(Molina de Segura, Murcia,
España, 1947)
Este profesor de Literatura
ha sido crítico literario y es articulista de opinión en La Verdad. También
ha sido co-director del programa literario Al pie de las letras y
co-director del programa cultural Sol de Medianoche, ambos en Onda
Regional de Murcia. La mayoría de su material literario se encuentra todavía
inédito.
Y
la vi cruzar la estación de autobuses. A pesar del leve bamboleo que denunciaba
un pequeño defecto de cadera o algo parecido, la contundencia de sus pasos
revelaba cierta familiaridad con el trasiego de viajeros y equipajes. Mi estúpida
condición de sentencioso impenitente me hizo pensar que quien anda con tanta decisión
por escenarios tan sobrecogedores y anónimos como los de las estaciones, es
que sabe moverse en la vida como pez en el agua. No sabría decir qué fue lo
que más me impresionó de aquella mujer, si su andar decidido o su físico agitanado.
Si sé, porque a la vista estaba, que lucía una larga melena negra, casi azulada.
También que vestía chaquetón de piel sintética, camisa de seda blanca, falda
verde y unas botas negras que ocultaban parte de sus pantorrillas. Paseaba
la típica sensualidad de esas mujeres que humanizan sus encantos cosmopolitas
con un leve toque de imperfección. Con la evidencia de que existen movimientos
tan inevitables como el fluir del agua pendiente abajo, tuve claro que compartiríamos
el mismo autobús. Ni me pasó por la cabeza preguntarme cuál podría ser su
destino de viajera, porque estaba convencido de que éste estaba inevitablemente
unido al mío.
El encargado del despacho de
billetes me preguntó si quería un asiento junto a una ventanilla. Le respondí
que no, que quería viajar en uno que diera al pasillo, con la esperanza de que
ella, la misteriosa viajera, siguiendo las preferencias más habituales, hubiera
elegido el de al lado. Al subir al autobús, pude constatar que, en efecto, el
17 estaba libre y que el 18 estaba ocupado por ella. Comprobé entonces que sus
ojos eran algo rasgados y de un marrón acaramelado y transparente. Me miró con
indiferencia y respondió protocolariamente a mi saludo. En el exterior, tras
las impersonales melodías electrónicas de los altavoces, se destacaba de cuando
en cuando una voz femenina que anunciaba la salida de distintos autobuses.
Señores viajeros, el autobús
número 10, con destino a Pontevedra, va a efectuar su salida en estos momentos.
-¿Conoce usted Pontevedra? -
le pregunté.
-Como la palma de mi mano -
respondió.
No sólo me había contestado, sino que lo había hecho
con cierta amabilidad y con una frase más larga que la que pudiera esperar.
Emitir algo más que un monosílabo antes de
iniciar un viaje supone un presagio de buen entendimiento, me dije.
Tras una maniobra muy lenta,
el autobús salió de la estación por una puerta lateral y enfiló la calle Delicias.
Mi compañera de viaje miraba con tristeza las ventanas de los edificios, como
si intentara desentrañar la vida atormentada que pudiera ocultarse tras algunas
de las persianas de los balcones. Tuve claro que esa forma de mirar manifestaba
un amor contrariado, un adiós definitivo, una añoranza que se fijaría para
siempre en el álbum de su melancolía, ese sentimiento amargo y dulce que jamás
supe yo inspirar a nadie, porque nunca tuve la oportunidad de despedirme de
nadie. Y empezó a dolerme el artilugio de la imaginación: A saber cómo fue aquella despedida. A saber cómo fueron los besos
recibidos antes del adiós o cuánta pasión fue capaz de admitir y de ofrecer
detrás de una de aquellas persianas. A saber...
Al reclinar el asiento,
extendió las piernas con indolencia y la falda se adhirió a sus muslos con una
voluptuosidad que acrecentó aún más mi tormento incipiente. Una oleada de rubor
me subió a la cara, como si hubiera expuesto en voz alta los recuerdos que me
trasladaron a aquellos días en que me desgañitaba predicando las excelencias
del decoro y los peligros de las indumentarias deshonestas. Y ocurría que mis
furibundos ataques a la concupiscencia iban dirigidos a la mujer más hermosa de
mi parroquia, de quien no soportaba el que jamás se hubiera acercado a confesar
sus pecados conmigo.
