,
cuyas existencias -éstas sí- representan una entrega absoluta a la belleza,
al arte, al placer o al lujo). Su lucidez frente a la derrota nos habla de
esa plenitud transformada en ruina del deseo y las ilusiones, herida por el
tiempo y sus desórdenes, derrotada por la mediocridad de la norma. Es la tentación
de Ícaro, la biografía del fracaso que subyace en el mito del poeta moderno
desde el romanticismo, en cuya estirpe ha querido reconocerse Villena: «¿Caer?
¡Qué importa caer! El impulso es la vida. / Morir al acercarse al sol, tocarlo
con las manos». Es el «Honor de los vencidos», por decirlo en palabras del
poeta. No la claudicación ante la realidad sino conciencia lúcida de esa realidad,
autoconciencia que es la enseñanza más provechosa del romanticismo. De ahí
esa frivolidad de la máscara, tan villeniana, tan usual en nuestro autor,
y que no es sino la expresión de aquella ironía trágica capaz de convertir
al poeta en «el más desgraciado de los hombres», Tántalo que aspira a la contradicción
suprema: a «morir de sed junto a la fuente».
Se
entenderá ahora por qué utilicé anteriormente la expresión de esteticismo
transcendido, pues en realidad en Luis Antonio de Villena el despliegue del
lujo y la belleza connota siempre un rasgo de autenticidad ética, de rebeldía
moral, que hace de la entrega a lo absoluto, de la existencia sin concesiones
una verdad irrenunciable. Son numerosos los poemas que insisten en esa verdad
heroica del poeta («En la muerte del poeta», «Honor de los vencidos»,
«Paiderastein»), pero es sobre todo en el tramo de su obra que va de La
muerte únicamente a Como a lugar extraño (1990), donde queda
formulada la expresión más clarificadora de aquel ideal de exigencia absoluta
que el poeta identificará a partir de aquí con la muerte. La muerte como puerta
de una «diferente realidad perfecta», fuera de las imperfecciones del tiempo y
sus elementales desastres, del cambio, del azar, de las ruinas de los cuerpos.
Y la vida, a su vez, como lugar extraño, pues en ella coexisten la
imposibilidad y el dolor, la desdicha que condena al poeta, como ser anfibio, a
subsistir entre la realidad y el deseo.
Que
nadie interprete esta actitud como refugio en algún tipo de fe o trascendencia
religiosa. Menos aún crea entender una renuncia ascética del mundo (para éstos
últimos recomiendo la lectura de un poema como «Et omnia vanitas»). La muerte
es aquí metáfora o símbolo de esa realidad otra, permanentemente
anhelada, pero intuible tan sólo en los datos de la realidad inmediata: en el
sueño del amor, en las instancias del deseo, en la hermosura juvenil, en la
geografía del sur, en la poesía... A todo esto lo ha llamado Luis Antonio de
Villena Belleza impura. Belleza impura que puede ser también belleza
memorable.