En el fondo, el
concupiscente es usted, padre Jacinto. Olvídese de sí mismo, viva su sacerdocio
con intensidad y desoiga los cantos de las sirenas - me recriminaba don
Alfonso, mi viejo director espiritual.
Lo que más lamentaba, sin
embargo, era no ser un desaprensivo de esos que siempre encuentran las palabras
justas y el momento oportuno para saltar sobre su presa. ¡Si al menos se te ocurriera alguna frase ingeniosa que la obligara a
reír! La risa es la antesala de las aventuras. Yo sabía por experiencia
ajena que los individuos ingeniosos son los que se llevan de calle a las
mujeres, pero mi cerebro, demasiado ocupado en buscar un pretexto para conectar
con su risa, era un amasijo de neuronas contradictorias. Me esforzaba por
encontrar alguna argucia que me permitiera emitir una frase ocurrente, pero me
quedaba tan sólo en el ensayo remoto de una tonalidad suave o en la búsqueda
del timbre de voz más cálido y persuasivo. Lo
malo es que, para los que nos hemos criado desde pequeños entre liturgias, lo
artificioso es natural y la naturalidad es artificial. Conocemos la música,
pero en letra, suspenso. Tenía que dar con la maldita frase que la obligara
a desternillarse de risa en el asiento. Más tarde, vendría la conversación
animada, el “y tú a qué te dedicas”, el mirar hondo y quién sabe si, tras
cierto coqueteo inocente, el reclinar de su cabeza en mi hombro cuando el
runrún del motor amodorrara sus párpados. Pero mi absurda propensión a lo
enfático y a lo solemne me alejaba del objetivo. Algo me decía que me
encontraba a las puertas de mi liberación, pero no encontraba el modo de
abrirlas con una maniobra experta.
Al llegar a la altura de Legazpi, bajo el rótulo indicador
de la nacional IV, mi vecina me dio la espalda, encogió las piernas y, hecha
un ovillo, cerró los ojos. Si su carácter me hubiera inducido a pensar que
se trataba de una mujer tímida, diría que aquella postura estaba estudiada,
que trataba de seducirme con sutiles tretas de simulación. Imposible. Una
mujer con ademanes tan espontáneos como los suyos no tenía más remedio que
ser una persona desinhibida y pragmática. Por otra parte, ¿qué méritos había
hecho yo para sentirme objeto de deseo de aquella hermosura? Estaba claro
que le importaban un rábano las tretas y mis opiniones clandestinas. Y tanto
peor para mí si su trasero, tan cercano a mi mano, despertaba mis urgencias
instintivas. Ella, a lo suyo: a dormir y a soñar con aquel idiota que la dejó
marchar de la ciudad y que se quedó mirando por las rendijas de la persiana
cómo pasaba el autobús. Mírate; ni tan
siquiera sabes cómo provocar la mirada de. simpatía de una mujer hermosa.
Se debe notar a las mil leguas que eres uno de esos individuos que llegaron
demasiado pronto al altar y demasiado tarde a la vida. Por eso, tras dos semanas
de reflexión, ni has redescubierto tu vocación ni tus manos han llegado a
tocar un pecho femenino.
El autobús comenzó a
aminorar la marcha entre Aranjuez y Ocaña. Una fuerte ventisca obligaba al
conductor a hacer grandes esfuerzos para mantener la dirección correcta de las
ruedas y rectificar las desviaciones que provocaban las sacudidas. Una nube
negra oscureció la tarde y comenzó a nevar con desesperación. Sin apenas darnos
cuenta, los viajeros formábamos parte de una caravana que rodaba a menos de
veinte por hora. No avanzamos más de tres kilómetros, cuando definitivamente
nos detuvimos en medio de una extensa llanura de nieve. Desde mi asiento
escuchaba un leve murmullo de voces que comentaban, entre alegres y sorprendidas,
la incidencia de esta parada imprevista. Ajena a todos los avatares, mi bella
durmiente seguía durmiendo.
Pasadas dos o tres horas de
inmovilidad, la cosa dejó de tener gracia. La alegría y la sorpresa iniciales
empezaron a convertirse en una indignación generalizada que fue tomando cuerpo
en los últimos asientos, hasta contagiar a los demás de una rabia colectiva más
que razonable.
A estas horas ya debiéramos
estar en Albacete, y míranos, a cincuenta kilómetros de Madrid todavía... y lo
que te rondaré, morena.
El conductor aumentaba el volumen de la radio cada hora, para que pudiéramos escuchar
los boletines informativos de la Cadena SER. “Nos comunican de la Dirección
General de Tráfico que las principales autovías de la nación están colapsadas”.
Miré por la ventanilla y me percaté de que también una columna interminable de
faros encendidos estaba detenida en la calzada de regreso a Madrid. Algunos
camiones estaban literalmente cruzados en medio de la carretera y algún que
otro coche volcado en la cuneta. Seguramente fue el silencio el que despertó de
sus sueños a mi bella durmiente.
- Felices sueños - le dije.
Y me sonrió. Durante unos
segundos aplaudí mi ocurrencia y deduje que lo espontáneo era más eficaz que
una preparación previa; no hacía falta hacer gárgaras de bicarbonato para
aclararse la voz ni ensayar frases bien timbradas. Soltar la lengua sin buscar
retóricas era la receta. Le expliqué la situación del atasco en dos palabras, y
en vez de indignarse, se tomó el asunto con filosofía.
- Entonces la cosa va para
largo. Me pondré cómoda.
Posó una pierna sobre la otra y, al bajar la cremallera
de las botas, pude calibrar la calidad epidérmica de sus muslos. Se descalzó
con naturalidad, como si lo hubiera hecho en mi presencia miles de veces y
como si no le importara la disimulada curiosidad con que yo miraba sus piernas.
Quiso enterarse de primera mano de la situación en que nos encontrábamos y
se dirigió hasta el asiento del conductor que, impaciente, percutía el volante
con sus dedos de pianista improvisado. Verla andar descalza por el pasillo
despertó en mí cierto sentimiento de propiedad, sobre todo porque, cuando
terminara de hablar con el conductor, volvería a mi lado a recuperar sus botas,
y mi compañía le resultaría más familiar. Sería ésta la primera vez que nos
miraríamos de frente. Y se cruzaron nuestras miradas: la suya, sostenida,
luminosa; la mía, en cambio, se pareció a ese rictus acartonado y huidizo
que solía adoptar antes de posar para una fotografía. Cuando, al pasar por
delante d le mí, la conduje hasta el asiento posando mis manos en sus caderas,
la taquicardia me percutió dolorosamente en el cuello. Me dio las gracias
y se sentó junto a la ventanilla. El hecho de que no rechazara mi gesto y,
sobre todo, el regodeo que me proporcionó la naturalidad con que pasó sus
nalgas por delante de mí, me animó a abordar la cuestión que en esos momentos
más me interesaba:
Desde que salimos de Madrid, me he fijado en usted y la he encontrado
triste, algo así como decepcionada, como si hubiera dejado algo muy importante,
como si un adiós doloroso...
Me interrumpió de manera abrupta.
-Oye, tú eres poeta, ¿verdad? A mí tutéame y háblame en prosa.
Aquella mujer era una bruja, porque, de haber tratado el asunto de
nuestras respectivas profesiones, yo ya tenía decidido confesar que era poeta.
Ahora, sin embargo, tenía claro que dedicarse a la poesía no despertaba en ella
admiración alguna.
El enfado de los pasajeros iba creciendo. De todos los rincones salían
maldiciones al gobierno, recordatorios de los altísimos impuestos que pagábamos
para que, llegado un caso de necesidad como el que atravesábamos, fuéramos
correspondidos con tanta ineficacia como demostraban aquellos chupatintas que
no acertaban a arreglar un simple atasco. La radio seguía emitiendo las
noticias de la gran nevada y, durante el informativo de las ocho, la Cadena SER
conectó con el portavoz del gobierno, quien, tras echarnos la culpa a los
viajeros por haber salido de casa en un día tan desapacible, pidió paciencia.
Pero a mí lo que me interesaba era otra cosa. En el fondo, me estaba alegrando
de que el atasco no tuviera una solución inmediata. En cambio, algunos
viajeros, preocupados por la incertidumbre que las noticias pudieran ocasionar
a sus familiares, llamaban por teléfono desde sus móviles.
-¿Quieres hablar con alguien por teléfono?
A
mi compañera de viaje se le iluminaron los ojos. Su gesto parecía delatar
que un teléfono era el instrumento mil veces deseado desde que salió de aquel
piso de las persianas echadas en donde –ahora estaba seguro de ello- pasó
tantas noches y tantas mañanas de amor. ¿A
qué, si no, venía aquella tristeza? Pero por mal que le fueran las cosas
con aquel desaprensivo, no habría quien le pudiera borrar la memoria de aquellas
noches ni de aquellas mañanas. Y yo, como un ignorante de la vida, estaba
ofreciéndole mi teléfono. Eso, préstaselo,
para que luego, cuando se reconcilie con el idiota, se ría de tu dolor. Creo
que nunca llegué a odiar a nadie con tanta fuerza como estaba odiando al afortunado
imbécil de la persiana, cuyo recuerdo era más poderoso que mi estúpida poesía.
Tras marcar nueve cifras, adoptó la misma posición que cuando estaba dormida:
me dio la espalda, encogió las piernas, pegó la cara al respaldo del asiento
y, con un tono tan suave como el de sus sueños, habló durante un largo rato.
Cuando terminó, asomaban a
sus pupilas dos chispazos de emoción tan evidentes, que, de estar fuera del
autobús, se habrían convertido en dos
cristales de hielo. Al devolverme el teléfono, me sonrió con ternura y de nuevo
me dijo gracias. Semejante reacción de agradecimiento me desgarró por dentro.
El de las persianas se había interpuesto definitivamente en nuestros caminos,
por culpa de mi teléfono móvil. Me sentía derrotado, triste y más solo que
nunca junto a esta mujer con la que estaba compartiendo un atasco monumental en
medio de la nieve.
Una pareja de
guardiaciviles, con mantas de lana sobre las capas, entró en el autobús y
repartió bocadillos y cantimploras con agua a los ancianos y a los niños. La
irrupción de los guardias fue acogida con una batería de preguntas y protestas.
Estos no pudieron más que precisar que la cosa iba para largo y que ellos
cumplían órdenes, así es que tengan ustedes paciencia y permanezcan atentos a
las noticias.
Las horas, que hasta
entonces habían pasado para mí con rapidez, empezaron a quemarme en las palmas
de las manos. Tenía prisa por que terminara aquella pesadilla de fuego y nieve.
No puedo soportar que estas piernas que
se perfilan exuberantes bajo los pliegues de la falda tengan que volver a abrirse para que se sacie de amor el idiota
de las persianas. Saqué del bolsillo un trozo de papel de aluminio que
envolvía un Lexatín 6 miligramos, lo desplegué y me eché a la boca la cápsula.
Cuando desperté, el silencio
del autobús era impresionante. El reloj del panel delantero marcaba las 5:30 y
los pasajeros, abandonados a la deriva de sus presagios y temores, dormían como
troncos. Fuera, la serpiente de faros encendidos que viajaba en dirección
contraria se movía lentamente, como si fuera arrastrada por bueyes. Mi
compañera de asiento miraba al exterior y, de cuando en cuando, garabateaba
signos indescifrables sobre el vapor que se condensaba en el cristal de la
ventanilla. Estaba seguro: aquellos dibujos eran mensajes secretos emitidos al
idiota de las persianas. Mensajes que, seguramente, había acordado enviarle
mientras durara la espera. Antes de que nuevas capas de vaho enterraran los
trazos de aquellos signos, yo trataba de descubrir lo que sin duda era un código
cifrado de amores recuperados. Y cuanta más pasión ponía ella en escribir sobre
el cristal, más odio acumulaba yo en mis sienes. Llegué a retener dos mensajes,
tal vez los más importantes: un pentágono con el ángulo agudo invertido y algo
parecido a dos letras: TK. Parecen
palitroques dispuestos al azar, caprichosamente, pero a ti no te la da con
queso, El pentágono era -no me cabía duda- un corazón esquematizado y las
dos grafías, una contracción, ortográficamente deformada, de una frase tan
secreta y dolorosa como una puñalada: Te
Kiero.
Fuera del autobús, oriné copiosamente mirando a las
nubes. Al volver, le pregunté si no necesitaba que la acompañara al exterior.
Me contestó que muchas gracias, pero no. Habrá
salido mientras dormías. Si estuviera aquí el idiota de las persianas, seguro
que no habría salido sola y le habría pedido que vigilara los alrededores
y ambos se habría carcajeado de la situación. Todo cuanto no ocurría se
convertía en motivo de tormento.
-Supongo que estarás casada.
-Lo estuve.
Lo estuvo. Aquella respuesta
me sonó a pasado demasiado lejano, bastante más lejano que el que inspiró la
mirada de tristeza que dedicó a las persianas de la calle Delicias. Dos o tres son demasiados amores. Ahora
me creí con todo el derecho del mundo a sentirme celoso, pero, a medida que me
habituaba al nuevo descubrimiento, tuve que esforzarme para que los celos no se
convirtieran en rencor. Una sacudida de desprecio a la naturaleza y a la vida
se confundió con una excitación sexual desaforada. La misma sangre que encendió
la llama del odio y del sexo me obligaba a poseerla y a abofetearla después. No, mejor al revés. Cuantos más datos
descubría en mi imaginación, más irrefrenable era la convulsión que despertaba
en mi alma y en mi vientre aquellos sentimientos.
Tenía la impresión de que por fin podría vengarme de todas aquellas mujeres que
no sucumbieron a mis encantos cuando trataba de sonsacarle el amor que debían
haber sentido por mí. Tú, el predicador
más persuasivo de la diócesis, cambiarías ahora mismo el cielo por una sonrisa,
por una caricia; tú, el confesor más comprensivo, estarías dispuesto a violarla
sobre la nieve; tú, el consejero más humano, podrías llegar a matarla. Y no nos
dejes caer en la tentación.
Por el horizonte comenzó a vislumbrarse
la mueca mortecina de un resplandor todavía indeciso. La larga fila de coches
que circulaban en dirección contraria seguía moviéndose perezosamente:
“Máquinas quitanieves trabajan apresuradas para permitir el restablecimiento de
la circulación de los automóviles que esperan entrar en Madrid”.
-Ya no aguanto más.
Yo imaginaba que la firmeza
de sus determinaciones debía ser tan contundente como su andar por las
estaciones. Pero lo que no podía imaginar era que sus reacciones fueran tan
imprevisibles. Se puso de pie, recogió el bolso que había dejado bajo el
asiento y antes de dirigirse a la puerta de salida, se despidió de mí.
-Ha sido un placer conocerte. Cuídate, y gracias por
haberme prestado tu teléfono.
Casi me sentí culpable de
aquella deserción en pleno desierto blanco.
-Vuelvo a Madrid, poeta.
Fue entonces cuando me contó
que su madre le había dicho por teléfono que su perro, al que ambas querían a
rabiar y al que daban por perdido, había aparecido, famélico y sucio, en la
puerta de su casa de la calle Delicias. Con lágrimas en los ojos, me describió
la mirada de consternación y desamparo del animal.
-Se llama Teka. Seguro que
me está echando de menos.
Nos dimos un par de besos de
despedida y, cuando abandonó el autobús, ocupé su asiento. Tras limpiar los
cristales de la ventana, la vi alejarse sobre la nieve. Saltó la mediana de la
autovía y se inclinó decidida sobre la ventanilla del coche más cercano. Habló
brevemente con el conductor. Éste se apeó, la llevó de la mano hasta el lado opuesto
cuidando de que no resbalara, abrió la puerta del copiloto y la ayudó a
acomodarse en el interior. Mientras permaneció encendida la luz interior del
automóvil, pude observar cómo ambos hablaban animadamente.
-A media mañana, el sol
asomó su redondez opaca por los perfiles de unas nubes sucias. Saqué de mi
bolsillo el teléfono y marqué el número del obispado. Un puñal de melancolía me
atravesó el estómago.
-Sí, me reincorporo a la
parroquia el próximo domingo.
A pocos kilómetros de
Murcia, traté de reorganizar de memoria los asuntos que me ocuparían durante
los próximos días: la misa, las clases de Religión, la catequesis, los
cursillos prematrimoniales... En Madrid, mi hermosa compañera de viaje se
asomaría de cuando en cuando por entre las rendijas de una persiana de la calle
Delicias y vería pasar los autobuses como quien ve llover.
(Cartagena, España, 1973)
Es poeta. Actualmente
reside en Madrid, donde ha publicado un libro de poemas: La luz de los
días, editado por Ediciones de la Torre Magnética (2002). Ha colaborado
en varias revitas como Salamandra (editada por el Grupo Surrealista
de Madrid) y Engranages. En la actualidad es colaborador de la
revista electrónica Ubicarte y está preparando un nuevo
libro de poemas.
Y casi al final de la obra, cuando llega el cansancio, se descubre que el telón se niega a bajar. Los actores, por miedo, siguen actuando sin pausa, inventado finales delirantes. El público, para escándalo de la crítica, hace ya tiempo que abandonó la sala y los que se han quedado en el escenario intentan no mirar hacia arriba (temen, como todo el mundo, que el telón caiga de golpe sobre sus cabezas). El pequeño figurante se alegra, por una vez, de no estar sobre el escenario. La actriz principal descubre de golpe que no es Antígona y estalla en una carcajada siniestra. Es en ese momento cuando, en el colmo de la mala suerte, una bicicleta cruza diagonalmente el escenario y nadie se atreve a decir una palabra.
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Admito sin quejas el sabor de los sueños, no tengo problemas con las luces diamantinas. Sin embargo, cuando se trata de hacer rodar la educación cuesta abajo mi angustia toma la forma de una parada militar, y recomiendo a mis amigos que dispongan cuatro cuerpos sobre los umbrales de sus casas, a modo de precaución. No encuentro otra forma de quitármelo de encima. Rasgo pequeñas cajitas de cartón con la esperanza de que dentro se encuentre la palabra que me falta en la lista. Reviso el interior de mis zapatos varias veces. Me dispongo a matarme con una pluma cuando me doy cuenta de que todo se ha repetido tantas veces que nadie se da cuenta.
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Pensandopensando, uno no puede evitar sangrar entre las mesas del café, de forma abrupta, salpicando. Es entonces cuando, abrumados, planteamos la preguntas que nadie había formulado. A saber: ¿Qué muerte nos espera? ¿La dulce apagarse, la poco-a-poco? ¿o la brutal desaparición mientras se piensa, la llena de horror y de repente? ¿La muerte de la anciana madre superiora? ¿La muerte del fiscal? ¿La del niño tuerto? (¡espero que esa no!) ¿la de las adolescentes desnudas que esperan? Yo por mi parte, si me dieran a elegir, elegiría sin dudar el lento avanzar de los trenes sobre la piel del minuto, el silencio de aquellos hombres que nunca han sido más que soles y las pestañas siempre largas de la vida en otro sitio.
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- No observo ninguna mejoría
en usted- en la estación la desgracia se aferraba a los andenes como ojos a la tumba
abierta de otro.
- Mentira, todo eso es
mentira.
Oscuridad de golpe bajo el ala ardiente del humo.
- Su asunto va tan horrorosamente mal...
- ¡Qué esperabas! Me dijeron
que habías muerto.
El tren pareció ponerse en
marcha. Entonces, sin duda, éramos nosotros los que estábamos equivocados.
- ¿Pero es que no lo ve?
¡Está usted llorando!
El momento era su muerte.
Sus últimas palabras, casi un susurro:
- Allí... un perro pasó con
una mano en la boca...
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A esa misma hora, en otro punto de la ciudad, una procesión de viejas se apropiaba de las cuestas gracias a su reflejo en las ventanas cerradas. El espectáculo, ya de por sí deprimente, estaba cerrado por cuatro coches de muerto que avanzaban verticalmente. Con arreglo a la costumbre, no tardaría mucho en levantarse la cólera del publico. Una mujer, correctamente vestida, golpeó con un espejo a un caballo hiriéndole de muerte y recibiendo de inmediato las llaves de la ciudad. Un hombre y su perro mordieron las ruedas de uno de los coches, sin que en esta ocasión se concediera ningún premio. Poco a poco la tensión fue desapareciendo, sin que se sepa muy bien cómo ni por qué. No obstante, existen indicios suficientes para creer que todo lo que hemos contado es cierto, al menos de momento.
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Extraño. Creo que tendré que
irme de mi cuerpo para que me abandones. No me refiero acabar con mi alma, a
apagar la pequeña lucecita de la conciencia que se estudia en las escuelas,
sino simple y llanamente a cambiar de cuerpo. Este de ahora actúa por defecto ante ti, se
conoce demasiado bien el camino: “Cuando salga usted de aquí, encontrará
algo que le recordará un triste episodio de su infancia, siga por esa calle y
entre en el primer establecimiento que exhiba algo rojo en el escaparate. Allí
escuchará usted una canción. Recuérdela. Tres años más tarde volverá a
escucharla. La persona que en ese momento esté a su derecha será el amor de su
vida. Y usted morirá por él.”
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Yo, como tantos, fui liberado un día de otoño, mientras los pájaros cantaban increíblemente fuerte. Fui liberado allí, entre aquellos arbustos, estaba tan cansado... Caminaba sin rumbo al principio, como si un río fluyera sobre mi cabeza. Y sin embargo pronto iba a descubrir la dureza de los trajes de sastre, la fascinación por las nuevas ofertas, y todo lo que de patético tienen las conmemoraciones oficiales. Creedme, ahora soy otro hombre, entre los espejos que andan solos, entre los niños rapados y las advertencias de peligro (siempre están conmigo). Soy uno, si queréis verlo de otra forma, pues yo, como tantos, fui liberado y lanzado al día cambiante. Y ahora creo que soy feliz. Soy un espejo que anda solo, y mi sombra es mi muerte.
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¿Me retiraré del escenario sin hacer ruido? La puerta de servicio está permanentemente engalanada de guirnaldas, se abre como una desesperación para tragarme, muestra un futuro que de aburrido parece haber matado a todo el mundo. Yo atravieso esa puerta sólo a medias, angustiado por el deseo de no encontrarme allí, mientras mi pie izquierdo me empuja, seduciéndome con el lado tierno de los seguros médicos y los bonos de gasolina. Luego respiro hondo y no me atrevo a seguir adelante. ¡Ser yo de otra forma! ¡Seré idiota!
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De pequeño siempre creí que
los ganchos que hay en las fachadas de algunos edificios servían para colgar
gente.
Anoto esto por si sirve de
explicación a alguien, en algún sitio.
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Las voces de lo que no es en
esta o esa luz. El mundo previsto de esta noche, en la que los raíles de la
costumbre atraviesan el deseo de parte a parte, en la que el cuerpo se muestra
intratable con la maravilla. En aquel tiempo las sombras hacían buena a la
noche. Ahora la jornada se acaba con un temblor. Es patético. Con todo, hoy no
puedo evitar que ciertas ideas me
vengan a la cabeza, como flores: ¿Es posible que viera esa cara en otro cuerpo?
¿Lograré hacer gritar a aquella piedra? ¿He mantenido tratos con un enterrador,
hace tiempo?
Algo que me dice que sí.
Algo que me dice que no.